Los valles de Cydonia

Por: Daniel Fernández.

I

William McKinley recordó la primera vez que había visto una fotografía de la Tierra contemplada desde la Luna. La redonda superficie del planeta era cortada abruptamente a la mitad por la oscuridad fría e indolente del espacio. Ahora, la Tierra, su hogar, estaba frente a él y temía, con rabia y desesperación, nunca volver a poner un pie sobre ella. También recordó haber leído que alguna vez la gente creyó que el alunizaje era un montaje; una más en la larga lista de artimañas ideadas por una de las potencias que se encontraban enfrentadas en ese entonces: los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; países cuyos nombres le sonaban como dioses antiguos, muertos y olvidados. Pensó que lo mejor sería permanecer ahí tendido un rato más, fingiendo estar su propia muerte. Podía sentir su pecho empapándose con la espesura rojinegra de su sangre. Alzó la vista al cielo. Arriba, el último transbordador en dirección hacia Marte se alejaba lentamente, una barcaza cilíndrica navegando por aguas negras percutidas de estrellas. Se preguntó si alguno de entre aquel grupo de escépticos del siglo veinte había muerto creyendo que todo era una estafa de matices geopolíticos; se preguntó qué diría esa persona si supiera que el alunizaje no era una mentira, que era tan real como la sangre que brotaba profusamente de los orificios abiertos en su espalda, tan real como la traición y el dolor. La sensación del césped contra su rostro le causaba comezón, pero no quiso moverse. Hacía minutos que había escuchado los firmes pasos de Clara Stanford, heredera del segundo banco marciano más grande, el Stanford & Harris; es decir, su prometida, alejándose de la escena, dándole por muerto; sin embargo, consideró que si había sido capaz de matarle, de igual forma podía regresar a cerciorarse de que el trabajo estuviera completo. Así que optó por soportar la comezón, que, a decir verdad, era poca cosa en comparación con recibir un tercer y fatal disparo. Un grave estruendo, como un millón de abejorros lanzándose en picada sobre él, le sacó de sus cavilaciones. Se trataba de las inmensas cortinas metálicas que, cada doce horas, cubrían el gigantesco domo de vidrio bajo el que descansaba el Club Rotario Lunar, con el objetivo de simular el anochecer terrestre, añorado nostálgicamente por los exigentes miembros– procedentes de la Tierra y las colonias marcianas –que atestaban las habitaciones, restaurantes, campos de golf, áreas de piscina, canchas de tenis y demás instalaciones del club durante el verano. No obstante, era apenas primavera en la Tierra y en Marte, y además de él y Clara Stanford, el club estaba desierto. Segundos después de que las cortinas terminaran de bajar, envolviéndole en un manto de oscuridad aún más densa que la que quedaba fuera del domo, lo cegó la luz blanquecina que caía verticalmente sobre él, justo cuando el charco de sangre comenzaba a bañarle la mandíbula. McKinley intentaba urdir un plan de acción para ponerse de pie, dirigirse a las oficinas del club, donde antes de explicar lo sucedido, rogaría por que le dieran un vaso de agua –recompensaría con una gran suma de dinero a la persona que le diera de beber ese día–, cuando una gota de agua aterrizó sobre su mejilla, seguida por otra; luego otra, y luego otra. Los aspersores del campo de golf número nueve se habían encendido en medio de la noche artificial. McKinley giró la cabeza sobre el suelo, sin levantarla, dejándola reposar sobre su mejilla derecha. Abrió la boca y se preguntó, mientras el agua le refrescaba la reseca garganta, cuál sería la reacción de los que en el siglo veinte dudaron del alunizaje si les contaran que no se trataba de ninguna mentira y que, años más tarde, los humanos no solo viajarían a la Luna, sino que abrirían hoteles, restaurantes y centros vacacionales en ella; algunos vivirían allí, morirían allí e incluso matarían allí. McKinley cerró los ojos y se quedó quieto.

Recorte de un periódico marciano No. 1

Distrito 10, Región Central, Tierra.- En medio de un tenso clima de clamores independentistas en Marte, el Comité Coordinador del Sufragio (CCS) convocó a los partidos políticos terrestres para que  inscribieran a sus candidatos para las elecciones generales del próximo febrero, donde se votará a los miembros del Parlamento Intereregional Terrestre para el periodo 2188-2192.

La presidenta del CCS, Julia Gatlin, se expresó respecto de las palabras del presidente del parlamento marciano, David Holece, quien, durante su segundo discurso bianual, pronunciado el pasado jueves en el hemiciclo del Congreso de Diputados de Marte, afirmó que era tiempo de que el planeta rojo dejase de depender administrativa, financiera y políticamente de la Tierra. Gatlin calificó de irresponsables y conflictivas las declaraciones de Holece, e hizo un llamado a la unidad entre la Tierra y sus colonias marcianas, donde las exigencias de independencia y soberanía han ido cobrando impulso en el transcurso del último año, tras el anuncio de las autoridades terrestres de incrementar los impuestos a las importaciones marcianas.

Holece, al enterarse de las aseveraciones de Gatlin, manifestó: Es fácil utilizar calificativos contundentes cuando se habla desde la postura del opresor. Estamos hartos de las formas autoritarias, corruptas e ineficientes del gobierno terrestre. Es curioso: la señora presidenta dice que mis declaraciones son “irresponsables”; pues yo creo que lo verdaderamente irresponsable es dejar el gobierno de nuestra gente en manos de las mismas élites políticas y económicas que, hace ciento cincuenta años, estuvieron muy cerca de provocar la extinción de la humanidad debido a su avaricia e ineptitud.

La convocatoria se da días después de que se celebraran multitudinarias manifestaciones pro independencia en las principales ciudades marcianas; entre ellas Mensae, donde se reportaron 16 heridos y 2 detenidos tras los enfrentamientos entre miembros de la Policía Interplanetaria y los manifestantes.

II

Clara Stanford comenzaba a impacientarse. Solía mantener la compostura, pero últimamente sus nervios no eran los más impasibles. Había tenido que solventar una serie, en apariencia infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda. Sin embargo, respiró profundamente y pidió otro vaso de agua al mesero. Tras cinco minutos, Natalia Figueiras apareció por la puerta del restaurante. Figueiras era una de sus más antiguas amistades; la había conocido hacia siete años, cuando ambas formaban parte del equipo de voleibol femenino, las Guerreras de Cydonia, de la Academia de Estudios Superiores de Cydonia. A Clara, Figueiras siempre le había parecido un personaje muy curioso, quizá debido a la contraposición evidente entre sus respectivos caracteres, manifiesta en aspectos tan remotos e insospechados como la posición que cada una ocupaba en el equipo; mientras que Clara jugaba de libero, un papel ya de por sí discreto, pero fundamental, Figueiras era atacante. Bloqueaba, remataba y alentaba al equipo con gritos  propios del deporte, y más de alguna vez había estado cerca de desatar una batalla campal como consecuencia del desaforado entusiasmo que ponía en cada partido –entusiasmo que podía devenir en frustración cuando el marcador no le era favorable a las Guerreras– y su indisimulado menosprecio por las rivales. No obstante esta asimetría, Clara le había cobrado mucho cariño a Figueiras.

Así que, cuando se dio cuenta de que no había incluido a Figueiras en la lista oficial de invitados de la boda, Clara no pudo evitar sentir una especie de culpa por haberla omitido. Por eso no dudó en llamar a la planificadora para informarle que necesitaría una silla más en la mesa número catorce, la de sus excompañeros universitarios, que se ubicaba entre la mesa número once, ocupada por miembros de su familia lejana, y la mesa número quince, donde se sentarían los colegas de trabajo de William McKinley, su prometido, joven político del partido Unidad Interplanetaria, con varios escaños en el parlamento interregional terrestre, al que había conocido hacia cuatro veranos, cuando ambos tomaban el Sol al lado de la piscina principal del Club Rotario Lunar. Concluidas las diligencias logísticas, Clara buscó en su vieja agenda el número de Figueiras y concertó una cita en el restaurante Carreras, sito en la intersección compuesta por la calle Monroe y la Avenida Aurora, es decir, el lugar donde se encontraba sentada aquel día a eso de las ocho de la noche con treinta y siete minutos, el momento exacto en que Figueiras apareció por la puerta del Carreras tras treinta y siete minutos de retraso, tiempo en el cual Clara había comenzado a impacientarse debido a la convergencia de una serie, aparentemente infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda, entre los que se encontraba la cita con Figueiras.

Tras la charla trivial y un breve resumen de la vida laboral de Clara en la Fundación Planeta Rojo, donde fungía como coordinadora de proyectos sociales en comunidades empobrecidas de Mensae, Clara se decidió a pasar al meollo del asunto, es decir, a la invitación. Figueiras chilló de alegría para después fingir estar molesta por la omisión, no solo de una invitación más temprana, sino también por no haberle contado nada antes. Luego interrogó a Clara sobre los rasgos generales y biográficos de McKinley y, tras escuchar con atención, dio su no solicitado e innecesario beneplácito al prometido de Clara. La comida llegó y Figueiras alegó que una ocasión tan especial merecía un brindis con el mejor vino de la casa, agregando que Clara no tendría de que preocuparse; ella pagaría por la botella, al menos por la primera, y en su tono, Clara pudo advertir un leve deseo de emborracharse esa noche, deseo del que se contagió de inmediato; había sido una semana pesada, llena de tareas tan agobiantes como tortuosas, por lo que un par de copas parecían ser una opción propia para la ocasión; además, pronto se casaría, valía la pena brindar por ello. Pasaron casi tres horas después de la comida, y en ese plazo dos botellas de vino fueron vaciadas, cuando Figueiras propuso seguir celebrando en un bar de vinos cercano, pero Clara se negó, se sentía cansada y el sueño empezaba a carcomerla.

Clara dejó a Figueiras en su apartamento e inmediatamente se sintió más libre y cambió la estación de radio hasta encontrar una frecuencia en la que un hombre cantaba acompañado por su guitarra nada más. Su canción, con una mezcla de melancolía y rabia, contaba la historia de un explorador francés del siglo diecinueve que partía hacia una expedición  de caza en las regiones septentrionales de Canadá, uno de los países antiguos de la Tierra sobre el que Clara alguna vez leyó en la escuela secundaria. Después de haber sido atacado por una tribu indígena y haber sobrevivido a la resultante masacre de su tripulación, el explorador se veía obligado a sacrificar a su caballo para no morir de frío en medio de una tormenta invernal. Tomaba su cuchillo y tras degollar al animal, hacía un corte en su abdomen, extrayéndole las tripas y órganos para poder refugiarse en su interior. La historia estremeció a Clara, quien compadeció al explorador, y deseó no estar nunca en una situación parecida a la suya.  

Recorte de un periódico marciano No. 2

Colles, Cydonia.- Graves disturbios se reportaron este martes en las inmediaciones de la Comisaría Central de la Policía Marciana de Colles al intentar una turba enardecida ingresar por la fuerza al recinto con la intención de liberar a Julián Menéndez, acusado de asesinar al presidente del Parlamento Interregional Terrestre, Steven Brown.

Menéndez, oriundo de Mensae, llevaba tres años viviendo en Colles cuando el pasado sábado 16 de febrero se aproximó al parlamentario, mientras este se dirigía a los alumnos de una escuela secundaria de Colles, y le disparó a quemarropa ante la mirada atónita de los presentes y la tardía reacción de los guardaespaldas del Equipo de Seguridad Parlamentaria (ESP). Testigos aseguran que Mercader gritó “¡Marte soberano!”  tras disparar y ser reducido por los miembros del ESP.

Mientras la tensión continúa acrecentándose, las autoridades terrícolas han acusado a sus homólogas marcianas de promover el odio entre ambos planetas. Miguel Ardón, parlamentario de la Región Occidental en el Parlamento Interestatal Terrestre, exhortó a sus contrapartes marcianas a detener sus pronunciamientos en favor de la independencia. No es momento de pensar en división¸ afirmó Ardón, es momento de tender puentes y trabajar todos juntos por el bienestar de todos los seres humanos, sin importar su planeta de procedencia.

La turba fue dispersada por la División Antimotines de la Policía Interplanetaria. Tras los disturbios, se reportaron 30 detenidos y alrededor de 50 heridos, así como daños por cientos de dólares a los comercios aledaños a la Comisaría.

III

A su diestra, los inmensos campos se abrían hasta un punto indeterminado en la oscuridad marciana. La señalización de la autopista le indicó que se aproximaba a una cruz calle, formada por la misma autopista y el camino de polvo que conectaba una de las miles de granjas que desde hacía décadas funcionaban en el planeta: domos gigantescos donde los mejores científicos de la especie humana habían logrado recrear las condiciones climatológicas de la Tierra antes del Gran Desastre, como popularmente se le conocía a la catástrofe ecológica que provocó la muerte, al menos en términos de productividad agrícola, de al menos el setenta por ciento de la superficie terrestre. Clara imaginó los domos: moles inconmensurables atadas al suelo, alimentadas por los también enormes sistemas de riego que los ingenieros habían diseñado tras dar con un método que permitiese la utilización de las reservas de agua de Marte. Clara recordó los rostros de los terroristas que habían sido detenidos por la Policía hacía un mes. Además de los robos a camiones, los secuestros a personas particulares, especialmente aquellas con grandes cantidades de dinero, se habían vuelto muy comunes en la región durante ese año. Impulsada por esto, Clara pisó el acelerador un poco más y se dijo que haría lo posible por no utilizar el revólver que su padre, sin importar las protestas de Clara, había guardado en su guantera, para que se protegiera de los bandidos.

En rojo, el reloj digital incorporado al vehículo de Clara marcaba la una de la madrugada con cuarenta y dos minutos. Clara se sabía aún muy lejos de casa; a los lados, vastos campos rojos se extendían más allá de donde llegaba la vista. Había decidido que la campiña marciana, con sus noches estrelladas y su soledad, era el mejor lugar para vivir. McKinley había tenido que acceder a trasladarse a las afueras de la ciudad una vez fuesen marido y mujer; así que después de la boda, se mudaría con todas sus cosas a la pequeña mansión dentro de la residencia privada que Clara habitaba desde hacía dos años. Sin siquiera fijarse en la música que salía por las bocinas del auto, Clara salió de la Avenida Lunar para incorporarse a la autopista que conectaba la ciudad de Mensae con Colles, en la cual, a la altura del kilómetro catorce, yacía el complejo privado donde vivía Clara; la infinitud del universo pendía de un hilo sobre su cabeza y las estrellas guiaban su camino. No había ningún otro vehículo sobre el asfalto.

En un principio, Clara pensó que se debía al cansancio y la borrachera con las que cargaba, pero la súbita agitación de aquel conjunto de estrellas, moviéndose precipitadamente de izquierda a derecha, de arriba a abajo, haciendo círculos, la sacó de su incredulidad. No se trataba de estrellas: era algo más, pero no estrellas. Eran cinco puntos que brillaban con la misma luminosidad y se hacían cada vez más grandes, parecían caer en picada sobre Clara que, atemorizada, pisó a fondo el acelerador; sin embargo, sus esfuerzos por escapar (¿hacia dónde? ¿De quién?) eran infructíferos: lo que sea que fuero eso, podía moverse más rápido que ella. De pronto, una luz azulina cegó a Clara, que frenó de golpe. Lo último que pudo escuchar fue el desgarrado grito de las llantas intentando detenerse, el cinturón de seguridad reteniéndola con gran fuerza, estampándola contra el asiento de cuero de su vehículo estándar de ejecutiva bancaria. Luego vino el sueño.

Clara abrió los ojos y sintió asco. Estaba cubierta en sangre y tripas de caballo, pero por lo menos no tenía frío. Intentó estirarse, pero se dio cuenta que no estaba cubierta por sangre y tripas de caballo por casualidad, sino porque había estado dentro de un caballo que, a sus espaldas, yacía muerto en un charco de su propia sangre. Clara sintió una profunda tristeza por aquel animal que, a pesar de no haber visto nunca en la vida, reconocía como su fiel acompañante en las horas plagadas de frío, hambre y miseria. Algo, una voz en su cabeza, le dijo que una nueva tormenta venía, pero que esta sería más brutal que la anterior y su improvisado refugio no sería suficiente para mantenerla con vida. Solo entonces Clara vio a su alrededor: el blanco se extendía por todas partes, y a su derecha, a los lejos, unos puntos se recortaban contra el también blanquecino cielo. La misma voz le dijo a Clara que en medio de los pinos, una cabaña aguardaba a los viajeros perdidos a los que las ventiscas y nevadas de febrero encontraban vagando desprevenidos por el inmaculado desierto níveo. Así que hacia ahí se dirigió Clara.

Cuando penetró en el bosque, se dio cuenta que todo ese tiempo había estado siguiendo, involuntariamente, un rastro de huellas que se adentraban más y más en la frondosidad. La voz le habló de nuevo y le rogó que se apresurara, quedaba poco tiempo para que comenzara a nevar. Clara obedeció y pronto se encontró a las orillas de un claro cubierto por un enorme domo de vidrio; adentro de este, en el centro, había una cabaña; y por las rendijas de las ventanas y la puerta se escapaba un resplandor que, sin importar su debilidad, Clara consideró muy cálido y acogedor. Clara entró en el domo y enfiló hacia la cabaña atravesando el claro, todavía verde. Empujó la puerta de la cabaña e ingresó en ésta. Dentro, junto al fuego, un grupo de hombres, vestidos algunos con traje y corbata, otros con uniformes militares, se sentaban alrededor de una mesa de cedro pintada de negro. Sin tener claro cómo debía proceder, Clara saludó a los hombres, que no reparaban en su presencia o le ignoraban, y estos no le contestaron; parecían enfrascados en una discusión que Clara juzgó importante por el tono acalorado y el ritmo desenfrenado con el que hablaban. Acercándose lentamente al conciliábulo, Clara volvió a interpelar a los hombres que, nuevamente, no reaccionaron. Clara saludó dos, tres veces más, obteniendo el mismo resultado; motivada por su orgullo, golpeó la mesa, dejando caer con gran fuerza sus dos puños sobre la madera. Los hombres siguieron atendiendo sus asuntos sin inmutarse. Entonces Clara lo notó: ella era un fantasma para el grupo. La voz le dijo que no temiera, porque no estaba muerta, pero que había llegado ahí para observar y escuchar.

Fue cuando la enérgica voz de un hombre joven se impuso sobre el resto. Clara reconoció a McKinley como el orador. Decía que, como ciudadano de la Tierra, un hijo del planeta que había visto nacer a los seres humanos, le aterraba que la humanidad no aprendiera nada de sus errores pasados, que era menester actuar para evitar una tragedia de mayores proporciones, para bien de hombres, mujeres, niños y ancianos de la Tierra y sus colonias marcianas; era, lamentablemente, la única opción disponible. El bombardeo atómico preventivo de los valles de Cydonia sería un golpe de autoridad para estabilizar el estado de las cosas en aras de perpetuar a la humanidad dentro del tiempo, la historia les agradecería tarde o temprano por haber puesto fin al caos y la anarquía; y cuando el hombre sentado a su derecha le señaló a McKinley que su esposa no era solo una marciana, sino la marciana que heredaría el segundo banco más importante de Marte, el Stanford & Harris, y que no solo era una marciana que algún día dirigiría una de las instituciones financieras más poderosas del planeta rojo, sino que, además, también era hija de George Stanford, uno de los políticos soberanistas más destacados del momento, Clara escuchó a McKinley afirmar con resignación que ella, su esposa, entendería los motivos que le habían llevado  a tomar esa decisión.

Clara gritó e insultó a un impasible McKinley que, en ese momento, se disponía a firmar la hoja que uno de los militares de la mesa le había puesto en frente. Clara corrió a su lado e intentó a golpearlo en vano: sus puños pasaban a través de McKinley como si estuviera hecho de aire. Clara lanzó un par de golpes más, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras llamaba asesino a su prometido. Entonces el fuego de la chimenea se tornó azul y cuando Clara volteó, las llamas avivaron y se hicieron tan intensas que el resplandor obligó a Clara a cerrar los ojos. Cuando se atrevió a abrirlos, ni McKinley ni los otros hombres estaban ahí, tampoco la cabaña ni el claro ni el bosque; solo ella, Clara Stanford, sentada en su vehículo estándar de ejecutiva bancaria, detenida a un lado de la autopista que conecta Mensae con Colles mientras la radio emitía música pop posclásica-industrial, estridente y repetitiva, y el reloj digital incorporado al vehículo de Clara, en rojo, marcaba la una de la madrugada con cuarenta y siete minutos.

Recorte de un periódico marciano No. 3

Mensae, Marte.- La tensión se apoderó de la sala de audiencias del Tribunal Segundo de Mensae, durante el transcurso del quinto día del juicio en contra de los tres hombres y una mujer a quienes el Ministerio Público Marciano (MPM) acusa de conspirar para la comisión de actos de terrorismo y disrupción del orden público.

La jueza, María Rott, tuvo que hacer uso de sus guardias auxiliares para evitar que Nadina Zhúkov, quien se había montado sobre la mesa que ocupaban los acusados y sus abogados defensores, continuase leyendo la hoja de papel que extrajo de uno de los bolsillos de su pantalón y que, antes de ser detenida por los custodios, tituló “Manifiesto de los seres libres e independientes de Marte” para luego gritar, mientras la hoja le era arrebatada de las manos, “¡Los alimentos de Marte deben quedarse en Marte! ¡Que cese la explotación económica de los trabajadores marcianos!”. Tras el episodio, la jueza Rott suspendió la sesión por el día y advirtió a la defensa que este tipo de actitud no sería tolerada en su sala de audiencias.

Los sospechosos fueron capturados el pasado 26 de abril cuando, según la Policía del Condado Rivera, jurisdicción de Mensae, se disponían a asaltar un camión que transportaba frutas y verduras que serían exportadas a la Tierra. Tras allanar el departamento de Rodrigo Monzón, uno de los encausados, los agentes policiales encontraron materiales que, de acuerdo con peritos expertos en la materia, serían utilizados para dañar una de las paredes del domo que recubre las granjas de la compañía Rojo Alimentos, ocasionando la pérdida de miles de toneladas de alimentos producidos en las instalaciones.  La Policía también incautó los planos de las instalaciones de las granjas y de la planta de potabilización de agua de contigua al domo.

El grupo ha sido vinculado con la agrupación radical Sangre Marciana, quienes se han adjudicado la autoría de cinco robos armados a camiones cargados con frutas y verduras con destino a la Tierra, y el secuestro de múltiples personalidades de los sectores empresarial y políticos de Marte que abogan por el actual sistema federativo que integra a los Estados de la Tierra y Marte. Según las autoridades, múltiples símbolos alusivos a dicho grupo, así como cientos de volantes propagandísticos, también fueron encontrados en el departamento de Zhúkov, sito en la calle Amberes de esta ciudad. Los vecinos han descrito a la oriunda de Colles como una mujer tranquila y reservada. El juicio se reanudará el día de mañana a las nueve de la mañana en el Palacio de Justicia de Mensae.

IV

El vehículo de Clara Stanford se detuvo precipitadamente frente a su casa. La borrachera era apenas un lejano rumor cuyo rastro desaparecía aceleradamente. Juzgó todo aquello como una pesadilla. Sí, eso debía haber pasado: decidió parar un momento para estirar sus músculos y espabilarse; se sentía cansadísima y seguir conduciendo era un peligro, pero de algún modo, se había quedado dormida a un lado del camino. Todo había sido un sueño del que había despertado para poder seguir viviendo. Llamó a la casa de McKinley en la Tierra, donde estaba pasando unos días en la casa paterna, pero no hubo respuesta. Elaboró una larga lista de todos los sueños extraordinarios que le habían sido dados a lo largo la vida, pero por más que intentó hacer la escena encajar en la categoría, no pudo. Aquellos estaban empapados de una áurea irreal, vistos a través de un vidrio sucio, con las voces lejanas y difuminadas, sin un sonido concreto. Trató de reconstruir el sueño y se dio cuenta que podía recordar, como si realmente hubiese estado ahí, todos los gestos y palabras contenidos en el discurso de su prometido. Aquel no era William. El William que ella conocía sí, era un joven apasionado y elocuente, orgulloso de la Tierra, pero ferviente defensor de la democracia, incapaz de matar a nadie. Se preguntó qué diría William, el William que ella conocía, si le contase todo lo que había presenciado y escuchado en aquella angustiante visión. Marcó de nuevo, pero al otro lado no hubo respuesta.

Fue cuando la voz le habló de nuevo. Le dijo que aquello no había sido un sueño, que no debía temer. Se presentó. Provenía del planeta Algore. Su pueblo eran los algorianos. Hacía mucho, los científicos algorianos habían descifrado los secretos de los viajes intergalácticos y a través del tiempo. Habían compartido el alba con sus ancestros y habían observado el ocaso con sus descendientes. Habían visto desaparecer a cientos de civilizaciones, a lo ancho y largo del universo, producto de guerras fratricidas e interplanetarias. Habían visto estrellas enormes arrasar con billones de vidas al explotar para transformarse en enanas blancas. Habían visto la belleza, la tristeza, la gloria y la derrota, la guerra y la paz, la angustia y la serenidad; habían conocido todo elemento constitutivo de la inconmensurable vastedad del universo. Le dijo que, conmovidos por el trágico fin de grandes especies, se dedicaban a viajar por el espacio visitando el futuro de cada civilización, advirtiéndole a individuos privilegiados, elegidos, sobre el grave peligro que se cernía sobre sus cabezas. Habían llegado a la Tierra por casualidad, cuando se habían extraviado en ruta hacia Aggesar-VI, un planeta de Dwingeloo II, donde las guerras por los recursos acabarían matando a la mitad de la población en treinta años si nadie hacía algo por evitarlo. Ahora ella, Clara Stanford, era la encargada de cambiar el destino de la humanidad. McKinley, su prometido, no solo llegaría a ser el presidente del Parlamento Interestatal Terrestre, también aboliría el parlamento cuando esto sucediera, asumiría el mando supremo del gobierno y las fuerzas armadas terrestres; y terminaría desencadenando una guerra nuclear entre el planeta Tierra y sus colonias en Marte, donde los anhelos de independencia seguirían creciendo en los próximos años, con su padre como uno de los principales defensores de la soberanía marciana. Como lo establecían los estatutos de intervención algoriana en cuestiones extranjeras, no podían forzarla a actuar en contra de McKinley, solo revelarle los hechos futuros y apelar a su buena consciencia. Dicho esto, la voz se despidió y le deseó suerte y sabiduría a Clara, no sin antes recalcarle que la decisión era nada más suya. Clara corrió al baño y se lavó la cara. Se vio a sí misma en el espejo y pensó que se estaba volviendo loca. En la cocina, se sirvió un vaso de agua y juró que, sin importar qué dijeran William o sus padres, iría al médico al siguiente día. Se detuvo en seco a la par de la barra desayunadora: una fotografía ocupaba la primera plana del periódico, registraba la multitudinaria manifestación en la plaza central de Mensae, donde miles de personas se habían reunido para exigir la independencia marciana. Una lágrima corrió apaciblemente por su mejilla.

Recorte de un periódico marciano No. 4

Mensae, Cydonia.- En conferencia de prensa, el jefe de la policía mensaeina, Andrew Antkowiak, aseguró que la Policía Marciana de Mensae, en colaboración con los departamentos de policía terrestres y marcianos, ha redoblado los esfuerzos para lograr la localización y captura de Clara Stanford, hija del exbanquero George Stanford, principal sospechosa de haber asesinado al político William McKinley el pasado miércoles 22 de mayo. El cuerpo de McKinley fue encontrado sin vida, con dos impactos de bala en la espalda, por un jardinero en el campo de golf número nueve del Club Rotario Lunar la mañana del jueves 23.

Se desconocen los motivos que Stanford podría haber tenido para asesinar a McKinley, con quien planeaba casarse el pasado 7 de junio. Su casa, ubicada en el kilómetro catorce de la carretera entre Mensae y Colles, fue allanada el 26 de mayo; sin embargo, la policía no encontró ningún elemento útil para esclarecer el hecho.

Empleados de la gerencia del Club Rotario Lunar aseguran que, el día del crimen, Stanford llegó a las instalaciones en compañía de McKinley. Los testimonios del personal fueron corroborados por las cámaras de circuito cerrado, en cuyas grabaciones, queda en evidencia cómo la pareja arriba al lugar cuando falta un cuarto para las nueve de la noche. Las imágenes también muestran a ambos dirigiéndose al campo de golf número nueve. Posteriormente, Stanford, sola, abandonaría el club a las nueve y media de la noche.

El padre de Stanford, quien había abandonado su carrera como banquero tras presidir el banco Stanford & Harris durante más de treinta años, retiró oficialmente su candidatura a la presidencia del gobierno de Cydonia el pasado martes. Cuestionado por la situación de su hija, contestó que el crimen tiene destrozada a su familia y reiteró su plena disposición a colaborar con las autoridades terrestres y marcianas si estas así lo requieren. Por último, pidió a su hija, donde sea que estuviere, que se entregase a la policía.

V

Dos, tres, cuatro, cinco automóviles aparcaron en el estacionamiento del Club Rotario Lunar. El verano por fin había llegado y era tiempo de olvidarse de los estudios y la vida por un par de meses. Todos cursaban sus carreras universitarias en la Academia de Estudios Superiores de Cydonia, todos habían decidido escapar, al menos un par de días, de sus casas marcianas. Sus padres, banqueros, empresarios y políticos, se quejaban mucho: lamentaban las numerosas pérdidas monetarias que los nuevos impuestos legislados por las autoridades terrestres estaban ocasionando en sus negocios. Todos estaban exhaustos. Necesitaban  ese anhelado descanso con el que venían soñando desde la época de exámenes finales. Ahora estaban ahí y nada, ni las lecciones de historia y matemáticas, les impediría ser felices; sobre todo en el Club Rotario Lunar, adonde nadie quería ir desde que habían matado al parlamentario terrestre, McKinley, en los campos de golf. Atravesaron las puertas principales del Club llenos de entusiasmo y expectativas. Se registraron con un sombrío y taciturno gerente, quien explicó que, a pesar de los lamentables sucesos que recientemente habían acontecido dentro de sus instalaciones, todos los servicios ofrecidos por el Club continuaban funcionando con perfecta normalidad. Asintieron y siguieron ocupándose de sus vacaciones y nada más que eso; entonces, cuando hubieron dejado atrás al tétrico gerente, Domínguez propuso que tras almorzar en el restaurante, se dirigieran al campo de golf número nueve, donde habían encontrado el cuerpo de McKinley. Domínguez, con un destello de morbo en sus ojos, dijo que, con suerte, encontrarían un poco de sangre seca en el pasto, un arete de Clara Stanford, el arma homicida, con la que la Policía aún no daba. Stevenson, escéptico, negó que hubiese algo que encontrar ahí, los forenses lo habrían levantado todo al procesar la escena. Red estuvo de acuerdo con Stevenson, sin embargo, dijo que quería ir al lugar donde se había forjado la historia, o al menos una anécdota muy curiosa; mencionó la última noticia del caso que los medios, que ahora enfocaban sus artículos en el historial clínico de Clara Stanford, habían dado a conocer: en una nota escrita y enviada por Clara Stanford desde la clandestinidad, esta defendía sus acciones; alegaba la prevención de un bombardeo atómico, preventivo a su vez, que desencadenaría una guerra nuclear entre la Tierra y sus colonias marcianas; bombardeo que sería ordenado por su futuro esposo, William McKinley. Agregaba que estas informaciones le habían sido reveladas por una raza alienígena y que, si se le daba la oportunidad, podría ponerse en contacto con sus benefactores intergalácticos. Red terminaba de hablar cuando Vargas le detuvo: sobre la superficie de Marte; su hogar, uno, dos, tres, cinco pequeños puntos naranjas brotaban aquí y allá, en el Valle de Cydonia, donde las personas, en cuestión de microsegundos, se convertían en sombras sobre el pavimento; las ciudades, en campos arrasados; la vida, en un recuerdo, un eco milenario apenas perceptible.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1995). Estudia Ciencias Jurídicas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Actualmente cursa cuarto año.

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