No somos tu clase de gente

 

Por: René Patricio Carrasco Mora

Gardenia somos nosotros, tú o cualquier ecuatoriano que carece total o parcialmente de conciencia de clase, visto de otra manera, quienes aún creemos que las obligaciones de estudio, vivienda, ropa de marca -en lo posible-, farras y viajes, son obligaciones excluyentes de nuestros padres, al menos, hasta que terminemos la carrera universitaria o sucedan eventos pasionales desafortunados. En No somos tu clase de gente una de las protagonistas representa ese “nosotros” que constantemente se ve afectado, cuestionado y ofendido por sucesos que antes no tenía presentes en su estado de resguardo y confort. Resulta impactante observar cómo de a poco logra desnaturalizar su pertenencia a aquellas prácticas, costumbres e imaginarios para intentar ser parte -parcialmente- de un espacio nuevo, desconocido. Gardenita se embarca en una travesía hacia la otredad, quizá un sector que consideraba más vulnerado, pero que la termina interpelando, al punto de sentir patetismo por su vida anterior.

La ambientación  pareciera tener lugar en Quito, en un escenario llamado: La calle de las Mascotas. Donde conviven seres de la “mitología capitalista” buscando promocionar puestitos de comida, vestimenta y hasta una botica/bazar. Hay una excursión a la costa (que parece un guiño al filme Y Tú Mamá También del mexicano Alfonso Cuarón), las típicas borracheras a la ecuatoriana, puñetes y una revolución en marcha. Está el escritor, los militantes radicales, el líder popular con tintes anarquistas, su perro y Gardenita. Besos, desilusiones, viajes, sexo, tristezas y alegrías.  

Don Tomás (1) construye un entramado de sucesos narrado a tres voces, cuatro, con la de Cambó, que representan tipologías ecuatorianas divertidas, interesantes, y en ocasiones, un tanto exageradas. Se entrevé en su escritura la influencia del gótico inglés, detalles minuciosos, el desarrollo de los hechos, el héroe y antihéroe, la lucha de clases, la ilusión amorosa, el triunfo del maniqueo esencializante, “lo que está bien contra lo que está mal”, entre otros aspectos. Sin embargo, no nos atrevemos a situarla en un solo género; Ramírez Paredes cambia los recursos literarios constantemente, juega con las voces, deja huellas del Llentelman más radical de forma indirecta, casi como si pertenecieran a otro texto. Hace un movimiento interesante con Cambó -el perro del Llentelman- quien a pesar de hacerse presente en tercera persona, logra definir su autonomía y convertirse en un narrador más. De distinta forma, pero también presente en Rulfo, no podemos imaginar El Llano en llamas o Pedro Páramo sin la presencia de los perros. La novela de Roberto perdería sentido sin Cambó. De todas formas, hallamos una lejanía disonante y un rompimiento abrupto con la realidad novelada, con la referencia a Johnny Cash y el “himno” (canción en italiano) del Llentelman, hubiéramos preferido una selección de canciones de algún insurrecto latinoamericano fuera del alcance del cliché cabralesco o víctorjaresco o algo más empático con la generación hija de la sociedad posindustrial. Nunca está demás revisitar minuciosamente y hacer  una mención en concordancia con los consumos culturales de nuestra región.

“ (…) me puse nervioso, me pasa cuando soy el centro de atención, también cuando voy a salir de una librería con detectores de robo marca Thulup-Selohssa, sin importar que no haya robado nada. Simplemente me pongo nervioso. Mi inconsciente me dice que soy un ladrón.”

Roberto pareciera encarnarse, aunque no completamente, en Guillermo. Deja entrever pantallazos de su propia vida: el viaje que hace a México por la publicación de su novela, la agilidad y belleza con que describe emociones y pensamientos, los gustos literarios (Stevenson, Wells, Lérmontov) e incluso la aparición de Cambó bajo la tutela del Llentelman, que bien podría ser su perro Cafú. Esto último puede ser un dato intrascendente, o no, lo dejamos a criterio de cada lector que esté dispuesto a disfrutar y armar sus propias conjeturas. Eso sí, es una novela que echa luz al opaco mito de que en Ecuador no se hace literatura con grandes ambiciones. Hoy se escribe y se lee bien. La nueva narrativa ecuatoriana está a nuestro alcance y crea sus propias expectativas, clama su espacio en las literaturas de la región.

 

– – – – – – – – – – –

Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México. En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami; en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial. Ha ganado dos concursos de cuento. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, es Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona.

 

 

Notas al pie:

1 Seudónimo de su novela “La ruta de las imprentas.” México: Universidad Veracruzana, 2012.  

Bibliografia:

Ramírez, Roberto. “No somos tu clase de gente.” Ecuador: Centro de publicaciones PUCE, 2018.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s