Marlen y Sara

                                         Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

 

Por Julieta Concilio          

 

Bondi

– “¡Andate a la puta que te parió!”, fueron las palabras que Marlen lanzó con fuerza contra el bondi, como quien tira un saco de mierda con todas sus frustraciones dentro.

En Buenos Aires, la gente suele tener estos puntos de fuga para descargar la ira contenida en tantos años de rutina citadina. Son como pequeñas grietas que se van abriendo en los infinitos trayectos cotidianos del mundo que va de Capital a Provincia y viceversa.

Sara cultivaba estos trayectos ya desde 2003. Siendo una estudiante secundaria de un colegio progre de provincia, viajaba a capital una vez por semana, a tomar unos cursos de fotografía en el Centro Cultural “Casa tomada”. El primer bondi que aprendió a tomarse con regularidad fue el ciento veintitrés, le gustaba dormirse en los viajes con el mecer tosco de las ruedas sobre el asfalto.

Marlen y Sara no trabajaban, se autoproclamaban unas “pequebú” de aquel pueblo-ciudad que habitaban en los márgenes de la provincia de Buenos Aires. El reguero de fantasmas vecinales del pantano coqueto en el que vivían, nunca les había permitido frecuentar los mismos lugares, ni tener amigos en común, ni doblar en el mismo momento, en la misma esquina, en sentido contrario. Se tuvieron que ir a conocer a Capital.

– “¡Qué hijo de puta! ¿a vos te parece? ¡Ya es el segundo que pasa y no me para! Este cincuenta y tres del orto. Si no te digo…”, mientras Marlen escupía los últimos pedacitos de mierda contra la cara de Sara, pasó otro cincuenta y tres. Tampoco paró. Empezó a llover. Las señoras que estaban esperando el mismo bondi, distanciadas de la joven que gritaba, no tuvieron más remedio que ir acercándose al amparo del minúsculo techito de la parada. Sara sonrió observando la mierda de Marlen que se deshacía junto a las gotas cada vez más seguidas y más gordas de aquella lluviosa espera.

Marlen terminó de gritar con una pregunta retórica que Sara contestó con una respuesta retórica. Estaban en la esquina de Puan y Rivadavia. Recién habían salido de un teórico de Tiscornia en el que tampoco se habían encontrado. En el transcurso ocurrido entre las 11:15 y las 11.45 AM de aquel jueves lluvioso, ya se habían sorprendido de haber vivido veinte años en el mismo margen provincial sin conocerse, habían planeado tomarse el cincuenta y tres a la misma hora para la próxima clase y empezaban a tener conocidos en común.

Llegó otro cincuenta y tres que, esta vez, sí paró. Se cedieron el paso una vez cada una y luego subieron al bondi.

Calle Nazca

– “Siempre se para acá, ¿querés sentarte?” le ofreció Marlen a Sara en el medio de un silencio incómodo. Nada del otro mundo, un pequeño silencio propio de cualquier persona que respire. Pero a Marlen no le gustaban los silencios. Cada vez que el silencio venía, Marlen ya estaba preparada para contenerlo, reducirlo, superarlo e invadirlo.

Salvo las veces que el silencio venía de repente. Marlen podía predecir cualquier silencio, excepto por el silencio intempestivo. Cuando eso ocurría, Marlen abría sus ojos verdes hasta el límite de sus párpados -a veces, también abría la boca- miraba al primer punto fijo que encontraba y dejaba de hablar. El péndulo que la movía de un lado a otro siempre quedaba atascado en alguna red neuronal que lo enrulaba. Marlen siempre se enredó en sus propios pensamientos.

Pero eso no fue descubierto por Sara hasta mucho después de aquel día. En la vía de Nazca y Yerbal, Sara se sentó y viajó anonadada por los ojos de Marlen hasta el destino final.

De provincia a capital

– “¡Tenés una media de cada color!”, escribió Sara en un papelito que le pasó a Marlen, el sábado siguiente, en el aula de Puán donde no escucharon nada del teórico de Tiscornia.

Aquella mañana de sábado empezó a las 5 am, en aquel pantano liminal inentendiblemente habitado. Marlen y Sara se levantaron para ir a cursar. Marlen se hizo un café con leche y comió una sobra recalentada de fideos con salsa mixta. Sara se preparó un mate y comió unas tostadas con queso que se le quemaron en el centro. Cinco minutos antes de salir, ambas perdieron las llaves. Sara las encontró en su mochila. Marlen no tuvo la misma suerte. Intuitivamente las fue a buscar al freezer. Todo lo que Marlen no sabía dónde meter, lo metía en el freezer. Pero las llaves fueron encontradas, diez minutos después, debajo de su almohada. La noche anterior había caído rendida de cansancio, luego de haber tomado unas cervezas en la casa de su prima, que le había preparado los fideos con salsa mixta.

De camino al reencuentro, Marlen coqueteó con su reflejo en cada uno de los vidrios de las tiendas semiabiertas de la peatonal. Sara, en cambio, utilizó las vidrieras de otras calles más dormidas, para practicar posibles reacciones al momento del reencuentro. Salieron pequeñas carcajadas de sí mismas, en el mismo momento, en distintos ángulos.

– “¿Te gustan?”, le contestó Marlen al papelito. Pero la discreción nunca estuvo entre sus prioridades. Los movimientos que se desplegaron en su cuerpo, tan sólo por esas dos pequeñas palabras, fueron suficientes para provocar la incomodidad de Sara que dio un pequeño estallido con su risa en medio del frío silencio áulico.

Cuando terminó aquel sermón que parecía infinito, Marlen y Sara se fueron a “el bar de la facultad”. Era un sucucho sucio con paredes de cerámica amarilla y ribetes negros en las esquinas, barra de mármol y máquinas de café sonando constantemente. El fetiche: discusiones políticas, protagonizadas por los mismos estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras. Los tipitos con aspiraciones de machos progres desplegaban sus alas de pavo real, cada vez que veían entrar a un par de minitas con aire de minones inteligentes. Los cuerpos atascados en la pose dentro de aquel lugar daban asco, sobre todo a Marlen.

Intentaron tomar un cortado cada una con un par de tostados, mientras hablaban. Lo primero sucedió, aunque huyeron dejando uno de los tostados por la mitad. Al salir, Marlen le preguntó a Sara si le gustaba ir al centro. Caminaron hasta Primera Junta y se tomaron el subte en sentido contrario a provincia.

A la Parisienne

– “Mi mamá tiene cáncer”, escupió Marlen mientras Sara abría el vino tinto que tomarían durante esa noche de viernes, un año después de conocerse. Sonaba Drexler en un equipo de música noventoso, acogido por el piso de madera y las repisas de roble. Entre recuerdos plásticos de vacaciones a Mar del Plata, algunos portarretratos con fotos viejas y los títulos fantasmales de la biblioteca de la casa de la madre de Marlen, esa música era lo más acogedor de la velada.

El ventanal por donde Marlen estaba mirando cuando soltó el cáncer de su madre, se llenó del humo de su cigarro, que pronto encontró la ruta para volver de frente a sus ojos. Un silencio intempestivo redujo, por fin, a Marlen.

Pero Sara no pudo aprovecharlo. Se quedó perpleja en la mesa ratona donde abría el vino, centímetros detrás de Marlen y su cigarro. No supo qué decir. Sara nunca se había enfrentado a una idea tan viva de la muerte. Terminó de abrir el vino, sirvió las dos copas asignadas para la ocasión y fue a buscar un abrazo que sabía rechazado de antemano. Empezó a sonar “Yo quiero ser una chica Almodóvar” en la reproducción aleatoria del CD, con un compilado de “Los mejores de la balada hispanoamericana”. Marlen invitó el brindis y Sara la sacó a bailar.

Esa noche transcurrió al ras de sus trayectorias. Se dieron las manos unas cuantas veces, compartieron humo y cigarros hasta las 4 de la mañana; debatieron sobre política internacional y recordaron las discusiones de los tipitos del bar de Puán, que ya no frecuentaban. Criticaron películas de amor; se rieron; cantaron desafinadamente un repertorio ecléctico de éxitos transatlánticos de los dos mil; tomaron vino de la misma copa, se abrazaron y se durmieron juntas, acurrucando sus cabezas en un sillón relleno de pelotitas de telgopor y sus culos contra la madera dura del piso.

La mañana siguiente se despertaron con olor a saliva estancada en la boca. Ambas pudieron olerse. Con la resolana tenue de primera mañana, apoyaron sus talones contra el ventanal. Se rieron de haberlo hecho al mismo tiempo.

La madre de Marlen apareció en la puerta de la cocina con unas ojeras, imborrables en la memoria de Sara. A pesar de su notoria enfermedad, tomaba un cortado grande mientras fumaba, con mucho gusto, un clásico Parisienne. Les ofreció unas tostadas que ambas aceptaron. Sara hizo mate. La mamá de Marlen la felicitó por no mojar la yerba de arriba. Se sentaron en la mesa del living y la mamá de Marlen se prendió otro pucho.

El trance

En Avenida Santa Fé al 4500, Marlen y Sara pasaban noches enteras tomando vino tinto y fumando porro, mientras creían estirar los límites de su juventud al ritmo de canciones como “Boys don´t cry” y “Girls just wanna have fun”. A su alrededor, un ejército de hormonas invadía los cuerpos de otras mentes igual de perdidas.

– “¿Cuándo nos vamos a Bolivia?”, preguntó Sara a Marlen, mientras revoleaba su cabeza, buscando las luces de colores caídas del techo del antro. Siempre intentaba extender sus sensaciones con los caleidoscopios que las luces armaban en esa extraña heterotopía enclavada en el medio de la Ciudad de Buenos Aires.

Sonriendo con maldad, Marlen ametralló lo que creía que era el sentido común de su amiga:

– “¿Te vas a ir de vacaciones sin tu novio?”.

Sara detuvo su marcha psicodélica y arremetió:

– “Me voy a ir con vos ¿Cuántas veces más me vas a reclamar que no vivimos juntas?”.

Con dos años de relación a cuestas, Marlen ya había entendido que Sara podía ganar ciertas discusiones. Sólo que no se acostumbraba al poder que su amiga había engendrado luego de haberse ido de la provincia. A decir verdad, le producía casi el mismo asco que los embriones de macho progre de aquel bar de Puán, pero al mismo tiempo, envidiaba la belleza que ese poder distante había producido en Sara.

Tomando el culito de vino que le quedaba en el vaso, retrucó:

– “¿En enero?”

– “Me gusta”, contestó Sara, ya relajada y volviendo al eje de las luces caleidoscópicas que marcaban su marcha. Sin embargo, el humo de un cigarro cercano invadió el trance. De repente, recordó por qué no vivía con Marlen. Hacía pocos meses, había tenido un enfrentamiento con su padre que la había obligado a tomar una decisión rápida y fundamental. O seguía las anticuadas reglas de quien le había dado la vida o se iba definitivamente de su casa natal. Sara tuvo que agarrar lo más a mano que tenía. Marlen todavía estaba muy lejos, en las vísperas de la muerte de su madre.

El novio apareció con un vaso de cerveza recargado justo cuando Sara se daba cuenta del desenlace de aquel recuerdo. Como si hubiese sido contagiada por la verborragia de Marlen, vomitó:

– “En enero nos vamos a Bolivia”.

Dos porteñas liminales

Consiguieron usar unas millas que el padre de Marlen tenía guardadas y viajaron en avión hasta Santa Cruz, a mitad de precio. Hacía un año que Sara vivía con su novio, quien fue a despedirla al aeropuerto con la intuición de que no volvería a verla nunca más. Marlen sintió esa separación como una victoria personal. Desde la muerte de su madre, vivía sola en un departamento en Almagro. Aunque lo de “sola” nunca fue cierto. Todos los días, se las arreglaba para invitar a alguien a dormir. Sara estaba en primer lugar entre los huéspedes más asiduos.

Marlen y Sara se subieron al avión y se sacaron dos fotos con el obsequio digital que el padre de Marlen había aportado para el viaje. El mismo aparatejo, todavía novedoso por aquel entonces, fue una compañía grata hasta el día seis. Unos pocos recuerdos gratos quedarían retratados con aquel bulto durante los siguientes diecinueve días.

Los silencios intempestivos empezaron a ser cada vez más seguidos, Marlen se volvió cada vez más incapaz de contenerlos. La tarde del séptimo día, empezó la guerra que nadie ganó. De camino al mercado, a Marlen le molestó que Sara pusiera cara de asco mientras tomaba café en bolsita. Unos metros después, entró a una iglesia, lanzó una carcajada que retumbó en los techos de piedra y mandó a la mierda al cristo que guardaba los secretos de los treinta desahuciados presentes. Sara entró en cólera. La bolsita de café se vació sobre la nueva chaquetita verde que Marlen había comprado en una feria de Sucre.

Durante las mañanas, las tardes y las noches que siguieron, Marlen y Sara se comportaron como las dos porteñas liminales que siempre odiaron ser. Pero lejos de casa, despojadas de la rutina que lograba ocultar sus ansiedades, emergió la furia propia de los inconformes. Nada les vino bien. Los días ocurrieron lentos, apesadumbrados, chorreados de hastío. Buenos Aires aparecía en cada semáforo, chocándoles la cabeza contra el asfalto. No entendían por qué, después de tantos años de odiar aquella ciudad, venían a extrañarla justo en el momento y el lugar en que lograban ser libres.

– “Se prohibe efectuar sus necesidades fisiológicas”, leyó Marlen en un cartel que apareció fugaz en el reflejo del espejo retrovisor de la van destartalada en la que viajaron de vuelta al aeropuerto. Sin saberlo, Sara leyó el mismo letrero en sentido contrario, apoyada de espaldas al camino. Se bajaron acompañadas por el ceño fruncido. Marlen pensó que Sara estaba enojada. Sara creyó que Marlen estaba dormida. Fueron a la puerta de embarque, a esperar el avión. O lo que fuese que apareciera. Un libro, una estampilla, un desconocido. Lo que fuera. Ya no soportaban el desconocimiento mutuo que habían engendrado. El olor a axila de Marlen, del que tanto disfrutaba Sara no más de dos meses atrás, ya no tenía el aroma de la libertad. Era puro hedor puerco luego de cuatro días sin tocar el agua caliente. Las costras del pelo de Sara ya se veían entre sus sienes y caían susurradas contra el suelo cada vez que se abría la puerta del baño de enfrente. Mirándose con desprecio, se quitaron el peso de encima:

– “Ya no puedo encontrarte”, dijo Sara.

– “Ya no quiero buscarte”, replicó Marlen.

En Barcelona son las cinco de la tarde

Meses después del regreso de Bolivia, Sara se separó de su novio y se fue a vivir sola cerca del departamento de Marlen. La casa de Tucumán al 3500 fue el monoambiente más triste de su vida. A pesar de estar a pocas calles de los ojos de Marlen, nunca más supo cómo volver a encontrar ese particular “verde marihuana”.

Planearon una última velada. En realidad, la planeó Marlen, que le pidió a Sara que fuera a ver las fotos de aquel infortunio boliviano (aún a sabiendas de que la dejaría plantada en la puerta, mientras publicaba los retratos del horror en una red social recién estrenada). Nunca más Sara volvió a pisar suelo marleniano. Las últimas lágrimas de despedida, las agarró de su mejilla derecha y las tiró con rabia en la calle Gascón, contra el vidrio de un corsa blanco.

Marlen y Sara no volvieron a verse. Diez años después, en Barcelona son las cinco de la tarde. Entre actores caretas y cafés expressos, Marlen recuerda por qué no abrió esa puerta.

 

 

Sobre la autora:

Juego con imágenes como los bebés con sus móviles de animalitos. Planeo incongruencias. Hago rumiaje de mis pensamientos y me gusta incomodarme. Disfruto al compañero que me provoca los días, las vidas. Pedaleo en el barro, como me enseñó la antropología. Levanto vuelo constante, como aprendí del teatro. Cuando puedo tomo fotos, es mi cable a tierra. Soy Julita, una porteña pedante que, siendo sujeta de estos tiempos líquidos, busca. Incansablemente busca.

 

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