Zama de Lucrecia Martel: apuntes sobre la identidad, interculturalidad, transformación

                                         Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

 

Por Andreas Portillo 

1.

Mucho se ha dicho ya sobre la adaptación de la novela de Di Benedetto por Lucrecia Martel. Sin embargo, a pesar de los innumerables artículos que circulan, y de las múltiples interpretaciones, vale la pena detenerse en un par de cosas que ya se han puesto sobre la mesa. Una de ellas es que la película habla tanto del pasado como del presente. Esto es una decisión que la directora hace a propósito, en distintos momentos de la producción, desde los objetos que forman parte de la puesta en escena que abarcan distintos períodos de tiempo y de diversos lugares del mundo, a la elección del soundtrack, al lenguaje mismo, al diálogo que se utiliza en la película. Entonces podemos decir que Zama es una interpretación de un pasado ya interpretado, tanto por historiadores, como por el propio Di Benedetto. Que Zama es un recordatorio que en la historia latinoamericana hay rupturas y continuidades, que el pasado afecta de manera determinante el presente, y que la lectura del pasado depende de la coyuntura desde la que uno dice lo que dice. Sin embargo la película tiene una idea subyacente en la que quiero ahondar: que la identidad latinoamericana se ha construido en torno a la negación. Que desde la colonia y la larga y caótica espera por la conformación de los Estados Nacionales, la sociedad fue moldeada a imagen y semejanza de las élites, primero conservadoras, caudillistas, oligárquicas, después liberales, positivistas, modernizadoras. Incluso ya entrado el siglo XX los proyectos políticos de masas que se articulan lo hacen desde arriba hacia abajo, los partidos políticos en Brasil surgen en el seno de un régimen dictatorial y en México la revolución – siendo el zapatismo el único caso en el que los indígenas y campesinos son liderados por indígenas y campesinos- es institucionalizada.

Todo esto, la negación, las relaciones de poder, se muestra en distintas escenas de la película, por ejemplo en esa primera escena donde una mujer española se da un baño de barro con un séquito de clases subalternas imitando sus movimientos, resguardando su seguridad. El vouyerismo – en realidad más que ver, escucha- de Don Diego de Zama en esa escena, y la indignación del mismo al ser perseguido por una mulata para dejarlo en evidencia. O bien, la confesión necesaria y forzada de un hombre que se niega a declarar un crimen que no comprende. O el hijo bastardo de Zama, que éste se niega a reconocer. O las charlas superficiales que tiene con la española Luciana mientras dos esclavos negros les sirven alcohol o mate y los abanican. La misma condición del protagonista, tanto en el libro como en la película apuntan a esto, a la larga espera del protagonista por ser transferido a la metrópolis, porque no puede concebir una vida real en medio de una provincia del interior, no consigue identificarse o empatizar con quienes lo rodean –funcionarios corruptos, indios, esclavos negros, los criollos de la pensión en la que vive-. Ante el vacío, ante la no pertenencia, ante la imposibilidad de sublimar sus pulsiones de alguna forma, Zama busca desesperado encuentros carnales que se ven frustrados una y otra vez, porque él a su vez es negado – por su edad, por su condición de criollo, por su apatía existencial-. Es esto lo que lo empuja a embarcarse en la búsqueda de Vicuña Porto a final de cuentas, el hombre al que se le achacan todos los males. Como explica el propio Zama en la novela:

“Vicuña Porto era como el río, pues con las lluvias crecía. Cuando las aguas del cielo tórrido se derramaban sobre la tierra, se hinchaba la lengua larga de la corriente, mientras Vicuña Porto escapaba de aquellos suelos asiduamente mojados. Entonces si una vaca se perdía, culpa se echaba al río, el lamedor de la gula incesante y si un mercader moría, en la cama destripado, ya esa culpa era de Porto. Con cada año –e iban dos- Vicuña Porto era un hombre numeroso y la ciudad le temía”.

2.

La historia de los siglos pasados en Latinoamérica es entonces, sin duda, la de la negación de los pueblos originarios, la negación de la participación política a las clases subalternas. La negación de la afro descendencia, por citar dos ejemplos: En El Salvador y en Argentina el relato oficial niega – o el que han proyectado las clases dominantes – que la población negra haya sido o sea significativa. Sin embargo, el trabajo de docenas de historiadores lo desmiente ¿Por qué el empeño entonces de negar esta interculturalidad? ¿Por qué el empeño de construir la cultura legítima – siempre hay una cultura legítima y una contracultura en oposición a ésta- con los ojos puestos en el otro lado del charco?

Esto nos lleva a otro aspecto también presente en la película, y esto es, como se ha mencionado antes, que a pesar de la cultura oficial, hay una esfera que es construida independientemente de la cultura hegemónica o de las estructuras económicas y políticas que subyacen en la construcción del relato oficial. Autores como Hogarth, García Canclini, Sergio Miceli ya han hablado larga y extensamente sobre la cuestión. Esto está presente en lo que Zama se niega a aceptar como propio, en las relaciones que tiene con los locales, en la familia mestiza que se presenta ante el corregidor porque sus tierras están siendo atacadas. En el mismo viaje en busca de Vicuña Porto, la expedición de colonos tiene un encuentro con una tribu que no ha sido colonizada, en este encuentro se produce algo nuevo, algo constitutivo en la identidad latinoamericana, en este encuentro es donde Zama se da cuenta de que la vida fuera de la metrópolis es dura, sí, pero más auténtica, es otra cosa, de la que él ahora forma parte.

La identidad latinoamericana está en buena medida determinada por la proyección de las élites, por el relato fundador y los símbolos y mitos que se inventan para dar cohesión social, pero también está atravesada por todas esas otras identidades, esas otras historias, esos otros trayectos. La identidad, la cultura, es un territorio en disputa permanente, donde unas cosmovisiones se enfrentan a otras; es un territorio de disidencias, donde a veces surge alguien como Lucrecia Martel, que además de retratar la opresión, la historia olvidada, le da la vuelta a la tortilla retratando con dignidad a los pueblos indígenas, a los actores y actrices que nos recuerdan que a pesar de la barbarie de los conquistadores, a pesar de los que se empeñan en construir sin incluir, los pueblos originarios de América están vivos. Esto es lo que llevó a Selva Amada a reflexionar sobre el pasado y el presente de los indígenas en Formosa, en el libro El Mono y el remolino [1],  que en principio trata sobre el rodaje de Zama.

El filme, como cualquier producto cultural que se proponga recordarnos esta negación del otro, de los múltiples otros, constituyente en la génesis y desarrollo de nuestros Estados-Nación, nos invita a tomar conciencia, a transformar.

Notas al pie:

1  https://www.revistaarcadia.com/impresa/cine/articulo/zama-pelicula-de-lucrecia-martel-segun-selva-almada/66192

Sobre el autor:

San Salvador (1994). Escribe ensayo y narrativa.

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