Pablo Di Marco: “Un escritor no tiene que serle fiel a nadie”

Por:  Marvel Aguilera
Fotos:  Gisela Guardado

Es un miércoles de sol asfixiante en Villa Crespo y Pablo Di Marco ya está sentado en una de las banquetas del Café San Bernardo, a pocos metros de la Estación Malabia. El ruido de los tacos de pool oscila como si fueran castañuelas enlentecidas. Detrás, hay un cuadro gigante en blanco y negro de una hinchada a pleno cántico. Un anciano juega contra su nieto en una de las mesas. Le marca cómo pegarle a la bola blanca. Lo mira. Di Marco pide invitar unas cervezas. A un costado de la larga mesa hay una pila de metegoles antiguos arrumbados debajo de una plástico transparente. Dos chops congelados se ofrecen como oasis en medio de una ciudad cada vez más árida. A pesar de haber reconocido hace unos días atrás el cerco desesperante de su literatura, Di Marco parece relajado. Está atento a cada una de las preguntas. Se toma su tiempo entre cada exposición y retoma las palabras. Tiene una remera con botones levemente abierta. Para él, el reportaje tiene un cariz especial. Hace menos de una semana salió su entrevista número cien en Libros y Letras, el portal cultural colombiano donde colabora desde hace cinco años con la sección “Un café en Buenos Aires”.

En su novela, Tríptico del desamparo, que acaba de ser publicada en la Argentina por Odelia, el reportaje ocupa un lugar clave en el desarrollo ulterior de los personajes. Ese diálogo funciona como propulsor. Es presente pero también devenir. Un recorte lúdico que simboliza el intercambio de toda una vida entre la existencia y la identidad. Le comento a Di Marco que en la mayoría de los reportajes que le han hecho hay una actitud que él acentúa: escapar. Pero que nunca queda claro de qué es que escapa. “De uno mismo, de la realidad. Escapar de nuestras propias mediocridades”, dice. La literatura, como a priori uno puede imaginar, permite el desdoblamiento, la creación de universos imaginarios. La duda es si aquellos personajes inventados pueden tener vida propia. Dejar de ser del autor que los forjó. “Cuando intentás escribir ficción te la pasás mintiendo, y cuando querés mentir te la pasás filtrando verdades. Uno intenta escapar pero nunca escapa”. En ese sentido, la literatura parece un espejo trizado, donde la imagen devuelta se bifurca en la mente de los lectores, a veces como un recorte más exacto aún que la propia realidad moldeada por los medios. “El escritor es un gran mentiroso, que en el medio de esas mentiras termines diciendo enormes verdades, puede ser. ¿Cuándo escribís quién sos? ¿El escritor, el narrador o el personaje? ¿Sos todos o ninguno? Yo particularmente nunca le creo a un escritor, empezando por mí”.

Tríptico del desamparo es una novela que pareciera en una primera impresión hablar sobre la redención, pero si uno se pone a analizar los errores de los protagonistas ve que son parte de la condición humana. ¿El recorrido de fondo es entonces sobre la aceptación?

Está bueno lo que señalás. La novela habla tanto sobre la redención como sobre la aceptación. Y es inevitable que así sea, porque una no existe sin la otra. No hay redención sin aceptación, no puede renacer quien no es capaz de comprender las oportunidades que desperdició, ni el daño que les causó a los demás y a sí mismo. No es casual que en esta novela Rafael deba caer hasta el último sótano de su vida para encontrar una vela encendida de la cual sostenerse y reinventarse.

Rafael encarna el acto conmisceratorio, el tipo al que hay que darle una oportunidad para que pueda cumplir con sus metas. Pero generalmente las personas no tienen ese tipo de oportunidades, las buscan, las construyen. ¿Por qué a él lo ponen en ese lugar?

Creo que Rafael tiene una serie de virtudes a pesar de las innegables miserias con las que carga, que son las que le dan la oportunidad de que los otros le sigan dando oportunidades. Es un pibe inteligente y brillante. Ambicioso en el mal sentido pero también en el buen sentido de la palabra. Es lindo y seductor. Es alguien que te imaginás haciendo bien el amor. Tiene esas cuestiones que hacen que ciertas personas quieran darle oportunidades. Pero sin dudas que es un miserable. Por otro lado, aún muy tarde, él se da cuenta de todas las cagadas que se mandó. Y ahí se pregunta “¿cómo hago?”.

En la última parte el clima de la novela es otro, nunca termina de saberse si Rafael está realmente en un palacio de Venecia o en una especie de limbo previo al más allá. ¿Por qué?

Yo creo mucho en esa frase que dice que “es el lector quien termina de escribir el libro en su cabeza”, pero también creo que esa frase resultó un arma de doble filo que le dio vía libre a muchos autores para escribir finales abiertos hasta la ridiculez. O mejor dicho, para ni siquiera tomarse la molestia de escribir el desenlace de sus libros, y que el lector se las arregle. Eso es lo último que yo pretendo en mis libros. Lo que busqué en el caso de esta novela es proporcionarle al lector todos los elementos necesarios para que sea él quien se responda la pregunta que me planteás. ¿Rafael viaja a Venecia? ¿O Rafael muere en Buenos Aires y Venecia hace las veces de un purgatorio o limbo, como vos lo llamás? Yo creo que Rafael de veras viaja a Venecia, pero algo me dice que dentro de treinta años —y espero estar vivo para esa época— me inclinaré más por la idea del purgatorio.

Es curioso que la mayor parte de la novela tiene un corte realista, pero sin embargo hay un efecto fantástico que aparece en el último tramo en relación a Irene. ¿Por qué?

Me acuerdo cuando leí La espuma de los díasdias. Creo que en la página uno el protagonista se encuentra dialogando con una rata. Me dije: qué maravilloso sería si esto de conversar con una rata en vez de ser algo permanente desde el quinto renglón sucediera en una novela de corte realista recién en la página cien. Sería un palazo. Eso me quedó en la cabeza como lector. Me dije que si alguna vez encontrara el cauce para meterlo en un novela lo haría. Y acá lo encontré. Porque es maravilloso, divertidísimo. Desafía al lector. Me desafío a mí mismo. Y sé que puede haber un costo a pagar. Que quede gente afuera. Puede pasar. Irene es una intelectual de torre de marfil y si a mí viene un lector y me dice que ella en realidad es un ángel, yo le digo que tiene razón. Pero porque yo le dejé las migas en el piso para que piense eso.

Cuando Irene devela su otra identidad por medio del reportaje parece mostrarse como alguien que nunca se evadió realmente, sin embargo fue la misma persona que nunca terminó de hacerse cargo de la situación de su hijo y del amor hacia Rafael.

Irene es un ser tan poderoso como quebrado. Y esa característica tan dual la vuelve contradictoria y difícil de enmarcar, en fin, la vuelve tremendamente rica. Irene es como una reina derrotada que vive del recuerdo de sus viejas conquistas. Pero atención que aquellas viejas victorias aún pueden lograr que más de un súbdito aún se arrodille a su paso. Y ella lo sabe.

¿No es un poco decepcionante pensar que tu vida puede estar ya escrita en una novela?

Ah, no sé. A mí me aburren los autores con aires de sabihondos que llenan sus libros de respuestas. Yo no escribo para ofrecerte respuestas sino para meterte preguntas en la cabeza. ¿A vos qué te parece? ¿Es decepcionante? Ahora, si me lo preguntás a mí no como autor de Tríptico sino como lector, te respondo que no, no me parece decepcionante. Tal vez la cuestión sea preguntarnos si un destino ya escrito es un destino inmodificable. Eso Occidente se lo preguntó por dos milenios y me parece que aún no llegó a una respuesta.

¿Rafael sin Irene es el reflejo de una Argentina huérfana sin el cobijo de la democracia?

Es una buena interpretación.

Hay un lugar muy importante dedicado a la cultura italiana. ¿Qué tanto influyó en la novela?

Mucho. Desde el minuto cero apunté a que la novela fuera un homenaje a la cultura italiana. A su literatura, su pintura, su arquitectura… No son arbitrarias las menciones a Moravia, Giotto, la descripción de los palazzos de Venecia, etc. Mi papá era italiano, siempre me habló en italiano, tengo familia allá… me crié muy empapado de esa cultura y quería trasladar esa riqueza al libro. Te digo más, mientras planeaba su escritura, llegué a fantasear con escribir un buen porcentaje del libro en italiano, e incluso que ciertos pasajes estén escritos en dialecto veneciano. No hubiese estado nada mal, a veces me arrepiento de no haber tenido la valentía de hacerlo.

¿Entonces la novela nace como una alusión a tu familia?

Yo quería homenajear todo eso. Pero también quería escribir – salvando las distancias – mi propia Muerte en Venecia.  Hay algunos libros que los lees y te decís ¡La puta madre por qué no lo escribí yo! Bueno, nunca lo vas a poder escribir. Pero sí reescribirlo. Lo que me gustó con Tríptico fue que pude transmitir un ambiente. Y eso no es poco. Y moldearlo en una historia que me interesaba. El resto que lo diga el lector.

Siento que en Muerte en Venecia está todo. Adoro las novelas de ochenta o cien páginas, que lo condensan todo. Que con una anécdota te pueden condensar el mundo: El viejo y el mar, Metamorfosis, Muerte en Venecia. Adoro las novelas como Los Miserables, de mil páginas que cuentan y describen el mundo. Pero siento que con una anécdota también se puede hacer. Y Muerte en Venecia logra eso. Y en especial la cuestión de la decadencia de los años. Hay mucho de Irene en eso. De sentirse que ya no cuajás en el mundo. Y qué mejor que Venecia para sentir eso.

di marco

Pienso en La Romana de Alberto Moravia y encuentro a una mujer muy auténtica y valiente, que lucha contra las ataduras morales. ¿En algún punto el alter ego de Irene Vidi viene a resolver esa incapacidad de ella por hacer valer su lugar?

No es casual que las máscaras sean una de las protagonistas del libro. Hay una frase de Sabato que me resultó muy inspiradora a la hora de escribir esta novela, es más, debió haber sido su epígrafe y no sé bien por qué a último momento la dejé afuera: “Y solo con máscaras, en el carnaval o en la literatura, los hombres se atreven a decir sus tremendas verdades últimas”. Por desgracia no podemos ser siempre nosotros, hay momentos en los que las máscaras son inevitables. Hay un punto en el que Irene, cuando se sabe ya incapaz de seguir cumpliendo con su mandato, se escuda detrás de diferentes máscaras y, como bien señala Sabato, comienza a decir sus “tremendas verdades últimas” a través de ellas.

¿Qué tipo de devoluciones tenía la novela cuando se publicó en Colombia y cómo son las que tiene ahora en el país?

Tengo un tema con las devoluciones. A ver, dejame pensar, que no sé cómo decírtelo. Lo que me pasa es que… Por un lado no me llevo del todo bien con las felicitaciones. Es más, a veces creo que prefiero que me critiquen a que me elogien, porque ante el elogio no sé ni qué cara poner, y de la crítica casi siempre rescato algo. Y por otro lado aprendí que la mayoría de la gente no elogia el libro sino la publicación, el que la novela haya ganado un premio, la foto en el diario. Vos conocés el mundo del libro y usás redes sociales, así que sabés de qué hablo. Me aburre bastante cuando veo a escritores postear en facebook: “Me escribió Carlitos de Avellaneda para decirme que mi novela lo conmovió en su fibra más íntima”. Me aburren los escritores que aseguran que la última novela de su amigo escritor “es una obra maestra”. Me aburren las contratapas que dicen que “Pepito es uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Vivimos un momento raro, hoy son más las obras maestras que los libros mediocres. Qué sé yo, tal vez seamos todos genios y todavía no nos enteramos. De tanto elogio desmedido terminamos vaciando el contenido de ciertas palabras. Entonces hago lo posible por abstraerme, no quiero ser parte de eso, no quiero creerme esa mentira. Y el costo a pagar es que, a excepción de algunas pocas personas, no suelo prestarle mucha atención a los elogios. Deberé trabajarlo en terapia.

Más que nada lo pregunto porque el contexto puede ser distinto, como por ejemplo los acontecimientos previos al golpe militar o la crisis económica que se deja entrever en la última parte.

Es un punto interesante el que mencionás. Y lo tuve muy presente a la hora de enviar la novela a participar del premio en Colombia. Sabía que los lectores colombianos se quedarían afuera de cierto contexto histórico argentino. Pero yo creo que toda novela sólida se impone a su contexto. Años atrás leí un análisis interesantísimo de La casa de las bellas durmientes de Kawabata que me hizo comprender que yo había malinterpretado muchas cosas de ese libro. Pero aún así lo había disfrutado enormemente. ¿Por qué? Por lo que te decía antes, las buenas novelas se imponen al contexto histórico y social en el cual están situadas. Voy a darte un ejemplo muy extremo: no precisás saber demasiado sobre güelfos y gibelinos a la hora de disfrutar a Alighieri. Sí, te perdés algo, pero si el libro es bueno se eleva por encima de eso.

¿Sigue existiendo el concepto de novela latinoamericana o es una categoría ya diluida después del boom y de los cambios en el mercado editorial?

Mirá que casualidad, hace poco le hice una pregunta similar a Isaías Peña, uno de los mayores maestros de escritores de Colombia. Le pregunté si existe una literatura latinoamericana, si hay algo que una a los escritores latinos más allá del lugar de nacimiento. No sé, supongo que si hice esa pregunta es porque a mí mismo me cuesta responderla. Como escritor siempre me costó mucho sentirme parte de algo mayor. Jamás me sentí otra cosa más que un flaco que escribe solo a las dos de la mañana. Categorías como “Novela latinoamericana” me exceden.

A mí, a diferencia de otras interpretaciones que he leído, Rafael me parece un personaje cargado de arrogancia y resentimiento, que termina sucumbiendo ante sus desmedidas ambiciones. Que Irene haya querido ayudarlo y que él haya traicionado su confianza me deja un gusto a decepción, aunque previsible.

Me gusta que me digas que Rafael te parece un jodido, así como también me gusta cuando me encuentro con lectores que lo comprenden y perdonan. El otro día una buena lectora me dijo que adoraba a Rafael, que ella bien se hubiese podido enamorar de ese pibe. Yo coincido tanto con ella como con vos. Rafael es un pibe brillante y adorable, capaz de enamorar a cualquiera (a fin de cuentas llegó a enamorar incluso a Irene, lo que intuyo no es poco). Pero eso no invalida en nada lo que vos decís. A la hora de moldear los personajes de esta novela quise evitar el facilismo de crear al Bueno, al Malo, al Valiente, al Cobarde… Vos el otro día me dijiste que por momentos la novela te pareció desesperante, y eso para mí fue un elogio. Yo no quiero tranquilizar al lector, quiero desesperarlo, y dos páginas después quiero enamorarlo para después decepcionarlo. No quiero ofrecerle a mi lector la tranquilidad de que sepa que enseguida llega el Personaje Bueno que arregla el quilombo. Yo quiero que el lector de Tríptico sepa que está lidiando no con estereotipos sino con personas de carne y hueso. Ante determinada circunstancia el mayor miserable puede volverse un héroe, y esos son los héroes que a mí me interesan. No sé, imaginemos a una esposa infiel capaz de dar la vida por su esposo. ¿No es un personaje maravilloso? Ese es el tipo de personajes con los que me gusta trabajar. Mirá, me parece que ya tengo protagonista para una próxima novela: una mujer infiel que, llegado el momento, da su vida por su esposo. ¿Qué te parece?

¿Qué es lo que queda hoy en el ambiente literario de ese espíritu prestigioso y de vanguardia de Ediciones Leopardi?

Intuyo que poco, muy poco. No sé, decime vos que estás más informado que yo. Nombrame a diez editores contemporáneos relevantes. Si un pibe desconocido termina de escribir una novela, ¿a quién se la puede mandar? Y una vez que de milagro encuentre a quién mandársela, ¿vos pensás que alguien le va a responder el mail? Nóombrame cinco periodistas que escriban reseñas de esas que leés dos veces del gozo que te provoca su lectura. A mí por Tríptico me hicieron muchas entrevistas, pero ¿sabés cuántas veces me entrevistó un periodista que se haya tomado el trabajo de leer la novela? Ésta es la segunda. El mundo del libro hoy son doscientos tipos que se leen, reseñan y elogian a sí mismos. A mí no me interesa ese gueto. Quiero salir de ahí. A veces me sale, otras no. Qué se yo, seguiré intentando. Por ahí eso que te dije antes de que una novela sólida se impone a su contexto histórico también sea aplicable a esta planicie de elogios huecos que nos rodea.

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