ENTRE DOS FRONTERAS, NÚMEROS Y REALIDADES

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Por: Gloria Volpe

23 de Junio del 2016. En la ciudad de Medellín era una mañana de sol y la radio en casa estaba encendida. Giulia me ponía encima trapos mojados para bajar la fiebre, que era altísima. El fervor lo tenía adentro y afuera. Habló el Presidente Santos: “Nos llegó la hora de ser un país normal, ¡un país en paz!”… “¡Que éste sea el último día de la guerra!”, la radio gritó desde el salón. Nunca olvidé la frase. La Paz se había logrado después de más de 42 años de conflicto civil. Tal vez por la emoción y quizá por la fiebre, era toda escalofríos. Empezamos a llorar y nos abrazamos. Dos italianas que nada tenían que ver con la guerra pero por algo estaban ahí respirando una historia eufórica y esperanzadora. Dicen que la paz es bonita, pero esto era mejor por nuestr@s compañer@s y amig@s, por las víctimas desplazadas del conflicto armado,  por quienes trabajábamos.

Esa misma tarde vino a cuidarme Mauricio, sentado en una esquinita de mi cuarto dibujó un retrato donde aparecía durmiente con la cabeza en un trapito, mismo que, volvía a remojar con agua fría cada cinco minutos. Treinta y tres años, bigote, auto ironía y una sonrisa especial. Dibujaba las cosas como si las escribiese en un diario, él fue una de las personas más apasionadas que conocí y le interesaba sobre todo la política, la paz y el bienestar de los demás. Mauricio creía en la paz, en esa paz, la de aquel día, eso lo hacía feliz.

Fechas y horarios permanecen impresos en nuestra vida cuando están conectados a eventos fuertes que nos marcan. 27 de diciembre del 2018, salgo con unos amigos a bailar salsa en la ciudad de Ibarra-Ecuador. A Colombia siempre la llevé dentro, en el corazón, en cualquier rincón del mundo que pisé y aquí la tengo cerca geográficamente, humanamente. Trabajo en el campo de los derechos humanos y sigo las víctimas del mismo conflicto. Pero las que, por ese conflicto, tuvieron que dejar todo en su país y buscar refugio en otro. Esta misma noche en Colombia, también Mauricio salió a tomarse una cerveza con una amiga, había hablado con él unos días antes. Y ahora recuerdo que fue quien me enseñó la importancia de las comas y las tildes en español -rio es muy diferente de río.- Como siempre, me hizo reír, él también quería ver la película “Roma” de la cual conversamos. Dos balas perdidas llegaron en su cabeza, lo mataron. Un ataque sicarial. Él se definía como un miedoso para todo pero ese día empujó  a su amiga al suelo y le salvó la vida. Adiós. Fin de un universo, el suyo. Estoy segura que Roma le hubiera gustado muchísimo.

La muerte es algo muy natural, pero el asesinato y la impunidad no deberían serlo. Principalmente  hablamos de estos dos puntos cuando nos referimos a los víctimas de esta problemática, estamos acostumbrados a pensar los conflictos como el enfrentamiento armado de dos partes que luchan por distintos intereses. Pero es algo mucho, mucho más profundo que el conflicto armado. Se arrastra en la vida de las personas, en sus relaciones sociales, en la dificultad de abandonar el miedo y la desconfianza en los demás, en los traumas psicológicos, en la violencia incontrolada, en las elecciones obligatorias y a veces dolorosas que se ven obligados a tomar, en la separación de los que más amamos: nuestra familia, nuestra casa, nuestra tierra, nuestros amigos, nuestra comida, los lugares donde crecimos. En el silencio que nos impone. Y el post conflicto parece ser una tierra minada, completamente seca y sin vida, donde, de puntillas, aquella vida hay que intentar replantarla. Esta guerra nunca se acabó, solo se transformó, una guerra que no es la mía y que nunca lo será, pero que de algunas formas tocó también mi vida. Tras la muerte de Mauricio las autoridades quedaron en silencio, pero muchas personas gritaron justicia para él con marchas, eventos, cartas, frases. Lo peor es cuando estas víctimas permanecen invisibles, como números estadísticos. La violencia no debe naturalizarse pero lamentablemente es la realidad del mundo actual. Un número que suma las estadísticas, así nomás.

Siete millones de desplazados internos y doscientos veinte mil muertos en tiempo de guerra en este periodo de supuesta paz. En los primeros tres meses del 2019 en Medellín 86 personas fueron asesinadas, casi dos personas por día, con un porcentaje de impunidad del 76%. De estas, diecinueve personas inocentes por cuenta de balas perdidas. Diecinueve universos diferentes como el de Mauricio, en el lugar y en el momento equivocado.

Defender los derechos humanos, el derecho a la vida, a la libertad, a la tierra. Me pregunto si existe un trabajo más abstracto, defender algo que no se ve, quizá ni se puede comprender, el valor de la vida, por ejemplo. Colombia desde el inicio del año ya cuenta con 169 defensores de derechos humanos asesinados, algunos  mueren y otros, los que pueden, los que se atreven, huyen.

Hoy, 12 de marzo del 2019 estoy viajando en  medio de estos dos países hermanos en dirección a Tulcán. El uno tierra turbulenta y sangraría, país maravilloso, realismo mágico. El otro tendencialmente pacífico, tierra poderosa de volcanes, donde el aire sabe a palo santo y eucalipto. Una frontera los divide y allá me dirijo. Un río -con tilde- infinito de personas diariamente tratan de cruzarla de forma regular o irregular, cada uno con su vida empaquetada en una bolsa. No se pueden llevar muchas cosas cuando se huye, a veces ni los papeles. “¿Usted cuántos pantalones tiene?”, me preguntó el año pasado Nicole de 11 años mientras hacíamos su cuarto traslado de casa. La verdad, no lo sé. Seguramente lo suficiente,  nunca he tenido que hacerme esta pregunta. Los niños refugiados cuentan las cosas, como los adultos los días. Saben exactamente la cuenta de los días que pasaron desde que dejaron su país. Me imagino a estas personas despertándose por la mañana y agregando otra unidad a su cuenta. La condición de los refugiados es trágica, no como la de los migrantes habituales.

Estoy acompañando a Mayra, menor de edad que se encuentra sola. Seguí el caso de su familia el año pasado: después de la muerte de su mamá en Ibarra escapó de Colombia para intentar buscarla en recuerdos, de paso, me buscó a mí también -la tragedia más la suma de la vulnerabilidad-. En esta historia seis hermanos se quedaron sin padres. Miro sus ojos y pienso en los de Lorena. Nadie marchó por ella, nadie exigió justicia por su muerte. Un número más, otra vez. Pienso cuánto extraño la voz de Mauricio. Una camioneta de la Dinapen nos lleva desde Ibarra a Piquiucho. Ahí nos esperan los policías de Bolívar. Una foto para el pasaje de responsabilidad por favor. Bueno. De Bolívar a Colón. La foto. En el recorrido el policía me dice que esta “cosa” de los derechos humanos pertenece sólo a los delincuentes. De Colón a Huaca. Cambio, foto. Luego a Tulcán, una foto y otro cambio. En Tulcán nos recoge la Dinapen y nos lleva al Consulado. Última foto. Los últimos papeles. El último abrazo en la frontera.

Míralos: los invisibles, números. Colas de siete horas. Muchos niños lloran, las madres están cansadas y los ancianos botados, siguen huyendo de la Colombia pacífica junto con las víctimas de una Venezuela desconocida. Pienso en todas las historias que escuché estos años tratando de retener la emoción mientras miro el fondo de muchos ojos de hombres y mujeres llenos de algo que humedece, cercano a la desesperación. Personas que no se conocen, sin embargo, se nombran, a veces hasta se odian a pesar de que sus vidas se cruzan. Lorena me decía que esta cosa de la “paz” era una broma, algunos ex guerrilleros de las FARC se enlistan porque toda su familia ha sido exterminada por paramilitares. Algunos desplazados de guerrilleros que no creen en el “perdón” y que, sobre todo, nadie les pidió disculpas. Una historia tan compleja que incluso poder definir una víctima es difícil. Hay demasiadas, pienso que todo va muy rápido, que perdimos en el camino el sentido de humanidad. La guerra y la violencia me dan asco.

Esta tierra de nadie parece un campo minado de destrucción donde reparar el tejido social se convierte en la mayor apuesta a la que apuntar, poner las personas en el centro para que dejen su condición de cifras y porcentajes, que sean más bien historias, humanas. Acercar los hermanos del mismo país divididos entre sí, víctimas del mismo Estado. Diferentes poblaciones y culturas obligadas a vivir juntas en un sistema que a menudo sigue vulnerándolas; promover caminos de acompañamiento que puedan activar la integración y estimular la reconciliación en corazones llenos de ira, resentimiento y soledad. Para todos aquellos seres humanos que buscan un respaldo en el mundo sin tener un lugar donde vivir y aquellos que tienen que abrir los brazos para recibirlos.

En Ecuador hoy brilla el sol. Pienso en la promesa que le hice a Lorena: nunca me iba a olvidar de ella y sus hijos. Pienso también lo cansada que me siento este momento, pero cuando Mayra da vuelta en el asiento  y me mira agradecida, sonríe – Digo que sí- de alguna forma mantuve la promesa. Subiendo al bus para regresar a Ibarra me llama la atención un tatuaje que tiene la señora que vende los boletos mientras escribe el número de mi documento, en su mano izquierda, ahí  cerca del pulgar está enciso un nombre grandote: Lorena. Parece una película, pero todo es real

 

 

Sobre la autora:

Gloria Volpe, 28 años. Roma, Italia. Posgrado en Ciencia Política para la Cooperación y el Desarrollo Internacional; trabajo y escritura de proyectos para la Cooperación Italiana; 1 año de trabajo con víctimas de conflicto armado en las comunas de Medellín, Colombia; 1 año de trabajo en el Cuerpo Civil de Paz Italiano con víctimas de conflicto y refugiados en Ibarra, Ecuador. Actualmente, formadora de Derechos Humanos en Ibarra y colaboradora de la Fundación Cristo de la Calle, COSDHI.

 

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