You’re an unclean thing: lo sagrado y lo perverso en tres novelas de Philip K. Dick

Pedro Romelo Irula

Por: Pedro Romero Irula                                   Foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

Philip K. Dick, junto a Borges y Tolkien, fue uno de los grandes fabuladores del siglo XX. Lo que separa a estos tres autores, o más bien a las ficciones de estos tres autores, de la del resto de sus precursores e imitadores, es la solidez que las sustenta; creo, y puede que me equivoque, que esto viene en gran medida de una conciencia teológica subyacente a sus obras. Tolkien retomó y mejoró las premisas de la Biblia, que destruye el dualismo entre historia sagrada e historia profana y las sintetiza en una tragedia heroica, salpicada de momentos de gracia. Borges retomó la tradición especulativa de la metafísica para explorar el Dios de los filósofos, que se puede imaginar desde la razón, si bien nunca experimentarlo en el sentido religioso tradicional. PKD venía, sin embargo, de otras tradiciones: de la paranoia, de los cristianismos frenéticos de los Estados Unidos profundos, de las epifanías lisérgicas, de la simultaneidad del abuso de drogas y la experiencia religiosa, de lecturas enérgicas de la filosofía griega, de la desconfianza y el cinismo provenientes de la modernidad estallada y del capitalismo, sobre todo del capitalismo, del gran Enemigo.

En sus novelas, la realidad suele ir trenzándose hasta llegar a un clímax de agobio, y luego empieza a desintegrarse. Pero este derretimiento de lo real no es una liberación: es la constatación de que la vida humana es un azar en medio del gran Caos violento que no podemos aspirar a comprender. Es la duda clásica: cómo un Dios puede ordenarle a Abraham matar a su único hijo porque sí. Podríamos ubicar esta concepción de lo sagrado en el mismo árbol genealógico de Lovecraft & friends, que inauguraron el así llamado horror cósmico con su mitología de entidades monstruosas y vastísimas cuyo odio y atención ni siquiera merecemos en nuestra pequeñez inaudita. Pero lo que en la House of Cthulhu era indiferencia y enormidad, en las figuras y mediaciones divinas de algunas novelas de PKD es perversión, ganas de joder, una noción de las personas terrestres como fichas de un juego, cuyos movimientos misteriosos suelen tener significaciones ambiguas.

  1. A modern ecstasy: Palmer Eldritch

En Los tres estigmas de Palmer Eldritch, se desmorona el mito de la hiperdesarrollada sociedad humana que logra colonizar otros planetas: el clima de la Tierra no es apto para la vida humana y en las colonias extraterrestres cunde el desánimo y la inutilidad ante atmósferas hostiles. Un gobierno federal global, presa de la corrupción, permite el tráfico de drogas a las colonias, sobre todo el estupefaciente Can-D (Dulce), que conduce a simulaciones de realidades más amables y a la comunión espiritual de sus usuarios. La llegada de un entrepeneur y explorador, Palmer Eldritch, desde los confines del sistema solar con una nueva droga, sacude el sistema. Esta nueva droga, Chew-Z, infinitamente más potente, atrapa a quienes la usan en realidades alternativas, indistinguibles de la vida real, donde el individuo se convierte en su propio fantasma. Pero lo que se esconde detrás de estas simulaciones es una criatura semidivina, atávica y vasta más allá de lo imaginable, pero deplorable, repugnante, que provoca un horror instintivo. Esta cosa, este dios abominable que debe consumir a otros seres en ese reino alucinógeno que es su tablero de juegos para perpetuar su existencia, ha poseído a Palmer Eldritch (eldritch en inglés describe algo a partes iguales sobrenatural y espantoso) dotándolo de tres estigmas (tres señales que manifiestan la presencia actuante divina): ojos mecánicos, dientes de hierro, brazo de cyborg. Al final de la novela, el dios parásito dentro de Palmer Eldritch avanza en una nave espacial hacia la Tierra.

No es nueva la cuestión de los niveles de realidad a los que sólo se puede acceder mediante estados alterados de la conciencia. Tampoco lo son las posibilidades paradisíacas o infernales que se abren en estas dimensiones. El giro que Dick ofrece es este: las drogas que antes ofrecieron una comunión radical entre seres humanos y un happy place donde descansar de los estragos del progreso humano, ahora conducen al corazón caótico del universo, donde incluso lo sagrado está obligado a arrastrarse hacia la supervivencia, arrastrando planetas enteros si es necesario: su vastedad y su extrema antigüedad solo lo vuelven más terrible.

  1. Yo estoy vivo porque ustedes están muertos: Jory Miller

No me puedo detener a explicar la trama de Ubik. En esta versión de la Tierra, el tabú de tabús es la muerte. Ya sólo los pobres entierran a sus muertos, como los cavernícolas: quienes pueden costearlo, conectan sus cerebros a una especie de vida eléctrica donde una conciencia fantasmal, que inevitablemente se desgasta hasta desvanecerse con el tiempo, se comunica con quienes les sobreviven. En la novela tenemos un cast de personajes con poderes psíquicos: uno podría estar vivo y los demás muertos o viceversa. Ese es, más o menos, el juego de la novela: adivinar qué le ha sucedido a cada quien.

En apariencia, Ubik se desarrolla dentro del mundo nebuloso de la vida eléctrica post-mortem, tan incierta y onírica como el estado de duermevela de las conciencias que de ella participan. Sin embargo, dentro de esa no-vida, los personajes sufren alteraciones inexplicables: algunos se desgastan hasta la muerte definitiva, los objetos se descomponen, el tiempo retrocede –y el responsable de todo esto podría ser un espectro menor, un difunto monstruoso, deforme, que de alguna manera ha obtenido el poder de configurar a voluntad el mundo artificial de los difuntos (el death’s dream kingdom de Eliot) para cazarlos y nutrirse.

Jory Miller, que así se llama este engendro a partes iguales infantil y temible, cabe dentro del mito del vampiro: una persona que por temor a la muerte depreda a sus semejantes y, en el proceso, se convierte en una aberración. Pero también es algo más: es la posibilidad humana de acceder a la batalla universal del caos contra sus inhabitantes con el status pervertido del dios de Palmer Eldritch.

Aquí también se encuentra un punto de quiebre. En Ubik hay una resistencia contra el Enemigo que irrumpe en medio de la desesperación total. Ubik es una especie de panacea universal, promovida al inicio de cada capítulo como un ad, que contrarresta el poder demoníaco de Jory Miller. En términos de la teología cristiana, se puede establecer un paralelo con la gracia, la autoentrega libre y redentora de Dios al ser humano que etcétera, etcétera. Ubik, que se presenta como un aerosol, desaparece de las manos de los personajes cada vez que éstos intentan comprarlo, no así cuando se las entregan como obsequio. Y un spray de Ubik es capaz de salvarlos por un tiempo, pero después necesitarán otro y otro y otro más, y así hasta el final. La contraparte angélica de Jory Miller es la esposa hace tiempo difunta de uno de los personajes, y a partir de ella se introduce una esperanza insensata (¿qué pueden esperar estas personas atrapadas en una no-vida, donde sólo les espera la muerte total?) que culmina con la revelación plena de la naturaleza de Ubik como el Misterio Mayor, aquello que podría superar incluso al Caos y que es del todo inefable. Ese último ad de Ubik tiene muchas semejanzas, además, con el prólogo del evangelio de Juan (aquella parrafada tan conocida de que al principio existía el Verbo que luego se hizo carne y así): I am Ubik. Before the universe was, I am. I made the suns. I made the worlds. I created the lives and the places they inhabit; I move them here, I put them there. They go as I say, they do as I tell them. I am the word and my name is never spoken, the name which no one knows. I am called Ubik, but that is not my name. I am. I shall always be.

Pero incluso esta esperanza de que hay una mano redentora capaz de orientar la historia hacia una posible salvación permanece ambigua. Al final de la novela, el mundo de los vivos empieza a tomar las características nebulosas e insólitas del mundo de los no-muertos.

III. El timo religioso: el mercerismo de Sueñan los androides…

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y su magnífico subproducto Blade Runner son la parábola contemporánea por excelencia sobre el regalo envenenado de la empatía. Definida por la sensibilidad actual como el criterio definitivo de humanidad, PKD en esta obra desmonta ese planteamiento a través del derrumbe de Rick Deckard, un cazador de androides, simulaciones humanas cada vez más perfectas y teóricamente distinguibles de las personas genuinas por su falta de empatía.

La empatía, de hecho, en ese mundo postapocalíptico, es una cualidad humana que se ha transformado en un mandato jurídico y en una construcción sociocultural. Parte de la etiqueta terrícola es el cuidado de animales, eléctricos o biológicos, para demostrar empatía ante los demás; los tests de humanidad cuantifican la empatía por medio de voltajes cerebrales, dejando de lado a las personas afectadas por la radiación del desastre nuclear y a quienes sufren desórdenes neuronales; hay una tecnoreligión, el mercerismo, que conecta a sus creyentes mediante “cajas de empatía” al sufrimiento de una figura mítica, el anciano Mercer, que como Sísifo sube para siempre una cuesta, con el agravante de que manos adversarias le arrojan piedras sin cesar. Participar en su esfuerzo supone una expiación, un momento redentor de comunión intensa con otras personas.

Al final de la novela se revela que el mercerismo es un timo: que Mercer es un actor y que el montaje estaba destinado a una película, que toda esa fe era artificial y nada más que artificial. Sus defensores podrían estar implicados con el sofocamiento de los androides rebeldes, cada vez más indiferenciados de sus superiores humanos. Sin embargo, de nuevo, hay en la novela una irrupción que propone un camino mejor al de la religión mercerista: después de intensas experiencias de arrepentimiento y de dolor, dos personajes, cada uno por su cuenta, descienden al mundo tumba, un infiernillo donde la Tierra yace muerta, semejante al Seol judío. Uno de ellos, Rick Deckard, el cazador perturbado por la empatía que sintió por los androides que inevitablemente tuvo que matar, entró a este mundo tumba (análogo al valle de los huesos secos que la gloria de Dios resucita en los escritos de Ezequiel, el profeta del Antiguo Testamento) y rescató de ahí una forma de vida aparentemente biológica: un sapo. Es decir, Deckard abordó la experiencia religiosa básica del mercerismo (algo parecido a la mística de la compasión, de la empatía profunda) fuera del entramado del timo religioso y atravesó algo genuino de lo que no se puede hablar. Como en el intro de The X-Files, parece ser que lo divino está ahí afuera, huyendo de las instituciones que pretenden arrogarse su monopolio, en busca de las brechas que se abren al llegar a los límites de lo humano.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

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