Lineth Paz

La carnicería Bambi

Por Branko Andjic                                                                                  Fotografía: Lineth Paz

 

Miré el reloj, después el diario. No había nada, ni una palabra sobre  aquello. A la una y cuarto tenía que ir a la escuela a buscar al Gordo. Me encogí de hombros y  cerré el diario. Empecé a vestirme. Afuera soplaba un viento fuerte.

1.

Mi hermana tiene la costumbre de decir que nunca tiene tiempo. Y cuando lo dice, siempre me mira a mí –  como si yo lo tuviera y ella no. Cuando no tengo ganas de escucharla, pongo un cassette con la respuesta automática: “Yo estudio.  Cuando tenga tu edad, yo también voy a trabajar y no voy a tener tiempo. Por ahora, estudio.” Ella se larga entonces a predicar  cómo hoy nadie estudia de verdad y que en su época, antes de esta última guerra, la escuela era la escuela. ¡Qué bodrio! – suena más pesada que la vieja. Pero hoy me da igual  – de cualquier modo quise ventilarme un poco la cabeza, salir de esta tumba donde todos están ofendidos desde hace medio siglo – desde que los de Ellos tomaron el poder y los Nuestros – nada. Desde ayer, se sienten todavía más ofendidos, aunque ahora por lo menos tienen una buena razón para largar unas lágrimas, por si las moscas, por todo, como si este tipo de cosas no le pasaran a los demás. Todos los días. Y los días  se parecen demasiado entre sí. Hoy todos manejan demasiado rápido y las calles están inmersas en una oscuridad absoluta. Si aquello no hubiera pasado, el día de ayer se podría considerar como uno de los relativamente buenos.

Ayer, a las siete, el Socio y yo le dimos la mano al Holandés. Ahora ya se puede caminar sin problema por muchas calles, aunque sea de noche, pero no nos sentimos cómodos con tanta guita en los bolsillos  – los dinares son dinares, los marcos son otra cosa. Estaba oscuro como en una tumba y nosotros – forrados de marquitos. No había una luz prendida en la calle ni por casualidad. Me gustan los tipos que no van con vueltas; el Holandés es así: abrió dos cosas en cinco minutos y todo  terminó sin ningún verso. Primero abrió el baúl de su coche: el Socio y yo pusimos adentro las alfombras, él les echó una mirada, palpó los nudos, esbozó algo así como una sonrisita, como si hubiera dicho “son buenas”, y cerró el baúl. Sin palabras. Eso quiere decir – todo en orden. Después abrió su portafolio y de ahí sacó una bolsa con plata – todo en  billetes de cien marcos alemanes. En lugar de decir estupideces, nos dimos la mano, cada uno por su lado y si te he visto no me acuerdo. Nosotros no miramos para dónde se fue él, ni él tampoco se dio vuelta para ver adonde nos dirigimos nosotros. Nada de la paja tipo – “por que no tomamos una copita”. Terminamos el negocio y chau. El Socio y yo entramos enseguida en el zaguán de un edificio para repartir la guita. Para que después no sea – me debés, no me  debes. Cada uno contó su parte, guardó sus marquitos en los bolsillitos, y – derecho a casa. No hay lugares más seguros hoy que los zaguanes de entrada en una casa mal iluminada: si alguien apareciera no podría ver nada de tan oscuro – no hay lámparas que hayan sobrevivido y la electricidad está siempre cortada.

El Socio y yo vivimos en la misma casa, en dos departamentos contiguos. Es así desde que nos mudamos, es decir, desde que mi madre decidió finalmente vender la casona del abuelo antes de que se derrumbara sola. Cuando nos mudamos, estaba más ofendida que en los tiempos en que vivíamos en el viejo barrio. En realidad, nos mudamos dentro de la misma zona, sólo un par de cuadras mas cerca de la fortaleza Kalemegdan, pero para ella la mudanza era como irse a vivir a Nis. Y  todos sabemos qué fea ciudad es Nis. Al principio, no quiso saber nada de los vecinos. Ni siquiera conocerlos, ni tampoco hablar con ellos. Mi viejo sólo movía la cabeza calladito. Decía de vez en cuando, “No podés vivir así, fuera del mundo”, y entonces ella arrancaba con su casete: “Qué gran mundo me va a faltar, Esteban? Este no es mi mundo y vos lo sabes muy bien…”Así continuaba con su discurso unos diez- quince minutos, siempre y cuando Esteban, o sea, mi viejo, lograra mantenerse callado. Mucho más  si no lo lograba. Total, el viejo piensa que su condición de ser históricamente ofendido es tan fuerte que por puro respeto a esa ofensa no hay que hablar sobre nada que pueda parecerse a algo positivo desde que los de Ellos tomaron el poder y los Nuestros nada. Si se dejan llevar por la discusión, yo ni siquiera escucho. O salgo al balcón y llamo al Socio para que fume uno conmigo, o bajo hasta La Carnicería Bambi  para tomar una grappa. Después la vieja comenzó a tomar café con la madre del Socio y con aquella María del séptimo piso. Ya se sabe cuál es su tema preferido: cómo les robaron los forajidos y cómo tuvo que vender su casa familiar por monedas pero eso, señora Radich, ya no se podía mantener, es un espacio enorme, las paredes altísimas, estuco, los espejos biselados, las habitaciones de servicio… El que la escuche pensaría que nació en un castillo. Es cierto que la casa del abuelo era grande, pero más de la mitad de las habitaciones estaban repletas de basura y las otras cerradas con llave, también llenas de unos muebles más rotos que antiguos, así que de todo ese “espacio” nos quedaron tres cuartos para  vivir.

Estoy más a gusto aquí, por lo menos tengo compañía, el  Socio y unas chicas que van a la Primera Escuela Normal, en la calle de abajo. Además, todo el tiempo hay movimiento:  alguien se muda, la gente viene o se va, algunos fuera del país. Por lo menos no me aburro. El último año en la casa del abuelo, no bajé ni una sola vez al patio: permanecía durante horas al lado de la ventana y miraba fijamente los yuyos del  jardín. Como esperando que crecieran, que se acercaran lo suficiente como para que yo pudiera bajar por sus tallos. Cuando era niño, el pasto se mantenía muy prolijo, una vez por semana venía un ex obrero del abuelo para sacar los yuyos y cortar el pasto. Venía así nomás, por una copa de aguardiente y monedas, en realidad por la charla con el abuelo sobre los buenos viejos tiempos. A la tarde mi viejo y yo bajábamos al patio y él tiraba penales, mientras yo atajaba a sus tiros: volaba a la derecha, a la izquierda, volaba incluso cuando no era necesario. En aquella época, el viejo estaba  diez puntos – gambeteaba bien, tenía buena puntería y le gustaba jugar con los chicos. Además jugaba bien a las cartas y al pool, al ajedrez también, hay que darle crédito. Había un puñado de chicos que mis viejos dejaban entrar en el patio para que jugaran conmigo detrás del portón cerrado. Mientras podía, el abuelo solía acodarse frente a la ventana del primer piso, observaba los partidos e hinchaba. Pero todo esto ya no tiene nada que ver – como si hubiera pasado hace cien años.

Pensándolo mejor, no sé por que me resultaba extraño no encontrar nada en el diario sobre el asunto: ¡como si hoy una cosa así fuera noticia! No tengo ni la menor idea de porqué lo llaman  “el matutino” si el diario belgradense es el mismo todo el día. Si lo leés a la mañana es matutino, si lo leés a la tarde – vespertino. Yo lo leo al mediodía, al despertarme: para mi diario ni siquiera hay un nombre. El Socio y yo  regresamos a casa temprano, alrededor de las ocho, y nos dimos cuenta de que había un alboroto en la calle, en la esquina con Dushanova. No nos detuvimos. Quién se prende hoy en líos ajenos. Así que subimos por la escalera, sin tratar de  llamar al ascensor. Pensábamos: los milicos atraparon algún chorro de poca monta, o eran los pibes del barrio que disparaban unos contra otros. ¿A quién se le ocurriría pensar en un accidente de tránsito? Al subir a nuestro piso encontré a mi madre y a mi padre hablando con un policía vestido de civil. Un oficial uniformado estaba a su lado y tomaba notas en un cuadernito. Todos los jueves ella se va a jugar su partido de bridge, le decía mi madre al tipo sin uniforme, aunque en realidad se dirigía al oficial uniformado que hacía el informe. Llevada por su pasión de explicar todo hasta el más mínimo detalle, mi madre trataba de convencer al milico – que no le daba ninguna bola – de que la nuestra era antes una familia muy distinguida, de costumbres refinadas donde se solía jugar bridge, canasta, wist y  ajedrez y donde, de todos modos, se sabía a ciencia cierta qué hacía cada uno y a qué hora. Quiso explicarle eso sin falta. A mí me pareció que el hombre  simplemente no tuvo más ganas de escucharla. Nos informarían debidamente de todo, dijo. Recién entonces me di cuenta de cuánta gente había. Unos cuantos coches, mal estacionados y un montón de vecinos, así que aunque todavía no sabía exactamente qué era lo que había pasado, estaba absolutamente convencido de que al día siguiente– es decir hoy – mis viejos iban a tener un motivo para estar más tristes que de costumbre.

Hasta que todo hubo terminado, hasta que volvimos a nuestro departamento y mi madre se hubo calmado un poco y mientras avisaron a todos, se hizo tarde de verdad, así que nadie trató de despertarme a la fuerza hoy; todos nos acostamos de madrugada.  Hace dos horas que estoy leyendo mi diario del mediodía – básicamente las noticias del frente y aquellos de siempre, como ahora todo el mundo nos detesta a pesar del nuestro pasado glorioso, y nos hace cama, pero nuestros líderes resisten con firmeza. Y todo el tiempo estoy esperando leer esa noticia, aunque sea pequeña, en tres líneas, al pie de la página, pero nada de nada. Hace dieciséis páginas que nuestros líderes resisten con firmeza, pero en ninguna parte dice que la noche pasada, en la esquina de las calles Dushanova y Siete de Julio, la Sra. Marinkovich–Ruml perdió la vida atropellada en la senda peatonal por un BMW negro que iba a una velocidad de 107 km por hora. Cruzó el semáforo en rojo y sin hacer ningún intento de frenar chocó con la  susodicha Sra. Marinkovich-Ruml, quitándole la vida en ese mismo instante. Ni siquiera eso. No es que no lo entienda: hoy, en tiempos de crisis cuando los diarios salen cada vez con menos páginas y más caros, no hay lugar para este tipo de pormenores. ¿Quién publicaría hoy, por ejemplo, que en la India se dio vuelta una balsa y que murieron, digamos, siete personas? Si no son unos cientos, no es noticia. Por eso no me extraña que no diga que la Sra. Marinkovich-Ruml estaba toda arreglada, con un peinado nuevo, discretamente pintada, y aun más discretamente perfumada. Que vestía su mejor conjunto Chanel y calzaba zapatos de taco alto, que en los dedos de la mano izquierda tenía la alianza y un anillo de oro blanco con un zafiro y en los de la derecha – otros dos anillos, en el índice y el meñique – los dos de oro 24 con brillantes. Y que llevaba alrededor del cuello  una cadena también de oro con un colgante en forma de lágrima – será un símbolo de la inclinación familiar? – un regalo que su padre (mi bisabuelo, al que siempre llamábamos el abuelo) había traído desde Praga, de aquel primer viaje después de la vieja guerra, alrededor del año cincuenta y tres o cincuenta y cuatro; y que en las orejas llevaba puestos los aros de oro 18 de Toledo que le había regalado su nieto después de su primer viaje de negocios, a España. No, no, no se trata de ningún otro nieto, sino de mí, no hay ningún malentendido. Lo que yo ahora estoy estudiando es mi segunda carrera universitaria, teología. La primera la terminé hace unos seis años, después encontré enseguida un trabajo y – como dicen – avanzaba rápido. Ahora no tiene ninguna importancia que es lo que había estudiado primero, porque me quedé sin trabajo hace años, en el mismo comienzo del derrumbe. Pero hasta entonces podía vivir de eso, podía viajar y comprar regalos para mis familiares. Comprarlos en negocios normales.  Eso sí: en aquella época parecía mucho mayor que ahora. Me resulta extraño cuando pienso en eso, incluso un poco ridículo cuando me acuerdo de cómo me tomaba en serio algunas cosas – como por ejemplo, los estudios, el trabajo, mi aspecto general y la imagen que otra gente tenía de mí . A veces me parece como si todo eso hubiera pasado hace cien años, y otras veces como si hubiera sido ayer… Ah, si, en el momento del accidente de tránsito, la Sra. Marinkovich-Ruml tenía una cartera de cuero de cocodrilo, también regalo de su nieto de otro de sus viajes de negocios al exterior. Aunque eso no lo dice el diario ni tampoco el informe de la policía. La cartera fue lo único que encontré cerca del lugar del accidente. En realidad, un poco más lejos, porque el BMW la llevó en el capot unos treinta metros y ella no soltó la cartera. Cuando por fin cayó en la calle, con el cráneo abierto y el esqueleto roto, su cartera voló debajo de un Fiat estacionado, donde yo la encontré un par de horas después, cuando el bullicio disminuyó y los buitres ya se habían ido. La verdad es que eso fue lo único que quedó de ella, porque mientras todavía estaba tibia, los ayudantes anónimos la pelaron como a una banana y le sacaron todo lo que tuviera algún valor – primero las joyas y después hasta los zapatos. No les tengo bronca, sólo lamento no haber llegado antes que ellos. En fin, ¿quién no lo haría si pudiera? Es como encontrarse solo frente a la vidriera rota de un negocio de alhajas. Hay que reconocer que ella siempre tenía unos zapatos impecables. Llevé la cartera a casa y no se la mostré a mi madre, sino que la deposité entre mis cosas. No la  considero como un recordatorio de la Sra. Marinkovich–Ruml (instructora de piano, de equitación y de idioma francés en su juventud, y más tarde, en tiempos de reconstrucción, Jefa de la Unidad de Comercio Exterior en la empresa-gigante de comercio exterior yugoslavo) sino más bien como recuerdo de una época en que las cosas caras se compraban en los negocios y no en el mercado negro. En aquella época eso se llamaba regalar, no hacer contrabando. Me acuerdo claramente cómo era el negocio donde compré la cartera de piel de cocodrilo, aunque no tengo ni idea en qué ciudad estaba. Se sentía un olor a mar, ¿sería una capital mediterránea? Pero sí me acuerdo de cómo envolvieron la cartera en un papel fino de color bordó, la pusieron en una caja de cartón del mismo color y todo eso en una gran bolsa con una cinta dorada. Al salir me la entregaron y me desearon buen viaje. Probablemente se les cumplió el deseo, porque volví sano y salvo, entregué el regalo y desde entonces mi abuela la llevaba siempre en ocasiones especiales. Como por ejemplo ayer, cuando se dirigía a su partido de bridge de los jueves con sus amigas del Club Checo.

2.

De vez en cuando juego cartas,  un partido de preferance, aunque es difícil encontrarse de a tres – la maldición eterna de este juego. Me extraña que nunca haya aparecido entre los avisos del diario: “dos jugadores  de preferance, buscan un tercero para jugar los martes y viernes desde.. y hasta…”. Uno  de mis abuelos y algunos tíos mayores me enseñaron a jugar al bridge cuando todavía era niño; también al wist, canasta, raub,  para no hablar del ajedrez y los demás juegos sociales. En una época se debatía en mi familia si en mi proceso de educación había que dar prioridad a la ópera o a los juegos de mesa – una vez dominados los bailes de rigor.  Conozco a un tipo de Novi Sad que vive por el barrio de Chukarica y es un maestro de preferance. Me invitó un par de veces a jugar con él, pero ¿quién puede hoy ir de un extremo al otro de la ciudad? Yo no tengo suficiente plata para la nafta, y si la tuviera tampoco iría, porque no conozco la zona y seguro que si dejara el coche estacionado en la calle, no lo encontraría al final del partido. Caminando es una eternidad y tomar un colectivo hoy, por propia voluntad, es algo que no hace nadie que tenga dos neuronas. En fin, ¿para qué hablar de todo eso?, ya parezco mi madre quejándose. Si el tipo se muda más cerca, jugaremos. Si no – nada y listo. ¡Gran cosa el preferance!

Me queda mucho más cerca bajar a los diques del Danubio. Un par de cuadras, cruzo la vía y estoy frente al río – como en vacaciones. Me siento en un banco al lado del kiosco, abro una cerveza tibia y a la sombra leo mi  diario. Es lo primero que hice hoy también, sólo para no quedarme en ese mausoleo que es nuestra casa. Tuve por primera vez un poco de esperanza de que tal vez pudiera leer la noticia sobre ese pibe que iba a más de cien por hora en plena calle Dushanova, enojadísimo con su mina que no quiso chupársela en el coche, aunque estaba tan limpito, recién duchado, perfumado y con unas rayitas bien metidas y además tenía una musiquita tan buena y un equipo tan poderoso, que aún viendo el semáforo en rojo en la esquina con la Siete de Julio apretó el acelerador porque no iba a pasar alguien justo en ese momento. Qué sé yo – tampoco esperaba una descripción sádica, como que habían tenido que raspar con espátula el cerebro de la Sra. Marinkovich–Ruml del capot y paragolpes del BMW, aunque son cosas así las que salvan de la monotonía a los reportajes banales sobre accidentes. O buscar una suerte de curiosidades como si uno dijera que alguien tuvo suerte porque lo atropelló un camión lleno del trébol de cuatro hojitas, ¿no?  Ahora me doy cuenta de que sigo siendo un pendejo: de cualquier manera creía que algo iba a aparecer, aunque fuera un renglón, para que la gente se enterara. Tampoco publicaron nada cuando, un par de semanas después, el juez dictó un fallo blando pero educativo – tres años condicionales – porque el pibe todavía es un pibe y tiene toda la vida por delante y si ya terminó trágicamente una vida, no hay por qué apagar la otra, mejor dejar una luz al final del túnel y darle la oportunidad al culpable de salir de la oscuridad cuanto antes. Y todo así, mucho verso, como me contó después mi hermana que asistió a todo el juicio porque mi madre estaba tan ofendida con este accidente que ni siquiera se le ocurrió enfrentarse con el mundo por un tiempo. Dice que no necesita la justicia de Ellos, ella tiene su propio dolor.

Al volver un día de los diques del Danubio,  encontré en la puerta de nuestro departamento casi una fiesta: primero, mi hermana me agarró de la mano y llevándome a un costado me arrancó de apuro la promesa de ir a buscar al Gordo a la escuela porque, como siempre repite, alguien lo tiene que hacer si no querés que con sólo diez años  te revuelva los bolsillos buscando la hierba y la blanca. A vos por lo menos no tengo que contarte cómo es eso cuando uno se acostumbra, no deja de decirme. Y siempre subraya ese “vos”, ¡como si yo hubiera nacido en un centro de rehabilitación de adictos! Y enseguida se fue – dice que al trabajo, apuradísima y atrasadísima.  Siempre está apurada los martes, como si yo no supiera por qué: desde que el Socio la vio una vez entrando al Hotel Bristol con aquel sargento de policía, sabemos qué y dónde y cuántas veces por mes. Pero qué le voy a decir, si de cualquier manera se queda de noche clavada en casa cuidando al Gordo, a la vieja, a la casa – de vez en cuando hay que medir el aceite, ¿no? Así  que dije – de acuerdo.

Todavía estaba siguiéndola con la mirada mientras bajaba por las escaleras cuando del ascensor salió primero el milico del informe y enseguida detrás de él  otro tipo, con pinta de cartero o mensajero, qué sé yo. Mis viejos salieron a la puerta para recibir al milico y la escena fue realmente cómica: una especie de cóctel callejero, todos parados en el hall, charlando. El policía militar nos informó brevemente que el responsable del accidente había sido identificado, que es el hijo del camarada Batrich, ex diputado y ahora dueño de varios establecimientos gastronómicos de nuestra ciudad. Que lo que pasó fue una tragedia  terrible para un estudiante que apenas había hecho sus primeros pasos en la vida de adulto y – paf! Su padre le aconsejó que se entregara y esto es, admitámoslo, ya una circunstancia positiva. En fin, también hay que tomar en cuenta que la víctima es una anciana y…- el tipo hizo una pausa breve para concluir rápidamente – el caso va a terminar pronto. Y agregó: lo vamos a informar de todo. ¿De qué?, pregunté, mientras mi madre para variar no respondía nada, moviendo lentamente la cabeza de un lado al otro con los ojos casi cerrados de tanta indignación. Mientras mis padres intentaban en vano transformar en una conversación las declaraciones del milico sobre el procedimiento judicial, aproveché la oportunidad  para agarrar el sobre que traía el mensajero y desaparecer en mi cuarto. Todavía pude escuchar que intentaban explicarle obstinadamente cómo había sido el caso al policía que repetía que su obligación era sólo informar a mi madre, como parienta más cercana de la difunta, sobre un caso que desde ahora seguiría su propio camino. Me di cuenta de que el sobre no tenía estampilla. Lo puse en mi bolsillo, agarré el diario y salí. Antes me detuve en el vestíbulo. Hice una llamada. No me gusta quedarme solo y colgado a la noche. El Socio respondió y preguntó qué hay de nuevo. Una buena y una mala – ¿cuál querés primero?, le pregunté. Dale con la buena, dijo. Heredé un departamento de mi abuela, en el viejo barrio, le dije. ¡No jodas! ¿Y a dónde se va ella?, preguntó. Al cementerio – es la mala noticia, respondí. Bueh, qué le vas a hacer! Me tengo que ir, dijo. Yo sabía que estaba ocupado y no quise demorarlo más. Tenía que reunirse con algunos bosnios que traían mercadería del frente. Negocios son negocios. Nos pusimos de  acuerdo para las nueve en La Carnicería Bambi, como siempre.

Por supuesto, no es ninguna carnicería sino el mejor bar del barrio, con muy buena música, sin los para-milicos, legionarios, tigres, ni otros uniformados, porque ahí nadie pone turbo-folk. Sólo la verdadera yugo-nostalgia, la de los setenta. Mile el Cantinero solía tocar el bajo eléctrico y lo hacía bien;  el apogeo de su carrera fue al mismo tiempo su final: ganó la audición de “Grupo-YU”, pero no llegó a tocar con ellos ni una sola nota porque los del grupo se separaron. Y se pudrió todo. A tiempo. Antes que todo lo demás. Pero hace años había una carnicería en esta esquina. Después abrieron en el mismo lugar lo que en aquella época de crianza sistemática de la sana juventud socialista se llamaba “SaluCentro”. Primero les dieron el nombre de “Restaurante lácteo”, ahí fue donde me llevaron como a los demás niños para comer sanguichitos de jamón cocido y tomar yogur y leche, porque era bueno para salud. Nada de gaseosas y nada de cerveza. Luego – para dar un claro mensaje en relación con su propósito – a estos lugares los llamaron “SaluCentro” . Era una especie de Frankenstein entre panadería, confitería  y restaurante, sin lo mejor de cada uno y con lo mediocre de todos. Tenían en común unos nombres enfermizamente infantiles como “La Cenicienta” , “Lassie”, “El Pequeño Mensajero”. Nuestro SaluCentro se llamaba “Bambi”. Desde que un diputado montenegrino jubilado compró el lugar y abrió un bar, sobre la puerta de entrada hay solamente un nombre muy creativo: ¨El Bar”, pero nosotros, que lo frecuentamos, sabemos que su verdadero nombre se lo debe a Mile el Cantinero quien, en un momento de inspiración alcohólica, lo bautizó La Carnicería Bambi. Desde entonces, no se lo conoce de otra manera.

3.

La Carnicería Bambi tiene para mí una gran virtud: está justamente  frente a la entrada principal de la escuela del Gordo, adonde lo espero  después de las clases. Entré en el bar y miré el reloj – exactamente diez minutos para la última campana. En invierno hacen un buen aguardiente  cocido, ni demasiado fuerte ni demasiado suave – pero todavía no estamos en invierno, así que solamente hay mucho viento koshava. Pedí un viñak, el brandy local que está en peligro de extinción. Me gustan las bebidas que van a desaparecer. El sabor de otros tiempos, acompañado de la música justa. Ninguno de los dos me gustaba en mi juventud, pero ahora es otra cosa. Hoy todos toman whisky y  bebidas energizantes – ¿necesitan tenerla dura todo el día o qué? Para mí, un viñak. Cuando mi Belgrado desaparezca completamente, lo recordaré por sabores como éste.

Me  senté al lado de la barra, al fondo, donde hace una curva hacía la pared. Es un  lugar desde donde se ve claramente la entrada del bar y a través del vidrio, el portal de la escuela. Es el mismo lugar donde estaba sentado hace un tiempo cuando aparecieron unos gatos con un pendejo que usaba un sweater Lacoste. Aunque estábamos casi en la oscuridad, no se sacó los anteojos Ray-ban. Se sentaron en una mesa a mis espaldas y durante una media hora  pude escuchar su conversación agitada. No se podía oír todo, yo tampoco estaba muy atento, pero hablaban lo bastante alto como para atar cabos. Es un lío, ella apareció de la nada, te lo juro, como una fantasma, el BMW está totalmente arruinado, ¿Cómo que no me la quiere mamar, si es mi cumple? ¿Qué se cree esa mina, a quién quiere joder? Y fijáte que no es ninguna nena, tiene sus añitos. Y el verso de que es de buena familia – eso es para el levante y nada más. Mi viejo no deja de marcar números de teléfono– está llamando a todo el mundo. Bueno, se va a arreglar de algún modo, pero olvidate de  la fiesta de cumpleaños…no, no, no queremos el JB, solo el Chivas de 12 años, sin hielo, sí, a mi cuenta, Mile, en fin, sigue siendo mi cumple.

Faltan siete minutos para la campana. Los dealers ya se alinearon frente a  la escuela y esperaban a los chicos. El Gordo tiene diez años y es un producto genuino de nuestra familia – se nota  que no tiene al padre. Tiene cerebro, pero es un poco inmaduro. A esta hora La Carnicería Bambi  está casi vacía. En la mesa al lado de la pared, Arsenije reorganizaba su mochila. Era un tipo flaco, con los ojos aceitosos, demasiado huidizos. Nos conocimos hace años en un ejercicio militar, cuando el país solía defenderse de los enemigos que no lo atacaban. No me quedaba claro si  era simplemente desprolijo como la mayoría de los dealers, o todavía creía en el estilo Uomo 88, que  recomendaba a las bellezas masculinas la barba de tres días. Estaba atrasado y echaba una mirada nerviosa  a cada rato a sus competidores, que ya habían tomado las mejores posiciones alrededor de la salida de escuela.

Arsenije nunca tuvo  buen sentido de tiempo – igual que la Sra. Marinkovich–Ruml. No sin cierto orgullo, en nuestra familia se  contaba como un alegre relato la anécdota de cómo la joven belleza de la buena familia de comerciantes de Dorchol  se salvó por milagro del fusilamiento al final de la otra guerra, la anterior, cuando hacia el otoño de 1945 se presentó voluntariamente para  ayudar en la reconstrucción de la patria. El Secretario del Comité del Partido escuchaba con suma atención la descripción de sus virtudes profesionales: recomendada por el coreógrafo  de la escuela de ballet, conocimiento impecable de idioma francés y alemán, toca el piano, sabe cabalgar. En sus ratos libres le gusta navegar a vela alrededor de las islas en el Danubio y Sava y de vez en cuando jugar al tenis. La pistola ya estaba lista en la mano del Secretario, cuando  el hijo del señor Adaña – ¿por Dios, a quien se le ocurriría que él podía llegar a ser comunista? , siempre agregaba mi madre – apareció por milagro y evitó que se cumpla la justicia del proletariado sobre un infiltrado enemigo del pueblo. El joven Adaña recomendó a la Sra. Marinkovich-Ruml que fuera más discreta  en la expresión de su orgullo por sus destrezas aristocráticas y que prestara más atención a los idiomas que poco después facilitaron su ascenso profesional y el puesto de Jefa de Unidad en la empresa gigante de comercio exterior de la nueva Yugoslavia – el mismo puesto que tuvo hasta su jubilación.

A mí las anécdotas me gustan, pero lo que siempre me molestaba de ésta era el  orgullo sobreentendido de toda la familia por el hecho de que la madre de mi madre estuvo a tres segundos de la bala que le impediría a ganar  cientos de partidos de bridge en Belgrado, Abazia, Karlovy Vary y  Londres. Como si en realidad lamentáramos que eso no hubiera sucedido.  Detestaba sus especialidades culinarias, su goulash sin gusto que  a veces preparaba con indiferencia  – con aquella típica soberbia de la gente  que se niega a acostumbrarse a la vida sin  sirvientes – pero aun más odiaba una idea nunca pronunciada en voz alta, que me acosaba desde aquella misma noche en que Batrich junior volaba en su  BMW con su poronga tiesa por la calle Dushanova: que el hecho de que  la Sra. Marinkovich-Ruml terminase con su cerebro untado en el paragolpes de un  BMW negro haya sido el cumplimiento de la justicia divina para mi madre, porque confirmaba su lógica del desastre, daba sentido a su eterna condición de ofendida. Solo así  puede ser, solo ésto se puede esperar de sus hijos  y sus nietos: una Marinkovich-Ruml, la viuda del Embajador  del Reino de Yugoslavia, princesa de los bailes de Praga y animadora de las veladas en la Corte de  Oficiales de Belgrado, no puede terminar su vida bajo el gobierno de Ellos de una manera ordinaria y tranquila jugando alegremente al bridge entre  Belgrado, Abazia, Karlovy Vary y Londres.

Traté de explicárselo a Batrich padre mientras mantenía el caño de revolver contra su sien. Unas horas antes había abierto su carta con la invitación a la hija de la trágicamente perecida compañera Marinkovich-Ruml que ahora que todo terminó, luego del tribunal y del entierro, está invitada con los suyos  a su casa a la cena de la paz, a beber una copa por la paz del alma de la difunta pero también por un nuevo comienzo y provechoso futuro de su único hijo, la luz de sus ojos, que (eso sí) cometió un grave error, pero es tan joven y tiene toda la vida por adelante mientras ella, es decir, la compañera Marinkovich-Ruml iba acercándose al final de la suya, teniendo ya más de setenta y cinco, quizás cumplidos los ochenta, ahora no se acuerda bien de los detalles aunque haya leído el informe de la autopsia varias veces… Estabamos parados en el vestíbulo de su casa y no llegué a oír qué trataba de decirme. Observaba su expresión de incredulidad, de hombre que intenta  despertarse rápido de un sueño profundo porque adivina que tiene que hacerlo: era el aliado natural de mi madre, daba exactamente el tipo de como ella los imaginaba a Ellos. Tal como ella imaginaba que no podría obtener nada desde que Ellos tomaron el poder, así creía él que le correspondía tener todo, absolutamente todo: no sólo dinero, jueces sobornados, un hijo impune, los bares y los dealers, sino también una suerte de absolución de los pecados que como todo lo demás va a obtener de los demás, sin pedir permiso, naturalmente, de los mismos a los que robaba siempre. Y si nadie dispara la pistola,  yo sabía que mi madre – a pesar de todo, de toda su indignación o justamente gracias a ella – irá a su casa, para darle incluso esto, su absolución, sin palabras, alimentándose del placer masoquista de sentir que  todavía falta para tocar fondo. Se complementaban como una pareja ideal – los vencedores y los derrotados – pero su alianza no era la mía. Antes de ir a buscar al Gordo a la escuela, no había mucho para hacer, pero pude por lo menos salvar para mí a la Sra. Marinkovich-Ruml que se arregló en el día de su  muerte, igual que hace 50 años, se perfumó, se vistió y con orgullo se llevó en la mano la cartera, mi regalo del viaje de negocios a.

Batrich padre no tuvo tiempo  de asustarse: tenía pruebas contundentes de que era intocable: toda su vida era una prueba de que era intocable. Mientras yo  jugaba con el gatillo del revolver, en su cara apenas empezaba a dibujarse algo como una mueca de sorpresa, en el mismo instante en que detrás de su cabeza, en lugar de una pegajosa  aureola roja de sangre, apareció en el vano de la puerta de la sala de estar una mujer y preguntó quién había tocado el timbre. Nos miramos callados. Solté el gatillo, me puse el revolver en el cinturón, salí sin palabras y con cuidado cerré la puerta para  no despertar a nadie.

Algunas veces he visto en los ojos de Arsenije una expresión de lamento porque nada terrible haya ocurrido, alguna catástrofe que hubiera impedido que su vida se dirigiera por el camino por el que se dirigió. Pero no esta vez. Ahora estaba simplemente apurado para no perder a sus clientes.  Agarró la mochila cuando lo llamé. Arsa, ¿tenés algo para mí?, le pregunté. ¿Cómo por ejemplo?, me respondió con otra pregunta. Como por ejemplo algo así, cualquier cosa para relajarme un poco. Viste este viento… le dije. Lentamente puse la mano en un bolsillo, muy despacito para no ponerlo nervioso, y  saque un fajo de billetes nuevos. ¿Les va bien, a ustedes dos, verdad?, dijo. No nos quejamos. El Socio consiguió un holandés. Tiene los bolsillos como un pozo sin fondo, dije. Se comenta que tenés una conexión bosnia para aquellos turcos de seda, dijo Arsenije y sus ojos brillaron como después de la quinta copa de aguardiente.  Qué sé yo, a mí me da igual todo esto, dije y tomé un sorbito del viñak… Pero al holandés no le da lo mismo, ja, ja!, concluyó Arsenije y su risa me sonó igual que hace años cuando les ganamos un partido de básquet a los de otro lado del río.

Echamos una mirada cada uno a su reloj. Al mismo tiempo. Nos reímos también al mismo  tiempo. Dos minutos para la campana. ¿Querés unas rayitas, eh? me preguntó y metió la mano en la mochila. Un poquito. Bueno, por  que no me das unas cuantas “juveniles”, dije. Me dio los paquetitos y me los metí en el bolsillo. Él agarró la plata. Sonó la campana.

 

Estaba en la puerta cuando le dije: Cuando veas a aquel chiquilín mío, el  del jogging amarillo, dejalo pasar. Decile  que lo estoy esperando acá. Y no dejes que los demás le peguen, de acuerdo? Asintió con la cabeza y cruzó corriendo la calle. Los chicos empezaron a salir de la Escuela  Elemental “La Gloria Serbia”. Vi que el Gordo miraba con preocupación como Arsenije se le iba acercando. Después en su cara se dibujó una sonrisa de niño, cuando Arsenije le habló y sin ni un solo cachetazo lo dejo pasar. Mientras él corría hacia mí como un pollo gigante que los  autos no lograban atropellar, automáticamente miré de nuevo el reloj. El Gordo entró con su sonrisa en el bar y se dirigió hacia lugar donde estaba yo. Un chico despierto. Lo agarré de la mano. Íbamos a casa. Calculé rápido: si vamos caminando, necesitaremos una media hora. Podemos pararnos a tomar un helado y un pedacito de torta de chocolate con almendras. Yo voy a tomar una horchata de trigo mientras todavía haya en  las confiterías, para guardar el sabor. Y después vamos a casa para preguntarle de una vez por todas a la madre del Gordo, hermanita mía, ¿si total igual andás con basura, por qué no se la chupaste y listo?

 

(fin) 

Branko Andjic (1952). Escritor y periodista serbio, ganador de distintos premios nacionales de literatura. Desde hace más de 25 años vive en Buenos Aires. Bohemio y autor de varios libros (“Veliko spremanje”, “Teški metal”, “Veličina sveta”…). También era colaborador de la revista “Caras y carretas”.

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