Edad de la ira: un poema para sumergirse en la violencia

Por: Augusto Magaña

Toda patria es una construcción basada en el engaño. Es una idea que se impone, que se
funda en una violencia misteriosa, casi fantasmagórica, bajo la intención de unificar un
territorio. Unificar para controlar. Para colonizar. Para subordinar. El filósofo esloveno
Slavoj Žižek diferencia en Sobre la violencia (Paidós, 2008) entre una violencia subjetiva
que es visible y practicada por un agente que podemos identificar al instante y una
violencia objetiva o sistémica, que es invisible, pues es la violencia inherente al estado de
cosas “normal”. Este esfuerzo de normalización es precisamente lo que mueve la creación
de la idea de Nación. ¿Cómo explicar, entonces, esta violencia que se nos escurre entre las
manos? “Es sumamente difícil acceder a la violencia y a sus causas”, afirma Patricio
Alvarado Barría (Temuco, 1988), poeta chileno, que en su libro Edad de la ira (Ediciones
Sin Fin, 2019) intenta precisamente adentrarnos y sumergirnos en esa violencia para
mostrarla. Para hacernos sentir violentados.


Edad de la ira es un poemario dividido en tres actos, en el cual a lo largo de los versos
transcurren imágenes y paisajes de la Araucanía; tierra mapuche devastada y colonizada en
el nombre de una nación. Tierra natal, también, del autor, que recoge en el libro
experiencias vividas e historias rescatadas de ese territorio, desde su colonización hasta la
actualidad, que lo muestran como una especie de laboratorio neoliberal a pequeña escala
de las dinámicas de poder que luego se reproducen, a gran escala, en otros lados del
mundo. Alvarado Barría intenta, de alguna forma, desenmascarar las apropiaciones y
malas lecturas de la conformación de un país. “Un país que para mí no existe”, aclara.


Pero el relato de esta violencia fundante no sigue una estructura narrativa. Alvarado Barría
pretende, más que contarnos una historia, desorientarnos verso a verso, perdernos entre la
humareda y hacernos sentir como si estuviéramos huyendo o escondiéndonos de algunos
de los personajes principales de la obra: los “guardianes”, “celadores” y “vigilantes” de la
patria, agentes oprimidos y opresores, que se mueven en medio del caos. “Trabajé un tipo
de libro en el que no busqué la narración. Una de las cosas por las que me interesaba
escribirlo era por la desorientación producida por la violencia”, señala el autor. En este
sentido, el poeta consigue transmitir al lector precisamente esta sensación de
desorientación que se produce en el momento del estallido violento. Pero no solo como una
especie de representación de lo que fue la colonización de la Araucanía, sino también como
un reflejo de la propia desorientación que vivimos en estos tiempos. “La libertad que
prometió internet o la modernización ha sido, finalmente, la opresión también”,
argumenta. Una desorientación por saturación de mensajes, que no nos deja, al mismo
tiempo, vislumbrar también esa violencia objetiva que es la fundadora y la que permite,
precisamente, esa opresión.


Un momento del poemario donde se refleja esta idea es en la sección II del capítulo
Destierros, en la cual los versos del poema están compuestos como si fueran diálogos. Pero
en estos diálogos las voces no se hablan entre ellas, sino que son como voces o gritos
lanzados al vacío, que no se tocan ni se interpelan. “Eso también es violencia: la pérdida
del sentido de comunidad. Estamos siempre reproduciendo un discurso”, critica Alvarado
Barría. Una colonización que en este siglo ya no se hace solo sobre los territorios, sino
especialmente sobre los cuerpos y las mentes de los individuos. En el poema, este
desarraigo del individuo respecto a la comunidad se refleja en un escenario: la casa. El
primer capítulo del libro, Casas incendiadas, muestra, entre otras cosas, la casa como un espacio construido y privado, que no deja de ser artificial. Un espacio que es al mismo
tiempo elemento de encierro, pero también de precariedad y exposición hoy en día. La casa
como vestigio de la destrucción, como ruina que queda de testigo.


En medio del humo, el fuego y el lodo


Álvarado Barría cuenta que empezó a trabajar en el poemario en el 2006. “Ha sido un
proyecto de más de diez años”, explica. En el que hubo, sobre todo, mucho trabajo de
corrección y limpieza. “Es un poema no para contar nada, no para vender un producto…
No quería satisfacer la necesidad de elusión que podría contener el libro”, subraya el autor.
Es por este motivo que Álvarado Barría decidió, en el proceso de edición, deshacerse de lo
que él denomina “los excesos narrativos” de la obra y quedarse solo con el relato poético.
Pero el ripio generado por esa limpieza no cayó en vano, sino que se convirtió años después
en su novela Triage (Alquimia Ediciones, 2015), Premio Mejor Obra Literaria 2015, en la
categoría de novela inédita, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de
Chile.


El humo, el fuego y el lodo aparecen y desaparecen del escenario creado por los versos de
una forma frenética, como una escapatoria en suspenso o una huida contenida. El lector se
adentra en el poemario sin tener claro a dónde poder asirse, intentando reconocer algún
personaje o vislumbrar un paisaje. Pero el humo nubla la vista y apenas deja ver la
devastación. A lo lejos, lo único que alumbra es el busto de Hernán Triziano Avezzana
(1860-1926), el capitán Triziano, asesino de mapuches y figura fundante de esa nación
colonizadora. Su recuerdo aparece en la memoria de los vigilantes y los guardianes como
un fantasma que, de alguna manera, justifica la destrucción que propician en nombre de la
salvación de la patria.


Triziano, al mismo tiempo, sirve al autor de anclaje con la realidad de su ciudad natal,
Temuco, capital de la Araucanía. El capitán fue fundador y capitán de una fuerza
paramilitar creada en 1896 y anexada al Regimiento de Carabineros en 1907. Su busto está
en la comisaría y en la calle de la estación de trenes de Temuco: es considerado casi una
figura fundacional de Chile. Pero aun así, es un personaje lleno de misterios y sombras.
“No tenemos tantas noticias como quisiéramos de él. Era un mercenario, un mata
mapuches”, asegura el autor. Triziano es una figura que simboliza, de alguna manera, la
mentira sobre la cual se han construido las identidades de los Estados latinoamericanos,
porque, aunque sea un “héroe de la patria” para algunos, muy poco se sabe de él. Una
contradicción que sirve también en el poema para parodiar y poner en evidencia a aquellos
guardianes de la nación. “Es súper triste que alguien crea que está defendiendo un país”,
apunta Alvarado Barría.


El autor se preocupa por dejar en claro que esta opresión de los cuerpos que significa la
nación “no es un enfrentamiento: es una colonización”. Y consigue transmitir en su poema
esta sensación de opresión, a través de un lenguaje colonizado y críptico, que sacude al
lector para intentar que vislumbre la violencia que rodea y ordena cada una de nuestras
vidas. Eso sí, Alvarado Barría renuncia a la narración en favor de la poesía como una
manera de no caer en la tentación de erigirse “portavoz” de los oprimidos, sino
simplemente como un ejercicio de inmersión y búsqueda, que al mismo tiempo refleja una
realidad más honda. “No creo que la literatura tenga que ver con tomar partido”, destaca
Alvarado Barría. Para intentar entender la violencia, lo mejor, quizás, es sumergirse en
ella.

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.

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