Claudia Hernández y Jorgelina Cerritos: literatura salvadoreña de posguerra

Por Alejandro Córdova

Foto: Francisco Campos

La literatura salvadoreña de posguerra ha conseguido iluminar recovecos de la realidad que antes habían estado en penumbra. Es decir: le ha dado voz a las historias protagonizadas por seres que existieron siempre al margen o a sensaciones que son propias de una generación que no estuvo involucrada ideológicamente en la guerra. Después de los Acuerdos de Paz, aparece en El Salvador una nueva literatura distinta a la que ha sido escrita por hombres heterosexuales, una que atiende urgencias distintas a las urgencias de la guerra y preguerra. 

En esencia, una literatura escrita por mujeres y homosexuales

Pero ¿qué es lo que urge contar una vez termina una guerra? ¿Los muertos? ¿El horror? Quizá la respuesta no solo depende de la realidad salvadoreña. La caída del muro de Berlín en 1989 coincide con la ofensiva final de la guerrilla llamada “Hasta el tope”, que tenía como objetivo movilizar a más de 3 mil guerrilleros al casco urbano de San Salvador. Devolver la guerra a la capital. La reacción del Ejército fue contundente: el asesinato de seis sacerdotes jesuitas y dos empleadas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). 

Esta masacre se sumó a los numerosos crímenes de lesa humanidad perpetrados por el Estado y alarmó a la comunidad internacional. Se intensificó la presión para conciliar la paz. De ahí en adelante, la guerra mutó en negociaciones y treguas armadas. Pero la historia ya estaba escrita: el proyecto comunista fracasó a escala global, ¿por qué habría de ser distinto aquí? En 1992, en la Ciudad de México, Castillo de Chapultepec, un puñado de salvadoreños firmaron un papel. Lo que significó cese al fuego, conteo final de muertos, repartición de tierras, inicio de la era de los hombres y mujeres libres. Paz: situación o estado en que no hay guerra ni luchas entre dos o más partes enfrentadas. 

A nivel global, la disolución de la Unión Soviética representó la caída de las utopías. Para El Salvador, cuya autonomía estuvo en disputa durante toda la Guerra Fría, la desintegración de la URSS solo podía significar una derrota. Esta es una sensación que es explorada desde temprano en la literatura: haber perdido algo imposible de recuperar. La literatura cambia cuando cambian las circunstancias de la realidad y, al comenzar la paz y la reconstrucción de un país en ruinas, surgen nuevos cuestionamientos. 

El primer gran tema es el desencanto, entendido como un pesimismo generalizado ante la vida o como una ausencia de esperanza. Lo que se ha nombrado bajo la categoría del cinismo por académicas y académicos. Este sentimiento que abarca a toda una generación que tuvo que lidiar con los estragos de la guerra responde también a una nueva crisis ideológica mundial: hacia dónde vamos, en qué creemos y por qué creemos en lo que creemos. 

El segundo gran tema es la violencia en todas sus manifestaciones: la violencia social, la violencia política y la violencia de género. El imaginario de violencia está presente en toda la  literatura escrita después de los Acuerdos de Paz: en sus conflictos, sus ambientes, sus personajes e, incluso, en el uso del lenguaje mismo. Varían no solo los matices, sino los abordajes. Claudia Hernández es el mejor ejemplo. 

Por último, y también en sintonía con el estado del mundo, surge como gran tema de la literatura nacional la representación de nuevas identidades: los migrantes, las mujeres y los homosexuales. La preocupación por narrar nuevas formas de ver el mundo que no formaron parte de los discursos oficiales de la literatura antes de la caída del proyecto comunista. En este caso, resalta Jorgelina Cerritos con la escritura femenina y Mauricio Orellana Suárez con la escritura sobre la homosexualidad. 

Cuando Claudia Hernández (1975) publicó la colección de cuentos Mediodía de frontera, habían pasado diez años desde el fin de la guerra civil salvadoreña. En sus 16 cuentos breves, personajes sin nombre se enfrentan a sórdidas situaciones de violencia que asumen con naturalidad y hasta ternura. La muerte está presente en todo el libro no como algo lúgubre, sino más bien como una transacción cotidiana, algo que causa curiosidad y no horror. 

Un cadáver abandonado en la cocina, un ángel que pide prestado el baño, un hombre sin un brazo que tiene por mascota a un rinoceronte, una niña que juega a la morgue, un manual para lidiar con un hijo muerto. Los cuentos de Claudia Hernández representan un primer vistazo, brutal y a la vez ternura, a la realidad salvadoreña tras 12 años cruentos de guerra, con un saldo de 75 mil muertos y miles de desaparecidos. 

Había un cadáver cuando llegué. En la cocina. De mujer. Lacerado. Y estaba fresco: aún era mineral el olor de la sangre que le quedaba. El rostro me era desconocido, pero el cuerpo me recordaba al de mi madre por las rodillas huesudas y tan sobresalientes como si no le pertenecieran, como si se las hubiera prestado otra mujer mucha más alta y más flaca que ella. Ninguna de las cerraduras había sido forzada. Tampoco había un arma por ningún sitio. Nada había que me diera pistas sobre el asesino, que había limpiado hasta las manchas de sangre en el piso. Ni una sola gota dejó. He visto muchos asesinados en mi vida, pero nunca uno con un trabajo tan impecable como el que le había practicado a la muchacha, que tenía cara de llamarse Lívida, tal vez por el guiño de lamento que se le había quedado atascado en los labios amoratados. Como cualquier buen ciudadano habría hecho, no esperé a que apareciera mensaje alguno en la radio o en la televisión, sino que hice imprimir uno en el periódico que decía: “Busco dueño de cadáver de muchacha joven de carnes rollizas, rodillas saltonas y cara de llamarse Lívida. Fue abandonada en mi cocina, muy cerca de la refrigeradora, herida y casi vacía de sangre. Información al 271-0122.” 

Hechos de un buen ciudadano, parte I. 

Sin embargo, no es solo el contenido el que importa en la narrativa de Claudia Hernández. Es la forma: su precisión entre lenguaje y metáforas, su experimentación en el género del cuento. El valor de su literatura trasciende el nivel de representación de la realidad y la convierte en un campo poético para pensar la salvadoreñidad de posguerra. 

Quizá el aporte de Hernández se concretiza en el Olvida uno, publicado en 2005, una colección de nueve cuentos que dan voz a un nuevo sujeto de la realidad salvadoreña de posguerra: los migrantes. En este libro, fondo y forma se enhebran con sofisticación para erigir una ciudad internacional que parece ser Nueva York, pero en la que suceden hechos extraordinarios y profundamente poéticos. 

Los cuentos del Olvida Uno son contados en primera persona, como testimonios íntimos de personajes inmigrantes que han vivido o sido testigos de situaciones cuasi fantásticas en medio de su cotidianidad: de camino al trabajo, en sus apartamentos, en los dinners o las casas que limpian. Una mujer que se encuentra el infinito en un baño privado y decide hurtar un poco de su esplendor, un hombre preocupado porque se le pegan las voces en el abrigo, etc. 

Todos los cuentos son excepcionales, pero hay uno sobresaliente: La han despedido de nuevo, que es una narración coral de todas las personas que conocieron a Lourdes, una inmigrante salvadoreña que cambia de trabajo con demasiada frecuencia porque no puede evitar encuentros con animales míticos que la invitan a jugar y le piden que regrese a casa: un lobo de piedra, una mariposa de agua, un torogoz de luz, un gato de sombra. Claudia Hernández consigue contarnos esta historia en una cascada de pensamientos y testimonios colectivos. 

La han despedido de nuevo. Su voz en mi contestadora me ruega que no le devuelva la llamada hoy: no estará en casa a la hora de siempre. Es probable que me llame mañana. O el miércoles. Suena feliz. Debió haber estado sonriendo. Lo estaba. Lo supuse. ¿Me reí? No, pero se te ahogaban las palabras como cuando estás alegre. ¿Conseguiste un mejor empleo? Aún no. Ni siquiera lo ha buscado. No está de ánimo para eso. Es primavera. Desde ayer. Los cerezos florecerán dentro de poco. ¿Y ellos pagarán tu renta y tu comida? No. Claro que no. Las pagará ella. Aún tiene algo de dinero. No mucho, supongo. ¿Necesitás? Puedo enviarte un poco si No hace falta. Me lo jura. Suena feliz. ¿Hay razón para eso? ¿Dormiste con alguien anoche? Quizá. No recuerda. Pero, en todo caso, no está feliz por eso, sino porque acaba de estar con el lobo que vio de reojo una semana antes mientras esperaba el autobús que la acerca al trabajo ese que tiene de limpiar para la pascua el apartamento de la judía ortodoxa, un lobo de piedra y del tamaño de un automóvil que, durante la lluvia, se paseaba por los tejados de los edificios de la acera del frente, la llamaba por un nombre que no era el suyo y la invitaba -en español- a jugar. La pasarían muy bien, solo tenía que cruzar la acera. Era cuestión de unos cuantos pasos. Diez, a lo sumo. Ven, Nuna. Pero ella respondió que no. 

La han despedido de nuevo 

Detrás de la ficción de Hernández, se asoma un ejercicio serio de pensar la identidad. El Olvida uno es la primera colección de cuentos que imagina la salvadoreñidad fuera de sus fronteras y la coloca en el territorio de lo ficticio, no como un documento histórico y crítico de la realidad que atraviesan los migrantes sino todo lo contrario: una experiencia literaria que prioriza la dimensión de entretenernos y de imaginarnos; una escritura que defiende el universal derecho a la metáfora, a la invención. 

Claudia Hernández publicó también en 2013 el Causas Naturales, una colección de 15 cuentos que deambulan por el universo de siempre: habitantes de una ciudad que cuentan sucesos en los que se vieron involucrados casi involuntariamente, pero que resuelven con inocente resignación. En este libro, Hernández ha madurado su técnica de modo que enfrenta e imagina la realidad salvadoreña en metáforas más compactas. 

En el cuento En casa, hay una alusión muy evidente a la militarización de la seguridad pública en tiempos de paz. El solo inicio plantea una relación entre buitres/gatos que podría entenderse como militares/guerrilleros y militares/pandilleros: 

Hacía mucho tiempo que los buitres no sobrevolaban esta ciudad. Tanto que la mayoría de nosotros había perdido la costumbre de mirar al cielo antes de salir de casa para saber cuáles calles convenía evitar. Había algunos que, incluso, no guardaban recuerdo de ellos ni de las angustiantes formas que dibujaban en el aire. Yo creía estar en ese último grupo, pero, por desgracia, no podía contarme en él. Ni siquiera podía pretender que pertenecía a la clase de los que, a pesar de recordar, no le daban importancia al asunto. Si alguna vez hubiera apostado dinero a que al menos era capaz de controlarme en presencia de un buitre, lo habría perdido todo la tarde en que me arrojé al suelo tan pronto como escuché el batir de las alas de uno de ellos, que no intentaba atraparme a mí, sino a una gata que estaba en el mismo callejón por el que yo deambulaba. Comencé a hiperventilar cuando mi oído, que reconoció el sonido, me llevó de golpe a la época en que los gatos se hicieron muchos en la ciudad y se los trató como plaga. Entonces había siempre varios buitres devorando los cadáveres con colas amontonados en las aceras. 

En Jorgelina Cerritos (1974) se encuentra un discurso claramente comprometido con la memoria histórica. Sus obras de teatro están habitadas por los que vivieron la guerra como niños y necesitan recordarla, enunciarla y denunciarla. En la dramaturgia de Cerritos, la voz de los personajes coquetea con la poesía, pero no deja de sostenerse sobre las tensiones del enorme drama nacional de la posguerra. 

En general, es valiosa la construcción de sus personajes femeninos porque en ellas coloca las reflexiones más profundas sobre la verdad y la justicia en un país de impunidad y olvido. Tal es el caso de La Audiencia de los Confines, su más fuerte ejercicio creativo a la fecha, donde tres personajes involucrados en un evento trágico de la guerra están encerrados en un no- tiempo y no-lugar que recuerda al existencialismo de Sartre en A puerta cerrada

Alonso, Mauro y Carola son, a su vez, la Historia, la Memoria y la Verdad, con mayúsculas. Estos tres personajes, en su afán por matar el tiempo a la espera de que amanezca, ensayan posibles interpretaciones de la realidad al punto de descubrir su verdadero rol en los hechos: el del victimario, el del testigo y el de la víctima. La manera en la que Cerritos se vale de la ficción y del humor para jugar con temas delicados de la identidad nacional, además de su magistral uso de referencias a la cultura salvadoreña, vuelven esta obra una estación obligatoria para pensar la literatura de posguerra. 

En uno de sus monólogos, Carola adopta una voz profética, de pitonisa, la voz de los tiempos: 

CAROLA: 

Hasta que los códices no sean descifrados y ordenadas las partes y completado el todo; hasta que las culpas no penen su pena y los pies no sean lavados; hasta que las magdalenas no sequen sus lágrimas frente al hombre amado, desmembrado; hasta que los niños muertos no dejen de llorar de pánico; hasta que a las niñas violadas no les florezca el himen desgarrado y las mujeres no hayan escupido la cara del verdugo; hasta que los hombres no acallen su grito de rabia, contenido; hasta que no mengüen las llamas, que las madres no sean vengadas, y las gallinas y las vacas y los puercos y los perros no hayan perdonado; hasta que los homicidas, parricidas, matricidas, fratricidas, femicidas, genocidas y suicidas no terminen la orgiástica fiesta de El Entierro de la Sardina: No habrá sol que dé luz a la luna y no habrá luna llena. Entonces las mareas secarán sus frutos, no parirán las hembras y las mujeres, y los cultivos, sin hombres, se secarán en la tierra. La leche no se derramará sobre niños que canten, la oscuridad reinará por siempre y nunca vendrá la mañana. Entonces dejará de tañer la campana de los siglos y Carola jamás encontrará a su niño verde

Esta obra responde fielmente al imaginario social roto de la posguerra: una sociedad sin ilusiones, hundida en la oscuridad de una noche sin fin, corroída por los males que no han sido esclarecidos. La Audiencia de los Confines hace referencia a la verdadera Audiencia de los Confines creada en 1542 por la Corona Española como un tribunal de apelaciones que, entre otras cosas, permitía ejercer un mejor control en los territorios centroamericanos que estaban, para ellos, en el confín de la Tierra. 

En otra obra de teatro de Jorgelina Cerritos, Vértigo 824, la brutalidad y el pesimismo son todavía más amargos. En una metáfora muy firme, un avión que viaja en turbulencia representa a El Salvador y sus tripulantes son ese desfile macabro de seres de la realidad nacional que encarnan la violencia, el machismo, la desigualdad y el lumpen. Esta obra es un debate intenso e inconcluso sobre la esperanza. 

Lo más interesante podría ser la representación de dos personajes de la vida urbana que, dentro del avión, ocupan un rol importante: el horror del hambre y la marginación. Un vendedor ambulante y un indigente (personajes que son comunes en el transporte colectivo) asaltan el avión y se ven poseídos por una fuerza superior que los hace hablar en distintos idiomas y escupir verdades proféticas. Aquí una muestra: 

El vendedor: Mi compañero y yo venimos a quitarle nada más un momento de su atención. El indigente: Sequiu al señor motorista y las chavitas ayudantes por dejarnos subir a hablar con ustedes… (A El hombre, La mujer y La joven) … Hey, shit, con ustedes, ¿por qué se hacen los locos?, con ustedes… El vendedor: Andamos con estos separadores que llevan dibujos de las Santas Escrituras. Con la compra de estos separadores usted ayudará a personas que vivimos en las calles, pero queremos ser personas de bien. El indigente: La neta, míster, es que no queremos volver donde asustan, nos queremos regenerar 

y no le queremos hacer mal a nadie, ¿cachai? 

El hombre, La mujer y La joven tratan de ignorar la situación. 

El vendedor: El separador no tiene precio, usted puede darnos lo que le de la gana El indigente: Lo que sea su voluntad… ¿Siñora?… ¿siñorina? Chincue o diechi chéntime ¡per 

favore! El vendedor: Cinco, diez, quince centavos, pues como la Biblia dice… El que no nada se ahoga… ¿verdad compadre?… ¡Ah, si, el que no nada se ahoga!…. Así que rapidito ve, vayan buscando algo en sus carteras… El indigente: Güi nid a money fron yu may broder… bicos güi ar diported fron los Yunai Estey… un 

navon pa de trabai… ¿understan? Trabai… navon pa de trabai… El vendedor: Hoy por ti mañana por mí… y camarón que se duerme se lo lleva la corriente… 

buscando en las carteras pues… 

El indigente se acerca a La joven. 

El indigente: Güi ar diported fron Niu Yor, ¿cherto princhipesa?… Fron Toronto y fron Los Anyeles, fron París, fron Chayna, fron Italia an Espein, fron Chile, Argentina y Uruguay, fron Asha, Africa y Oceanía… Eu teño fami… La mujer: ¡Señorita, la pastilla que le pedí! El indigente: Güi ar diported fron evry wer… ¡fron la Torre de Babel! ¡Fron todas las ciudades hermosas del mundo!… ¡Fron de worl! (A La joven) ¿Verdad mamacita? Chincue o diechi chéntime, por favor… done muá… El vendedor: (A El hombre) ¿Y usted viene o va?… ¿viene o va?… ¿qué, no me oye? Conteste pues, 

¿no que tenía tanta gana de hablar? ¡Hable pues! ¿Viene o va? El hombre: Vengo… eh, voy… no sé… no tengo por qué contestarle a usted… El indigente: Güi jav no guork, ay an jangry… un navón ni meson ni famiye… no te paniquiès bato, pasate un bara y quedamos cheles, fay cent, una cora or guan dólar, guan euro… ay jangry… ye fan… güi nid somsin tu it… a pis of queic or a jamburger, ¡pitza, tacos, macaroni!… ¡arepas, guacamole! ¡pupusitas!… un matecito para tomar, ¡chicha, vodka!… una sopa minestroni o lasaña boloñesa… shuchi… ¡Ayeint nu tem trabalio!… ¡Ich bin junjrinch!… ¡junjrinch!… ¡Tengo una puta y jodida hambre!… El vendedor: (A La mujer) ¿Y usted?… (A La joven) ¿y vos? ¡Contesten pues! ¡puta! ¡contesten hombre!… ¿vienen o van? ¿o ya no entienden el español? ¿Ya se los había preguntado? ¿Ya se los había preguntado? ¡Contesten!… El indigente: ¡Va temi guacho! ¡La saqua’te farfari sik rulo pä!… ¡Malditos! Fack yu! Gat demet! ¡Veto zur jaila bastard! ¡Sik rulo pä! ¿Comprenden? ¡Rulo pä, rulo pä! ¡Tagbo sumj gata lei, gata lei, gata lei!… El vendedor: (A los tres) ¿Le tienen miedo a la muerte? ¿Tienen miedo a morir? Sería una muerte 

rápida… Si usted muriera hoy ¿adónde iría? El indigente: Filio de puta, ¡gata lei! El vendedor: ¿Al cielo o al infierno? (A El hombre) ¿al cielo o al infierno? ¡Conteste! El indigente: ¡Al inferno! La mujer: No le conteste. El indigente: ¡Al inferno! El vendedor: ¡Contésteme! La mujer: No lo haga. 

El indigente: ¡Repondé batarg modi!… ¡Repó fis de piut!… ¿No me escuchan?… ¡Jeponda! 

¡Ansgüer! ¡Antuorten si! ¡Risponda! ¡Sacbal xi tunh! El vendedor: Conteste. La joven: Por favor, déjenlo en paz. El vendedor: ¡Cállense malditas cotorras… a él le estoy preguntando!… ¿A dónde?… 

El vendedor golpea a El hombre. La joven se esconde en La mujer. La mujer se queda en silencio. 

El hombre: Al infierno El vendedor: ¡Al infierno! El indigente: ¡Lang ferg! ¡Torre de Babel! ¡Lang ferg! El avión entra en zona de gran turbulencia. Entra el Coro de aeromozas y hace una especie de danza de marionetas cantando mecánicamente. 

Coro de aeromozas: Esta mierda que no para. Que nunca para, nunca, nunca, nunca para… que 

nunca para. ¡Basta!… 

Tanto Claudia Hernández como Jorgelina Cerritos ofrecen una amplia producción literaria de calidad que abarca más temas y propuestas estéticas de las que aparecen en este texto. En ese sentido, los fragmentos seleccionados sirven para hilar un discurso sobre la posguerra que responde a los puntos antes señalados: una enorme crisis ideológica que se traduce en desesperanza y desolación, la violencia omnipotente de lo cotidiano y las nuevas identidades, entre las que se destaca el discurso sobre lo femenino, la migración y la memoria. 

Sobre las autoras: 

Claudia Hernández (San Salvador, 1975) se ha dedicado a la escritura de historias y a la enseñanza de la redacción. Ha publicado seis libros de cuentos, dos novelas y un libro didáctico. Su obra narrativa ha sido incluida en antologías de cuento publicadas en España, Italia, Francia, Estados Unidos y Alemania. Publicó sus primeros relatos a finales de la década de 1990, en suplementos culturales de periódicos salvadoreños. En 1998, su relato Un demonio de segunda mano obtuvo uno de los galardones del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo que convocaba Radio Francia Internacional; y en 2004 recibió el premio que la Fundación Anne Seghers de Alemania confiere a autores jóvenes cuya obra artística contribuye al surgimiento de sociedades más justas y tolerantes. En 2007 formó parte de Bogotá 39, una selección de 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años convocados para destacar las nuevas voces y tendencias de la literatura latinoamericana a propósito de la designación de Bogotá como Capital Mundial del Libro. En 2012 el National Endowment for the Arts (Estados Unidos) financió la traducción al inglés de sus libros de cuentos publicados entre 2001 y 2007; en 2014 una selección de sus relatos fue traducida al italiano. 

Jorgelina Cerritos (San Salvador, 1974) es una poeta, actriz y dramaturga salvadoreña. Licenciada en Psicología de la Universidad de El Salvador (UES). Inició su formación artística en la disciplina de teatro en 1990, habiéndose desarrollado como actriz desde 1993 y como dramaturga desde el año 2000. Además del teatro cultiva la poesía, géneros en los que escribe tanto para niños como para adultos. Para el año 2006 fue becaria del proyecto centroamericano El Carromato en el taller regional de dramaturgia, dictado por el maestro y dramaturgo José Sanchis Sinisterra, y en 2010 recibe formación del director y dramaturgo Arístides Vargas en la Semana Internacional de Dramaturgia Contemporánea, en Cali, Colombia. 

Sobre le autor de la nota:

Alejandro Córdova, nació en San Salvador en 1993, se formó en el programa de jóvenes talentos de la Universidad Dr. José Matías Delgado. Estudió en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, ha tomado varios cursos de redacción literaria con escritoras destacadas como Claudia Hernández, Jorgelina Cerritos, Jacinta Escudos y Susana Reyes, por mencionar algunos. Ganador del 6to Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve.

Enlaces de interés: Sobre Claudia Hernández http://ojs.elte.hu/index.php/lejana/article/view/65/58 Sobre Mauricio Orellana Suárez https://www.apsu.edu/polifonia/v5/2015-arevalo.pdf Sobre Jorgelina Cerritos https://journals.ku.edu/latr/article/view/4309 ́

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