“Fractura Primaria” de Roxana Landívar: el dolor como un canal de encuentro

Por Julieta Concilio

Foto: Astrid Soldevilla Instagram: @astridsoldevilla

No soy una asidua lectora de poesía; suelo tomar publicaciones al azar, como si fueran pequeñas postas puestas en un camino que se va trazando. Entre esas lecturas, pocas veces me topé con poesías. Sin embargo, las veces que lo hice, tuve el gusto de encontrarme con mujeres que ardían historias. Cuando pienso en poesía, pienso en poetisas. Y es raro ¿no? Porque el cuarto propio fue históricamente ocultado, invisibilizado, oscurecido por los capitanes de la literatura (eco: los implacables pensadores, los excelentes editores, los exacerbados bohemios sensibles devastados por el amor a sus musas). Prefiero creer que en vez de raro, es una pista. Prefiero creer que es el pulso de esas mujeres que van dejando heridas prendidas en el medio de la oscuridad, para que las encontremos poco a poco. En Fractura primaria, Roxana Landívar camina en esa oscuridad con una fluidez que brinda confianza. Y lo hace fracturándose en cada línea, dejando expuesto el dolor justo en el punto de inflexión entre la nostalgia y el ataque. 

El dolor que expone Roxana en su primer poemario es generoso, porque solo aparece como resultado de una reflexión profunda en muy pocas palabras. No hace falta decir tanto para decirlo todo. Tampoco hace falta que tu vida sea única e irrepetible para tener experiencias de ruptura. Todas las tenemos. Es lo que nos constituye. 

Fracturarse y encontrar la herida para pasar el dedo con sal por arriba

Como dice Balladares en el prólogo de Fractura primaria: “La escritura de Roxana es elástica por su potencial de ser reflexiva, de visitar lo anecdótico, por abrirse a la intertextualidad, por conformar una yo poética que con la misma disposición se identifica con la yo autorial o con alguien ajeno a ella.” (2020; 13). 

Es una experiencia de lo bello leer, en Fractura primaria, a “una ella” que puede tener 12, 30 o 60 y pico de años. Se ve a la niña guayaquileña y a la estudiante en Argentina; pero no se termina de ver a una niña única ni a una joven excepcional. A veces parecen verse sus antepasadas, pero son más que eso: podrían ser las de cualquiera. Se ve a “una ella” que somos todas, inmersas en una oscuridad que se torna fluorescente. Roxana entrega la mano y la extiende hacia tu cuerpo para invitarte a dar un leve grito que repita absurdamente el dolor. Una y otra vez, como un acto colectivo y liberador. 

Fractura Primaria, de editorial La Caída.

Sus tres momentos –Fractura, Ciudades cemento y Retratos de mujeres rotas– son renacimientos que exponen nuevas existencias. Poco a poco, sutil y lacónicamente, la escritura de Roxana te va dando linternas para reconocer el dolor primario. El dolor que es condición necesaria de cualquier vivencia que pretenda hacerse recuerdo. Un dolor que no caduca con el paso del tiempo porque su esencia es durar. Un dolor agónico y excitante en simultáneo. Los inicios de las historias que se leen en este poemario son como inyecciones de adrenalina que se clavan en un corazón ya roto. Los finales, como sábanas que esperan tu petite mort para que nazcas encendida desde adentro. No podrás leer a Roxana esperando respirar acompasadamente. 

La sal está en el dedo; el dedo está en la herida; y la herida duele profundamente por saberse despierta. 

El momento después de la aclaración

Salir desnuda en la primeras líneas de su primer poemario no puede ser menos que un gesto de generosidad. Salir desnuda a la calle, adornada solo en el cuello por un DNI que marca la dirección de un amor perdido, no puede ser más que la necesidad de quebrar y fracturarse para preparar la montaña desde la que nacerá la próxima ave Fénix.  Algo de la generosidad con la que Roxana expone el dolor en Fractura primaria se siente en la humildad con la que expone las cadencias ajenas -desde los epígrafes hasta la trama- que la ayudaron a fortalecerse. Cada poesía es un gesto de Roxana como lectora. Y eso, ya la vuelve compañera. Desde el primer momento podés ver que la escritora que te interpela no te habla desde arriba ni desde lejos. Es simplemente, la que escribe en esta oportunidad. 

La familia fracturada

La “Muerte a la musa” es para mí el primer punto de inflexión. Con la sal y el dedo encima, la herida grita:  

el amor es hermoso porque muere

y no hay que quedarse siempre

aunque haya sido promesa

Foto: @roxanalandivar

Luego de morir, el dolor queda en un lapsus de basura acumulada. Vemos el basurero repleto, lo sabemos hediondo; pero la profundidad en la que descubrimos nuestra muerte como musas, tiene una superficie imantada que llama a la quietud observadora. Aunque esta quietud moleste a los vecinos. 

El lapsus es breve. La muerte de la musa en Fractura primaria es astuta. Alumbra ficciones y desalienta el equilibrio. Te empuja suavemente al segundo nivel de esta habitación oscura.

Lo infinitamente cotidiano se desborda lejos del hogar; el encierro que aúlla. Leer a Roxana es posicionarse en el hueco atrincherado de una misma, que ve el sol arriba mientras come tierra. Es enfrentar a la madre que todo lo esperaba de una y decirle, tiernamente: “Madre, no he vivido la vida como querías y creo que lo volvería a hacer”. ¡Quién pudiera expresar con tanta valentía y simpleza, una idea tan compartida por las hijas de esta cuarta ola! 

Un terremoto termina de incendiar los escombros que sepultaron a aquella infancia y prepara la maleta vacía para marcharse: 

“sin fotos 

sin adornos 

sin pinturas 

y con justa razón.”

Trinchera y ataque

Vivir aquí y allá distorsiona la percepción de la distancia. En esta segunda parte del poemario, la protagonista expone su renacimiento en otra ciudad; en una estadía que se alarga porque se elige el desequilibrio constante del caleidoscopio que vuelve a cambiar la luz en esa misma oscuridad que crece. 

En esa trinchera encontrada lejos de su casa de infancia, quien sea la protagonista en esta instancia tiene hábitos similares a los que comenta Simone De Beauvoir cuando esperaba noticias del Sartre devenido militar. Va teniendo distintas muertes, deshaciendo recuerdos, en sucesivas noches que no difieren mucho entre sí. Pero esta vez, la protagonista no espera noticias de nadie. Y ese es uno de los gestos más liberadores de estas líneas: la autora expone un dolor que no es resultado de la espera de un otro, sino de una despedida. 

La que fui me saluda

desde la otra vereda

en una calle de San Telmo. 

Los recuerdos

Otro rasgo de generosidad se siente en el devenir del relato que da saltos, exponiendo también lo inacabado e inexacto de cualquier texto. Los retratos de mujeres rotas, tercer y último momento de este poemario, empieza con tres epígrafes fundamentales, que traen lecturas de Virginia Woolf, Mariela Gouiric y Edna St. Vincent Millay. Lecturas que, desde el vamos, afirman el poder del dolor para lograr lo imposible: que en un relato puedan leerse todas las historias. Todo lo que pase de aquí en más serán repeticiones de fragmentos que podrían ser de la misma mujer o de muchas. 

Creo que en Monólogo de alerta hay otro punto de inflexión: 

Me he asentado

esto es una autoflagelación

un asesinato de la flor

un siéntate de una vez

para siempre  

La niña creció y ya no hay tiempo para seguir saludándola. Es ahora cuando la pérdida toma cuerpo y se ubica en un presente que anticipa el futuro. O también, lo mezcla todo. La juventud, la plenitud y la vejez se confunden entre recuerdos que es mejor “que se choquen y se destruyan”. 

La vida pasó ayer. La protagonista se da cuenta sesenta y siete años después. O sólo es la sensación. Queda un espejo y ella, que es todas. Y aún:

sollozamos pegadas a un rincón

para que el orgullo no escuche.

La fuga, carencia y reconstrucción

No creo que sea casual que haya venido a encontrarme con Roxana en Fractura primaria. Porque este libro es eso: un lugar de encuentro. Pero no es un lugar bonito, un encuentro con té servido y flores dispuestas, iluminadas por la luz del sol de la mañana. Es un lugar oscuro, donde hay presencias fantasmales que se cuelan por los fragmentos de vidrios rotos, en el piso hay escombros desparramados, la mesa ya no está servida, se fueron todos.

En estas tres anteúltimas poesías, la protagonista se queda sola. Entre los escombros vuelve a ver listas escritas alguna vez en una vieja libreta. Una lista en particular la hace llorar. Te entrega su llanto, te lo comparte y te invita a unirte con lágrimas a esta despedida final. La reconstrucción de la herida trae alivio y tristeza; nostalgia de lo que fueron sus refugios. No los busca más. Ya está sola. Y está bien. 

Retrato de un final abierto

Me disfrazaré

seré otra

voy a ser esta comedia

esta trampa que te aniquile

una llama que lo queme todo

Fractura primaria cuenta más fracasos que aciertos, pero los cuenta desde el dolor que está implícito en la historia de cualquier nacimiento. El dolor en estos relatos está entramado en la textura social. Los cuerpos se disponen a reventar, aunque se queden conteniendo la angustia mientras se masturban en la cocina. 

Hay algo que es reconfortante. Fractura primaria quedó escrita por una que es como cualquiera de nosotras: una herida prendida en la oscuridad para ser encontrada por futuras niñas que busquen decir abiertamente “no he vivido la vida ni un poco como querías”.

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