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Editorial

dossier 3 lanzamiento

Por Revista Tránsitos

Vivimos en un sistema que fue la respuesta del capitalismo hacia el fantasmagórico acecho del comunismo. El neoliberalismo ha logrado naturalizar la idea de que no hay alternativa posible. “Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo.” Aquellos Estados de bienestar nos producen nostalgia, porque hubiéramos preferido luchar en ellos y contra ellos, un enemigo mil veces más concreto que el voraz e inescrupuloso neoliberalismo: abstracto, sin un aparente sujeto que lo encarne, banalizador de aquel modelo de movilidad social, al que volvemos simbólicamente, a través de modelos estéticos vacíos y congelados

Para este tercer y milagroso número de Tránsitos, queremos interpretar a otros fantasmas que rondan no solo nuestras cabezas, sino los productos y consumos culturales que le dieron sentido a nuestras luchas actuales. Pretendemos explorar sus límites y posibilidades, religar la cultura popular y el arte experimental con una clara posición de izquierdas. Nos proponemos pensar el capitalismo tardío,  el estado de la cultura como el pulso y termómetro que nos puede revelar sus síntomas.


De la mano de Mark Fisher, heredero de Jameson, Benjamin,  Adorno, Horkheimer y de la escuela de Birmingham, no pretendemos evadir los diagnósticos totalizadores del sistema económico que impera actualmente y sus consecuencias. No nos saltamos el análisis económico, lo abordamos desde su complejidad cultural: la superestructura, cada vez más ambigua y por tanto, más trascendente, digerida y abstraída en  series, telenovelas, películas, dibujos animados y la música de nuestros tiempos: “la cultura acumulada del siglo XX”. Hablamos más allá de un tiempo específico, situando el tiempo como movimiento al usar la categoría de temporalidad.  

Fisher deja un corpus para la interpretación, nosotros sumamos la cualidad innata de consumidores culturales y las licencias que nos permite la ambigüedad del criterio estético para interpretar a los fantasmas de nuestro tiempo.

Lineth Paz

La carnicería Bambi

Por Branko Andjic                                                                                  Fotografía: Lineth Paz

 

Miré el reloj, después el diario. No había nada, ni una palabra sobre  aquello. A la una y cuarto tenía que ir a la escuela a buscar al Gordo. Me encogí de hombros y  cerré el diario. Empecé a vestirme. Afuera soplaba un viento fuerte.

1.

Mi hermana tiene la costumbre de decir que nunca tiene tiempo. Y cuando lo dice, siempre me mira a mí –  como si yo lo tuviera y ella no. Cuando no tengo ganas de escucharla, pongo un cassette con la respuesta automática: “Yo estudio.  Cuando tenga tu edad, yo también voy a trabajar y no voy a tener tiempo. Por ahora, estudio.” Ella se larga entonces a predicar  cómo hoy nadie estudia de verdad y que en su época, antes de esta última guerra, la escuela era la escuela. ¡Qué bodrio! – suena más pesada que la vieja. Pero hoy me da igual  – de cualquier modo quise ventilarme un poco la cabeza, salir de esta tumba donde todos están ofendidos desde hace medio siglo – desde que los de Ellos tomaron el poder y los Nuestros – nada. Desde ayer, se sienten todavía más ofendidos, aunque ahora por lo menos tienen una buena razón para largar unas lágrimas, por si las moscas, por todo, como si este tipo de cosas no le pasaran a los demás. Todos los días. Y los días  se parecen demasiado entre sí. Hoy todos manejan demasiado rápido y las calles están inmersas en una oscuridad absoluta. Si aquello no hubiera pasado, el día de ayer se podría considerar como uno de los relativamente buenos.

Ayer, a las siete, el Socio y yo le dimos la mano al Holandés. Ahora ya se puede caminar sin problema por muchas calles, aunque sea de noche, pero no nos sentimos cómodos con tanta guita en los bolsillos  – los dinares son dinares, los marcos son otra cosa. Estaba oscuro como en una tumba y nosotros – forrados de marquitos. No había una luz prendida en la calle ni por casualidad. Me gustan los tipos que no van con vueltas; el Holandés es así: abrió dos cosas en cinco minutos y todo  terminó sin ningún verso. Primero abrió el baúl de su coche: el Socio y yo pusimos adentro las alfombras, él les echó una mirada, palpó los nudos, esbozó algo así como una sonrisita, como si hubiera dicho “son buenas”, y cerró el baúl. Sin palabras. Eso quiere decir – todo en orden. Después abrió su portafolio y de ahí sacó una bolsa con plata – todo en  billetes de cien marcos alemanes. En lugar de decir estupideces, nos dimos la mano, cada uno por su lado y si te he visto no me acuerdo. Nosotros no miramos para dónde se fue él, ni él tampoco se dio vuelta para ver adonde nos dirigimos nosotros. Nada de la paja tipo – “por que no tomamos una copita”. Terminamos el negocio y chau. El Socio y yo entramos enseguida en el zaguán de un edificio para repartir la guita. Para que después no sea – me debés, no me  debes. Cada uno contó su parte, guardó sus marquitos en los bolsillitos, y – derecho a casa. No hay lugares más seguros hoy que los zaguanes de entrada en una casa mal iluminada: si alguien apareciera no podría ver nada de tan oscuro – no hay lámparas que hayan sobrevivido y la electricidad está siempre cortada.

El Socio y yo vivimos en la misma casa, en dos departamentos contiguos. Es así desde que nos mudamos, es decir, desde que mi madre decidió finalmente vender la casona del abuelo antes de que se derrumbara sola. Cuando nos mudamos, estaba más ofendida que en los tiempos en que vivíamos en el viejo barrio. En realidad, nos mudamos dentro de la misma zona, sólo un par de cuadras mas cerca de la fortaleza Kalemegdan, pero para ella la mudanza era como irse a vivir a Nis. Y  todos sabemos qué fea ciudad es Nis. Al principio, no quiso saber nada de los vecinos. Ni siquiera conocerlos, ni tampoco hablar con ellos. Mi viejo sólo movía la cabeza calladito. Decía de vez en cuando, “No podés vivir así, fuera del mundo”, y entonces ella arrancaba con su casete: “Qué gran mundo me va a faltar, Esteban? Este no es mi mundo y vos lo sabes muy bien…”Así continuaba con su discurso unos diez- quince minutos, siempre y cuando Esteban, o sea, mi viejo, lograra mantenerse callado. Mucho más  si no lo lograba. Total, el viejo piensa que su condición de ser históricamente ofendido es tan fuerte que por puro respeto a esa ofensa no hay que hablar sobre nada que pueda parecerse a algo positivo desde que los de Ellos tomaron el poder y los Nuestros nada. Si se dejan llevar por la discusión, yo ni siquiera escucho. O salgo al balcón y llamo al Socio para que fume uno conmigo, o bajo hasta La Carnicería Bambi  para tomar una grappa. Después la vieja comenzó a tomar café con la madre del Socio y con aquella María del séptimo piso. Ya se sabe cuál es su tema preferido: cómo les robaron los forajidos y cómo tuvo que vender su casa familiar por monedas pero eso, señora Radich, ya no se podía mantener, es un espacio enorme, las paredes altísimas, estuco, los espejos biselados, las habitaciones de servicio… El que la escuche pensaría que nació en un castillo. Es cierto que la casa del abuelo era grande, pero más de la mitad de las habitaciones estaban repletas de basura y las otras cerradas con llave, también llenas de unos muebles más rotos que antiguos, así que de todo ese “espacio” nos quedaron tres cuartos para  vivir.

Estoy más a gusto aquí, por lo menos tengo compañía, el  Socio y unas chicas que van a la Primera Escuela Normal, en la calle de abajo. Además, todo el tiempo hay movimiento:  alguien se muda, la gente viene o se va, algunos fuera del país. Por lo menos no me aburro. El último año en la casa del abuelo, no bajé ni una sola vez al patio: permanecía durante horas al lado de la ventana y miraba fijamente los yuyos del  jardín. Como esperando que crecieran, que se acercaran lo suficiente como para que yo pudiera bajar por sus tallos. Cuando era niño, el pasto se mantenía muy prolijo, una vez por semana venía un ex obrero del abuelo para sacar los yuyos y cortar el pasto. Venía así nomás, por una copa de aguardiente y monedas, en realidad por la charla con el abuelo sobre los buenos viejos tiempos. A la tarde mi viejo y yo bajábamos al patio y él tiraba penales, mientras yo atajaba a sus tiros: volaba a la derecha, a la izquierda, volaba incluso cuando no era necesario. En aquella época, el viejo estaba  diez puntos – gambeteaba bien, tenía buena puntería y le gustaba jugar con los chicos. Además jugaba bien a las cartas y al pool, al ajedrez también, hay que darle crédito. Había un puñado de chicos que mis viejos dejaban entrar en el patio para que jugaran conmigo detrás del portón cerrado. Mientras podía, el abuelo solía acodarse frente a la ventana del primer piso, observaba los partidos e hinchaba. Pero todo esto ya no tiene nada que ver – como si hubiera pasado hace cien años.

Pensándolo mejor, no sé por que me resultaba extraño no encontrar nada en el diario sobre el asunto: ¡como si hoy una cosa así fuera noticia! No tengo ni la menor idea de porqué lo llaman  “el matutino” si el diario belgradense es el mismo todo el día. Si lo leés a la mañana es matutino, si lo leés a la tarde – vespertino. Yo lo leo al mediodía, al despertarme: para mi diario ni siquiera hay un nombre. El Socio y yo  regresamos a casa temprano, alrededor de las ocho, y nos dimos cuenta de que había un alboroto en la calle, en la esquina con Dushanova. No nos detuvimos. Quién se prende hoy en líos ajenos. Así que subimos por la escalera, sin tratar de  llamar al ascensor. Pensábamos: los milicos atraparon algún chorro de poca monta, o eran los pibes del barrio que disparaban unos contra otros. ¿A quién se le ocurriría pensar en un accidente de tránsito? Al subir a nuestro piso encontré a mi madre y a mi padre hablando con un policía vestido de civil. Un oficial uniformado estaba a su lado y tomaba notas en un cuadernito. Todos los jueves ella se va a jugar su partido de bridge, le decía mi madre al tipo sin uniforme, aunque en realidad se dirigía al oficial uniformado que hacía el informe. Llevada por su pasión de explicar todo hasta el más mínimo detalle, mi madre trataba de convencer al milico – que no le daba ninguna bola – de que la nuestra era antes una familia muy distinguida, de costumbres refinadas donde se solía jugar bridge, canasta, wist y  ajedrez y donde, de todos modos, se sabía a ciencia cierta qué hacía cada uno y a qué hora. Quiso explicarle eso sin falta. A mí me pareció que el hombre  simplemente no tuvo más ganas de escucharla. Nos informarían debidamente de todo, dijo. Recién entonces me di cuenta de cuánta gente había. Unos cuantos coches, mal estacionados y un montón de vecinos, así que aunque todavía no sabía exactamente qué era lo que había pasado, estaba absolutamente convencido de que al día siguiente– es decir hoy – mis viejos iban a tener un motivo para estar más tristes que de costumbre.

Hasta que todo hubo terminado, hasta que volvimos a nuestro departamento y mi madre se hubo calmado un poco y mientras avisaron a todos, se hizo tarde de verdad, así que nadie trató de despertarme a la fuerza hoy; todos nos acostamos de madrugada.  Hace dos horas que estoy leyendo mi diario del mediodía – básicamente las noticias del frente y aquellos de siempre, como ahora todo el mundo nos detesta a pesar del nuestro pasado glorioso, y nos hace cama, pero nuestros líderes resisten con firmeza. Y todo el tiempo estoy esperando leer esa noticia, aunque sea pequeña, en tres líneas, al pie de la página, pero nada de nada. Hace dieciséis páginas que nuestros líderes resisten con firmeza, pero en ninguna parte dice que la noche pasada, en la esquina de las calles Dushanova y Siete de Julio, la Sra. Marinkovich–Ruml perdió la vida atropellada en la senda peatonal por un BMW negro que iba a una velocidad de 107 km por hora. Cruzó el semáforo en rojo y sin hacer ningún intento de frenar chocó con la  susodicha Sra. Marinkovich-Ruml, quitándole la vida en ese mismo instante. Ni siquiera eso. No es que no lo entienda: hoy, en tiempos de crisis cuando los diarios salen cada vez con menos páginas y más caros, no hay lugar para este tipo de pormenores. ¿Quién publicaría hoy, por ejemplo, que en la India se dio vuelta una balsa y que murieron, digamos, siete personas? Si no son unos cientos, no es noticia. Por eso no me extraña que no diga que la Sra. Marinkovich-Ruml estaba toda arreglada, con un peinado nuevo, discretamente pintada, y aun más discretamente perfumada. Que vestía su mejor conjunto Chanel y calzaba zapatos de taco alto, que en los dedos de la mano izquierda tenía la alianza y un anillo de oro blanco con un zafiro y en los de la derecha – otros dos anillos, en el índice y el meñique – los dos de oro 24 con brillantes. Y que llevaba alrededor del cuello  una cadena también de oro con un colgante en forma de lágrima – será un símbolo de la inclinación familiar? – un regalo que su padre (mi bisabuelo, al que siempre llamábamos el abuelo) había traído desde Praga, de aquel primer viaje después de la vieja guerra, alrededor del año cincuenta y tres o cincuenta y cuatro; y que en las orejas llevaba puestos los aros de oro 18 de Toledo que le había regalado su nieto después de su primer viaje de negocios, a España. No, no, no se trata de ningún otro nieto, sino de mí, no hay ningún malentendido. Lo que yo ahora estoy estudiando es mi segunda carrera universitaria, teología. La primera la terminé hace unos seis años, después encontré enseguida un trabajo y – como dicen – avanzaba rápido. Ahora no tiene ninguna importancia que es lo que había estudiado primero, porque me quedé sin trabajo hace años, en el mismo comienzo del derrumbe. Pero hasta entonces podía vivir de eso, podía viajar y comprar regalos para mis familiares. Comprarlos en negocios normales.  Eso sí: en aquella época parecía mucho mayor que ahora. Me resulta extraño cuando pienso en eso, incluso un poco ridículo cuando me acuerdo de cómo me tomaba en serio algunas cosas – como por ejemplo, los estudios, el trabajo, mi aspecto general y la imagen que otra gente tenía de mí . A veces me parece como si todo eso hubiera pasado hace cien años, y otras veces como si hubiera sido ayer… Ah, si, en el momento del accidente de tránsito, la Sra. Marinkovich-Ruml tenía una cartera de cuero de cocodrilo, también regalo de su nieto de otro de sus viajes de negocios al exterior. Aunque eso no lo dice el diario ni tampoco el informe de la policía. La cartera fue lo único que encontré cerca del lugar del accidente. En realidad, un poco más lejos, porque el BMW la llevó en el capot unos treinta metros y ella no soltó la cartera. Cuando por fin cayó en la calle, con el cráneo abierto y el esqueleto roto, su cartera voló debajo de un Fiat estacionado, donde yo la encontré un par de horas después, cuando el bullicio disminuyó y los buitres ya se habían ido. La verdad es que eso fue lo único que quedó de ella, porque mientras todavía estaba tibia, los ayudantes anónimos la pelaron como a una banana y le sacaron todo lo que tuviera algún valor – primero las joyas y después hasta los zapatos. No les tengo bronca, sólo lamento no haber llegado antes que ellos. En fin, ¿quién no lo haría si pudiera? Es como encontrarse solo frente a la vidriera rota de un negocio de alhajas. Hay que reconocer que ella siempre tenía unos zapatos impecables. Llevé la cartera a casa y no se la mostré a mi madre, sino que la deposité entre mis cosas. No la  considero como un recordatorio de la Sra. Marinkovich–Ruml (instructora de piano, de equitación y de idioma francés en su juventud, y más tarde, en tiempos de reconstrucción, Jefa de la Unidad de Comercio Exterior en la empresa-gigante de comercio exterior yugoslavo) sino más bien como recuerdo de una época en que las cosas caras se compraban en los negocios y no en el mercado negro. En aquella época eso se llamaba regalar, no hacer contrabando. Me acuerdo claramente cómo era el negocio donde compré la cartera de piel de cocodrilo, aunque no tengo ni idea en qué ciudad estaba. Se sentía un olor a mar, ¿sería una capital mediterránea? Pero sí me acuerdo de cómo envolvieron la cartera en un papel fino de color bordó, la pusieron en una caja de cartón del mismo color y todo eso en una gran bolsa con una cinta dorada. Al salir me la entregaron y me desearon buen viaje. Probablemente se les cumplió el deseo, porque volví sano y salvo, entregué el regalo y desde entonces mi abuela la llevaba siempre en ocasiones especiales. Como por ejemplo ayer, cuando se dirigía a su partido de bridge de los jueves con sus amigas del Club Checo.

2.

De vez en cuando juego cartas,  un partido de preferance, aunque es difícil encontrarse de a tres – la maldición eterna de este juego. Me extraña que nunca haya aparecido entre los avisos del diario: “dos jugadores  de preferance, buscan un tercero para jugar los martes y viernes desde.. y hasta…”. Uno  de mis abuelos y algunos tíos mayores me enseñaron a jugar al bridge cuando todavía era niño; también al wist, canasta, raub,  para no hablar del ajedrez y los demás juegos sociales. En una época se debatía en mi familia si en mi proceso de educación había que dar prioridad a la ópera o a los juegos de mesa – una vez dominados los bailes de rigor.  Conozco a un tipo de Novi Sad que vive por el barrio de Chukarica y es un maestro de preferance. Me invitó un par de veces a jugar con él, pero ¿quién puede hoy ir de un extremo al otro de la ciudad? Yo no tengo suficiente plata para la nafta, y si la tuviera tampoco iría, porque no conozco la zona y seguro que si dejara el coche estacionado en la calle, no lo encontraría al final del partido. Caminando es una eternidad y tomar un colectivo hoy, por propia voluntad, es algo que no hace nadie que tenga dos neuronas. En fin, ¿para qué hablar de todo eso?, ya parezco mi madre quejándose. Si el tipo se muda más cerca, jugaremos. Si no – nada y listo. ¡Gran cosa el preferance!

Me queda mucho más cerca bajar a los diques del Danubio. Un par de cuadras, cruzo la vía y estoy frente al río – como en vacaciones. Me siento en un banco al lado del kiosco, abro una cerveza tibia y a la sombra leo mi  diario. Es lo primero que hice hoy también, sólo para no quedarme en ese mausoleo que es nuestra casa. Tuve por primera vez un poco de esperanza de que tal vez pudiera leer la noticia sobre ese pibe que iba a más de cien por hora en plena calle Dushanova, enojadísimo con su mina que no quiso chupársela en el coche, aunque estaba tan limpito, recién duchado, perfumado y con unas rayitas bien metidas y además tenía una musiquita tan buena y un equipo tan poderoso, que aún viendo el semáforo en rojo en la esquina con la Siete de Julio apretó el acelerador porque no iba a pasar alguien justo en ese momento. Qué sé yo – tampoco esperaba una descripción sádica, como que habían tenido que raspar con espátula el cerebro de la Sra. Marinkovich–Ruml del capot y paragolpes del BMW, aunque son cosas así las que salvan de la monotonía a los reportajes banales sobre accidentes. O buscar una suerte de curiosidades como si uno dijera que alguien tuvo suerte porque lo atropelló un camión lleno del trébol de cuatro hojitas, ¿no?  Ahora me doy cuenta de que sigo siendo un pendejo: de cualquier manera creía que algo iba a aparecer, aunque fuera un renglón, para que la gente se enterara. Tampoco publicaron nada cuando, un par de semanas después, el juez dictó un fallo blando pero educativo – tres años condicionales – porque el pibe todavía es un pibe y tiene toda la vida por delante y si ya terminó trágicamente una vida, no hay por qué apagar la otra, mejor dejar una luz al final del túnel y darle la oportunidad al culpable de salir de la oscuridad cuanto antes. Y todo así, mucho verso, como me contó después mi hermana que asistió a todo el juicio porque mi madre estaba tan ofendida con este accidente que ni siquiera se le ocurrió enfrentarse con el mundo por un tiempo. Dice que no necesita la justicia de Ellos, ella tiene su propio dolor.

Al volver un día de los diques del Danubio,  encontré en la puerta de nuestro departamento casi una fiesta: primero, mi hermana me agarró de la mano y llevándome a un costado me arrancó de apuro la promesa de ir a buscar al Gordo a la escuela porque, como siempre repite, alguien lo tiene que hacer si no querés que con sólo diez años  te revuelva los bolsillos buscando la hierba y la blanca. A vos por lo menos no tengo que contarte cómo es eso cuando uno se acostumbra, no deja de decirme. Y siempre subraya ese “vos”, ¡como si yo hubiera nacido en un centro de rehabilitación de adictos! Y enseguida se fue – dice que al trabajo, apuradísima y atrasadísima.  Siempre está apurada los martes, como si yo no supiera por qué: desde que el Socio la vio una vez entrando al Hotel Bristol con aquel sargento de policía, sabemos qué y dónde y cuántas veces por mes. Pero qué le voy a decir, si de cualquier manera se queda de noche clavada en casa cuidando al Gordo, a la vieja, a la casa – de vez en cuando hay que medir el aceite, ¿no? Así  que dije – de acuerdo.

Todavía estaba siguiéndola con la mirada mientras bajaba por las escaleras cuando del ascensor salió primero el milico del informe y enseguida detrás de él  otro tipo, con pinta de cartero o mensajero, qué sé yo. Mis viejos salieron a la puerta para recibir al milico y la escena fue realmente cómica: una especie de cóctel callejero, todos parados en el hall, charlando. El policía militar nos informó brevemente que el responsable del accidente había sido identificado, que es el hijo del camarada Batrich, ex diputado y ahora dueño de varios establecimientos gastronómicos de nuestra ciudad. Que lo que pasó fue una tragedia  terrible para un estudiante que apenas había hecho sus primeros pasos en la vida de adulto y – paf! Su padre le aconsejó que se entregara y esto es, admitámoslo, ya una circunstancia positiva. En fin, también hay que tomar en cuenta que la víctima es una anciana y…- el tipo hizo una pausa breve para concluir rápidamente – el caso va a terminar pronto. Y agregó: lo vamos a informar de todo. ¿De qué?, pregunté, mientras mi madre para variar no respondía nada, moviendo lentamente la cabeza de un lado al otro con los ojos casi cerrados de tanta indignación. Mientras mis padres intentaban en vano transformar en una conversación las declaraciones del milico sobre el procedimiento judicial, aproveché la oportunidad  para agarrar el sobre que traía el mensajero y desaparecer en mi cuarto. Todavía pude escuchar que intentaban explicarle obstinadamente cómo había sido el caso al policía que repetía que su obligación era sólo informar a mi madre, como parienta más cercana de la difunta, sobre un caso que desde ahora seguiría su propio camino. Me di cuenta de que el sobre no tenía estampilla. Lo puse en mi bolsillo, agarré el diario y salí. Antes me detuve en el vestíbulo. Hice una llamada. No me gusta quedarme solo y colgado a la noche. El Socio respondió y preguntó qué hay de nuevo. Una buena y una mala – ¿cuál querés primero?, le pregunté. Dale con la buena, dijo. Heredé un departamento de mi abuela, en el viejo barrio, le dije. ¡No jodas! ¿Y a dónde se va ella?, preguntó. Al cementerio – es la mala noticia, respondí. Bueh, qué le vas a hacer! Me tengo que ir, dijo. Yo sabía que estaba ocupado y no quise demorarlo más. Tenía que reunirse con algunos bosnios que traían mercadería del frente. Negocios son negocios. Nos pusimos de  acuerdo para las nueve en La Carnicería Bambi, como siempre.

Por supuesto, no es ninguna carnicería sino el mejor bar del barrio, con muy buena música, sin los para-milicos, legionarios, tigres, ni otros uniformados, porque ahí nadie pone turbo-folk. Sólo la verdadera yugo-nostalgia, la de los setenta. Mile el Cantinero solía tocar el bajo eléctrico y lo hacía bien;  el apogeo de su carrera fue al mismo tiempo su final: ganó la audición de “Grupo-YU”, pero no llegó a tocar con ellos ni una sola nota porque los del grupo se separaron. Y se pudrió todo. A tiempo. Antes que todo lo demás. Pero hace años había una carnicería en esta esquina. Después abrieron en el mismo lugar lo que en aquella época de crianza sistemática de la sana juventud socialista se llamaba “SaluCentro”. Primero les dieron el nombre de “Restaurante lácteo”, ahí fue donde me llevaron como a los demás niños para comer sanguichitos de jamón cocido y tomar yogur y leche, porque era bueno para salud. Nada de gaseosas y nada de cerveza. Luego – para dar un claro mensaje en relación con su propósito – a estos lugares los llamaron “SaluCentro” . Era una especie de Frankenstein entre panadería, confitería  y restaurante, sin lo mejor de cada uno y con lo mediocre de todos. Tenían en común unos nombres enfermizamente infantiles como “La Cenicienta” , “Lassie”, “El Pequeño Mensajero”. Nuestro SaluCentro se llamaba “Bambi”. Desde que un diputado montenegrino jubilado compró el lugar y abrió un bar, sobre la puerta de entrada hay solamente un nombre muy creativo: ¨El Bar”, pero nosotros, que lo frecuentamos, sabemos que su verdadero nombre se lo debe a Mile el Cantinero quien, en un momento de inspiración alcohólica, lo bautizó La Carnicería Bambi. Desde entonces, no se lo conoce de otra manera.

3.

La Carnicería Bambi tiene para mí una gran virtud: está justamente  frente a la entrada principal de la escuela del Gordo, adonde lo espero  después de las clases. Entré en el bar y miré el reloj – exactamente diez minutos para la última campana. En invierno hacen un buen aguardiente  cocido, ni demasiado fuerte ni demasiado suave – pero todavía no estamos en invierno, así que solamente hay mucho viento koshava. Pedí un viñak, el brandy local que está en peligro de extinción. Me gustan las bebidas que van a desaparecer. El sabor de otros tiempos, acompañado de la música justa. Ninguno de los dos me gustaba en mi juventud, pero ahora es otra cosa. Hoy todos toman whisky y  bebidas energizantes – ¿necesitan tenerla dura todo el día o qué? Para mí, un viñak. Cuando mi Belgrado desaparezca completamente, lo recordaré por sabores como éste.

Me  senté al lado de la barra, al fondo, donde hace una curva hacía la pared. Es un  lugar desde donde se ve claramente la entrada del bar y a través del vidrio, el portal de la escuela. Es el mismo lugar donde estaba sentado hace un tiempo cuando aparecieron unos gatos con un pendejo que usaba un sweater Lacoste. Aunque estábamos casi en la oscuridad, no se sacó los anteojos Ray-ban. Se sentaron en una mesa a mis espaldas y durante una media hora  pude escuchar su conversación agitada. No se podía oír todo, yo tampoco estaba muy atento, pero hablaban lo bastante alto como para atar cabos. Es un lío, ella apareció de la nada, te lo juro, como una fantasma, el BMW está totalmente arruinado, ¿Cómo que no me la quiere mamar, si es mi cumple? ¿Qué se cree esa mina, a quién quiere joder? Y fijáte que no es ninguna nena, tiene sus añitos. Y el verso de que es de buena familia – eso es para el levante y nada más. Mi viejo no deja de marcar números de teléfono– está llamando a todo el mundo. Bueno, se va a arreglar de algún modo, pero olvidate de  la fiesta de cumpleaños…no, no, no queremos el JB, solo el Chivas de 12 años, sin hielo, sí, a mi cuenta, Mile, en fin, sigue siendo mi cumple.

Faltan siete minutos para la campana. Los dealers ya se alinearon frente a  la escuela y esperaban a los chicos. El Gordo tiene diez años y es un producto genuino de nuestra familia – se nota  que no tiene al padre. Tiene cerebro, pero es un poco inmaduro. A esta hora La Carnicería Bambi  está casi vacía. En la mesa al lado de la pared, Arsenije reorganizaba su mochila. Era un tipo flaco, con los ojos aceitosos, demasiado huidizos. Nos conocimos hace años en un ejercicio militar, cuando el país solía defenderse de los enemigos que no lo atacaban. No me quedaba claro si  era simplemente desprolijo como la mayoría de los dealers, o todavía creía en el estilo Uomo 88, que  recomendaba a las bellezas masculinas la barba de tres días. Estaba atrasado y echaba una mirada nerviosa  a cada rato a sus competidores, que ya habían tomado las mejores posiciones alrededor de la salida de escuela.

Arsenije nunca tuvo  buen sentido de tiempo – igual que la Sra. Marinkovich–Ruml. No sin cierto orgullo, en nuestra familia se  contaba como un alegre relato la anécdota de cómo la joven belleza de la buena familia de comerciantes de Dorchol  se salvó por milagro del fusilamiento al final de la otra guerra, la anterior, cuando hacia el otoño de 1945 se presentó voluntariamente para  ayudar en la reconstrucción de la patria. El Secretario del Comité del Partido escuchaba con suma atención la descripción de sus virtudes profesionales: recomendada por el coreógrafo  de la escuela de ballet, conocimiento impecable de idioma francés y alemán, toca el piano, sabe cabalgar. En sus ratos libres le gusta navegar a vela alrededor de las islas en el Danubio y Sava y de vez en cuando jugar al tenis. La pistola ya estaba lista en la mano del Secretario, cuando  el hijo del señor Adaña – ¿por Dios, a quien se le ocurriría que él podía llegar a ser comunista? , siempre agregaba mi madre – apareció por milagro y evitó que se cumpla la justicia del proletariado sobre un infiltrado enemigo del pueblo. El joven Adaña recomendó a la Sra. Marinkovich-Ruml que fuera más discreta  en la expresión de su orgullo por sus destrezas aristocráticas y que prestara más atención a los idiomas que poco después facilitaron su ascenso profesional y el puesto de Jefa de Unidad en la empresa gigante de comercio exterior de la nueva Yugoslavia – el mismo puesto que tuvo hasta su jubilación.

A mí las anécdotas me gustan, pero lo que siempre me molestaba de ésta era el  orgullo sobreentendido de toda la familia por el hecho de que la madre de mi madre estuvo a tres segundos de la bala que le impediría a ganar  cientos de partidos de bridge en Belgrado, Abazia, Karlovy Vary y  Londres. Como si en realidad lamentáramos que eso no hubiera sucedido.  Detestaba sus especialidades culinarias, su goulash sin gusto que  a veces preparaba con indiferencia  – con aquella típica soberbia de la gente  que se niega a acostumbrarse a la vida sin  sirvientes – pero aun más odiaba una idea nunca pronunciada en voz alta, que me acosaba desde aquella misma noche en que Batrich junior volaba en su  BMW con su poronga tiesa por la calle Dushanova: que el hecho de que  la Sra. Marinkovich-Ruml terminase con su cerebro untado en el paragolpes de un  BMW negro haya sido el cumplimiento de la justicia divina para mi madre, porque confirmaba su lógica del desastre, daba sentido a su eterna condición de ofendida. Solo así  puede ser, solo ésto se puede esperar de sus hijos  y sus nietos: una Marinkovich-Ruml, la viuda del Embajador  del Reino de Yugoslavia, princesa de los bailes de Praga y animadora de las veladas en la Corte de  Oficiales de Belgrado, no puede terminar su vida bajo el gobierno de Ellos de una manera ordinaria y tranquila jugando alegremente al bridge entre  Belgrado, Abazia, Karlovy Vary y Londres.

Traté de explicárselo a Batrich padre mientras mantenía el caño de revolver contra su sien. Unas horas antes había abierto su carta con la invitación a la hija de la trágicamente perecida compañera Marinkovich-Ruml que ahora que todo terminó, luego del tribunal y del entierro, está invitada con los suyos  a su casa a la cena de la paz, a beber una copa por la paz del alma de la difunta pero también por un nuevo comienzo y provechoso futuro de su único hijo, la luz de sus ojos, que (eso sí) cometió un grave error, pero es tan joven y tiene toda la vida por adelante mientras ella, es decir, la compañera Marinkovich-Ruml iba acercándose al final de la suya, teniendo ya más de setenta y cinco, quizás cumplidos los ochenta, ahora no se acuerda bien de los detalles aunque haya leído el informe de la autopsia varias veces… Estabamos parados en el vestíbulo de su casa y no llegué a oír qué trataba de decirme. Observaba su expresión de incredulidad, de hombre que intenta  despertarse rápido de un sueño profundo porque adivina que tiene que hacerlo: era el aliado natural de mi madre, daba exactamente el tipo de como ella los imaginaba a Ellos. Tal como ella imaginaba que no podría obtener nada desde que Ellos tomaron el poder, así creía él que le correspondía tener todo, absolutamente todo: no sólo dinero, jueces sobornados, un hijo impune, los bares y los dealers, sino también una suerte de absolución de los pecados que como todo lo demás va a obtener de los demás, sin pedir permiso, naturalmente, de los mismos a los que robaba siempre. Y si nadie dispara la pistola,  yo sabía que mi madre – a pesar de todo, de toda su indignación o justamente gracias a ella – irá a su casa, para darle incluso esto, su absolución, sin palabras, alimentándose del placer masoquista de sentir que  todavía falta para tocar fondo. Se complementaban como una pareja ideal – los vencedores y los derrotados – pero su alianza no era la mía. Antes de ir a buscar al Gordo a la escuela, no había mucho para hacer, pero pude por lo menos salvar para mí a la Sra. Marinkovich-Ruml que se arregló en el día de su  muerte, igual que hace 50 años, se perfumó, se vistió y con orgullo se llevó en la mano la cartera, mi regalo del viaje de negocios a.

Batrich padre no tuvo tiempo  de asustarse: tenía pruebas contundentes de que era intocable: toda su vida era una prueba de que era intocable. Mientras yo  jugaba con el gatillo del revolver, en su cara apenas empezaba a dibujarse algo como una mueca de sorpresa, en el mismo instante en que detrás de su cabeza, en lugar de una pegajosa  aureola roja de sangre, apareció en el vano de la puerta de la sala de estar una mujer y preguntó quién había tocado el timbre. Nos miramos callados. Solté el gatillo, me puse el revolver en el cinturón, salí sin palabras y con cuidado cerré la puerta para  no despertar a nadie.

Algunas veces he visto en los ojos de Arsenije una expresión de lamento porque nada terrible haya ocurrido, alguna catástrofe que hubiera impedido que su vida se dirigiera por el camino por el que se dirigió. Pero no esta vez. Ahora estaba simplemente apurado para no perder a sus clientes.  Agarró la mochila cuando lo llamé. Arsa, ¿tenés algo para mí?, le pregunté. ¿Cómo por ejemplo?, me respondió con otra pregunta. Como por ejemplo algo así, cualquier cosa para relajarme un poco. Viste este viento… le dije. Lentamente puse la mano en un bolsillo, muy despacito para no ponerlo nervioso, y  saque un fajo de billetes nuevos. ¿Les va bien, a ustedes dos, verdad?, dijo. No nos quejamos. El Socio consiguió un holandés. Tiene los bolsillos como un pozo sin fondo, dije. Se comenta que tenés una conexión bosnia para aquellos turcos de seda, dijo Arsenije y sus ojos brillaron como después de la quinta copa de aguardiente.  Qué sé yo, a mí me da igual todo esto, dije y tomé un sorbito del viñak… Pero al holandés no le da lo mismo, ja, ja!, concluyó Arsenije y su risa me sonó igual que hace años cuando les ganamos un partido de básquet a los de otro lado del río.

Echamos una mirada cada uno a su reloj. Al mismo tiempo. Nos reímos también al mismo  tiempo. Dos minutos para la campana. ¿Querés unas rayitas, eh? me preguntó y metió la mano en la mochila. Un poquito. Bueno, por  que no me das unas cuantas “juveniles”, dije. Me dio los paquetitos y me los metí en el bolsillo. Él agarró la plata. Sonó la campana.

 

Estaba en la puerta cuando le dije: Cuando veas a aquel chiquilín mío, el  del jogging amarillo, dejalo pasar. Decile  que lo estoy esperando acá. Y no dejes que los demás le peguen, de acuerdo? Asintió con la cabeza y cruzó corriendo la calle. Los chicos empezaron a salir de la Escuela  Elemental “La Gloria Serbia”. Vi que el Gordo miraba con preocupación como Arsenije se le iba acercando. Después en su cara se dibujó una sonrisa de niño, cuando Arsenije le habló y sin ni un solo cachetazo lo dejo pasar. Mientras él corría hacia mí como un pollo gigante que los  autos no lograban atropellar, automáticamente miré de nuevo el reloj. El Gordo entró con su sonrisa en el bar y se dirigió hacia lugar donde estaba yo. Un chico despierto. Lo agarré de la mano. Íbamos a casa. Calculé rápido: si vamos caminando, necesitaremos una media hora. Podemos pararnos a tomar un helado y un pedacito de torta de chocolate con almendras. Yo voy a tomar una horchata de trigo mientras todavía haya en  las confiterías, para guardar el sabor. Y después vamos a casa para preguntarle de una vez por todas a la madre del Gordo, hermanita mía, ¿si total igual andás con basura, por qué no se la chupaste y listo?

 

(fin) 

Branko Andjic (1952). Escritor y periodista serbio, ganador de distintos premios nacionales de literatura. Desde hace más de 25 años vive en Buenos Aires. Bohemio y autor de varios libros (“Veliko spremanje”, “Teški metal”, “Veličina sveta”…). También era colaborador de la revista “Caras y carretas”.

Lineth Paz

Moody´s mood for love

Por Agustín Paniagua                                               Fotografía: Lineth Paz @coleslawhat

 

I´m in the mood for love, simply because you´re near me…
Is it any wonder I´m in the mood for love?
Julie London

“Eso me pasa por creer en el amor…”, pensó Lautaro mientras abría la taparrosca del refresco de naranja con su boca desdentada. Tiró la botella con un golpe de la cara y procedió a lamer con fruición el líquido que se derramó por el suelo sucio de chicles y colillas de cigarro. La mugre de la banqueta le infectaba las cicatrices de los muñones, pero estaba tan acostumbrado a los abscesos de pus que ni se inmutó. Siguió sentado en su guarida bajo el castaño del parque municipal, salpicado por la lluvia, contemplando al horizonte de sus malas decisiones.

Ya no recordaba muy bien cómo era que había terminado convertido en un despojo. Eso le conflictuaba, porque se preciaba de saber siempre el origen de sus penas. Movió el hombro para acomodar la colcha vieja que tapaba su desnudez glacial y se dispuso a hacer memoria con tal de evitar un ataque de lágrimas.

La cosa empezó con una provocación.  Un día, en la peda, una amiga de Lautaro le dijo que él no sabía nada del amor. Que nunca había tenido una relación verdadera más allá de los típicos arrebatos de la calentura. Que no sabía lo que era el enamoramiento de la rutina ni conocía la pasión de lo cotidiano.

Vaya mamada —se dijo Lautaro en silencio. En ese entonces, tenía mil pretextos para ignorar la puya: era un ocupado ejecutivo de una empresa especializada en venderle seguros familiares a viudos y divorciados. Semejante incongruencia requería tanta pericia —y le ocupaba tanta vida— que apenas quedaba tiempo para un par de dizque romances apresurados con desconocidas impersonales, iguales a él.

Todo cambió al cabo de tres meses. De repente, Lautaro se encontró a sí mismo desempleado y en la calle, vilipendiado por un eturbio escándalo de acoso sexual a una colega de la oficina, sin más patrimonio que los escombros de su casa destrozada por un terremoto en la San Pedro de los Pinos. La ruina le regaló las horas que estaba necesitando para procesar excusas, y él aprovechó para auscultar su conciencia.

Resultó que su amiga (la manchada) tenía razón: Lautaro no sabía qué era el amor. Lo confundía con unos buenos besos, o con la saciedad del sexo. Cada que cedía al tropel de la pasión dejaba una parte de sí mismo en el camino. Su primera novia le arrebató la fe en la humanidad cuando lo abandonó por un narco millonario que le puso casa en Barcelona; la segunda se llevó su autoestima a punta de reproches surrealistas; la tercera le hizo perder el respeto y la dignidad, obligándolo a arrastrarse entre el lodo para mendigarle caricias por la noche. Y así sucesivamente.

—¿No te duele ser tan pendejote? —le espetó su amiga, la sincera, cuando Lautaro resumió sus penas entre tragos de cerveza y vino.   

En el fondo, el dolor le gustaba. Sabía que su inocencia era su perdición, pero no podía evitar sentirse atraído al fracaso. Era como una mosca que desfila embriagada hacia la condena de su particular foco fluorescente.  

Pero Lautaro era un necio y un ardido. En lugar de hacer lo racional e imponerse límites sensatos, decidió llevar todo al extremo para (según él) enseñarle una lección a su amiga —la criticona—. Había leído una historia sobre un tipo que aceptó regalarle su cuerpo a una enamorada para que lo amputara a voluntad y le arrancara la vida a besos, y no se le ocurrió nada mejor que hacer lo mismo, pero con todas las mujeres que pudiera. Lautaro tenía mucho amor para repartir, entero o en cachitos.

Comenzó cambiando besos por pedacitos de sus uñas. Si eran de lengüita, agregaba un trozo de dedo y unos pocos pelos con cuero cabelludo. Al cabo de dos meses, ya nada más le quedaban los pulgares, pero había ligado más que universitaria en fiesta de ingenieros, porque la ciudad estaba llena de enfermas como él. Daba igual. Seguía sin conocer el amor verdadero.

Lautaro decidió pasar al siguiente nivel. Publicó un anuncio clasificado en los periódicos, que, palabras más palabras menos, decía algo así como: ni modelo, ni edecán, ni extranjero. Para qué te prometo algo que después no va a llegar y te haga gritar: “¡Fue horrible! ¡Fue horrible!” Soy un hombre buena onda, de aceptable ver, en busca de una mamacita que se lo coma (literal). Si no te gusta mi panza, despedázala a tijeretazos; si me ves muy arrugadas las nalgas, plánchalas con hierro hirviendo; mis cicatrices huelen a jabón de lavanda y mi entrepierna a rosa venus: si quieres puedes arrancarle unos pétalos. No cobro con dinero sino con amor. Satisfacción garantizada, quedarás como limón de jicamero. Mojigatas absténganse.

Ahí fue donde la cosa se salió de control. Alguien subió una foto de su anuncio al Facebook, la imagen se viralizó, y luego luego se convirtió en la estrella más brillante del bajo mundo parafílico en la Ciudad. Lo entrevistaron para el Metro, Revista Pasillo, negoció el contrato para un especial de Netflix y hasta le hicieron crónicas en Vice y Chilango. Pero seguía sin saber lo que era el amor. Como los clasificados se le estaban quedando cortos, decidió organizar su propio show de cabaret.

Lo bautizó “Amor de quita y pon”. La primera función fue en el teatro La Capilla, pero después de la segunda espantó a las cabareteras y le cancelaron el contrato, así que debió buscar otros foros donde deschongarse. Subía al escenario y se dejaba cercenar los dedos de los pies a cambio de lengüetazos, o se arrastraba entre las mesas del público, cantando y cambiando azotes o pedazos de pellejo por poemas rosas. Al final ponía la cara sobre un atril y sonreía mientras alguna mujer elegida al azar le arrancaba varios dientes con unas pinzas, al tiempo que le prometía la luna y las estrellas. Casi se sentía querido. Pero seguía sin encontrar el amor.

Lautaro se hundió hasta las narices en el fangal de su celebridad. Se consiguió una novia frívola y fresa, que solamente lo quería cuando le compraba un auto nuevo, pero eso sí, estaba buenísima. La magnitud de sus escándalos era inversamente proporcional a la cantidad de miembros útiles que le quedaban en el cuerpo. Le sacaron veinte periodicazos por su comportamiento violento en eventos sociales y lo vetaron del estadio de sus queridos Pumas por exhibicionista. Poco a poco se le fueron terminando los contratos, las ofertas de cabaret y las entrevistas. Una bailarina exótica lo demandó por grabarla teniendo sexo con él en un motel, y la indemnización millonaria que el juez le obligó a pagar lo dejó en la ruina otra vez. Su enamorada edecán lo abandonó a los cinco minutos de que dictaran sentencia. Para colmo, los médicos le detectaron un síndrome extraño que le provocaba una diarrea volcánica y lo llenaba de tumores. Pero entonces, justo cuando pensó que ahora sí la había cagado, conoció el amor verdadero.

Se llamaba Silvia y era enfermera. La conoció en un consultorio clandestino de la Agrícola Pantitlán, cuando decidió vender su cuerpo como conejillo de indias para probar tratamientos experimentales a cambio de mil pesos semanales, que se gastaba en tortas de queso de puerco y mona de guayaba. Poco a poco, las pláticas obligadas de la sala de espera se convirtieron en charlas profundas, y la frialdad del análisis pseudo científico en complicidad. Él disfrutaba la ternura de sus arrullos mientras le lavaba las heridas pustulientas con un trapo húmedo, y ella, que tenía por costumbre recoger pájaros desvalidos y ratas enfermas de la calle para curarlas en su casa, se alegró de atender a una alimaña que, al menos, respondiera de vez en cuando a los monólogos de su soledad.

Silvia se llevó a Lautaro a vivir con ella. Lo alimentó, lo apapachó, le curó los vicios, soportó los berrinches de su síndrome de abstinencia y acabó domándolo. Con ella, aprendió que el amor verdadero se parecía mucho a un pacto honrado de comprensión con la rutina y la familiaridad. Después de tres meses a su lado, decidió retirarse del cabaret.

Pero las rehabilitaciones no son de verdad cuando son de mentira, y al cabo de un rato el aburrimiento llevó a Lautaro de vuelta al camino de la amputación fetichista. Una noche, Silvia lo fue a encontrar medio inconsciente en un tugurio tenebroso de la Doctores, encaramado encima de una dominatriz que le estaba perforando los pezones con engrapadoras industriales. Ella salió del cuarto llorando y él pensó en seguirla para pedirle una segunda oportunidad, pero supo que no tenía caso: era un pendejo incurable.

Desde entonces, Lautaro pasaba sus días en la indigencia. Vagaba todo el día mendigando felaciones y torturas y regresaba al parque por las noches para dormir su desventura, deseando secretamente que algún policía sádico le hiciera el favor de meterle una macana por cualquier agujero. Cada dos o tres semanas, sufría un ataque de remordimiento y juraba que iba a terminar con el mal hábito, pero sus buenas intenciones se iban al traste con el sereno del amanecer.  

En esas estaba, sentado bajo el castaño, a tres lágrimas de salir corriendo a rogar el perdón de Silvia o pegarse dos tiros para terminar con el suplicio de estar vivo, cuando una voz grave y coqueta lo sacó del ensueño. Era una señorona travesti, con tacones de aguja de 40 centímetros y un vestido de nervios que transparentaba sus protuberancias operadas. Cuando lo vio, soltó un chillido de emoción y le dijo:

— ¿Por qué tan solito, mi amor? ¿No eres ese del show de los amputados? ¡Tómate una foto conmigo, culero!

— El mismo que conociste en Facebook Live, hija. Pero ya no le hago a esa madre. Eso se termina ahorita mismo. Desde hoy, la única tortura que acepto es la del amor verdadero.

— Uy sí, uy sí… No te hagas pendejo, chiquitín. Una vez puta, siempre puta. Mejor déjate de cosas y acompáñame al paradero del metro. Si te portas bien, te arranco unas costras.

Lautaro aceptó, llorando de alegría y frustración, resignado a sucumbir ante su destino de esperpento. Dejó que la vestida se alejara cinco pasos antes de salir arrastrándose tras ella, derramando el resto de su refresco de naranja por la emoción del dolor inminente. “Eso me pasa por creer en el amor”, pensó.

 

Sobre el autor:

Veracruz (1989). Periodista con experiencia en prensa escrita, radio y medios electrónicos. Pininos en Reforma, trabajó en Noticias MVS y Noticieros Televisa Digital. Trabaja en MCCI. Obsesionado con los libros y los paseos en bicicleta.

Espacios de Vertigo - Edgar Portillo

¿Sueñan los androides con el fin del capitalismo?: hauntology & realismo capitalista en la obra de Philip K. Dick

Por Andreas Portillo                              Fotografía: Edgar Portillo @edgarenremolinos

I.  El profeta lisérgico

Hay una imagen de la serie británica Sphire & Steele que Mark Fisher utiliza en su ensayo La lenta cancelación del futuro para hablar del anacronismo y la inercia que acechan a la cultura (de masas) en el siglo XXI. En la secuencia, los protagonistas, que son una especie de detectives venidos de otros rincones de la galaxia para arreglar brechas espacio-temporales, están atrapados en un no lugar, en un lugar que ya no existe: un café al lado de la carretera propio de la década de los 50. Lo importante de la escena es su profetismo sobre nuestra época: “esa condición general en  la que la vida continúa pero el tiempo se ha detenido” 1.

Fisher afirma que el siglo XX estuvo lleno de cultura experimental en todos los campos. Caracteriza – es un ejercicio de fácil comprobación- la escena musical entre los 60 y 90 como una constante sucesión de vanguardias y estilos nuevos, “un delirio recombinatorio que parecía ser infinito” 2. Lo mismo puede decirse del cine, la televisión que iba explotando cada vez más su potencial narrativo, y de otros productos culturales. El siglo XXI, en cambio, “se ve oprimido por una aplastante sensación de finitud y agotamiento” 3. O dicho de otra manera: estamos atrapados en el siglo XX, en los formatos y estéticas del pasado. Para Fisher la cultura ha perdido la capacidad de asir y articular el presente. Esto se ve reflejado en los refritos melancólicos de artistas como Lana del Rey, King Krule, o en el centenar de bandas que pretenden actualizar la psicodelia, el folk, o el jazz cuando en realidad, hay poco de innovativo en lo que producen. Esto también se ve materializado en las numerosas películas o series que ofrecen plataformas como Netflix, cuyos temas y estéticas difieren poco entre sí, predominando la tendencia del refrito melancólico de los 80 (Stranger Things, Deutschland 83, Dark, Mindhunter, etc) y la distopía futurística (Black Mirror, The Rain, Travelers, 3%, etc).

La discronía sincrónica en lo cultural, como la denomina Frederic Jameson,  la hegemonía de lo retro y el pastiche son síntoma de algo más profundo. La repetición y la igualación como síntoma ya era algo que Adorno & Horkheimer anunciaban en Dialéctica del iluminismo. En la cultura concebida como industria, argumentaban, predomina la igualación y producción en serie, se sacrifica “aquello por lo cual la lógica de la obra se distinguía del sistema social” 4. Este síntoma que ya señalaban los autores de la Escuela de Frankfurt se profundiza en el denominado capitalismo tardío,  asume una modalidad nueva. Con la retirada del Estado de Bienestar los artistas experimentales son privados de los recursos e incentivos para producir. La privatización de los servicios públicos se vuelve la norma, el aumento y la inflación en la vivienda en las grandes ciudades impone a todo el mundo a un medio hostil, de precarización y mera subsistencia. Surge la presión de crear algo inmediatamente exitoso, parecido a lo que ya era exitoso antes. La contracultura es cooptada por la derecha,  la cultura musical y audiovisual deja de ser la articulación donde se encuentran propuestas estéticas y de praxis opuestas al orden social existente. Lo que antes desafiaba el orden de las cosas, pasa a ser un producto de consumo, una práctica hedonista e individualista más (el movimiento hippie, la cultura del amor libre, o el punk son claros ejemplos de ello). De cierta forma, es la misma capacidad de soñar la que es suprimida.

Ahora bien, ¿cómo se relaciona Philip K. Dick con todo esto? Visionario como era, el autor se anticipa a su modo a este diagnóstico. La cancelación del futuro y la repetición de la historia fueron temas que lo obsesionaron y se reflejan en buena parte de su obra.

Ojo en el cielo (1957), una de sus primeras novelas, perfectamente podría haber inspirado las brechas espacio-temporales de Saphire & Steele. Los protagonistas de la novela caen en una especie de limbo ontológico, son suspendidos en un no lugar al caer al centro del Bevatrón, una máquina cuyo propósito y funcionamiento nunca son aclarados. La novela se convierte en una pesadilla epistemológica, o bien en una novela filosófica/detectivesca con ecos sartreanos: el infierno es ese universo que surge a partir del material psíquico de los demás, del otro. Los protagonistas no saben esto de inmediato, por supuesto. Van saliendo poco a poco de su sueño dogmático, descubriendo que ciertos elementos constitutivos del mundo real – el dinero, o el comercio sexual, o ciertos géneros musicales- ya no existen. Se dan cuenta que su futuro ha sido cancelado. Hay que enfatizar que muchos de los universos creados por el material psíquico de los demás se imponen coercitivamente a los otros. El creador del universo en cuestión puede eliminar ciertos elementos a su gusto, incluso cancelar la existencia de sus congéneres, si estos se niegan a ser parte de la puesta en escena. Todos tienen su turno para jugar a ser Dios.

Sin embargo, tenemos que tomar en cuenta el contexto en que se produce la novela de K. Dick. Podríamos argumentar que refleja, con esos mundos psíquicos diversos, los aspectos más conservadores y reaccionarios de la sociedad norteamericana de la época: el racismo, el fundamentalismo religioso, el anti intelectualismo, la fobia al comunismo o cualquier espacio de crítica al capitalismo.

K. Dick parece advertirnos desde el pasado, que cuando el futuro se cancela, el presente se vuelve una pesadilla, un caldo de cultivo para el fortalecimiento de ese pequeño monstruo de distintas caras que suele ser la derecha.

En Ubik (1969) vuelve a jugar con la idea del futuro cancelado, y con otra que abordaremos más adelante: la mercantilización paulatina de todos los aspectos de la vida. Por ahora basta decir que la mercantilización de la muerte, o bien, la extensión artificial de la vida sirviéndose de la criogenética es esencial para el desarrollo de la trama. Lo que parece que será una novela de intriga, una cacería de humanos con poderes telepáticos que amenazan con subvertir el orden cazados por otros humanos con poderes telepáticos al servicio de una corporación transnacional,  se convierte en una carrera contra el tiempo donde los protagonistas tienen que salir del limbo criogenético en el que se encuentran. No es casual que ese universo vaya retrocediendo cada vez más en el tiempo, y que a su vez una presencia maligna vaya absorbiendo una a una las vidas/conciencias del equipo anti-psíquico. En Ubik nada es lo que parece, y la realidad es cuestionada una y otra vez. Lo que es seguro es que si el futuro es cancelado, si existimos cada vez más en el pasado, de una forma superficial y ahistórica, las consecuencias son fatales.

Fluyan mis lágrimas dijo el policía (1974) tiene como protagonista a Jason Traverner, un cantante cuarentón que se ha sometido a una serie de operaciones costosas para convertirse en un seis. Traverner es el epítome de la industria cultural en ese futuro que imagina K. Dick: un súperhumano mejorado genéticamente, host de un show con una audiencia de treinta millones de personas, propietario de una mansión en Zúrich donde da rienda suelta a su hedonismo. Todo esto, aparentemente tan sólido, se desvanece en el aire tras un encuentro con una fan que le lanza una esponja de Callisto, un animal gelatinoso cuyos tubos de alimentación se introducen en él liberando una droga que cancela su realidad y crea una alterna donde no existe, no aparece en la base de datos, nadie ha escuchado sus discos, su audiencia de treinta millones se esfuma. Y no tener identidad en ese futuro distópico es peligroso, no aparecer en la base de datos es algo propio de los estudiantes- son perseguidos sistemáticamente y enviados a campos de concentración-. La odisea del protagonista es la de un hombre que trata de recuperar su identidad, de probar que es quién dice ser a la burocracia totalitaria representada por el General de la policía, Félix Buckman y sus pols, hombres grises e implacables. El viaje de Traverner es uno de aprendizaje, conoce gente común y corriente y es confrontado con los aspectos desagradables de la sociedad. De cierta forma, Traverner también sale de su sueño dogmático, toma consciencia de que es parte de la superestructura ideológica que reproduce la desigualdad. Pero también se abre una puerta para el cambio, resistir aunque difícil, no es imposible. K Dick parece decirnos, que cuando el futuro se cancela, cuando aparentemente no hay otra alternativa, uno siempre puede encontrar espacios de disidencia.

II. Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?

Hay una idea que se enlaza directamente con el viaje de Traverner en Fluyan mis lágrimas dijo el policía, esta es la del capitalismo como horizonte último, instalado como sentido común en la sociedad. La idea de que “el capitalismo no solo es el único sistema posible, sino que es imposible incluso imaginar una alternativa” 5. Mark Fisher, en Realismo Capitalista (2016), argumenta que tiempo atrás las películas y novelas distópicas representaban calamidades con el pretexto de explorar formas de vida alternativas. Pero que desde hace unas décadas lo que se proyecta, “más que una alternativa, parece una exacerbación de nuestro mundo” 6. El epítome de esta condición sería Children of Men (2006) el film distópico de Cuarón donde ultra-autoritarismo y cadenas transnacionales conviven en armonía. El mundo se va apagando poco a poco, con la infertilidad de la especie. El capitalismo territorializa todos los aspectos de la vida; las energías creativas e imaginación política de la humanidad se van esfumando. En el universo de Children of Men no hay novedad, sólo repetición y desesperanza.

El realismo capitalista es entonces: “una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos” 7.

Lo realista es instalado, se vuelve una ontología, una naturalización de cómo debe funcionar la sociedad. La contingencia se borra, y se descalifican otros modos de imaginar una sociedad alternativa o proyectos de liberación acusándolos de imposibles, de infantiles, de puristas. Cuando en los debates políticos se habla de adaptarse al orden de lo posible, es esta operación ideológica la que se pone en funcionamiento, incluso sin que los portadores de ese discurso lo sepan.

Volvamos una vez más a Fisher: “Es bueno recordar que lo que hoy consideramos ¨realista¨ alguna vez fue ¨imposible¨: las privatizaciones que tuvieron lugar desde la década de 1980 hubieran sido impensables apenas una década atrás; el paisaje político y económico actual […] hubiera parecido inimaginable en 1975. Inversamente lo que parece realizable hoy es considerado apenas una posibilidad irreal” 8.

La forma de tratar y diagnosticar la salud mental –ignorar las razones sistémicas que las producen- la privatización de la enfermedad, y la burocratización extrema – las escuelas o universidades, los servicios públicos, los sindicatos que han mutado al gerencialismo- son síntomas o formas en que se expresa el realismo capitalista en nuestras sociedades.

Es momento de preguntarnos: ¿Cae K. Dick en esta forma de concebir el futuro, en esta forma de naturalizar y exacerbar nuestro presente? Las novelas analizadas en el primer apartado de este ensayo imaginan un futuro un tanto sombrío; juegan con el congelamiento, la cancelación o el retroceso del tiempo.

En Lotería Solar (1955) K. Dick imagina un futuro totalitario donde el capitalismo ha territorializado todos los deseos y ha encontrado formas de canalizar la energía de lo heterogéneo – lo que no es funcional a la reproducción del sistema- mediante el Gran Juego: la posibilidad anual de ser elegido el próximo presidente del gobierno autoritario mundial mediante un algoritmo. La efervescencia colectiva reaparece de forma periódica a través de este ritual que permite la descompresión de las estructuras y relegitimación de las jerarquías. El nuevo Gran Presentador es elegido, pero el viejo Gran Presentador tiene el derecho de asesinar o intentar asesinar al nuevo. Esto se convierte en un espectáculo mundial, ya que el asesinato o intento de asesinato es televisado. La trama se complica, como es usual en las novelas del autor, con la aparición de telépatas, traiciones, viajes interplanetarios – parte de la trama se desarrolla en la luna- y la existencia de lo sagrado en la figura de los prestonitas que desafía la forma en que el capitalismo autoritario invoca lo reprimido a través del re-encantamiento masivo y periódico de la sociedad.

A primera vista se podría argumentar que el gobierno mundial de Lotería Solar ha encontrado la solución a la tragedia de la modernidad – el abandono de los rituales que poseía la religión para procesar el deseo- pero justamente los prestonitas representan la posibilidad de un futuro distinto. El hecho de que se dirijan a colonizar un planeta no es un mero reflejo de la carrera espacial de la coyuntura en que fue escrita la novela, representa la idea de comenzar de nuevo, con otra forma de organización distinta a ese capitalismo ultra-autoritario que rige a nivel mundial. Esta es una idea que el autor retomará y profundizará en Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965).

En Gestarescala o Galactic Pot-Healer (1969) K. Dick vuelve a imaginar un futuro distópico, esta vez un totalitarismo de corte estalinista a nivel mundial. El protagonista, Joe Fernwright, tiene un trabajo alienante, vive en un apartamento miserable, la carencia y la hipervigilancia forman parte de su cotidianidad. Su talento con la cerámica está destinado a convertirse en una actividad insignificante en una sociedad global donde domina el plástico. Este fatalismo aparente de la novela toma un giro radical, cuando un ente extraterrestre lo recluta para rescatar y restaurar una catedral sumergida en el fondo del mar, que está ligada con el destino del planeta, y quizás, del universo. Tanto la idea de praxis y de trabajo y su potencial liberador son centrales. Joe no es el único convocado al planeta Labrador. Especies de todos los rincones del universo son convocados, cada uno con una profesión o habilidad distinta. En esta misión el trabajo deja de ser algo alienante, deja de tener como fin la producción de mercancía, y pasa a tener otro objetivo, más ligado a la realización plena de los sujetos.

Hay otros temas presentes: el inconsciente colectivo, la lucha contra las determinaciones prefijadas de antemano, el destino, la voluntad, la acción ante la inercia, la praxis en vez de la resignación. Lo importante es que el Planeta Labrador es una metáfora sobre otro mundo posible.

Pero incluso cuando se imagina la catástrofe total: la guerra nuclear como hace en Dr. Bloodmoney (1965) el autor se imagina modos de vida alternativos. En el universo post-nuclear de la novela la sociedad se reorganiza en una especie de comunismo primitivo. Más que exacerbar y naturalizar elementos de su presente- como sucede en la mayoría de ciencia ficción y distopías de hoy- K. Dick siempre inserta resquicios de realidades distintas, de formas de organizarse a nivel socio-económico más allá del capitalismo.  

III. El loop infinito

Parte del síntoma lo podemos encontrar precisamente en cómo el mercado roba o toma a ciertos exponentes de la ciencia ficción y los despoja de su aspecto más político. Retoma y reconfigura y retraduce la crítica a la espitemología del capitalismo realista: no es el sistema -contingente y formado historicamente – ni la inequidad social, ni la razón instrumental, ni la destrucción del planeta por las grandes corporaciones lo problemático; es “la naturaleza humana”, es la tecnología lo que saca a flote nuestras pulsiones de muerte. Ejemplo de ello: series como Incorporated (2016), Black Mirror (2011), Altered Carbon (2018), The Handmaids Tale (2017), o incluso adaptaciones como The Man in the High Castle (2015) o la antología Philip K. Dick’s Electric Dreams (2017). La repetición, la creatividad sujeta a los imperativos del mercado y los algoritmos de la big data parecen anunciarnos que estamos condenados a un loop infinito de productos mediocres, que reproducen y justifican la existencia misma del capitalismo como último horizonte, como única alternativa posible.

Pero no se trata simplemente de ver en la cultura el síntoma, de desechar los productos culturales y refugiarse en autores y vanguardias del pasado. Si queremos producir nuevas formas de ver, de sentir, y de pensar, si queremos construir una subjetividad diferente y producir proyectos estéticos que permitan formas de asir el presente o pensar el futuro radicalmente distintas, esto tiene que estar articulado con repolitizar esas zonas territorializadas por el capitalismo – la salud mental, las escuelas y universidades, los sindicatos, la cultura- en abandonar la melancolía de izquierda que aboga por el retorno del Estado de Bienestar, y producir “una política hostil para el capital pero vivificante para el deseo, una política que rechace todas las formas del viejo mundo en favor de una nueva tierra; es decir, una política que demande una revolución social de magnitud casi inconcebible” 9.

Notas al pie:

1. Fisher, Mark (2018) “Los fantasmas de mi vida”. Caja Negra: Buenos Aires.
2. Ibid.
3. Ibid.
4. Adorno & Horkheimer (2013) “Dialéctica del Iluminismo”. Terramar: Buenos Aires.
5. Fisher, Mark (2016) “Realismo Capitalista”.  Caja Negra: Buenos Aires.
6. Ibid.
7. Ibid.
8. Ibid.
9. Avenessian & Reis. comp. (2017). “Aceleracionismo: estrategias para una transición hacia el postcapitalismo”. Caja Negra: Buenos Aires.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1994). Escribe ensayo y narrativa.

 

You’re an unclean thing: lo sagrado y lo perverso en tres novelas de Philip K. Dick

Pedro Romelo Irula

Por: Pedro Romero Irula                                   Foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

Philip K. Dick, junto a Borges y Tolkien, fue uno de los grandes fabuladores del siglo XX. Lo que separa a estos tres autores, o más bien a las ficciones de estos tres autores, de la del resto de sus precursores e imitadores, es la solidez que las sustenta; creo, y puede que me equivoque, que esto viene en gran medida de una conciencia teológica subyacente a sus obras. Tolkien retomó y mejoró las premisas de la Biblia, que destruye el dualismo entre historia sagrada e historia profana y las sintetiza en una tragedia heroica, salpicada de momentos de gracia. Borges retomó la tradición especulativa de la metafísica para explorar el Dios de los filósofos, que se puede imaginar desde la razón, si bien nunca experimentarlo en el sentido religioso tradicional. PKD venía, sin embargo, de otras tradiciones: de la paranoia, de los cristianismos frenéticos de los Estados Unidos profundos, de las epifanías lisérgicas, de la simultaneidad del abuso de drogas y la experiencia religiosa, de lecturas enérgicas de la filosofía griega, de la desconfianza y el cinismo provenientes de la modernidad estallada y del capitalismo, sobre todo del capitalismo, del gran Enemigo.

En sus novelas, la realidad suele ir trenzándose hasta llegar a un clímax de agobio, y luego empieza a desintegrarse. Pero este derretimiento de lo real no es una liberación: es la constatación de que la vida humana es un azar en medio del gran Caos violento que no podemos aspirar a comprender. Es la duda clásica: cómo un Dios puede ordenarle a Abraham matar a su único hijo porque sí. Podríamos ubicar esta concepción de lo sagrado en el mismo árbol genealógico de Lovecraft & friends, que inauguraron el así llamado horror cósmico con su mitología de entidades monstruosas y vastísimas cuyo odio y atención ni siquiera merecemos en nuestra pequeñez inaudita. Pero lo que en la House of Cthulhu era indiferencia y enormidad, en las figuras y mediaciones divinas de algunas novelas de PKD es perversión, ganas de joder, una noción de las personas terrestres como fichas de un juego, cuyos movimientos misteriosos suelen tener significaciones ambiguas.

  1. A modern ecstasy: Palmer Eldritch

En Los tres estigmas de Palmer Eldritch, se desmorona el mito de la hiperdesarrollada sociedad humana que logra colonizar otros planetas: el clima de la Tierra no es apto para la vida humana y en las colonias extraterrestres cunde el desánimo y la inutilidad ante atmósferas hostiles. Un gobierno federal global, presa de la corrupción, permite el tráfico de drogas a las colonias, sobre todo el estupefaciente Can-D (Dulce), que conduce a simulaciones de realidades más amables y a la comunión espiritual de sus usuarios. La llegada de un entrepeneur y explorador, Palmer Eldritch, desde los confines del sistema solar con una nueva droga, sacude el sistema. Esta nueva droga, Chew-Z, infinitamente más potente, atrapa a quienes la usan en realidades alternativas, indistinguibles de la vida real, donde el individuo se convierte en su propio fantasma. Pero lo que se esconde detrás de estas simulaciones es una criatura semidivina, atávica y vasta más allá de lo imaginable, pero deplorable, repugnante, que provoca un horror instintivo. Esta cosa, este dios abominable que debe consumir a otros seres en ese reino alucinógeno que es su tablero de juegos para perpetuar su existencia, ha poseído a Palmer Eldritch (eldritch en inglés describe algo a partes iguales sobrenatural y espantoso) dotándolo de tres estigmas (tres señales que manifiestan la presencia actuante divina): ojos mecánicos, dientes de hierro, brazo de cyborg. Al final de la novela, el dios parásito dentro de Palmer Eldritch avanza en una nave espacial hacia la Tierra.

No es nueva la cuestión de los niveles de realidad a los que sólo se puede acceder mediante estados alterados de la conciencia. Tampoco lo son las posibilidades paradisíacas o infernales que se abren en estas dimensiones. El giro que Dick ofrece es este: las drogas que antes ofrecieron una comunión radical entre seres humanos y un happy place donde descansar de los estragos del progreso humano, ahora conducen al corazón caótico del universo, donde incluso lo sagrado está obligado a arrastrarse hacia la supervivencia, arrastrando planetas enteros si es necesario: su vastedad y su extrema antigüedad solo lo vuelven más terrible.

  1. Yo estoy vivo porque ustedes están muertos: Jory Miller

No me puedo detener a explicar la trama de Ubik. En esta versión de la Tierra, el tabú de tabús es la muerte. Ya sólo los pobres entierran a sus muertos, como los cavernícolas: quienes pueden costearlo, conectan sus cerebros a una especie de vida eléctrica donde una conciencia fantasmal, que inevitablemente se desgasta hasta desvanecerse con el tiempo, se comunica con quienes les sobreviven. En la novela tenemos un cast de personajes con poderes psíquicos: uno podría estar vivo y los demás muertos o viceversa. Ese es, más o menos, el juego de la novela: adivinar qué le ha sucedido a cada quien.

En apariencia, Ubik se desarrolla dentro del mundo nebuloso de la vida eléctrica post-mortem, tan incierta y onírica como el estado de duermevela de las conciencias que de ella participan. Sin embargo, dentro de esa no-vida, los personajes sufren alteraciones inexplicables: algunos se desgastan hasta la muerte definitiva, los objetos se descomponen, el tiempo retrocede –y el responsable de todo esto podría ser un espectro menor, un difunto monstruoso, deforme, que de alguna manera ha obtenido el poder de configurar a voluntad el mundo artificial de los difuntos (el death’s dream kingdom de Eliot) para cazarlos y nutrirse.

Jory Miller, que así se llama este engendro a partes iguales infantil y temible, cabe dentro del mito del vampiro: una persona que por temor a la muerte depreda a sus semejantes y, en el proceso, se convierte en una aberración. Pero también es algo más: es la posibilidad humana de acceder a la batalla universal del caos contra sus inhabitantes con el status pervertido del dios de Palmer Eldritch.

Aquí también se encuentra un punto de quiebre. En Ubik hay una resistencia contra el Enemigo que irrumpe en medio de la desesperación total. Ubik es una especie de panacea universal, promovida al inicio de cada capítulo como un ad, que contrarresta el poder demoníaco de Jory Miller. En términos de la teología cristiana, se puede establecer un paralelo con la gracia, la autoentrega libre y redentora de Dios al ser humano que etcétera, etcétera. Ubik, que se presenta como un aerosol, desaparece de las manos de los personajes cada vez que éstos intentan comprarlo, no así cuando se las entregan como obsequio. Y un spray de Ubik es capaz de salvarlos por un tiempo, pero después necesitarán otro y otro y otro más, y así hasta el final. La contraparte angélica de Jory Miller es la esposa hace tiempo difunta de uno de los personajes, y a partir de ella se introduce una esperanza insensata (¿qué pueden esperar estas personas atrapadas en una no-vida, donde sólo les espera la muerte total?) que culmina con la revelación plena de la naturaleza de Ubik como el Misterio Mayor, aquello que podría superar incluso al Caos y que es del todo inefable. Ese último ad de Ubik tiene muchas semejanzas, además, con el prólogo del evangelio de Juan (aquella parrafada tan conocida de que al principio existía el Verbo que luego se hizo carne y así): I am Ubik. Before the universe was, I am. I made the suns. I made the worlds. I created the lives and the places they inhabit; I move them here, I put them there. They go as I say, they do as I tell them. I am the word and my name is never spoken, the name which no one knows. I am called Ubik, but that is not my name. I am. I shall always be.

Pero incluso esta esperanza de que hay una mano redentora capaz de orientar la historia hacia una posible salvación permanece ambigua. Al final de la novela, el mundo de los vivos empieza a tomar las características nebulosas e insólitas del mundo de los no-muertos.

III. El timo religioso: el mercerismo de Sueñan los androides…

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y su magnífico subproducto Blade Runner son la parábola contemporánea por excelencia sobre el regalo envenenado de la empatía. Definida por la sensibilidad actual como el criterio definitivo de humanidad, PKD en esta obra desmonta ese planteamiento a través del derrumbe de Rick Deckard, un cazador de androides, simulaciones humanas cada vez más perfectas y teóricamente distinguibles de las personas genuinas por su falta de empatía.

La empatía, de hecho, en ese mundo postapocalíptico, es una cualidad humana que se ha transformado en un mandato jurídico y en una construcción sociocultural. Parte de la etiqueta terrícola es el cuidado de animales, eléctricos o biológicos, para demostrar empatía ante los demás; los tests de humanidad cuantifican la empatía por medio de voltajes cerebrales, dejando de lado a las personas afectadas por la radiación del desastre nuclear y a quienes sufren desórdenes neuronales; hay una tecnoreligión, el mercerismo, que conecta a sus creyentes mediante “cajas de empatía” al sufrimiento de una figura mítica, el anciano Mercer, que como Sísifo sube para siempre una cuesta, con el agravante de que manos adversarias le arrojan piedras sin cesar. Participar en su esfuerzo supone una expiación, un momento redentor de comunión intensa con otras personas.

Al final de la novela se revela que el mercerismo es un timo: que Mercer es un actor y que el montaje estaba destinado a una película, que toda esa fe era artificial y nada más que artificial. Sus defensores podrían estar implicados con el sofocamiento de los androides rebeldes, cada vez más indiferenciados de sus superiores humanos. Sin embargo, de nuevo, hay en la novela una irrupción que propone un camino mejor al de la religión mercerista: después de intensas experiencias de arrepentimiento y de dolor, dos personajes, cada uno por su cuenta, descienden al mundo tumba, un infiernillo donde la Tierra yace muerta, semejante al Seol judío. Uno de ellos, Rick Deckard, el cazador perturbado por la empatía que sintió por los androides que inevitablemente tuvo que matar, entró a este mundo tumba (análogo al valle de los huesos secos que la gloria de Dios resucita en los escritos de Ezequiel, el profeta del Antiguo Testamento) y rescató de ahí una forma de vida aparentemente biológica: un sapo. Es decir, Deckard abordó la experiencia religiosa básica del mercerismo (algo parecido a la mística de la compasión, de la empatía profunda) fuera del entramado del timo religioso y atravesó algo genuino de lo que no se puede hablar. Como en el intro de The X-Files, parece ser que lo divino está ahí afuera, huyendo de las instituciones que pretenden arrogarse su monopolio, en busca de las brechas que se abren al llegar a los límites de lo humano.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

This´ll look nice when it´s framed*

 

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Por: Angélica Mogollón                                                         Foto: Lineth Paz @coleslawhat 

 

“The people who run our cities don´t understand graffiti  because

they think nothing has the right to exist, unless it makes a profit”.

Banksy

 

Sería interesante conocer la opinión de  Banksy al ver las maniobras que hace Stephan Keszler 2  su principal “art dealer”  para trasladar las paredes que él ha intervenido,  llevarlas a su galería de arte ubicada en Nueva York y venderlas en miles de dólares. Keszler es una de las personificaciones contemporáneas del capitalismo que, sin importar los mecanismos que necesite toma lo que quiere en el momento que quiere. Y paradójicamente en este caso se alimenta de la misma obra que lo cuestiona.

El contrabando de Keszler se da gracias a que la obra de Banksy ha tenido  trascendencia social, englobando varios debates del campo del arte, que van desde: su definición y límites, cuestionándose si el arte es autónomo (art by art) o si éste debe responder a requerimientos sociales externos y superiores; el museo como espacio legitimador estético en donde se conserva y reivindica diferentes tradiciones artísticas a nivel histórico y contemporáneo, hasta la función y lugar del artista donde se cuestiona si su figura debe ser central o secundaria respecto a la dialógica que configura la obra. En cierta medida, su obra es transversal a estas polémicas  ya que se desarrolla como una crítica al sistema, no solo capitalista sino también a los diferentes modelos de institucionalización a nivel artístico y social como: los museos, galerías y academías de arte.

No es extraño que aún hoy el grafiti, en general, se analice  desde un lugar problemático pues no corresponde a ningún movimiento artístico canonizado desde la academia, transgrede las normativas del espacio publico y  para algunos críticos incluso carece de cualquier tipo de reflexión estética reduciéndose a un simple acto vandálico. A pesar de dicha marginación por diversos estatutos, el grafiti se originó como  un relato subyacente a la liberación artística que ocurre con el Arte Pop en los sesentas, movimiento que “señaló profundos cambios políticos y sociales y que produjo profundas transformaciones filosóficas en el concepto del arte”3. Siendo autoconsciente de su entorno y presentando la vida real sin mayores enaltecimientos estéticos, como lo hace Andy Warhol  con su obra “Brillo box” en 1964. 4 A partir de allí se dejó de percibir el arte como una totalidad de rasgos superiores declarando que cualquiera es un artista y que cualquier “cosa” es una obra de arte, estableciendo un cruce entre las estéticas populares y las dominantes.

A pesar de los cambios artísticos y culturales que han sucedido en los últimos cincuenta años, los estándares del arte siguen conservando los mismos espacios de legitimación (museos-galerias) en donde se mantienen diversas tradiciones que  reivindican la obra y al artista y se proponen como espacios comunes de socialización. Da  la sensación que los esfuerzos del museo son contrarios a los intereses del público, no porque no haya multitudes con gustos estéticos,  sino porque “el arte del que están sedientas no es algo que el museo pueda darles, lo que buscan es un arte propio”5  un espacio común en donde los objetivos surjan desde una democratización real del espacio y las obras de arte.

“When you go to a museum you are simply a tourist looking at the thropy cabinet of a few millionaires”6

Sin embargo, mientras la academia sigue usando los mismos recursos de análisis y difusión que son contrarios a los intereses populares, el grafiti si se ha desarrollado durante este tiempo con nuevas corrientes e interpretaciones del mismo como: el Street Art o arte mural también conocido como “muralismo contemporáneo”, configurándose como un movimiento contrario a los lineamientos elevados del arte, no porque carezca de criterios  sino porque corresponde directamente a lo que se conoce como “arte del público” el cual va más allá de las ambiciones meramente estéticas y se desarrolla dialógicamente desde perspectivas críticas y escenarios comunes.

A pesar de que el grafiti no termina de reivindicarse dentro de esta corriente se desarrolla desde una pluralidad, en donde la obra solamente está completa al interactuar e interpelar directamente al público. La obra de Banksy y de cualquier artista callejero, más allá de buscar un lugar en el museo propone sus propias reglas de socialización  desafiando los límites que ofrece la calle y dialogando directamente con el público. Es así que toda obra de arte callejero ha construido sus propios signos y ruta de significación, por eso en muchos casos la firma no corresponde al pseudónimo del artista sino a la obra en sí misma; no hace falta ser experto en Banksy para identificar sus ratas y lenguaje propio.

Probablemente Banksy a diferencia de otros artistas callejeros ha tenido mayor trascendencia en el mercado del arte por la acidez de su crítica capitalista y por el morbo que genera su anonimato. Justamente mediante sujetos como Stephan Keszler que mercantilizan sus obras en subastas y galerias privadas. Una muestra de como  el capitalismo (personificado por Keszler) le hace un gran guiño a Banksy cuando vende sus obras en miles de dolares, olvidando que éstas están mutiladas y carecen de todo el sentido que les da la adversidad del contexto y el consentimiento del artista, convirtiéndolas en un simple pedazo de pared exhibido probablemente en una mansión en Los Hamptons.

“We can´t do anything to change the world until capitalism crumbles in the meantime we should all go shopping to console ourselves”. Banksy

Banksy-New-York-1.png

 

Notas

 

  1. http://www.banksy.co.uk
  2. Keszler, S. Keszler gallery, New York: https://www.keszlergallery.com
  3. Danto, A. (2014).  “Arte pop y futuro pasado”, Después del fin del arte, el arte contemporáneo y el linde de la historia (pp. 142-156). Buenos Aires: Paidós.
  4. Warhol, A. MOMA. New York:  https://www.moma.org/collection/works/81384
  5. Danto, A. (2014).  “Los museos y las multitudes sedientas”, Después del fin del arte, el arte contemporáneo y el linde de la historia (pp. 202-216). Buenos Aires: Paidós.
  6. Colin M Day films. Saving Banksy documentary, 2017. https://cmd-films.com/saving-banksy
  7. Imagen: Banksy (2013) “The street is in play”, Manhattan.

 

Sobre la autora: 

Colombia, 1990.

 

Converger, futuros tangibles en el pasado

Por: Carlos Mendoza                                          Foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

En el mito de la modernidad, la vida rural es la antítesis natural de la vida urbana. Es el pasado, lo rústico, lo atrasado y el lugar del que, según el deber ser de la modernidad, hay que salir. Se traspasa esa frontera para ir a la ciudad, tener certezas y posibilidades de movilidad social. El hombre/mujer de origen rural portan como estandarte y herramienta: la dignidad, sabedores y poseedores de valores nodales para la vida y el honor. Estos se transforman al contacto con la hibridez cultural y vigorosa de las ciudades. Una vez instalados, aggiornados y sabiendo lidiar con la fiera urbana, anhelaran volver: poblar el campo ideal de sus nostalgias, de la vida sana y las madrugadas activas. Volver al lugar para crear la posibilidad de que el trabajo deje de ser algo alienante, y pase a tener un objetivo más ligado con la realización plena de los sujetos.

Uno de los recursos posmodernos es volver a la vida rural como refugio y como escape, pero jamás se vuelve de verdad. Podemos  apostar a reconstruir ese lugar del recuerdo y si la infancia lo permite, de los primeros años. Se interviene ese espacio como el contexto, el deseo y los rastros de ciudad en el imaginario personal, lo permitan. Es aquel el origen de la cineasta italo-alemana Alice Rohrwacher: hija de un padre que intenta romper con el mito del progreso criando a su familia en el campo. Sus tres largometrajes (Corpo Celeste, El País de las Maravillas y Lazzaro felice, en este orden de aparición) son una apuesta no solo por explorar ese pasado, sino por imaginar otras posibilidades. Inicia su recorrido fílmico en la ciudad, vuelve al campo a criar abejas y termina yendo del campo a la ciudad: uniendo ambos paradigmas, los plantea interconectados y en simbiosis, aún siendo muy ajenos el uno al otro.

El neorrealismo italiano (Fellini, Rosellini, Lattuada, Comencini, Germi, etc.) de mitad de los años 50, vuelve a través de su filmes y su ensoñación de lo rural. Una arista clásica, pero aún hoy, poco falible para explorar futuros alternos. Una posibilidad de tensar los límites del progreso, del progresismo y la glamourización de la periferia y el margen. Con la antropología cinematográfica de Rohrwacher se contempla el retorno a la raíz, las personas que se protegen en la sabiduría del instinto y el trabajo. Nos fuimos para querer volver (?).

En su primer filme, Corpo Celeste, los ejes temáticos se concentran en la educación, la tradición y la familia. La interacción de estos tres elementos se materializa en Marta, una niña que junto a su familia, vuelve a Italia después de haber vivido en Suiza. El porqué manifiesto, es la necesidad materna de reconectar con la raíz tana, pese a los riesgos económicos, su apuesta es por los lazos familiares y la cultura de origen. Marta se plantea varias interrogantes a partir de ese retorno: ¿la represión como madre de la rebeldía y de la creatividad? ¿La libertad como engaño y posibilidad? Todo a partir de la religión que es el elemento que cohesiona a la comunidad donde vive Marta, pero también con el rompimiento y la contradicción de sus propios planteamientos morales. Véase en la encargada del catecismo, uno de los personajes, el despliegue de autoridad hacia los chicos y por otro lado, la sumisión naturalizada ante el padre de la iglesia. La ignorancia es inocencia y es pecado, pero también es una tranquilidad virginal que flagela el imperativo categórico del progreso. En la ciudad, el imperativo puede ser el abandono de los rituales que poseía la religión para procesar el deseo, pero justamente en la historia de Marta se nos representa la posibilidad de un futuro distinto a través del rompimiento con este ritual. Las imágenes de Rohrwacher exigen multiplicar las interpretaciones.

En esta pieza resalta la escena donde la figura de un cristo gigante se cae del toldo de una camioneta en movimiento donde se trasladan Marta y el Padre, justo en la curva de un barranco junto al mar, los personajes contemplan su caída y los pedazos desparramados, ambos temen, ambos se resignan. Es Marta quien pone a prueba, la que a través del silencio taladra el rito y la autoridad, quien se empodera a través de la negación de la tradición.

Pasamos de la niña insatisfecha que descubre en la contemplación una forma de fuga, un horizonte de libertad, una forma de cuestionar lo impuesto y abrir la posibilidad de evidenciar lo anticuado y falso de esta tradición. Romper el símbolo y el mito la habilita a ir a jugar al descampado sin horario y en un mundo que con otros, ella puede moldear a su antojo. El marco de una puerta en medio de un descampado, es una invitación a entrar a la infinita posibilidad de resignificar.

En el segundo filme de esta autora, El País de las Maravillas, algún chico o chica nacido/a en El Bolsón, Río Negro, hijo/hija de algún papi o mami progre, devenido en country manager de algún unicornio latinoamericano, sería testigo y co-creador del personaje de Gelsomina, hija de un alemán crítico de la sociedad de consumo, y que apuesta por una vida que retorna al trabajo manual como modo de subsistencia digna y contestataria. La crianza patriarcal es cuestionada por esta hija pródiga, que rompe y se deconstruye, pero no sin antes sufrir en carne propia los resultados obvios del proceso emancipador. Gana mucho, pero también pierde mucho. En un intento desesperado, un camello como obsequio para ella será la hazaña quijotesca del padre para mantener la utopía de la libertad y poder heredarla a su primogénita. Herencia y condena. No basta, la modernidad, en forma de Monica Bellucci siempre podrá más.

El horizonte de Gelsomina es alcanzar la victoria en un concurso de TV al mejor productor de productos artesanales. Para el padre es la aberración de ver expuesto su modelo de vida y vaciarlo de sentido. Una vez más gana el impulso generacional, el ímpetu por querer ser ella misma y romper con el origen. Está dicho en la analogía de las abejas, éstas son un símbolo iniciático y litúrgico, como lo será también su preciado don, la miel. La abeja se relaciona con la laboriosidad, la organización, como lo demostraría el enjambre, pero también de la limpieza porque su alimento se encontraría en las flores, lejos de la suciedad. En El País de las Maravillas la familia funciona como reloj suizo y la miel es el producto más sagrado.

En su tercer largometraje, Rohrwacher crea un puente para estos dos mundos. Un bobo bueno y noble, personaje que Mark Fisher detestaría: Lazzaro. Sin conciencia de clase y sin instinto de rebeldía, Lazzaro es funcional a un futuro sin posibilidades, pero al mismo tiempo, es el hilo conductor de nuevos horizontes tangibles ya en el pasado. Ahí la genialidad de la contradicción. La exacerbación teórica nos vuelve locos. Si no comemos la manzana, quizás exista alguna posibilidad. Pero hay que comerla para ser conscientes de que habitando la ciudad encontraremos el espacio menos potable para la vida.

El filme retrata dos mundos distantes: el lugar soleado y árido, el campo, agreste en la mayoría de las ocasiones; y el lugar gris, húmedo y frío, la ciudad. En el primero siempre estará la posibilidad de saciar el hambre a través del trabajo; en el segundo las posibilidades son otras, también las condenas. Se remarca en la obra de Rohrwacher la hostilidad de la indiferencia: ¿cómo se adaptan/persisten la bondad y la inocencia en el neoliberalismo?

“En una época en la que nos asfixian las imágenes duplicadas y multiplicadas, el cine todavía puede destilar, cuidar, jugar con la mirada, sorprender y sorprenderse”

No hay nada más contradictorio que encontrar Lazzaro felice en Netflix; por lo menos si se piensa que son las industrias creativas las que están teniendo la mayor capacidad para crear y responder a audiencias más sofisticadas. Y al mismo tiempo, no se deja de lado al audiovisual churrigueresco, que es el que paga las cuentas y desborda las plataformas de streaming.

El cine de la italo-alemana es síntoma, un camino muy similar y con inquietudes cercanas, existe de este lado del charco. Lo podemos encontrar en el cine de Lucrecia Martel, quien explora las mismas contradicciones en la realidad del capitalismo tardío: lo rural, la lucha y tensión con la moral y la religión. Ambas autoras explicitan una necesidad de explorar la periferia desde la complejidad del ojo urbano que antes fue rural.

Tenemos, por un lado, toda una obra, un estilo, una obsesión y un mundo. Todo ello producto de una modernidad con muchas deudas y poco saldo a favor, al menos a nivel simbólico. No obstante, la capacidad de resiliencia de las periferias rurales, sigue presente. Pero “no queremos resiliencia sino la naturalización y aceptación del conflicto” nos dicen las corrientes Lacanianias y Laclaunianas de algún sector del progresismo latinoamericano. Pero resiliencia y conflicto no son oxímoron, Fisher refuerza esto al evidenciar a Chile como el primer laboratorio neoliberal del mundo, donde en en apariencia fue posible diluir “como lágrimas en la lluvia” el resentimiento de clase. Pero la periferia mapuche, nos dice todo lo contrario. La trampa ha sido diseñada desde entonces, y la soledad y depresión urbanas son los mayores impedimentos para imaginar alternativas sistémicas.

En Futuros Perdidos de Mark Fisher hay un registro de ansiedad y desesperación, pero también cuestionamientos que atisban esperanza. En cada acto de Lazzaro, Gelsomina y Marta se registran nuevas posibilidades: cuestionar, descreer, asirse a una raíz y construir. Para el autor inglés la cultura popular del siglo XXI, es síntoma de la decadencia. Para la italo-alemana es canalizadora de la ruptura. Ambos convergen en la ausencia del Estado de Bienestar, pero se bifurcan en sus posibilidades estéticas, políticas y morales. Vuelven a tener puntos de contacto en la construcción de un futuro colectivo, ya sea a través del trabajo físico y rústico del campo o en pastillas, tecnología y raves. Ambos trazan un plano tangible y certero de nuestra edad postcapitalista.

Ambos autores saben que el recóndito y poco glamuroso acto espiritual es capaz de crear nuevos imaginarios y transformar lo viejo, pero siempre anteponiendo la posibilidad del contacto con lo diferente, con el otro. Las identidades de las nuevas generaciones se configuran con la derrota del ente monocultural de lo nacional. La búsqueda y lucha de Fisher se trata de hallar campos de articulación de la rabia, capaces de accionar políticamente, teniendo bien claro el camino para reactivar la conciencia de clase.

En cambio, el cine de Rohrwacher tensa las posibilidades del progreso, indagando en las injusticias de clase, pero a través de un neorealismo mágico que expande el horizonte, crea lugares con tiempos fuera del tiempo. Es la apuesta a construir algo bello, pero real, tan real que parezca falso: un campesino noble y bueno hasta el extremo. Un tonto sagrado, de nuevo explicado y creado a través del recurso metafísico y antipolítico (?), el hombre débil, el antihombre.

Pone a prueba la autosuficiencia, el cinismo de la explotación y los límites de la totalidad urbana. Pero siempre hay un cabo suelto, a propósito de una forma de explicar e interpretar esa realidad que construye, la fe como un elemento no solo misterioso sino creador de la imagen y de la posibilidad. Siempre vuelve al cine italiano hijo de la modernidad, porque sus influencias trazan un camino obsesivo por delimitar lo real, es la tradición nacional que deja huella, pero que ya se transformó. (Véase Roma, Ciudad Abierta de Roberto Rossellini, pionero director de clásicos neorrealistas)

La herencia pesa, sobre todo cuando uno se hace cargo de ella. En este caso el pasado neorrealista del cine italiano se involucra profundamente con la poesía, no pretende narrar sino reinterpretar y crear, lo que conlleva, implícitamente, un claro compromiso político. Parafraseando a la directora: plantear preguntas ya involucra un proceso específico de pensamiento, pensar e imaginar son verbos políticos.

 

Sobre el autor:

Poeta sin cerebro y Geertziano-Guadalupano. Animal simbólico. Embajador de Texcoco.

Capítulo IV “Mindotown”

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Por: Santiago Peña Bossano                                                Foto: Lineth Paz @coleslawhat

 

MINDOTOWN
CAPÍTULO IV

La terminal está repleta de gente. Van con maletas de ruedas a tal velocidad que hasta parecen no tener miedo. No es que yo tenga miedo. Pero algunas decisiones pasan sin darnos cuenta. Me dispongo a hacer carrera con un viejo por ver quién va más lento hasta taquilla. El bus de las once está completo y debo esperar al de las doce. Mientras imprime el boleto alcanzo a ver el final de una noticia en el televisor, acerca de la muerte en carretera de varios pasajeros por un conductor ebrio. El de taquilla levanta las cejas con sonrisa de ya imprimí el billete y me lo extiende. Me alzo de hombros. «¿Tanta gente a Mindo?», pregunto. «El fin de semana es el equinoccio, por eso van tantos. La mayoría va a Nanegalito».

Me siento en el suelo a esperar. Todos tan en su mundo que no los interrumpo por fuego para mi medio cigarrillo. Envío un mensaje al grupo diciéndoles que en este preciso instante me voy a Mindo. Les explico que no hubo opción. Sé que Pablo está en Loja visitando a su abuela y Miguel en Oahu con su hermano. No les digo lo del gato. Miguel me sugiere —casi como orden— que escriba un poema, que Mindo es el lugar de la poesía y que cuando nos encontremos querrá leer un poema mío. Le digo que se joda y que se largue a surfear. No le hubiera respondido así, si no hubiera dicho: «vos que eres medio raro». Luego envío un emoticón de esos que se ríen como en broma. Busco en el celular: equinoccio, «ocasión del año en que el sol está situado en el ecuador celeste», bla, bla bla, «punto más alto del cielo…», bla, bla, bla, «fecha vinculada al ciclo agrícola andino…», etcétera. Por suerte en la ciudad no se conoce de esto ni se lo celebra. Una máquina de lotería reluce ante mí y comienzo a sentir esperanza; algunos estamos en la tierra para ganarnos la lotería. Compro un billete, lo beso y lo guardo sin raspar. Recostado en el suelo me sonríe un viejo de barba larga y descuidada. Apoyado en la máquina parece cohibir una carcajada, quizá por el beso que acabo de darle a mi billete de lotería, creo que incluso hice el sonidito, cerré los ojos y todo. Estoy por darme vuelta pero el viejo me pregunta a dónde voy. Regreso a ver a ambos lados. Unos alemanes están sentados más allá. Más o menos a unos diecisiete pasos para la izquierda. No sé por qué me acerco al viejo. A Mindo, le digo. No sé por qué le respondo. Aprovecho para pedirle fuego. No tiene encendedor ni fósforos. Permanece unos segundos al parecer buscando algún recuerdo o una historia. Esta sí que es clásica de los viejos. Y me arrepiento por haber comprado la lotería en esta máquina. Habiendo tantas otras, incluso  la señora del kiosko de la esquina. Pero es tarde… Comienza con voz de abuelo   a contarme que le dicen el perro y que vivió en Mindo hace un tiempo, que conoce a varios allá y que, en el bar, pida a Tea una copa en su nombre, es un mundo pequeño, dice. ¿Te-a? Sí, Tea, atiende el bar. Okey, ¿cómo te llamas? El perro. Bueno…, en realidad me dicen así por Diógenes el perro. Dile a Tea que el perro le manda saludos y sabrá quién soy. ¿Conoces la historia del perro? Niego con la cabeza mientras pienso que no está tan mal estar con este anciano. «Verás…», comienza, «Alejandro Magno quería conocer al perro y un día se acercó ofreciéndole hacer por él cualquier cosa que le pidiese; el perro, que estaba recostado en el suelo, respondió: ¡Apártate…, que me tapas la luz del sol! Esa es la diferencia entre el mendigo y el vagabundo, la buena voluntad de las donaciones desinteresadas, no el regalo con deuda; por eso Diógenes despacha al gran Alejandro que busca congraciar su conciencia. Tú que compras la lotería deberías intuirlo: el artista parece estar condenado a la pobreza como si militares o reyes tuvieran más importancia. En Mindo lo que debes realmente es bañarte en la cascada. Fundirte con la naturaleza. Nada más. Ahora que vas a Mindo deberías saberlo: el arte no es sentarse a escribir, la vida misma es Poesía. Es decir, lo sencillo que no entendió el Alejandro por ser demasiado magno. ¡El arte es el bufón de los oficios de verdad!» Y tras decir esto, guarda un silencio de lápida. Espero un rato por si dice algo más. Le doy el primer billete que sale de mi bolsillo y me marcho.

Están abordando. Dejo el equipaje en el maletero izquierdo del bus y me dirijo a mi asiento. 17A, me toca ventana y me alegro porque puedo mirar los animales apachurrados en la carretera. Intento ver al perro desde el bus pero me tapa una columna metálica. Él se queda en la estación. Tranquilo. Esa es vida. Y ese otro Diógenes que reduce al Alejandro a nivel de suelo… Hay que tener orgullo de vagabundo para rechazar algo así, es decir nada que perder. Si me preguntara el presidente qué puede hacer por mí, le pediría una pensión para no tener que trabajar. Lo que sí, tiene razón respecto a los artistas bufones; los oficios que más dinero pagan son los que requieren mentir o de los que depende la vida de alguien. Si es así, la literatura debería incluirse en el grupo de las mentiras, además que la vida de los personajes pende de un hilo o del ánimo del autor. Y eso no es ninguna broma.

A mi derecha están unos indígenas vestidos con sus trajes y unos gringos les toman fotos. Detrás un grupo de jóvenes y más adelante un beatnik que, de seguro, va a Mindo. El bus arranca y me acomodo en el espaldar. Veo en diagonal a una chica que se toma una foto con su celular para luego editarla: duda largo rato ante cada filtro, vuelve al anterior, sube el brillo de la pantalla y lo disminuye, cubriendo todas las posibilidades antes de subirla a redes. Por suerte nadie se sienta a mi lado. Es horrible cuando vas junto a un obeso de esos que te arrinconan contra el vidrio con su manteca. A la altura de la Mitad del Mundo ponen una peli. Miro por la ventana. Debí sacar el cuaderno para escribir el puto poema de Miguel. Igual no sé de qué escribir. A veces lo odio con todo mi ser. Una vez fuimos a ese museo del sol donde paras un huevo sobre una aguja. Creo que eran las fuerzas magnéticas de la tierra que hacían girar para un lado y para el otro el agua. Los niños hacían fila para comprobarlo. «¡Ilusos!», dijo, «¡Qué truco tan barato!» y nos fuimos. Yo sí quería botar agua en los diferentes hemisferios pero no lo hice. Por Calacalí caigo en cuenta que la de la foto se ha dormido y desde mi posición puedo ver dentro en su escote. Le pido un esfero a la pareja de atrás. No tengo dónde escribir. Uso el revés del boleto. Escribo lo primero que se me viene:

Mientras más creces te vuelves menos exigente; cualquier trasero alucina y magnetizan los pezones en punta. Cualquier lugar donde calmar la erección: montículo, loma, o duna de señora de mercado, de doceañera octogenaria, boca de prostituta polaca o princesa virgen de castillo. Mano, agujero o roce de sábana.

¿Se debe conocer Polonia para escribir sobre una puta polaca? Rompo el papel en dos y lo meto en el bolsillo para no hacer basura. Las polacas deben ser rubias sin mucho cuerpo, pero la fama del Este y la pobreza nos hace pensar que son cosa seria. Siempre me gustaron las niñas y las mujeres que lo parecen; o sea, todo lo opuesto al modelo exhuberante en que el busto es del mismo tamaño que el trasero. Ahora creo que me da igual. Supongo que la vida te pervierte o los años de quietud se acumulan estallando en los metros, en los baños y en los sueños, en culos gigantescos, horripilantemente excitantes; tarde o temprano la soledad te obliga a ver escotes y reprimir esa desesperación de lobo estepario. Te acostumbras a volver el rostro evitando los culos en las gradas eléctricas. Seguro las vacaciones de verano las dan para que los profesores no violen a sus alumnas de falditas y puperas ultracortas.

El bus hace una parada en Nanegalito y lo agradezco porque aquí venden las mejores empanadas de viento de la región. A fin de cuentas creo que paró por una vieja que seguro tiene incontinencia y le vinieron súbito las ganas. ¡Cinco minutos!, grita el chofer. Bajo del bus por cigarrillos pero solo hay Marlboro. Entro al primer lugar donde veo pailas con aceite y pido dos empanadas y un vaso de morocho de dulce. Algunos de los indígenas del bus entran a la fonda y se sientan. Voy al baño. No hay jabón ni toalla. Mojo mis manos y me veo en el espejo: la suciedad me refleja pecas en el rostro. Mi morocho está listo. Espero un rato que se enfríe. Es blanco como nieve —supongo—, porque no conozco la nieve. Me entran ganas de hacer una bola de morocho y lanzarla al chofer por los frenazos y las curvas. Bola que cabe en la mano y quema de lo recién hecha. Salgo de la fonda. ¡El bus no está! Corro de una esquina a otra buscándolo en las transversales. ¡¡¡No aparece!!! Le pregunto a un niño que señala un punto verde alejándose por la carretera. Los indígenas siguen bien instalados en las fondas sin intención de moverse. ¡Se llevó mi maleta! Luego de un rato me resigno y compro media de Marlboro. Mientras fumo, pienso que no todos van a Mindo. Las viejas en los portales me miran y sonríen sin dientes.

 

Bibliografía:

Peña Bossano, S. (2017) “MINDOTOWN” Quito: Manzana Bomb! Ediciones & Cactus Pink

Sobre el autor:

Ganador del XL Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, género ensayo (2015) en Ecuador. Realizó un máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Director de edición de Cactus Pink en Quito. Coordina talleres de escritura creativa en Kafka Escuela de Escritores. Ha sido antalogado en Los que vendrán (2014); Nunca se sabe, antología nuevos narradores ecuatorianos (2016); Vértigo, ocho ensayos de temas escabrosos (2016); Despertar de la hydra: muestra del nuevo cuento ecuatoriano (2017); ha publicado Estética de la indolencia (2015), Mindotown (2017) es su primera novela.

Indicios

Por: Juan Carlos “Tuga” Astudillo 

La obra de Astudillo puede ser una cosa y otra al mismo tiempo. Puede ser tiempo detenido o movimiento. Puede ser el ruido y el silencio o los fantasmas que habitan nuestras urbes, nuestros imaginarios. Decir más sería decir demasiado. Por eso invitamos a sumergirse directamente en la experiencia: indicios

Sobre el autor:

Docente/investigador en la Universidad Nacional de Educación UNAE. 8 libros publicados, entre poesía, fotografía e investigación. Varios artículos sobre fotografía, literatura y turismo publicados en revistas locales, nacionales e internacionales. Su obra ha sido recogida en antologías de la poesía ecuatoriana en Ecuador, México y Estados Unidos.

Juan Carlos Astudillo S.
Escritor – fotógrafo –instructor de Kundalini yoga.
http://www.tugastudillo.com
tugastudillo@gmail.com