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Lineth Paz

La carnicería Bambi

Por Branko Andjic                                                                                  Fotografía: Lineth Paz

 

Miré el reloj, después el diario. No había nada, ni una palabra sobre  aquello. A la una y cuarto tenía que ir a la escuela a buscar al Gordo. Me encogí de hombros y  cerré el diario. Empecé a vestirme. Afuera soplaba un viento fuerte.

1.

Mi hermana tiene la costumbre de decir que nunca tiene tiempo. Y cuando lo dice, siempre me mira a mí –  como si yo lo tuviera y ella no. Cuando no tengo ganas de escucharla, pongo un cassette con la respuesta automática: “Yo estudio.  Cuando tenga tu edad, yo también voy a trabajar y no voy a tener tiempo. Por ahora, estudio.” Ella se larga entonces a predicar  cómo hoy nadie estudia de verdad y que en su época, antes de esta última guerra, la escuela era la escuela. ¡Qué bodrio! – suena más pesada que la vieja. Pero hoy me da igual  – de cualquier modo quise ventilarme un poco la cabeza, salir de esta tumba donde todos están ofendidos desde hace medio siglo – desde que los de Ellos tomaron el poder y los Nuestros – nada. Desde ayer, se sienten todavía más ofendidos, aunque ahora por lo menos tienen una buena razón para largar unas lágrimas, por si las moscas, por todo, como si este tipo de cosas no le pasaran a los demás. Todos los días. Y los días  se parecen demasiado entre sí. Hoy todos manejan demasiado rápido y las calles están inmersas en una oscuridad absoluta. Si aquello no hubiera pasado, el día de ayer se podría considerar como uno de los relativamente buenos.

Ayer, a las siete, el Socio y yo le dimos la mano al Holandés. Ahora ya se puede caminar sin problema por muchas calles, aunque sea de noche, pero no nos sentimos cómodos con tanta guita en los bolsillos  – los dinares son dinares, los marcos son otra cosa. Estaba oscuro como en una tumba y nosotros – forrados de marquitos. No había una luz prendida en la calle ni por casualidad. Me gustan los tipos que no van con vueltas; el Holandés es así: abrió dos cosas en cinco minutos y todo  terminó sin ningún verso. Primero abrió el baúl de su coche: el Socio y yo pusimos adentro las alfombras, él les echó una mirada, palpó los nudos, esbozó algo así como una sonrisita, como si hubiera dicho “son buenas”, y cerró el baúl. Sin palabras. Eso quiere decir – todo en orden. Después abrió su portafolio y de ahí sacó una bolsa con plata – todo en  billetes de cien marcos alemanes. En lugar de decir estupideces, nos dimos la mano, cada uno por su lado y si te he visto no me acuerdo. Nosotros no miramos para dónde se fue él, ni él tampoco se dio vuelta para ver adonde nos dirigimos nosotros. Nada de la paja tipo – “por que no tomamos una copita”. Terminamos el negocio y chau. El Socio y yo entramos enseguida en el zaguán de un edificio para repartir la guita. Para que después no sea – me debés, no me  debes. Cada uno contó su parte, guardó sus marquitos en los bolsillitos, y – derecho a casa. No hay lugares más seguros hoy que los zaguanes de entrada en una casa mal iluminada: si alguien apareciera no podría ver nada de tan oscuro – no hay lámparas que hayan sobrevivido y la electricidad está siempre cortada.

El Socio y yo vivimos en la misma casa, en dos departamentos contiguos. Es así desde que nos mudamos, es decir, desde que mi madre decidió finalmente vender la casona del abuelo antes de que se derrumbara sola. Cuando nos mudamos, estaba más ofendida que en los tiempos en que vivíamos en el viejo barrio. En realidad, nos mudamos dentro de la misma zona, sólo un par de cuadras mas cerca de la fortaleza Kalemegdan, pero para ella la mudanza era como irse a vivir a Nis. Y  todos sabemos qué fea ciudad es Nis. Al principio, no quiso saber nada de los vecinos. Ni siquiera conocerlos, ni tampoco hablar con ellos. Mi viejo sólo movía la cabeza calladito. Decía de vez en cuando, “No podés vivir así, fuera del mundo”, y entonces ella arrancaba con su casete: “Qué gran mundo me va a faltar, Esteban? Este no es mi mundo y vos lo sabes muy bien…”Así continuaba con su discurso unos diez- quince minutos, siempre y cuando Esteban, o sea, mi viejo, lograra mantenerse callado. Mucho más  si no lo lograba. Total, el viejo piensa que su condición de ser históricamente ofendido es tan fuerte que por puro respeto a esa ofensa no hay que hablar sobre nada que pueda parecerse a algo positivo desde que los de Ellos tomaron el poder y los Nuestros nada. Si se dejan llevar por la discusión, yo ni siquiera escucho. O salgo al balcón y llamo al Socio para que fume uno conmigo, o bajo hasta La Carnicería Bambi  para tomar una grappa. Después la vieja comenzó a tomar café con la madre del Socio y con aquella María del séptimo piso. Ya se sabe cuál es su tema preferido: cómo les robaron los forajidos y cómo tuvo que vender su casa familiar por monedas pero eso, señora Radich, ya no se podía mantener, es un espacio enorme, las paredes altísimas, estuco, los espejos biselados, las habitaciones de servicio… El que la escuche pensaría que nació en un castillo. Es cierto que la casa del abuelo era grande, pero más de la mitad de las habitaciones estaban repletas de basura y las otras cerradas con llave, también llenas de unos muebles más rotos que antiguos, así que de todo ese “espacio” nos quedaron tres cuartos para  vivir.

Estoy más a gusto aquí, por lo menos tengo compañía, el  Socio y unas chicas que van a la Primera Escuela Normal, en la calle de abajo. Además, todo el tiempo hay movimiento:  alguien se muda, la gente viene o se va, algunos fuera del país. Por lo menos no me aburro. El último año en la casa del abuelo, no bajé ni una sola vez al patio: permanecía durante horas al lado de la ventana y miraba fijamente los yuyos del  jardín. Como esperando que crecieran, que se acercaran lo suficiente como para que yo pudiera bajar por sus tallos. Cuando era niño, el pasto se mantenía muy prolijo, una vez por semana venía un ex obrero del abuelo para sacar los yuyos y cortar el pasto. Venía así nomás, por una copa de aguardiente y monedas, en realidad por la charla con el abuelo sobre los buenos viejos tiempos. A la tarde mi viejo y yo bajábamos al patio y él tiraba penales, mientras yo atajaba a sus tiros: volaba a la derecha, a la izquierda, volaba incluso cuando no era necesario. En aquella época, el viejo estaba  diez puntos – gambeteaba bien, tenía buena puntería y le gustaba jugar con los chicos. Además jugaba bien a las cartas y al pool, al ajedrez también, hay que darle crédito. Había un puñado de chicos que mis viejos dejaban entrar en el patio para que jugaran conmigo detrás del portón cerrado. Mientras podía, el abuelo solía acodarse frente a la ventana del primer piso, observaba los partidos e hinchaba. Pero todo esto ya no tiene nada que ver – como si hubiera pasado hace cien años.

Pensándolo mejor, no sé por que me resultaba extraño no encontrar nada en el diario sobre el asunto: ¡como si hoy una cosa así fuera noticia! No tengo ni la menor idea de porqué lo llaman  “el matutino” si el diario belgradense es el mismo todo el día. Si lo leés a la mañana es matutino, si lo leés a la tarde – vespertino. Yo lo leo al mediodía, al despertarme: para mi diario ni siquiera hay un nombre. El Socio y yo  regresamos a casa temprano, alrededor de las ocho, y nos dimos cuenta de que había un alboroto en la calle, en la esquina con Dushanova. No nos detuvimos. Quién se prende hoy en líos ajenos. Así que subimos por la escalera, sin tratar de  llamar al ascensor. Pensábamos: los milicos atraparon algún chorro de poca monta, o eran los pibes del barrio que disparaban unos contra otros. ¿A quién se le ocurriría pensar en un accidente de tránsito? Al subir a nuestro piso encontré a mi madre y a mi padre hablando con un policía vestido de civil. Un oficial uniformado estaba a su lado y tomaba notas en un cuadernito. Todos los jueves ella se va a jugar su partido de bridge, le decía mi madre al tipo sin uniforme, aunque en realidad se dirigía al oficial uniformado que hacía el informe. Llevada por su pasión de explicar todo hasta el más mínimo detalle, mi madre trataba de convencer al milico – que no le daba ninguna bola – de que la nuestra era antes una familia muy distinguida, de costumbres refinadas donde se solía jugar bridge, canasta, wist y  ajedrez y donde, de todos modos, se sabía a ciencia cierta qué hacía cada uno y a qué hora. Quiso explicarle eso sin falta. A mí me pareció que el hombre  simplemente no tuvo más ganas de escucharla. Nos informarían debidamente de todo, dijo. Recién entonces me di cuenta de cuánta gente había. Unos cuantos coches, mal estacionados y un montón de vecinos, así que aunque todavía no sabía exactamente qué era lo que había pasado, estaba absolutamente convencido de que al día siguiente– es decir hoy – mis viejos iban a tener un motivo para estar más tristes que de costumbre.

Hasta que todo hubo terminado, hasta que volvimos a nuestro departamento y mi madre se hubo calmado un poco y mientras avisaron a todos, se hizo tarde de verdad, así que nadie trató de despertarme a la fuerza hoy; todos nos acostamos de madrugada.  Hace dos horas que estoy leyendo mi diario del mediodía – básicamente las noticias del frente y aquellos de siempre, como ahora todo el mundo nos detesta a pesar del nuestro pasado glorioso, y nos hace cama, pero nuestros líderes resisten con firmeza. Y todo el tiempo estoy esperando leer esa noticia, aunque sea pequeña, en tres líneas, al pie de la página, pero nada de nada. Hace dieciséis páginas que nuestros líderes resisten con firmeza, pero en ninguna parte dice que la noche pasada, en la esquina de las calles Dushanova y Siete de Julio, la Sra. Marinkovich–Ruml perdió la vida atropellada en la senda peatonal por un BMW negro que iba a una velocidad de 107 km por hora. Cruzó el semáforo en rojo y sin hacer ningún intento de frenar chocó con la  susodicha Sra. Marinkovich-Ruml, quitándole la vida en ese mismo instante. Ni siquiera eso. No es que no lo entienda: hoy, en tiempos de crisis cuando los diarios salen cada vez con menos páginas y más caros, no hay lugar para este tipo de pormenores. ¿Quién publicaría hoy, por ejemplo, que en la India se dio vuelta una balsa y que murieron, digamos, siete personas? Si no son unos cientos, no es noticia. Por eso no me extraña que no diga que la Sra. Marinkovich-Ruml estaba toda arreglada, con un peinado nuevo, discretamente pintada, y aun más discretamente perfumada. Que vestía su mejor conjunto Chanel y calzaba zapatos de taco alto, que en los dedos de la mano izquierda tenía la alianza y un anillo de oro blanco con un zafiro y en los de la derecha – otros dos anillos, en el índice y el meñique – los dos de oro 24 con brillantes. Y que llevaba alrededor del cuello  una cadena también de oro con un colgante en forma de lágrima – será un símbolo de la inclinación familiar? – un regalo que su padre (mi bisabuelo, al que siempre llamábamos el abuelo) había traído desde Praga, de aquel primer viaje después de la vieja guerra, alrededor del año cincuenta y tres o cincuenta y cuatro; y que en las orejas llevaba puestos los aros de oro 18 de Toledo que le había regalado su nieto después de su primer viaje de negocios, a España. No, no, no se trata de ningún otro nieto, sino de mí, no hay ningún malentendido. Lo que yo ahora estoy estudiando es mi segunda carrera universitaria, teología. La primera la terminé hace unos seis años, después encontré enseguida un trabajo y – como dicen – avanzaba rápido. Ahora no tiene ninguna importancia que es lo que había estudiado primero, porque me quedé sin trabajo hace años, en el mismo comienzo del derrumbe. Pero hasta entonces podía vivir de eso, podía viajar y comprar regalos para mis familiares. Comprarlos en negocios normales.  Eso sí: en aquella época parecía mucho mayor que ahora. Me resulta extraño cuando pienso en eso, incluso un poco ridículo cuando me acuerdo de cómo me tomaba en serio algunas cosas – como por ejemplo, los estudios, el trabajo, mi aspecto general y la imagen que otra gente tenía de mí . A veces me parece como si todo eso hubiera pasado hace cien años, y otras veces como si hubiera sido ayer… Ah, si, en el momento del accidente de tránsito, la Sra. Marinkovich-Ruml tenía una cartera de cuero de cocodrilo, también regalo de su nieto de otro de sus viajes de negocios al exterior. Aunque eso no lo dice el diario ni tampoco el informe de la policía. La cartera fue lo único que encontré cerca del lugar del accidente. En realidad, un poco más lejos, porque el BMW la llevó en el capot unos treinta metros y ella no soltó la cartera. Cuando por fin cayó en la calle, con el cráneo abierto y el esqueleto roto, su cartera voló debajo de un Fiat estacionado, donde yo la encontré un par de horas después, cuando el bullicio disminuyó y los buitres ya se habían ido. La verdad es que eso fue lo único que quedó de ella, porque mientras todavía estaba tibia, los ayudantes anónimos la pelaron como a una banana y le sacaron todo lo que tuviera algún valor – primero las joyas y después hasta los zapatos. No les tengo bronca, sólo lamento no haber llegado antes que ellos. En fin, ¿quién no lo haría si pudiera? Es como encontrarse solo frente a la vidriera rota de un negocio de alhajas. Hay que reconocer que ella siempre tenía unos zapatos impecables. Llevé la cartera a casa y no se la mostré a mi madre, sino que la deposité entre mis cosas. No la  considero como un recordatorio de la Sra. Marinkovich–Ruml (instructora de piano, de equitación y de idioma francés en su juventud, y más tarde, en tiempos de reconstrucción, Jefa de la Unidad de Comercio Exterior en la empresa-gigante de comercio exterior yugoslavo) sino más bien como recuerdo de una época en que las cosas caras se compraban en los negocios y no en el mercado negro. En aquella época eso se llamaba regalar, no hacer contrabando. Me acuerdo claramente cómo era el negocio donde compré la cartera de piel de cocodrilo, aunque no tengo ni idea en qué ciudad estaba. Se sentía un olor a mar, ¿sería una capital mediterránea? Pero sí me acuerdo de cómo envolvieron la cartera en un papel fino de color bordó, la pusieron en una caja de cartón del mismo color y todo eso en una gran bolsa con una cinta dorada. Al salir me la entregaron y me desearon buen viaje. Probablemente se les cumplió el deseo, porque volví sano y salvo, entregué el regalo y desde entonces mi abuela la llevaba siempre en ocasiones especiales. Como por ejemplo ayer, cuando se dirigía a su partido de bridge de los jueves con sus amigas del Club Checo.

2.

De vez en cuando juego cartas,  un partido de preferance, aunque es difícil encontrarse de a tres – la maldición eterna de este juego. Me extraña que nunca haya aparecido entre los avisos del diario: “dos jugadores  de preferance, buscan un tercero para jugar los martes y viernes desde.. y hasta…”. Uno  de mis abuelos y algunos tíos mayores me enseñaron a jugar al bridge cuando todavía era niño; también al wist, canasta, raub,  para no hablar del ajedrez y los demás juegos sociales. En una época se debatía en mi familia si en mi proceso de educación había que dar prioridad a la ópera o a los juegos de mesa – una vez dominados los bailes de rigor.  Conozco a un tipo de Novi Sad que vive por el barrio de Chukarica y es un maestro de preferance. Me invitó un par de veces a jugar con él, pero ¿quién puede hoy ir de un extremo al otro de la ciudad? Yo no tengo suficiente plata para la nafta, y si la tuviera tampoco iría, porque no conozco la zona y seguro que si dejara el coche estacionado en la calle, no lo encontraría al final del partido. Caminando es una eternidad y tomar un colectivo hoy, por propia voluntad, es algo que no hace nadie que tenga dos neuronas. En fin, ¿para qué hablar de todo eso?, ya parezco mi madre quejándose. Si el tipo se muda más cerca, jugaremos. Si no – nada y listo. ¡Gran cosa el preferance!

Me queda mucho más cerca bajar a los diques del Danubio. Un par de cuadras, cruzo la vía y estoy frente al río – como en vacaciones. Me siento en un banco al lado del kiosco, abro una cerveza tibia y a la sombra leo mi  diario. Es lo primero que hice hoy también, sólo para no quedarme en ese mausoleo que es nuestra casa. Tuve por primera vez un poco de esperanza de que tal vez pudiera leer la noticia sobre ese pibe que iba a más de cien por hora en plena calle Dushanova, enojadísimo con su mina que no quiso chupársela en el coche, aunque estaba tan limpito, recién duchado, perfumado y con unas rayitas bien metidas y además tenía una musiquita tan buena y un equipo tan poderoso, que aún viendo el semáforo en rojo en la esquina con la Siete de Julio apretó el acelerador porque no iba a pasar alguien justo en ese momento. Qué sé yo – tampoco esperaba una descripción sádica, como que habían tenido que raspar con espátula el cerebro de la Sra. Marinkovich–Ruml del capot y paragolpes del BMW, aunque son cosas así las que salvan de la monotonía a los reportajes banales sobre accidentes. O buscar una suerte de curiosidades como si uno dijera que alguien tuvo suerte porque lo atropelló un camión lleno del trébol de cuatro hojitas, ¿no?  Ahora me doy cuenta de que sigo siendo un pendejo: de cualquier manera creía que algo iba a aparecer, aunque fuera un renglón, para que la gente se enterara. Tampoco publicaron nada cuando, un par de semanas después, el juez dictó un fallo blando pero educativo – tres años condicionales – porque el pibe todavía es un pibe y tiene toda la vida por delante y si ya terminó trágicamente una vida, no hay por qué apagar la otra, mejor dejar una luz al final del túnel y darle la oportunidad al culpable de salir de la oscuridad cuanto antes. Y todo así, mucho verso, como me contó después mi hermana que asistió a todo el juicio porque mi madre estaba tan ofendida con este accidente que ni siquiera se le ocurrió enfrentarse con el mundo por un tiempo. Dice que no necesita la justicia de Ellos, ella tiene su propio dolor.

Al volver un día de los diques del Danubio,  encontré en la puerta de nuestro departamento casi una fiesta: primero, mi hermana me agarró de la mano y llevándome a un costado me arrancó de apuro la promesa de ir a buscar al Gordo a la escuela porque, como siempre repite, alguien lo tiene que hacer si no querés que con sólo diez años  te revuelva los bolsillos buscando la hierba y la blanca. A vos por lo menos no tengo que contarte cómo es eso cuando uno se acostumbra, no deja de decirme. Y siempre subraya ese “vos”, ¡como si yo hubiera nacido en un centro de rehabilitación de adictos! Y enseguida se fue – dice que al trabajo, apuradísima y atrasadísima.  Siempre está apurada los martes, como si yo no supiera por qué: desde que el Socio la vio una vez entrando al Hotel Bristol con aquel sargento de policía, sabemos qué y dónde y cuántas veces por mes. Pero qué le voy a decir, si de cualquier manera se queda de noche clavada en casa cuidando al Gordo, a la vieja, a la casa – de vez en cuando hay que medir el aceite, ¿no? Así  que dije – de acuerdo.

Todavía estaba siguiéndola con la mirada mientras bajaba por las escaleras cuando del ascensor salió primero el milico del informe y enseguida detrás de él  otro tipo, con pinta de cartero o mensajero, qué sé yo. Mis viejos salieron a la puerta para recibir al milico y la escena fue realmente cómica: una especie de cóctel callejero, todos parados en el hall, charlando. El policía militar nos informó brevemente que el responsable del accidente había sido identificado, que es el hijo del camarada Batrich, ex diputado y ahora dueño de varios establecimientos gastronómicos de nuestra ciudad. Que lo que pasó fue una tragedia  terrible para un estudiante que apenas había hecho sus primeros pasos en la vida de adulto y – paf! Su padre le aconsejó que se entregara y esto es, admitámoslo, ya una circunstancia positiva. En fin, también hay que tomar en cuenta que la víctima es una anciana y…- el tipo hizo una pausa breve para concluir rápidamente – el caso va a terminar pronto. Y agregó: lo vamos a informar de todo. ¿De qué?, pregunté, mientras mi madre para variar no respondía nada, moviendo lentamente la cabeza de un lado al otro con los ojos casi cerrados de tanta indignación. Mientras mis padres intentaban en vano transformar en una conversación las declaraciones del milico sobre el procedimiento judicial, aproveché la oportunidad  para agarrar el sobre que traía el mensajero y desaparecer en mi cuarto. Todavía pude escuchar que intentaban explicarle obstinadamente cómo había sido el caso al policía que repetía que su obligación era sólo informar a mi madre, como parienta más cercana de la difunta, sobre un caso que desde ahora seguiría su propio camino. Me di cuenta de que el sobre no tenía estampilla. Lo puse en mi bolsillo, agarré el diario y salí. Antes me detuve en el vestíbulo. Hice una llamada. No me gusta quedarme solo y colgado a la noche. El Socio respondió y preguntó qué hay de nuevo. Una buena y una mala – ¿cuál querés primero?, le pregunté. Dale con la buena, dijo. Heredé un departamento de mi abuela, en el viejo barrio, le dije. ¡No jodas! ¿Y a dónde se va ella?, preguntó. Al cementerio – es la mala noticia, respondí. Bueh, qué le vas a hacer! Me tengo que ir, dijo. Yo sabía que estaba ocupado y no quise demorarlo más. Tenía que reunirse con algunos bosnios que traían mercadería del frente. Negocios son negocios. Nos pusimos de  acuerdo para las nueve en La Carnicería Bambi, como siempre.

Por supuesto, no es ninguna carnicería sino el mejor bar del barrio, con muy buena música, sin los para-milicos, legionarios, tigres, ni otros uniformados, porque ahí nadie pone turbo-folk. Sólo la verdadera yugo-nostalgia, la de los setenta. Mile el Cantinero solía tocar el bajo eléctrico y lo hacía bien;  el apogeo de su carrera fue al mismo tiempo su final: ganó la audición de “Grupo-YU”, pero no llegó a tocar con ellos ni una sola nota porque los del grupo se separaron. Y se pudrió todo. A tiempo. Antes que todo lo demás. Pero hace años había una carnicería en esta esquina. Después abrieron en el mismo lugar lo que en aquella época de crianza sistemática de la sana juventud socialista se llamaba “SaluCentro”. Primero les dieron el nombre de “Restaurante lácteo”, ahí fue donde me llevaron como a los demás niños para comer sanguichitos de jamón cocido y tomar yogur y leche, porque era bueno para salud. Nada de gaseosas y nada de cerveza. Luego – para dar un claro mensaje en relación con su propósito – a estos lugares los llamaron “SaluCentro” . Era una especie de Frankenstein entre panadería, confitería  y restaurante, sin lo mejor de cada uno y con lo mediocre de todos. Tenían en común unos nombres enfermizamente infantiles como “La Cenicienta” , “Lassie”, “El Pequeño Mensajero”. Nuestro SaluCentro se llamaba “Bambi”. Desde que un diputado montenegrino jubilado compró el lugar y abrió un bar, sobre la puerta de entrada hay solamente un nombre muy creativo: ¨El Bar”, pero nosotros, que lo frecuentamos, sabemos que su verdadero nombre se lo debe a Mile el Cantinero quien, en un momento de inspiración alcohólica, lo bautizó La Carnicería Bambi. Desde entonces, no se lo conoce de otra manera.

3.

La Carnicería Bambi tiene para mí una gran virtud: está justamente  frente a la entrada principal de la escuela del Gordo, adonde lo espero  después de las clases. Entré en el bar y miré el reloj – exactamente diez minutos para la última campana. En invierno hacen un buen aguardiente  cocido, ni demasiado fuerte ni demasiado suave – pero todavía no estamos en invierno, así que solamente hay mucho viento koshava. Pedí un viñak, el brandy local que está en peligro de extinción. Me gustan las bebidas que van a desaparecer. El sabor de otros tiempos, acompañado de la música justa. Ninguno de los dos me gustaba en mi juventud, pero ahora es otra cosa. Hoy todos toman whisky y  bebidas energizantes – ¿necesitan tenerla dura todo el día o qué? Para mí, un viñak. Cuando mi Belgrado desaparezca completamente, lo recordaré por sabores como éste.

Me  senté al lado de la barra, al fondo, donde hace una curva hacía la pared. Es un  lugar desde donde se ve claramente la entrada del bar y a través del vidrio, el portal de la escuela. Es el mismo lugar donde estaba sentado hace un tiempo cuando aparecieron unos gatos con un pendejo que usaba un sweater Lacoste. Aunque estábamos casi en la oscuridad, no se sacó los anteojos Ray-ban. Se sentaron en una mesa a mis espaldas y durante una media hora  pude escuchar su conversación agitada. No se podía oír todo, yo tampoco estaba muy atento, pero hablaban lo bastante alto como para atar cabos. Es un lío, ella apareció de la nada, te lo juro, como una fantasma, el BMW está totalmente arruinado, ¿Cómo que no me la quiere mamar, si es mi cumple? ¿Qué se cree esa mina, a quién quiere joder? Y fijáte que no es ninguna nena, tiene sus añitos. Y el verso de que es de buena familia – eso es para el levante y nada más. Mi viejo no deja de marcar números de teléfono– está llamando a todo el mundo. Bueno, se va a arreglar de algún modo, pero olvidate de  la fiesta de cumpleaños…no, no, no queremos el JB, solo el Chivas de 12 años, sin hielo, sí, a mi cuenta, Mile, en fin, sigue siendo mi cumple.

Faltan siete minutos para la campana. Los dealers ya se alinearon frente a  la escuela y esperaban a los chicos. El Gordo tiene diez años y es un producto genuino de nuestra familia – se nota  que no tiene al padre. Tiene cerebro, pero es un poco inmaduro. A esta hora La Carnicería Bambi  está casi vacía. En la mesa al lado de la pared, Arsenije reorganizaba su mochila. Era un tipo flaco, con los ojos aceitosos, demasiado huidizos. Nos conocimos hace años en un ejercicio militar, cuando el país solía defenderse de los enemigos que no lo atacaban. No me quedaba claro si  era simplemente desprolijo como la mayoría de los dealers, o todavía creía en el estilo Uomo 88, que  recomendaba a las bellezas masculinas la barba de tres días. Estaba atrasado y echaba una mirada nerviosa  a cada rato a sus competidores, que ya habían tomado las mejores posiciones alrededor de la salida de escuela.

Arsenije nunca tuvo  buen sentido de tiempo – igual que la Sra. Marinkovich–Ruml. No sin cierto orgullo, en nuestra familia se  contaba como un alegre relato la anécdota de cómo la joven belleza de la buena familia de comerciantes de Dorchol  se salvó por milagro del fusilamiento al final de la otra guerra, la anterior, cuando hacia el otoño de 1945 se presentó voluntariamente para  ayudar en la reconstrucción de la patria. El Secretario del Comité del Partido escuchaba con suma atención la descripción de sus virtudes profesionales: recomendada por el coreógrafo  de la escuela de ballet, conocimiento impecable de idioma francés y alemán, toca el piano, sabe cabalgar. En sus ratos libres le gusta navegar a vela alrededor de las islas en el Danubio y Sava y de vez en cuando jugar al tenis. La pistola ya estaba lista en la mano del Secretario, cuando  el hijo del señor Adaña – ¿por Dios, a quien se le ocurriría que él podía llegar a ser comunista? , siempre agregaba mi madre – apareció por milagro y evitó que se cumpla la justicia del proletariado sobre un infiltrado enemigo del pueblo. El joven Adaña recomendó a la Sra. Marinkovich-Ruml que fuera más discreta  en la expresión de su orgullo por sus destrezas aristocráticas y que prestara más atención a los idiomas que poco después facilitaron su ascenso profesional y el puesto de Jefa de Unidad en la empresa gigante de comercio exterior de la nueva Yugoslavia – el mismo puesto que tuvo hasta su jubilación.

A mí las anécdotas me gustan, pero lo que siempre me molestaba de ésta era el  orgullo sobreentendido de toda la familia por el hecho de que la madre de mi madre estuvo a tres segundos de la bala que le impediría a ganar  cientos de partidos de bridge en Belgrado, Abazia, Karlovy Vary y  Londres. Como si en realidad lamentáramos que eso no hubiera sucedido.  Detestaba sus especialidades culinarias, su goulash sin gusto que  a veces preparaba con indiferencia  – con aquella típica soberbia de la gente  que se niega a acostumbrarse a la vida sin  sirvientes – pero aun más odiaba una idea nunca pronunciada en voz alta, que me acosaba desde aquella misma noche en que Batrich junior volaba en su  BMW con su poronga tiesa por la calle Dushanova: que el hecho de que  la Sra. Marinkovich-Ruml terminase con su cerebro untado en el paragolpes de un  BMW negro haya sido el cumplimiento de la justicia divina para mi madre, porque confirmaba su lógica del desastre, daba sentido a su eterna condición de ofendida. Solo así  puede ser, solo ésto se puede esperar de sus hijos  y sus nietos: una Marinkovich-Ruml, la viuda del Embajador  del Reino de Yugoslavia, princesa de los bailes de Praga y animadora de las veladas en la Corte de  Oficiales de Belgrado, no puede terminar su vida bajo el gobierno de Ellos de una manera ordinaria y tranquila jugando alegremente al bridge entre  Belgrado, Abazia, Karlovy Vary y Londres.

Traté de explicárselo a Batrich padre mientras mantenía el caño de revolver contra su sien. Unas horas antes había abierto su carta con la invitación a la hija de la trágicamente perecida compañera Marinkovich-Ruml que ahora que todo terminó, luego del tribunal y del entierro, está invitada con los suyos  a su casa a la cena de la paz, a beber una copa por la paz del alma de la difunta pero también por un nuevo comienzo y provechoso futuro de su único hijo, la luz de sus ojos, que (eso sí) cometió un grave error, pero es tan joven y tiene toda la vida por adelante mientras ella, es decir, la compañera Marinkovich-Ruml iba acercándose al final de la suya, teniendo ya más de setenta y cinco, quizás cumplidos los ochenta, ahora no se acuerda bien de los detalles aunque haya leído el informe de la autopsia varias veces… Estabamos parados en el vestíbulo de su casa y no llegué a oír qué trataba de decirme. Observaba su expresión de incredulidad, de hombre que intenta  despertarse rápido de un sueño profundo porque adivina que tiene que hacerlo: era el aliado natural de mi madre, daba exactamente el tipo de como ella los imaginaba a Ellos. Tal como ella imaginaba que no podría obtener nada desde que Ellos tomaron el poder, así creía él que le correspondía tener todo, absolutamente todo: no sólo dinero, jueces sobornados, un hijo impune, los bares y los dealers, sino también una suerte de absolución de los pecados que como todo lo demás va a obtener de los demás, sin pedir permiso, naturalmente, de los mismos a los que robaba siempre. Y si nadie dispara la pistola,  yo sabía que mi madre – a pesar de todo, de toda su indignación o justamente gracias a ella – irá a su casa, para darle incluso esto, su absolución, sin palabras, alimentándose del placer masoquista de sentir que  todavía falta para tocar fondo. Se complementaban como una pareja ideal – los vencedores y los derrotados – pero su alianza no era la mía. Antes de ir a buscar al Gordo a la escuela, no había mucho para hacer, pero pude por lo menos salvar para mí a la Sra. Marinkovich-Ruml que se arregló en el día de su  muerte, igual que hace 50 años, se perfumó, se vistió y con orgullo se llevó en la mano la cartera, mi regalo del viaje de negocios a.

Batrich padre no tuvo tiempo  de asustarse: tenía pruebas contundentes de que era intocable: toda su vida era una prueba de que era intocable. Mientras yo  jugaba con el gatillo del revolver, en su cara apenas empezaba a dibujarse algo como una mueca de sorpresa, en el mismo instante en que detrás de su cabeza, en lugar de una pegajosa  aureola roja de sangre, apareció en el vano de la puerta de la sala de estar una mujer y preguntó quién había tocado el timbre. Nos miramos callados. Solté el gatillo, me puse el revolver en el cinturón, salí sin palabras y con cuidado cerré la puerta para  no despertar a nadie.

Algunas veces he visto en los ojos de Arsenije una expresión de lamento porque nada terrible haya ocurrido, alguna catástrofe que hubiera impedido que su vida se dirigiera por el camino por el que se dirigió. Pero no esta vez. Ahora estaba simplemente apurado para no perder a sus clientes.  Agarró la mochila cuando lo llamé. Arsa, ¿tenés algo para mí?, le pregunté. ¿Cómo por ejemplo?, me respondió con otra pregunta. Como por ejemplo algo así, cualquier cosa para relajarme un poco. Viste este viento… le dije. Lentamente puse la mano en un bolsillo, muy despacito para no ponerlo nervioso, y  saque un fajo de billetes nuevos. ¿Les va bien, a ustedes dos, verdad?, dijo. No nos quejamos. El Socio consiguió un holandés. Tiene los bolsillos como un pozo sin fondo, dije. Se comenta que tenés una conexión bosnia para aquellos turcos de seda, dijo Arsenije y sus ojos brillaron como después de la quinta copa de aguardiente.  Qué sé yo, a mí me da igual todo esto, dije y tomé un sorbito del viñak… Pero al holandés no le da lo mismo, ja, ja!, concluyó Arsenije y su risa me sonó igual que hace años cuando les ganamos un partido de básquet a los de otro lado del río.

Echamos una mirada cada uno a su reloj. Al mismo tiempo. Nos reímos también al mismo  tiempo. Dos minutos para la campana. ¿Querés unas rayitas, eh? me preguntó y metió la mano en la mochila. Un poquito. Bueno, por  que no me das unas cuantas “juveniles”, dije. Me dio los paquetitos y me los metí en el bolsillo. Él agarró la plata. Sonó la campana.

 

Estaba en la puerta cuando le dije: Cuando veas a aquel chiquilín mío, el  del jogging amarillo, dejalo pasar. Decile  que lo estoy esperando acá. Y no dejes que los demás le peguen, de acuerdo? Asintió con la cabeza y cruzó corriendo la calle. Los chicos empezaron a salir de la Escuela  Elemental “La Gloria Serbia”. Vi que el Gordo miraba con preocupación como Arsenije se le iba acercando. Después en su cara se dibujó una sonrisa de niño, cuando Arsenije le habló y sin ni un solo cachetazo lo dejo pasar. Mientras él corría hacia mí como un pollo gigante que los  autos no lograban atropellar, automáticamente miré de nuevo el reloj. El Gordo entró con su sonrisa en el bar y se dirigió hacia lugar donde estaba yo. Un chico despierto. Lo agarré de la mano. Íbamos a casa. Calculé rápido: si vamos caminando, necesitaremos una media hora. Podemos pararnos a tomar un helado y un pedacito de torta de chocolate con almendras. Yo voy a tomar una horchata de trigo mientras todavía haya en  las confiterías, para guardar el sabor. Y después vamos a casa para preguntarle de una vez por todas a la madre del Gordo, hermanita mía, ¿si total igual andás con basura, por qué no se la chupaste y listo?

 

(fin) 

Branko Andjic (1952). Escritor y periodista serbio, ganador de distintos premios nacionales de literatura. Desde hace más de 25 años vive en Buenos Aires. Bohemio y autor de varios libros (“Veliko spremanje”, “Teški metal”, “Veličina sveta”…). También era colaborador de la revista “Caras y carretas”.

Lineth Paz

Moody´s mood for love

Por Agustín Paniagua                                               Fotografía: Lineth Paz @coleslawhat

 

I´m in the mood for love, simply because you´re near me…
Is it any wonder I´m in the mood for love?
Julie London

“Eso me pasa por creer en el amor…”, pensó Lautaro mientras abría la taparrosca del refresco de naranja con su boca desdentada. Tiró la botella con un golpe de la cara y procedió a lamer con fruición el líquido que se derramó por el suelo sucio de chicles y colillas de cigarro. La mugre de la banqueta le infectaba las cicatrices de los muñones, pero estaba tan acostumbrado a los abscesos de pus que ni se inmutó. Siguió sentado en su guarida bajo el castaño del parque municipal, salpicado por la lluvia, contemplando al horizonte de sus malas decisiones.

Ya no recordaba muy bien cómo era que había terminado convertido en un despojo. Eso le conflictuaba, porque se preciaba de saber siempre el origen de sus penas. Movió el hombro para acomodar la colcha vieja que tapaba su desnudez glacial y se dispuso a hacer memoria con tal de evitar un ataque de lágrimas.

La cosa empezó con una provocación.  Un día, en la peda, una amiga de Lautaro le dijo que él no sabía nada del amor. Que nunca había tenido una relación verdadera más allá de los típicos arrebatos de la calentura. Que no sabía lo que era el enamoramiento de la rutina ni conocía la pasión de lo cotidiano.

Vaya mamada —se dijo Lautaro en silencio. En ese entonces, tenía mil pretextos para ignorar la puya: era un ocupado ejecutivo de una empresa especializada en venderle seguros familiares a viudos y divorciados. Semejante incongruencia requería tanta pericia —y le ocupaba tanta vida— que apenas quedaba tiempo para un par de dizque romances apresurados con desconocidas impersonales, iguales a él.

Todo cambió al cabo de tres meses. De repente, Lautaro se encontró a sí mismo desempleado y en la calle, vilipendiado por un eturbio escándalo de acoso sexual a una colega de la oficina, sin más patrimonio que los escombros de su casa destrozada por un terremoto en la San Pedro de los Pinos. La ruina le regaló las horas que estaba necesitando para procesar excusas, y él aprovechó para auscultar su conciencia.

Resultó que su amiga (la manchada) tenía razón: Lautaro no sabía qué era el amor. Lo confundía con unos buenos besos, o con la saciedad del sexo. Cada que cedía al tropel de la pasión dejaba una parte de sí mismo en el camino. Su primera novia le arrebató la fe en la humanidad cuando lo abandonó por un narco millonario que le puso casa en Barcelona; la segunda se llevó su autoestima a punta de reproches surrealistas; la tercera le hizo perder el respeto y la dignidad, obligándolo a arrastrarse entre el lodo para mendigarle caricias por la noche. Y así sucesivamente.

—¿No te duele ser tan pendejote? —le espetó su amiga, la sincera, cuando Lautaro resumió sus penas entre tragos de cerveza y vino.   

En el fondo, el dolor le gustaba. Sabía que su inocencia era su perdición, pero no podía evitar sentirse atraído al fracaso. Era como una mosca que desfila embriagada hacia la condena de su particular foco fluorescente.  

Pero Lautaro era un necio y un ardido. En lugar de hacer lo racional e imponerse límites sensatos, decidió llevar todo al extremo para (según él) enseñarle una lección a su amiga —la criticona—. Había leído una historia sobre un tipo que aceptó regalarle su cuerpo a una enamorada para que lo amputara a voluntad y le arrancara la vida a besos, y no se le ocurrió nada mejor que hacer lo mismo, pero con todas las mujeres que pudiera. Lautaro tenía mucho amor para repartir, entero o en cachitos.

Comenzó cambiando besos por pedacitos de sus uñas. Si eran de lengüita, agregaba un trozo de dedo y unos pocos pelos con cuero cabelludo. Al cabo de dos meses, ya nada más le quedaban los pulgares, pero había ligado más que universitaria en fiesta de ingenieros, porque la ciudad estaba llena de enfermas como él. Daba igual. Seguía sin conocer el amor verdadero.

Lautaro decidió pasar al siguiente nivel. Publicó un anuncio clasificado en los periódicos, que, palabras más palabras menos, decía algo así como: ni modelo, ni edecán, ni extranjero. Para qué te prometo algo que después no va a llegar y te haga gritar: “¡Fue horrible! ¡Fue horrible!” Soy un hombre buena onda, de aceptable ver, en busca de una mamacita que se lo coma (literal). Si no te gusta mi panza, despedázala a tijeretazos; si me ves muy arrugadas las nalgas, plánchalas con hierro hirviendo; mis cicatrices huelen a jabón de lavanda y mi entrepierna a rosa venus: si quieres puedes arrancarle unos pétalos. No cobro con dinero sino con amor. Satisfacción garantizada, quedarás como limón de jicamero. Mojigatas absténganse.

Ahí fue donde la cosa se salió de control. Alguien subió una foto de su anuncio al Facebook, la imagen se viralizó, y luego luego se convirtió en la estrella más brillante del bajo mundo parafílico en la Ciudad. Lo entrevistaron para el Metro, Revista Pasillo, negoció el contrato para un especial de Netflix y hasta le hicieron crónicas en Vice y Chilango. Pero seguía sin saber lo que era el amor. Como los clasificados se le estaban quedando cortos, decidió organizar su propio show de cabaret.

Lo bautizó “Amor de quita y pon”. La primera función fue en el teatro La Capilla, pero después de la segunda espantó a las cabareteras y le cancelaron el contrato, así que debió buscar otros foros donde deschongarse. Subía al escenario y se dejaba cercenar los dedos de los pies a cambio de lengüetazos, o se arrastraba entre las mesas del público, cantando y cambiando azotes o pedazos de pellejo por poemas rosas. Al final ponía la cara sobre un atril y sonreía mientras alguna mujer elegida al azar le arrancaba varios dientes con unas pinzas, al tiempo que le prometía la luna y las estrellas. Casi se sentía querido. Pero seguía sin encontrar el amor.

Lautaro se hundió hasta las narices en el fangal de su celebridad. Se consiguió una novia frívola y fresa, que solamente lo quería cuando le compraba un auto nuevo, pero eso sí, estaba buenísima. La magnitud de sus escándalos era inversamente proporcional a la cantidad de miembros útiles que le quedaban en el cuerpo. Le sacaron veinte periodicazos por su comportamiento violento en eventos sociales y lo vetaron del estadio de sus queridos Pumas por exhibicionista. Poco a poco se le fueron terminando los contratos, las ofertas de cabaret y las entrevistas. Una bailarina exótica lo demandó por grabarla teniendo sexo con él en un motel, y la indemnización millonaria que el juez le obligó a pagar lo dejó en la ruina otra vez. Su enamorada edecán lo abandonó a los cinco minutos de que dictaran sentencia. Para colmo, los médicos le detectaron un síndrome extraño que le provocaba una diarrea volcánica y lo llenaba de tumores. Pero entonces, justo cuando pensó que ahora sí la había cagado, conoció el amor verdadero.

Se llamaba Silvia y era enfermera. La conoció en un consultorio clandestino de la Agrícola Pantitlán, cuando decidió vender su cuerpo como conejillo de indias para probar tratamientos experimentales a cambio de mil pesos semanales, que se gastaba en tortas de queso de puerco y mona de guayaba. Poco a poco, las pláticas obligadas de la sala de espera se convirtieron en charlas profundas, y la frialdad del análisis pseudo científico en complicidad. Él disfrutaba la ternura de sus arrullos mientras le lavaba las heridas pustulientas con un trapo húmedo, y ella, que tenía por costumbre recoger pájaros desvalidos y ratas enfermas de la calle para curarlas en su casa, se alegró de atender a una alimaña que, al menos, respondiera de vez en cuando a los monólogos de su soledad.

Silvia se llevó a Lautaro a vivir con ella. Lo alimentó, lo apapachó, le curó los vicios, soportó los berrinches de su síndrome de abstinencia y acabó domándolo. Con ella, aprendió que el amor verdadero se parecía mucho a un pacto honrado de comprensión con la rutina y la familiaridad. Después de tres meses a su lado, decidió retirarse del cabaret.

Pero las rehabilitaciones no son de verdad cuando son de mentira, y al cabo de un rato el aburrimiento llevó a Lautaro de vuelta al camino de la amputación fetichista. Una noche, Silvia lo fue a encontrar medio inconsciente en un tugurio tenebroso de la Doctores, encaramado encima de una dominatriz que le estaba perforando los pezones con engrapadoras industriales. Ella salió del cuarto llorando y él pensó en seguirla para pedirle una segunda oportunidad, pero supo que no tenía caso: era un pendejo incurable.

Desde entonces, Lautaro pasaba sus días en la indigencia. Vagaba todo el día mendigando felaciones y torturas y regresaba al parque por las noches para dormir su desventura, deseando secretamente que algún policía sádico le hiciera el favor de meterle una macana por cualquier agujero. Cada dos o tres semanas, sufría un ataque de remordimiento y juraba que iba a terminar con el mal hábito, pero sus buenas intenciones se iban al traste con el sereno del amanecer.  

En esas estaba, sentado bajo el castaño, a tres lágrimas de salir corriendo a rogar el perdón de Silvia o pegarse dos tiros para terminar con el suplicio de estar vivo, cuando una voz grave y coqueta lo sacó del ensueño. Era una señorona travesti, con tacones de aguja de 40 centímetros y un vestido de nervios que transparentaba sus protuberancias operadas. Cuando lo vio, soltó un chillido de emoción y le dijo:

— ¿Por qué tan solito, mi amor? ¿No eres ese del show de los amputados? ¡Tómate una foto conmigo, culero!

— El mismo que conociste en Facebook Live, hija. Pero ya no le hago a esa madre. Eso se termina ahorita mismo. Desde hoy, la única tortura que acepto es la del amor verdadero.

— Uy sí, uy sí… No te hagas pendejo, chiquitín. Una vez puta, siempre puta. Mejor déjate de cosas y acompáñame al paradero del metro. Si te portas bien, te arranco unas costras.

Lautaro aceptó, llorando de alegría y frustración, resignado a sucumbir ante su destino de esperpento. Dejó que la vestida se alejara cinco pasos antes de salir arrastrándose tras ella, derramando el resto de su refresco de naranja por la emoción del dolor inminente. “Eso me pasa por creer en el amor”, pensó.

 

Sobre el autor:

Veracruz (1989). Periodista con experiencia en prensa escrita, radio y medios electrónicos. Pininos en Reforma, trabajó en Noticias MVS y Noticieros Televisa Digital. Trabaja en MCCI. Obsesionado con los libros y los paseos en bicicleta.

A la llegada de los monstruos

Por: Adrián Ávila

La descarga quebró el silencio del valle. Los animales huyeron de entre las matas de jaras esparciendo a las mariposas por el aire. Una liebre cayó muerta.

A lo lejos, un par de muchachos a gatas miraban la escena.

–Pascual, ¿Le diste? –preguntó el chico alto. Se había quitado la gorra para abanicarse.

Pascual asintió. Sostenía un rifle entre sus manos, era chaparro y llevaba un sombrero de paja raída. Por unos segundos escudriñó las matas de jaras y se levantó. El muchacho alto lo imitó y corrió hacia el cuerpo de la liebre.

–Le diste entre los ojos –gritó el alto.

–¡Chinga!

–¿Qué?

–Así no me sirve la pinche cabeza.

–Lo demás está bien –dijo levantando al animal de las patas. De sus orejas se derramaban gotitas de sangre que se ennegrecían al mezclarse con la tierra.

–Amárrala. Vámonos ya.

–Espera.

–¿Qué?

–Estaba preñada. Mírale las tetas.

–¿Y eso qué?

–Sus crías…

–Solitas se van a morir.

Bajaron por la pendiente tomando el camino que los llevaba a casa.

De una loma de tierra sobresalía un cardón alto y espeso. Su tronco medía dos metros de altura y sus ramas se abrían alzando cientos de brazos espinosos y floridos. No había hora del día en que no hiciera sombra. Los lugareños lo llamaban Quinametzin. Resaltaba desde lejos, intimidaba de cerca. La tierra roja lo hacía más verde y el cielo azul más humilde. Los muchachos lo miraron al paso.

–Podríamos criarlos.

–Sale más caro.

–Pero a poco…

–Cállate –dijo Pascual en voz baja deteniendo de forma abrupta su paso. Puso su dedo índice sobre sus labios y miró directo a los ojos de su amigo. Giró la cabeza hacia el cardón señalando con la mirada. En la punta de un brazo, acurrucado sobre sus espinas, un gato montés relamía sus patas delanteras. Era pardo y moteado, dos barbas triangulares colgaban de su cabeza y tenía los ojos verdes como el jade.

–¡Ta’ grande!–bisbiseó su amigo.

–¿Tienes balas?

–¿Lo vas a matar?

–Sí

–¿Pa’ qué?

–Lo quiero.

–¿Y si no le das?

–No seas pendejo, desde aquí me lo chingo. ¡Dame una bala!

–Tú todavía tienes una.

–Pero no va alcanzar.

–Yo no lo quiero matar.

–Si serás cabrón –musitó Pascual alargando las vocales–. Orita vas a ver.

Sin perder de vista a su presa, sacó de su bolsa un pedazo de periódico que desenvolvió con cuidado. Bajo las capas de papel, una bala refulgió. Descolgó tres liebres muertas de su hombro colocándolas sobre la tierra. Tomó su rifle e introdujo la bala en la boca de carga. “Vas a ver”, murmuró apuntando hacia el felino que permanecía apacible sobre el cardón.

A lo lejos se escuchaba el repique de las campanas. Pascual separó sus piernas, recargó la cantonera contra su hombro, puso sus brazos tensos e inclinó su cuerpo hacia atrás. Con la mira cortó por la mitad el cuerpo del gato. Quitó el seguro del arma.

–No, Pascual –masculló el alto.

Pascual no hizo caso. Parecía un soldadito de plomo. Nada en él se movía. Retuvo la respiración, acarició el gatillo, se mordió los labios y disparó.

El gato rugió mientras caía entre los brazos del cardón. Las espinas rasguñaban su piel y él desgarraba la corteza con sus garras. Poco a poco se quedó atrapado entre los brazos. Se revolvía por los espasmos de dolor, pero no estaba muerto.

Pascual arrebató la bolsa a su compañero.

–¿Dónde está la bala?

–No, Pascual, no. Mi papá se va a encabronar.

–Se va a escapar.

El muchacho alto se abalanzó contra Pascual apresándolo por la espalda. Pascual forcejeó soltando cabezazos hacia atrás; dando pisotones y encajando sus uñas. Fatigado, optó por tomar de los genitales a su enemigo. Los apretó con fuerza doblegando la voluntad y exprimiendo el llanto. Ya zafado, Pascual le pateó la cara, sacó una navaja de su pantalón y le apuntó con ella en forma de amenaza.

–Llévate una de mis liebres –le espetó lanzándole la navaja entre las piernas–. Y no me estés chingando.

El muchacho alto temblaba de miedo y dolor.

Pascual tomó la bolsa y en un estuche de cuero encontró una bala. Cargó su rifle y corrió hacia el cardón. Se puso a mirar entre sus brazos a contraluz, movía la cabeza de derecha a izquierda sin cerrar los ojos, pero no encontró nada. Pateó con fuerza el tronco para después quedarse quieto acercando el oído.

–¡S… se, se, es, ca, pó? –preguntó el alto acercándose a tientas. Tenía el rostro hinchado y limpiaba las lágrimas con su playera.

–O ya se me murió. Vigila aquí.

Pascual le dio vuelta al tronco y desde allí se asomó con cuidado de no caer por la pendiente. Abajo, entre los matorrales se dibujaba un camino con gotas de sangre que se perdía entre las rocas.

–Ya lo encontré –gritó Pascual.

–¿Voy?

–¡Espera!, no mames, ¡espera!.

–¿Qué pasa?

Pascual regresó al cardón y se agachó jalando de la playera al muchacho alto para que hiciera lo mismo.

Señaló hacia el este con la punta de su rifle.

Una camioneta cuatro por cuatro cruzaba por el horizonte. Levantaba espesas nubes de polvo. De su interior salía el sonido estruendoso de música de banda que hacía temblar los vidrios polarizados. Iba rápido, por el camino de tierra que pasaba junto a la loma donde se alzaba el cardón.

Los muchachos intercambiaron miradas de perplejidad.

La camioneta pasó delante de la loma y se detuvo de forma abrupta rechinando como un monstruo lastimado. La música se interrumpió. Incapaces de observar, los muchachos se acercaron, a gatas, a la orilla de la loma. El gato montés yacía frente a la camioneta. Se arrastraba con dificultad y su barriga pulsaba de forma acelerada.

Del lado del copiloto se apeó un hombre de mediana estatura. Sus botas levantaron el polvo y acomodó su sombrero de ala con ambas manos. Vestía todo de negro. Llevaba ornamentos de oro, anillos, cadenas y la prótesis de un colmillo superior que se relamía por reflejo.

–¿Ese es…? –preguntó el más alto en voz baja.

–Raúl Biani Bronco…

–No fue el que…

–Sí…

Pascual tomó su rifle y apuntó a Raúl Biani Bronco.

–¿Qué vas a hacer, cabrón? –preguntó el más alto en voz baja.

Pascual no respondió.

–Nos van a matar, Pascual.

Pascual quitó el seguro.

–A ese cabrón no lo matan las balas. Pascual, escúchame.

Pascual respondió:

–Vamos a ver.

Raúl Biani Bronco se acuclilló frente al gato y lo examinó con detenimiento. El animal respiraba con fatiga. El hombre lo tomó del pescuezo y sacó de su cinturón una navaja con la que perforó la herida sacando la bala de un tirón. El gato se retorció maullando de dolor desgarrando la chamarra pesada de Raúl Biani Bronco. De la herida salieron borbotones de sangre negra.

Desde lo alto, los muchachos observaban la escena. Pascual mantenía la mira fija en la cabeza de Raúl Biani Bronco. Parpadeaba poco y si lo hacía era para drenar las gotas de sudor que se le acumulaban sobre los párpados. Estaba tieso como piedra.

Raúl Biani Bronco sacó un pañuelo de su bolsa trasera. Vendó al gato con delicadeza, pero apretó un poco para obstruir la hemorragia. El animal se retorció respirando con debilidad. Raúl Biani Bronco lo acarició suavemente. El gato le olisqueó la mano y comenzó a lamerla con sus pocas fuerzas.

Pascual acariciaba el gatillo.

El viento sopló agudo.

 

 

Sobre el autor:

Ciudad de México (1989). Periodista, investigador en literatura y videojuegos.