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“No puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha” : Mauro Piterman

Por: Marvel Aguilera

En su último libro, el músico y autor traza una línea de vida como simpatizante del club de Villa Crespo en un relato sincero y tragicómico. Una novela sobre la pasión futbolera atascada entre la exuberancia del fanatismo y las miserias de un ambiente vapuleado por el negocio.

 

“¡Qué taller ni qué trabajo! ¿Y los colores? ¿Y el club?  ¿Para qué trabaja uno si no es para ir el domingo a romperse los pulmones a la tribuna hinchando por un ideal?”, decía El Ñato, el personaje de Santos Discépolo en El Hincha, la icónica película de Manuel Romero que caricaturizaba al espectador de principios de los años cincuenta. En más de medio siglo el negocio del fútbol se profundizó. El mercado apremia y los jugadores pierden el sentido de pertenencia a sus colores. Parten. Son eternas transferencias, nomenclaturas vitamínicas denominadas “refuerzos”. El hincha sobrevive, a rastras, entre medio de las mafías acolchonadas y la precarización visual de un espectáculo disminuído: un arte transformado en una suma de voluntades compitiendo por no perder, por el zafe. El romanticismo aún tiene refugios: en el ascenso, en clubes cercanos al barrio, en el laburante que sale antes del trabajo para subirse a la popular y gritar hasta quedar afónico.

En La novela de Atlanta (El Bien del Sauce) Mauro Piterman relata sus años como hincha del “Bohemio”, donde las anécdotas de vida se entrelazan con el relato literario. El paso del tiempo en Villa Crespo se mide por las alegrías y tristezas desde la tribuna del Kolbowski, allí donde el tiempo se detiene por noventa minutos, a la espera de una hazaña épica o de una carambola, todo sirve en el barro del ascenso. Piterman hace del drama una comicidad, de cada narración una pieza de un cuadro del hincha de la vieja escuela, el que lleva los colores impregnados, que llora y sufre cada domingo hasta desangrarse pero que nunca deja de alentar.

Lacan decía que no hay forma de no vivir sujetos a los movimientos de nuestros deseos. En su novela, Piterman quiere dejar de ser hincha de Atlanta pero no puede, el sentimiento lo empuja, retorna una y otra vez, como un karma. Ser hincha de Atlanta parece ser hincha de una broma fallida, de una decepción hecha club, de lo que pudo ser pero quedó en promesa. ¿El fútbol refleja la vida o la vida refleja el fútbol? El conocido huevo o la gallina. Piterman declama en uno de los textos: “Muchachos, ustedes no saben lo que es sufrir, pero sufrir en serio…”. El hincha sufre, palpita. Pone en juego su estado cada domingo. Sueña y muere en cuestión de minutos, en cuestión de goles.

La devoción por el club habla de la historia personal del hincha, decía Nick Hornby en Fiebre en las gradas. Piterman habla de su historia, del pibe elegido para la ceremonia del mundial argentino en plena época de la dictadura, del que grita en medio de una tribuna riverplatense repleta el gol de Atlanta ante la mirada atónita de su viejo, del que lleva emocionado a su bebé de nueves meses para inaugurar un legado que quedará trunco. La Novela de Atlanta es un diario de supervivencia futbolero, una crónica del sentimiento inexplicable que atraviesa al hincha argentino. Con una escritura descontracturada, irónica pero sentida, Piterman desborda en guiños existenciales y abre la puerta a un mundo magnético, donde el resultado futbolístico termina siendo una mera estadística.   

 

A primera vista uno podría pensar que se trata de una novela sobre la historia del club pero es más que nada un relato sobre la historia de una fanatismo personal a lo largo de la vida. ¿Cuánto tiene que ver ese narrador con vos?

La novela parte de relatos que tienen que ver con mi propia experiencia personal como hincha, pero que también tienen que ver con una necesidad que me sigue disparando Atlanta que es que ante cada contratiempo o sufrimiento, que se van replicando inevitablemente, poder escribir algo que me permita procesarlo. Pasé por todos los estados como hincha, y sigo siendo bastante fanático, pero ahora con una distancia un poco mayor. Igualmente, hacerlo desde el humor es una manera de atravesar algo que por momentos resulta bastante dramático aunque suene en el fondo como una idiotez. De ahí nace todo. Los relatos son experiencias aunque también hay sueños, como el de la “tribuna flotante”. Algunas cosas son inventadas y muchas reales están ficcionalizadas.

¿Qué crees que es lo que caracteriza al hincha de Atlanta para que el relato termine siendo tan particular?

La característica termina siendo cierta pasión por el sufrimiento o, en realidad, una adicción a él. Cuando uno habla con hinchas de otros equipos todos dicen lo mismo. El hincha de Racing piensa igual. Puede ser difícil que el hincha del Barcelona diga algo así, pero en algún punto todos terminan sufriendo. El fútbol es la renovación del éxito, y el éxito dura poco. En el caso de Atlanta el éxito dura casi nada y el hincha tiene la peculiaridad de ser – sobre todo un tipo grande como yo de 55 años – nacido en un equipo de primera, es más, Atlanta figura en el puesto diecinueve de los equipos que más jugaron en primera, hasta el año ´79 en que bajó. Sólo logró subir una vez, en el ´84, pero bajó a los seis meses. Y ahora está en la tercera categoría, como si estuviera profundamente instalado. Entonces, el sino del hincha de Atlanta es la añoranza permanente a la primera división, a ese lugar de pertenencia del que sin embargo ha sido desalojado hace rato. Es como una familia de clase media que ahora vive abajo de un puente.

Si bien se plantea la cuestión del fanatismo, hay un ingrediente existencial en el personaje, en la necesidad de preguntarse por su identidad fuera de los colores futbolísticos y en cómo eso afecta al resto de su vida.

Hay algo existencial, creo que es la segunda capa. Detrás de lo humorístico que está en las anécdotas, hay una búsqueda de sentido o de sinsentido, de vivir forjando una identidad que tiene que ver con cierta complacencia con la derrota casi permanente. Si bien hay momentos de alegría, al menos desde mi lugar, no me explico demasiado esa afición por seguir sufriendo. Es así. Le pasa a mucha gente. No sé cuánto tiene que ver la identificación de Atlanta con el pueblo judío. Hoy la mayoría de los hinchas no son judíos, sin embargo pareciera que quedó el estigma del sufrir. De hecho, este año se van a cumplir cuarenta del descenso – o la expulsión del paraíso – de la primera división. Yo hago un paralelismo con la tierra prometida, son los cuarenta años en el desierto del pueblo hebreo con Moises a la cabeza. En realidad hago toda una construcción artística y filosófica de Atlanta. Tal vez en la realidad sea mucho más aburrido de lo que yo lo veo, pero es mi manera de transitarlo, de ser hincha. El sentido inspirador. Para mí Atlanta es muy inspirador, porque son increíbles los momentos aciagos a los que te conduce. Además, me linkea con lo peor de la existencia: la amargura, la muerte; hay algo que tiene que ver con todo eso. En algún punto la resignación tiene que ver con no poder cambiar de equipo. Intenté de mil maneras poner una distancia – de hecho hay cuatro capítulos para “Cómo dejar de ser de Atlanta” – porque la pulsión por sacárselo de la cabeza es grande. Lo que reconozco que aprendí – lo hablaba con un periodista fanático de Chacarita – es a reducir el sufrimiento al mínimo. En el partido es mala sangre pero en cuanto termina hay un mecanismo de olvido instantáneo, cosa que antes no me pasaba.

Hay un retorno siempre a  la incapacidad de ser feliz en el hincha que guía todo el relato.

Sí, la sensación de que la felicidad está al alcance de la mano y que se te va a escapar en cualquier momento es algo cotidiano. Yo digo que es como si los hinchas de Atlanta acabáramos siempre afuera.

Se nota un foco en la cuestión de la desdramatización de todo lo que rodea al ambiente del fútbol, ¿crees que esa carencia es el gran problema que aqueja a los hinchas y al mundo fútbol en general?

Mirá, respecto a esto de la desdramatización me vinculé con más hinchas y parte de la dirigencia de Atlanta, cuestión que nunca había hecho. Nunca pertenecí a la institución formalmente. Es todo bastante aburrido, hay muy poco sentido del humor. El libro está siendo bien recibido, la gente lo compra e incluso se vende en el club. Pero noto que me cuido de algunas cosas que merecerían que uno las gaste más. De hecho saqué o me autocensuré un cuento. Atlanta quebró en el año ´91 y estuvo al borde de la desaparición. Yo había escrito un cuento que se llamaba “shopping” que para mí era uno de los mejores. Y lo terminé sacando del libro porque sonaba un poco agresivo. Era una puteada a los próceres que habían salvado al club de la quiebra. Me preguntaba cuántas cosas más podía haber hecho yo en lugar de perder tanto tiempo con Atlanta, que es una pasión inútil. Hubo un momento en que me di cuenta que me iban a cagar a trompadas si lo publicaba, pero eso no está bueno. Si bien el libro va en ese borde y entiendo que a algunos les pueda llegar a molestar, no es un relato sobre un hincha prototípico que está contento con su fanatismo sino que hay una pelea permanente por salir de esa situación, porque en el fondo es una profunda pelotudez. Yo entiendo que la pasión y la emoción – he hablado y hasta discutido con hinchas -que hay detrás. Es el lado rescatable del fútbol. Pero es una profunda pelotudez el fútbol en sí mismo, más cuando uno ve como está manejado hoy en día, desde lo comercial y mediático: Fox, ESPN; son una máquina de hablar idioteces y de poner una importancia al fútbol que – aún siendo hincha – no la tiene de ninguna manera. Es decir, para mí el fútbol es algo más, y ocupa una buena parte de mi cabeza y de mi corazón pero no dejo de verlo así. Soy músico, escribo sobre otras cosas. Toco, compongo, leo, miro cine. Atlanta me divierte y no voy a erradicarlo, porque aparte creo que tiene que ver con mi identidad. Pero no puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha en general. El hecho de que el fútbol haya pasado a tener la importancia que tiene, ni siquiera el fútbol sino el fenómeno alrededor de él en la sociedad, habla de una sociedad idiota, y no particularmente la nuestra. En la nuestra uno ve los niveles de violencia o esta condición de que no puedan ir los visitantes y se da cuenta de que esa idiotez llegó a un nivel estratosférico. Porque en Inglaterra o en España ves que se comparte una tribuna. Y eso no significa que no haya idiotez, pero está acotada. Acá realmente se fomenta esa idiotez, porque estamos hablando de un equipo de fútbol. Así como yo me identifico con el azul y amarillo, otro lo hace con el rojo y blanco, y cada uno se identifica con lo que sea. Lo que tiene el libro es que está hecho por un outsider del fútbol. Yo no me siento parte del sistema. En todo caso me siento una víctima. Y mi mirada es de afuera, pero a veces choco con la mirada del club – de ahí el enojo de muchos – porque es una mirada de un tipo que si bien vive con pasión no deja de tener una crítica. Me muestro bañándome y pensando en cómo va a salir Atlanta pero a su vez diciendo “qué patético es este tipo”.

Supongo que Atlanta al ser un club de barrio todavía guarda algo de cercanía con su gente a diferencia de los clubes grandes de Buenos Aires.

Sí, Atlanta todavía es un club de barrio. Cuando entrás te das cuenta de que la gente hasta se acerca a hablar con el técnico. Es bastante familiar y eso se conserva. Es una escala bien de la época de la clase media de los sesenta y setenta que luego fue desapareciendo de a poco. Eso lo quita en algo de los grandes negociados y de esto de darle una dimensión que sobrepasa lo futbolístico.   

Salvando las distancias, pareciera que en esa vinculación con la colectividad judía hay tambien una asimilación del sufrimiento como forma de vida ¿no?

La vinculación de Atlanta con los judíos tiene que ver con el barrio pero sobre todo se acrecentó cuando la presidencia del club la tuvo León Kolbowski, desde ahí le quedó el mote de “club de los judíos”. Cuando yo era chico había muchos cantos antisemitas, ahora está prohibido, se suspende el partido. Hay un cuento que se llama “Todos los hombres son buenos” que hace referencia a esos cantos de los años sesenta. Era algo común escuchar ese tipo de bestialidades discriminatorias. La realidad es que hoy Atlanta está lleno de gente que no es de la colectividad, creo que son más los que no lo son. Pero algo de esa identificación quedó y es lo que incide en esta trama perdedora o trágica de Atlanta. En el caso del club en una escala grotesca. Si bien no se puede comparar, se replica un poco eso. Sin ir más lejos, este domingo estuve en la cancha en un partido clave que no se podía perder y se perdió. Cada vez que pasa eso te sentís en un loop, es como la película El día de la marmota de Bill Murray. Cada año se repite, como si estuviera el guión escrito de forma shakespiriana. Cuando tiene que ganar, pierde. Siempre está esto de estar al borde de ser feliz pero algo te lo impide. Está un poco en la trama histórica del pueblo judío, el no poder vivir tranquilo, no saber disfrutar o ser feliz. Yo me pregunto en una parte del libro, en el cuento donde el protagonista se entera del resultado en un parador, ¿podrá ser feliz un hincha de Atlanta alguna vez?

¿Y cuál es el estímulo para seguir a pesar de ese sufrimiento?

Es bastante común en cualquier hincha decir que no se puede cambiar de equipo, que se puede cambiar de trabajo o de pareja pero no de club. Puede que sea cierto. No lo entiendo. Hay algo arraigado que excede a Atlanta. Yo lo llamo “amor idiota”. Es una identificación con los colores, con la cancha, con que todo tu imaginario infantil (y no tanto) esté puesto ahí. En mi caso tiene que ver con la relación con mi viejo. Y creo que hay una necesidad de pertenencia: cuando uno abraza una pertenencia en un mundo de incertidumbres. La vida es un espacio en blanco en el que nadie te tira un centro sobre qué hacer. Uno lo construye. Y ahí entiendo el fanatismo y la identificación del hincha. Son las pequeñas certezas que a veces nos ayudan a sobrevivir.  

 

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La hermandad sin fin de Infrarrealistas y Hora Zero

Por: Augusto Magana

En un pequeño y ruidoso bar del centro histórico de Barcelona (Catalunya) es donde se fragua uno de los trabajos editoriales más colosales para la recuperación de dos de las últimas vanguardias latinoamericanas: el Infrarrealismo mexicano y el movimiento Hora Zero de Perú. Ahí, frente a una mesa de mármol llena de tazas de café, Ana María Chagra (integrante de Hora Zero) y Bruno Montané Krebs (miembro fundador del Infrarrealismo) explican con entusiasmo el origen y la esencia de Ediciones Sin Fin, un proyecto sin ánimo de lucro, pero con el objetivo claro de volver a poner en las librerías a algunos de los escritores y escritoras más “salvajes” del continente americano.

Sus intereses van más allá de solo los infras y horazerianos, pero fue la hermandad de estos la que los empujó a empezar a hacer libros. Desde su creación en 2012 han publicado a voces tan rompedoras en la poesía latinoamericana como Osvaldo Lamborghini, Jorge Pimentel, Carmen Ollé, Cuauhtémoc Méndez, Jorge Teillier, Néstor Sánchez o el recientemente fallecido Tulio Mora.

Pero todo comenzó con un Sueño Sin Fin, el de Mario Santiago Papasquiaro, cofundador del Infrarrealismo y el escritor de carne y hueso detrás del ya mítico Ulises Lima, protagonista de Los detectives salvajes de su compadre de aventuras, Roberto Bolaño. Fruto de aquel viaje europeo que Santiago Papasquiaro realizó en 1977, quedaron desperdigados sus versos en las orillas y espacios en blanco de los libros que Montané y Bolaño (que en aquel entonces ya vivían en Barcelona) le dejaban para que se entretuviera. Esos gérmenes de poema fueron luego rescatados por los dos autores incidentales y convertidos en un manuscrito que más tarde enviarían hasta México D.F. para que fueran reinyectados de la fuerza vital y poética de Mario Santiago.

Pero no fue hasta más de 30 años después que vieron la luz, cuando Montané recibió, entre un montón de otros papeles, el manuscrito revisado y corregido por su autor. Y así fue como nació Sueño Sin Fin y también, casi sin quererlo, el proyecto literario de Chagra y Montané. Desde entonces, la editorial no ha dejado de crecer y superarse, aunque de forma muy orgánica y casi impensable. Continuando con la hermandad sin fin que siempre ha unido a infras y horazerianos.

 

¿Cómo se empieza una editorial de escritores latinoamericanos en Barcelona?

Ana María Chagra: Empezó con amigos porque, evidentemente, solos no podíamos afrontar el gasto de la imprenta. Pedimos el presupuesto a una imprenta, pusimos un poco de dinero cada uno y empezamos con la aventura.

Bruno Montané: No nos complicamos. En ese momento estábamos tan asombrados de realmente poder hacerlo que, a su vez, no veíamos una proyección a futuro.

¿La idea era publicar solo Sueño Sin Fin, de Mario Santiago?

B.M. Claro, prácticamente un homenaje.

A.M.C. No teníamos ni una programación, ni un catálogo posible. Nada. Empezamos con este libro. La presentación fue muy entrañable. Vino mucha gente, muchos amigos. Fue una cosa muy conmovedora.

Muy personal

B.M. Hacemos libros para que la gente se junte (risas). Podemos decir que de a poquito, nos hemos hecho con una comunidad de lectores y gente curiosa muy fiel.

¿Cómo fue todo el trabajo para editar este libro del personaje quizá más emblemático del Infrarrealismo junto a Bolaño?

B.M. El montaje lo hicimos entre Bolaño y yo. Se lo enviamos a Mario y luego, años después, recibí de vuelta ese material junto con quinientas páginas de Mario Santiago, de cuando estábamos preparando la antología que luego fue Jeta de Santo (FCE, 2008) con Juan Villoro y Rebeca López, la compañera de Mario Santiago, y Mario Raúl Guzmán.

A.M.C. Después, también tuvimos la suerte del cariño de los hijos de Mario. Nosotros les comentamos que teníamos intención de hacer esto y nos dieron su apoyo total. Porque evidentemente los derechos los tienen los hijos.

B.M. Paradójicamente, viene a ser el único texto colectivo de los infrarrealistas, de algún modo. Aunque la labor de Roberto y mía fue un trabajo de montaje, digamos. Trabajo de escritorio.

¿Un trabajo que Mario no hacía?

A.M.C. No, pero él intervino después. Ese texto que ellos mecanografían, Mario lo interviene, lo corrige, le añade cosas.

B.M. Por eso nos interesa publicar el poema. En el libro mostramos cómo él interviene en los márgenes de los libros y luego cómo interviene en el texto que recuperamos Roberto y yo. Bueno… yo era el mecanógrafo.

¿Y Bolaño qué hacía? ¿Daba órdenes?

B.M. Bueno, como daba órdenes muy buenas, había que discutirle muy poco. Claro, cuando Mario intervino volvió a revivir el texto. Aceptó el texto, nuestro montaje, porque no hizo ningún cambio de estructura; pero lo que hizo fue seguir inyectándole y sembrando nuevos versos. Eso parecía una experiencia bonita y creo que única.

Les da la seguridad de que es un texto que él habría aprobado

A.MC. Exacto. Y a partir de este libro de Mario, como yo lo había conocido con Tulio Mora en México, nos dijimos: “bueno, ahora publiquemos alguno de Hora Zero“. Y decidimos publicar a Tulio, el libro Aquí sobra la eternidad. El poema que da título al libro, de hecho, está dedicado a “los horazerianos e infras en el ascensor al infierno”. Son movimientos hermanos desde su fundación.

¿A partir de este momento su intención es la de hacer una especie de puente editorial entre Hora Zero e Infrarrealismo?

A.M.C. No era la intención. Se dio de forma natural.

B.M. Reconocimos a nuestra comunidad, a los poetas que conocíamos.

A.M.C. Después publicamos a Pimentel, Ave Soul, pero tampoco buscábamos hacer una editorial.

B.M. Bueno, ha sido el espíritu de recuperación de todos esos textos. Porque, por ejemplo, Ave Soul no estaba publicado aquí en España. El de Tulio tampoco.

Todo fue creciendo de una manera muy orgánica, ¿No?

B.M. Sí, exacto. Una cosa conducía a la otra.

A.M.C. Buscamos recuperar autores latinoamericanos que nos gustan, que no son conocidos en España, pero que sí lo son en sus países de origen. Libros fundamentales que, por su factura, representan nuevas propuestas de escritura.

¿El hecho de que estos autores no se conozcan tanto aquí se debe a la distancia, el tiempo o hay otras razones?

B.M. Todas las razones habidas, por haber y posibles de imaginar. O sea, incluso las mismas editoriales de mercado propician este aislamiento. Cada sede nacional editorial publica a sus autores y no los distribuye en el resto de Latinoamérica, ni aquí, en Europa. Esfuerzos, por ejemplo como el de Claudio López de Lamadrid (director fallecido de Penguin Random House España), son loables en ese sentido, porque consigue establecer un nexo al publicar aquí a mucha gente latinoamericana. Te pongo ese caso como el extremo de ese esfuerzo, porque además tiene una base material…

¿El hecho que todos estos escritores sean, de alguna manera, cercanos a vosotros o tenga algún vínculo con vosotros, hace que sea más fácil la gestión de los derechos de autor?

B.M. Evidentemente. Y además se trata de poesía. En el caso de la poesía nadie considera que hay que pedir derechos.

¿Cómo eligen a la persona que hace el prólogo de los libros?

A.M.C. Muchas veces hemos intentado que el prologuista fuera de aquí, con la idea de acercar ese texto al lector español. En otros casos hemos recurrido a la persona especialista en el autor.

B.M. El trabajo poco a poco ha hecho que tengamos una comunidad que se interese en nuestros libros. Y precisamente ahí ha habido un nexo con gente de la “academia” (resalta las comillas con las manos), entre comillas. Porque, aunque trabajen en la universidad, son gente que se ha acercado a nosotros como lectores. Entonces ahí se ha dado de modo natural el espacio para pedirles un prólogo.

Son complicidades…

B.M. Veámoslo antropológicamente: conoces a gente, entonces haces cosas con la gente. Pero no ha habido ninguna impostación, ni ningún acto de voluntad rara. Simplemente ha estado a la vista.

A.M.C. En el caso de Uso y abuso / Peso Neto, de Cuauhtémoc Méndez, escribieron amigos mexicanos. Como Mario Raúl Guzmán, Guadalupe Ochoa y Pedro Damián.

B.M. El caso de Cuauhtémoc Méndez es muy importante dentro del Infrarrealismo. Había que recuperar sus textos. Ni siquiera el mismo Infrarrealismo como movimiento logró nuclear la capacidad material de editar libros.

A.M. Y a veces ni la voluntad.

B.M. Incluso existía la voluntad de no publicar.

¿Por qué pasaba eso?

B.M. El infrarrealismo era más ingenuo que Hora Zero. Era más un gesto de pandilla, de banda literaria. Aparte, en el infrarrealismo era muy importante la figura de Roberto Bolaño y de Mario Santiago, como propiciadores y comisarios poéticos. Haciendo un chiste que tiende a ser más entrañable que irónico: es como el tipo de ideal que tuvo Bretón en el surrealismo. Que fue férreo y además consiguió introducir el movimiento en el contexto cultural de la época de una manera muy potente.

¿Qué creen que fue, aparte de la figura de Mario y Bolaño, lo que permitió que este grupo de gente con formas de escribir aparentemente tan diversas decidieran conformar un movimiento o unirse de alguna manera para hacer arte y crear?

B.M. Las afinidades y el “hagamos algo” ¿No? Es que vuelvo, no a comparar, sino a solapar: Hora Zero se forma antes y los Infrarrealistas después. Y, sobre todo, los infras leen a Hora Zero. La conexión fueron Mario y el viaje de Diana Bellessi. Ella, que aún está en ejercicio poético vital, fue la conectora. Como una catalizadora y viajera que juntó a Hora Zero con el Infrarrealismo. Y luego ya hay las conexiones entre Mario y Roberto con Tulio y Pimentel.

A.M.C. Y con Bernardo Rafael Álvarez también.

B.M. Bueno, y luego Roberto y yo conocimos a Enrique Verástegui cuando estuvo de paso por Barcelona, Menorca y París.

A.M.C. De hecho, Carmen Ollé empezó a escribir Noche de adrenalina (Ediciones Sin Fin, 2015) aquí, en Barcelona. Lo termina en París y lo publica en Lima, pero aquí, donde lo empezó a escribir, no se había publicado nunca.

Muchos de los escritores del Infrarrealismo y de Hora Zero vivieron en Europa. ¿Cómo es, entonces, que esta labor poética de ellos no se conoce aquí?

A.M.C. Porque eran muy jóvenes y aún no habían publicado en aquellos años. Estamos hablando de mediados de los setenta. Económicamente no tenían ni con qué subsistir.

¿Afecta el hecho, también, de que sean poetas y no narradores?

B.M. Hay la inercia editorial de publicar solo a narradores.

A.M.C. Pocos arriesgan por un poeta, salvo que sea más o menos consagrado. Por eso el boom y la creación de tantas pequeñas editoriales independientes que están publicando poesía. Económicamente no les resulta rentable a los grandes grupos editoriales.

¿La edición de poesía está condenada a ser un trabajo de altruismo prácticamente?

B.M. Pero es un “autoaltruismo”, una autofagocitación magnánima. La poesía se publica a sí misma. Se autodifunde a través de un sistema, una cosa muy orgánica, de la admiración por otros poetas. Nosotros admiramos a Hora Zero y los publicamos.

A.M.C. Pero esto pasa mucho más aquí en España. Porque en otros países, por ejemplo en Chile, aparte de la autoedición, hay editoriales más grandes que sí apuestan por poetas. O en Perú también hay algunas, pequeñas, pero también no tan pequeñas. Son países de donde salen poetas, hasta de debajo de las piedras.

B.M. Hoy también, técnicamente, es más barato editar. En Chile en un momento se hacía la broma de que había una editorial por poeta. Pero también es cierto que en la poesía siempre ha existido la autopublicación.

¿Les cansa que siempre intenten relacionarlos, de alguna manera, con Bolaño?

A.M.C. Sabemos que es inevitable. Hay como una conexión natural, sin buscarla. Las cosas que nos gustan pues, ese es el hilo conductor: da la casualidad que Bolaño dijo sobre Lamborghini no sé qué, que menciona a Nestor Sánchez en no sé dónde, etc. Pero no los hemos publicado por eso. Es una conexión vital y generacional. Hemos tenido las mismas lecturas y la gente que queremos dar a conocer son autores que están dentro de ese círculo de gustos y afinidades.

¿Tienen alguna idea de aquí en adelante de qué catálogo aspiran crear? ¿O qué futuros escritores podrían verse publicados?

A.M.C. Ahora vamos a publicar a Eunice Odio. Y para más adelante tenemos un proyecto: un libro en el que dialoguen Néstor Perlongher y Pedro Lemebel.

¿Un diálogo que no existe?

A.M.C. Un diálogo poético y de textos, en base a sus crónicas y poesías. Hay que encontrar esas conexiones, existen. Perlongher y Lemebel han sido muy escasamente publicados en España. Prácticamente no se conocen.

B.M. También tenemos en mente un libro de Darío Galicia, muy amigo de los infras, que se llama Historias Cinematográficas. Es una joya de libro que fue publicado en la UNAM en su momento, pero ya hace muchos años.

A.M. También estamos pensando en un libro sobre las mujeres infrarrealistas.

En el catálogo ¿la única mujer es Carmen Ollé?

A.M.C. También Helga Krebs y ahora Eunice Odio. Las mujeres infrarrealistas no tienen nada publicado, salvo en antologías y revistas, pero no tienen libros propios.

B.M. Es un esfuerzo de recuperación…

 

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.

Horacio Castellanos Moya: “La paranoia es el aire que se respira en la contemporaneidad”

por: Pedro Romero Irula y Andreas Portillo

Foto: EDH- Salvador Meléndez

La materia prima de la obra de Horacio Castellanos Moya (1957) es la memoria, el trauma personal y colectivo de Centroamérica, y en particular, de El Salvador. En sus narraciones se percibe la paranoia y las neurosis características de quienes han crecido en medio de una historia cercada por el terror y la violencia. Son también una aproximación a los sentimientos encontrados que tales situaciones provocan en quienes las viven, en la huella indeleble que dejan en las distintas generaciones que las protagonizan. Por ejemplo en Tirana memoria, se ocupa del derrocamiento del infame dictador Hernández Martínez, desde las perspectivas insólitas de un ama de casa que, junto con otras mujeres de diversas clases sociales, lideran un movimiento popular contra el régimen, y la de un dúo de parientes accidentados que deben huir de las autoridades tras el fracaso de un golpe de estado militar. En Desmoronamiento registra lo absurdo del conflicto hondureño-salvadoreño de finales de los 60s (conocido como la Guerra de las Cien Horas) y la aparente facilidad para odiar de nuestros pueblos. La sirvienta y el luchador, un thriller intenso y oscurísimo, toca con gran sabiduría literaria el archiconocido tema de la violencia desenfrenada del conflicto armado de los 80s. Más violenta y más bizarra es Baile con serpientes, donde un graduado de humanidades desequilibrado que convive con unas culebras asola el San Salvador de posguerra. En fin, sin caer en la historiografía ni en el testimonio, Castellanos Moya ya ha registrado en su obra las constantes trágicas (y también, por qué no, cómicas) del siglo XX salvadoreño y centroamericano.

En su más reciente novela, Moronga (Random House Mondadori, 2018), retoma a uno de sus personajes más recurrentes, odiados y simpáticos- no por nada recibió amenazas de muerte después de publicar El asco, que entre otras cosas, es una crítica mordaz a cierto sector y a ciertas prácticas y visiones de mundo de la sociedad salvadoreña- para explorar las secuelas del conflicto armado y la aparente muerte de los grandes relatos  en un mundo donde las revoluciones parecen ser cada vez menos un horizonte posible. En Moronga se exploran fenómenos como la migración y el fortalecimiento del crimen organizado como consecuencias directas de la guerra, o el estado de hipervigilancia presente en la sociedad norteamericana. El escritor, en su más reciente visita Argentina, asistió a la décima edición del FILBA (Feria Internacional del Libro de Buenos Aires). Con ello surgió la oportunidad de tener una charla con él, que posteriormente dio pie a una entrevista vía mail en la que ahondamos varios de estos temas:

En Insensatez, El sueño del retorno, La diabla en el espejo, y en Moronga  somos testigos de la degradación de la psique de los protagonistas, la paranoia se apodera de ellos. En La diabla y en Insensatez los protagonistas parecen consumidos por ella hasta un punto en el que no hay vuelta atrás. En El sueño del retorno y en Moronga, en cambio, la paranoia es parte del mecanismo de supervivencia de Erasmo, aunque al final esa misma paranoia no lo salva de las circunstancias absurdas en las que termina. ¿Cómo surgió esta idea de la paranoia como mecanismo para contar una historia?

La paranoia no surgió como un mecanismo para contar la historia. La paranoia siempre estuvo ahí, era parte del mundo en que me formé. Se expresó en mi literatura como algo natural, no como un mecanismo literario racionalizado con el que busco producir un efecto. La paranoia es un estado mental y emocional caracterizado por la velocidad y la exageración, lo que no le hace mal a la ficción, sino todo lo contrario. Ciertamente Erasmo Aragón termina muy mal en Moronga, de nada le sirve la exacerbación de los sentidos ni la supuesta agudeza mental que se auto atribuye gracias a la paranoia. El destino –o el azar, vaya uno a saber– le juega una mala pasada. Pero es interesante preguntarse si no son su propia forma de ser, su obsesión sexual, sus compulsiones, las que propician las circunstancias para que termine de esa manera.

Más allá de las coyunturas políticas, y que, como ya ha dicho en alguna entrevista, al final en los países violentos el paranoico tiene más chances de sobrevivir, ¿Cuáles son los antecedentes literarios  de autores que utilizan este recurso?

Comencemos por el principio. Qué es Crimen y castigo de Dostoievski sino la más perfecta novela sobre la alteración nerviosa del criminal paranoico. Buena parte de la novela policíaca contemporánea también funciona desde la paranoia. Y en el cine los ejemplos abundan luego de Hitchcock; para no hablar de un grupo importante de series de televisión. Me parece que la paranoia no es un tema o un recursos, insisto, es el aire que se respira en la contemporaneidad, en unos lugares más que en otros, por supuesto. Pero el artista, el escritor, tiene una especie de radar, como decía Hemingway, que le permite olfatear con mayor sutileza lo que está en el aire.

Pepé Pindonga es un personaje recurrente en sus cuentos, y novelas, es un detective más bien motivado por la lujuria, la curiosidad, o la mera supervivencia, esto en contraposición a la figura del detective indudablemente analítico o frío como Dupin, Sherlock Holmes; o el intuitivo Comisario Croce de Piglia. ¿Cómo sería posible la figura de un detective en el San Salvador actual, cuáles serían sus posibilidades en un país donde todo el mundo desconfía de todo el mundo, y en donde las instituciones como la PNC están plagadas de corrupción e impunidad?

La corrupción de las instituciones, el clima de inseguridad, la impunidad, la desconfianza, conforman un excelente escenario para un detective. Por ejemplo, los detectives de la gran novela negra estadounidense –pienso en Sam Spade, Phillipe Marlow o Sepulturero Jones y Ataúd Ed– se mueven en ciudades corroídas por esos problemas. Ciertamente las condiciones en El Salvador son extremas, pero en términos literarios lo importante es la verosimilitud. Lo que sucede en El Salvador de hoy podría ser una mina de oro para un escritor de novelas policiacas. Claro, siempre y cuando tenga el conocimiento, la pasión, el talento, la voluntad y la capacidad de trabajo.

A lo largo de su obra persiste un sentido del humor irreverente, que parece alimentarse de la desesperación en la que surge (El asco; la travesía de Jimmy y Clemen en Tirana memoria; el personaje titular de Moronga; el recorrido circular del narrador de Baile con serpientes, etc.). ¿Qué valor tiene para usted esa capacidad de burla?

Burlarse del mundo es una forma de resistirlo. Pero conste: el humor irreverente no es un atributo mío, sino parte de una idiosincrasia nacional. En una de sus obras, Roque Dalton cita a mi tío Jacinto Castellanos Rivas, quien sostenía que el concepto “por joder” era el motor de la historia en El Salvador.  

De alguna manera, hoy en día la noción de ficción se ha ampliado. Gran parte de las nuevas generaciones literarias, específicamente en la narrativa, tuvieron un acercamiento a la ficción que partía no sólo de libros, sino de series de televisión y el cine. ¿Le parece que estas nuevas influencias son perceptibles en la manera contemporánea de narrar?

Seguramente. El escritor es hijo de su tiempo. Lo que sucede a su alrededor –lo que mira, lo que escucha, lo que come– lo influye de una u otra manera. Ahora bien, la serie, como forma televisiva, no es nueva. Es el mismo formato de la telenovela. La diferencia es que ahora se abordan temas más audaces y el marketing es masivo.

En sus novelas usted recorre buena parte de la historia reciente de El Salvador: desde el derrocamiento de Martínez (1944) hasta la posguerra (principios del siglo XXI). En todas ellas, la historia tiene un rol protagónico sin llegar a ser absoluto. ¿Cómo lograr ese equilibrio entre drama narrativo literario y drama histórico? ¿Ha sido consciente este esfuerzo de tratar la historia salvadoreña en sus novelas?

He sido consciente de que la historia salvadoreña es el paisaje de fondo de la mayoría de mis novelas, lo que no significa que escriba mis novelas para dejar un registro histórico. El impulso literario surge de otra fuente más intuitiva, privada, escabrosa. Y lo que conduce la narración son los pensamientos y emociones de los personajes en función de la trama, no de abstracciones políticas.

Tampoco podemos evitar encontrar ciertos paralelismos entre algunos personajes suyos y ciertos episodios de la vida de Roque Dalton: Zeledón, el guerrillero, es el hijo bastardo de un personaje problemático, de procedencia bastante acomodada, y de una enfermera. La situación  de Haydee y Pericles en Tirana memoria es parecida con la de los presos y perseguidos políticos los 60´s y 70´s. ¿Existe algún homenaje a la figura de Dalton en sus novelas? Más allá de eso ¿Cuál es su valoración del autor?

Es evidente que en tres de mis novelas –La diáspora, El asco y Moronga– la figura de Dalton es un referente importante. También escribí un cuento, “Poema de amor”, que aborda su muerte desde una interpretación caprichosa. Dalton ha sido el escritor más importante de El Salvador, por la envergadura, calidad y proyección de su obra poética, como por sus textos narrativos sobre la historia del país. Es un poeta irregular –natural en una producción tan vasta–, que a veces tiene caídas estrepitosas en lo panfletario, pero que también alcanza alturas de primer nivel en la poesía latinoamericana.  Su asesinato a manos de sus compañeros de lucha amerita la reflexión sobre las relaciones entre el escritor y el poder político en El Salvador, entre el escritor y la sociedad a la que pertenece. Igualmente es muy significativo el hecho de que nadie haya sido juzgado por su crimen y que los asesinos se nieguen a revelar dónde enterraron su cadáver.

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MORONGA*

Los empleados entrábamos al edificio por una puerta trasera, del lado del estacionamiento, con una tarjeta magnética y una clave. El ascensor, con la misma tarjeta, nos conducía al cuarto piso. Esa primera noche, caminé las cinco cuadras desde casa. Rick me esperaba a la salida del ascensor. Era un tipo como de mi edad, fornido, con el rostro un poco apache y coleta; vestía sudadera, jeans y unas botas anaranjadas como las que usan los trabajadores que hacen reparaciones en las calles. La pinta era la de un exhippie, pero tenía voz de mando y exudaba energía nerviosa. Dio un aplauso llamando la atención de los demás empleados y me presentó. Había dos mujeres en el grupo; ninguna era Julia. Las pantallas que estarían a mi cargo eran la nueve, la diez, la once y la doce, explicó Rick. La nueve enfocaba un sector de la calle peatonal donde se localizaban los bares, algunos de los cuales eran los favoritos de los alumnos universitarios. En la diez se observaba el corto pasaje entre el hotel Holiday Inn y el bar Daiquiri, utilizado por fumadores y otra ralea, por el que se podía acceder de la peatonal a uno de los principales estacionamientos del pueblo. La pantalla once mostraba la puerta de entrada al estacionamiento y la máquina de pago. Y la doce estaba dividida en dos: a un lado, se observaba el frente de cada auto con sus ocupantes delanteros en el momento en que se acercaba a la caseta de salida; en el otro, la parte trasera del auto, a la altura de la placa, cuando salía a la calle. Rick se sentó al teclado a explicarme cómo funcionaba el sistema: la notificación de emergencias, el congelamiento de imágenes, la toma de fotos y su envío, la repetición de secuencias; el almacenaje se producía de manera automática. Me dio un manual impreso. Pero me advirtió que el punto clave era la concentración, no distraerme. Luego especificó que los objetivos principales a detectar eran tres: borrachos que armaran camorra en la peatonal, borrachos que condujeran y tipos que utilizaran el pasaje para el consumo de droga. Lo más común es el tipo que sale borracho del bar, camina por el pasaje, entra al estacionamiento y sale conduciendo su auto, dijo señalando las pantallas en secuencia. Entonces yo debía tomar las fotos del auto y meterlas al sistema con un código. Los oficiales en las patrullas las recibirían de forma instantánea.

*Fragmento de Moronga (Random House Mondadori, 2018)

Pablo Di Marco: “Un escritor no tiene que serle fiel a nadie”

Por:  Marvel Aguilera
Fotos:  Gisela Guardado

Es un miércoles de sol asfixiante en Villa Crespo y Pablo Di Marco ya está sentado en una de las banquetas del Café San Bernardo, a pocos metros de la Estación Malabia. El ruido de los tacos de pool oscila como si fueran castañuelas enlentecidas. Detrás, hay un cuadro gigante en blanco y negro de una hinchada a pleno cántico. Un anciano juega contra su nieto en una de las mesas. Le marca cómo pegarle a la bola blanca. Lo mira. Di Marco pide invitar unas cervezas. A un costado de la larga mesa hay una pila de metegoles antiguos arrumbados debajo de una plástico transparente. Dos chops congelados se ofrecen como oasis en medio de una ciudad cada vez más árida. A pesar de haber reconocido hace unos días atrás el cerco desesperante de su literatura, Di Marco parece relajado. Está atento a cada una de las preguntas. Se toma su tiempo entre cada exposición y retoma las palabras. Tiene una remera con botones levemente abierta. Para él, el reportaje tiene un cariz especial. Hace menos de una semana salió su entrevista número cien en Libros y Letras, el portal cultural colombiano donde colabora desde hace cinco años con la sección “Un café en Buenos Aires”.

En su novela, Tríptico del desamparo, que acaba de ser publicada en la Argentina por Odelia, el reportaje ocupa un lugar clave en el desarrollo ulterior de los personajes. Ese diálogo funciona como propulsor. Es presente pero también devenir. Un recorte lúdico que simboliza el intercambio de toda una vida entre la existencia y la identidad. Le comento a Di Marco que en la mayoría de los reportajes que le han hecho hay una actitud que él acentúa: escapar. Pero que nunca queda claro de qué es que escapa. “De uno mismo, de la realidad. Escapar de nuestras propias mediocridades”, dice. La literatura, como a priori uno puede imaginar, permite el desdoblamiento, la creación de universos imaginarios. La duda es si aquellos personajes inventados pueden tener vida propia. Dejar de ser del autor que los forjó. “Cuando intentás escribir ficción te la pasás mintiendo, y cuando querés mentir te la pasás filtrando verdades. Uno intenta escapar pero nunca escapa”. En ese sentido, la literatura parece un espejo trizado, donde la imagen devuelta se bifurca en la mente de los lectores, a veces como un recorte más exacto aún que la propia realidad moldeada por los medios. “El escritor es un gran mentiroso, que en el medio de esas mentiras termines diciendo enormes verdades, puede ser. ¿Cuándo escribís quién sos? ¿El escritor, el narrador o el personaje? ¿Sos todos o ninguno? Yo particularmente nunca le creo a un escritor, empezando por mí”.

Tríptico del desamparo es una novela que pareciera en una primera impresión hablar sobre la redención, pero si uno se pone a analizar los errores de los protagonistas ve que son parte de la condición humana. ¿El recorrido de fondo es entonces sobre la aceptación?

Está bueno lo que señalás. La novela habla tanto sobre la redención como sobre la aceptación. Y es inevitable que así sea, porque una no existe sin la otra. No hay redención sin aceptación, no puede renacer quien no es capaz de comprender las oportunidades que desperdició, ni el daño que les causó a los demás y a sí mismo. No es casual que en esta novela Rafael deba caer hasta el último sótano de su vida para encontrar una vela encendida de la cual sostenerse y reinventarse.

Rafael encarna el acto conmisceratorio, el tipo al que hay que darle una oportunidad para que pueda cumplir con sus metas. Pero generalmente las personas no tienen ese tipo de oportunidades, las buscan, las construyen. ¿Por qué a él lo ponen en ese lugar?

Creo que Rafael tiene una serie de virtudes a pesar de las innegables miserias con las que carga, que son las que le dan la oportunidad de que los otros le sigan dando oportunidades. Es un pibe inteligente y brillante. Ambicioso en el mal sentido pero también en el buen sentido de la palabra. Es lindo y seductor. Es alguien que te imaginás haciendo bien el amor. Tiene esas cuestiones que hacen que ciertas personas quieran darle oportunidades. Pero sin dudas que es un miserable. Por otro lado, aún muy tarde, él se da cuenta de todas las cagadas que se mandó. Y ahí se pregunta “¿cómo hago?”.

En la última parte el clima de la novela es otro, nunca termina de saberse si Rafael está realmente en un palacio de Venecia o en una especie de limbo previo al más allá. ¿Por qué?

Yo creo mucho en esa frase que dice que “es el lector quien termina de escribir el libro en su cabeza”, pero también creo que esa frase resultó un arma de doble filo que le dio vía libre a muchos autores para escribir finales abiertos hasta la ridiculez. O mejor dicho, para ni siquiera tomarse la molestia de escribir el desenlace de sus libros, y que el lector se las arregle. Eso es lo último que yo pretendo en mis libros. Lo que busqué en el caso de esta novela es proporcionarle al lector todos los elementos necesarios para que sea él quien se responda la pregunta que me planteás. ¿Rafael viaja a Venecia? ¿O Rafael muere en Buenos Aires y Venecia hace las veces de un purgatorio o limbo, como vos lo llamás? Yo creo que Rafael de veras viaja a Venecia, pero algo me dice que dentro de treinta años —y espero estar vivo para esa época— me inclinaré más por la idea del purgatorio.

Es curioso que la mayor parte de la novela tiene un corte realista, pero sin embargo hay un efecto fantástico que aparece en el último tramo en relación a Irene. ¿Por qué?

Me acuerdo cuando leí La espuma de los díasdias. Creo que en la página uno el protagonista se encuentra dialogando con una rata. Me dije: qué maravilloso sería si esto de conversar con una rata en vez de ser algo permanente desde el quinto renglón sucediera en una novela de corte realista recién en la página cien. Sería un palazo. Eso me quedó en la cabeza como lector. Me dije que si alguna vez encontrara el cauce para meterlo en un novela lo haría. Y acá lo encontré. Porque es maravilloso, divertidísimo. Desafía al lector. Me desafío a mí mismo. Y sé que puede haber un costo a pagar. Que quede gente afuera. Puede pasar. Irene es una intelectual de torre de marfil y si a mí viene un lector y me dice que ella en realidad es un ángel, yo le digo que tiene razón. Pero porque yo le dejé las migas en el piso para que piense eso.

Cuando Irene devela su otra identidad por medio del reportaje parece mostrarse como alguien que nunca se evadió realmente, sin embargo fue la misma persona que nunca terminó de hacerse cargo de la situación de su hijo y del amor hacia Rafael.

Irene es un ser tan poderoso como quebrado. Y esa característica tan dual la vuelve contradictoria y difícil de enmarcar, en fin, la vuelve tremendamente rica. Irene es como una reina derrotada que vive del recuerdo de sus viejas conquistas. Pero atención que aquellas viejas victorias aún pueden lograr que más de un súbdito aún se arrodille a su paso. Y ella lo sabe.

¿No es un poco decepcionante pensar que tu vida puede estar ya escrita en una novela?

Ah, no sé. A mí me aburren los autores con aires de sabihondos que llenan sus libros de respuestas. Yo no escribo para ofrecerte respuestas sino para meterte preguntas en la cabeza. ¿A vos qué te parece? ¿Es decepcionante? Ahora, si me lo preguntás a mí no como autor de Tríptico sino como lector, te respondo que no, no me parece decepcionante. Tal vez la cuestión sea preguntarnos si un destino ya escrito es un destino inmodificable. Eso Occidente se lo preguntó por dos milenios y me parece que aún no llegó a una respuesta.

¿Rafael sin Irene es el reflejo de una Argentina huérfana sin el cobijo de la democracia?

Es una buena interpretación.

Hay un lugar muy importante dedicado a la cultura italiana. ¿Qué tanto influyó en la novela?

Mucho. Desde el minuto cero apunté a que la novela fuera un homenaje a la cultura italiana. A su literatura, su pintura, su arquitectura… No son arbitrarias las menciones a Moravia, Giotto, la descripción de los palazzos de Venecia, etc. Mi papá era italiano, siempre me habló en italiano, tengo familia allá… me crié muy empapado de esa cultura y quería trasladar esa riqueza al libro. Te digo más, mientras planeaba su escritura, llegué a fantasear con escribir un buen porcentaje del libro en italiano, e incluso que ciertos pasajes estén escritos en dialecto veneciano. No hubiese estado nada mal, a veces me arrepiento de no haber tenido la valentía de hacerlo.

¿Entonces la novela nace como una alusión a tu familia?

Yo quería homenajear todo eso. Pero también quería escribir – salvando las distancias – mi propia Muerte en Venecia.  Hay algunos libros que los lees y te decís ¡La puta madre por qué no lo escribí yo! Bueno, nunca lo vas a poder escribir. Pero sí reescribirlo. Lo que me gustó con Tríptico fue que pude transmitir un ambiente. Y eso no es poco. Y moldearlo en una historia que me interesaba. El resto que lo diga el lector.

Siento que en Muerte en Venecia está todo. Adoro las novelas de ochenta o cien páginas, que lo condensan todo. Que con una anécdota te pueden condensar el mundo: El viejo y el mar, Metamorfosis, Muerte en Venecia. Adoro las novelas como Los Miserables, de mil páginas que cuentan y describen el mundo. Pero siento que con una anécdota también se puede hacer. Y Muerte en Venecia logra eso. Y en especial la cuestión de la decadencia de los años. Hay mucho de Irene en eso. De sentirse que ya no cuajás en el mundo. Y qué mejor que Venecia para sentir eso.

di marco

Pienso en La Romana de Alberto Moravia y encuentro a una mujer muy auténtica y valiente, que lucha contra las ataduras morales. ¿En algún punto el alter ego de Irene Vidi viene a resolver esa incapacidad de ella por hacer valer su lugar?

No es casual que las máscaras sean una de las protagonistas del libro. Hay una frase de Sabato que me resultó muy inspiradora a la hora de escribir esta novela, es más, debió haber sido su epígrafe y no sé bien por qué a último momento la dejé afuera: “Y solo con máscaras, en el carnaval o en la literatura, los hombres se atreven a decir sus tremendas verdades últimas”. Por desgracia no podemos ser siempre nosotros, hay momentos en los que las máscaras son inevitables. Hay un punto en el que Irene, cuando se sabe ya incapaz de seguir cumpliendo con su mandato, se escuda detrás de diferentes máscaras y, como bien señala Sabato, comienza a decir sus “tremendas verdades últimas” a través de ellas.

¿Qué tipo de devoluciones tenía la novela cuando se publicó en Colombia y cómo son las que tiene ahora en el país?

Tengo un tema con las devoluciones. A ver, dejame pensar, que no sé cómo decírtelo. Lo que me pasa es que… Por un lado no me llevo del todo bien con las felicitaciones. Es más, a veces creo que prefiero que me critiquen a que me elogien, porque ante el elogio no sé ni qué cara poner, y de la crítica casi siempre rescato algo. Y por otro lado aprendí que la mayoría de la gente no elogia el libro sino la publicación, el que la novela haya ganado un premio, la foto en el diario. Vos conocés el mundo del libro y usás redes sociales, así que sabés de qué hablo. Me aburre bastante cuando veo a escritores postear en facebook: “Me escribió Carlitos de Avellaneda para decirme que mi novela lo conmovió en su fibra más íntima”. Me aburren los escritores que aseguran que la última novela de su amigo escritor “es una obra maestra”. Me aburren las contratapas que dicen que “Pepito es uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Vivimos un momento raro, hoy son más las obras maestras que los libros mediocres. Qué sé yo, tal vez seamos todos genios y todavía no nos enteramos. De tanto elogio desmedido terminamos vaciando el contenido de ciertas palabras. Entonces hago lo posible por abstraerme, no quiero ser parte de eso, no quiero creerme esa mentira. Y el costo a pagar es que, a excepción de algunas pocas personas, no suelo prestarle mucha atención a los elogios. Deberé trabajarlo en terapia.

Más que nada lo pregunto porque el contexto puede ser distinto, como por ejemplo los acontecimientos previos al golpe militar o la crisis económica que se deja entrever en la última parte.

Es un punto interesante el que mencionás. Y lo tuve muy presente a la hora de enviar la novela a participar del premio en Colombia. Sabía que los lectores colombianos se quedarían afuera de cierto contexto histórico argentino. Pero yo creo que toda novela sólida se impone a su contexto. Años atrás leí un análisis interesantísimo de La casa de las bellas durmientes de Kawabata que me hizo comprender que yo había malinterpretado muchas cosas de ese libro. Pero aún así lo había disfrutado enormemente. ¿Por qué? Por lo que te decía antes, las buenas novelas se imponen al contexto histórico y social en el cual están situadas. Voy a darte un ejemplo muy extremo: no precisás saber demasiado sobre güelfos y gibelinos a la hora de disfrutar a Alighieri. Sí, te perdés algo, pero si el libro es bueno se eleva por encima de eso.

¿Sigue existiendo el concepto de novela latinoamericana o es una categoría ya diluida después del boom y de los cambios en el mercado editorial?

Mirá que casualidad, hace poco le hice una pregunta similar a Isaías Peña, uno de los mayores maestros de escritores de Colombia. Le pregunté si existe una literatura latinoamericana, si hay algo que una a los escritores latinos más allá del lugar de nacimiento. No sé, supongo que si hice esa pregunta es porque a mí mismo me cuesta responderla. Como escritor siempre me costó mucho sentirme parte de algo mayor. Jamás me sentí otra cosa más que un flaco que escribe solo a las dos de la mañana. Categorías como “Novela latinoamericana” me exceden.

A mí, a diferencia de otras interpretaciones que he leído, Rafael me parece un personaje cargado de arrogancia y resentimiento, que termina sucumbiendo ante sus desmedidas ambiciones. Que Irene haya querido ayudarlo y que él haya traicionado su confianza me deja un gusto a decepción, aunque previsible.

Me gusta que me digas que Rafael te parece un jodido, así como también me gusta cuando me encuentro con lectores que lo comprenden y perdonan. El otro día una buena lectora me dijo que adoraba a Rafael, que ella bien se hubiese podido enamorar de ese pibe. Yo coincido tanto con ella como con vos. Rafael es un pibe brillante y adorable, capaz de enamorar a cualquiera (a fin de cuentas llegó a enamorar incluso a Irene, lo que intuyo no es poco). Pero eso no invalida en nada lo que vos decís. A la hora de moldear los personajes de esta novela quise evitar el facilismo de crear al Bueno, al Malo, al Valiente, al Cobarde… Vos el otro día me dijiste que por momentos la novela te pareció desesperante, y eso para mí fue un elogio. Yo no quiero tranquilizar al lector, quiero desesperarlo, y dos páginas después quiero enamorarlo para después decepcionarlo. No quiero ofrecerle a mi lector la tranquilidad de que sepa que enseguida llega el Personaje Bueno que arregla el quilombo. Yo quiero que el lector de Tríptico sepa que está lidiando no con estereotipos sino con personas de carne y hueso. Ante determinada circunstancia el mayor miserable puede volverse un héroe, y esos son los héroes que a mí me interesan. No sé, imaginemos a una esposa infiel capaz de dar la vida por su esposo. ¿No es un personaje maravilloso? Ese es el tipo de personajes con los que me gusta trabajar. Mirá, me parece que ya tengo protagonista para una próxima novela: una mujer infiel que, llegado el momento, da su vida por su esposo. ¿Qué te parece?

¿Qué es lo que queda hoy en el ambiente literario de ese espíritu prestigioso y de vanguardia de Ediciones Leopardi?

Intuyo que poco, muy poco. No sé, decime vos que estás más informado que yo. Nombrame a diez editores contemporáneos relevantes. Si un pibe desconocido termina de escribir una novela, ¿a quién se la puede mandar? Y una vez que de milagro encuentre a quién mandársela, ¿vos pensás que alguien le va a responder el mail? Nóombrame cinco periodistas que escriban reseñas de esas que leés dos veces del gozo que te provoca su lectura. A mí por Tríptico me hicieron muchas entrevistas, pero ¿sabés cuántas veces me entrevistó un periodista que se haya tomado el trabajo de leer la novela? Ésta es la segunda. El mundo del libro hoy son doscientos tipos que se leen, reseñan y elogian a sí mismos. A mí no me interesa ese gueto. Quiero salir de ahí. A veces me sale, otras no. Qué se yo, seguiré intentando. Por ahí eso que te dije antes de que una novela sólida se impone a su contexto histórico también sea aplicable a esta planicie de elogios huecos que nos rodea.

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Editorial Alquimia: hacer libros que produzcan “esa sensación punzante” en la espina dorsal

El ejercicio que realizó Revista Tránsitos el pasado mes de agosto en la Feria de Editores independientes en Buenos Aires, dio muchos frutos y nos hizo grandes revelaciones sobre lo saludable –pese a escenarios sociales adversos– que está la edición en el sur de nuestro continente. Hay riesgo e incertidumbre, pero también mucha voluntad creativa y una comunidad organizada.

Ejemplo de este quijotesco esfuerzo es Editorial Alquimia, punta de lanza en el escenario de la edición independiente en Chile. Con un catálogo diverso y multifacético, en seis años han podido consolidar un nombre y un concepto editorial vanguardista, gracias a un catálogo atractivo, organización, carisma y alianzas con varios “apasionados por los libros”. En su stand de la Feria, entablamos contacto con Guido Arroyo, director editorial del sello, quien nos contó sobre su historia, el riesgo, el impulso, los procesos creativos y cómo fueron consolidando su catálogo y concepto.

 

RT ¿De dónde surgió el nombre de Alquimia? ¿Quién lo escogió, quienes integran la editorial?

Alquimia tiene dos etapas, cada una con un origen distinto. La primera inicia a fines de 2006, el sello nace como una excusa para publicar una antología literaria de estudiantes de la Facultad donde estudiaba literatura (Universidad Diego Portales). El nombre surgió de un diálogo algo fumado con los compañeros que participaron del primer libro. Como la editorial funcionó, y como en Chile en ese entonces casi no existían editoriales independientes que recibieran obras de autores emergentes, Alquimia siguió publicando esporádicamente de forma artesanal y bajo un signo experimental hasta el 2011. Hicimos tres o cuatro antologías de autores jovensísimos, discos con grabaciones de poetas recitando, tres poemarios-objeto, un libro que en vez de lomo tenía pernos metálicos y tres obras recopilatorios de un proyecto de talleres artísticos en cárceles en el cual participaba. En esos cuatro años, del 2006 al 2011, hicimos en total quince libros, publicamos cerca de treinta autores distintos y fue una etapa de comprender mediante la práctica el oficio de editor. En ese entonces era un feliz adolescente y si bien, trabajaba, aún no conocía tan bien las miserias del mundo adulto.

A fines del 2011, refundé la editorial de forma más seria, estructurando ejes de publicación mediante colecciones. Por ese tiempo también, hicimos una alianza con el estudio de diseño Navaja; quienes otorgaron una identidad gráfica a todos nuestros libros. Nuestra misión desde ese año fue publicar obras agregando un trabajo previo de edición y diálogo con los autores, procurando siempre trabajar en conjunto los textos o hacer rescates literarios donde la huella editorial esté latente. Actualmente la editorial se compone de un equipo de cuatro personas estables. Nicolás Sagredo, diseñador que fue parte del estudio Navaja y autor de un brillante trabajo collage análogo, es quien hace todos los diseños de portadas, la maquetación de interiores, las gráficas comunicaciones, etcétera. Felipe Reyes, corrector y productor editorial, él realiza gran parte de las gestiones administrativas/logísticas, edita algunos de nuestros libros y participa/apoya en todo. Natacha Oyarzún, ella realiza toda nuestra difusión en redes sociales y es la primera mediadora de cualquier proyecto o mensaje que recibimos; también es la productora de todos los lanzamientos de nuestros libros. Y por último yo, que me encargo de componer todo el catálogo de publicaciones, hacer la edición estilística de los libros y toda la coordinación editorial. Obviamente tenemos a un contador que nos ayuda en una cuestión administrativa, más algunos editores externos que vamos contratando para proyectos específicos.

“Esos libros que al abrir la primera página comprendes que al leerlos algo de ti cambiará. Que logren envejecer con las torsiones de lenguaje de su época. Para eso no solo hay que leer mucho, sino además ser un devorador de la cultura en todas sus manifestaciones (odio el elitismo snob de la alta cultura).”

RT: En qué momento un filósofo se decanta por la literatura y sobre todo, por la edición. ¿Cuándo y cómo decidiste dedicarte a ser editor y cuáles son los retos y desafíos?

No me considero un filósofo. Me gusta la figura del diletante, esa persona cuya pulsión se debate en varias artes o saberes pero nunca se decanta por ninguna, evita siempre volverse un especialista. Lo que sí debo reconocer que soy un lector asiduo de filosofía, sobre todo de la línea más ensayística, y eso me impulsó a realizar un doctorado. Lo paradójico es que al hacerlo, en vez de acercarme más al ámbito académico, terminé vinculado de forma definitiva a la edición. La historia es esta. Había salido hace dos años de literatura, trabajaba como profesor/tallerista en escuelas públicas, estaba obeso, lleno de caspa y mi vida era miserable. Lo que más odiaba era cumplir horario, y en ese momento algo angustiante surgió la idea de ingresar a un postgrado para conseguir una beca que me permitiera pasar las mañanas leyendo acostado, que era mi meta en la vida. Al segundo intento obtuve la CONICYT (Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica; que es análoga a CONICET de la Argentina). Como ya dije, habían alrededor de quince libros publicados en la editorial entre el  2006 y el 2011, y pese al carácter informal del sello, nos seguían llegando atractivos manuscritos y aumentaban nuestros lectores. Entonces pensé en reestructurar Alquimia en base a colecciones editoriales y dedicarme a lo que más me gustaba. Hoy no imagino mi vida sin editar libros. Es un arte que me fascina y en el cual encuentro un continuo aprendizaje. Me gusta mucho que la edición sea un oficio, que nunca se tenga plena certeza de cómo va a funcionar una obra o autor, que cada libro te sorprenda.

Quizás el mayor reto de ser editor es estar siempre encontrando obras que generen una sensación punzante en la espina dorsal. Esos libros que al abrir la primera página comprendes que al leerlos algo de ti cambiará. Que logren envejecer con las torsiones de lenguaje de su época. Para eso no solo hay que leer mucho, sino además ser un devorador de la cultura en todas sus manifestaciones (odio el elitismo snob de la alta cultura). De hecho, una de las cosas que más disfruto cuando hago clases de edición (doy un ramo en el postgrado de la UC en Chile), es analizar los catálogos editoriales de sellos históricos tipo Anagrama. Lo hago –junto a los alumnos– procurando detectar el por qué ciertos títulos logran volverse obras de fondo, es decir, libros que no pierden interés pese a la contingencia de su aparición. Lo más difícil para un editor es lograr publicar libros únicos cuyo interés sea imperecedero. Esos libros te quitan el sueño.

“(…) creo que las publicaciones tienen más relación con las circunstancias que con un itinerario programático.”

RT ¿Escribís o escribiste alguna obra, te consideras también escritor?

Sí. Cómo la mayoría de los editores independientes chilenos e iberoamericanos, soy doble militante. He publicado cuatro libros de poesía. Ahora estoy terminando uno nuevo llamado “La música del cielo” para Editorial Cuneta; y otra editorial me tentó a publicar mis ensayos o una recopilación de los primeros tres libros de poesía que escribí. Pero, la verdad, no tengo presión alguna en publicarlos. Tal como Elvira Hernández creo que las publicaciones tienen más relación con las circunstancias que con un itinerario programático. Y para mí escribir es un acto cotidiano, no un estado de excepción. Odio los rótulos que demanda el campo literario, eso de la novela del poeta o el poemario del narrador. Creo que editar, escribir, ejercer la crítica literaria o pensar son parte de un todo que tiene que ver con la pasión hacia la lengua escrita, hacia el mundo literario y hacia la edición de los libros. Y al estar editando obras continuamente, la ansiedad por ver tu apellido en los lomos de los libros disminuye radicalmente, porque vas siendo parte del proceso.

 

RT ¿Cuales son los mayores logros y/o títulos publicados que más te enorgullecen de la editorial en la que  trabajas?

Quizá uno de los mayores logros de Alquimia, se puede graficar en una frase que le escuché a la narradora Mónica Droully hace dos semanas. Estábamos almorzando, ad portas de firmar un contrato y dijo: “Es que este libro (Jaqueline) es muy Alquimia”. Se refería a una obra bellísima que está trabajando, cuyo tema y tratamiento estético calza perfecto con nuestro catálogo. Y por qué ella dice eso, porque el sello ya posee una identidad y eso se ha vuelto legible tanto para los autores que se acercan a nosotros como para los lectores, que prefieren nuestros libros en función de la línea estética que tenemos. Lo que más me enorgullece es eso, saber que existe una identidad y que va más allá de quienes componen la editorial.

En cuanto a nuestro catálogo, un editor defiende todos sus libros, pero de lo más entrañable que hicimos fue el trabajo con Elvira Hernández, la poeta viva que más disfruto en habla hispana. El año 2013 edité y compilé “Actas urbe”, que reunía seis poemarios de ellas que eran inhallables más material inédito. De inmediato el libro generó lectores cómplices y su obra comenzó a leerse con detenimiento por nuevos lectores. Tres años después apareció una antología de su obra en el destacado sello Lumen, que sirvió para consolidar su obra. Y este año obtuvo el premio Jorge Teillier y el Iberoamericano Pablo Neruda; en Alquimia publicamos su nuevo libro que fue recibido calurosamente por la crítica, y además apareció antología llamada Zona de desvíos que edité para el sello LUX en Argentina.  

Otro caso que nos enorgullece es la obra de Nona Fernández. Nosotros publicamos el 2013 (el mismo año de “Actas urbe”). La novela tuvo inmediata aceptación, se tradujo al alemán, inglés, francés e italiano, y ya lleva tres ediciones sólo en Chile. Tras esa obra, comenzamos a trabajar con ella desde el inicio de su escritura una obra llamado “Chilean Electric”, que también ha sido traducida a diversas lenguas y obtuvo el Premio MOL como mejor obra publicada del año. El próximo año reeditaremos la primera novela de Nona, “Mapocho”, y tenemos en carpeta publicar una nueva novela de ella el 2020. Por último, el rescato que hemos hecho de la poeta Teresa Wilms Montt nos enorgullece mucho. Ella fue una mujer aristócrata que cuestionó el machismo imperante de su época y desarrolló una obra alucinante. De ella editamos sus diarios y poesía completa (prácticamente toda su obra), y en Chile se ha vuelto un ícono fundamental para repensar la literatura fuera de los códigos patriarcales.

(…) nuestras inestables economías y el giro hacia las derechas cavernarias en todo el continente, nos obliga a los sellos independientes a comprender la importancia que poseemos en un plano político, como activos generadores de contenidos que van en contra a los conservadurismos (…)

RT  ¿Cuál es la situación y perspectiva de los editores independientes en la región actualmente y de cara al futuro? ¿Cuáles son los mayores obstáculos y cómo encarar el avasallador paso y dominio del libro digital?

El panorama de edición independiente a nivel latinoamericano atraviesa un buen momento. Cada vez hay más interés y fidelización del público lector por la edición independiente, hecho que se traduce en ferias como la FED. Creo que en general el fenómeno de la edición independiente atraviesa la encrucijada de la profesionalización. Publicar long sellers que permitan mayor autonomía económica, y estructurar una cadena de producción y, sobre todo: distribución, que nos permita pelear con los grandes conglomerados editoriales. Por otra parte, nuestras inestables economías y el giro hacia las derechas cavernarias en todo el continente, nos obliga a los sellos independientes a comprender la importancia que poseemos en un plano político, como activos generadores de contenidos que van en contra a los conservadurismos  que pregonan muchos gobiernos. Pero ojo, para mí un sello independiente es aquel que construye un catálogo, no el que publica exclusivamente a amigos del editor o solo archivos de Word sin ninguna intervención o, peor aún, cobra por hacerlo. Tanto en Chile como en Argentina hay muchos de esos.

 

RT ¿Nos podrías recomendar uno o dos libros nuevos de tu editorial para  los lectores?

Como ya dije un editor defiende todos sus libros, pero de las novedades me gustaría recomendar el libro: Pájaros desde mi ventana de Elvira Hernández; La caída de Roma de Anne Carson y No tengo amigos, tengo amores, una recopilación de 72 entrevistas de Pedro Lemebel, que está dispuesta de forma fragmentada y temática, una suerte de autobiografía oral.

 

RT ¿Cuál es tu top 5 de los libros (no necesariamente de tu editorial) y por qué?

Sería imposible reducir a cinco mis libros favoritos. Tampoco creo mucho en los listados. Lo que sí puedo hacer es contar las cinco novedades editoriales que me han gustado. Muchas de ellas son argentinas: “Narraciones para cine Tarkovski”, que publicó mi amigo Damián Tabarowsky para Mardulce, una llave de entrada fundamental para la obra de un cineasta ineludible. La traducción de Alan Pauls del necesario “Roland Barthes por Roland Barthes”, que publicó Leonora Djament de Eterna Cadencia. También de Alan Pauls, el libro “Trance” publicado con el sello Ampersand, me pareció alucinante. Mi libro favorito del año pasado: “Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas”, los luminosos diarios de Raúl Ruiz; y los diarios íntegros de Sylvia Plath, ambos publicados por Ediciones UDP.  

 

RT ¿Escritor/a chileno/a de nuevas generaciones que recomendarías leer?

Mónica Drouilly, autora de un libro de cuentos llamado “Retrovisor”: muy alucinante y tiene un lenguaje oral muy atractivo, mezclando alta cultura y baja cultura, con mucho humor dentro de sus narraciones. Uno que ya no es una novedad pero desde mi lectura un autor crucial: Mike Wilson, narrador que ha publicado la gran editorial Fiordo. María José Ferrada, autora de la memorable novela “Kramp” y de un libro increíble de poesía infantil llamado “Niños”, donde mediante poemas se van narrando las atrocidades de las dictaduras. También a Carlos Araya, autor de una novela llamada “Ejercicios de encuadre” y un libro de cuentos llamado “Historial de navegación”, que publicamos por Alquimia. Es un narrador (y cineasta) increíble que posee un imaginario corrosivo, cercano al de Haneke. Otro que puedo mencionar es Patricio Alvarado, narrador y poeta chileno que publicó un libro llamado “Triage” con nosotros, que obtuvo el premio a la mejor obra inédita y ahora está terminando un libro de poesía que va a publicar editorial Sin Fin, en Barcelona. Solo mencionó a algunos narradores, porque si tuviera que mencionar a poetas tendría que hacer una entrevista de dos horas y media. (Risas).

 

RT ¿Nos podrías adelantar algún futuro proyecto/aventura de tu editorial?

Una novedad que nos tiene muy contentos, es un voluminoso libro que reúne de manera fragmentada y temáticamente, 72 entrevistas a lo largo de 22 años realizadas al destacado cronistas y artista visual Pedro Lemebel. Fue un trabajo monumental que hicimos con Macarena García, editora externa de Alquimia (y también una gran narradora). Es un libro que aborda las reflexiones sobre su obra, la coyuntura política e histórica, sus recuerdos biográficos, su percepción del mundo LGBT, sus beligerancias políticas, sus reflexiones sobre las performance, etcétera. Leer las frases de Lemebel es un lujo, porque era un brillante entrevistado y todas sus opiniones son punzantes y plagadas de certezas agudas. Fue un trabajo de casi tres años, pero nos tiene felices.

“Tenemos la plena certeza que libro de papel nunca va a morir. “

RT ¿Sos consumidor de libros digitales? ¿Qué opinás de jóvenes que por la imposibilidad económica consumen y descargan y piratean todos libros que leen? ¿Este nuevo hábito afecta la configuración del histórico rol del lector ?

No soy consumidor de libros digitales. Soy un bibliófilo nostálgico empedernido por el papel. De niño me obsesionaba la imprenta, los tipos móviles, el libro como objeto. Particularmente porque vengo de una casa donde no había libros, entonces el libro para mí era un vehículo que me permitía construir otra realidad, un objeto que configuró mi identidad por completo. Algunos amigos de infancia recuerdan que solía leer mientras caminaba. Pero bueno, valoro la existencia del libro digital. Y no tengo ningún problema con la piratería o la fotocopia. No creo que afecte a los lectores sino que genera otro tipo de lector. El gran salto de libro digital va a ocurrir cuando desarrolle nuevas interfaces, y potenciar así que la propia escritura literaria genere una nueva estética en simbiosis al formato digital. Espero ese día, pero por ahora prefiero seguir visitando todos los meses a los libreros antiguos. El libro digital no nos complica mucho, creo que coexistirá con el impreso, porque tengo plena certeza que libro de papel nunca va a morir.

 

En la feria del libro tuvimos una charla corta con Guido. Intercambiamos nuestros contactos y nos hicimos de cinco libros de su catálogo. Esta entrevista no fue producto de una cálida charla de frente, pero las distancias, y la escasez de tiempo, abren nuevos caminos para la comunicación. Guido nos contó lo anterior desde alguna cabaña perdida en algún lugar de Chile, se había escapado de las celebraciones patrias de su país, para descansar. La entrevista transcurrió vía audios de whatsapp, pero lo imaginamos haciendo honor a las ensoñaciones del imaginario poético chileno, en algún bosque, desierto o lago, sonriendo por el  fructífero presente que tiene la editorial que encabeza, contemplando el futuro rizomático de Alquimia y planeando el abordaje a nuevas cosmogonías, prosas y poesías del hemisferio. Alquimia es expresión de lo mejor de una época que perdió sus futuros y horizontes; un ejemplo de que en la permanente inestabilidad, se pueden articular contundentes respuestas desde la literatura.

 

Pese a la crisis, se sigue haciendo “un buen trabajo”: Dobra Robota

Editar de forma independiente hoy en Argentina

Es difícil pensar cómo convergen en un mismo imaginario la pampa argentina y la llanura nordeuropea, siquiera intentarlo es riesgoso; ya sea por las distancias espaciales y/o culturales. Pero más audaz aún es hacer de eso un proyecto que trace coordenadas e intente acercar ambos paradigmas y, sumar a ello, la exploración musical desde las letras.

Cuando se piensa en literatura polaca en Argentina, el autor al que generalmente se evoca es Witold Gombrowicz, un escritor vanguardista que vivió 23 años en el país sudamericano, y que dejó como legado una trascendente y potente obra, de herencias incomunicables. Pero Gombro es sólo la hebra de una gigantesca madeja de hilo; el campo literario polaco es vasto y rico en disidencias y alteridades, aunque aún le es bastante ajeno al público no especialista.

Los pasados 10, 11 y 12 de agosto en la Feria de Editores Independientes de Buenos Aires, Revista Tránsitos se dio a la tarea de rastrear editoriales con propuestas novedosas, frescas y atrevidas. La “Mierda” 1 nos atrajo como moscas al stand 107 de la Feria, encontramos en él un irreverente proyecto editorial y un campo de vacancia sumamente amplio: Dobra Robota Editora.

Tras dicho encuentro coordinamos una charla atemporal y vía correo electrónico con Gabriela de Mola, editora de Dobra. Aquí nos cuenta las dificultades, adversidades, gustos y disgustos y el por qué hacer de la edición una forma de organización y resistencia, sobre todo en este particular momento argentino:

¿Por qué decantarse por la traducción y edición de la literatura polaca?

Siempre leímos autores provenientes de literaturas periféricas, autores de Europa del Este sobre todo, no solo eslavos, sino también húngaros, rumanos… Al mismo tiempo, surgió la idea de publicar algún texto inédito de Gombrowicz, pero nos dimos cuenta de que no resultaría muy sencillo comenzar con él, por lo que nos pusimos a investigar a otros autores polacos contemporáneos. Así dimos con Bruno Schulz, amigo de Gombro. Y con Witkiewicz. Los tres, Gombrowicz, Schulz y Witkiewicz forman una especie de tríada en la literatura polaca contemporánea, en tanto rompieron reglas, fueron vanguardistas, únicos, y además, se conocían entre sí. Witkiewicz, por ejemplo, dedicó los últimos años de su vida a promocionar la obra de Schulz. Decidimos publicar el primer tomo de relatos de Schulz con una nueva traducción, ya que las que circulaban en Argentina eran de los años 70 (traducidas del polaco al inglés, y del inglés al español), o la traducción española de Siruela, carísima.

¿Qué sentido tiene el nombre de Dobra Robota, entonces?

Dobra Robota significa “buen trabajo” en polaco. Más allá del significado, la elección tuvo más que ver con que sonaba bien, y era fácilmente pronunciable en español, a diferencia de otras palabras del polaco. Y como comenzamos con una colección de literatura polaca, pusimos el nombre relacionado con eso. Después nos abrimos a otros temas.

¿Cuáles son los mayores logros y/o títulos publicados que les enorgullecen de la editorial? ¿Cuáles recomendarías?

El primer libro: Las tiendas de color canela, porque fue una apuesta y terminó superando nuestras expectativas. También el primer libro de la colección de música: Touching from a Distance, porque desde chica escuché Joy Division, y este es el libro definitivo sobre Ian Curtis y la banda. En términos editoriales, me encanta poder plasmar mis gustos musicales mediante la elección de lo que publico.

Recomiendo: El arte de los ruidos, de Luigi Russolo, porque es la primera vez que se traduce completo al español y por su vigencia: fue un texto escrito entre 1913-1916 y hoy sus postulados siguen vigentes y resultan ultramodernos: Russolo propuso la primera teoría musical que contemplaba los ruidos desde un punto de vista estético, e inventó instrumentos para generarlos. Y también, Incomodar con estilo. El exilio de Gombrowicz en Argentina, de Nicolás Hochman, porque es un ensayo muy lúcido, que desmenuza a un escritor como Gombrowicz, una figura que lentamente se va reconociendo en Argentina. Creo que el hecho de que haya vivido en Argentina durante 24 años genera una cercanía que me hace apreciarlo aún más; además su teoría de la inmadurez, que fue perfectamente aplicable al campo literario argentino en un momento determinado y Gombrowicz lo vio.

¿Nos podrías adelantar algún proyecto futuro de la editorial? ¿Algún nuevo título?

Comenzamos un proyecto de co-edición con otra editorial: Walden Editora. Estamos co-editando una serie inglesa llamada 33 1/3 sobre discos canónicos de música contemporánea. Los libros fueron escritos por distintos editores, periodistas, críticos de música, e indagan sobre el contexto en que esos discos fueron producidos, grabados y lanzados, y el efecto y la influencia que ejercieron. La serie incluye libros sobre discos claves del rock, jazz o de la electrónica. El primero sale en octubre: Selected Ambient Works Volume II de Aphex Twin, escrito por Marc Weidenbaum. Luego, sacaremos The Velvet Underground & Nico, escrito por Joe Harvard. La colección original tiene más de 100 títulos, pero nosotros hacemos una selección basada en nuestros gustos y lo que creemos que puede funcionar, en principio, en Argentina. En cuanto a nuestra colección polaca, estamos negociando los derechos de una autora contemporánea, pero no podemos decir nada todavía porque no está cerrado.

Pasando más al plano personal, ¿cuándo y cómo decidiste dedicarte a ser editora? ¿Alguna selección personal de libros?

Yo estudiaba Letras en la Universidad de Buenos Aires, pero me interesaba trabajar dentro del ámbito editorial, por lo que decidí cambiarme de carrera y pasarme a Edición, en la misma Facultad. Carrera que completé y de la que soy egresada. Después de eso, volví a Letras un tiempo más, pero ya estaba metida con Dobra Robota y la terminé dejando.

De los los libros que leí últimamente:

Mi sangre, de Élise Thiébaut

En casa, de Mona Chollet

Calibán y la bruja, de Silvia Federici

Otros autores de literatura: Ádám Bodor, Jonathan Franzen, Mircea Cartarescu, László Krasznahorkai.

¿Qué escritores de las nuevas generaciones en Argentina o América Latina recomendarías?

Samanta Schweblin, Tomás Downey, Germán Maggiori, Carlos Busqued. Hay una generación más joven aún, pero vengo un poco atrasada en lecturas.

¿Qué opinás sobre los E-books / libros electrónicos?

Son una opción que no termina de instalarse en Argentina. Las ventas totales de libros electrónicos acá son muy bajas. Por ahora, son formatos asociados principalmente con best-sellers o manuales universitarios. En mi caso particular, trato de leer en papel, pero sí nos ha pasado de que nuestra única opción para saber de qué va un libro haya sido leerlo en su versión electrónica. Siempre que se trate de accesibilidad, voy a estar a favor.


“Las editoriales argentinas son muchas y de ellas sale el mejor y más diverso material: los mejores títulos, los mejores temas, las mejores estéticas. Por la cantidad de editoriales y por la calidad de lo que editan, el fenómeno editorial argentino es casi único en el mundo.”


¿Cuál es la situación y perspectiva de los editores independientes en 2018 y en el futuro? ¿Cuáles son los mayores obstáculos?

Como sabrán, Argentina está pasando un momento pésimo en general (económica, social, cultural, ideológicamente, etc.), que obviamente se refleja en el ámbito editorial, ámbito que nunca fue debidamente apoyado, fomentado, escuchado, ni nada. Esto repercute en todas las editoriales argentinas pequeñas y medianas y, básicamente, en todos los actores de la cadena, que indefectiblemente están relacionados. Difícilmente a uno le vaya bien si al otro le va mal. El panorama es desalentador y, cuando se dan estas caídas, se producen retrocesos tan profundos que es muy difícil remontar. El sector queda dañado. La perspectiva es resistir, seguir editando. Las editoriales argentinas son muchas y de ellas sale el mejor y más diverso material: los mejores títulos, los mejores temas, las mejores estéticas. Por la cantidad de editoriales y por la calidad de lo que editan, el fenómeno editorial argentino es casi único en el mundo. Hay mucho potencial, lamentablemente ignorado por los gobiernos que pasan. Los mayores obstáculos son el precio del papel y el de la impresión, costos que están dolarizados; ahora se sumaron retenciones a la exportación para este sector: no es lo mismo aplicar retenciones a un terrateniente sojero que a una editorial argentina. A todo esto se suma la devaluación del peso argentino, que hace que el costo de comprar derechos (en euros o dólares) se vuelva mucho mayor y más inestable. Es difícil planificar porque no sabés cuánto vas a tener que pagar dentro de dos semanas o seis meses.

Para vos, ¿cuáles son los retos y desafíos de la figura del editor?

Aportar a la diversidad temática y, en Argentina, hoy, resistir.

  1. Mierda. Antibiografía, libro escrito por Wojciech Kuczok, editado por Dobra Robota Editora.

MIERDA

Se escupía, escupíamos. Me enseñaron a escupir. Antes de que me escupieran por primera vez, uno de los primeros días de escuela, vi como era eso de hablar escupiendo; dos muchachos de séptimo u octavo grado, en cualquier caso unos gigantes, los mayores, los que nos veían como obstáculos en el camino, los que nos prestaban menor atención que a las palomas, dos de ellos hablaban entres sí escupiendo, hablaban por medio de escupidas, quizás era la última fase de la conversación, que no había logrado terminar en un acuerdo, tal vez esa era la única etapa posible de la conversación, podría ser que esos dos hubieran estado hablando así desde hacía ya mucho tiempo, por medio de escupidas; de todas formas, uno de los primeros retratos, una de las primeras imágenes con las que me recibió la escuela, vieja, de preguerra, prestigiosa (como decía en viejo K., de la que también había sido su alumno), quizás la primera de las imágenes que para siempre me quedó en la memoria, de la que tuve que sacar conclusiones, fue esa conversación silenciosa.

Uno escupía al otro, el segundo escupía al primero, al principio se alternaban, como si intercambiaran sus puntos de vista, y luego, ya con fuerza, al mismo tiempo, en serie, sin esperar que la porción de saliva fluyera desde las glándulas salivales a la lengua, sino escupiendo en el aire, a toda costa, con gotas cada vez más pobres cayendo en la cara; conversando entre sí, escupiéndose mutuamente  en la cara, cosa que era observada con aburrimiento por un grupito de otros grandotes y, cuando ya tenían las bocas secas, se limpiaban las caras con las mangas de los uniformes y se retiraban, cada uno por su lado.

Fragmento de Mierda. Antibiografía / Wojciech Kuczok, Dobra Robota Editora, Buenos Aires, 2018.

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