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El placer de hacer libros y no mercantilizar en el intento

Por Angélica Mogollón

Campo de Niebla es un proyecto editorial de Maximiliano Kreft y Laura Las Heras que nace en el 2006 con el objetivo principal de difundir literatura latinoamericana en Argentina “en la cual, las características de la ciudad, el ámbito rural, lo geográfico sea protagonista o interpele a sus protagonistas”, es una editorial chica como la denomina Maximiliano que publica dos títulos por año (entre 200 y 300 ejemplares), pero que entiende al libro como un objeto diacrónico que termina de cerrarse únicamente  con la lectura individual que hace cada receptor.

Es una editorial con un enorme impacto en el ámbito local, pues más allá de querer lucrar editando desde las necesidades del mercado contemporáneo, las decisiones que toma son autónomas y corresponden netamente al criterio estético de su fundador, de esta manera sus intereses corresponden más a la socialización del libro ofreciendo sus títulos a precios muy bajos y accesibles y entendiendo al libro como un constructo cultural más que mercantil.

Tuvimos oportunidad de conversar con Maximiliano Kreft para que nos cuente más sobre este proyecto cultural y político, que se consolida como una editorial independiente no supeditada a la lógica de la oferta ni la demanda, sino a la formación de una ciudadanía cultural más consciente de ser.

De dónde surge el interés de crear una editorial teniendo en cuenta el amplio mercado a nivel local.

El interés lo tuve más o menos desde los 15 años, el primer Campo de niebla fue en esa época y era una editorial de poesía de circulación mínima, después lo deje durante mucho tiempo y hace tres años aproximadamente empecé de vuelta, empezó siendo primero una editorial de libros ya editados en otros países que acá no se conseguían o que ese tipo de literatura latinoamericana no tenía espacio incluso en editoriales independientes locales. En  un viaje conocí a Juan Manuel Chaves de Ahí va el señor G, nuestro primer libro publicado, yo le plantee que estaba con un proyecto y sus ganas avasallantes me hicieron que en un periodo de tres meses la editorial arranque. La editorial se va componiendo principalmente por libros que voy leyendo que no están acá, es como una biblioteca personal de lo que para mi debería estar editado. 


¿Cuál es tu opinión respecto a los diferentes espacios de mercantilización FILBA (Feria internacional del libro), FED (Feria de editores)?

Desde el lado mercantil las librerías son las principales vendedoras que hacen llegar el libro al lector. El público de la FILBA es un público en su mayoría de bestseller, es como una excursión de la cual para hacerla completa cada uno debe salir con un libro comprado para decir “fui a la feria, compre un libro”, y probablemente en la mayoría de los casos va ser el único libro que esa persona quizá lea en todo el año. La FED está buena porque acerca a quien hace el libro con el público, pero también es medio caótico, y totalmente mercantil.

Nada democratiza desde el punto de vista mercantil, no existe la democracia en lo mercantil. Primero está el libro como objeto cultural, pero a la vez es una mercancía, entonces hay una dualidad desde la editorial, en qué parte es un negocio, en qué parte estás metido en la cultura. El libro al ser un producto que tiene un precio ya está condicionando por el poder adquisitivo, para que éste sea democrático debería haber más bibliotecas, y el estado debería fomentarlas más, para que el que no tenga la capacidad económica de ir a comprar a la librería pueda acceder si tiene actitud de leer, todo eso teniendo en cuenta que para que haya actitud de leer debería haber una campaña de lectura por parte del estado.

El gran problema del libro es la disyuntiva entre objeto cultural y mercancía, para mi es una mercancía y responde de manera capitalista al factor de producción, muchas editoriales precarizan todas las fases de producción. Es así que desde la génesis del propio objeto cultural/producto ya hay algo que no democratiza, es completamente ambiguo. Sin embargo, a los actores del libro les gusta esa ambigüedad para poder jugar y sacar provecho, a éstos les gusta hacer lobby y cuando les conviene se paran del lado cultural pero también del lado mercantil.

¿La elección de las condiciones geográficas urbano-rurales corresponden a alguna especificación estética?

Totalmente, por vivir tantos años en esta ciudad cualquier movimiento fuera de ésta me motiva y sugestiona mucho, tengo cierta sensibilidad para notar los códigos del lugar, y entenderlos, eso es lo que me llama la atención. Me gustan mucho las novelas y cuentos donde el autor logra volcar esos códigos en el texto, que se note ese lugar, en donde vos leas y sientas ese lugar, sin ponerle un nombre, que te traslade. Me gusta lo regional, la idiosincrasia del lugar, el movimiento que represente lo urbano o lo rural y que éste sea condicionante de los personajes.

Los Ariscos, novela de Germán Ulrich

Su publicación más reciente es Los ariscos de Germán Ulrich, danos un avance de lo que viene próximamente.

Ulrich está haciendo muy buen trabajo de democratización, él como autor de cierta región lleva su libro y lo difunde. La novela transcurre en la ruta 1 de Santa Fe y él va pueblo por pueblo y organiza charlas en bibliotecas populares abiertas a la comunidad, a éstas asiste todo tipo de público desde estudiantes de secundario hasta el panadero o dueño del almacén del barrio. Me parece más importante ese papel de difusión que salir en la nota del diario.

Lo que se viene es una novela de la autora peruana Elvira Gadea llamada La Casa, es la historia de una mujer de mediana edad que se separó y debe comenzar una vida sola. Ella vuelve a su barrio y alquila una habitación en una casona antigua. La novela evidencia a una persona que estuvo en estado de pausa durante años por su matrimonio y como un día se despierta rebosante de ganas de vivir. De esta manera, la novela está constituida por tres partes, primera historia de una casa, historia media por medio de unas cartas y una historia final en otra casona. La casa será publicada en noviembre.

Para el año que viene se va a publicar otra novela de Ulrich que es una especie de precuela de Los ariscos, pero con un registro más orientado al género policial y también estoy considerando empezar una serie de publicaciones de cartas y entrevistas de autores latinoamericanos.

¿Cuáles son los objetivos editoriales a mediano plazo teniendo en cuenta la singularidad económica que está viviendo el país?

El objetivo principal de la editorial es que sea autosustentable, es decir, que con el libro anterior se pueda imprimir el siguiente, la editorial no está pensada ni parada en Buenos Aires y no me interesa hacer ruido en la movida local, me interesa que el libro llegue a quien lo quiera y lo pueda leer, por ese motivo tratamos de cuidar bien los precios con  ediciones económicas, actualmente los libros están entre los 250 y 300 pesos, pero a comienzo de año estuvieron más baratos, no me interesa vivir de la editorial porque pierdo cierta libertad, esto es muy mi gusto personal, lo único que quiero es tener plata para publicar el siguiente, apostando a que el libro sea leído, porque si el libro no es leído no existe.


Niñez marica en los 80, “Papelucho gay en dictadura”

Por: Alejandro Córdova & Revista Tránsitos
Foto: Maca Rodríguez

De cara al inicio de la tercera década de este siglo, Latinoamérica ebulle: por un lado la vuelta de gobiernos neoliberales -junto a las crisis cíclicas del capitalismo- la crisis de subjetividades y las formas tradicionales o institucionalizadas de pensar lo político, que a su vez reclaman una radicalidad que aún no termina de asomar en el horizonte. Por el otro, llegan bocanadas de aire fresco gracias al feminismo con el que se pone en marcha una nueva cultura política, una reconfiguración de las identidades, una praxis sin precedentes a nivel micropolítico.

Pero hace falta explorar el pasado de nuestras disidencias sexuales, relegadas a un segundo plano por demasiado tiempo. Es necesario volver sobre los pasos de esa Latinoamérica desde donde se hacían carne los nuevos sujetos políticos, siempre desde las sombras del Estado, la sociedad e incluso de los partidos de izquierda. Desde ahí narra Juan Pablo Sutherland una caleidoscopica y potente autoficción donde el autor proporciona al archivo una plasticidad que habilita la representación y exploración más allá de los “hechos reales”. Sutherland publicó este año (2019) la novela Papelucho Gay en Dictadura a través de Editorial Alquimia, en ella recrea una niñez atravesada por el fantasma de la revolución que no fue, la persecución y la dictadura pinochetista siempre al acecho, y el intento de encontrar en la cultura popular, la sexualidad y la poesía el autodescubrimiento y los puntos de fuga para erotizar la vida y hacer de ello un espacio de militancia.

“Ser hombre o ser mujer, ser hombre queriendo a un hombre, ser mujer queriendo a una mujer, ser niño queriendo a un niño, ser niña queriendo a una niña. El mundo debería ser más fácil, más simple, como estas ecuaciones que armo en mi cabeza con estas dos orejas grandes que ya vuelan y que nadie podría imaginárselas en un adolescente.”

Revista Tránsitos tuvo la oportunidad de conversar con el autxr de esta novela que echa luz sobre la política de lo personal, y las herencias de las disidencias actuales y las que están por venir, los primeros trazos desde donde se plasma el anhelo reciente de “América Latina será toda transfeminista o no será”.

“Papelucho gay en dictadura” se define como un libro híbrido entre la autoficción y la escritura de memorias. ¿Cómo nace este proyecto? ¿Nace de diarios verdaderos? ¿Dónde empieza la ficción? 
La verdad que se fue construyendo de fragmentos de diarios y anotaciones para pensar la niñez marica en la unidad popular años 70, fue un proyecto que conversé con Pedro Lemebel, amigo que fundamentalmente le gustaba mucho el título como posibilidad de intervenir imaginarios. Luego el proyecto obtuvo la beca de creación y se fue armando ya con la idea de emigrar de los 70 una voz más ochentera, el libro es una conjunción de anotaciones sobre la adolescencia marica junto con la militancia política y los años de dictadura. Creo, que efectivamente está en el tránsito de las memorias novelada, es decir, trabajo de archivo pero torciendo formas clásicas del archivo y construyendo formas paralelas de narración.

“Papelucho gay en dictadura” es también un libro lleno de erotismo. ¿Por qué escribir en clave erótica? ¿Qué función tiene lo erótico en tu obra? ¿Hay una relación directa entre disidencia sexual y erotismo? ¿Entre política y erotismo?
Creo que se relaciona con el proceso de construcción de identidad, de primeros acercamientos en una sexualidad castigada en dictadura y también en la propia izquierda. Me interesó meterme en el deseo oculto, en esos episodios clásicos del silencio sexual y el secreto de la biografía amorosa en proceso de construcción, el erotismo es una expresión de la sexualidad, es una frontera que tiene su propia pulsión en contradicción con los castigos y persecución. En ese sentido, la sexualidad como gran territorio es un paisaje donde se dibujan diversas expresiones de subjetividad, identidad, deseos. El erotismo es una punta del iceberg del mundo negado.

Papelucho gay en dictadura” es también un libro político. Un libro que se inscribe a la literatura que problematiza las masculinidades de los proyectos comunistas del siglo XX. ¿Cuál es la intención al exponer el vínculo entre la militancia política y la disidencia sexual?
Expone la tensión de pensar las utopías políticas incluyendo las utopías sexuales, es decir, manifestar o exponer que los sueños de transformación social vieron muy poco el horizonte utópico de las sexualidades no normativas. Me interesó de manera íntima y no discursiva abordar esas dimensiones en franca contradicción con las formas de pensar lo político. Ahí hay quiebre, donde se arma complicidad con el feminismo para politizar lo personal. En América Latina, los sueños de transformación no incluían ese sueño marica, que contaba con muchos militantes políticos que vivían una militancia sexual no normativa, y que muchas veces la mayoría fueron castigados o despreciados.  Afortunadamente las paisajes fueron cambiando también por los imaginarios puestos de la literaturas, los movimientos sociales y figuras que propiciaron una mirada distinta.

¿Qué rol juega la cultura pop (música y tv en los 80s) en “Papelucho gay en dictadura”?
Son formas de contar la historia del personaje a través de paisajes simbólicos que fueron muy poderosos en tiempos de censura política y represión. Las series o la música, permitían puntos de fuga o torcer ciertas miradas para producir procesos de apropiación. En el caso del personaje, hay formas de leer las series que tiene que ver con el erotismo castigado o cierta masculinidad hegemónica que era transversal, izquierda o derecha. El personaje se apropia de las series para, a través de ellas, contar su propia historia, Perdidos en el espacio, Tierra de gigantes, El hombre nuclear o el propio escenario de Sábados Gigantes tan monocorde en tiempos de fin de semana en la dictadura de los ochenta.

En la novela hay una influencia de Puig sobre todo en cómo abordas la cultura popular y cómo ésta configura el inconsciente colectivo. Hoy en día parece vital poner en tensión cómo los medios construyen sentido. ¿Ves en la cultura popular actual también puntos de fuga para la representación de las disidencias más allá del mercado?
Creo que los procesos de re-apropiación cultural son complejos, pero muy atractivos para torcer los sentidos hegemónicos. En ese sentido me parece hay formas diversas de leer, y la matrix nos entrega mil versiones del mundo, pero que también esconden narrativas hegemónicas que intentan uniformar. Me parece que pese a ello, es posible abordar las formas de construir sentido. Creo que hay posibilidades en la medida que exista capacidad crítica para leer los acontecimientos o pensar en tiempo desde una historicidad fluctuante.

¿Qué otros nombres además de Rodrigo Lira calificarías como influencias de esa escena literaria underground que aparece en el libro? 
Rodrigo Lira funciona para el personaje como una heterotopia, es decir como un no-lugar, pues a pesar de ser parte de una escena literaria, el poeta aparecía claramente tanto en vida como obra desde un lugar poco leíble y agenciable para los escritores de ese tiempo, Lira está dialogando con formas diversas de entender la escritura, la cultura y su propia vida. En ese tiempo, leía a Lira, Diamela Eltit, Zurita, Puig, Lihn, y muchos otros que podrían calificarse como under, contracultura o simplemente escritores que contaban mundos no tradicionales para ese tiempo de pelea entre grandes relatos o mega-relatos

¿Qué significa ser comunista hoy día?
Me quedo con la idea del comunista utópico, local, barrial, del viejo que enseñaba a los otros sobre las formas de explotación y la conciencia de clase. Había algo ahí, metido en lo popular que desbordaba incluso los protocolos militantes, pienso en los comunistas como sujetos que pensaban la utopía casi ingenuamente. Hoy pensaría en varios personajes que siguen encarnando ese lugar, no son muchos en todo caso.  Creo que ser comunista lo separaría de ser militante, pues son lugares que muchas veces se friccionan en la política de los consensos actuales.

Sobre el autor de la nota:

Alejandro Córdova, nació en San Salvador en 1993, se formó en el programa de jóvenes talentos de la Universidad Dr. José Matías Delgado. Estudió en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, ha tomado varios cursos de redacción literaria con escritoras destacadas como Claudia Hernández, Jorgelina Cerritos, Jacinta Escudos y Susana Reyes, por mencionar algunos. Ganador del 6to Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve.

Twitter: @cordoviss


Gabriela Ayala – arte, comunidad y feminismo-

La Revista Tránsitos tuvo la oportunidad de reunirse en Ibarra- Ecuador con Gabriela Ayala, muralista, ilustradora, fotógrafa y activista. Mientras nos comentaba sobre su reciente estudio de la iconografía del pueblo Pasto de la fase Cuasmal-Tuza, pudimos observar que, por las imágenes, libros y música, no estabamos en cualquier sitio, sino más bien en “Frida”, un café donde no hace mucho se reunía junto con otras artistas y gestoras culturales para discutir sobre la incidencia del feminismo en la coyuntura del país. Entre las preocupaciones que Gabriela y varios colectivos e instituciones han estado trabajando sobresale el reciente femicidio ocurrido durante el mes de enero en el centro de la ciudad. Hecho que mostró cómo el sentido común Ibarreño todavía está plagado de machismo, xenofobia y racismo. Se dejó de lado el lamentable fallecimiento de una mujer para dar cabida a una “purga” de residentes y refugiados venezolanos, la falsa y ciega ley del talión: odio disfrazado de justicia. Entre ésta y otras problemáticas de índole comunitario, ambiental y político Gabriela enfoca su labor profesional y artística que intenta resignificar, intervenir y contribuir a un cambio social. 

Las paredes de Ibarra y también de otras ciudades del Ecuador en la última década se han convertido en el lienzo de vari@s muralistas y grafiter@s. Conviven distintas estéticas que van desde lo abstracto, realista, conceptual hasta el hiperrealismo ancestral. Ahora bien, ¿por qué ahora?, ¿por qué en espacios públicos? En el Ecuador, las artes plásticas han sido el campo que más atención ha logrado obtener a nivel nacional e internacional, y no solo en la actualidad con exponentes como Apitatan, Verapirmavera y Gabriela, sino desde la aparición de Oswaldo Guayasamín, Araceli Gilbert, Eduardo Kingman, entre otros. A través de festivales e intervenciones públicas la comunidad de artistas plásticos parece ser la más activa en el entramado político-social del país, en los últimos meses se involucraron y mostraron su apoyo pintando murales con respecto a la protección del territorio guaraní, el respeto al territorio y cosmovisión andina, la protección y la lucha antiminera en Imbabura y otros sectores. A pesar de ser una comunidad heterogénea y con diferentes improntas ideológicas no descuidan el eje social en la creación artística. Gabriela hizo lo propio al formar parte de la festividad del Inty Raymi (1) Chicago 2019- EEUU, donde el trabajo creativo de 12 artistas ecuatorianos compuso el proyecto expositivo “Uyayta Shuyuchik”, muestra que  buscó visualizar la memoria, la ritualidad, el paisaje cultural y la interculturalidad. 

¿Cuál es tu perspectiva de las artes plásticas en Ecuador?

El arte público ha ganado presencia en los últimos años, un destape total. Muchos artistas han surgido a partir del graffiti, el muralismo, técnicas mixtas y la intervención de espacios, lo que antes no estaba vigente. Cada uno busca su estilo, ya no solo se sigue la corriente de paisajes, ahora estamos saliendo del  pasado estético para explorar lo público y transformar nuestro proceso de creación. Por ejemplo, hay un “boom” en los artistas locales que gira en torno al realismo, hiperrealismo, lo figurativo e ilustrativo. No es contemporáneo, sino otra línea, otra corriente. En Ibarra lo contemporáneo causa temor, porque se ancla más a lo conceptual, los que están involucrados parecen no querer salir de él y explotar lo manual, de cierta forma.

Cuéntanos sobre tu participación en colectivos artísticos, ¿en qué consistió?, ¿cuáles eran los lineamientos que seguían?, ¿eres parte de alguno en la actualidad?

Ukupacha es el colectivo con el que más he caminado, se basó en todo lo que refiere a muralismo comunitario, pintabamos en distintas comunidades siguiendo la idea de la interculturalidad. Es decir, ibamos a la comunidad, nos empapábamos del ambiente, ideas, exigencias políticas, y entonces, trasladábamos todo a un mural, interveníamos el espacio. Un tipo de arte social para todos. Después rompimos el vínculo para trabajar en nuestros estilos personales, aunque en ocasiones todavía nos reunimos para intercambiar técnicas y experiencias. Arkipus fue otro de los colectivos donde participé, logramos hacer gestión cultural desde una casa, que actuaba como un espacio de mediación cultural, entre las distintas actividades que hicimos, la más notable es la convocatoria y  exposición nacional de artes plásticas. En la actualidad colaboro en el colectivo Mundana, existen dos ejes: el arte público y lo literario desde la gráfica. Jairo Mena es el director de este espacio de gestión y producción, desde donde también se intenta traer a grandes artistas a nivel mundial para intervenir en espacios abiertos, en las diferentes convocatorias y festivales. En el mes de Julio se celebró por tercer año consecutivo el festival Numu (2) en Otavalo y Antonio Ante, Ecuador. Este colectivo tiene presencia en Bélgica y cada año invitan a un artista nacional. En el 2018 tuve la oportunidad de ir y presentar mi obra, así como pintar un mural colectivo, este año el artista invitado será Jairo. El último colectivo, en el que también participo actualmente, es Killa (Luna) junto con Andrea Heredia, formamos un taller que se llama Barro y Tinta desde donde se autogestiona proyectos y encuentros de mujeres, buscamos la visibilización femenina en las artes de nuestra región. Este año se llevará a cabo el quinto encuentro de mujeres en las artes.

¿Qué muralistas nos recomiendas seguir? 

Mo Vásquez, Ecuador @mo.vasquez

Steep, Ecuador @steep_aeon

Juan Carlos Revelo, Imbabura, Ecuador.

Alegría del Prado, colectivo Mexicano-Español @alegríadelprado

¿Qué influencias crees que han atravesado tu obra? 

Es un tema complejo. De todos modos, cuando estudié en la Unidad Educativa Daniel Reyes, en uno de los talleres el artista Eddy Brush nos compartió un ejemplo de cómo hacer animación 2D, a partir de esa experiencia y el compendio de sus dibujos siento que me quedó algo. Pero también y de una forma más clara siento la influencia Pasto-Cuazmal, la iconografía de los platos y la cultura en general ejercen un eje importante en mi proceso creativo, algo cercano a una epigenética y un ADN artístico. Así como también trabajo en la revalorización de las identidades de San Gabriel, Ecuador, lugar en el que nací. 

Cuando inicié me basaba en personajes antropomorfos o monstruosos, si se puede llamar de alguna forma. Después, a partir del surgimiento de Internet me introduje en distintas miradas y experiencias plásticas. Es decir, mi proceso independiente ha ido cambiando constantemente, como también desde el dibujo, porque cuando trabajé con las mujeres bordadoras de La Esperanza, Imbabura, llevaba a cabo una investigación y lo femenino le dio una nueva vida a mi obra, las figuras sobre todo, la identidad comunitaria y las hojas como un florecimiento personal. Ahora considero que estoy en otra etapa, la fusión de lo femenino con un instinto de supervivencia, de visibilizarme-nos, cómo son los lenguajes plásticos femeninos en la Provincia. El uso de las ramas como un florecimiento que se relaciona a las fiestas de los equinoccios, el Kolla Raymi ( festividad ancestral que hace honor a la fertilidad, espiritualidad y belleza femenina) y el Pawkar Raymi ( festividad ancestral de agradecimiento a la Pacha Mama por el agua y la vida) dos aspectos que marcan la cosmovisión andina en mi obra, la conexión de la mujer con la madre tierra es evidente y son temáticas que me ayudan a crecer. 

¿Cómo “sobrevivir” desde el arte en la industrial cultural ecuatoriana? 

Es extremadamente difícil, aunque he logrado insertarme desde dos puntos fundamentales, el trabajo como free lancer en ilustración y fotografía y, lo segundo, por medio de talleres y muros comunitarios en los cuales normalmente hay que concursar institucionalmente para acceder a un presupuesto. Por otro lado, hay etapas de sequía, en las cuales intento hacer trabajos por encargo o reproducción, ilustraciones bordadas -imprimo dibujos y los bordo o intervengo en alguna parte para después venderlos-  El estudio de la plástica me ha brindado las herramientas para abrir nuevas formas de producción, pero a futuro quisiera más bien ejercer la docencia y compartir el conocimiento adquirido con los demás. Pero hay que tomar en cuenta que para sobrevivir del arte en Ecuador debes ser reconocido y vivir en Quito, Guayaquil y Cuenca. 

Mural colectivo: Izquierda Cirstian Tutillo, Centro Andrés Cuatin, Derecha Gabriela Ayala 


Háblanos más sobre la conexión de tu obra con el feminismo en Ecuador. 

El feminismo en Ecuador es amplio y muy diverso, hay feminismos anárquicos, andinos, académicos, partidarios, etc. En lo personal no puedo decir que me involucre en uno solo pero sí intento inmiscuirme en la visibilización de los derechos de las mujeres a través de mi obra o desde el activismo artístico, pienso que es fundamental que se reafirmen las luchas y resistencias de las distintas problemáticas vigentes en el país. Aún cuando en Ecuador todavía hay una concepción equívoca de lo que es el feminismo, que está más cercana al hembrismo, debemos continuar informando y ayudando a que se cree una cultura de conciencia y respeto. Como por ejemplo, en el vecino país de Colombia, en el Cauca ya se puede evidenciar la labor de una de una líder feminista, en una comunidad originaria. Las mujeres estamos en un proceso de empoderamiento y en Ibarra debemos seguir construyendo a partir del arte, unificarnos e intentar cambiar  los imaginarios machistas de la sociedad Imbabureña.

Contacto:

@elizabetha_gabriel  Instagram 

@Elizabetha Garbiel Facebook 

Notas al pie:

1 Solsticio de Junio, agradecimiento de los pueblos andinos a la Pacha Mama por la producción y cosecha.

2 @numufestival

RPCM

Edad de la ira: un poema para sumergirse en la violencia

Por: Augusto Magaña

Toda patria es una construcción basada en el engaño. Es una idea que se impone, que se
funda en una violencia misteriosa, casi fantasmagórica, bajo la intención de unificar un
territorio. Unificar para controlar. Para colonizar. Para subordinar. El filósofo esloveno
Slavoj Žižek diferencia en Sobre la violencia (Paidós, 2008) entre una violencia subjetiva
que es visible y practicada por un agente que podemos identificar al instante y una
violencia objetiva o sistémica, que es invisible, pues es la violencia inherente al estado de
cosas “normal”. Este esfuerzo de normalización es precisamente lo que mueve la creación
de la idea de Nación. ¿Cómo explicar, entonces, esta violencia que se nos escurre entre las
manos? “Es sumamente difícil acceder a la violencia y a sus causas”, afirma Patricio
Alvarado Barría (Temuco, 1988), poeta chileno, que en su libro Edad de la ira (Ediciones
Sin Fin, 2019) intenta precisamente adentrarnos y sumergirnos en esa violencia para
mostrarla. Para hacernos sentir violentados.


Edad de la ira es un poemario dividido en tres actos, en el cual a lo largo de los versos
transcurren imágenes y paisajes de la Araucanía; tierra mapuche devastada y colonizada en
el nombre de una nación. Tierra natal, también, del autor, que recoge en el libro
experiencias vividas e historias rescatadas de ese territorio, desde su colonización hasta la
actualidad, que lo muestran como una especie de laboratorio neoliberal a pequeña escala
de las dinámicas de poder que luego se reproducen, a gran escala, en otros lados del
mundo. Alvarado Barría intenta, de alguna forma, desenmascarar las apropiaciones y
malas lecturas de la conformación de un país. “Un país que para mí no existe”, aclara.


Pero el relato de esta violencia fundante no sigue una estructura narrativa. Alvarado Barría
pretende, más que contarnos una historia, desorientarnos verso a verso, perdernos entre la
humareda y hacernos sentir como si estuviéramos huyendo o escondiéndonos de algunos
de los personajes principales de la obra: los “guardianes”, “celadores” y “vigilantes” de la
patria, agentes oprimidos y opresores, que se mueven en medio del caos. “Trabajé un tipo
de libro en el que no busqué la narración. Una de las cosas por las que me interesaba
escribirlo era por la desorientación producida por la violencia”, señala el autor. En este
sentido, el poeta consigue transmitir al lector precisamente esta sensación de
desorientación que se produce en el momento del estallido violento. Pero no solo como una
especie de representación de lo que fue la colonización de la Araucanía, sino también como
un reflejo de la propia desorientación que vivimos en estos tiempos. “La libertad que
prometió internet o la modernización ha sido, finalmente, la opresión también”,
argumenta. Una desorientación por saturación de mensajes, que no nos deja, al mismo
tiempo, vislumbrar también esa violencia objetiva que es la fundadora y la que permite,
precisamente, esa opresión.


Un momento del poemario donde se refleja esta idea es en la sección II del capítulo
Destierros, en la cual los versos del poema están compuestos como si fueran diálogos. Pero
en estos diálogos las voces no se hablan entre ellas, sino que son como voces o gritos
lanzados al vacío, que no se tocan ni se interpelan. “Eso también es violencia: la pérdida
del sentido de comunidad. Estamos siempre reproduciendo un discurso”, critica Alvarado
Barría. Una colonización que en este siglo ya no se hace solo sobre los territorios, sino
especialmente sobre los cuerpos y las mentes de los individuos. En el poema, este
desarraigo del individuo respecto a la comunidad se refleja en un escenario: la casa. El
primer capítulo del libro, Casas incendiadas, muestra, entre otras cosas, la casa como un espacio construido y privado, que no deja de ser artificial. Un espacio que es al mismo
tiempo elemento de encierro, pero también de precariedad y exposición hoy en día. La casa
como vestigio de la destrucción, como ruina que queda de testigo.


En medio del humo, el fuego y el lodo


Álvarado Barría cuenta que empezó a trabajar en el poemario en el 2006. “Ha sido un
proyecto de más de diez años”, explica. En el que hubo, sobre todo, mucho trabajo de
corrección y limpieza. “Es un poema no para contar nada, no para vender un producto…
No quería satisfacer la necesidad de elusión que podría contener el libro”, subraya el autor.
Es por este motivo que Álvarado Barría decidió, en el proceso de edición, deshacerse de lo
que él denomina “los excesos narrativos” de la obra y quedarse solo con el relato poético.
Pero el ripio generado por esa limpieza no cayó en vano, sino que se convirtió años después
en su novela Triage (Alquimia Ediciones, 2015), Premio Mejor Obra Literaria 2015, en la
categoría de novela inédita, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de
Chile.


El humo, el fuego y el lodo aparecen y desaparecen del escenario creado por los versos de
una forma frenética, como una escapatoria en suspenso o una huida contenida. El lector se
adentra en el poemario sin tener claro a dónde poder asirse, intentando reconocer algún
personaje o vislumbrar un paisaje. Pero el humo nubla la vista y apenas deja ver la
devastación. A lo lejos, lo único que alumbra es el busto de Hernán Triziano Avezzana
(1860-1926), el capitán Triziano, asesino de mapuches y figura fundante de esa nación
colonizadora. Su recuerdo aparece en la memoria de los vigilantes y los guardianes como
un fantasma que, de alguna manera, justifica la destrucción que propician en nombre de la
salvación de la patria.


Triziano, al mismo tiempo, sirve al autor de anclaje con la realidad de su ciudad natal,
Temuco, capital de la Araucanía. El capitán fue fundador y capitán de una fuerza
paramilitar creada en 1896 y anexada al Regimiento de Carabineros en 1907. Su busto está
en la comisaría y en la calle de la estación de trenes de Temuco: es considerado casi una
figura fundacional de Chile. Pero aun así, es un personaje lleno de misterios y sombras.
“No tenemos tantas noticias como quisiéramos de él. Era un mercenario, un mata
mapuches”, asegura el autor. Triziano es una figura que simboliza, de alguna manera, la
mentira sobre la cual se han construido las identidades de los Estados latinoamericanos,
porque, aunque sea un “héroe de la patria” para algunos, muy poco se sabe de él. Una
contradicción que sirve también en el poema para parodiar y poner en evidencia a aquellos
guardianes de la nación. “Es súper triste que alguien crea que está defendiendo un país”,
apunta Alvarado Barría.


El autor se preocupa por dejar en claro que esta opresión de los cuerpos que significa la
nación “no es un enfrentamiento: es una colonización”. Y consigue transmitir en su poema
esta sensación de opresión, a través de un lenguaje colonizado y críptico, que sacude al
lector para intentar que vislumbre la violencia que rodea y ordena cada una de nuestras
vidas. Eso sí, Alvarado Barría renuncia a la narración en favor de la poesía como una
manera de no caer en la tentación de erigirse “portavoz” de los oprimidos, sino
simplemente como un ejercicio de inmersión y búsqueda, que al mismo tiempo refleja una
realidad más honda. “No creo que la literatura tenga que ver con tomar partido”, destaca
Alvarado Barría. Para intentar entender la violencia, lo mejor, quizás, es sumergirse en
ella.

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.

ENTRE DOS FRONTERAS, NÚMEROS Y REALIDADES

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Por: Gloria Volpe

23 de Junio del 2016. En la ciudad de Medellín era una mañana de sol y la radio en casa estaba encendida. Giulia me ponía encima trapos mojados para bajar la fiebre, que era altísima. El fervor lo tenía adentro y afuera. Habló el Presidente Santos: “Nos llegó la hora de ser un país normal, ¡un país en paz!”… “¡Que éste sea el último día de la guerra!”, la radio gritó desde el salón. Nunca olvidé la frase. La Paz se había logrado después de más de 42 años de conflicto civil. Tal vez por la emoción y quizá por la fiebre, era toda escalofríos. Empezamos a llorar y nos abrazamos. Dos italianas que nada tenían que ver con la guerra pero por algo estaban ahí respirando una historia eufórica y esperanzadora. Dicen que la paz es bonita, pero esto era mejor por nuestr@s compañer@s y amig@s, por las víctimas desplazadas del conflicto armado,  por quienes trabajábamos.

Esa misma tarde vino a cuidarme Mauricio, sentado en una esquinita de mi cuarto dibujó un retrato donde aparecía durmiente con la cabeza en un trapito, mismo que, volvía a remojar con agua fría cada cinco minutos. Treinta y tres años, bigote, auto ironía y una sonrisa especial. Dibujaba las cosas como si las escribiese en un diario, él fue una de las personas más apasionadas que conocí y le interesaba sobre todo la política, la paz y el bienestar de los demás. Mauricio creía en la paz, en esa paz, la de aquel día, eso lo hacía feliz.

Fechas y horarios permanecen impresos en nuestra vida cuando están conectados a eventos fuertes que nos marcan. 27 de diciembre del 2018, salgo con unos amigos a bailar salsa en la ciudad de Ibarra-Ecuador. A Colombia siempre la llevé dentro, en el corazón, en cualquier rincón del mundo que pisé y aquí la tengo cerca geográficamente, humanamente. Trabajo en el campo de los derechos humanos y sigo las víctimas del mismo conflicto. Pero las que, por ese conflicto, tuvieron que dejar todo en su país y buscar refugio en otro. Esta misma noche en Colombia, también Mauricio salió a tomarse una cerveza con una amiga, había hablado con él unos días antes. Y ahora recuerdo que fue quien me enseñó la importancia de las comas y las tildes en español -rio es muy diferente de río.- Como siempre, me hizo reír, él también quería ver la película “Roma” de la cual conversamos. Dos balas perdidas llegaron en su cabeza, lo mataron. Un ataque sicarial. Él se definía como un miedoso para todo pero ese día empujó  a su amiga al suelo y le salvó la vida. Adiós. Fin de un universo, el suyo. Estoy segura que Roma le hubiera gustado muchísimo.

La muerte es algo muy natural, pero el asesinato y la impunidad no deberían serlo. Principalmente  hablamos de estos dos puntos cuando nos referimos a los víctimas de esta problemática, estamos acostumbrados a pensar los conflictos como el enfrentamiento armado de dos partes que luchan por distintos intereses. Pero es algo mucho, mucho más profundo que el conflicto armado. Se arrastra en la vida de las personas, en sus relaciones sociales, en la dificultad de abandonar el miedo y la desconfianza en los demás, en los traumas psicológicos, en la violencia incontrolada, en las elecciones obligatorias y a veces dolorosas que se ven obligados a tomar, en la separación de los que más amamos: nuestra familia, nuestra casa, nuestra tierra, nuestros amigos, nuestra comida, los lugares donde crecimos. En el silencio que nos impone. Y el post conflicto parece ser una tierra minada, completamente seca y sin vida, donde, de puntillas, aquella vida hay que intentar replantarla. Esta guerra nunca se acabó, solo se transformó, una guerra que no es la mía y que nunca lo será, pero que de algunas formas tocó también mi vida. Tras la muerte de Mauricio las autoridades quedaron en silencio, pero muchas personas gritaron justicia para él con marchas, eventos, cartas, frases. Lo peor es cuando estas víctimas permanecen invisibles, como números estadísticos. La violencia no debe naturalizarse pero lamentablemente es la realidad del mundo actual. Un número que suma las estadísticas, así nomás.

Siete millones de desplazados internos y doscientos veinte mil muertos en tiempo de guerra en este periodo de supuesta paz. En los primeros tres meses del 2019 en Medellín 86 personas fueron asesinadas, casi dos personas por día, con un porcentaje de impunidad del 76%. De estas, diecinueve personas inocentes por cuenta de balas perdidas. Diecinueve universos diferentes como el de Mauricio, en el lugar y en el momento equivocado.

Defender los derechos humanos, el derecho a la vida, a la libertad, a la tierra. Me pregunto si existe un trabajo más abstracto, defender algo que no se ve, quizá ni se puede comprender, el valor de la vida, por ejemplo. Colombia desde el inicio del año ya cuenta con 169 defensores de derechos humanos asesinados, algunos  mueren y otros, los que pueden, los que se atreven, huyen.

Hoy, 12 de marzo del 2019 estoy viajando en  medio de estos dos países hermanos en dirección a Tulcán. El uno tierra turbulenta y sangraría, país maravilloso, realismo mágico. El otro tendencialmente pacífico, tierra poderosa de volcanes, donde el aire sabe a palo santo y eucalipto. Una frontera los divide y allá me dirijo. Un río -con tilde- infinito de personas diariamente tratan de cruzarla de forma regular o irregular, cada uno con su vida empaquetada en una bolsa. No se pueden llevar muchas cosas cuando se huye, a veces ni los papeles. “¿Usted cuántos pantalones tiene?”, me preguntó el año pasado Nicole de 11 años mientras hacíamos su cuarto traslado de casa. La verdad, no lo sé. Seguramente lo suficiente,  nunca he tenido que hacerme esta pregunta. Los niños refugiados cuentan las cosas, como los adultos los días. Saben exactamente la cuenta de los días que pasaron desde que dejaron su país. Me imagino a estas personas despertándose por la mañana y agregando otra unidad a su cuenta. La condición de los refugiados es trágica, no como la de los migrantes habituales.

Estoy acompañando a Mayra, menor de edad que se encuentra sola. Seguí el caso de su familia el año pasado: después de la muerte de su mamá en Ibarra escapó de Colombia para intentar buscarla en recuerdos, de paso, me buscó a mí también -la tragedia más la suma de la vulnerabilidad-. En esta historia seis hermanos se quedaron sin padres. Miro sus ojos y pienso en los de Lorena. Nadie marchó por ella, nadie exigió justicia por su muerte. Un número más, otra vez. Pienso cuánto extraño la voz de Mauricio. Una camioneta de la Dinapen nos lleva desde Ibarra a Piquiucho. Ahí nos esperan los policías de Bolívar. Una foto para el pasaje de responsabilidad por favor. Bueno. De Bolívar a Colón. La foto. En el recorrido el policía me dice que esta “cosa” de los derechos humanos pertenece sólo a los delincuentes. De Colón a Huaca. Cambio, foto. Luego a Tulcán, una foto y otro cambio. En Tulcán nos recoge la Dinapen y nos lleva al Consulado. Última foto. Los últimos papeles. El último abrazo en la frontera.

Míralos: los invisibles, números. Colas de siete horas. Muchos niños lloran, las madres están cansadas y los ancianos botados, siguen huyendo de la Colombia pacífica junto con las víctimas de una Venezuela desconocida. Pienso en todas las historias que escuché estos años tratando de retener la emoción mientras miro el fondo de muchos ojos de hombres y mujeres llenos de algo que humedece, cercano a la desesperación. Personas que no se conocen, sin embargo, se nombran, a veces hasta se odian a pesar de que sus vidas se cruzan. Lorena me decía que esta cosa de la “paz” era una broma, algunos ex guerrilleros de las FARC se enlistan porque toda su familia ha sido exterminada por paramilitares. Algunos desplazados de guerrilleros que no creen en el “perdón” y que, sobre todo, nadie les pidió disculpas. Una historia tan compleja que incluso poder definir una víctima es difícil. Hay demasiadas, pienso que todo va muy rápido, que perdimos en el camino el sentido de humanidad. La guerra y la violencia me dan asco.

Esta tierra de nadie parece un campo minado de destrucción donde reparar el tejido social se convierte en la mayor apuesta a la que apuntar, poner las personas en el centro para que dejen su condición de cifras y porcentajes, que sean más bien historias, humanas. Acercar los hermanos del mismo país divididos entre sí, víctimas del mismo Estado. Diferentes poblaciones y culturas obligadas a vivir juntas en un sistema que a menudo sigue vulnerándolas; promover caminos de acompañamiento que puedan activar la integración y estimular la reconciliación en corazones llenos de ira, resentimiento y soledad. Para todos aquellos seres humanos que buscan un respaldo en el mundo sin tener un lugar donde vivir y aquellos que tienen que abrir los brazos para recibirlos.

En Ecuador hoy brilla el sol. Pienso en la promesa que le hice a Lorena: nunca me iba a olvidar de ella y sus hijos. Pienso también lo cansada que me siento este momento, pero cuando Mayra da vuelta en el asiento  y me mira agradecida, sonríe – Digo que sí- de alguna forma mantuve la promesa. Subiendo al bus para regresar a Ibarra me llama la atención un tatuaje que tiene la señora que vende los boletos mientras escribe el número de mi documento, en su mano izquierda, ahí  cerca del pulgar está enciso un nombre grandote: Lorena. Parece una película, pero todo es real

 

 

Sobre la autora:

Gloria Volpe, 28 años. Roma, Italia. Posgrado en Ciencia Política para la Cooperación y el Desarrollo Internacional; trabajo y escritura de proyectos para la Cooperación Italiana; 1 año de trabajo con víctimas de conflicto armado en las comunas de Medellín, Colombia; 1 año de trabajo en el Cuerpo Civil de Paz Italiano con víctimas de conflicto y refugiados en Ibarra, Ecuador. Actualmente, formadora de Derechos Humanos en Ibarra y colaboradora de la Fundación Cristo de la Calle, COSDHI.

 

“No puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha” : Mauro Piterman

Por: Marvel Aguilera

En su último libro, el músico y autor traza una línea de vida como simpatizante del club de Villa Crespo en un relato sincero y tragicómico. Una novela sobre la pasión futbolera atascada entre la exuberancia del fanatismo y las miserias de un ambiente vapuleado por el negocio.

 

“¡Qué taller ni qué trabajo! ¿Y los colores? ¿Y el club?  ¿Para qué trabaja uno si no es para ir el domingo a romperse los pulmones a la tribuna hinchando por un ideal?”, decía El Ñato, el personaje de Santos Discépolo en El Hincha, la icónica película de Manuel Romero que caricaturizaba al espectador de principios de los años cincuenta. En más de medio siglo el negocio del fútbol se profundizó. El mercado apremia y los jugadores pierden el sentido de pertenencia a sus colores. Parten. Son eternas transferencias, nomenclaturas vitamínicas denominadas “refuerzos”. El hincha sobrevive, a rastras, entre medio de las mafías acolchonadas y la precarización visual de un espectáculo disminuído: un arte transformado en una suma de voluntades compitiendo por no perder, por el zafe. El romanticismo aún tiene refugios: en el ascenso, en clubes cercanos al barrio, en el laburante que sale antes del trabajo para subirse a la popular y gritar hasta quedar afónico.

En La novela de Atlanta (El Bien del Sauce) Mauro Piterman relata sus años como hincha del “Bohemio”, donde las anécdotas de vida se entrelazan con el relato literario. El paso del tiempo en Villa Crespo se mide por las alegrías y tristezas desde la tribuna del Kolbowski, allí donde el tiempo se detiene por noventa minutos, a la espera de una hazaña épica o de una carambola, todo sirve en el barro del ascenso. Piterman hace del drama una comicidad, de cada narración una pieza de un cuadro del hincha de la vieja escuela, el que lleva los colores impregnados, que llora y sufre cada domingo hasta desangrarse pero que nunca deja de alentar.

Lacan decía que no hay forma de no vivir sujetos a los movimientos de nuestros deseos. En su novela, Piterman quiere dejar de ser hincha de Atlanta pero no puede, el sentimiento lo empuja, retorna una y otra vez, como un karma. Ser hincha de Atlanta parece ser hincha de una broma fallida, de una decepción hecha club, de lo que pudo ser pero quedó en promesa. ¿El fútbol refleja la vida o la vida refleja el fútbol? El conocido huevo o la gallina. Piterman declama en uno de los textos: “Muchachos, ustedes no saben lo que es sufrir, pero sufrir en serio…”. El hincha sufre, palpita. Pone en juego su estado cada domingo. Sueña y muere en cuestión de minutos, en cuestión de goles.

La devoción por el club habla de la historia personal del hincha, decía Nick Hornby en Fiebre en las gradas. Piterman habla de su historia, del pibe elegido para la ceremonia del mundial argentino en plena época de la dictadura, del que grita en medio de una tribuna riverplatense repleta el gol de Atlanta ante la mirada atónita de su viejo, del que lleva emocionado a su bebé de nueves meses para inaugurar un legado que quedará trunco. La Novela de Atlanta es un diario de supervivencia futbolero, una crónica del sentimiento inexplicable que atraviesa al hincha argentino. Con una escritura descontracturada, irónica pero sentida, Piterman desborda en guiños existenciales y abre la puerta a un mundo magnético, donde el resultado futbolístico termina siendo una mera estadística.   

 

A primera vista uno podría pensar que se trata de una novela sobre la historia del club pero es más que nada un relato sobre la historia de una fanatismo personal a lo largo de la vida. ¿Cuánto tiene que ver ese narrador con vos?

La novela parte de relatos que tienen que ver con mi propia experiencia personal como hincha, pero que también tienen que ver con una necesidad que me sigue disparando Atlanta que es que ante cada contratiempo o sufrimiento, que se van replicando inevitablemente, poder escribir algo que me permita procesarlo. Pasé por todos los estados como hincha, y sigo siendo bastante fanático, pero ahora con una distancia un poco mayor. Igualmente, hacerlo desde el humor es una manera de atravesar algo que por momentos resulta bastante dramático aunque suene en el fondo como una idiotez. De ahí nace todo. Los relatos son experiencias aunque también hay sueños, como el de la “tribuna flotante”. Algunas cosas son inventadas y muchas reales están ficcionalizadas.

¿Qué crees que es lo que caracteriza al hincha de Atlanta para que el relato termine siendo tan particular?

La característica termina siendo cierta pasión por el sufrimiento o, en realidad, una adicción a él. Cuando uno habla con hinchas de otros equipos todos dicen lo mismo. El hincha de Racing piensa igual. Puede ser difícil que el hincha del Barcelona diga algo así, pero en algún punto todos terminan sufriendo. El fútbol es la renovación del éxito, y el éxito dura poco. En el caso de Atlanta el éxito dura casi nada y el hincha tiene la peculiaridad de ser – sobre todo un tipo grande como yo de 55 años – nacido en un equipo de primera, es más, Atlanta figura en el puesto diecinueve de los equipos que más jugaron en primera, hasta el año ´79 en que bajó. Sólo logró subir una vez, en el ´84, pero bajó a los seis meses. Y ahora está en la tercera categoría, como si estuviera profundamente instalado. Entonces, el sino del hincha de Atlanta es la añoranza permanente a la primera división, a ese lugar de pertenencia del que sin embargo ha sido desalojado hace rato. Es como una familia de clase media que ahora vive abajo de un puente.

Si bien se plantea la cuestión del fanatismo, hay un ingrediente existencial en el personaje, en la necesidad de preguntarse por su identidad fuera de los colores futbolísticos y en cómo eso afecta al resto de su vida.

Hay algo existencial, creo que es la segunda capa. Detrás de lo humorístico que está en las anécdotas, hay una búsqueda de sentido o de sinsentido, de vivir forjando una identidad que tiene que ver con cierta complacencia con la derrota casi permanente. Si bien hay momentos de alegría, al menos desde mi lugar, no me explico demasiado esa afición por seguir sufriendo. Es así. Le pasa a mucha gente. No sé cuánto tiene que ver la identificación de Atlanta con el pueblo judío. Hoy la mayoría de los hinchas no son judíos, sin embargo pareciera que quedó el estigma del sufrir. De hecho, este año se van a cumplir cuarenta del descenso – o la expulsión del paraíso – de la primera división. Yo hago un paralelismo con la tierra prometida, son los cuarenta años en el desierto del pueblo hebreo con Moises a la cabeza. En realidad hago toda una construcción artística y filosófica de Atlanta. Tal vez en la realidad sea mucho más aburrido de lo que yo lo veo, pero es mi manera de transitarlo, de ser hincha. El sentido inspirador. Para mí Atlanta es muy inspirador, porque son increíbles los momentos aciagos a los que te conduce. Además, me linkea con lo peor de la existencia: la amargura, la muerte; hay algo que tiene que ver con todo eso. En algún punto la resignación tiene que ver con no poder cambiar de equipo. Intenté de mil maneras poner una distancia – de hecho hay cuatro capítulos para “Cómo dejar de ser de Atlanta” – porque la pulsión por sacárselo de la cabeza es grande. Lo que reconozco que aprendí – lo hablaba con un periodista fanático de Chacarita – es a reducir el sufrimiento al mínimo. En el partido es mala sangre pero en cuanto termina hay un mecanismo de olvido instantáneo, cosa que antes no me pasaba.

Hay un retorno siempre a  la incapacidad de ser feliz en el hincha que guía todo el relato.

Sí, la sensación de que la felicidad está al alcance de la mano y que se te va a escapar en cualquier momento es algo cotidiano. Yo digo que es como si los hinchas de Atlanta acabáramos siempre afuera.

Se nota un foco en la cuestión de la desdramatización de todo lo que rodea al ambiente del fútbol, ¿crees que esa carencia es el gran problema que aqueja a los hinchas y al mundo fútbol en general?

Mirá, respecto a esto de la desdramatización me vinculé con más hinchas y parte de la dirigencia de Atlanta, cuestión que nunca había hecho. Nunca pertenecí a la institución formalmente. Es todo bastante aburrido, hay muy poco sentido del humor. El libro está siendo bien recibido, la gente lo compra e incluso se vende en el club. Pero noto que me cuido de algunas cosas que merecerían que uno las gaste más. De hecho saqué o me autocensuré un cuento. Atlanta quebró en el año ´91 y estuvo al borde de la desaparición. Yo había escrito un cuento que se llamaba “shopping” que para mí era uno de los mejores. Y lo terminé sacando del libro porque sonaba un poco agresivo. Era una puteada a los próceres que habían salvado al club de la quiebra. Me preguntaba cuántas cosas más podía haber hecho yo en lugar de perder tanto tiempo con Atlanta, que es una pasión inútil. Hubo un momento en que me di cuenta que me iban a cagar a trompadas si lo publicaba, pero eso no está bueno. Si bien el libro va en ese borde y entiendo que a algunos les pueda llegar a molestar, no es un relato sobre un hincha prototípico que está contento con su fanatismo sino que hay una pelea permanente por salir de esa situación, porque en el fondo es una profunda pelotudez. Yo entiendo que la pasión y la emoción – he hablado y hasta discutido con hinchas -que hay detrás. Es el lado rescatable del fútbol. Pero es una profunda pelotudez el fútbol en sí mismo, más cuando uno ve como está manejado hoy en día, desde lo comercial y mediático: Fox, ESPN; son una máquina de hablar idioteces y de poner una importancia al fútbol que – aún siendo hincha – no la tiene de ninguna manera. Es decir, para mí el fútbol es algo más, y ocupa una buena parte de mi cabeza y de mi corazón pero no dejo de verlo así. Soy músico, escribo sobre otras cosas. Toco, compongo, leo, miro cine. Atlanta me divierte y no voy a erradicarlo, porque aparte creo que tiene que ver con mi identidad. Pero no puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha en general. El hecho de que el fútbol haya pasado a tener la importancia que tiene, ni siquiera el fútbol sino el fenómeno alrededor de él en la sociedad, habla de una sociedad idiota, y no particularmente la nuestra. En la nuestra uno ve los niveles de violencia o esta condición de que no puedan ir los visitantes y se da cuenta de que esa idiotez llegó a un nivel estratosférico. Porque en Inglaterra o en España ves que se comparte una tribuna. Y eso no significa que no haya idiotez, pero está acotada. Acá realmente se fomenta esa idiotez, porque estamos hablando de un equipo de fútbol. Así como yo me identifico con el azul y amarillo, otro lo hace con el rojo y blanco, y cada uno se identifica con lo que sea. Lo que tiene el libro es que está hecho por un outsider del fútbol. Yo no me siento parte del sistema. En todo caso me siento una víctima. Y mi mirada es de afuera, pero a veces choco con la mirada del club – de ahí el enojo de muchos – porque es una mirada de un tipo que si bien vive con pasión no deja de tener una crítica. Me muestro bañándome y pensando en cómo va a salir Atlanta pero a su vez diciendo “qué patético es este tipo”.

Supongo que Atlanta al ser un club de barrio todavía guarda algo de cercanía con su gente a diferencia de los clubes grandes de Buenos Aires.

Sí, Atlanta todavía es un club de barrio. Cuando entrás te das cuenta de que la gente hasta se acerca a hablar con el técnico. Es bastante familiar y eso se conserva. Es una escala bien de la época de la clase media de los sesenta y setenta que luego fue desapareciendo de a poco. Eso lo quita en algo de los grandes negociados y de esto de darle una dimensión que sobrepasa lo futbolístico.   

Salvando las distancias, pareciera que en esa vinculación con la colectividad judía hay tambien una asimilación del sufrimiento como forma de vida ¿no?

La vinculación de Atlanta con los judíos tiene que ver con el barrio pero sobre todo se acrecentó cuando la presidencia del club la tuvo León Kolbowski, desde ahí le quedó el mote de “club de los judíos”. Cuando yo era chico había muchos cantos antisemitas, ahora está prohibido, se suspende el partido. Hay un cuento que se llama “Todos los hombres son buenos” que hace referencia a esos cantos de los años sesenta. Era algo común escuchar ese tipo de bestialidades discriminatorias. La realidad es que hoy Atlanta está lleno de gente que no es de la colectividad, creo que son más los que no lo son. Pero algo de esa identificación quedó y es lo que incide en esta trama perdedora o trágica de Atlanta. En el caso del club en una escala grotesca. Si bien no se puede comparar, se replica un poco eso. Sin ir más lejos, este domingo estuve en la cancha en un partido clave que no se podía perder y se perdió. Cada vez que pasa eso te sentís en un loop, es como la película El día de la marmota de Bill Murray. Cada año se repite, como si estuviera el guión escrito de forma shakespiriana. Cuando tiene que ganar, pierde. Siempre está esto de estar al borde de ser feliz pero algo te lo impide. Está un poco en la trama histórica del pueblo judío, el no poder vivir tranquilo, no saber disfrutar o ser feliz. Yo me pregunto en una parte del libro, en el cuento donde el protagonista se entera del resultado en un parador, ¿podrá ser feliz un hincha de Atlanta alguna vez?

¿Y cuál es el estímulo para seguir a pesar de ese sufrimiento?

Es bastante común en cualquier hincha decir que no se puede cambiar de equipo, que se puede cambiar de trabajo o de pareja pero no de club. Puede que sea cierto. No lo entiendo. Hay algo arraigado que excede a Atlanta. Yo lo llamo “amor idiota”. Es una identificación con los colores, con la cancha, con que todo tu imaginario infantil (y no tanto) esté puesto ahí. En mi caso tiene que ver con la relación con mi viejo. Y creo que hay una necesidad de pertenencia: cuando uno abraza una pertenencia en un mundo de incertidumbres. La vida es un espacio en blanco en el que nadie te tira un centro sobre qué hacer. Uno lo construye. Y ahí entiendo el fanatismo y la identificación del hincha. Son las pequeñas certezas que a veces nos ayudan a sobrevivir.  

 

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La hermandad sin fin de Infrarrealistas y Hora Zero

Por: Augusto Magana

En un pequeño y ruidoso bar del centro histórico de Barcelona (Catalunya) es donde se fragua uno de los trabajos editoriales más colosales para la recuperación de dos de las últimas vanguardias latinoamericanas: el Infrarrealismo mexicano y el movimiento Hora Zero de Perú. Ahí, frente a una mesa de mármol llena de tazas de café, Ana María Chagra (integrante de Hora Zero) y Bruno Montané Krebs (miembro fundador del Infrarrealismo) explican con entusiasmo el origen y la esencia de Ediciones Sin Fin, un proyecto sin ánimo de lucro, pero con el objetivo claro de volver a poner en las librerías a algunos de los escritores y escritoras más “salvajes” del continente americano.

Sus intereses van más allá de solo los infras y horazerianos, pero fue la hermandad de estos la que los empujó a empezar a hacer libros. Desde su creación en 2012 han publicado a voces tan rompedoras en la poesía latinoamericana como Osvaldo Lamborghini, Jorge Pimentel, Carmen Ollé, Cuauhtémoc Méndez, Jorge Teillier, Néstor Sánchez o el recientemente fallecido Tulio Mora.

Pero todo comenzó con un Sueño Sin Fin, el de Mario Santiago Papasquiaro, cofundador del Infrarrealismo y el escritor de carne y hueso detrás del ya mítico Ulises Lima, protagonista de Los detectives salvajes de su compadre de aventuras, Roberto Bolaño. Fruto de aquel viaje europeo que Santiago Papasquiaro realizó en 1977, quedaron desperdigados sus versos en las orillas y espacios en blanco de los libros que Montané y Bolaño (que en aquel entonces ya vivían en Barcelona) le dejaban para que se entretuviera. Esos gérmenes de poema fueron luego rescatados por los dos autores incidentales y convertidos en un manuscrito que más tarde enviarían hasta México D.F. para que fueran reinyectados de la fuerza vital y poética de Mario Santiago.

Pero no fue hasta más de 30 años después que vieron la luz, cuando Montané recibió, entre un montón de otros papeles, el manuscrito revisado y corregido por su autor. Y así fue como nació Sueño Sin Fin y también, casi sin quererlo, el proyecto literario de Chagra y Montané. Desde entonces, la editorial no ha dejado de crecer y superarse, aunque de forma muy orgánica y casi impensable. Continuando con la hermandad sin fin que siempre ha unido a infras y horazerianos.

 

¿Cómo se empieza una editorial de escritores latinoamericanos en Barcelona?

Ana María Chagra: Empezó con amigos porque, evidentemente, solos no podíamos afrontar el gasto de la imprenta. Pedimos el presupuesto a una imprenta, pusimos un poco de dinero cada uno y empezamos con la aventura.

Bruno Montané: No nos complicamos. En ese momento estábamos tan asombrados de realmente poder hacerlo que, a su vez, no veíamos una proyección a futuro.

¿La idea era publicar solo Sueño Sin Fin, de Mario Santiago?

B.M. Claro, prácticamente un homenaje.

A.M.C. No teníamos ni una programación, ni un catálogo posible. Nada. Empezamos con este libro. La presentación fue muy entrañable. Vino mucha gente, muchos amigos. Fue una cosa muy conmovedora.

Muy personal

B.M. Hacemos libros para que la gente se junte (risas). Podemos decir que de a poquito, nos hemos hecho con una comunidad de lectores y gente curiosa muy fiel.

¿Cómo fue todo el trabajo para editar este libro del personaje quizá más emblemático del Infrarrealismo junto a Bolaño?

B.M. El montaje lo hicimos entre Bolaño y yo. Se lo enviamos a Mario y luego, años después, recibí de vuelta ese material junto con quinientas páginas de Mario Santiago, de cuando estábamos preparando la antología que luego fue Jeta de Santo (FCE, 2008) con Juan Villoro y Rebeca López, la compañera de Mario Santiago, y Mario Raúl Guzmán.

A.M.C. Después, también tuvimos la suerte del cariño de los hijos de Mario. Nosotros les comentamos que teníamos intención de hacer esto y nos dieron su apoyo total. Porque evidentemente los derechos los tienen los hijos.

B.M. Paradójicamente, viene a ser el único texto colectivo de los infrarrealistas, de algún modo. Aunque la labor de Roberto y mía fue un trabajo de montaje, digamos. Trabajo de escritorio.

¿Un trabajo que Mario no hacía?

A.M.C. No, pero él intervino después. Ese texto que ellos mecanografían, Mario lo interviene, lo corrige, le añade cosas.

B.M. Por eso nos interesa publicar el poema. En el libro mostramos cómo él interviene en los márgenes de los libros y luego cómo interviene en el texto que recuperamos Roberto y yo. Bueno… yo era el mecanógrafo.

¿Y Bolaño qué hacía? ¿Daba órdenes?

B.M. Bueno, como daba órdenes muy buenas, había que discutirle muy poco. Claro, cuando Mario intervino volvió a revivir el texto. Aceptó el texto, nuestro montaje, porque no hizo ningún cambio de estructura; pero lo que hizo fue seguir inyectándole y sembrando nuevos versos. Eso parecía una experiencia bonita y creo que única.

Les da la seguridad de que es un texto que él habría aprobado

A.MC. Exacto. Y a partir de este libro de Mario, como yo lo había conocido con Tulio Mora en México, nos dijimos: “bueno, ahora publiquemos alguno de Hora Zero“. Y decidimos publicar a Tulio, el libro Aquí sobra la eternidad. El poema que da título al libro, de hecho, está dedicado a “los horazerianos e infras en el ascensor al infierno”. Son movimientos hermanos desde su fundación.

¿A partir de este momento su intención es la de hacer una especie de puente editorial entre Hora Zero e Infrarrealismo?

A.M.C. No era la intención. Se dio de forma natural.

B.M. Reconocimos a nuestra comunidad, a los poetas que conocíamos.

A.M.C. Después publicamos a Pimentel, Ave Soul, pero tampoco buscábamos hacer una editorial.

B.M. Bueno, ha sido el espíritu de recuperación de todos esos textos. Porque, por ejemplo, Ave Soul no estaba publicado aquí en España. El de Tulio tampoco.

Todo fue creciendo de una manera muy orgánica, ¿No?

B.M. Sí, exacto. Una cosa conducía a la otra.

A.M.C. Buscamos recuperar autores latinoamericanos que nos gustan, que no son conocidos en España, pero que sí lo son en sus países de origen. Libros fundamentales que, por su factura, representan nuevas propuestas de escritura.

¿El hecho de que estos autores no se conozcan tanto aquí se debe a la distancia, el tiempo o hay otras razones?

B.M. Todas las razones habidas, por haber y posibles de imaginar. O sea, incluso las mismas editoriales de mercado propician este aislamiento. Cada sede nacional editorial publica a sus autores y no los distribuye en el resto de Latinoamérica, ni aquí, en Europa. Esfuerzos, por ejemplo como el de Claudio López de Lamadrid (director fallecido de Penguin Random House España), son loables en ese sentido, porque consigue establecer un nexo al publicar aquí a mucha gente latinoamericana. Te pongo ese caso como el extremo de ese esfuerzo, porque además tiene una base material…

¿El hecho que todos estos escritores sean, de alguna manera, cercanos a vosotros o tenga algún vínculo con vosotros, hace que sea más fácil la gestión de los derechos de autor?

B.M. Evidentemente. Y además se trata de poesía. En el caso de la poesía nadie considera que hay que pedir derechos.

¿Cómo eligen a la persona que hace el prólogo de los libros?

A.M.C. Muchas veces hemos intentado que el prologuista fuera de aquí, con la idea de acercar ese texto al lector español. En otros casos hemos recurrido a la persona especialista en el autor.

B.M. El trabajo poco a poco ha hecho que tengamos una comunidad que se interese en nuestros libros. Y precisamente ahí ha habido un nexo con gente de la “academia” (resalta las comillas con las manos), entre comillas. Porque, aunque trabajen en la universidad, son gente que se ha acercado a nosotros como lectores. Entonces ahí se ha dado de modo natural el espacio para pedirles un prólogo.

Son complicidades…

B.M. Veámoslo antropológicamente: conoces a gente, entonces haces cosas con la gente. Pero no ha habido ninguna impostación, ni ningún acto de voluntad rara. Simplemente ha estado a la vista.

A.M.C. En el caso de Uso y abuso / Peso Neto, de Cuauhtémoc Méndez, escribieron amigos mexicanos. Como Mario Raúl Guzmán, Guadalupe Ochoa y Pedro Damián.

B.M. El caso de Cuauhtémoc Méndez es muy importante dentro del Infrarrealismo. Había que recuperar sus textos. Ni siquiera el mismo Infrarrealismo como movimiento logró nuclear la capacidad material de editar libros.

A.M. Y a veces ni la voluntad.

B.M. Incluso existía la voluntad de no publicar.

¿Por qué pasaba eso?

B.M. El infrarrealismo era más ingenuo que Hora Zero. Era más un gesto de pandilla, de banda literaria. Aparte, en el infrarrealismo era muy importante la figura de Roberto Bolaño y de Mario Santiago, como propiciadores y comisarios poéticos. Haciendo un chiste que tiende a ser más entrañable que irónico: es como el tipo de ideal que tuvo Bretón en el surrealismo. Que fue férreo y además consiguió introducir el movimiento en el contexto cultural de la época de una manera muy potente.

¿Qué creen que fue, aparte de la figura de Mario y Bolaño, lo que permitió que este grupo de gente con formas de escribir aparentemente tan diversas decidieran conformar un movimiento o unirse de alguna manera para hacer arte y crear?

B.M. Las afinidades y el “hagamos algo” ¿No? Es que vuelvo, no a comparar, sino a solapar: Hora Zero se forma antes y los Infrarrealistas después. Y, sobre todo, los infras leen a Hora Zero. La conexión fueron Mario y el viaje de Diana Bellessi. Ella, que aún está en ejercicio poético vital, fue la conectora. Como una catalizadora y viajera que juntó a Hora Zero con el Infrarrealismo. Y luego ya hay las conexiones entre Mario y Roberto con Tulio y Pimentel.

A.M.C. Y con Bernardo Rafael Álvarez también.

B.M. Bueno, y luego Roberto y yo conocimos a Enrique Verástegui cuando estuvo de paso por Barcelona, Menorca y París.

A.M.C. De hecho, Carmen Ollé empezó a escribir Noche de adrenalina (Ediciones Sin Fin, 2015) aquí, en Barcelona. Lo termina en París y lo publica en Lima, pero aquí, donde lo empezó a escribir, no se había publicado nunca.

Muchos de los escritores del Infrarrealismo y de Hora Zero vivieron en Europa. ¿Cómo es, entonces, que esta labor poética de ellos no se conoce aquí?

A.M.C. Porque eran muy jóvenes y aún no habían publicado en aquellos años. Estamos hablando de mediados de los setenta. Económicamente no tenían ni con qué subsistir.

¿Afecta el hecho, también, de que sean poetas y no narradores?

B.M. Hay la inercia editorial de publicar solo a narradores.

A.M.C. Pocos arriesgan por un poeta, salvo que sea más o menos consagrado. Por eso el boom y la creación de tantas pequeñas editoriales independientes que están publicando poesía. Económicamente no les resulta rentable a los grandes grupos editoriales.

¿La edición de poesía está condenada a ser un trabajo de altruismo prácticamente?

B.M. Pero es un “autoaltruismo”, una autofagocitación magnánima. La poesía se publica a sí misma. Se autodifunde a través de un sistema, una cosa muy orgánica, de la admiración por otros poetas. Nosotros admiramos a Hora Zero y los publicamos.

A.M.C. Pero esto pasa mucho más aquí en España. Porque en otros países, por ejemplo en Chile, aparte de la autoedición, hay editoriales más grandes que sí apuestan por poetas. O en Perú también hay algunas, pequeñas, pero también no tan pequeñas. Son países de donde salen poetas, hasta de debajo de las piedras.

B.M. Hoy también, técnicamente, es más barato editar. En Chile en un momento se hacía la broma de que había una editorial por poeta. Pero también es cierto que en la poesía siempre ha existido la autopublicación.

¿Les cansa que siempre intenten relacionarlos, de alguna manera, con Bolaño?

A.M.C. Sabemos que es inevitable. Hay como una conexión natural, sin buscarla. Las cosas que nos gustan pues, ese es el hilo conductor: da la casualidad que Bolaño dijo sobre Lamborghini no sé qué, que menciona a Nestor Sánchez en no sé dónde, etc. Pero no los hemos publicado por eso. Es una conexión vital y generacional. Hemos tenido las mismas lecturas y la gente que queremos dar a conocer son autores que están dentro de ese círculo de gustos y afinidades.

¿Tienen alguna idea de aquí en adelante de qué catálogo aspiran crear? ¿O qué futuros escritores podrían verse publicados?

A.M.C. Ahora vamos a publicar a Eunice Odio. Y para más adelante tenemos un proyecto: un libro en el que dialoguen Néstor Perlongher y Pedro Lemebel.

¿Un diálogo que no existe?

A.M.C. Un diálogo poético y de textos, en base a sus crónicas y poesías. Hay que encontrar esas conexiones, existen. Perlongher y Lemebel han sido muy escasamente publicados en España. Prácticamente no se conocen.

B.M. También tenemos en mente un libro de Darío Galicia, muy amigo de los infras, que se llama Historias Cinematográficas. Es una joya de libro que fue publicado en la UNAM en su momento, pero ya hace muchos años.

A.M. También estamos pensando en un libro sobre las mujeres infrarrealistas.

En el catálogo ¿la única mujer es Carmen Ollé?

A.M.C. También Helga Krebs y ahora Eunice Odio. Las mujeres infrarrealistas no tienen nada publicado, salvo en antologías y revistas, pero no tienen libros propios.

B.M. Es un esfuerzo de recuperación…

 

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.