Archivo de la categoría: Letras

Edad de la ira: un poema para sumergirse en la violencia

Por: Augusto Magaña

Toda patria es una construcción basada en el engaño. Es una idea que se impone, que se
funda en una violencia misteriosa, casi fantasmagórica, bajo la intención de unificar un
territorio. Unificar para controlar. Para colonizar. Para subordinar. El filósofo esloveno
Slavoj Žižek diferencia en Sobre la violencia (Paidós, 2008) entre una violencia subjetiva
que es visible y practicada por un agente que podemos identificar al instante y una
violencia objetiva o sistémica, que es invisible, pues es la violencia inherente al estado de
cosas “normal”. Este esfuerzo de normalización es precisamente lo que mueve la creación
de la idea de Nación. ¿Cómo explicar, entonces, esta violencia que se nos escurre entre las
manos? “Es sumamente difícil acceder a la violencia y a sus causas”, afirma Patricio
Alvarado Barría (Temuco, 1988), poeta chileno, que en su libro Edad de la ira (Ediciones
Sin Fin, 2019) intenta precisamente adentrarnos y sumergirnos en esa violencia para
mostrarla. Para hacernos sentir violentados.


Edad de la ira es un poemario dividido en tres actos, en el cual a lo largo de los versos
transcurren imágenes y paisajes de la Araucanía; tierra mapuche devastada y colonizada en
el nombre de una nación. Tierra natal, también, del autor, que recoge en el libro
experiencias vividas e historias rescatadas de ese territorio, desde su colonización hasta la
actualidad, que lo muestran como una especie de laboratorio neoliberal a pequeña escala
de las dinámicas de poder que luego se reproducen, a gran escala, en otros lados del
mundo. Alvarado Barría intenta, de alguna forma, desenmascarar las apropiaciones y
malas lecturas de la conformación de un país. “Un país que para mí no existe”, aclara.


Pero el relato de esta violencia fundante no sigue una estructura narrativa. Alvarado Barría
pretende, más que contarnos una historia, desorientarnos verso a verso, perdernos entre la
humareda y hacernos sentir como si estuviéramos huyendo o escondiéndonos de algunos
de los personajes principales de la obra: los “guardianes”, “celadores” y “vigilantes” de la
patria, agentes oprimidos y opresores, que se mueven en medio del caos. “Trabajé un tipo
de libro en el que no busqué la narración. Una de las cosas por las que me interesaba
escribirlo era por la desorientación producida por la violencia”, señala el autor. En este
sentido, el poeta consigue transmitir al lector precisamente esta sensación de
desorientación que se produce en el momento del estallido violento. Pero no solo como una
especie de representación de lo que fue la colonización de la Araucanía, sino también como
un reflejo de la propia desorientación que vivimos en estos tiempos. “La libertad que
prometió internet o la modernización ha sido, finalmente, la opresión también”,
argumenta. Una desorientación por saturación de mensajes, que no nos deja, al mismo
tiempo, vislumbrar también esa violencia objetiva que es la fundadora y la que permite,
precisamente, esa opresión.


Un momento del poemario donde se refleja esta idea es en la sección II del capítulo
Destierros, en la cual los versos del poema están compuestos como si fueran diálogos. Pero
en estos diálogos las voces no se hablan entre ellas, sino que son como voces o gritos
lanzados al vacío, que no se tocan ni se interpelan. “Eso también es violencia: la pérdida
del sentido de comunidad. Estamos siempre reproduciendo un discurso”, critica Alvarado
Barría. Una colonización que en este siglo ya no se hace solo sobre los territorios, sino
especialmente sobre los cuerpos y las mentes de los individuos. En el poema, este
desarraigo del individuo respecto a la comunidad se refleja en un escenario: la casa. El
primer capítulo del libro, Casas incendiadas, muestra, entre otras cosas, la casa como un espacio construido y privado, que no deja de ser artificial. Un espacio que es al mismo
tiempo elemento de encierro, pero también de precariedad y exposición hoy en día. La casa
como vestigio de la destrucción, como ruina que queda de testigo.


En medio del humo, el fuego y el lodo


Álvarado Barría cuenta que empezó a trabajar en el poemario en el 2006. “Ha sido un
proyecto de más de diez años”, explica. En el que hubo, sobre todo, mucho trabajo de
corrección y limpieza. “Es un poema no para contar nada, no para vender un producto…
No quería satisfacer la necesidad de elusión que podría contener el libro”, subraya el autor.
Es por este motivo que Álvarado Barría decidió, en el proceso de edición, deshacerse de lo
que él denomina “los excesos narrativos” de la obra y quedarse solo con el relato poético.
Pero el ripio generado por esa limpieza no cayó en vano, sino que se convirtió años después
en su novela Triage (Alquimia Ediciones, 2015), Premio Mejor Obra Literaria 2015, en la
categoría de novela inédita, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de
Chile.


El humo, el fuego y el lodo aparecen y desaparecen del escenario creado por los versos de
una forma frenética, como una escapatoria en suspenso o una huida contenida. El lector se
adentra en el poemario sin tener claro a dónde poder asirse, intentando reconocer algún
personaje o vislumbrar un paisaje. Pero el humo nubla la vista y apenas deja ver la
devastación. A lo lejos, lo único que alumbra es el busto de Hernán Triziano Avezzana
(1860-1926), el capitán Triziano, asesino de mapuches y figura fundante de esa nación
colonizadora. Su recuerdo aparece en la memoria de los vigilantes y los guardianes como
un fantasma que, de alguna manera, justifica la destrucción que propician en nombre de la
salvación de la patria.


Triziano, al mismo tiempo, sirve al autor de anclaje con la realidad de su ciudad natal,
Temuco, capital de la Araucanía. El capitán fue fundador y capitán de una fuerza
paramilitar creada en 1896 y anexada al Regimiento de Carabineros en 1907. Su busto está
en la comisaría y en la calle de la estación de trenes de Temuco: es considerado casi una
figura fundacional de Chile. Pero aun así, es un personaje lleno de misterios y sombras.
“No tenemos tantas noticias como quisiéramos de él. Era un mercenario, un mata
mapuches”, asegura el autor. Triziano es una figura que simboliza, de alguna manera, la
mentira sobre la cual se han construido las identidades de los Estados latinoamericanos,
porque, aunque sea un “héroe de la patria” para algunos, muy poco se sabe de él. Una
contradicción que sirve también en el poema para parodiar y poner en evidencia a aquellos
guardianes de la nación. “Es súper triste que alguien crea que está defendiendo un país”,
apunta Alvarado Barría.


El autor se preocupa por dejar en claro que esta opresión de los cuerpos que significa la
nación “no es un enfrentamiento: es una colonización”. Y consigue transmitir en su poema
esta sensación de opresión, a través de un lenguaje colonizado y críptico, que sacude al
lector para intentar que vislumbre la violencia que rodea y ordena cada una de nuestras
vidas. Eso sí, Alvarado Barría renuncia a la narración en favor de la poesía como una
manera de no caer en la tentación de erigirse “portavoz” de los oprimidos, sino
simplemente como un ejercicio de inmersión y búsqueda, que al mismo tiempo refleja una
realidad más honda. “No creo que la literatura tenga que ver con tomar partido”, destaca
Alvarado Barría. Para intentar entender la violencia, lo mejor, quizás, es sumergirse en
ella.

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.

ENTRE DOS FRONTERAS, NÚMEROS Y REALIDADES

dav

Por: Gloria Volpe

23 de Junio del 2016. En la ciudad de Medellín era una mañana de sol y la radio en casa estaba encendida. Giulia me ponía encima trapos mojados para bajar la fiebre, que era altísima. El fervor lo tenía adentro y afuera. Habló el Presidente Santos: “Nos llegó la hora de ser un país normal, ¡un país en paz!”… “¡Que éste sea el último día de la guerra!”, la radio gritó desde el salón. Nunca olvidé la frase. La Paz se había logrado después de más de 42 años de conflicto civil. Tal vez por la emoción y quizá por la fiebre, era toda escalofríos. Empezamos a llorar y nos abrazamos. Dos italianas que nada tenían que ver con la guerra pero por algo estaban ahí respirando una historia eufórica y esperanzadora. Dicen que la paz es bonita, pero esto era mejor por nuestr@s compañer@s y amig@s, por las víctimas desplazadas del conflicto armado,  por quienes trabajábamos.

Esa misma tarde vino a cuidarme Mauricio, sentado en una esquinita de mi cuarto dibujó un retrato donde aparecía durmiente con la cabeza en un trapito, mismo que, volvía a remojar con agua fría cada cinco minutos. Treinta y tres años, bigote, auto ironía y una sonrisa especial. Dibujaba las cosas como si las escribiese en un diario, él fue una de las personas más apasionadas que conocí y le interesaba sobre todo la política, la paz y el bienestar de los demás. Mauricio creía en la paz, en esa paz, la de aquel día, eso lo hacía feliz.

Fechas y horarios permanecen impresos en nuestra vida cuando están conectados a eventos fuertes que nos marcan. 27 de diciembre del 2018, salgo con unos amigos a bailar salsa en la ciudad de Ibarra-Ecuador. A Colombia siempre la llevé dentro, en el corazón, en cualquier rincón del mundo que pisé y aquí la tengo cerca geográficamente, humanamente. Trabajo en el campo de los derechos humanos y sigo las víctimas del mismo conflicto. Pero las que, por ese conflicto, tuvieron que dejar todo en su país y buscar refugio en otro. Esta misma noche en Colombia, también Mauricio salió a tomarse una cerveza con una amiga, había hablado con él unos días antes. Y ahora recuerdo que fue quien me enseñó la importancia de las comas y las tildes en español -rio es muy diferente de río.- Como siempre, me hizo reír, él también quería ver la película “Roma” de la cual conversamos. Dos balas perdidas llegaron en su cabeza, lo mataron. Un ataque sicarial. Él se definía como un miedoso para todo pero ese día empujó  a su amiga al suelo y le salvó la vida. Adiós. Fin de un universo, el suyo. Estoy segura que Roma le hubiera gustado muchísimo.

La muerte es algo muy natural, pero el asesinato y la impunidad no deberían serlo. Principalmente  hablamos de estos dos puntos cuando nos referimos a los víctimas de esta problemática, estamos acostumbrados a pensar los conflictos como el enfrentamiento armado de dos partes que luchan por distintos intereses. Pero es algo mucho, mucho más profundo que el conflicto armado. Se arrastra en la vida de las personas, en sus relaciones sociales, en la dificultad de abandonar el miedo y la desconfianza en los demás, en los traumas psicológicos, en la violencia incontrolada, en las elecciones obligatorias y a veces dolorosas que se ven obligados a tomar, en la separación de los que más amamos: nuestra familia, nuestra casa, nuestra tierra, nuestros amigos, nuestra comida, los lugares donde crecimos. En el silencio que nos impone. Y el post conflicto parece ser una tierra minada, completamente seca y sin vida, donde, de puntillas, aquella vida hay que intentar replantarla. Esta guerra nunca se acabó, solo se transformó, una guerra que no es la mía y que nunca lo será, pero que de algunas formas tocó también mi vida. Tras la muerte de Mauricio las autoridades quedaron en silencio, pero muchas personas gritaron justicia para él con marchas, eventos, cartas, frases. Lo peor es cuando estas víctimas permanecen invisibles, como números estadísticos. La violencia no debe naturalizarse pero lamentablemente es la realidad del mundo actual. Un número que suma las estadísticas, así nomás.

Siete millones de desplazados internos y doscientos veinte mil muertos en tiempo de guerra en este periodo de supuesta paz. En los primeros tres meses del 2019 en Medellín 86 personas fueron asesinadas, casi dos personas por día, con un porcentaje de impunidad del 76%. De estas, diecinueve personas inocentes por cuenta de balas perdidas. Diecinueve universos diferentes como el de Mauricio, en el lugar y en el momento equivocado.

Defender los derechos humanos, el derecho a la vida, a la libertad, a la tierra. Me pregunto si existe un trabajo más abstracto, defender algo que no se ve, quizá ni se puede comprender, el valor de la vida, por ejemplo. Colombia desde el inicio del año ya cuenta con 169 defensores de derechos humanos asesinados, algunos  mueren y otros, los que pueden, los que se atreven, huyen.

Hoy, 12 de marzo del 2019 estoy viajando en  medio de estos dos países hermanos en dirección a Tulcán. El uno tierra turbulenta y sangraría, país maravilloso, realismo mágico. El otro tendencialmente pacífico, tierra poderosa de volcanes, donde el aire sabe a palo santo y eucalipto. Una frontera los divide y allá me dirijo. Un río -con tilde- infinito de personas diariamente tratan de cruzarla de forma regular o irregular, cada uno con su vida empaquetada en una bolsa. No se pueden llevar muchas cosas cuando se huye, a veces ni los papeles. “¿Usted cuántos pantalones tiene?”, me preguntó el año pasado Nicole de 11 años mientras hacíamos su cuarto traslado de casa. La verdad, no lo sé. Seguramente lo suficiente,  nunca he tenido que hacerme esta pregunta. Los niños refugiados cuentan las cosas, como los adultos los días. Saben exactamente la cuenta de los días que pasaron desde que dejaron su país. Me imagino a estas personas despertándose por la mañana y agregando otra unidad a su cuenta. La condición de los refugiados es trágica, no como la de los migrantes habituales.

Estoy acompañando a Mayra, menor de edad que se encuentra sola. Seguí el caso de su familia el año pasado: después de la muerte de su mamá en Ibarra escapó de Colombia para intentar buscarla en recuerdos, de paso, me buscó a mí también -la tragedia más la suma de la vulnerabilidad-. En esta historia seis hermanos se quedaron sin padres. Miro sus ojos y pienso en los de Lorena. Nadie marchó por ella, nadie exigió justicia por su muerte. Un número más, otra vez. Pienso cuánto extraño la voz de Mauricio. Una camioneta de la Dinapen nos lleva desde Ibarra a Piquiucho. Ahí nos esperan los policías de Bolívar. Una foto para el pasaje de responsabilidad por favor. Bueno. De Bolívar a Colón. La foto. En el recorrido el policía me dice que esta “cosa” de los derechos humanos pertenece sólo a los delincuentes. De Colón a Huaca. Cambio, foto. Luego a Tulcán, una foto y otro cambio. En Tulcán nos recoge la Dinapen y nos lleva al Consulado. Última foto. Los últimos papeles. El último abrazo en la frontera.

Míralos: los invisibles, números. Colas de siete horas. Muchos niños lloran, las madres están cansadas y los ancianos botados, siguen huyendo de la Colombia pacífica junto con las víctimas de una Venezuela desconocida. Pienso en todas las historias que escuché estos años tratando de retener la emoción mientras miro el fondo de muchos ojos de hombres y mujeres llenos de algo que humedece, cercano a la desesperación. Personas que no se conocen, sin embargo, se nombran, a veces hasta se odian a pesar de que sus vidas se cruzan. Lorena me decía que esta cosa de la “paz” era una broma, algunos ex guerrilleros de las FARC se enlistan porque toda su familia ha sido exterminada por paramilitares. Algunos desplazados de guerrilleros que no creen en el “perdón” y que, sobre todo, nadie les pidió disculpas. Una historia tan compleja que incluso poder definir una víctima es difícil. Hay demasiadas, pienso que todo va muy rápido, que perdimos en el camino el sentido de humanidad. La guerra y la violencia me dan asco.

Esta tierra de nadie parece un campo minado de destrucción donde reparar el tejido social se convierte en la mayor apuesta a la que apuntar, poner las personas en el centro para que dejen su condición de cifras y porcentajes, que sean más bien historias, humanas. Acercar los hermanos del mismo país divididos entre sí, víctimas del mismo Estado. Diferentes poblaciones y culturas obligadas a vivir juntas en un sistema que a menudo sigue vulnerándolas; promover caminos de acompañamiento que puedan activar la integración y estimular la reconciliación en corazones llenos de ira, resentimiento y soledad. Para todos aquellos seres humanos que buscan un respaldo en el mundo sin tener un lugar donde vivir y aquellos que tienen que abrir los brazos para recibirlos.

En Ecuador hoy brilla el sol. Pienso en la promesa que le hice a Lorena: nunca me iba a olvidar de ella y sus hijos. Pienso también lo cansada que me siento este momento, pero cuando Mayra da vuelta en el asiento  y me mira agradecida, sonríe – Digo que sí- de alguna forma mantuve la promesa. Subiendo al bus para regresar a Ibarra me llama la atención un tatuaje que tiene la señora que vende los boletos mientras escribe el número de mi documento, en su mano izquierda, ahí  cerca del pulgar está enciso un nombre grandote: Lorena. Parece una película, pero todo es real

 

 

Sobre la autora:

Gloria Volpe, 28 años. Roma, Italia. Posgrado en Ciencia Política para la Cooperación y el Desarrollo Internacional; trabajo y escritura de proyectos para la Cooperación Italiana; 1 año de trabajo con víctimas de conflicto armado en las comunas de Medellín, Colombia; 1 año de trabajo en el Cuerpo Civil de Paz Italiano con víctimas de conflicto y refugiados en Ibarra, Ecuador. Actualmente, formadora de Derechos Humanos en Ibarra y colaboradora de la Fundación Cristo de la Calle, COSDHI.

 

Horror en la pampa: una breve reseña de La casa de los eucaliptus

Por: Andreas Portillo 

La casa de los eucaliptus (Random House, 2017) es un libro de cuentos rápido y eficaz en todos los recursos narrativos que utiliza el autor. Destaca el universo que ha construido Lamberti, donde juega con esa ambigüedad a lo largo del libro: nunca sabemos si los personajes están enfermos o si tienen un sexto sentido, esa sensibilidad especial para ver eso que el resto de mortales no pueden ver.  Eso es magistral. Porque, precisamente, el esquizofrénico se convence de que la voz que escucha existe, está ahí, los síntomas psicóticos incluyen un convencimiento de que el mundo está en contra del sujeto, el automatismo mental, la irrupción de voces, el dislocamiento temporal, el extrañamiento con el propio cuerpo, las experiencias inefables de certeza absoluta. El sujeto lee en el mundo signos que le están destinados, y que contienen una significación que él no puede precisar, pero que le están dirigidos exclusivamente a él. Esto está presente en la mayoría de personajes que tienen ese contacto con lo paranormal, con esos entes malignos sin caer en lugares comunes o soluciones trilladas, y esto es así porque nunca se da una respuesta, no sabemos si estos fenómenos existen en una dimensión paralela o si existen sólo como producto mental de los protagonistas, no es la intención del autor dar estas respuestas, sino llevarnos de la mano ante lo ominoso.

Lamberti coquetea con productos de la cultura pop como Twilight Zone: el primer cuento parece una adaptación de algún episodio, pero más oscuro, más violento, más enigmático. En otro cuento, la protagonista tiene un final que nos remite a 100 años de soledad, a ese imaginario cristiano, milagroso; reapropiado por Márquez, pero mucho más inquietante, mucho más simbólico sobre la violencia que se ejerce contra las mujeres en el interior del país.  Acapulco tiene una premisa propia de un cuento de Stephen King: chicos en bicicletas, ingenuos, nobles, pero también violentos, atravesados por ese patriarcado omnipresente, se enfrentan contra una amenaza sobrenatural que está acabando poco a poco con el pueblo, con la pulsión de vida de los adultos. En realidad Lamberti, habla acá de otra cosa, de varias cosas: de lo que pasa después que el neoliberalismo arrasa con los trabajos de miles de familias, de lo que pasa cuando se pierde el sentido de pertenencia, del surgimiento de la anomia. En El tío Gabriel recupera la figura del zombie, del zombie como ese pariente extraño que todos tenemos, del estar-ahí-como-zombie, de cómo la no vida, o la prolongación de una vida sin todo lo que la hace disfrutable es un castigo para el no vivo, y para quienes lo rodean. Miedo a la muerte, reivindicación de la eutanasia, de un final humano; lo podemos interpretar de varias formas. En Vida de E nos muestra a un pintor que cambia de forma, se convierte en cuervo, reflexiona con un tono nostálgico  sobre su origen, sobre la trayectoria de vida que lo ha llevado hasta ese punto. Hay un guiño a Bolaño, a Vida de Anne Moore, a ese cuento de Samanta Schweblin sobre el psicópata que sublima sus pulsiones homicidas pintando cabezas de asiáticos que se estrellan contra el pavimento. En Eddie, La ventana, y Santa vuelven a aparecer esos seres ambigüos, que parecen estar esperando a que alguien los descubra, a que alguien haga contacto.

Hay varios cuentos que se salen de la ambigüedad de éste universo – aunque sigan jugando con ese imaginario del horror y la cultura pop-, parecen incorporados a la fuerza, simplemente palidecen ante los ya mencionados. Lo cierto es que se trata de una muestra de los potenciales del género donde confluyen sin trabas realismo y horror, particularismos y grandes temas universales.

– – – – – – – – – – –

Luciano Lamberti (Córdoba, 1978) es autor de los libros San Francisco (poesía), El asesino de chanchos y El loro que podía adivinar el futuro (relatos) y Los campos magnéticos y La maestra rural (novela). Actualmente reside en Buenos Aires.

No somos tu clase de gente

 

Por: René Patricio Carrasco Mora

Gardenia somos nosotros, tú o cualquier ecuatoriano que carece total o parcialmente de conciencia de clase, visto de otra manera, quienes aún creemos que las obligaciones de estudio, vivienda, ropa de marca -en lo posible-, farras y viajes, son obligaciones excluyentes de nuestros padres, al menos, hasta que terminemos la carrera universitaria o sucedan eventos pasionales desafortunados. En No somos tu clase de gente una de las protagonistas representa ese “nosotros” que constantemente se ve afectado, cuestionado y ofendido por sucesos que antes no tenía presentes en su estado de resguardo y confort. Resulta impactante observar cómo de a poco logra desnaturalizar su pertenencia a aquellas prácticas, costumbres e imaginarios para intentar ser parte -parcialmente- de un espacio nuevo, desconocido. Gardenita se embarca en una travesía hacia la otredad, quizá un sector que consideraba más vulnerado, pero que la termina interpelando, al punto de sentir patetismo por su vida anterior.

La ambientación  pareciera tener lugar en Quito, en un escenario llamado: La calle de las Mascotas. Donde conviven seres de la “mitología capitalista” buscando promocionar puestitos de comida, vestimenta y hasta una botica/bazar. Hay una excursión a la costa (que parece un guiño al filme Y Tú Mamá También del mexicano Alfonso Cuarón), las típicas borracheras a la ecuatoriana, puñetes y una revolución en marcha. Está el escritor, los militantes radicales, el líder popular con tintes anarquistas, su perro y Gardenita. Besos, desilusiones, viajes, sexo, tristezas y alegrías.  

Don Tomás (1) construye un entramado de sucesos narrado a tres voces, cuatro, con la de Cambó, que representan tipologías ecuatorianas divertidas, interesantes, y en ocasiones, un tanto exageradas. Se entrevé en su escritura la influencia del gótico inglés, detalles minuciosos, el desarrollo de los hechos, el héroe y antihéroe, la lucha de clases, la ilusión amorosa, el triunfo del maniqueo esencializante, “lo que está bien contra lo que está mal”, entre otros aspectos. Sin embargo, no nos atrevemos a situarla en un solo género; Ramírez Paredes cambia los recursos literarios constantemente, juega con las voces, deja huellas del Llentelman más radical de forma indirecta, casi como si pertenecieran a otro texto. Hace un movimiento interesante con Cambó -el perro del Llentelman- quien a pesar de hacerse presente en tercera persona, logra definir su autonomía y convertirse en un narrador más. De distinta forma, pero también presente en Rulfo, no podemos imaginar El Llano en llamas o Pedro Páramo sin la presencia de los perros. La novela de Roberto perdería sentido sin Cambó. De todas formas, hallamos una lejanía disonante y un rompimiento abrupto con la realidad novelada, con la referencia a Johnny Cash y el “himno” (canción en italiano) del Llentelman, hubiéramos preferido una selección de canciones de algún insurrecto latinoamericano fuera del alcance del cliché cabralesco o víctorjaresco o algo más empático con la generación hija de la sociedad posindustrial. Nunca está demás revisitar minuciosamente y hacer  una mención en concordancia con los consumos culturales de nuestra región.

“ (…) me puse nervioso, me pasa cuando soy el centro de atención, también cuando voy a salir de una librería con detectores de robo marca Thulup-Selohssa, sin importar que no haya robado nada. Simplemente me pongo nervioso. Mi inconsciente me dice que soy un ladrón.”

Roberto pareciera encarnarse, aunque no completamente, en Guillermo. Deja entrever pantallazos de su propia vida: el viaje que hace a México por la publicación de su novela, la agilidad y belleza con que describe emociones y pensamientos, los gustos literarios (Stevenson, Wells, Lérmontov) e incluso la aparición de Cambó bajo la tutela del Llentelman, que bien podría ser su perro Cafú. Esto último puede ser un dato intrascendente, o no, lo dejamos a criterio de cada lector que esté dispuesto a disfrutar y armar sus propias conjeturas. Eso sí, es una novela que echa luz al opaco mito de que en Ecuador no se hace literatura con grandes ambiciones. Hoy se escribe y se lee bien. La nueva narrativa ecuatoriana está a nuestro alcance y crea sus propias expectativas, clama su espacio en las literaturas de la región.

 

– – – – – – – – – – –

Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México. En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami; en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial. Ha ganado dos concursos de cuento. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, es Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona.

 

 

Notas al pie:

1 Seudónimo de su novela “La ruta de las imprentas.” México: Universidad Veracruzana, 2012.  

Bibliografia:

Ramírez, Roberto. “No somos tu clase de gente.” Ecuador: Centro de publicaciones PUCE, 2018.