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Claudia Hernández y Jorgelina Cerritos: literatura salvadoreña de posguerra

Por Alejandro Córdova

Foto: Francisco Campos

La literatura salvadoreña de posguerra ha conseguido iluminar recovecos de la realidad que antes habían estado en penumbra. Es decir: le ha dado voz a las historias protagonizadas por seres que existieron siempre al margen o a sensaciones que son propias de una generación que no estuvo involucrada ideológicamente en la guerra. Después de los Acuerdos de Paz, aparece en El Salvador una nueva literatura distinta a la que ha sido escrita por hombres heterosexuales, una que atiende urgencias distintas a las urgencias de la guerra y preguerra. 

En esencia, una literatura escrita por mujeres y homosexuales

Pero ¿qué es lo que urge contar una vez termina una guerra? ¿Los muertos? ¿El horror? Quizá la respuesta no solo depende de la realidad salvadoreña. La caída del muro de Berlín en 1989 coincide con la ofensiva final de la guerrilla llamada “Hasta el tope”, que tenía como objetivo movilizar a más de 3 mil guerrilleros al casco urbano de San Salvador. Devolver la guerra a la capital. La reacción del Ejército fue contundente: el asesinato de seis sacerdotes jesuitas y dos empleadas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). 

Esta masacre se sumó a los numerosos crímenes de lesa humanidad perpetrados por el Estado y alarmó a la comunidad internacional. Se intensificó la presión para conciliar la paz. De ahí en adelante, la guerra mutó en negociaciones y treguas armadas. Pero la historia ya estaba escrita: el proyecto comunista fracasó a escala global, ¿por qué habría de ser distinto aquí? En 1992, en la Ciudad de México, Castillo de Chapultepec, un puñado de salvadoreños firmaron un papel. Lo que significó cese al fuego, conteo final de muertos, repartición de tierras, inicio de la era de los hombres y mujeres libres. Paz: situación o estado en que no hay guerra ni luchas entre dos o más partes enfrentadas. 

A nivel global, la disolución de la Unión Soviética representó la caída de las utopías. Para El Salvador, cuya autonomía estuvo en disputa durante toda la Guerra Fría, la desintegración de la URSS solo podía significar una derrota. Esta es una sensación que es explorada desde temprano en la literatura: haber perdido algo imposible de recuperar. La literatura cambia cuando cambian las circunstancias de la realidad y, al comenzar la paz y la reconstrucción de un país en ruinas, surgen nuevos cuestionamientos. 

El primer gran tema es el desencanto, entendido como un pesimismo generalizado ante la vida o como una ausencia de esperanza. Lo que se ha nombrado bajo la categoría del cinismo por académicas y académicos. Este sentimiento que abarca a toda una generación que tuvo que lidiar con los estragos de la guerra responde también a una nueva crisis ideológica mundial: hacia dónde vamos, en qué creemos y por qué creemos en lo que creemos. 

El segundo gran tema es la violencia en todas sus manifestaciones: la violencia social, la violencia política y la violencia de género. El imaginario de violencia está presente en toda la  literatura escrita después de los Acuerdos de Paz: en sus conflictos, sus ambientes, sus personajes e, incluso, en el uso del lenguaje mismo. Varían no solo los matices, sino los abordajes. Claudia Hernández es el mejor ejemplo. 

Por último, y también en sintonía con el estado del mundo, surge como gran tema de la literatura nacional la representación de nuevas identidades: los migrantes, las mujeres y los homosexuales. La preocupación por narrar nuevas formas de ver el mundo que no formaron parte de los discursos oficiales de la literatura antes de la caída del proyecto comunista. En este caso, resalta Jorgelina Cerritos con la escritura femenina y Mauricio Orellana Suárez con la escritura sobre la homosexualidad. 

Cuando Claudia Hernández (1975) publicó la colección de cuentos Mediodía de frontera, habían pasado diez años desde el fin de la guerra civil salvadoreña. En sus 16 cuentos breves, personajes sin nombre se enfrentan a sórdidas situaciones de violencia que asumen con naturalidad y hasta ternura. La muerte está presente en todo el libro no como algo lúgubre, sino más bien como una transacción cotidiana, algo que causa curiosidad y no horror. 

Un cadáver abandonado en la cocina, un ángel que pide prestado el baño, un hombre sin un brazo que tiene por mascota a un rinoceronte, una niña que juega a la morgue, un manual para lidiar con un hijo muerto. Los cuentos de Claudia Hernández representan un primer vistazo, brutal y a la vez ternura, a la realidad salvadoreña tras 12 años cruentos de guerra, con un saldo de 75 mil muertos y miles de desaparecidos. 

Había un cadáver cuando llegué. En la cocina. De mujer. Lacerado. Y estaba fresco: aún era mineral el olor de la sangre que le quedaba. El rostro me era desconocido, pero el cuerpo me recordaba al de mi madre por las rodillas huesudas y tan sobresalientes como si no le pertenecieran, como si se las hubiera prestado otra mujer mucha más alta y más flaca que ella. Ninguna de las cerraduras había sido forzada. Tampoco había un arma por ningún sitio. Nada había que me diera pistas sobre el asesino, que había limpiado hasta las manchas de sangre en el piso. Ni una sola gota dejó. He visto muchos asesinados en mi vida, pero nunca uno con un trabajo tan impecable como el que le había practicado a la muchacha, que tenía cara de llamarse Lívida, tal vez por el guiño de lamento que se le había quedado atascado en los labios amoratados. Como cualquier buen ciudadano habría hecho, no esperé a que apareciera mensaje alguno en la radio o en la televisión, sino que hice imprimir uno en el periódico que decía: “Busco dueño de cadáver de muchacha joven de carnes rollizas, rodillas saltonas y cara de llamarse Lívida. Fue abandonada en mi cocina, muy cerca de la refrigeradora, herida y casi vacía de sangre. Información al 271-0122.” 

Hechos de un buen ciudadano, parte I. 

Sin embargo, no es solo el contenido el que importa en la narrativa de Claudia Hernández. Es la forma: su precisión entre lenguaje y metáforas, su experimentación en el género del cuento. El valor de su literatura trasciende el nivel de representación de la realidad y la convierte en un campo poético para pensar la salvadoreñidad de posguerra. 

Quizá el aporte de Hernández se concretiza en el Olvida uno, publicado en 2005, una colección de nueve cuentos que dan voz a un nuevo sujeto de la realidad salvadoreña de posguerra: los migrantes. En este libro, fondo y forma se enhebran con sofisticación para erigir una ciudad internacional que parece ser Nueva York, pero en la que suceden hechos extraordinarios y profundamente poéticos. 

Los cuentos del Olvida Uno son contados en primera persona, como testimonios íntimos de personajes inmigrantes que han vivido o sido testigos de situaciones cuasi fantásticas en medio de su cotidianidad: de camino al trabajo, en sus apartamentos, en los dinners o las casas que limpian. Una mujer que se encuentra el infinito en un baño privado y decide hurtar un poco de su esplendor, un hombre preocupado porque se le pegan las voces en el abrigo, etc. 

Todos los cuentos son excepcionales, pero hay uno sobresaliente: La han despedido de nuevo, que es una narración coral de todas las personas que conocieron a Lourdes, una inmigrante salvadoreña que cambia de trabajo con demasiada frecuencia porque no puede evitar encuentros con animales míticos que la invitan a jugar y le piden que regrese a casa: un lobo de piedra, una mariposa de agua, un torogoz de luz, un gato de sombra. Claudia Hernández consigue contarnos esta historia en una cascada de pensamientos y testimonios colectivos. 

La han despedido de nuevo. Su voz en mi contestadora me ruega que no le devuelva la llamada hoy: no estará en casa a la hora de siempre. Es probable que me llame mañana. O el miércoles. Suena feliz. Debió haber estado sonriendo. Lo estaba. Lo supuse. ¿Me reí? No, pero se te ahogaban las palabras como cuando estás alegre. ¿Conseguiste un mejor empleo? Aún no. Ni siquiera lo ha buscado. No está de ánimo para eso. Es primavera. Desde ayer. Los cerezos florecerán dentro de poco. ¿Y ellos pagarán tu renta y tu comida? No. Claro que no. Las pagará ella. Aún tiene algo de dinero. No mucho, supongo. ¿Necesitás? Puedo enviarte un poco si No hace falta. Me lo jura. Suena feliz. ¿Hay razón para eso? ¿Dormiste con alguien anoche? Quizá. No recuerda. Pero, en todo caso, no está feliz por eso, sino porque acaba de estar con el lobo que vio de reojo una semana antes mientras esperaba el autobús que la acerca al trabajo ese que tiene de limpiar para la pascua el apartamento de la judía ortodoxa, un lobo de piedra y del tamaño de un automóvil que, durante la lluvia, se paseaba por los tejados de los edificios de la acera del frente, la llamaba por un nombre que no era el suyo y la invitaba -en español- a jugar. La pasarían muy bien, solo tenía que cruzar la acera. Era cuestión de unos cuantos pasos. Diez, a lo sumo. Ven, Nuna. Pero ella respondió que no. 

La han despedido de nuevo 

Detrás de la ficción de Hernández, se asoma un ejercicio serio de pensar la identidad. El Olvida uno es la primera colección de cuentos que imagina la salvadoreñidad fuera de sus fronteras y la coloca en el territorio de lo ficticio, no como un documento histórico y crítico de la realidad que atraviesan los migrantes sino todo lo contrario: una experiencia literaria que prioriza la dimensión de entretenernos y de imaginarnos; una escritura que defiende el universal derecho a la metáfora, a la invención. 

Claudia Hernández publicó también en 2013 el Causas Naturales, una colección de 15 cuentos que deambulan por el universo de siempre: habitantes de una ciudad que cuentan sucesos en los que se vieron involucrados casi involuntariamente, pero que resuelven con inocente resignación. En este libro, Hernández ha madurado su técnica de modo que enfrenta e imagina la realidad salvadoreña en metáforas más compactas. 

En el cuento En casa, hay una alusión muy evidente a la militarización de la seguridad pública en tiempos de paz. El solo inicio plantea una relación entre buitres/gatos que podría entenderse como militares/guerrilleros y militares/pandilleros: 

Hacía mucho tiempo que los buitres no sobrevolaban esta ciudad. Tanto que la mayoría de nosotros había perdido la costumbre de mirar al cielo antes de salir de casa para saber cuáles calles convenía evitar. Había algunos que, incluso, no guardaban recuerdo de ellos ni de las angustiantes formas que dibujaban en el aire. Yo creía estar en ese último grupo, pero, por desgracia, no podía contarme en él. Ni siquiera podía pretender que pertenecía a la clase de los que, a pesar de recordar, no le daban importancia al asunto. Si alguna vez hubiera apostado dinero a que al menos era capaz de controlarme en presencia de un buitre, lo habría perdido todo la tarde en que me arrojé al suelo tan pronto como escuché el batir de las alas de uno de ellos, que no intentaba atraparme a mí, sino a una gata que estaba en el mismo callejón por el que yo deambulaba. Comencé a hiperventilar cuando mi oído, que reconoció el sonido, me llevó de golpe a la época en que los gatos se hicieron muchos en la ciudad y se los trató como plaga. Entonces había siempre varios buitres devorando los cadáveres con colas amontonados en las aceras. 

En Jorgelina Cerritos (1974) se encuentra un discurso claramente comprometido con la memoria histórica. Sus obras de teatro están habitadas por los que vivieron la guerra como niños y necesitan recordarla, enunciarla y denunciarla. En la dramaturgia de Cerritos, la voz de los personajes coquetea con la poesía, pero no deja de sostenerse sobre las tensiones del enorme drama nacional de la posguerra. 

En general, es valiosa la construcción de sus personajes femeninos porque en ellas coloca las reflexiones más profundas sobre la verdad y la justicia en un país de impunidad y olvido. Tal es el caso de La Audiencia de los Confines, su más fuerte ejercicio creativo a la fecha, donde tres personajes involucrados en un evento trágico de la guerra están encerrados en un no- tiempo y no-lugar que recuerda al existencialismo de Sartre en A puerta cerrada

Alonso, Mauro y Carola son, a su vez, la Historia, la Memoria y la Verdad, con mayúsculas. Estos tres personajes, en su afán por matar el tiempo a la espera de que amanezca, ensayan posibles interpretaciones de la realidad al punto de descubrir su verdadero rol en los hechos: el del victimario, el del testigo y el de la víctima. La manera en la que Cerritos se vale de la ficción y del humor para jugar con temas delicados de la identidad nacional, además de su magistral uso de referencias a la cultura salvadoreña, vuelven esta obra una estación obligatoria para pensar la literatura de posguerra. 

En uno de sus monólogos, Carola adopta una voz profética, de pitonisa, la voz de los tiempos: 

CAROLA: 

Hasta que los códices no sean descifrados y ordenadas las partes y completado el todo; hasta que las culpas no penen su pena y los pies no sean lavados; hasta que las magdalenas no sequen sus lágrimas frente al hombre amado, desmembrado; hasta que los niños muertos no dejen de llorar de pánico; hasta que a las niñas violadas no les florezca el himen desgarrado y las mujeres no hayan escupido la cara del verdugo; hasta que los hombres no acallen su grito de rabia, contenido; hasta que no mengüen las llamas, que las madres no sean vengadas, y las gallinas y las vacas y los puercos y los perros no hayan perdonado; hasta que los homicidas, parricidas, matricidas, fratricidas, femicidas, genocidas y suicidas no terminen la orgiástica fiesta de El Entierro de la Sardina: No habrá sol que dé luz a la luna y no habrá luna llena. Entonces las mareas secarán sus frutos, no parirán las hembras y las mujeres, y los cultivos, sin hombres, se secarán en la tierra. La leche no se derramará sobre niños que canten, la oscuridad reinará por siempre y nunca vendrá la mañana. Entonces dejará de tañer la campana de los siglos y Carola jamás encontrará a su niño verde

Esta obra responde fielmente al imaginario social roto de la posguerra: una sociedad sin ilusiones, hundida en la oscuridad de una noche sin fin, corroída por los males que no han sido esclarecidos. La Audiencia de los Confines hace referencia a la verdadera Audiencia de los Confines creada en 1542 por la Corona Española como un tribunal de apelaciones que, entre otras cosas, permitía ejercer un mejor control en los territorios centroamericanos que estaban, para ellos, en el confín de la Tierra. 

En otra obra de teatro de Jorgelina Cerritos, Vértigo 824, la brutalidad y el pesimismo son todavía más amargos. En una metáfora muy firme, un avión que viaja en turbulencia representa a El Salvador y sus tripulantes son ese desfile macabro de seres de la realidad nacional que encarnan la violencia, el machismo, la desigualdad y el lumpen. Esta obra es un debate intenso e inconcluso sobre la esperanza. 

Lo más interesante podría ser la representación de dos personajes de la vida urbana que, dentro del avión, ocupan un rol importante: el horror del hambre y la marginación. Un vendedor ambulante y un indigente (personajes que son comunes en el transporte colectivo) asaltan el avión y se ven poseídos por una fuerza superior que los hace hablar en distintos idiomas y escupir verdades proféticas. Aquí una muestra: 

El vendedor: Mi compañero y yo venimos a quitarle nada más un momento de su atención. El indigente: Sequiu al señor motorista y las chavitas ayudantes por dejarnos subir a hablar con ustedes… (A El hombre, La mujer y La joven) … Hey, shit, con ustedes, ¿por qué se hacen los locos?, con ustedes… El vendedor: Andamos con estos separadores que llevan dibujos de las Santas Escrituras. Con la compra de estos separadores usted ayudará a personas que vivimos en las calles, pero queremos ser personas de bien. El indigente: La neta, míster, es que no queremos volver donde asustan, nos queremos regenerar 

y no le queremos hacer mal a nadie, ¿cachai? 

El hombre, La mujer y La joven tratan de ignorar la situación. 

El vendedor: El separador no tiene precio, usted puede darnos lo que le de la gana El indigente: Lo que sea su voluntad… ¿Siñora?… ¿siñorina? Chincue o diechi chéntime ¡per 

favore! El vendedor: Cinco, diez, quince centavos, pues como la Biblia dice… El que no nada se ahoga… ¿verdad compadre?… ¡Ah, si, el que no nada se ahoga!…. Así que rapidito ve, vayan buscando algo en sus carteras… El indigente: Güi nid a money fron yu may broder… bicos güi ar diported fron los Yunai Estey… un 

navon pa de trabai… ¿understan? Trabai… navon pa de trabai… El vendedor: Hoy por ti mañana por mí… y camarón que se duerme se lo lleva la corriente… 

buscando en las carteras pues… 

El indigente se acerca a La joven. 

El indigente: Güi ar diported fron Niu Yor, ¿cherto princhipesa?… Fron Toronto y fron Los Anyeles, fron París, fron Chayna, fron Italia an Espein, fron Chile, Argentina y Uruguay, fron Asha, Africa y Oceanía… Eu teño fami… La mujer: ¡Señorita, la pastilla que le pedí! El indigente: Güi ar diported fron evry wer… ¡fron la Torre de Babel! ¡Fron todas las ciudades hermosas del mundo!… ¡Fron de worl! (A La joven) ¿Verdad mamacita? Chincue o diechi chéntime, por favor… done muá… El vendedor: (A El hombre) ¿Y usted viene o va?… ¿viene o va?… ¿qué, no me oye? Conteste pues, 

¿no que tenía tanta gana de hablar? ¡Hable pues! ¿Viene o va? El hombre: Vengo… eh, voy… no sé… no tengo por qué contestarle a usted… El indigente: Güi jav no guork, ay an jangry… un navón ni meson ni famiye… no te paniquiès bato, pasate un bara y quedamos cheles, fay cent, una cora or guan dólar, guan euro… ay jangry… ye fan… güi nid somsin tu it… a pis of queic or a jamburger, ¡pitza, tacos, macaroni!… ¡arepas, guacamole! ¡pupusitas!… un matecito para tomar, ¡chicha, vodka!… una sopa minestroni o lasaña boloñesa… shuchi… ¡Ayeint nu tem trabalio!… ¡Ich bin junjrinch!… ¡junjrinch!… ¡Tengo una puta y jodida hambre!… El vendedor: (A La mujer) ¿Y usted?… (A La joven) ¿y vos? ¡Contesten pues! ¡puta! ¡contesten hombre!… ¿vienen o van? ¿o ya no entienden el español? ¿Ya se los había preguntado? ¿Ya se los había preguntado? ¡Contesten!… El indigente: ¡Va temi guacho! ¡La saqua’te farfari sik rulo pä!… ¡Malditos! Fack yu! Gat demet! ¡Veto zur jaila bastard! ¡Sik rulo pä! ¿Comprenden? ¡Rulo pä, rulo pä! ¡Tagbo sumj gata lei, gata lei, gata lei!… El vendedor: (A los tres) ¿Le tienen miedo a la muerte? ¿Tienen miedo a morir? Sería una muerte 

rápida… Si usted muriera hoy ¿adónde iría? El indigente: Filio de puta, ¡gata lei! El vendedor: ¿Al cielo o al infierno? (A El hombre) ¿al cielo o al infierno? ¡Conteste! El indigente: ¡Al inferno! La mujer: No le conteste. El indigente: ¡Al inferno! El vendedor: ¡Contésteme! La mujer: No lo haga. 

El indigente: ¡Repondé batarg modi!… ¡Repó fis de piut!… ¿No me escuchan?… ¡Jeponda! 

¡Ansgüer! ¡Antuorten si! ¡Risponda! ¡Sacbal xi tunh! El vendedor: Conteste. La joven: Por favor, déjenlo en paz. El vendedor: ¡Cállense malditas cotorras… a él le estoy preguntando!… ¿A dónde?… 

El vendedor golpea a El hombre. La joven se esconde en La mujer. La mujer se queda en silencio. 

El hombre: Al infierno El vendedor: ¡Al infierno! El indigente: ¡Lang ferg! ¡Torre de Babel! ¡Lang ferg! El avión entra en zona de gran turbulencia. Entra el Coro de aeromozas y hace una especie de danza de marionetas cantando mecánicamente. 

Coro de aeromozas: Esta mierda que no para. Que nunca para, nunca, nunca, nunca para… que 

nunca para. ¡Basta!… 

Tanto Claudia Hernández como Jorgelina Cerritos ofrecen una amplia producción literaria de calidad que abarca más temas y propuestas estéticas de las que aparecen en este texto. En ese sentido, los fragmentos seleccionados sirven para hilar un discurso sobre la posguerra que responde a los puntos antes señalados: una enorme crisis ideológica que se traduce en desesperanza y desolación, la violencia omnipotente de lo cotidiano y las nuevas identidades, entre las que se destaca el discurso sobre lo femenino, la migración y la memoria. 

Sobre las autoras: 

Claudia Hernández (San Salvador, 1975) se ha dedicado a la escritura de historias y a la enseñanza de la redacción. Ha publicado seis libros de cuentos, dos novelas y un libro didáctico. Su obra narrativa ha sido incluida en antologías de cuento publicadas en España, Italia, Francia, Estados Unidos y Alemania. Publicó sus primeros relatos a finales de la década de 1990, en suplementos culturales de periódicos salvadoreños. En 1998, su relato Un demonio de segunda mano obtuvo uno de los galardones del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo que convocaba Radio Francia Internacional; y en 2004 recibió el premio que la Fundación Anne Seghers de Alemania confiere a autores jóvenes cuya obra artística contribuye al surgimiento de sociedades más justas y tolerantes. En 2007 formó parte de Bogotá 39, una selección de 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años convocados para destacar las nuevas voces y tendencias de la literatura latinoamericana a propósito de la designación de Bogotá como Capital Mundial del Libro. En 2012 el National Endowment for the Arts (Estados Unidos) financió la traducción al inglés de sus libros de cuentos publicados entre 2001 y 2007; en 2014 una selección de sus relatos fue traducida al italiano. 

Jorgelina Cerritos (San Salvador, 1974) es una poeta, actriz y dramaturga salvadoreña. Licenciada en Psicología de la Universidad de El Salvador (UES). Inició su formación artística en la disciplina de teatro en 1990, habiéndose desarrollado como actriz desde 1993 y como dramaturga desde el año 2000. Además del teatro cultiva la poesía, géneros en los que escribe tanto para niños como para adultos. Para el año 2006 fue becaria del proyecto centroamericano El Carromato en el taller regional de dramaturgia, dictado por el maestro y dramaturgo José Sanchis Sinisterra, y en 2010 recibe formación del director y dramaturgo Arístides Vargas en la Semana Internacional de Dramaturgia Contemporánea, en Cali, Colombia. 

Sobre le autor de la nota:

Alejandro Córdova, nació en San Salvador en 1993, se formó en el programa de jóvenes talentos de la Universidad Dr. José Matías Delgado. Estudió en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, ha tomado varios cursos de redacción literaria con escritoras destacadas como Claudia Hernández, Jorgelina Cerritos, Jacinta Escudos y Susana Reyes, por mencionar algunos. Ganador del 6to Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve.

Enlaces de interés: Sobre Claudia Hernández http://ojs.elte.hu/index.php/lejana/article/view/65/58 Sobre Mauricio Orellana Suárez https://www.apsu.edu/polifonia/v5/2015-arevalo.pdf Sobre Jorgelina Cerritos https://journals.ku.edu/latr/article/view/4309 ́

Edad de la ira: un poema para sumergirse en la violencia

Por: Augusto Magaña

Toda patria es una construcción basada en el engaño. Es una idea que se impone, que se
funda en una violencia misteriosa, casi fantasmagórica, bajo la intención de unificar un
territorio. Unificar para controlar. Para colonizar. Para subordinar. El filósofo esloveno
Slavoj Žižek diferencia en Sobre la violencia (Paidós, 2008) entre una violencia subjetiva
que es visible y practicada por un agente que podemos identificar al instante y una
violencia objetiva o sistémica, que es invisible, pues es la violencia inherente al estado de
cosas “normal”. Este esfuerzo de normalización es precisamente lo que mueve la creación
de la idea de Nación. ¿Cómo explicar, entonces, esta violencia que se nos escurre entre las
manos? “Es sumamente difícil acceder a la violencia y a sus causas”, afirma Patricio
Alvarado Barría (Temuco, 1988), poeta chileno, que en su libro Edad de la ira (Ediciones
Sin Fin, 2019) intenta precisamente adentrarnos y sumergirnos en esa violencia para
mostrarla. Para hacernos sentir violentados.


Edad de la ira es un poemario dividido en tres actos, en el cual a lo largo de los versos
transcurren imágenes y paisajes de la Araucanía; tierra mapuche devastada y colonizada en
el nombre de una nación. Tierra natal, también, del autor, que recoge en el libro
experiencias vividas e historias rescatadas de ese territorio, desde su colonización hasta la
actualidad, que lo muestran como una especie de laboratorio neoliberal a pequeña escala
de las dinámicas de poder que luego se reproducen, a gran escala, en otros lados del
mundo. Alvarado Barría intenta, de alguna forma, desenmascarar las apropiaciones y
malas lecturas de la conformación de un país. “Un país que para mí no existe”, aclara.


Pero el relato de esta violencia fundante no sigue una estructura narrativa. Alvarado Barría
pretende, más que contarnos una historia, desorientarnos verso a verso, perdernos entre la
humareda y hacernos sentir como si estuviéramos huyendo o escondiéndonos de algunos
de los personajes principales de la obra: los “guardianes”, “celadores” y “vigilantes” de la
patria, agentes oprimidos y opresores, que se mueven en medio del caos. “Trabajé un tipo
de libro en el que no busqué la narración. Una de las cosas por las que me interesaba
escribirlo era por la desorientación producida por la violencia”, señala el autor. En este
sentido, el poeta consigue transmitir al lector precisamente esta sensación de
desorientación que se produce en el momento del estallido violento. Pero no solo como una
especie de representación de lo que fue la colonización de la Araucanía, sino también como
un reflejo de la propia desorientación que vivimos en estos tiempos. “La libertad que
prometió internet o la modernización ha sido, finalmente, la opresión también”,
argumenta. Una desorientación por saturación de mensajes, que no nos deja, al mismo
tiempo, vislumbrar también esa violencia objetiva que es la fundadora y la que permite,
precisamente, esa opresión.


Un momento del poemario donde se refleja esta idea es en la sección II del capítulo
Destierros, en la cual los versos del poema están compuestos como si fueran diálogos. Pero
en estos diálogos las voces no se hablan entre ellas, sino que son como voces o gritos
lanzados al vacío, que no se tocan ni se interpelan. “Eso también es violencia: la pérdida
del sentido de comunidad. Estamos siempre reproduciendo un discurso”, critica Alvarado
Barría. Una colonización que en este siglo ya no se hace solo sobre los territorios, sino
especialmente sobre los cuerpos y las mentes de los individuos. En el poema, este
desarraigo del individuo respecto a la comunidad se refleja en un escenario: la casa. El
primer capítulo del libro, Casas incendiadas, muestra, entre otras cosas, la casa como un espacio construido y privado, que no deja de ser artificial. Un espacio que es al mismo
tiempo elemento de encierro, pero también de precariedad y exposición hoy en día. La casa
como vestigio de la destrucción, como ruina que queda de testigo.


En medio del humo, el fuego y el lodo


Álvarado Barría cuenta que empezó a trabajar en el poemario en el 2006. “Ha sido un
proyecto de más de diez años”, explica. En el que hubo, sobre todo, mucho trabajo de
corrección y limpieza. “Es un poema no para contar nada, no para vender un producto…
No quería satisfacer la necesidad de elusión que podría contener el libro”, subraya el autor.
Es por este motivo que Álvarado Barría decidió, en el proceso de edición, deshacerse de lo
que él denomina “los excesos narrativos” de la obra y quedarse solo con el relato poético.
Pero el ripio generado por esa limpieza no cayó en vano, sino que se convirtió años después
en su novela Triage (Alquimia Ediciones, 2015), Premio Mejor Obra Literaria 2015, en la
categoría de novela inédita, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de
Chile.


El humo, el fuego y el lodo aparecen y desaparecen del escenario creado por los versos de
una forma frenética, como una escapatoria en suspenso o una huida contenida. El lector se
adentra en el poemario sin tener claro a dónde poder asirse, intentando reconocer algún
personaje o vislumbrar un paisaje. Pero el humo nubla la vista y apenas deja ver la
devastación. A lo lejos, lo único que alumbra es el busto de Hernán Triziano Avezzana
(1860-1926), el capitán Triziano, asesino de mapuches y figura fundante de esa nación
colonizadora. Su recuerdo aparece en la memoria de los vigilantes y los guardianes como
un fantasma que, de alguna manera, justifica la destrucción que propician en nombre de la
salvación de la patria.


Triziano, al mismo tiempo, sirve al autor de anclaje con la realidad de su ciudad natal,
Temuco, capital de la Araucanía. El capitán fue fundador y capitán de una fuerza
paramilitar creada en 1896 y anexada al Regimiento de Carabineros en 1907. Su busto está
en la comisaría y en la calle de la estación de trenes de Temuco: es considerado casi una
figura fundacional de Chile. Pero aun así, es un personaje lleno de misterios y sombras.
“No tenemos tantas noticias como quisiéramos de él. Era un mercenario, un mata
mapuches”, asegura el autor. Triziano es una figura que simboliza, de alguna manera, la
mentira sobre la cual se han construido las identidades de los Estados latinoamericanos,
porque, aunque sea un “héroe de la patria” para algunos, muy poco se sabe de él. Una
contradicción que sirve también en el poema para parodiar y poner en evidencia a aquellos
guardianes de la nación. “Es súper triste que alguien crea que está defendiendo un país”,
apunta Alvarado Barría.


El autor se preocupa por dejar en claro que esta opresión de los cuerpos que significa la
nación “no es un enfrentamiento: es una colonización”. Y consigue transmitir en su poema
esta sensación de opresión, a través de un lenguaje colonizado y críptico, que sacude al
lector para intentar que vislumbre la violencia que rodea y ordena cada una de nuestras
vidas. Eso sí, Alvarado Barría renuncia a la narración en favor de la poesía como una
manera de no caer en la tentación de erigirse “portavoz” de los oprimidos, sino
simplemente como un ejercicio de inmersión y búsqueda, que al mismo tiempo refleja una
realidad más honda. “No creo que la literatura tenga que ver con tomar partido”, destaca
Alvarado Barría. Para intentar entender la violencia, lo mejor, quizás, es sumergirse en
ella.

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.

ENTRE DOS FRONTERAS, NÚMEROS Y REALIDADES

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Por: Gloria Volpe

23 de Junio del 2016. En la ciudad de Medellín era una mañana de sol y la radio en casa estaba encendida. Giulia me ponía encima trapos mojados para bajar la fiebre, que era altísima. El fervor lo tenía adentro y afuera. Habló el Presidente Santos: “Nos llegó la hora de ser un país normal, ¡un país en paz!”… “¡Que éste sea el último día de la guerra!”, la radio gritó desde el salón. Nunca olvidé la frase. La Paz se había logrado después de más de 42 años de conflicto civil. Tal vez por la emoción y quizá por la fiebre, era toda escalofríos. Empezamos a llorar y nos abrazamos. Dos italianas que nada tenían que ver con la guerra pero por algo estaban ahí respirando una historia eufórica y esperanzadora. Dicen que la paz es bonita, pero esto era mejor por nuestr@s compañer@s y amig@s, por las víctimas desplazadas del conflicto armado,  por quienes trabajábamos.

Esa misma tarde vino a cuidarme Mauricio, sentado en una esquinita de mi cuarto dibujó un retrato donde aparecía durmiente con la cabeza en un trapito, mismo que, volvía a remojar con agua fría cada cinco minutos. Treinta y tres años, bigote, auto ironía y una sonrisa especial. Dibujaba las cosas como si las escribiese en un diario, él fue una de las personas más apasionadas que conocí y le interesaba sobre todo la política, la paz y el bienestar de los demás. Mauricio creía en la paz, en esa paz, la de aquel día, eso lo hacía feliz.

Fechas y horarios permanecen impresos en nuestra vida cuando están conectados a eventos fuertes que nos marcan. 27 de diciembre del 2018, salgo con unos amigos a bailar salsa en la ciudad de Ibarra-Ecuador. A Colombia siempre la llevé dentro, en el corazón, en cualquier rincón del mundo que pisé y aquí la tengo cerca geográficamente, humanamente. Trabajo en el campo de los derechos humanos y sigo las víctimas del mismo conflicto. Pero las que, por ese conflicto, tuvieron que dejar todo en su país y buscar refugio en otro. Esta misma noche en Colombia, también Mauricio salió a tomarse una cerveza con una amiga, había hablado con él unos días antes. Y ahora recuerdo que fue quien me enseñó la importancia de las comas y las tildes en español -rio es muy diferente de río.- Como siempre, me hizo reír, él también quería ver la película “Roma” de la cual conversamos. Dos balas perdidas llegaron en su cabeza, lo mataron. Un ataque sicarial. Él se definía como un miedoso para todo pero ese día empujó  a su amiga al suelo y le salvó la vida. Adiós. Fin de un universo, el suyo. Estoy segura que Roma le hubiera gustado muchísimo.

La muerte es algo muy natural, pero el asesinato y la impunidad no deberían serlo. Principalmente  hablamos de estos dos puntos cuando nos referimos a los víctimas de esta problemática, estamos acostumbrados a pensar los conflictos como el enfrentamiento armado de dos partes que luchan por distintos intereses. Pero es algo mucho, mucho más profundo que el conflicto armado. Se arrastra en la vida de las personas, en sus relaciones sociales, en la dificultad de abandonar el miedo y la desconfianza en los demás, en los traumas psicológicos, en la violencia incontrolada, en las elecciones obligatorias y a veces dolorosas que se ven obligados a tomar, en la separación de los que más amamos: nuestra familia, nuestra casa, nuestra tierra, nuestros amigos, nuestra comida, los lugares donde crecimos. En el silencio que nos impone. Y el post conflicto parece ser una tierra minada, completamente seca y sin vida, donde, de puntillas, aquella vida hay que intentar replantarla. Esta guerra nunca se acabó, solo se transformó, una guerra que no es la mía y que nunca lo será, pero que de algunas formas tocó también mi vida. Tras la muerte de Mauricio las autoridades quedaron en silencio, pero muchas personas gritaron justicia para él con marchas, eventos, cartas, frases. Lo peor es cuando estas víctimas permanecen invisibles, como números estadísticos. La violencia no debe naturalizarse pero lamentablemente es la realidad del mundo actual. Un número que suma las estadísticas, así nomás.

Siete millones de desplazados internos y doscientos veinte mil muertos en tiempo de guerra en este periodo de supuesta paz. En los primeros tres meses del 2019 en Medellín 86 personas fueron asesinadas, casi dos personas por día, con un porcentaje de impunidad del 76%. De estas, diecinueve personas inocentes por cuenta de balas perdidas. Diecinueve universos diferentes como el de Mauricio, en el lugar y en el momento equivocado.

Defender los derechos humanos, el derecho a la vida, a la libertad, a la tierra. Me pregunto si existe un trabajo más abstracto, defender algo que no se ve, quizá ni se puede comprender, el valor de la vida, por ejemplo. Colombia desde el inicio del año ya cuenta con 169 defensores de derechos humanos asesinados, algunos  mueren y otros, los que pueden, los que se atreven, huyen.

Hoy, 12 de marzo del 2019 estoy viajando en  medio de estos dos países hermanos en dirección a Tulcán. El uno tierra turbulenta y sangraría, país maravilloso, realismo mágico. El otro tendencialmente pacífico, tierra poderosa de volcanes, donde el aire sabe a palo santo y eucalipto. Una frontera los divide y allá me dirijo. Un río -con tilde- infinito de personas diariamente tratan de cruzarla de forma regular o irregular, cada uno con su vida empaquetada en una bolsa. No se pueden llevar muchas cosas cuando se huye, a veces ni los papeles. “¿Usted cuántos pantalones tiene?”, me preguntó el año pasado Nicole de 11 años mientras hacíamos su cuarto traslado de casa. La verdad, no lo sé. Seguramente lo suficiente,  nunca he tenido que hacerme esta pregunta. Los niños refugiados cuentan las cosas, como los adultos los días. Saben exactamente la cuenta de los días que pasaron desde que dejaron su país. Me imagino a estas personas despertándose por la mañana y agregando otra unidad a su cuenta. La condición de los refugiados es trágica, no como la de los migrantes habituales.

Estoy acompañando a Mayra, menor de edad que se encuentra sola. Seguí el caso de su familia el año pasado: después de la muerte de su mamá en Ibarra escapó de Colombia para intentar buscarla en recuerdos, de paso, me buscó a mí también -la tragedia más la suma de la vulnerabilidad-. En esta historia seis hermanos se quedaron sin padres. Miro sus ojos y pienso en los de Lorena. Nadie marchó por ella, nadie exigió justicia por su muerte. Un número más, otra vez. Pienso cuánto extraño la voz de Mauricio. Una camioneta de la Dinapen nos lleva desde Ibarra a Piquiucho. Ahí nos esperan los policías de Bolívar. Una foto para el pasaje de responsabilidad por favor. Bueno. De Bolívar a Colón. La foto. En el recorrido el policía me dice que esta “cosa” de los derechos humanos pertenece sólo a los delincuentes. De Colón a Huaca. Cambio, foto. Luego a Tulcán, una foto y otro cambio. En Tulcán nos recoge la Dinapen y nos lleva al Consulado. Última foto. Los últimos papeles. El último abrazo en la frontera.

Míralos: los invisibles, números. Colas de siete horas. Muchos niños lloran, las madres están cansadas y los ancianos botados, siguen huyendo de la Colombia pacífica junto con las víctimas de una Venezuela desconocida. Pienso en todas las historias que escuché estos años tratando de retener la emoción mientras miro el fondo de muchos ojos de hombres y mujeres llenos de algo que humedece, cercano a la desesperación. Personas que no se conocen, sin embargo, se nombran, a veces hasta se odian a pesar de que sus vidas se cruzan. Lorena me decía que esta cosa de la “paz” era una broma, algunos ex guerrilleros de las FARC se enlistan porque toda su familia ha sido exterminada por paramilitares. Algunos desplazados de guerrilleros que no creen en el “perdón” y que, sobre todo, nadie les pidió disculpas. Una historia tan compleja que incluso poder definir una víctima es difícil. Hay demasiadas, pienso que todo va muy rápido, que perdimos en el camino el sentido de humanidad. La guerra y la violencia me dan asco.

Esta tierra de nadie parece un campo minado de destrucción donde reparar el tejido social se convierte en la mayor apuesta a la que apuntar, poner las personas en el centro para que dejen su condición de cifras y porcentajes, que sean más bien historias, humanas. Acercar los hermanos del mismo país divididos entre sí, víctimas del mismo Estado. Diferentes poblaciones y culturas obligadas a vivir juntas en un sistema que a menudo sigue vulnerándolas; promover caminos de acompañamiento que puedan activar la integración y estimular la reconciliación en corazones llenos de ira, resentimiento y soledad. Para todos aquellos seres humanos que buscan un respaldo en el mundo sin tener un lugar donde vivir y aquellos que tienen que abrir los brazos para recibirlos.

En Ecuador hoy brilla el sol. Pienso en la promesa que le hice a Lorena: nunca me iba a olvidar de ella y sus hijos. Pienso también lo cansada que me siento este momento, pero cuando Mayra da vuelta en el asiento  y me mira agradecida, sonríe – Digo que sí- de alguna forma mantuve la promesa. Subiendo al bus para regresar a Ibarra me llama la atención un tatuaje que tiene la señora que vende los boletos mientras escribe el número de mi documento, en su mano izquierda, ahí  cerca del pulgar está enciso un nombre grandote: Lorena. Parece una película, pero todo es real

 

 

Sobre la autora:

Gloria Volpe, 28 años. Roma, Italia. Posgrado en Ciencia Política para la Cooperación y el Desarrollo Internacional; trabajo y escritura de proyectos para la Cooperación Italiana; 1 año de trabajo con víctimas de conflicto armado en las comunas de Medellín, Colombia; 1 año de trabajo en el Cuerpo Civil de Paz Italiano con víctimas de conflicto y refugiados en Ibarra, Ecuador. Actualmente, formadora de Derechos Humanos en Ibarra y colaboradora de la Fundación Cristo de la Calle, COSDHI.

 

Horror en la pampa: una breve reseña de La casa de los eucaliptus

Por: Andreas Portillo 

La casa de los eucaliptus (Random House, 2017) es un libro de cuentos rápido y eficaz en todos los recursos narrativos que utiliza el autor. Destaca el universo que ha construido Lamberti, donde juega con esa ambigüedad a lo largo del libro: nunca sabemos si los personajes están enfermos o si tienen un sexto sentido, esa sensibilidad especial para ver eso que el resto de mortales no pueden ver.  Eso es magistral. Porque, precisamente, el esquizofrénico se convence de que la voz que escucha existe, está ahí, los síntomas psicóticos incluyen un convencimiento de que el mundo está en contra del sujeto, el automatismo mental, la irrupción de voces, el dislocamiento temporal, el extrañamiento con el propio cuerpo, las experiencias inefables de certeza absoluta. El sujeto lee en el mundo signos que le están destinados, y que contienen una significación que él no puede precisar, pero que le están dirigidos exclusivamente a él. Esto está presente en la mayoría de personajes que tienen ese contacto con lo paranormal, con esos entes malignos sin caer en lugares comunes o soluciones trilladas, y esto es así porque nunca se da una respuesta, no sabemos si estos fenómenos existen en una dimensión paralela o si existen sólo como producto mental de los protagonistas, no es la intención del autor dar estas respuestas, sino llevarnos de la mano ante lo ominoso.

Lamberti coquetea con productos de la cultura pop como Twilight Zone: el primer cuento parece una adaptación de algún episodio, pero más oscuro, más violento, más enigmático. En otro cuento, la protagonista tiene un final que nos remite a 100 años de soledad, a ese imaginario cristiano, milagroso; reapropiado por Márquez, pero mucho más inquietante, mucho más simbólico sobre la violencia que se ejerce contra las mujeres en el interior del país.  Acapulco tiene una premisa propia de un cuento de Stephen King: chicos en bicicletas, ingenuos, nobles, pero también violentos, atravesados por ese patriarcado omnipresente, se enfrentan contra una amenaza sobrenatural que está acabando poco a poco con el pueblo, con la pulsión de vida de los adultos. En realidad Lamberti, habla acá de otra cosa, de varias cosas: de lo que pasa después que el neoliberalismo arrasa con los trabajos de miles de familias, de lo que pasa cuando se pierde el sentido de pertenencia, del surgimiento de la anomia. En El tío Gabriel recupera la figura del zombie, del zombie como ese pariente extraño que todos tenemos, del estar-ahí-como-zombie, de cómo la no vida, o la prolongación de una vida sin todo lo que la hace disfrutable es un castigo para el no vivo, y para quienes lo rodean. Miedo a la muerte, reivindicación de la eutanasia, de un final humano; lo podemos interpretar de varias formas. En Vida de E nos muestra a un pintor que cambia de forma, se convierte en cuervo, reflexiona con un tono nostálgico  sobre su origen, sobre la trayectoria de vida que lo ha llevado hasta ese punto. Hay un guiño a Bolaño, a Vida de Anne Moore, a ese cuento de Samanta Schweblin sobre el psicópata que sublima sus pulsiones homicidas pintando cabezas de asiáticos que se estrellan contra el pavimento. En Eddie, La ventana, y Santa vuelven a aparecer esos seres ambigüos, que parecen estar esperando a que alguien los descubra, a que alguien haga contacto.

Hay varios cuentos que se salen de la ambigüedad de éste universo – aunque sigan jugando con ese imaginario del horror y la cultura pop-, parecen incorporados a la fuerza, simplemente palidecen ante los ya mencionados. Lo cierto es que se trata de una muestra de los potenciales del género donde confluyen sin trabas realismo y horror, particularismos y grandes temas universales.

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Luciano Lamberti (Córdoba, 1978) es autor de los libros San Francisco (poesía), El asesino de chanchos y El loro que podía adivinar el futuro (relatos) y Los campos magnéticos y La maestra rural (novela). Actualmente reside en Buenos Aires.

No somos tu clase de gente

 

Por: René Patricio Carrasco Mora

Gardenia somos nosotros, tú o cualquier ecuatoriano que carece total o parcialmente de conciencia de clase, visto de otra manera, quienes aún creemos que las obligaciones de estudio, vivienda, ropa de marca -en lo posible-, farras y viajes, son obligaciones excluyentes de nuestros padres, al menos, hasta que terminemos la carrera universitaria o sucedan eventos pasionales desafortunados. En No somos tu clase de gente una de las protagonistas representa ese “nosotros” que constantemente se ve afectado, cuestionado y ofendido por sucesos que antes no tenía presentes en su estado de resguardo y confort. Resulta impactante observar cómo de a poco logra desnaturalizar su pertenencia a aquellas prácticas, costumbres e imaginarios para intentar ser parte -parcialmente- de un espacio nuevo, desconocido. Gardenita se embarca en una travesía hacia la otredad, quizá un sector que consideraba más vulnerado, pero que la termina interpelando, al punto de sentir patetismo por su vida anterior.

La ambientación  pareciera tener lugar en Quito, en un escenario llamado: La calle de las Mascotas. Donde conviven seres de la “mitología capitalista” buscando promocionar puestitos de comida, vestimenta y hasta una botica/bazar. Hay una excursión a la costa (que parece un guiño al filme Y Tú Mamá También del mexicano Alfonso Cuarón), las típicas borracheras a la ecuatoriana, puñetes y una revolución en marcha. Está el escritor, los militantes radicales, el líder popular con tintes anarquistas, su perro y Gardenita. Besos, desilusiones, viajes, sexo, tristezas y alegrías.  

Don Tomás (1) construye un entramado de sucesos narrado a tres voces, cuatro, con la de Cambó, que representan tipologías ecuatorianas divertidas, interesantes, y en ocasiones, un tanto exageradas. Se entrevé en su escritura la influencia del gótico inglés, detalles minuciosos, el desarrollo de los hechos, el héroe y antihéroe, la lucha de clases, la ilusión amorosa, el triunfo del maniqueo esencializante, “lo que está bien contra lo que está mal”, entre otros aspectos. Sin embargo, no nos atrevemos a situarla en un solo género; Ramírez Paredes cambia los recursos literarios constantemente, juega con las voces, deja huellas del Llentelman más radical de forma indirecta, casi como si pertenecieran a otro texto. Hace un movimiento interesante con Cambó -el perro del Llentelman- quien a pesar de hacerse presente en tercera persona, logra definir su autonomía y convertirse en un narrador más. De distinta forma, pero también presente en Rulfo, no podemos imaginar El Llano en llamas o Pedro Páramo sin la presencia de los perros. La novela de Roberto perdería sentido sin Cambó. De todas formas, hallamos una lejanía disonante y un rompimiento abrupto con la realidad novelada, con la referencia a Johnny Cash y el “himno” (canción en italiano) del Llentelman, hubiéramos preferido una selección de canciones de algún insurrecto latinoamericano fuera del alcance del cliché cabralesco o víctorjaresco o algo más empático con la generación hija de la sociedad posindustrial. Nunca está demás revisitar minuciosamente y hacer  una mención en concordancia con los consumos culturales de nuestra región.

“ (…) me puse nervioso, me pasa cuando soy el centro de atención, también cuando voy a salir de una librería con detectores de robo marca Thulup-Selohssa, sin importar que no haya robado nada. Simplemente me pongo nervioso. Mi inconsciente me dice que soy un ladrón.”

Roberto pareciera encarnarse, aunque no completamente, en Guillermo. Deja entrever pantallazos de su propia vida: el viaje que hace a México por la publicación de su novela, la agilidad y belleza con que describe emociones y pensamientos, los gustos literarios (Stevenson, Wells, Lérmontov) e incluso la aparición de Cambó bajo la tutela del Llentelman, que bien podría ser su perro Cafú. Esto último puede ser un dato intrascendente, o no, lo dejamos a criterio de cada lector que esté dispuesto a disfrutar y armar sus propias conjeturas. Eso sí, es una novela que echa luz al opaco mito de que en Ecuador no se hace literatura con grandes ambiciones. Hoy se escribe y se lee bien. La nueva narrativa ecuatoriana está a nuestro alcance y crea sus propias expectativas, clama su espacio en las literaturas de la región.

 

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Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México. En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami; en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial. Ha ganado dos concursos de cuento. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, es Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona.

 

 

Notas al pie:

1 Seudónimo de su novela “La ruta de las imprentas.” México: Universidad Veracruzana, 2012.  

Bibliografia:

Ramírez, Roberto. “No somos tu clase de gente.” Ecuador: Centro de publicaciones PUCE, 2018.