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Lineth Paz

Moody´s mood for love

Por Agustín Paniagua                                               Fotografía: Lineth Paz @coleslawhat

 

I´m in the mood for love, simply because you´re near me…
Is it any wonder I´m in the mood for love?
Julie London

“Eso me pasa por creer en el amor…”, pensó Lautaro mientras abría la taparrosca del refresco de naranja con su boca desdentada. Tiró la botella con un golpe de la cara y procedió a lamer con fruición el líquido que se derramó por el suelo sucio de chicles y colillas de cigarro. La mugre de la banqueta le infectaba las cicatrices de los muñones, pero estaba tan acostumbrado a los abscesos de pus que ni se inmutó. Siguió sentado en su guarida bajo el castaño del parque municipal, salpicado por la lluvia, contemplando al horizonte de sus malas decisiones.

Ya no recordaba muy bien cómo era que había terminado convertido en un despojo. Eso le conflictuaba, porque se preciaba de saber siempre el origen de sus penas. Movió el hombro para acomodar la colcha vieja que tapaba su desnudez glacial y se dispuso a hacer memoria con tal de evitar un ataque de lágrimas.

La cosa empezó con una provocación.  Un día, en la peda, una amiga de Lautaro le dijo que él no sabía nada del amor. Que nunca había tenido una relación verdadera más allá de los típicos arrebatos de la calentura. Que no sabía lo que era el enamoramiento de la rutina ni conocía la pasión de lo cotidiano.

Vaya mamada —se dijo Lautaro en silencio. En ese entonces, tenía mil pretextos para ignorar la puya: era un ocupado ejecutivo de una empresa especializada en venderle seguros familiares a viudos y divorciados. Semejante incongruencia requería tanta pericia —y le ocupaba tanta vida— que apenas quedaba tiempo para un par de dizque romances apresurados con desconocidas impersonales, iguales a él.

Todo cambió al cabo de tres meses. De repente, Lautaro se encontró a sí mismo desempleado y en la calle, vilipendiado por un eturbio escándalo de acoso sexual a una colega de la oficina, sin más patrimonio que los escombros de su casa destrozada por un terremoto en la San Pedro de los Pinos. La ruina le regaló las horas que estaba necesitando para procesar excusas, y él aprovechó para auscultar su conciencia.

Resultó que su amiga (la manchada) tenía razón: Lautaro no sabía qué era el amor. Lo confundía con unos buenos besos, o con la saciedad del sexo. Cada que cedía al tropel de la pasión dejaba una parte de sí mismo en el camino. Su primera novia le arrebató la fe en la humanidad cuando lo abandonó por un narco millonario que le puso casa en Barcelona; la segunda se llevó su autoestima a punta de reproches surrealistas; la tercera le hizo perder el respeto y la dignidad, obligándolo a arrastrarse entre el lodo para mendigarle caricias por la noche. Y así sucesivamente.

—¿No te duele ser tan pendejote? —le espetó su amiga, la sincera, cuando Lautaro resumió sus penas entre tragos de cerveza y vino.   

En el fondo, el dolor le gustaba. Sabía que su inocencia era su perdición, pero no podía evitar sentirse atraído al fracaso. Era como una mosca que desfila embriagada hacia la condena de su particular foco fluorescente.  

Pero Lautaro era un necio y un ardido. En lugar de hacer lo racional e imponerse límites sensatos, decidió llevar todo al extremo para (según él) enseñarle una lección a su amiga —la criticona—. Había leído una historia sobre un tipo que aceptó regalarle su cuerpo a una enamorada para que lo amputara a voluntad y le arrancara la vida a besos, y no se le ocurrió nada mejor que hacer lo mismo, pero con todas las mujeres que pudiera. Lautaro tenía mucho amor para repartir, entero o en cachitos.

Comenzó cambiando besos por pedacitos de sus uñas. Si eran de lengüita, agregaba un trozo de dedo y unos pocos pelos con cuero cabelludo. Al cabo de dos meses, ya nada más le quedaban los pulgares, pero había ligado más que universitaria en fiesta de ingenieros, porque la ciudad estaba llena de enfermas como él. Daba igual. Seguía sin conocer el amor verdadero.

Lautaro decidió pasar al siguiente nivel. Publicó un anuncio clasificado en los periódicos, que, palabras más palabras menos, decía algo así como: ni modelo, ni edecán, ni extranjero. Para qué te prometo algo que después no va a llegar y te haga gritar: “¡Fue horrible! ¡Fue horrible!” Soy un hombre buena onda, de aceptable ver, en busca de una mamacita que se lo coma (literal). Si no te gusta mi panza, despedázala a tijeretazos; si me ves muy arrugadas las nalgas, plánchalas con hierro hirviendo; mis cicatrices huelen a jabón de lavanda y mi entrepierna a rosa venus: si quieres puedes arrancarle unos pétalos. No cobro con dinero sino con amor. Satisfacción garantizada, quedarás como limón de jicamero. Mojigatas absténganse.

Ahí fue donde la cosa se salió de control. Alguien subió una foto de su anuncio al Facebook, la imagen se viralizó, y luego luego se convirtió en la estrella más brillante del bajo mundo parafílico en la Ciudad. Lo entrevistaron para el Metro, Revista Pasillo, negoció el contrato para un especial de Netflix y hasta le hicieron crónicas en Vice y Chilango. Pero seguía sin saber lo que era el amor. Como los clasificados se le estaban quedando cortos, decidió organizar su propio show de cabaret.

Lo bautizó “Amor de quita y pon”. La primera función fue en el teatro La Capilla, pero después de la segunda espantó a las cabareteras y le cancelaron el contrato, así que debió buscar otros foros donde deschongarse. Subía al escenario y se dejaba cercenar los dedos de los pies a cambio de lengüetazos, o se arrastraba entre las mesas del público, cantando y cambiando azotes o pedazos de pellejo por poemas rosas. Al final ponía la cara sobre un atril y sonreía mientras alguna mujer elegida al azar le arrancaba varios dientes con unas pinzas, al tiempo que le prometía la luna y las estrellas. Casi se sentía querido. Pero seguía sin encontrar el amor.

Lautaro se hundió hasta las narices en el fangal de su celebridad. Se consiguió una novia frívola y fresa, que solamente lo quería cuando le compraba un auto nuevo, pero eso sí, estaba buenísima. La magnitud de sus escándalos era inversamente proporcional a la cantidad de miembros útiles que le quedaban en el cuerpo. Le sacaron veinte periodicazos por su comportamiento violento en eventos sociales y lo vetaron del estadio de sus queridos Pumas por exhibicionista. Poco a poco se le fueron terminando los contratos, las ofertas de cabaret y las entrevistas. Una bailarina exótica lo demandó por grabarla teniendo sexo con él en un motel, y la indemnización millonaria que el juez le obligó a pagar lo dejó en la ruina otra vez. Su enamorada edecán lo abandonó a los cinco minutos de que dictaran sentencia. Para colmo, los médicos le detectaron un síndrome extraño que le provocaba una diarrea volcánica y lo llenaba de tumores. Pero entonces, justo cuando pensó que ahora sí la había cagado, conoció el amor verdadero.

Se llamaba Silvia y era enfermera. La conoció en un consultorio clandestino de la Agrícola Pantitlán, cuando decidió vender su cuerpo como conejillo de indias para probar tratamientos experimentales a cambio de mil pesos semanales, que se gastaba en tortas de queso de puerco y mona de guayaba. Poco a poco, las pláticas obligadas de la sala de espera se convirtieron en charlas profundas, y la frialdad del análisis pseudo científico en complicidad. Él disfrutaba la ternura de sus arrullos mientras le lavaba las heridas pustulientas con un trapo húmedo, y ella, que tenía por costumbre recoger pájaros desvalidos y ratas enfermas de la calle para curarlas en su casa, se alegró de atender a una alimaña que, al menos, respondiera de vez en cuando a los monólogos de su soledad.

Silvia se llevó a Lautaro a vivir con ella. Lo alimentó, lo apapachó, le curó los vicios, soportó los berrinches de su síndrome de abstinencia y acabó domándolo. Con ella, aprendió que el amor verdadero se parecía mucho a un pacto honrado de comprensión con la rutina y la familiaridad. Después de tres meses a su lado, decidió retirarse del cabaret.

Pero las rehabilitaciones no son de verdad cuando son de mentira, y al cabo de un rato el aburrimiento llevó a Lautaro de vuelta al camino de la amputación fetichista. Una noche, Silvia lo fue a encontrar medio inconsciente en un tugurio tenebroso de la Doctores, encaramado encima de una dominatriz que le estaba perforando los pezones con engrapadoras industriales. Ella salió del cuarto llorando y él pensó en seguirla para pedirle una segunda oportunidad, pero supo que no tenía caso: era un pendejo incurable.

Desde entonces, Lautaro pasaba sus días en la indigencia. Vagaba todo el día mendigando felaciones y torturas y regresaba al parque por las noches para dormir su desventura, deseando secretamente que algún policía sádico le hiciera el favor de meterle una macana por cualquier agujero. Cada dos o tres semanas, sufría un ataque de remordimiento y juraba que iba a terminar con el mal hábito, pero sus buenas intenciones se iban al traste con el sereno del amanecer.  

En esas estaba, sentado bajo el castaño, a tres lágrimas de salir corriendo a rogar el perdón de Silvia o pegarse dos tiros para terminar con el suplicio de estar vivo, cuando una voz grave y coqueta lo sacó del ensueño. Era una señorona travesti, con tacones de aguja de 40 centímetros y un vestido de nervios que transparentaba sus protuberancias operadas. Cuando lo vio, soltó un chillido de emoción y le dijo:

— ¿Por qué tan solito, mi amor? ¿No eres ese del show de los amputados? ¡Tómate una foto conmigo, culero!

— El mismo que conociste en Facebook Live, hija. Pero ya no le hago a esa madre. Eso se termina ahorita mismo. Desde hoy, la única tortura que acepto es la del amor verdadero.

— Uy sí, uy sí… No te hagas pendejo, chiquitín. Una vez puta, siempre puta. Mejor déjate de cosas y acompáñame al paradero del metro. Si te portas bien, te arranco unas costras.

Lautaro aceptó, llorando de alegría y frustración, resignado a sucumbir ante su destino de esperpento. Dejó que la vestida se alejara cinco pasos antes de salir arrastrándose tras ella, derramando el resto de su refresco de naranja por la emoción del dolor inminente. “Eso me pasa por creer en el amor”, pensó.

 

Sobre el autor:

Veracruz (1989). Periodista con experiencia en prensa escrita, radio y medios electrónicos. Pininos en Reforma, trabajó en Noticias MVS y Noticieros Televisa Digital. Trabaja en MCCI. Obsesionado con los libros y los paseos en bicicleta.