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“Você merece!”: 3% ciencia ficción a la brasileña

Por Carlos Mendoza

El género de ciencia ficción, está teniendo un salto cuantitativo hacia lo audiovisual. Siempre ha sido un código útil para canalizar nuestros miedos y aventurar prospectivas en torno a los posibles futuros de la humanidad. Desafortunadamente, quienes experimentan con el género, muchas veces abusan de planteamientos basados en un determinismo tecnológico, es decir, la mayoría de los cambios y revoluciones que intentan representar, subordinan la condición moral y ética a la tecnología. Recurso que es solo síntoma del momento Sillicon Valley y su hegemonía, pero limita un abordaje más complejo de la condición humana, y su exploración en torno a los usos, democratización y alcances de la tecnología.

Otra de las críticas a este fenómeno, es el ya típico abuso del etnocentrismo yankee para interpretar y crear futuros distópicos, siguiendo la lógica de siempre: centro -periferia. Pese a que generalmente no se hace mención de los nombres de ciudades o países, ya sea por  la estética de lo urbano o el fenotipo de los actores o el lenguaje, se hace evidente la ubicación social y nacional de dichas tramas.

Esta añoranza generacional por predecir el futuro, hace uso de la “exactitud” del algoritmo (Maniac, Altered Carbon, Black Mirror, etc.), para saber lo que los espectadores/consumidores queremos, y los servicios de streaming no han desaprovechado la oportunidad para poner a disposición de las productoras, grandes recursos para la creación de este tipo de contenidos. Su demanda y la amplitud creativa que se les está permitiendo, hacen de este género, un campo de interpretación y disputa de sentidos bastante interesante.

Por eso traemos a colación, un producto que si bien no sale de la fórmula anteriormente descrita, desplaza su foco de atención a nuestra región, más específicamente a Brasil, un país (el de la serie), nos atrevemos a decirlo, aún menos distópico que el de Bolsonaro. Hablamos de la serie 3%, atinada por demás, sobre todo por los tópicos, las prácticas, los conflictos y los dramas incipientes de esta nuestra época, pero que tememos, serán caldo de cultivo para un futuro desordenado y por qué no decirlo, extremadamente desigual, sí, aún más.

La trama, en un principio, es oscura en sus planteamientos, pero conforme avanzan los capítulos, se vuelve más transparente en sus intenciones, lo cual no demerita el concepto, sino que clarifica la intencionalidad política de sus creadores (Pedro Aguilera, Josefina Trotta e Ivan Nakamura). En un Brasil distópico, el 97% de la población vive en situación de extrema pobreza en El Continente, con rituales que lindan en lo rupestre y con poderes bien estructurados y estructurantes, como la religión, El Proceso, La Causa y el 3% de la población restante, que vive en lo que dentro de ese imaginario se denomina El Mar Alto.

Creemos que es una experiencia audiovisual nueva, el impacto lingüístico del portugués brasileño adereza y desnaturaliza ciertos patrones estereotípicos de la ciencia ficción. Los heroes y antiheroes tienen una entidad más plena y arraigada a la conciencia de clase. Como en toda hegemonía, en la serie existen resistencias contradictorias, en este caso, representadas por La Causa, un grupo disidente, que tiene como mejor recurso la violencia para hacerse escuchar e “incomodar al sistema”. Esto, solo hasta que los personajes principales deciden transformar dicho movimiento y hacerlo suyo, cambiar la estrategia. No es romántico, no es ideal, es solo un intento de alternativa al sistema imperante de aquel mundo. También existe otro grupo, los anarquistas funcionales, una pandilla que vive en El Continente para aterrorizar y mantener el orden más allá de la ley, un grupo de choque al servicio del poder.

Tenemos personajes multidimensionales, algunos más que otros. Está Michel, anti heroína predilecta, conflictuada y confundida, siempre entre la espada y la pared, con La Causa y en contra de ella, con el Mar Alto y en contra de él. También Ezequiel, el líder de El Proceso personaje complejo, que simula una aparente certeza en todo lo que dice y hace, sin embargo sus momentos de duda e introspección nos mantienen siempre con ganas de saber quién es y qué es lo que verdaderamente le importa. Fernando, un joven en silla de ruedas que cree fervientemente en que El Proceso como norte moral, capaz y con un horizonte ético que terminará por jugarle en contra. Johanna es otro personaje interesante, sagaz, rebelde, egoísta, desamparada, tiene todo lo que el sistema necesita de ella para formar parte del 3%, pero le sobra conciencia de clase. Rafael que pone en vilo los límites éticos de ambos lados, y también los propios, ejemplo perfecto del individuo contra el mundo.

El mantra y guía moral de esa sociedad es “você merece!”. Que puede traducirse como “tú mereces” o “tú tienes el mérito”. Una pertinaz mención y crítica al patrón social (guía moral) que impera actualmente en la búsqueda de la movilidad social, una sociedad que privilegia el esfuerzo y las capacidades individuales, para sobresalir y como única vía de ascenso y de mejorar nuestras condiciones de vida. Un liberalismo incuestionado, naturalizado en la consciencia colectiva. El Proceso es justo eso, una serie de pruebas que busca a los individuos “más aptos, más inteligentes y más ambiciosos”, aquellos que estén dispuesto a todo por llegar a formar parte de ese 3%, incluso dejar atrás todo y a todos los que forman parte de su vida. Prueba tras prueba se develan los personajes, sus pasados, sus objetivos y sus formas de conseguirlos, pero también sus miedos y virtudes.

La estética de la serie y los elementos visuales están respaldados por un gran equipo técnico, hay recursos, pero no es la prioridad de los creadores, como suele pasar en muchas series de ciencia ficción, que a su vez descuidan otros aspectos. Lo que nos parece relevante es el guión y su capacidad de articular historias y poner en tensión valores y conceptos políticos que hoy en día moldean toda nuestra región. La serie, y ahí radica su originalidad, es una idea concebida para youtube en 2011 por el español Pedro Aguilera. Mejor dicho, una idea original no necesariamente subordinada a los mandatos del mercado, y que deviene de una iniciativa artística independiente. Respetar esa idea original es un acierto de Netflix, en sus rasgos más fundamentales, es un mérito de los mismos creadores. Agregamos a la sumatoria de virtudes, que todos los actores son salidos de telenovelas brasileñas, lo que permite un tipo de interpretación que no demerita en calidad y que aporta empatía para con el espectador, y sobre todo, no caricaturiza ni estereotipa al brasileño/a, (como suele pasar con los mexicanos en series como Narcos y Breaking Bad), sino que les confiere entidad propia y apegada a la realidad de ese Brasil vasto, diverso y complejo.

De igual modo, nos mantenemos escépticos, este tipo de contenidos en Netflix solo responden a una demanda del mercado, cada vez más sofisticada debido a la recolección de datos por parte del algoritmo omnipresente. Estas manifestaciones ya son parte de la naturalización del discurso disidente dentro del hegemónico, igualmente, resulta necesaria una mirada desde la perspectiva de la región y disputar en esa arena, el papel de la política local frente a la global. El caso es, estar atentos a la diversas interpretaciones (sobre todo las más cercanas a nosotres), en torno a las consecuencias del dominio económico y político actual.