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Lineth Paz

Moody´s mood for love

Por Agustín Paniagua                                               Fotografía: Lineth Paz @coleslawhat

 

I´m in the mood for love, simply because you´re near me…
Is it any wonder I´m in the mood for love?
Julie London

“Eso me pasa por creer en el amor…”, pensó Lautaro mientras abría la taparrosca del refresco de naranja con su boca desdentada. Tiró la botella con un golpe de la cara y procedió a lamer con fruición el líquido que se derramó por el suelo sucio de chicles y colillas de cigarro. La mugre de la banqueta le infectaba las cicatrices de los muñones, pero estaba tan acostumbrado a los abscesos de pus que ni se inmutó. Siguió sentado en su guarida bajo el castaño del parque municipal, salpicado por la lluvia, contemplando al horizonte de sus malas decisiones.

Ya no recordaba muy bien cómo era que había terminado convertido en un despojo. Eso le conflictuaba, porque se preciaba de saber siempre el origen de sus penas. Movió el hombro para acomodar la colcha vieja que tapaba su desnudez glacial y se dispuso a hacer memoria con tal de evitar un ataque de lágrimas.

La cosa empezó con una provocación.  Un día, en la peda, una amiga de Lautaro le dijo que él no sabía nada del amor. Que nunca había tenido una relación verdadera más allá de los típicos arrebatos de la calentura. Que no sabía lo que era el enamoramiento de la rutina ni conocía la pasión de lo cotidiano.

Vaya mamada —se dijo Lautaro en silencio. En ese entonces, tenía mil pretextos para ignorar la puya: era un ocupado ejecutivo de una empresa especializada en venderle seguros familiares a viudos y divorciados. Semejante incongruencia requería tanta pericia —y le ocupaba tanta vida— que apenas quedaba tiempo para un par de dizque romances apresurados con desconocidas impersonales, iguales a él.

Todo cambió al cabo de tres meses. De repente, Lautaro se encontró a sí mismo desempleado y en la calle, vilipendiado por un eturbio escándalo de acoso sexual a una colega de la oficina, sin más patrimonio que los escombros de su casa destrozada por un terremoto en la San Pedro de los Pinos. La ruina le regaló las horas que estaba necesitando para procesar excusas, y él aprovechó para auscultar su conciencia.

Resultó que su amiga (la manchada) tenía razón: Lautaro no sabía qué era el amor. Lo confundía con unos buenos besos, o con la saciedad del sexo. Cada que cedía al tropel de la pasión dejaba una parte de sí mismo en el camino. Su primera novia le arrebató la fe en la humanidad cuando lo abandonó por un narco millonario que le puso casa en Barcelona; la segunda se llevó su autoestima a punta de reproches surrealistas; la tercera le hizo perder el respeto y la dignidad, obligándolo a arrastrarse entre el lodo para mendigarle caricias por la noche. Y así sucesivamente.

—¿No te duele ser tan pendejote? —le espetó su amiga, la sincera, cuando Lautaro resumió sus penas entre tragos de cerveza y vino.   

En el fondo, el dolor le gustaba. Sabía que su inocencia era su perdición, pero no podía evitar sentirse atraído al fracaso. Era como una mosca que desfila embriagada hacia la condena de su particular foco fluorescente.  

Pero Lautaro era un necio y un ardido. En lugar de hacer lo racional e imponerse límites sensatos, decidió llevar todo al extremo para (según él) enseñarle una lección a su amiga —la criticona—. Había leído una historia sobre un tipo que aceptó regalarle su cuerpo a una enamorada para que lo amputara a voluntad y le arrancara la vida a besos, y no se le ocurrió nada mejor que hacer lo mismo, pero con todas las mujeres que pudiera. Lautaro tenía mucho amor para repartir, entero o en cachitos.

Comenzó cambiando besos por pedacitos de sus uñas. Si eran de lengüita, agregaba un trozo de dedo y unos pocos pelos con cuero cabelludo. Al cabo de dos meses, ya nada más le quedaban los pulgares, pero había ligado más que universitaria en fiesta de ingenieros, porque la ciudad estaba llena de enfermas como él. Daba igual. Seguía sin conocer el amor verdadero.

Lautaro decidió pasar al siguiente nivel. Publicó un anuncio clasificado en los periódicos, que, palabras más palabras menos, decía algo así como: ni modelo, ni edecán, ni extranjero. Para qué te prometo algo que después no va a llegar y te haga gritar: “¡Fue horrible! ¡Fue horrible!” Soy un hombre buena onda, de aceptable ver, en busca de una mamacita que se lo coma (literal). Si no te gusta mi panza, despedázala a tijeretazos; si me ves muy arrugadas las nalgas, plánchalas con hierro hirviendo; mis cicatrices huelen a jabón de lavanda y mi entrepierna a rosa venus: si quieres puedes arrancarle unos pétalos. No cobro con dinero sino con amor. Satisfacción garantizada, quedarás como limón de jicamero. Mojigatas absténganse.

Ahí fue donde la cosa se salió de control. Alguien subió una foto de su anuncio al Facebook, la imagen se viralizó, y luego luego se convirtió en la estrella más brillante del bajo mundo parafílico en la Ciudad. Lo entrevistaron para el Metro, Revista Pasillo, negoció el contrato para un especial de Netflix y hasta le hicieron crónicas en Vice y Chilango. Pero seguía sin saber lo que era el amor. Como los clasificados se le estaban quedando cortos, decidió organizar su propio show de cabaret.

Lo bautizó “Amor de quita y pon”. La primera función fue en el teatro La Capilla, pero después de la segunda espantó a las cabareteras y le cancelaron el contrato, así que debió buscar otros foros donde deschongarse. Subía al escenario y se dejaba cercenar los dedos de los pies a cambio de lengüetazos, o se arrastraba entre las mesas del público, cantando y cambiando azotes o pedazos de pellejo por poemas rosas. Al final ponía la cara sobre un atril y sonreía mientras alguna mujer elegida al azar le arrancaba varios dientes con unas pinzas, al tiempo que le prometía la luna y las estrellas. Casi se sentía querido. Pero seguía sin encontrar el amor.

Lautaro se hundió hasta las narices en el fangal de su celebridad. Se consiguió una novia frívola y fresa, que solamente lo quería cuando le compraba un auto nuevo, pero eso sí, estaba buenísima. La magnitud de sus escándalos era inversamente proporcional a la cantidad de miembros útiles que le quedaban en el cuerpo. Le sacaron veinte periodicazos por su comportamiento violento en eventos sociales y lo vetaron del estadio de sus queridos Pumas por exhibicionista. Poco a poco se le fueron terminando los contratos, las ofertas de cabaret y las entrevistas. Una bailarina exótica lo demandó por grabarla teniendo sexo con él en un motel, y la indemnización millonaria que el juez le obligó a pagar lo dejó en la ruina otra vez. Su enamorada edecán lo abandonó a los cinco minutos de que dictaran sentencia. Para colmo, los médicos le detectaron un síndrome extraño que le provocaba una diarrea volcánica y lo llenaba de tumores. Pero entonces, justo cuando pensó que ahora sí la había cagado, conoció el amor verdadero.

Se llamaba Silvia y era enfermera. La conoció en un consultorio clandestino de la Agrícola Pantitlán, cuando decidió vender su cuerpo como conejillo de indias para probar tratamientos experimentales a cambio de mil pesos semanales, que se gastaba en tortas de queso de puerco y mona de guayaba. Poco a poco, las pláticas obligadas de la sala de espera se convirtieron en charlas profundas, y la frialdad del análisis pseudo científico en complicidad. Él disfrutaba la ternura de sus arrullos mientras le lavaba las heridas pustulientas con un trapo húmedo, y ella, que tenía por costumbre recoger pájaros desvalidos y ratas enfermas de la calle para curarlas en su casa, se alegró de atender a una alimaña que, al menos, respondiera de vez en cuando a los monólogos de su soledad.

Silvia se llevó a Lautaro a vivir con ella. Lo alimentó, lo apapachó, le curó los vicios, soportó los berrinches de su síndrome de abstinencia y acabó domándolo. Con ella, aprendió que el amor verdadero se parecía mucho a un pacto honrado de comprensión con la rutina y la familiaridad. Después de tres meses a su lado, decidió retirarse del cabaret.

Pero las rehabilitaciones no son de verdad cuando son de mentira, y al cabo de un rato el aburrimiento llevó a Lautaro de vuelta al camino de la amputación fetichista. Una noche, Silvia lo fue a encontrar medio inconsciente en un tugurio tenebroso de la Doctores, encaramado encima de una dominatriz que le estaba perforando los pezones con engrapadoras industriales. Ella salió del cuarto llorando y él pensó en seguirla para pedirle una segunda oportunidad, pero supo que no tenía caso: era un pendejo incurable.

Desde entonces, Lautaro pasaba sus días en la indigencia. Vagaba todo el día mendigando felaciones y torturas y regresaba al parque por las noches para dormir su desventura, deseando secretamente que algún policía sádico le hiciera el favor de meterle una macana por cualquier agujero. Cada dos o tres semanas, sufría un ataque de remordimiento y juraba que iba a terminar con el mal hábito, pero sus buenas intenciones se iban al traste con el sereno del amanecer.  

En esas estaba, sentado bajo el castaño, a tres lágrimas de salir corriendo a rogar el perdón de Silvia o pegarse dos tiros para terminar con el suplicio de estar vivo, cuando una voz grave y coqueta lo sacó del ensueño. Era una señorona travesti, con tacones de aguja de 40 centímetros y un vestido de nervios que transparentaba sus protuberancias operadas. Cuando lo vio, soltó un chillido de emoción y le dijo:

— ¿Por qué tan solito, mi amor? ¿No eres ese del show de los amputados? ¡Tómate una foto conmigo, culero!

— El mismo que conociste en Facebook Live, hija. Pero ya no le hago a esa madre. Eso se termina ahorita mismo. Desde hoy, la única tortura que acepto es la del amor verdadero.

— Uy sí, uy sí… No te hagas pendejo, chiquitín. Una vez puta, siempre puta. Mejor déjate de cosas y acompáñame al paradero del metro. Si te portas bien, te arranco unas costras.

Lautaro aceptó, llorando de alegría y frustración, resignado a sucumbir ante su destino de esperpento. Dejó que la vestida se alejara cinco pasos antes de salir arrastrándose tras ella, derramando el resto de su refresco de naranja por la emoción del dolor inminente. “Eso me pasa por creer en el amor”, pensó.

 

Sobre el autor:

Veracruz (1989). Periodista con experiencia en prensa escrita, radio y medios electrónicos. Pininos en Reforma, trabajó en Noticias MVS y Noticieros Televisa Digital. Trabaja en MCCI. Obsesionado con los libros y los paseos en bicicleta.

Entropía: en la búsqueda de una utopía colectiva

Por Mariana Mata

“Pertenezco a una era fugitiva, mundo que se desploma ante mis ojos. Piso una tierra firme que vientos y mareas erosionaron antes de que pudiera levantar su inventario. Atrás quedaron las ruinas cuyo esplendor mis ojos nunca vieron. Ciudades comidas por la selva, y en ellas nada que puede reflejarme. Mohosas piedras en las que no me reconozco. Y enfrente la mutación del mar, y tampoco en las nuevas islas del océano hay un sitio en el que pueda reclinar la cabeza”

José Emilio Pacheco.

He nacido en la ciudad, he crecido en ella, y desde hace casi 7 años había deseado irme de aquí.  Para cualquiera que haya pisado este sitio a 2,250 metros sobre el nivel del mar, resultará evidente su monstruosidad. Aún como habitante de esta ciudad, no la conozco en su totalidad. Siempre habrá un lugar nuevo al que ir, o revisitar con otra mirada: una colonia que se ha transformado, una cantina de barrio que desaparece, un nuevo lugar ocupado por un edificio gigantesco. Espectaculares de marcas internacionales, publicidad eficaz que no deja de acaparar miradas en las principales avenidas, o puentes contrastan en tamaño con paredes llenas de pegamento donde se anuncian eventos locales, musicales, en su mayoría. Pegado sobrepegado sobrepegado. Crea una costra de tiempo que anuncia el no lugar. Este espacio de tránsito que esta por doquier en la ciudad.

Ciudad, urbe, megalópolis, sinónimos de un espacio sesgado, cegado, donde el caos reina, y la individualidad reprime todo intento de una utopía colectiva. Aquí es donde habito. He crecido en una urbe gigantesca, y probablemente una de las ciudades más grandes del mundo: la extraña y surrealista Ciudad de México. A este lugar hay que verlo de lejos para entenderlo. Este fenómeno de observación participativa, que se aleja de la relación diaria que podría tener con mi ciudad me llevó a ciertas reflexiones del espacio, los habitantes y la forma en la que interactuamos con ella, así como las posibilidades de gestar comunidad.

El crecimiento de la urbe no sólo explota hacia la periferia, sino también crece de forma vertical. En el antiguo Distrito Federal, es bastante común encontrar máquinas construyendo nuevos edificios gigantes, a lado de viejas construcciones que forman parte de la memoria del sitio. Este crecimiento desmedido ha creado poblaciones flotantes llámense oficinistas (Reforma) o gente que diariamente viaja al menos 3 horas desde sus hogares en la periferia, para trabajar en la Ciudad de México.

La forma en la que vemos las ciudades está determinada por nuestra relación con ella. Esto a veces imposibilita ver a la ciudad como un conjunto de conexiones, e interacciones.

Alejar la mirada del concreto gris o de los edificios que nublan nuestro campo de observación servirá para poder reconocer o tomar  conciencia espacial y que servirá para revelar una ciudad llena de contrastes. Aquí podemos ver el fenómeno de gentrificación en zonas específicas de la ciudad, y la marginación de algunos lugares. La colonia guerrero, por ejemplo, nunca ha perdido la carga simbólica del margen: lugar peligroso, cuya población es relegada. Si no lo conoces, es mejor no entrar. Aunque esta pauta es aplicable a casi cualquier lugar de la Ciudad de México.

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que todas las ciudades del mundo se parecen. No sólo en el acomodo de las zonas: negocios, barrios turísticos, barrios al margen, residenciales, vivienda popular, etcétera. Sino también se parecen en la interacción social: en estos espacios habitamos individuos que ignoramos al sujeto de a lado. Naufragamos en esa otra realidad tan del siglo XXI: la virtual, porque aquí es donde podemos configurar las máscaras que creemos nos definen.

Las ciudades, pese a ser similares, no son idénticas. No son un lugar homogéneo, aquí  proliferan y se yuxtaponen los estilos más diversos de la cultura. Son también el resultado de una relación entre arquitecturas, espacios creados, imaginados y transformados por la acción de los individuos.  Navegamos ahora en un lugar de lo simbólico, donde la urbe puede ser vista como un objeto, pero también como un contexto donde las manifestaciones sociales y políticas dan cabida a las prácticas de ciudadanía y estrategias socio- espaciales que edifican y transforman el espacio vital.  Creer en la existencia de una sola ciudad es negar parte de la naturaleza humana. No existe la homogeneidad en este planeta. Este espacio habitable esta construido a través de la interconexión de complejas redes urbanas.

Sobre el espacio urbano

La urbe se gesta a través de sus habitantes. Estos, en la gran CDMX son tan diversos como los edificios que existen en ella.  Es posible ver en la misma calle una persona indígena, un oficinista en traje, un extranjero, foráneos de otras entidades del país, y un habitante de toda la vida de este lugar. Pese a que la descripción anterior pareciera el inicio de un chiste, es real. Esto habla no sólo de la diversidad que existe en el espacio de la ciudad, sino también de la transformación y la constante migración hacia este lugar.

La vieja creencia de que en las ciudades hay más oportunidades persiste. Seguramente es poca la población de origen de las ciudes. Todos migrantes, todos en búsqueda de algo que hace falta en el resto del país: desarrollo económico, fuentes de trabajo, educación, sólo por mencionar algunos de los problemas que ocurren en México. Esta realidad es desalentadora cuando pensamos en el cúmulo de tierra fértil, o de espacio donde es posible generar industrias, o en un aspecto más específico fuentes de trabajo periféricas.

A finales del siglo XX  y lo que va del siglo XXI el espacio urbano se ha reestructurado económicamente. Términos como neoliberalismo y globalización deben caber en este imaginario. Pero esto sólo es parte del resultado de un largo relato histórico que inició con la  industrialización , y que en tiempos recientes se conjuga con el avance tecnológico. La ciudad paso de ser el hogar de un montón de foráneos que buscaban mejores oportunidades, y que eran parte de la gran mano de obra citadina, a ser una gran industria capitalista.

Como parte de las contradicciones históricas la idea de modernización fue sinónimo de urbanización , industrialización, construcción de nacionalismo y proteccionismo local.  Todo esto implantado través del bello (y ahora inexistente) Estado de bienestar. Como ejemplo del ideal de estos años de prosperidad el trabajo arquitectónico de Mario Pani nos da cuenta de la idea de la comunidad en la ciudad. Tlatelolco, y demás unidades habitacionales propugnaban la idea de una ciudad de peatones, construían la idea de que la bonanza era parte del todo. Aquí podían habitar todo tipo de personas de diversos estratos económicos.

La bonanza era parte de esta estructura económica que cayó a finales de la década de 1970.  Esta economía de tipo industrial era también un tipo de existencia decrépita. Los efectos de la gran máquina se encargaron de destruir el entorno, el espacio en el que las sociedades habitan. Quizá el el cúmulo de centros comerciales, parques de diversión,  edificios okupas, y muchos más lugares fantasmales sean producto de esto. Si nos detenemos un momento en las calles de la ciudad de México, es posible ver que los límites de la ciudad se han expandido en los últimos 50 años. Por increíble que parezca los límites de la ciudad se siguen expandiendo.

También producto de la ciudad es la estratificación social, el crecimiento de la clase media. Dicha segmentación está determinada en la ciudad de forma espacial. Para ejemplificar este fenómeno podemos acudir al espacio arquitectónico de nuevo. En la década de 1950 se construyó ciudad universitaria, al sur de la ciudad. También en este lugar los arquitectos reconocidos de la época construyeron casas para población económicamente más desarrollada. Si en el centro de esta ciudad, se comenzó a gestar la clase ecómicamente activa, esta se fue replegando. Lugares como la Colonia Condesa o Polanco, también tienen historias similiares. A veces ex haciendas, o country club como en Coyoacán. Siempre manienten una relación de poder económico conforme a otros sitios como la Colonia Bbrera, la Guerro o Tlatelolco por mencionar algunos sitios.

Habitamos en una ciudad global, dual, de grandes contrastes, probablemente imposición de nuestro tiempo histórico, económico, del relato histórico actual:  en la era de la superproducción no hay cabida para la colectividad. Pero aquí habita la posibilidad: en este lugar llamado ciudad donde existe la diferenciación social, se puede construir una utopía urbana.

Hay que entender que ser habitante de un espacio se puede concebir desde dos aristas: ocupar el espacio o habitarlo. La segunda se dirige hacia el punto que pretendo reforzar: la ciudad se crea a través de los habitantes de la misma. El espacio se crea y desarrolla a través de los ciudadanos. Somos los habitantes los que tenemos que reestructurar no sólo las formas del espacio, sino nuestra interacción con el vecino. Para crear nuevos espacios, hay que gestar nuevas interacciones.

Llamar a la ciudadanía a construir algo más que sólo catarsis. Proyectar una forma de vida colectiva, de sociedad, y de identidad a través de los diversos enfoques de cada red de esta ciudad.

Este proyecto urbano podría tener miras hacia una participación activa. No solamente a un nivel de información de la ciudadanía sino en la gestión misma de proyectos de urbanización. Hablo sobre una (re) construcción de las ciudades, ya no a manos del Estado, sino de los habitantes. Se podría optar por un discurso de reapropiación de la ciudad y ocupación de los espacios públicos, donde se analicen las problemáticas de la comunidad y se actué sobre ellas. A esta ciudad no le hacen falta más edificios de oficinas, quizá sería bueno optar por centros deportivos o culturales. Pero nuevamente navego en el campo de la utopía. No sólo la CDMX posee grandes problemas, el país por completo se encuentra a merced de los intereses de ciertas esferas privadas, y económicamente poderosas. Aún así, el propósito de este relato es dar cuenta de las posibilidades de las comunidades a través de, para y por sus habitantes. Trabajar con el fin de forzar y ampliar las esferas públicas locales, nacionales con el fin de crear espacios incluyentes y (utópicamente) democráticos, y también con la idea de ampliar la noción de ciudadanía.

La importancia de la entropía en el sistema ciudad

La indiferencia de los individuos es otro elemento indudablemente citadino. Navegamos en un espacio donde el  caos es el vehículo de la histeria colectiva y del estrés. A diferencia de otros lugares en el mundo, y de otras ciudades hay algo que es inherente a esta ciudad el miedo. Esa actitud que tenemos en algún momento del día: al caminar por las noches en calles vacías, al caminar en la tarde en una calle desconocida, al subirse al transporte público. Algo es innegable: desconfiamos del prójimo, porque CDMX. Aquí es posible que en algún punto alguien te despoje de tus pertenencias.

Este asunto de desconfianza quiero creer que es parte de la ciudad. Y no sólo se limitan al caminar diario, los mexicanos no confiamos en nuestro gobierno, en el Estado, o en sus instituciones. ¿Estamos condenados acaso a este pseudo poder? Actualmente, gracias a las comunicaciones abstractas (internet) hemos llegado a otro nivel de problemáticas que son similiares a las anteriores:  los problemas del derecho de la información, las bases de datos, la accesibilidad, y el manejo de la información son también parte de las cuestiones del poder.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la ciudad? Ciertamente no mucho, en apariencia. Si bien en la década de 1950 la sociedad era vista como un sistema auto regulado, el sistema cambió. Actualmente el modelo teórico ya no es este organismo, la cibernética multiplica las aplicaciones de la información.

Antes la vida histórico- social estaba regida por grandes relatos, o corrientes de pensamiento (para más información véase Francis Fukuyama, o Arthur C. Danto) . Con la llegada de la posmodernidad todo se fue al diablo. La industrialización ahora ya no es el ABC de la sociedad, o de las ciudades.  Ante esta descomposición de los grandes relatos, siguieron teorías sobre la disolución del lazo social y el paso de la colectividad a un estado de masa que se compone de átomos individuales. Y quizá este sea el mayor reto de la urbe del siglo XXI: sacudir a los individuos y conformar nuevas comunidades.

Partamos de una línea de pensamiento un poco alejada del tema: en el universo existe materia y energía en movimiento. Hasta la sociedad se compone de estos elementos. Existen también dos tipos de materia: inerte, que son los que tienden de manera natural hacía la homogeneidad, el equilibrio, la estabilidad, pero también hacía el desorden, el caos y la entropía. El segundo tipo de materia es la viva: estos sistemas tienden a la heterogeneidad, el orden el desequilibrio y la inestabilidad.

El sistema inerte es estudiado y explicado por la física y las matemáticas, mientras que los sistemas vivos son estudiados pro la biología, la sociología y demás ciencias. Una última anotación. La entropía se encarga de medir la pérdida de las características que hacen que un sistema se distinga de sus alrededores. Es entonces, el grado de desorden, el equilibrio máximo en el cual ya no puede haber cambios de ningún tipo.

Podemos decir entonces que el desarrollo y crecimiento de las sociedades no es un fenómeno homogéneo. Las partes menos entrópicas (más estructuradas, integradas y diferenciadas) son las más inestables. Esta contradicción del sistema social nos sirve para entender al sistema mismo. Habrá un momento en que el desequilibrio en una sociedad, o en una ciudad, será insostenible e inevitablemente vendrá la destrucción de dicho sistema. Tal como ocurre en los organismos vivos; si bien la ciudad es un lugar lleno de manifestaciones violentas, guerras, destrucción ambiental, una versión acelerada del capitalismo. Todo estos elementos son versiones de un sistema en decadencia, es decir estamos ante la última fase de la ciudad y la vida social de súper consumo como la conocemos.

Para que un sistema social se desentropice, es necesario que se modifique la estructura de manera continua, para así adaptarse y existir en un proceso evolutivo, y cuando es necesario quizá a través de una revolución. El pensamiento del status-quo apunta a que es necesario vivir  con estructuras rígidas, pero el único modo de evitar el aumento de la entropía es propiciando el cambio de su estructura. Probablemente la versión de entropía en la sociedad mexicana sea un poco difícil de ver. Los huecos de la matrix si bien, no son pequeños, no poseen una organización sólida. La solución por ahora es construir comunidades, trabajar en colectivo con acciones concretas que mejoren: la calidad del espacio a nuestro alrededor, o la interacción con el prójimo.

Accionar, mover, cambiar, la creación de la utopía

El cambio es inevitable. Si bien somos habitantes de la ciudad, es necesario acentuar que la sociedad es la que genera esta espacialidad. Aquí se inscribe el accionar, y también estamos determinados por esto.  Nuestra configuración espacial nos condiciona, a un nivel individual y a uno relacional. Es innegable que está sociedad está dividida por dos sectores: los explotadores y los explotados. Y esta lucha es la que ha sido el motor de la historia, la lucha de clases, la lucha por la liberación.

La espacialidad es la manifestación de las relaciones sociales, que se expresan en diversos niveles: económico, político e ideológico. Y todas las luchas de la humanidad están suscritas a la espacialidad, al entorno. Si bien lo urbano viene a nuestro imaginario como un sistema desorganizados, individualizado y secular, donde la espacialidad es privada, debemos apuntar hacía una re conceptualización.

La sociedad urbana debería ser vista como una catapulta hacía lograr un cambio ideológico. Pasar de esta superestructura que se caracteriza por su individualismo, la constante acumulación de bienes, y por una preponderancia ante lo particular en lugar de lo comunitario.

El panorama citadino se ve desolador. Habitamos en un lugar densamente poblado, donde la proximidad física es mayor, pero la comunicación es menor. Entre las consecuencias de este lugar permanece el desarrollo de la burocracia, de economías de mercado que apuntan hacia la despersonalización y con notables incidencias a nivel personal: crimen, suicidio, corrupción, sólo como ejemplo de lo que ocurre.

Habitamos en un lugar donde el anonimato gana terreno como una máscara preventiva del yo, al final todos somos desconocidos.

Ante esta sociedad del siglo XXI es necesario plantear un concepto más: intersticio. Este es un espacio para las relaciones humanas, donde se sugiere el intercambio de posibilidades distintas a las vigentes. La importancia de la ciudad en la sociedad contemporánea se explica a partir del lugar y el no lugar, aquí convergen hechos físicos y sociales.

La ciudad no debería considerarse como una totalidad, sino como un conjunto de fragmentos, cada uno de los cuales presenta una personalidad cuya expresión debería resumirse en la calidad de los espacios públicos. Reconstruir la ciudad a partir de sus huecos.  La imagen, lo imaginado, el imaginario son términos que nos dirigen hacia una construcción crítica y nueva del proceso cultural global: la imaginación como una práctica social. No se trata de una fantasía, ni de una forma de escape, ni de un pasatiempo de le élite, ni tampoco de una simple contemplación. Ocurre más bien que la imaginación se puede convertir en un campo organizado de prácticas sociales.

Bibliografía

  • Sistemas Urbanos, actores sociales y ciudadanías. Colección de estudios urbanos. Sergio Tamayo, 1998.
  • La condición postmoderna, Jean Francois Lyotard, Catedra, tercera edición, Madrid, 1987
  • Hombre y entropía, Eduardo  Cesarman  Termodinámica social vol 2. , Ediciones gernika, México 1982
  • No me preguntes como pasa el tiempo, José Emilio Pacheco, JM, México 1969
  • El espacio no existe. Su problemática expresiva en el arte y el diseño, Nicolás Amoroso Boelcke, UAM Azcapotzalco 2015 México.

 

Sobre el autor:

Le gusta explorar los espacios en búsqueda de una narrativa histórica. Comunicóloga de profesión, finge ser antropóloga del espacio.

Instagram: mariaaannnaaa