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Converger, futuros tangibles en el pasado

Por: Carlos Mendoza                                          Foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

En el mito de la modernidad, la vida rural es la antítesis natural de la vida urbana. Es el pasado, lo rústico, lo atrasado y el lugar del que, según el deber ser de la modernidad, hay que salir. Se traspasa esa frontera para ir a la ciudad, tener certezas y posibilidades de movilidad social. El hombre/mujer de origen rural portan como estandarte y herramienta: la dignidad, sabedores y poseedores de valores nodales para la vida y el honor. Estos se transforman al contacto con la hibridez cultural y vigorosa de las ciudades. Una vez instalados, aggiornados y sabiendo lidiar con la fiera urbana, anhelaran volver: poblar el campo ideal de sus nostalgias, de la vida sana y las madrugadas activas. Volver al lugar para crear la posibilidad de que el trabajo deje de ser algo alienante, y pase a tener un objetivo más ligado con la realización plena de los sujetos.

Uno de los recursos posmodernos es volver a la vida rural como refugio y como escape, pero jamás se vuelve de verdad. Podemos  apostar a reconstruir ese lugar del recuerdo y si la infancia lo permite, de los primeros años. Se interviene ese espacio como el contexto, el deseo y los rastros de ciudad en el imaginario personal, lo permitan. Es aquel el origen de la cineasta italo-alemana Alice Rohrwacher: hija de un padre que intenta romper con el mito del progreso criando a su familia en el campo. Sus tres largometrajes (Corpo Celeste, El País de las Maravillas y Lazzaro felice, en este orden de aparición) son una apuesta no solo por explorar ese pasado, sino por imaginar otras posibilidades. Inicia su recorrido fílmico en la ciudad, vuelve al campo a criar abejas y termina yendo del campo a la ciudad: uniendo ambos paradigmas, los plantea interconectados y en simbiosis, aún siendo muy ajenos el uno al otro.

El neorrealismo italiano (Fellini, Rosellini, Lattuada, Comencini, Germi, etc.) de mitad de los años 50, vuelve a través de su filmes y su ensoñación de lo rural. Una arista clásica, pero aún hoy, poco falible para explorar futuros alternos. Una posibilidad de tensar los límites del progreso, del progresismo y la glamourización de la periferia y el margen. Con la antropología cinematográfica de Rohrwacher se contempla el retorno a la raíz, las personas que se protegen en la sabiduría del instinto y el trabajo. Nos fuimos para querer volver (?).

En su primer filme, Corpo Celeste, los ejes temáticos se concentran en la educación, la tradición y la familia. La interacción de estos tres elementos se materializa en Marta, una niña que junto a su familia, vuelve a Italia después de haber vivido en Suiza. El porqué manifiesto, es la necesidad materna de reconectar con la raíz tana, pese a los riesgos económicos, su apuesta es por los lazos familiares y la cultura de origen. Marta se plantea varias interrogantes a partir de ese retorno: ¿la represión como madre de la rebeldía y de la creatividad? ¿La libertad como engaño y posibilidad? Todo a partir de la religión que es el elemento que cohesiona a la comunidad donde vive Marta, pero también con el rompimiento y la contradicción de sus propios planteamientos morales. Véase en la encargada del catecismo, uno de los personajes, el despliegue de autoridad hacia los chicos y por otro lado, la sumisión naturalizada ante el padre de la iglesia. La ignorancia es inocencia y es pecado, pero también es una tranquilidad virginal que flagela el imperativo categórico del progreso. En la ciudad, el imperativo puede ser el abandono de los rituales que poseía la religión para procesar el deseo, pero justamente en la historia de Marta se nos representa la posibilidad de un futuro distinto a través del rompimiento con este ritual. Las imágenes de Rohrwacher exigen multiplicar las interpretaciones.

En esta pieza resalta la escena donde la figura de un cristo gigante se cae del toldo de una camioneta en movimiento donde se trasladan Marta y el Padre, justo en la curva de un barranco junto al mar, los personajes contemplan su caída y los pedazos desparramados, ambos temen, ambos se resignan. Es Marta quien pone a prueba, la que a través del silencio taladra el rito y la autoridad, quien se empodera a través de la negación de la tradición.

Pasamos de la niña insatisfecha que descubre en la contemplación una forma de fuga, un horizonte de libertad, una forma de cuestionar lo impuesto y abrir la posibilidad de evidenciar lo anticuado y falso de esta tradición. Romper el símbolo y el mito la habilita a ir a jugar al descampado sin horario y en un mundo que con otros, ella puede moldear a su antojo. El marco de una puerta en medio de un descampado, es una invitación a entrar a la infinita posibilidad de resignificar.

En el segundo filme de esta autora, El País de las Maravillas, algún chico o chica nacido/a en El Bolsón, Río Negro, hijo/hija de algún papi o mami progre, devenido en country manager de algún unicornio latinoamericano, sería testigo y co-creador del personaje de Gelsomina, hija de un alemán crítico de la sociedad de consumo, y que apuesta por una vida que retorna al trabajo manual como modo de subsistencia digna y contestataria. La crianza patriarcal es cuestionada por esta hija pródiga, que rompe y se deconstruye, pero no sin antes sufrir en carne propia los resultados obvios del proceso emancipador. Gana mucho, pero también pierde mucho. En un intento desesperado, un camello como obsequio para ella será la hazaña quijotesca del padre para mantener la utopía de la libertad y poder heredarla a su primogénita. Herencia y condena. No basta, la modernidad, en forma de Monica Bellucci siempre podrá más.

El horizonte de Gelsomina es alcanzar la victoria en un concurso de TV al mejor productor de productos artesanales. Para el padre es la aberración de ver expuesto su modelo de vida y vaciarlo de sentido. Una vez más gana el impulso generacional, el ímpetu por querer ser ella misma y romper con el origen. Está dicho en la analogía de las abejas, éstas son un símbolo iniciático y litúrgico, como lo será también su preciado don, la miel. La abeja se relaciona con la laboriosidad, la organización, como lo demostraría el enjambre, pero también de la limpieza porque su alimento se encontraría en las flores, lejos de la suciedad. En El País de las Maravillas la familia funciona como reloj suizo y la miel es el producto más sagrado.

En su tercer largometraje, Rohrwacher crea un puente para estos dos mundos. Un bobo bueno y noble, personaje que Mark Fisher detestaría: Lazzaro. Sin conciencia de clase y sin instinto de rebeldía, Lazzaro es funcional a un futuro sin posibilidades, pero al mismo tiempo, es el hilo conductor de nuevos horizontes tangibles ya en el pasado. Ahí la genialidad de la contradicción. La exacerbación teórica nos vuelve locos. Si no comemos la manzana, quizás exista alguna posibilidad. Pero hay que comerla para ser conscientes de que habitando la ciudad encontraremos el espacio menos potable para la vida.

El filme retrata dos mundos distantes: el lugar soleado y árido, el campo, agreste en la mayoría de las ocasiones; y el lugar gris, húmedo y frío, la ciudad. En el primero siempre estará la posibilidad de saciar el hambre a través del trabajo; en el segundo las posibilidades son otras, también las condenas. Se remarca en la obra de Rohrwacher la hostilidad de la indiferencia: ¿cómo se adaptan/persisten la bondad y la inocencia en el neoliberalismo?

“En una época en la que nos asfixian las imágenes duplicadas y multiplicadas, el cine todavía puede destilar, cuidar, jugar con la mirada, sorprender y sorprenderse”

No hay nada más contradictorio que encontrar Lazzaro felice en Netflix; por lo menos si se piensa que son las industrias creativas las que están teniendo la mayor capacidad para crear y responder a audiencias más sofisticadas. Y al mismo tiempo, no se deja de lado al audiovisual churrigueresco, que es el que paga las cuentas y desborda las plataformas de streaming.

El cine de la italo-alemana es síntoma, un camino muy similar y con inquietudes cercanas, existe de este lado del charco. Lo podemos encontrar en el cine de Lucrecia Martel, quien explora las mismas contradicciones en la realidad del capitalismo tardío: lo rural, la lucha y tensión con la moral y la religión. Ambas autoras explicitan una necesidad de explorar la periferia desde la complejidad del ojo urbano que antes fue rural.

Tenemos, por un lado, toda una obra, un estilo, una obsesión y un mundo. Todo ello producto de una modernidad con muchas deudas y poco saldo a favor, al menos a nivel simbólico. No obstante, la capacidad de resiliencia de las periferias rurales, sigue presente. Pero “no queremos resiliencia sino la naturalización y aceptación del conflicto” nos dicen las corrientes Lacanianias y Laclaunianas de algún sector del progresismo latinoamericano. Pero resiliencia y conflicto no son oxímoron, Fisher refuerza esto al evidenciar a Chile como el primer laboratorio neoliberal del mundo, donde en en apariencia fue posible diluir “como lágrimas en la lluvia” el resentimiento de clase. Pero la periferia mapuche, nos dice todo lo contrario. La trampa ha sido diseñada desde entonces, y la soledad y depresión urbanas son los mayores impedimentos para imaginar alternativas sistémicas.

En Futuros Perdidos de Mark Fisher hay un registro de ansiedad y desesperación, pero también cuestionamientos que atisban esperanza. En cada acto de Lazzaro, Gelsomina y Marta se registran nuevas posibilidades: cuestionar, descreer, asirse a una raíz y construir. Para el autor inglés la cultura popular del siglo XXI, es síntoma de la decadencia. Para la italo-alemana es canalizadora de la ruptura. Ambos convergen en la ausencia del Estado de Bienestar, pero se bifurcan en sus posibilidades estéticas, políticas y morales. Vuelven a tener puntos de contacto en la construcción de un futuro colectivo, ya sea a través del trabajo físico y rústico del campo o en pastillas, tecnología y raves. Ambos trazan un plano tangible y certero de nuestra edad postcapitalista.

Ambos autores saben que el recóndito y poco glamuroso acto espiritual es capaz de crear nuevos imaginarios y transformar lo viejo, pero siempre anteponiendo la posibilidad del contacto con lo diferente, con el otro. Las identidades de las nuevas generaciones se configuran con la derrota del ente monocultural de lo nacional. La búsqueda y lucha de Fisher se trata de hallar campos de articulación de la rabia, capaces de accionar políticamente, teniendo bien claro el camino para reactivar la conciencia de clase.

En cambio, el cine de Rohrwacher tensa las posibilidades del progreso, indagando en las injusticias de clase, pero a través de un neorealismo mágico que expande el horizonte, crea lugares con tiempos fuera del tiempo. Es la apuesta a construir algo bello, pero real, tan real que parezca falso: un campesino noble y bueno hasta el extremo. Un tonto sagrado, de nuevo explicado y creado a través del recurso metafísico y antipolítico (?), el hombre débil, el antihombre.

Pone a prueba la autosuficiencia, el cinismo de la explotación y los límites de la totalidad urbana. Pero siempre hay un cabo suelto, a propósito de una forma de explicar e interpretar esa realidad que construye, la fe como un elemento no solo misterioso sino creador de la imagen y de la posibilidad. Siempre vuelve al cine italiano hijo de la modernidad, porque sus influencias trazan un camino obsesivo por delimitar lo real, es la tradición nacional que deja huella, pero que ya se transformó. (Véase Roma, Ciudad Abierta de Roberto Rossellini, pionero director de clásicos neorrealistas)

La herencia pesa, sobre todo cuando uno se hace cargo de ella. En este caso el pasado neorrealista del cine italiano se involucra profundamente con la poesía, no pretende narrar sino reinterpretar y crear, lo que conlleva, implícitamente, un claro compromiso político. Parafraseando a la directora: plantear preguntas ya involucra un proceso específico de pensamiento, pensar e imaginar son verbos políticos.

 

Sobre el autor:

Poeta sin cerebro y Geertziano-Guadalupano. Animal simbólico. Embajador de Texcoco.