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Alegato en el Juicio de Sarajevo *1

                                             Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

Por: Roberto Ramírez Paredes

Si creo en Dios me preguntan. ¿Es eso relevante en este juicio? ¿Acaso no sabemos que el veredicto está sellado, de antemano, con mi muerte? Sería mejor echar abajo esta charada y arrojarme al lodo del patio trasero y fusilarme ahora mismo. ¿Creo en Dios? No dejo de hacerme esta pregunta desde el 28 de junio de 1914. Si mi respuesta es afirmativa, entonces Dios está de nuestro lado y fue él quien fraguó toda esta guerra y muerte. Si la respuesta es negativa, entonces solo el azar, ese misterioso soldado que no se sabe de qué lado batalla, es el único gestor de que el destino haya tomado forma de sangre y balas. ¿Y yo dónde quedo? Yo soy solo un emisario, un nacionalista yugoslavo que cree en la unificación con Bosnia y la separación, de una vez por todas, del Imperio austrohúngaro, imperio mil veces maldito, imperio al que no temo maldecir frente a usted, Su Señoría. Si yo no fuera solo un emisario del destino, los alemanes habrían encontrado otro pretexto: mi bala, mi azarosa bala fue el detonante de la guerra que ahora destroza a Europa. Yo soy solo un pretexto y me siento bien interpretando el papel.

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1 Declaración textual de Gavrilo Princip como alegato de defensa, en el marco del juicio de asesinato del Archiduque del Imperio Austrohúngaro, Francisco Fernando, el penúltimo día del llamado Juicio de Sarajevo, el 27 de octubre de 1914. Las palabras en cursiva –subrayadas en el original– enfatizan el discurso de Princip cuando quería recalcar lo obvio o cuando quería expresar ironía, según sea el caso. El acusado fue sentenciado a 20 años de cárcel: sorteó la horca porque había cometido el crimen cuando tenía 19 años (según la ley, la pena de muerte era viable si el acusado tenía 20 años cumplidos al momento de cometer el delito). Finalmente, murió el 28 de abril de 1918 siendo testigo, desde prisión, de la guerra que desató su asesinato. Aunque no consta en el informe oficial, los presentes en el tribunal afirmaron que Princip, tras preguntársele si creía en Dios, inició su alegato en los siguientes términos: Ustedes ya saben mi historia, es igual a la de cualquier serbio. Ustedes tienen mi historia redactada en sus informes, con mi firma para avalar su autenticidad, pero si quieren continuar con esta farsa según los detalles que les voy a referir, pues que así sea.

 

Soy un pretexto. También soy hijo de campesinos y sé lo que pasa en los pueblos. Sé de maltrato y humillaciones, sé de hambre y prejuicios. Sé de campesinos explotados y carteros amenazados de muerte, golpeados por unos cuantos billetes. Sé de mujeres que deben lavar ropa hasta altas horas de la noche, incluso en los días de invierno, para conseguir alimento. Sé de oficiales del imperio que violan a las mujeres de los obreros mientras estos beben en las tabernas para olvidar lo que sucede en sus camas. Sé mucho de resignarse y callar porque esta es la filosofía del yugoslavo bajo la ira del Imperio. Sé de venganzas de obreros, pero también sé de las torturas de la policía una vez que el obrero tiene la ropa manchada de sangre. Por esto tomé venganza y no me arrepiento de nada. Mis manos tienen tanta sangre como las de cualquier otro europeo, como sus manos, señores del jurado, como las suyas, Su Señoría, tanta como la de cualquier soldado ahora, rezando desde su trinchera, mientras bombas le rozan la cabeza. Lo que me diferencia de ustedes y me convierte en un faro en esta larga noche europea es que yo soy un yugoslavo, modestamente el peor de todos, que clama por la unificación de todos los eslavos del sur sin importar bajo qué clase de gobierno, pero debe ser fuera de la tiranía de Austria. Y no solo soy eso: también soy las venas y las arterias de Sarajevo, soy acción, soy venganza y soy azar, el camino del futuro, soy la cara de la nueva y unificada Yugoslavia. Es una certeza tan real como la tuberculosis que será mi parca, si antes no me atraviesan sus balas.

¡¿Qué es lo que pretendía con su visita el archiduque Francisco Fernando?! ¡¿Acaso creía que pasear por las calles de Sarajevo reforzaría la lealtad de los súbitos dudosos y apagaría el odio nacionalista de los serbios de Bosnia?! ¡¿Acaso no se enteró de que Mano Negra intentó asesinar a su tío, el Emperador Francisco José, en estas mismas calles hace 13 años?! ¡Iluso! ¡Ingenuo como solo un heredero del trono puede serlo! ¡Iluso como ustedes, los presentes en este tribunal, incapaces de ver el futuro! Su muerte sería la primera de una serie de correcciones en Yugoslavia y yo estaba llamado a ser el rectificador. Con esta idea en mente me levanté a las seis de la mañana, casi no dormí por pensar en la agenda planeada para el domingo. Me afeité, me lavé. Comí dos bollos de pan y un poco de agua… ¿Que vaya al grano, me piden? ¿Les parece irrelevante mi desayuno? Si hubieran crecido junto a mí sabrían que esos dos bollos de pan y el agua son un festín. Da igual. Para las ocho ya estaba reunido con las nuevas promesas de Joven Bosnia o la Pequeña Mano Negra, como solíamos referirnos con cariño a nuestro movimiento. Ahí estábamos Muhamed Mehmedbasic, Danilo Ilic, Trifun Grabez, Nedeljko Cabrinovic, Cvijetko Popovic, Vaso Cubrilovic… seis de nuestros mejores soldados que ustedes ya han tenido el gusto de conocer a través de incontables palizas… ¿Soplón? ¡Soplón es lo que acaba de susurrar, no es necesario que se esconda y esconda lo que piensa de mí, puede hacerlo frente a todos! Mis colegas jamás creerían que soy un soplón: ellos están tan orgullosos como yo de matar a ese perro y a su esposa preñada. Ninguno de ellos se esconde y cada uno ha confesado su participación. Nosotros no nos escudamos en el compañero de al lado para revelar lo que pensamos 2. Nosotros somos lo que ustedes rechazan. Sé que usted, señor soplón, se ocultaría bajo la falda de su madre si se le acusara de matar a la rata que le ha molestado todas las noches en la intimidad de su hogar, sé que no sería capaz de admitirlo. Y no me importa, de hecho, me enorgullece porque eso es lo que nos diferencia de ustedes, verdugos del jurado, que obran en virtud de una justicia que no comprenden. Como quieran. Después de todo, ustedes son los que demandan mi versión… Estábamos los siete repasando el plan, señalando en el mapa los puntos donde nos colocaríamos, intercambiando bromas. Algunos estaban nerviosos, otros desconcertados, pero en el fondo todos estábamos seguros: una vez cometido el crimen seríamos carne de la justicia y si no, seríamos carne de la tuberculosis. ¿Entienden? A diferencia de ustedes, nosotros no teníamos nada que perder y mucho por ganar.

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2 La afirmación de Gavrilo Princip no es del todo cierta. Durante los interrogatorios Veljko Cubrilovic, integrante de Mano Negra que ayudó a transportar las armas, intentó deslindarse de su participación en el asesinato, alegando que la organización lo había amenazado con asesinar a su familia si no colaboraba. Cubrilovic no avisó a las autoridades porque estaba más temeroso del terror que de la ley. La corte no creyó en sus palabras y fue colgado el 15 de febrero de 1915.

 

A las diez menos cuarto, los seis estábamos apostados en Appel Quay 3, separados por decenas de metros, apelmazados entre la gente curiosa que deseaba ver al Archiduque. Cada uno de nosotros contaba con un arma, pistola o bomba, y su respectiva cápsula de cianuro. Sé que entre aquella muestra de felicidad, muchos serbios deseaban la muerte de aquel perro. El sentimiento, como ven, era único. Nosotros solo fuimos los catalizadores del sentir común. Cada uno de nosotros tenía la misión de asesinarlo pero, si por alguna razón, uno fallaba el siguiente tenía el deber de enaltecer el alma de Serbia. La caravana de seis vehículos ya estaba casi en nuestros ojos. Sabíamos en cuál se movilizaba el Archiduque, conocíamos su rostro y la ruta gracias a los periódicos, conocíamos su férula porque crecimos en el campo separados de nuestros hermanos bosnios. El primero en tener su oportunidad de gloria fue Muhamed Mehmedbasic, parado afuera del banco Austrohúngaro. Como ya saben ustedes, por los informes extraídos mediante palizas, Mehmedbasic dejó pasar la oportunidad porque temió que el guardia que estaba cerca lo pusiera fuera de acción antes de accionar la bomba. Lo mismo sucedió, metros después, con Vaso Cubrilovic: tampoco se decidió a actuar. Así el Archiduque, ingenuo, siguió su camino. A las diez y cuarto el vehículo pasó frente a la estación de policía, donde lo esperaba la bomba de Nedeljo Cabrinovic. Él no dudó pero su ejecución fue torpe.

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3 Los seis conspiradores presentes en el desfile fueron: Gavrilo Princip, Trifun Grabez, Vaso Cubrilovic, Muhamed Mehmedbasic, Cvijetko Popovic y Nedeljko Cabrinovic. Danilo Ilic, a quien Princip mencionara líneas atrás, fue quien distribuyó a los hombres en la calle, mas no estuvo ahí.

 

Chasqueó la bomba en la acera y la lanzó cuando el vehículo del Archiduque pasaba frente a él. Olvidó sostenerla diez segundos y entonces lanzarla. Este tiempo fue suficiente para que el conductor se alertara del peligro y acelerara el motor. Así escapó nuestra esperanza de anunciar, con un magnífico estallido, la próxima reunificación de Yugoslavia. Sin embargo, y como ustedes ya saben, la bomba estalló bajo las ruedas del cuarto vehículo de la caravana y dos inocentes casi mueren. Esto me enteré después: Cabrinovic tragó la pastilla de cianuro y saltó al río Mijack, solo para descubrir que sus aguas secas apenas le superaban los tobillos y que el cianuro estaba caducado. Entre vómitos y las piernas casi rotas, fue apresado.

Así es como, perros del jurado, vimos nuestro fracaso justo cuando nuestra sangre celebra el día que Bosnia era parte de Serbia. Humillados y furiosos, nos reunimos en el lugar pactado: un parque a pocos metros del sitio donde estalló la bomba. Confundidos y preocupados, ellos hablaron de huir lo antes posible. Yo apenas los oía. Mi atención estaba más allá, se confundía entre la gente y pedía auxilio a gritos. Pedía la rectificación de nuestra falla. ¿Habíamos obrado sin mayor preparación? Tal vez. No buscaba culpables, pues todos lo éramos. No me habría importado si me apresaban en ese instante. Desconcertado, abandoné a mis colegas sin rumbo fijo más que el dictado por el hambre.

Y es aquí donde, querido jurado, vuelvo a su pregunta: ¿Cree en Dios, señor Princip? Si no creyera, cómo explicar los azarosos hechos que sucedieron a continuación. ¿No sería inocente descartar que Dios me guió esa mañana cuando todo ya estaba perdido? Si es así, ¿acaso es posible afirmar que Dios trabaja de nuestro lado y protege a los yugoslavos? Si los alemanes tomaron mi bala como pretexto para iniciar la guerra, ¿cómo no creer que esta es su voluntad divina? Más inverosímil aún: ¿Dios protege esta guerra o solo fue una increíble e inverosímil cachetada del azar la que operó esa mañana, conmigo en el papel principal? Señores del jurado: escojan su bando porque, por un lado, tienen la ira de Dios y por el otro, la indiferencia del azar, que es igual de cruel.

El hambre me guió hasta la charcutería Schiller, cerca de la calle Francisco José, para comer un bocadillo. Lo devoré en la acera, parado frente al negocio, absorto y maldiciéndome. Mientras dilucidaba qué hacer, vi un descapotable que aparecía en la esquina y se dirigía a mí. Era el descapotable donde transportaban a Francisco Fernando durante la caravana. Agucé la vista y confirmé sus ocupantes. El vehículo se detuvo frente a mí y pude ver cómo el chofer intentaba retomar el camino en reversa, pero el motor se había trabado. ¡Tiene que ser una broma! ¡Tiene que ser una broma! Me repetía mientras contemplaba al Archiduque y a su esposa frente a mis ojos, acomodados en el asiento trasero. Me tomó pocos segundos reaccionar y darme cuenta de mi situación: el miserable que minutos antes se me había escapado a toda velocidad ahora se detenía frente a mí como diciéndome con soberbia: ¿Me querías? Aquí estoy, dispárame. Es normal que haya dudado en ese momento porque ¿qué habrían pensado cada uno de ustedes en mi situación? Este sentimiento se exacerbó meses después cuando me enteré de que el Archiduque había decidido acortar el protocolo en el ayuntamiento para ir al hospital y visitar a los dos heridos por la bomba de Cabrinovic. Es más, en mi celda me devané los sesos buscando una respuesta a lo más extraordinario del asunto: el chofer del descapotable confundió las calles mientras conducía al hospital y cuando quiso rectificar su camino, ya estaba plantado frente a mí con el motor atorado, ya sea por cuestión de Dios o del azar. Es normal que haya dudado y que ustedes me pregunten si creo en Dios. En ese segundo no pude analizarlo detenidamente, pero sí actué como un enviado de Dios: desenfundé mi arma y disparé dos veces. Para cuando los policías me redujeron a golpes y la turba pugnaba por mi cabeza, Francisco Fernando y su esposa estaban muertos. ¿Cuánto duró? Menos de tres segundos, diría yo. Tres segundos en los que aquella broma cósmica pudo sentirse en toda su profundidad.

Ahora ustedes exclaman y cuchichean en voz baja, como si no pudiera oír sus pensamientos. ¿Cómo puede tener tan fría la sangre para haber matado al Archiduque? Eso es lo que piensan porque ustedes no ven el punto principal, se les escapa como la misma justicia: el Archiduque estaba predestinado a morir ese día bajo una bala mía. Siento pena y lástima por ustedes que solo ven un crimen donde no hay nada más que justicia divina en el más grande y complejo de los significados que puede abarcar el concepto. No lo lamento, yo solo despejé al mal del camino. Mucho menos siento pena por el hijo que Sophie llevaba en sus entrañas: de seguro hubiera crecido y se habría convertido en otro Francisco José.

Ahora, si pueden ver el dilema que este evento encierra y que desencadenó en la guerra que está asolando a Europa, allá afuera de este tribunal, déjenme descansar en paz o dispárenme de una buena vez. No hay necesidad de llevarme a otra prisión. Mi vida se acaba. Señores del jurado, clávenme en una cruz y quémenme vivo. Mi cuerpo en llamas será la antorcha que guíe a mi pueblo por el camino de la libertad.

 

 

Sobre el autor: 

Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). Su obra No somos tu clase de gente se adjudicó el Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit de Novela 2017 (https://goo.gl/VGCp7w y https://goo.gl/4VyVVk). Su libro de cuentosFábrica de maleante y otras vidas imaginarias obtuvo una mención de honor en el XX Concurso Nacional de Literatura 2018 “Luis Félix López”, de la CCE-Núcleo Guayas. La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México (https://goo.gl/8YxFbK y https://goo.gl/RsDuU5). En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami (https://goo.gl/7t7nPx); en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial.

Ha escrito estudios introductorios para obras de Flaubert y Dante, ha ganado concursos de cuento, ha escrito para El Comercio y Hoy. Estudió el Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra —donde recibió cátedra de reconocidos talentos como Enrique Vila-Matas, Javier Cercas, Jorge Carrión, Javier Masoliver Ródenas, Rafael Argullol, entre otros— y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona, donde estudia las representaciones de identidad latinoamericana en la prosa de Herman Melville.

 

 

Marlen y Sara

                                         Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

 

Por Julieta Concilio          

 

Bondi

– “¡Andate a la puta que te parió!”, fueron las palabras que Marlen lanzó con fuerza contra el bondi, como quien tira un saco de mierda con todas sus frustraciones dentro.

En Buenos Aires, la gente suele tener estos puntos de fuga para descargar la ira contenida en tantos años de rutina citadina. Son como pequeñas grietas que se van abriendo en los infinitos trayectos cotidianos del mundo que va de Capital a Provincia y viceversa.

Sara cultivaba estos trayectos ya desde 2003. Siendo una estudiante secundaria de un colegio progre de provincia, viajaba a capital una vez por semana, a tomar unos cursos de fotografía en el Centro Cultural “Casa tomada”. El primer bondi que aprendió a tomarse con regularidad fue el ciento veintitrés, le gustaba dormirse en los viajes con el mecer tosco de las ruedas sobre el asfalto.

Marlen y Sara no trabajaban, se autoproclamaban unas “pequebú” de aquel pueblo-ciudad que habitaban en los márgenes de la provincia de Buenos Aires. El reguero de fantasmas vecinales del pantano coqueto en el que vivían, nunca les había permitido frecuentar los mismos lugares, ni tener amigos en común, ni doblar en el mismo momento, en la misma esquina, en sentido contrario. Se tuvieron que ir a conocer a Capital.

– “¡Qué hijo de puta! ¿a vos te parece? ¡Ya es el segundo que pasa y no me para! Este cincuenta y tres del orto. Si no te digo…”, mientras Marlen escupía los últimos pedacitos de mierda contra la cara de Sara, pasó otro cincuenta y tres. Tampoco paró. Empezó a llover. Las señoras que estaban esperando el mismo bondi, distanciadas de la joven que gritaba, no tuvieron más remedio que ir acercándose al amparo del minúsculo techito de la parada. Sara sonrió observando la mierda de Marlen que se deshacía junto a las gotas cada vez más seguidas y más gordas de aquella lluviosa espera.

Marlen terminó de gritar con una pregunta retórica que Sara contestó con una respuesta retórica. Estaban en la esquina de Puan y Rivadavia. Recién habían salido de un teórico de Tiscornia en el que tampoco se habían encontrado. En el transcurso ocurrido entre las 11:15 y las 11.45 AM de aquel jueves lluvioso, ya se habían sorprendido de haber vivido veinte años en el mismo margen provincial sin conocerse, habían planeado tomarse el cincuenta y tres a la misma hora para la próxima clase y empezaban a tener conocidos en común.

Llegó otro cincuenta y tres que, esta vez, sí paró. Se cedieron el paso una vez cada una y luego subieron al bondi.

Calle Nazca

– “Siempre se para acá, ¿querés sentarte?” le ofreció Marlen a Sara en el medio de un silencio incómodo. Nada del otro mundo, un pequeño silencio propio de cualquier persona que respire. Pero a Marlen no le gustaban los silencios. Cada vez que el silencio venía, Marlen ya estaba preparada para contenerlo, reducirlo, superarlo e invadirlo.

Salvo las veces que el silencio venía de repente. Marlen podía predecir cualquier silencio, excepto por el silencio intempestivo. Cuando eso ocurría, Marlen abría sus ojos verdes hasta el límite de sus párpados -a veces, también abría la boca- miraba al primer punto fijo que encontraba y dejaba de hablar. El péndulo que la movía de un lado a otro siempre quedaba atascado en alguna red neuronal que lo enrulaba. Marlen siempre se enredó en sus propios pensamientos.

Pero eso no fue descubierto por Sara hasta mucho después de aquel día. En la vía de Nazca y Yerbal, Sara se sentó y viajó anonadada por los ojos de Marlen hasta el destino final.

De provincia a capital

– “¡Tenés una media de cada color!”, escribió Sara en un papelito que le pasó a Marlen, el sábado siguiente, en el aula de Puán donde no escucharon nada del teórico de Tiscornia.

Aquella mañana de sábado empezó a las 5 am, en aquel pantano liminal inentendiblemente habitado. Marlen y Sara se levantaron para ir a cursar. Marlen se hizo un café con leche y comió una sobra recalentada de fideos con salsa mixta. Sara se preparó un mate y comió unas tostadas con queso que se le quemaron en el centro. Cinco minutos antes de salir, ambas perdieron las llaves. Sara las encontró en su mochila. Marlen no tuvo la misma suerte. Intuitivamente las fue a buscar al freezer. Todo lo que Marlen no sabía dónde meter, lo metía en el freezer. Pero las llaves fueron encontradas, diez minutos después, debajo de su almohada. La noche anterior había caído rendida de cansancio, luego de haber tomado unas cervezas en la casa de su prima, que le había preparado los fideos con salsa mixta.

De camino al reencuentro, Marlen coqueteó con su reflejo en cada uno de los vidrios de las tiendas semiabiertas de la peatonal. Sara, en cambio, utilizó las vidrieras de otras calles más dormidas, para practicar posibles reacciones al momento del reencuentro. Salieron pequeñas carcajadas de sí mismas, en el mismo momento, en distintos ángulos.

– “¿Te gustan?”, le contestó Marlen al papelito. Pero la discreción nunca estuvo entre sus prioridades. Los movimientos que se desplegaron en su cuerpo, tan sólo por esas dos pequeñas palabras, fueron suficientes para provocar la incomodidad de Sara que dio un pequeño estallido con su risa en medio del frío silencio áulico.

Cuando terminó aquel sermón que parecía infinito, Marlen y Sara se fueron a “el bar de la facultad”. Era un sucucho sucio con paredes de cerámica amarilla y ribetes negros en las esquinas, barra de mármol y máquinas de café sonando constantemente. El fetiche: discusiones políticas, protagonizadas por los mismos estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras. Los tipitos con aspiraciones de machos progres desplegaban sus alas de pavo real, cada vez que veían entrar a un par de minitas con aire de minones inteligentes. Los cuerpos atascados en la pose dentro de aquel lugar daban asco, sobre todo a Marlen.

Intentaron tomar un cortado cada una con un par de tostados, mientras hablaban. Lo primero sucedió, aunque huyeron dejando uno de los tostados por la mitad. Al salir, Marlen le preguntó a Sara si le gustaba ir al centro. Caminaron hasta Primera Junta y se tomaron el subte en sentido contrario a provincia.

A la Parisienne

– “Mi mamá tiene cáncer”, escupió Marlen mientras Sara abría el vino tinto que tomarían durante esa noche de viernes, un año después de conocerse. Sonaba Drexler en un equipo de música noventoso, acogido por el piso de madera y las repisas de roble. Entre recuerdos plásticos de vacaciones a Mar del Plata, algunos portarretratos con fotos viejas y los títulos fantasmales de la biblioteca de la casa de la madre de Marlen, esa música era lo más acogedor de la velada.

El ventanal por donde Marlen estaba mirando cuando soltó el cáncer de su madre, se llenó del humo de su cigarro, que pronto encontró la ruta para volver de frente a sus ojos. Un silencio intempestivo redujo, por fin, a Marlen.

Pero Sara no pudo aprovecharlo. Se quedó perpleja en la mesa ratona donde abría el vino, centímetros detrás de Marlen y su cigarro. No supo qué decir. Sara nunca se había enfrentado a una idea tan viva de la muerte. Terminó de abrir el vino, sirvió las dos copas asignadas para la ocasión y fue a buscar un abrazo que sabía rechazado de antemano. Empezó a sonar “Yo quiero ser una chica Almodóvar” en la reproducción aleatoria del CD, con un compilado de “Los mejores de la balada hispanoamericana”. Marlen invitó el brindis y Sara la sacó a bailar.

Esa noche transcurrió al ras de sus trayectorias. Se dieron las manos unas cuantas veces, compartieron humo y cigarros hasta las 4 de la mañana; debatieron sobre política internacional y recordaron las discusiones de los tipitos del bar de Puán, que ya no frecuentaban. Criticaron películas de amor; se rieron; cantaron desafinadamente un repertorio ecléctico de éxitos transatlánticos de los dos mil; tomaron vino de la misma copa, se abrazaron y se durmieron juntas, acurrucando sus cabezas en un sillón relleno de pelotitas de telgopor y sus culos contra la madera dura del piso.

La mañana siguiente se despertaron con olor a saliva estancada en la boca. Ambas pudieron olerse. Con la resolana tenue de primera mañana, apoyaron sus talones contra el ventanal. Se rieron de haberlo hecho al mismo tiempo.

La madre de Marlen apareció en la puerta de la cocina con unas ojeras, imborrables en la memoria de Sara. A pesar de su notoria enfermedad, tomaba un cortado grande mientras fumaba, con mucho gusto, un clásico Parisienne. Les ofreció unas tostadas que ambas aceptaron. Sara hizo mate. La mamá de Marlen la felicitó por no mojar la yerba de arriba. Se sentaron en la mesa del living y la mamá de Marlen se prendió otro pucho.

El trance

En Avenida Santa Fé al 4500, Marlen y Sara pasaban noches enteras tomando vino tinto y fumando porro, mientras creían estirar los límites de su juventud al ritmo de canciones como “Boys don´t cry” y “Girls just wanna have fun”. A su alrededor, un ejército de hormonas invadía los cuerpos de otras mentes igual de perdidas.

– “¿Cuándo nos vamos a Bolivia?”, preguntó Sara a Marlen, mientras revoleaba su cabeza, buscando las luces de colores caídas del techo del antro. Siempre intentaba extender sus sensaciones con los caleidoscopios que las luces armaban en esa extraña heterotopía enclavada en el medio de la Ciudad de Buenos Aires.

Sonriendo con maldad, Marlen ametralló lo que creía que era el sentido común de su amiga:

– “¿Te vas a ir de vacaciones sin tu novio?”.

Sara detuvo su marcha psicodélica y arremetió:

– “Me voy a ir con vos ¿Cuántas veces más me vas a reclamar que no vivimos juntas?”.

Con dos años de relación a cuestas, Marlen ya había entendido que Sara podía ganar ciertas discusiones. Sólo que no se acostumbraba al poder que su amiga había engendrado luego de haberse ido de la provincia. A decir verdad, le producía casi el mismo asco que los embriones de macho progre de aquel bar de Puán, pero al mismo tiempo, envidiaba la belleza que ese poder distante había producido en Sara.

Tomando el culito de vino que le quedaba en el vaso, retrucó:

– “¿En enero?”

– “Me gusta”, contestó Sara, ya relajada y volviendo al eje de las luces caleidoscópicas que marcaban su marcha. Sin embargo, el humo de un cigarro cercano invadió el trance. De repente, recordó por qué no vivía con Marlen. Hacía pocos meses, había tenido un enfrentamiento con su padre que la había obligado a tomar una decisión rápida y fundamental. O seguía las anticuadas reglas de quien le había dado la vida o se iba definitivamente de su casa natal. Sara tuvo que agarrar lo más a mano que tenía. Marlen todavía estaba muy lejos, en las vísperas de la muerte de su madre.

El novio apareció con un vaso de cerveza recargado justo cuando Sara se daba cuenta del desenlace de aquel recuerdo. Como si hubiese sido contagiada por la verborragia de Marlen, vomitó:

– “En enero nos vamos a Bolivia”.

Dos porteñas liminales

Consiguieron usar unas millas que el padre de Marlen tenía guardadas y viajaron en avión hasta Santa Cruz, a mitad de precio. Hacía un año que Sara vivía con su novio, quien fue a despedirla al aeropuerto con la intuición de que no volvería a verla nunca más. Marlen sintió esa separación como una victoria personal. Desde la muerte de su madre, vivía sola en un departamento en Almagro. Aunque lo de “sola” nunca fue cierto. Todos los días, se las arreglaba para invitar a alguien a dormir. Sara estaba en primer lugar entre los huéspedes más asiduos.

Marlen y Sara se subieron al avión y se sacaron dos fotos con el obsequio digital que el padre de Marlen había aportado para el viaje. El mismo aparatejo, todavía novedoso por aquel entonces, fue una compañía grata hasta el día seis. Unos pocos recuerdos gratos quedarían retratados con aquel bulto durante los siguientes diecinueve días.

Los silencios intempestivos empezaron a ser cada vez más seguidos, Marlen se volvió cada vez más incapaz de contenerlos. La tarde del séptimo día, empezó la guerra que nadie ganó. De camino al mercado, a Marlen le molestó que Sara pusiera cara de asco mientras tomaba café en bolsita. Unos metros después, entró a una iglesia, lanzó una carcajada que retumbó en los techos de piedra y mandó a la mierda al cristo que guardaba los secretos de los treinta desahuciados presentes. Sara entró en cólera. La bolsita de café se vació sobre la nueva chaquetita verde que Marlen había comprado en una feria de Sucre.

Durante las mañanas, las tardes y las noches que siguieron, Marlen y Sara se comportaron como las dos porteñas liminales que siempre odiaron ser. Pero lejos de casa, despojadas de la rutina que lograba ocultar sus ansiedades, emergió la furia propia de los inconformes. Nada les vino bien. Los días ocurrieron lentos, apesadumbrados, chorreados de hastío. Buenos Aires aparecía en cada semáforo, chocándoles la cabeza contra el asfalto. No entendían por qué, después de tantos años de odiar aquella ciudad, venían a extrañarla justo en el momento y el lugar en que lograban ser libres.

– “Se prohibe efectuar sus necesidades fisiológicas”, leyó Marlen en un cartel que apareció fugaz en el reflejo del espejo retrovisor de la van destartalada en la que viajaron de vuelta al aeropuerto. Sin saberlo, Sara leyó el mismo letrero en sentido contrario, apoyada de espaldas al camino. Se bajaron acompañadas por el ceño fruncido. Marlen pensó que Sara estaba enojada. Sara creyó que Marlen estaba dormida. Fueron a la puerta de embarque, a esperar el avión. O lo que fuese que apareciera. Un libro, una estampilla, un desconocido. Lo que fuera. Ya no soportaban el desconocimiento mutuo que habían engendrado. El olor a axila de Marlen, del que tanto disfrutaba Sara no más de dos meses atrás, ya no tenía el aroma de la libertad. Era puro hedor puerco luego de cuatro días sin tocar el agua caliente. Las costras del pelo de Sara ya se veían entre sus sienes y caían susurradas contra el suelo cada vez que se abría la puerta del baño de enfrente. Mirándose con desprecio, se quitaron el peso de encima:

– “Ya no puedo encontrarte”, dijo Sara.

– “Ya no quiero buscarte”, replicó Marlen.

En Barcelona son las cinco de la tarde

Meses después del regreso de Bolivia, Sara se separó de su novio y se fue a vivir sola cerca del departamento de Marlen. La casa de Tucumán al 3500 fue el monoambiente más triste de su vida. A pesar de estar a pocas calles de los ojos de Marlen, nunca más supo cómo volver a encontrar ese particular “verde marihuana”.

Planearon una última velada. En realidad, la planeó Marlen, que le pidió a Sara que fuera a ver las fotos de aquel infortunio boliviano (aún a sabiendas de que la dejaría plantada en la puerta, mientras publicaba los retratos del horror en una red social recién estrenada). Nunca más Sara volvió a pisar suelo marleniano. Las últimas lágrimas de despedida, las agarró de su mejilla derecha y las tiró con rabia en la calle Gascón, contra el vidrio de un corsa blanco.

Marlen y Sara no volvieron a verse. Diez años después, en Barcelona son las cinco de la tarde. Entre actores caretas y cafés expressos, Marlen recuerda por qué no abrió esa puerta.

 

 

Sobre la autora:

Juego con imágenes como los bebés con sus móviles de animalitos. Planeo incongruencias. Hago rumiaje de mis pensamientos y me gusta incomodarme. Disfruto al compañero que me provoca los días, las vidas. Pedaleo en el barro, como me enseñó la antropología. Levanto vuelo constante, como aprendí del teatro. Cuando puedo tomo fotos, es mi cable a tierra. Soy Julita, una porteña pedante que, siendo sujeta de estos tiempos líquidos, busca. Incansablemente busca.

 

“La caminata al revés”

                                         Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

 

Por Carlos Vásconez  

La primera operación exitosa de la doctora Amaranta Armenthal tuvo lugar en un entorno nada apacible. Lo hizo casi a hurtadillas, casi sin el permiso expreso de la paciente y casi enteramente deshecha de nervios por esas dos razones. Lo hizo en un quirófano extraño, que no había sido usado en varios meses por problemas en el cableado eléctrico. Las luces vacilaban. Parecía que la ciudad entera hubiera estado sitiada y en ese preciso momento fuera bombardeada por cazas expeditos. Su paciente, una tal señorita Violeta Derma, según aparecía en su ficha, que yacía semisedada atacada por un arsenal de delirios, no hacía sino contar segundos con total precisión, llorando y gritando que nadie abriera las puertas. No dejó de ser sorprendente que nadie la escuchase.

La cirugía demandó un esfuerzo doble, tanto por la doctora Armenthal cuanto por su ayudante, la liviana enfermera Candence.

La enfermera Candence padecía de sordera. La sordera era un imponderable para una enfermera. El mundo ya no aguantaba más a las enfermeras, propensas a la caridad. Ahora se hacían llamar asistentas. Todas las mujeres que secundaban a alguien en cualquier menester se hacían llamar asistentas. Era una palabra que estaba de moda. También estaba de moda que nadie sospechara siquiera en la existencia de otros seres, seres superiores que habitan el mundo. No dejaba de estar de moda fumar y que las farmacias recomendaran hacerlo para acortar una vida cada vez más incomprensiblemente agotadora.

De pronto y aunque nadie pudiera verla a plenitud debido a la luz deforme, la cara de la paciente ya no era su cara. Era ya una mujer distinta. ¿Bastó una operación para un cambio radical? Eso sí, se parecía mucho a la doctora, quien, sin percatarse de ello, le había impreso su huella característica en su rostro. Si la hubiera contemplado algún poeta –pero los poetas fueron exhibidos en no sé qué muestra fastuosa como especie extinta, lo que en un principio se suponía broma y que pronto marcó tendencia y se convirtió en un hecho irrebatible–, habría sido inevitable que considerase a ese rostro como un eco.

No sedar por completo a sus pacientes había sido una decisión surgida merced a una tesis que sostenía –y que nadie celebraba– de que esas muecas ayudaban a que la cirugía surtiera un efecto mayor, más transformador. Esas contorsiones del rostro, las aflicciones propias de un dolor anticipado, tal vez ensayado ante el espejo, eran apropiadas para el propósito.

-¿Segura, doctora?

Limitarse a negar con la cabeza habría significado debilidad emocional. Se limpió las manos en el capirote. Sacó de un bolsillo un teléfono que husmeó con indiferencia, esperando encontrar un mensaje que sabía que nadie le escribiría. Una amenaza de muerte. Una carta de amor. Un listado del mercado. Para ella todo daba lo mismo. Daba lo mismo porque no ocurriría. Lo había previsto tan bien que las sorpresas estaban aplazadas, anuladas. Volvió a limpiarse las manos en el capirote luego de devolver al teléfono a su bolsillo. La enfermera Candence pensó –pero el pensamiento fue olvidado a la brevedad– que la doctora tenía los mismos hábitos para revisar su teléfono que los que tenía para empezar a operar. Y era cierto. Para ella todo era ponerse manos a la obra. Lo mismo hubiese hecho si en ese instante un cuadro estuviera torcido en la pared no soportase dejarlo así.

Fue lo único que le dijo. Luego, la enfermera Candence oía, solo oía (alguien más astuto podría exagerar: ¡Vaya si oía!) cosas del estilo “Traiga las pinzas”, “Alcánceme las vendas”, “Apriete las correas de los tobillos”, “Desinfecte las jeringuillas”, “Lánceme una moneda para aplastar este pómulo necio”, “Vuelva a decirle, lentamente, que ya está muerta”. Lo demás era acto reflejo, una breve dosis de adivinanza y mucho nervio compartido. Por las tres. Tres mujeres nerviosas evocan sin dilación un aquelarre.

“Si de un sueño atormentador alguien despierta convertido en microbio, hay que hacerle soñar barbaries a la gente para que la metamorfosis surta efecto”, estaba segura.

Cinco horas de escuchar entre gritos cada segundo que transcurre hermana a quien enumera con quien escucha. Se había comprimido el tiempo. Cuatro horas parecieron una. Una muy extensa, una interminable, pero una hora al fin. Así se comprimió ese rostro de Violeta Derma. Una masa gelatinosa que ya podía colocar en cualquier habitación, porque al cabo estaba inidentificable.

Al abrir los ojos, Violeta Derma pensó que su cara le dolía demasiado.

-Me duele demasiado la cara –dijo, sin percatarse de que no había nadie que la escuchara.

Cuando hubo por fin alguien, la enfermera Candence, dijo que le dolía demasiado la cara, pero ya no le dolía demasiado, ahora solo le dolía mucho, así que su queja sonó poco creíble y recibió como respuesta ese ademán condescendiente que esboza con su boquita recogida toda enfermera que ya no quiere repetir por enésima ocasión en un día el consabido “Tranquila, ya pasará”.

Porque pasó.

Pasaron los días. La doctora Amaranta, que ya no era la doctora Armenthal por esa empatía que se genera entre quien invierte su salud mental a cambio de la salud física de alguien más, como ella era desde ahora y para siempre la señorita Derma, por tratarse de su primer paciente de “transfiguración facial”, como le agradaba decir, le llevaba todos los días una comida distinta. “Para que se acople a su nueva y distinta vida”, le diría un atardecer mientras recogía las persianas porque el sol que le caía de lleno le estaba alterando la expresión de la cara a Violeta Derma.

¿Es posible que quien se vuelve irreconocible desconozca las cosas, las calles, las personas? Violeta Derma, luego de esa operación traumática, no supo qué camino tomar para volver a casa. Es cierto que el adiestramiento previo, esa manera de pararse y conversar con uno mismo ante el espejo, o ni eso, ante cualquier cosa, que es la manera de encarar al destino, variaría en el caso expreso de alguien que paga por convertirse en otro, porque lo conviertan en otro. La gente no la reconoció. Alguien la llamó doctora. ¡Lo fácil que hubiese sido para ella usurpar el puesto de su Víctor Frankenstein particular! Aunque nunca lo hubiese hecho, nunca lo pensó. Solo pensaba en cómo volver a su empleo, cómo convencerlo al obtuso de su patrón que esta nueva yo era la indicada, tan buena, o mejor acaso, que la anterior Violeta Derma. Ese nombre no le encajaba en el pecho, tardaba en calar, en ocupar un lugar adecuado. Estaba ahí, junto a la palabra asistenta. Pero ya era Violeta Derma. Desde que firmó la autorización ya era Violeta Derma y no podía ser otra sino ella. El nombre, por supuesto, le había conferido no solo una fisonomía diferente sino además una manera de ver las cosas que distaba abruptamente de cómo las había apreciado hasta entonces. Es que las opciones eran muchas, habría querido pensar que infinitas, pero no se animaba. Por esa manera nueva de ver las cosas es que las cosas adoptaban otro matiz. Eran las mismas cosas siendo ya otras cosas. Otras cosas más bellas, que le conferían más ganas de poseerlas. O, en su defecto, más ganas de llamarlas de otra manera, de encircular las oes con lentitud y deferencia, incluso con algo de elegancia.

Cuando a la semana se animó y caminó por la ciudad sintió que esta no la recibía bien. Presenció un accidente automovilístico, un autobús golpeaba con brusquedad a un ciclista despistado. Vio de lejos la disputa por alpiste de un grupo de palomas y jamás hubiera creído lo agresivas que podían ser entre ellas.

Las piernas le fallaban de vez en cuando. Era su mente. Se lo había advertido la doctora. No hallarse en los vidrios de las tiendas de la ciudad o en los espejos de los baños públicos podía provocarle unos mareos y arcadas frecuentes. Tendría que conciliar la idea de que ya no era ni sería la misma. Aunque se adaptó pronto a ser llamada Violeta.

-Bello nombre.

La voz de aquel sujeto en la barra del bar le daba una razón, y tan solo una: que los hombres fingen cuando lo que intentan es seducir.

Él se presentó como Antonio y supo de inmediato que mentía. Seguramente usaba un nombre postizo para enamorar viudas en los bares y en las entradas de los cines.

-Me agrada Antonio. Creo que toda la vida estuve esperando que un hombre con ese nombre se aproximara a mí y me dijera que el mío es bello. Gracias por cumplirme un sueño.

Sabía que lo único que ese hombre, abrevado a la medida justa para caer en obviedades, podía responder para continuar con la plática era “Y puedo cumplirle muchos más”. ¿También se le había agudizado el ingenio o la pronosticación?

Demoró pero se dio cuenta que lo conocía. Antonio, el borracho de Antonio Cárdenas, el Toñito, que estaba efectivamente casado con la señora Lozano. Entonces hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su caso, como si de pronto fuera una agente policial y tras haber estado al acecho de un maleante por mucho tiempo, escondiéndose en las esquinas, precisamente cual maleante, lo hubiese visto infraganti, en pleno delito y henchida de nervios y de ansiedad lo hubiese dejado marchar con el botín. Es decir, que le siguió la corriente. Lo primero que pensó es que así le cobraría después, se cobraría en nombre de esa mujer que conocía, la desdichada señora Lozano. En lo que no demoró fue en retractarse, ya que entendía que por borracho que estuviese el hombre, no la reconocía. Quien estaba armando el embuste era ella, no él, quien jamás se le habría aproximado de no ser por no identificarla. Se retractó más cuando lo acompañó, copa tras copa, hasta que el hombre cayó rendido. Violeta, en cambio, estaba como nueva. Reluciente, en realidad. Parecía nueva, y era nueva. Le pidió al bartender, un grandulón idéntico a lo que los niños imaginan cuando oyen “Goliat”, a quien le faltaban más dientes de los que tenía, que ordenara un taxi para el caballero. El bartender tembló, como solo tiembla quien presencia un milagro: que alguien llamara caballero a ese pobre diablo, y además, una mujer, una mujer no del todo desfavorecida y desconocida.

La aventura del bar fue todo exotismo y motivación. No durmió pensando en lo que podía hacer. Su cama era un reducido parque de diversiones. Nunca antes fue algo igual.

Visitó a la doctora durante tres semanas más, para constatar su buen estado de salud y para que le fueran desprendiendo de algunos vendajes que a su vez le colocaron en el transcurso de la recuperación. La doctora se sentía orgullosa, como el pájaro que deja sus huevos en un lugar y canta su hazaña en un sitio muy remoto, más hermoso. La veía y era como si viera su destino hecho realidad. Todo fue fantástico hasta que la enfermera Candence le advirtió de su parecido.

-Hizo un extraordinario trabajo, doctora.

-Gracias, Candence. Habría que pensar en nuestra segunda operación. Hay una mujer que necesita, como Violeta, un cambio de identidad que sea radical. Pero esta vez deberemos tener más cuidado. Las segundas oportunidades son las que más riesgo conllevan.

-Claro, doctora. Pero tiene que pensar a quién va a hacer que se parezca, porque otra que se parezca a usted la va a delatar, ¿no cree?

-¿A mí? ¿Qué quieres decir con que otra que se parezca a mí?

-Que Violeta Derma es su fiel imagen, doctora. No se haga la desentendida. Usted practicó la cirugía en ese lugar para que yo no me diera cuenta de lo que quería hacer; pero no soy tan tonta, le diré. Alguna vez vi una serie de televisión en que lo que quería el doctor era que todos fueran como él. Una cosa de egos. Yo lo comprendo completamente, no se preocupe.

Se preocupó. Era una boca que no se podía abrir por el asombro, aunque la doctora Amaranta Armenthal lo único que quería era cerrarla. La cerraba, aunque estaba muy cerrada. La cerraba doblemente, la cerraba contra sus dientes, dientes contra dientes, en disputa por reinar en esa boca. La alegría que hasta ese instante había significado el éxito de la operación y que dibujaba su cara, emparentándola aún más con la novísima cara de Violeta, éxito que tenía como pretensión hacer público, sobre todo a los círculos y colegios de médicos, se cayó al suelo y desapareció de un sopetón.

Desde ese rato, a la doctora Armenthal le dolía el costado de la cadera cada vez que plantaba el pie derecho. Sentía que el broche del brasier le pinchaba la espalda cosa que se le hacía imposible evitar el impulso de sondearlo con el índice. Y se le dio por no contestar a su teléfono con un “¡Aló!”, típico en ella, sino con un “¡Diga usted!”, fuera quien fuere el llamante.

El cansancio y el afligimiento la ponían irritable. Para sobrellevarlo, prefirió el sexo desmedido y agotador a ingerir sus píldoras calmantes, autorecetadas. No decía nada, ese semblante suyo hablaba por ella. Más de un sábado salió de paseo en auto con algún desconocido, el mismo al que agotaba la noche anterior, a quien le pedía que condujera su auto y que tomara el camino que quisiera. No fue uno solo quien la dejó en mitad de la nada, so pretexto de orinar o de hacer una llamada importantísima.

Mientras tanto, Violeta había retornado a su trabajo en la fábrica de costura. Fue contratada de inmediato, acaso por su mirada, que al gerente le fue reconocible, por ese tono de desidia que imprimía a su voz, acaso porque demostró en un dos por tres sus capacidades, que seguían intactas. Lo más probable es que fuera contratada por todas esas razones y porque se parecía demasiado a otra persona. Parecerse a alguien más surte un efecto sobrecogedor, hace que los demás, aunque no conozcan a la otra persona, sepan que hay alguien que ocupa dos puestos. Es un efecto similar al que nos causan los animales. Un perro es todos los perros y un zancudo, todos los zancudos. A uno lo acariciamos y queremos acariciar a todos. A otro lo aplastamos con la palma de nuestras manos y nuestro instinto nos inclina a hacerlo con todos los otros.

La transformación fue ejemplar. Varios meses después, coincidieron en la calle. Era una calle cualquiera. De esas que se olvidan mientras se las camina. Se vieron fijamente incluso cuando quisieron quitarse las miradas de encima. El parecido era radical. A la doctora se le ocurrió entonces, inmersa en ese abismo al cual había visto desde una frontera como se ve al amor, que ya no era ella, que era probable que esa otra mujer no incrementó sus dotes al parecérsele, que lo mejor era hablarle.

Se retiraron, sin expresarse el menor ademán, sin intentar un acercamiento, pero también sin tratar de esquivarse.

Era un estetoscopio y era la enfermera Candence quien a su lado, al día siguiente, ordenaba todos los implementos para empezar la cirugía. Para que no quepa dudas de su intención, la doctora Amaranta Armenthal colocó una fotografía suya al lado y le explicó a la paciente lo que pretendía hacer.

-¿Qué me parezca a usted? ¿No le parece descabellado?

Solo sonrió. Su sonrisa fue tan sincera que la paciente se dejó caer con suavidad sobre el colchón.

 

Sobre el autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta(2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .

Tattwa

Por: Julián Malvasi

Ediciones baratas de libros cosidos por groidianos civilizados se amontonaban en los estantes de la librería Lomje en la calle San Lorenzo de Martín Coronado. Apenas si pasaba gente por ahí y menos para comprar. Sin embargo, su dueño, el joven escritor vestano Anselmo Trocci había llegado de Vesta atraído por la moda de la burguesía liberal de Nueva Sicilia de regresar a la Tierra. Su familia era de inmigrantes. Sus tatarabuelos de Sicilia a Buenos Aires y sus abuelos de Bs.As. a Vesta. Ahora, libre del trabajo físico y de las constantes movilizaciones a las cosechas rotativas que el estado imponía a los menores de veinticinco años se sentía relajado. Era pobre o lo sería cuando su reserva se acabara. Después de dos meses de turismo llegó al barrio de sus abuelos y con el crédito que tenía destinado a alquilar una casa y comprarse una moto, compró la vieja librería Lomje. Era un sitio histórico municipal pero en medio de la desolación de la posguerra la había comprado barata. Bastó con firmar un contrato de conservación edilicia. No es que fuera masoquista por poner una librería en un lugar donde la gente pensara solo en comer y juntar chapas antes del invierno. Quería materializar su deseo de la infancia. Aunque forzado, lo estaba realizando. En su catálogo convivían autores como Homero, Cervantes, Shakespeare, Poe, Verne, Borges y muchos de sus contemporáneos de Vesta. Especialmente las antologías del Círculo de Kuiper. Sus colegas del cinturón de Kuiper, todos neo-chinos desterrados de la República Popular de Marte eran la vanguardia interestelar de la retroficción.

En su unidad Ayma16 había programado algunas canciones de Kap Bambino y Languidity de Sun Ra. Tomaba mate sentado en un cajón metálico que usaba para retener unas cucarachas que sobrevivieron a la fumigación del día anterior. La calle estaba vacía, de vez en cuando una ambulancia cruzaba la estación hasta el UPA-24. Los únicos transeúntes eran groidianos cadetes y algunos capataces que los seguían en bicicleta. Anselmo se desperezó y abrió un surco en la yerba con la bombilla. Abstraído a la espera de algún cliente pensó en las cucarachas atrapadas abajo suyo. Imaginó que ahí  estarían más seguras que a la intemperie, donde pensaba dejarlas antes de sentarse. El exterior era hostil. Sintió empatía pero al toque se despabiló con el ruido del tren llegando a la estación. Decidió dejar las pastillas Herschel. Se dijo que a partir del próximo día iba a tirar las que le quedaban y a remplazarlas por actividad física o alguna religión racional. Pensó en hacer cross-fit, jiu jitsu, water-polo o parkour, aunque nada lo convenció. Respecto a la religión, sí logró definir su voluntad. Le gustaba el budismo del Sutra del Loto pero se entusiasmó más con la orden del Amanecer Dorado. Consultó en el Ayma16 pero recibió más que nada porno del sucio en relación a la segunda palabra de su búsqueda. Se convenció de ir directo a la sede más cercana a su casa, es decir, la trastienda de la librería. Estaba en el límite entre Puerta 8 y Villa Mictlán, del lado oeste del Río Morón.

Llegó en un destartalado 328 que funcionaba como remis y flete al mismo tiempo. Las ventanas estaban cubiertas con bolsas de consorcio y al fondo unos estibadores del mayorista satélite del Mercado Central en Tres de Febrero mantenían en pie un pallet de maples de huevos. Frenaron en la plaza de Remedios de Escalada, donde tenían que descargar.

-Mejor bajate acá porque estos dos tienen para rato-le dijo el chofer.

Pagó en monedas y bajó de un salto a la vereda. Hacía frío y una brisa nauseabunda del matadero de Puerta 8 le dio en la cara. Nunca había estado en un barrio como ese. La zona donde vivía era parte del conurbano igual que aquel lugar pero como centro comercial del distrito, aunque desolado, tenía una mayoría de habitantes de clase media. No tuvo miedo. Caminó por las calles esquivando grietas en las baldosas y arreglos precarios en el asfalto. Recordaba los documentales que había visto en Telesur antes de viajar desde la casa de su familia en Vesta. Dos o tres kilómetros después llegó a su destino. La Casa del Amanecer Dorado contrastaba mucho con el resto del barrio. Su diseño parecía de Niemeyer o Le Corbusier. Tenía una torre con un mirador parecida a una antorcha y a los costados dos edificios con columnas metálicas que a Anselmo le recordaron las patas de una araña. El resto era todo blanco, salvo algunas partes con grafittis borrados donde la pintura resaltaba. Las casillas de chapa y madera, o ladrillo adyacentes, parecían undirse bajo la altura de la torre. Se acercó a la puerta y tocó timbre. Sin esperar le abrieron dos personas que se presentaron como Sílex y  Amper. Vestían túnicas blancas estampadas con pequeñas figuras de colores. Sílex tenía barba hasta la cintura y Amper llevaba un peinado digno de la princesa Leia. Las túnicas parecían pijamas y Anselmo se sorprendió porque la información que tenía de la orden hablaba de metafísica con lenguaje serio.

-Hola, buen día. Soy Anselmo Trocci, vivo en Coronado y me enteré hace unos días de ustedes por un folleto con su doctrina que me dejaron en la puerta de mi casa.

-Buen día, señor Trocci-repitieron al unísono.

-Vine a ver qué es lo que hacen pero no quiero comprometerme-dijo Anselmo con voz tímida.

-Está bien, puede pasar y conocernos-dijo Sílex.

-Está por empezar la sesión ¿Pasa?-preguntó Amper.

-Sí, claro-dijo Anselmo y entró.

Lo llevaron por un largo pasillo de paredes blancas y bien iluminado. Anselmo trataba  de deducir en qué parte del edificio se encontraba cuando notó una leve inclinación hacia abajo. Le abrieron una puerta de dos grandes hojas cubiertas de imágenes geométricas de colores en bajorrelieve. Una escalera de cemento en espiral los llevó hacia el subsuelo. A medida que se acercaban Anselmo fue sintiendo un zumbido. Sílex le explicó que era un mantra. Ante su consulta, Amper dijo que no tenía que ver con la orden pero que sus miembros lo usaban para concentrarse.”Es como una entrada en calor”-dijo Sílex. Al final de la escalera una puerta igual que la anterior daba paso a un salón del tamaño de una cancha de tenis. Los miembros de la orden estaban sentados en círculo sobre una alfombra que cubría casi todo el piso. En los bordes se veían tablas de madera húmedas. Del techo colgaban lámparas de leds. Al entrar Anselmo y sus acompañantes, los miembros de la orden les hicieron lugar y continuaron con su mantra. Al minuto cesaron y tras una breve presentación Anselmo fue admitido en su sesión diaria de exploración astral. Todos vestían túnicas iguales.

-Agarrá una de estas cartas-dijo Amper.

-Cualquiera. Y mirala fijo. Sin pensar en nada-agregó Sílex.

Anselmo lo hizo a la par del resto de los miembros. Fijó la vista en la carta que le había tocado. El fondo era blanco. El tattwa era un óvalo vertical violeta con un triangulo rojo en el centro. Le costó unos minutos concentrarse pero poco a poco la carta fue captando su atención. Comenzó el viaje. Vio imágenes mentales como si realmente tuvieran tres dimensiones. Como un sueño, pero sin cerrar los ojos y con mayor claridad.

Con un tiro en el tobillo voy corriendo hasta el pasillo…la parca y la gorra me quieren llevar”. “Vos de bebé te ponías el chupete corte fierro en la cintura y con la mema a todos (vos) los quemabas cuando bola no te daban”. La cumbia sonaba muy fuerte y los gritos de la gente apenas se escuchaban. “El que no hace palmas…maneja el patrullero“. Anselmo estaba desarrollando su exploración astral con éxito. Había viajado a la Isla Caravana. Estaba en Los Mochis, el único boliche que seguía funcionando durante la guerra. Como mínimo había viajado veinte años atrás. Scioli aún sería presidente aunque esto Anselmo lo ignoraba. En ese momento estaba en Nueva Sicilia. El local estaba lleno de gente y él no intentó entrar. No conocía sus códigos y se sentía ajeno a la euforia que llenaba el recinto. En la puerta un patovica viejo y cansado dejaba pasar a todos los que llegaban. El olor del agua podrida y los vapores que salían del matadero de Puerta 8 le ayudaron a ubicarse, ya que el Ayma16 no funcionaba. Esto pasó rápido y cuando por fin entendió porque estaba ahí se desvaneció todo y volvió al subsuelo. Se refregó los ojos, vio su carta en el piso y a los miembros de la orden abstraídos sosteniendo las suyas. De a poco comenzaron a regresar de sus viajes. Anselmo había probado varios psicotrópicos además de las pastillas Herschel pero nunca había tenido una experiencia tan realista como esa. Se le antojó un porro pero recordó que la marihuana ya no crecía en la Tierra.

El invierno post nuclear había arruinado las cosechas en toda latinoamérica. Ya no había soja pampeana ni cargamentos de marihuana prensada de Paraguay. La triple frontera estaba abandonada. Anselmo había escuchado el rumor de que en farmacias de Uruguay y del sur de Brasil se vendían flores sintéticas bajo receta. Las drogas de diseño también simulaban ser naturales con impresiones tridimensionales. Algunos invernaderos resistían con cultivos hidropónicos en los galpones abandonados del Delta de Liniers pero él no lo sabía. Para alimentos y biodiesel solo quedaba la importación de las colonias. En el archipiélago de Svalbard la flota Ártica de la OTAN custodiaba las semillas de la bóveda del fin del mundo y negociaba a través del Banco Mundial el alquiler de especies para sintetizar.

 -Es cuestión de tiempo-dijo Sílex.

-Ojalá, porque me pareció muy real.

-Es que fue real. No fue una visión sino una traslación.

-Los tattwas son el principio, la punta del iceberg-dijo Amper.

-Hay todo un universo superior a la realidad que a la gente de a pie se le escapa-dijo Sílex. Además, recién viste que somos abiertos, que te dejamos participar sin pedirte documentos ni nada. Los prejuicios que nos tienen son infundados. Son de quienes no ven nada más que lo que alcanzan sus ojos. Pero hay mucho más allá de lo real y del presente. Tu experiencia fue solo una introducción. Los demás miembros siguen allá abajo porque están en otra etapa.

-Dejalo ahí-dijo Amper. Es mucha información para un solo día.

Anselmo salió de la Casa del Amanecer Dorado con una mezcla de curiosidad y miedo. Había vivido algo mejor que los sueños virus de la red Ayma y que cualquier implante de  realidad virtual. Se perdió en el camino de vuelta y terminó compartiendo una moto-remis hasta su casa. A las ocho en punto de la noche bajó la persiana y se instaló en su escritorio. Sacó la pila de libros y hojas. Extendió un afiche de la editorial Rizoma del lado opuesto y se sentó a dibujar un croquis del barrio que conoció horas antes. En su grupo scout de Vesta había aprendido a hacer croquis y mapas de riesgo cuando llegaba a un camping. Antes de armar las carpas y refugios era lo primero que hacían. Recordaba un río, una isla y un puente que atravesaba ambos lados y los conectaba. Casas bajas de adobe con partes recicladas de vidrio y plástico. A pesar de su esfuerzo, el viaje astral había durado muy poco. Quería saber donde había estado. No recordaba nada más. Esa noche le costó dormir. A la mañana siguiente no abrió la librería. Cargó con café un termo, agarró una muda de ropa, jabón, una toalla y el cepillo de dientes. Metió todo en la mochila y programo el holograma de la entrada para anunciar el cierre temporal. No sabía cuando iba a volver.

 

Sobre el autor:

Tres de Febrero, Buenos Aires, Argentina (1994). Entre sus hazañas y fracasos dice ser ex futbolista de inferiores, dirigente scout y militante peronista. Actualmente escribe una saga ucrónica con elementos de ciencia ficción.

Los valles de Cydonia

Por: Daniel Fernández.

I

William McKinley recordó la primera vez que había visto una fotografía de la Tierra contemplada desde la Luna. La redonda superficie del planeta era cortada abruptamente a la mitad por la oscuridad fría e indolente del espacio. Ahora, la Tierra, su hogar, estaba frente a él y temía, con rabia y desesperación, nunca volver a poner un pie sobre ella. También recordó haber leído que alguna vez la gente creyó que el alunizaje era un montaje; una más en la larga lista de artimañas ideadas por una de las potencias que se encontraban enfrentadas en ese entonces: los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; países cuyos nombres le sonaban como dioses antiguos, muertos y olvidados. Pensó que lo mejor sería permanecer ahí tendido un rato más, fingiendo estar su propia muerte. Podía sentir su pecho empapándose con la espesura rojinegra de su sangre. Alzó la vista al cielo. Arriba, el último transbordador en dirección hacia Marte se alejaba lentamente, una barcaza cilíndrica navegando por aguas negras percutidas de estrellas. Se preguntó si alguno de entre aquel grupo de escépticos del siglo veinte había muerto creyendo que todo era una estafa de matices geopolíticos; se preguntó qué diría esa persona si supiera que el alunizaje no era una mentira, que era tan real como la sangre que brotaba profusamente de los orificios abiertos en su espalda, tan real como la traición y el dolor. La sensación del césped contra su rostro le causaba comezón, pero no quiso moverse. Hacía minutos que había escuchado los firmes pasos de Clara Stanford, heredera del segundo banco marciano más grande, el Stanford & Harris; es decir, su prometida, alejándose de la escena, dándole por muerto; sin embargo, consideró que si había sido capaz de matarle, de igual forma podía regresar a cerciorarse de que el trabajo estuviera completo. Así que optó por soportar la comezón, que, a decir verdad, era poca cosa en comparación con recibir un tercer y fatal disparo. Un grave estruendo, como un millón de abejorros lanzándose en picada sobre él, le sacó de sus cavilaciones. Se trataba de las inmensas cortinas metálicas que, cada doce horas, cubrían el gigantesco domo de vidrio bajo el que descansaba el Club Rotario Lunar, con el objetivo de simular el anochecer terrestre, añorado nostálgicamente por los exigentes miembros– procedentes de la Tierra y las colonias marcianas –que atestaban las habitaciones, restaurantes, campos de golf, áreas de piscina, canchas de tenis y demás instalaciones del club durante el verano. No obstante, era apenas primavera en la Tierra y en Marte, y además de él y Clara Stanford, el club estaba desierto. Segundos después de que las cortinas terminaran de bajar, envolviéndole en un manto de oscuridad aún más densa que la que quedaba fuera del domo, lo cegó la luz blanquecina que caía verticalmente sobre él, justo cuando el charco de sangre comenzaba a bañarle la mandíbula. McKinley intentaba urdir un plan de acción para ponerse de pie, dirigirse a las oficinas del club, donde antes de explicar lo sucedido, rogaría por que le dieran un vaso de agua –recompensaría con una gran suma de dinero a la persona que le diera de beber ese día–, cuando una gota de agua aterrizó sobre su mejilla, seguida por otra; luego otra, y luego otra. Los aspersores del campo de golf número nueve se habían encendido en medio de la noche artificial. McKinley giró la cabeza sobre el suelo, sin levantarla, dejándola reposar sobre su mejilla derecha. Abrió la boca y se preguntó, mientras el agua le refrescaba la reseca garganta, cuál sería la reacción de los que en el siglo veinte dudaron del alunizaje si les contaran que no se trataba de ninguna mentira y que, años más tarde, los humanos no solo viajarían a la Luna, sino que abrirían hoteles, restaurantes y centros vacacionales en ella; algunos vivirían allí, morirían allí e incluso matarían allí. McKinley cerró los ojos y se quedó quieto.

Recorte de un periódico marciano No. 1

Distrito 10, Región Central, Tierra.- En medio de un tenso clima de clamores independentistas en Marte, el Comité Coordinador del Sufragio (CCS) convocó a los partidos políticos terrestres para que  inscribieran a sus candidatos para las elecciones generales del próximo febrero, donde se votará a los miembros del Parlamento Intereregional Terrestre para el periodo 2188-2192.

La presidenta del CCS, Julia Gatlin, se expresó respecto de las palabras del presidente del parlamento marciano, David Holece, quien, durante su segundo discurso bianual, pronunciado el pasado jueves en el hemiciclo del Congreso de Diputados de Marte, afirmó que era tiempo de que el planeta rojo dejase de depender administrativa, financiera y políticamente de la Tierra. Gatlin calificó de irresponsables y conflictivas las declaraciones de Holece, e hizo un llamado a la unidad entre la Tierra y sus colonias marcianas, donde las exigencias de independencia y soberanía han ido cobrando impulso en el transcurso del último año, tras el anuncio de las autoridades terrestres de incrementar los impuestos a las importaciones marcianas.

Holece, al enterarse de las aseveraciones de Gatlin, manifestó: Es fácil utilizar calificativos contundentes cuando se habla desde la postura del opresor. Estamos hartos de las formas autoritarias, corruptas e ineficientes del gobierno terrestre. Es curioso: la señora presidenta dice que mis declaraciones son “irresponsables”; pues yo creo que lo verdaderamente irresponsable es dejar el gobierno de nuestra gente en manos de las mismas élites políticas y económicas que, hace ciento cincuenta años, estuvieron muy cerca de provocar la extinción de la humanidad debido a su avaricia e ineptitud.

La convocatoria se da días después de que se celebraran multitudinarias manifestaciones pro independencia en las principales ciudades marcianas; entre ellas Mensae, donde se reportaron 16 heridos y 2 detenidos tras los enfrentamientos entre miembros de la Policía Interplanetaria y los manifestantes.

II

Clara Stanford comenzaba a impacientarse. Solía mantener la compostura, pero últimamente sus nervios no eran los más impasibles. Había tenido que solventar una serie, en apariencia infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda. Sin embargo, respiró profundamente y pidió otro vaso de agua al mesero. Tras cinco minutos, Natalia Figueiras apareció por la puerta del restaurante. Figueiras era una de sus más antiguas amistades; la había conocido hacia siete años, cuando ambas formaban parte del equipo de voleibol femenino, las Guerreras de Cydonia, de la Academia de Estudios Superiores de Cydonia. A Clara, Figueiras siempre le había parecido un personaje muy curioso, quizá debido a la contraposición evidente entre sus respectivos caracteres, manifiesta en aspectos tan remotos e insospechados como la posición que cada una ocupaba en el equipo; mientras que Clara jugaba de libero, un papel ya de por sí discreto, pero fundamental, Figueiras era atacante. Bloqueaba, remataba y alentaba al equipo con gritos  propios del deporte, y más de alguna vez había estado cerca de desatar una batalla campal como consecuencia del desaforado entusiasmo que ponía en cada partido –entusiasmo que podía devenir en frustración cuando el marcador no le era favorable a las Guerreras– y su indisimulado menosprecio por las rivales. No obstante esta asimetría, Clara le había cobrado mucho cariño a Figueiras.

Así que, cuando se dio cuenta de que no había incluido a Figueiras en la lista oficial de invitados de la boda, Clara no pudo evitar sentir una especie de culpa por haberla omitido. Por eso no dudó en llamar a la planificadora para informarle que necesitaría una silla más en la mesa número catorce, la de sus excompañeros universitarios, que se ubicaba entre la mesa número once, ocupada por miembros de su familia lejana, y la mesa número quince, donde se sentarían los colegas de trabajo de William McKinley, su prometido, joven político del partido Unidad Interplanetaria, con varios escaños en el parlamento interregional terrestre, al que había conocido hacia cuatro veranos, cuando ambos tomaban el Sol al lado de la piscina principal del Club Rotario Lunar. Concluidas las diligencias logísticas, Clara buscó en su vieja agenda el número de Figueiras y concertó una cita en el restaurante Carreras, sito en la intersección compuesta por la calle Monroe y la Avenida Aurora, es decir, el lugar donde se encontraba sentada aquel día a eso de las ocho de la noche con treinta y siete minutos, el momento exacto en que Figueiras apareció por la puerta del Carreras tras treinta y siete minutos de retraso, tiempo en el cual Clara había comenzado a impacientarse debido a la convergencia de una serie, aparentemente infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda, entre los que se encontraba la cita con Figueiras.

Tras la charla trivial y un breve resumen de la vida laboral de Clara en la Fundación Planeta Rojo, donde fungía como coordinadora de proyectos sociales en comunidades empobrecidas de Mensae, Clara se decidió a pasar al meollo del asunto, es decir, a la invitación. Figueiras chilló de alegría para después fingir estar molesta por la omisión, no solo de una invitación más temprana, sino también por no haberle contado nada antes. Luego interrogó a Clara sobre los rasgos generales y biográficos de McKinley y, tras escuchar con atención, dio su no solicitado e innecesario beneplácito al prometido de Clara. La comida llegó y Figueiras alegó que una ocasión tan especial merecía un brindis con el mejor vino de la casa, agregando que Clara no tendría de que preocuparse; ella pagaría por la botella, al menos por la primera, y en su tono, Clara pudo advertir un leve deseo de emborracharse esa noche, deseo del que se contagió de inmediato; había sido una semana pesada, llena de tareas tan agobiantes como tortuosas, por lo que un par de copas parecían ser una opción propia para la ocasión; además, pronto se casaría, valía la pena brindar por ello. Pasaron casi tres horas después de la comida, y en ese plazo dos botellas de vino fueron vaciadas, cuando Figueiras propuso seguir celebrando en un bar de vinos cercano, pero Clara se negó, se sentía cansada y el sueño empezaba a carcomerla.

Clara dejó a Figueiras en su apartamento e inmediatamente se sintió más libre y cambió la estación de radio hasta encontrar una frecuencia en la que un hombre cantaba acompañado por su guitarra nada más. Su canción, con una mezcla de melancolía y rabia, contaba la historia de un explorador francés del siglo diecinueve que partía hacia una expedición  de caza en las regiones septentrionales de Canadá, uno de los países antiguos de la Tierra sobre el que Clara alguna vez leyó en la escuela secundaria. Después de haber sido atacado por una tribu indígena y haber sobrevivido a la resultante masacre de su tripulación, el explorador se veía obligado a sacrificar a su caballo para no morir de frío en medio de una tormenta invernal. Tomaba su cuchillo y tras degollar al animal, hacía un corte en su abdomen, extrayéndole las tripas y órganos para poder refugiarse en su interior. La historia estremeció a Clara, quien compadeció al explorador, y deseó no estar nunca en una situación parecida a la suya.  

Recorte de un periódico marciano No. 2

Colles, Cydonia.- Graves disturbios se reportaron este martes en las inmediaciones de la Comisaría Central de la Policía Marciana de Colles al intentar una turba enardecida ingresar por la fuerza al recinto con la intención de liberar a Julián Menéndez, acusado de asesinar al presidente del Parlamento Interregional Terrestre, Steven Brown.

Menéndez, oriundo de Mensae, llevaba tres años viviendo en Colles cuando el pasado sábado 16 de febrero se aproximó al parlamentario, mientras este se dirigía a los alumnos de una escuela secundaria de Colles, y le disparó a quemarropa ante la mirada atónita de los presentes y la tardía reacción de los guardaespaldas del Equipo de Seguridad Parlamentaria (ESP). Testigos aseguran que Mercader gritó “¡Marte soberano!”  tras disparar y ser reducido por los miembros del ESP.

Mientras la tensión continúa acrecentándose, las autoridades terrícolas han acusado a sus homólogas marcianas de promover el odio entre ambos planetas. Miguel Ardón, parlamentario de la Región Occidental en el Parlamento Interestatal Terrestre, exhortó a sus contrapartes marcianas a detener sus pronunciamientos en favor de la independencia. No es momento de pensar en división¸ afirmó Ardón, es momento de tender puentes y trabajar todos juntos por el bienestar de todos los seres humanos, sin importar su planeta de procedencia.

La turba fue dispersada por la División Antimotines de la Policía Interplanetaria. Tras los disturbios, se reportaron 30 detenidos y alrededor de 50 heridos, así como daños por cientos de dólares a los comercios aledaños a la Comisaría.

III

A su diestra, los inmensos campos se abrían hasta un punto indeterminado en la oscuridad marciana. La señalización de la autopista le indicó que se aproximaba a una cruz calle, formada por la misma autopista y el camino de polvo que conectaba una de las miles de granjas que desde hacía décadas funcionaban en el planeta: domos gigantescos donde los mejores científicos de la especie humana habían logrado recrear las condiciones climatológicas de la Tierra antes del Gran Desastre, como popularmente se le conocía a la catástrofe ecológica que provocó la muerte, al menos en términos de productividad agrícola, de al menos el setenta por ciento de la superficie terrestre. Clara imaginó los domos: moles inconmensurables atadas al suelo, alimentadas por los también enormes sistemas de riego que los ingenieros habían diseñado tras dar con un método que permitiese la utilización de las reservas de agua de Marte. Clara recordó los rostros de los terroristas que habían sido detenidos por la Policía hacía un mes. Además de los robos a camiones, los secuestros a personas particulares, especialmente aquellas con grandes cantidades de dinero, se habían vuelto muy comunes en la región durante ese año. Impulsada por esto, Clara pisó el acelerador un poco más y se dijo que haría lo posible por no utilizar el revólver que su padre, sin importar las protestas de Clara, había guardado en su guantera, para que se protegiera de los bandidos.

En rojo, el reloj digital incorporado al vehículo de Clara marcaba la una de la madrugada con cuarenta y dos minutos. Clara se sabía aún muy lejos de casa; a los lados, vastos campos rojos se extendían más allá de donde llegaba la vista. Había decidido que la campiña marciana, con sus noches estrelladas y su soledad, era el mejor lugar para vivir. McKinley había tenido que acceder a trasladarse a las afueras de la ciudad una vez fuesen marido y mujer; así que después de la boda, se mudaría con todas sus cosas a la pequeña mansión dentro de la residencia privada que Clara habitaba desde hacía dos años. Sin siquiera fijarse en la música que salía por las bocinas del auto, Clara salió de la Avenida Lunar para incorporarse a la autopista que conectaba la ciudad de Mensae con Colles, en la cual, a la altura del kilómetro catorce, yacía el complejo privado donde vivía Clara; la infinitud del universo pendía de un hilo sobre su cabeza y las estrellas guiaban su camino. No había ningún otro vehículo sobre el asfalto.

En un principio, Clara pensó que se debía al cansancio y la borrachera con las que cargaba, pero la súbita agitación de aquel conjunto de estrellas, moviéndose precipitadamente de izquierda a derecha, de arriba a abajo, haciendo círculos, la sacó de su incredulidad. No se trataba de estrellas: era algo más, pero no estrellas. Eran cinco puntos que brillaban con la misma luminosidad y se hacían cada vez más grandes, parecían caer en picada sobre Clara que, atemorizada, pisó a fondo el acelerador; sin embargo, sus esfuerzos por escapar (¿hacia dónde? ¿De quién?) eran infructíferos: lo que sea que fuero eso, podía moverse más rápido que ella. De pronto, una luz azulina cegó a Clara, que frenó de golpe. Lo último que pudo escuchar fue el desgarrado grito de las llantas intentando detenerse, el cinturón de seguridad reteniéndola con gran fuerza, estampándola contra el asiento de cuero de su vehículo estándar de ejecutiva bancaria. Luego vino el sueño.

Clara abrió los ojos y sintió asco. Estaba cubierta en sangre y tripas de caballo, pero por lo menos no tenía frío. Intentó estirarse, pero se dio cuenta que no estaba cubierta por sangre y tripas de caballo por casualidad, sino porque había estado dentro de un caballo que, a sus espaldas, yacía muerto en un charco de su propia sangre. Clara sintió una profunda tristeza por aquel animal que, a pesar de no haber visto nunca en la vida, reconocía como su fiel acompañante en las horas plagadas de frío, hambre y miseria. Algo, una voz en su cabeza, le dijo que una nueva tormenta venía, pero que esta sería más brutal que la anterior y su improvisado refugio no sería suficiente para mantenerla con vida. Solo entonces Clara vio a su alrededor: el blanco se extendía por todas partes, y a su derecha, a los lejos, unos puntos se recortaban contra el también blanquecino cielo. La misma voz le dijo a Clara que en medio de los pinos, una cabaña aguardaba a los viajeros perdidos a los que las ventiscas y nevadas de febrero encontraban vagando desprevenidos por el inmaculado desierto níveo. Así que hacia ahí se dirigió Clara.

Cuando penetró en el bosque, se dio cuenta que todo ese tiempo había estado siguiendo, involuntariamente, un rastro de huellas que se adentraban más y más en la frondosidad. La voz le habló de nuevo y le rogó que se apresurara, quedaba poco tiempo para que comenzara a nevar. Clara obedeció y pronto se encontró a las orillas de un claro cubierto por un enorme domo de vidrio; adentro de este, en el centro, había una cabaña; y por las rendijas de las ventanas y la puerta se escapaba un resplandor que, sin importar su debilidad, Clara consideró muy cálido y acogedor. Clara entró en el domo y enfiló hacia la cabaña atravesando el claro, todavía verde. Empujó la puerta de la cabaña e ingresó en ésta. Dentro, junto al fuego, un grupo de hombres, vestidos algunos con traje y corbata, otros con uniformes militares, se sentaban alrededor de una mesa de cedro pintada de negro. Sin tener claro cómo debía proceder, Clara saludó a los hombres, que no reparaban en su presencia o le ignoraban, y estos no le contestaron; parecían enfrascados en una discusión que Clara juzgó importante por el tono acalorado y el ritmo desenfrenado con el que hablaban. Acercándose lentamente al conciliábulo, Clara volvió a interpelar a los hombres que, nuevamente, no reaccionaron. Clara saludó dos, tres veces más, obteniendo el mismo resultado; motivada por su orgullo, golpeó la mesa, dejando caer con gran fuerza sus dos puños sobre la madera. Los hombres siguieron atendiendo sus asuntos sin inmutarse. Entonces Clara lo notó: ella era un fantasma para el grupo. La voz le dijo que no temiera, porque no estaba muerta, pero que había llegado ahí para observar y escuchar.

Fue cuando la enérgica voz de un hombre joven se impuso sobre el resto. Clara reconoció a McKinley como el orador. Decía que, como ciudadano de la Tierra, un hijo del planeta que había visto nacer a los seres humanos, le aterraba que la humanidad no aprendiera nada de sus errores pasados, que era menester actuar para evitar una tragedia de mayores proporciones, para bien de hombres, mujeres, niños y ancianos de la Tierra y sus colonias marcianas; era, lamentablemente, la única opción disponible. El bombardeo atómico preventivo de los valles de Cydonia sería un golpe de autoridad para estabilizar el estado de las cosas en aras de perpetuar a la humanidad dentro del tiempo, la historia les agradecería tarde o temprano por haber puesto fin al caos y la anarquía; y cuando el hombre sentado a su derecha le señaló a McKinley que su esposa no era solo una marciana, sino la marciana que heredaría el segundo banco más importante de Marte, el Stanford & Harris, y que no solo era una marciana que algún día dirigiría una de las instituciones financieras más poderosas del planeta rojo, sino que, además, también era hija de George Stanford, uno de los políticos soberanistas más destacados del momento, Clara escuchó a McKinley afirmar con resignación que ella, su esposa, entendería los motivos que le habían llevado  a tomar esa decisión.

Clara gritó e insultó a un impasible McKinley que, en ese momento, se disponía a firmar la hoja que uno de los militares de la mesa le había puesto en frente. Clara corrió a su lado e intentó a golpearlo en vano: sus puños pasaban a través de McKinley como si estuviera hecho de aire. Clara lanzó un par de golpes más, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras llamaba asesino a su prometido. Entonces el fuego de la chimenea se tornó azul y cuando Clara volteó, las llamas avivaron y se hicieron tan intensas que el resplandor obligó a Clara a cerrar los ojos. Cuando se atrevió a abrirlos, ni McKinley ni los otros hombres estaban ahí, tampoco la cabaña ni el claro ni el bosque; solo ella, Clara Stanford, sentada en su vehículo estándar de ejecutiva bancaria, detenida a un lado de la autopista que conecta Mensae con Colles mientras la radio emitía música pop posclásica-industrial, estridente y repetitiva, y el reloj digital incorporado al vehículo de Clara, en rojo, marcaba la una de la madrugada con cuarenta y siete minutos.

Recorte de un periódico marciano No. 3

Mensae, Marte.- La tensión se apoderó de la sala de audiencias del Tribunal Segundo de Mensae, durante el transcurso del quinto día del juicio en contra de los tres hombres y una mujer a quienes el Ministerio Público Marciano (MPM) acusa de conspirar para la comisión de actos de terrorismo y disrupción del orden público.

La jueza, María Rott, tuvo que hacer uso de sus guardias auxiliares para evitar que Nadina Zhúkov, quien se había montado sobre la mesa que ocupaban los acusados y sus abogados defensores, continuase leyendo la hoja de papel que extrajo de uno de los bolsillos de su pantalón y que, antes de ser detenida por los custodios, tituló “Manifiesto de los seres libres e independientes de Marte” para luego gritar, mientras la hoja le era arrebatada de las manos, “¡Los alimentos de Marte deben quedarse en Marte! ¡Que cese la explotación económica de los trabajadores marcianos!”. Tras el episodio, la jueza Rott suspendió la sesión por el día y advirtió a la defensa que este tipo de actitud no sería tolerada en su sala de audiencias.

Los sospechosos fueron capturados el pasado 26 de abril cuando, según la Policía del Condado Rivera, jurisdicción de Mensae, se disponían a asaltar un camión que transportaba frutas y verduras que serían exportadas a la Tierra. Tras allanar el departamento de Rodrigo Monzón, uno de los encausados, los agentes policiales encontraron materiales que, de acuerdo con peritos expertos en la materia, serían utilizados para dañar una de las paredes del domo que recubre las granjas de la compañía Rojo Alimentos, ocasionando la pérdida de miles de toneladas de alimentos producidos en las instalaciones.  La Policía también incautó los planos de las instalaciones de las granjas y de la planta de potabilización de agua de contigua al domo.

El grupo ha sido vinculado con la agrupación radical Sangre Marciana, quienes se han adjudicado la autoría de cinco robos armados a camiones cargados con frutas y verduras con destino a la Tierra, y el secuestro de múltiples personalidades de los sectores empresarial y políticos de Marte que abogan por el actual sistema federativo que integra a los Estados de la Tierra y Marte. Según las autoridades, múltiples símbolos alusivos a dicho grupo, así como cientos de volantes propagandísticos, también fueron encontrados en el departamento de Zhúkov, sito en la calle Amberes de esta ciudad. Los vecinos han descrito a la oriunda de Colles como una mujer tranquila y reservada. El juicio se reanudará el día de mañana a las nueve de la mañana en el Palacio de Justicia de Mensae.

IV

El vehículo de Clara Stanford se detuvo precipitadamente frente a su casa. La borrachera era apenas un lejano rumor cuyo rastro desaparecía aceleradamente. Juzgó todo aquello como una pesadilla. Sí, eso debía haber pasado: decidió parar un momento para estirar sus músculos y espabilarse; se sentía cansadísima y seguir conduciendo era un peligro, pero de algún modo, se había quedado dormida a un lado del camino. Todo había sido un sueño del que había despertado para poder seguir viviendo. Llamó a la casa de McKinley en la Tierra, donde estaba pasando unos días en la casa paterna, pero no hubo respuesta. Elaboró una larga lista de todos los sueños extraordinarios que le habían sido dados a lo largo la vida, pero por más que intentó hacer la escena encajar en la categoría, no pudo. Aquellos estaban empapados de una áurea irreal, vistos a través de un vidrio sucio, con las voces lejanas y difuminadas, sin un sonido concreto. Trató de reconstruir el sueño y se dio cuenta que podía recordar, como si realmente hubiese estado ahí, todos los gestos y palabras contenidos en el discurso de su prometido. Aquel no era William. El William que ella conocía sí, era un joven apasionado y elocuente, orgulloso de la Tierra, pero ferviente defensor de la democracia, incapaz de matar a nadie. Se preguntó qué diría William, el William que ella conocía, si le contase todo lo que había presenciado y escuchado en aquella angustiante visión. Marcó de nuevo, pero al otro lado no hubo respuesta.

Fue cuando la voz le habló de nuevo. Le dijo que aquello no había sido un sueño, que no debía temer. Se presentó. Provenía del planeta Algore. Su pueblo eran los algorianos. Hacía mucho, los científicos algorianos habían descifrado los secretos de los viajes intergalácticos y a través del tiempo. Habían compartido el alba con sus ancestros y habían observado el ocaso con sus descendientes. Habían visto desaparecer a cientos de civilizaciones, a lo ancho y largo del universo, producto de guerras fratricidas e interplanetarias. Habían visto estrellas enormes arrasar con billones de vidas al explotar para transformarse en enanas blancas. Habían visto la belleza, la tristeza, la gloria y la derrota, la guerra y la paz, la angustia y la serenidad; habían conocido todo elemento constitutivo de la inconmensurable vastedad del universo. Le dijo que, conmovidos por el trágico fin de grandes especies, se dedicaban a viajar por el espacio visitando el futuro de cada civilización, advirtiéndole a individuos privilegiados, elegidos, sobre el grave peligro que se cernía sobre sus cabezas. Habían llegado a la Tierra por casualidad, cuando se habían extraviado en ruta hacia Aggesar-VI, un planeta de Dwingeloo II, donde las guerras por los recursos acabarían matando a la mitad de la población en treinta años si nadie hacía algo por evitarlo. Ahora ella, Clara Stanford, era la encargada de cambiar el destino de la humanidad. McKinley, su prometido, no solo llegaría a ser el presidente del Parlamento Interestatal Terrestre, también aboliría el parlamento cuando esto sucediera, asumiría el mando supremo del gobierno y las fuerzas armadas terrestres; y terminaría desencadenando una guerra nuclear entre el planeta Tierra y sus colonias en Marte, donde los anhelos de independencia seguirían creciendo en los próximos años, con su padre como uno de los principales defensores de la soberanía marciana. Como lo establecían los estatutos de intervención algoriana en cuestiones extranjeras, no podían forzarla a actuar en contra de McKinley, solo revelarle los hechos futuros y apelar a su buena consciencia. Dicho esto, la voz se despidió y le deseó suerte y sabiduría a Clara, no sin antes recalcarle que la decisión era nada más suya. Clara corrió al baño y se lavó la cara. Se vio a sí misma en el espejo y pensó que se estaba volviendo loca. En la cocina, se sirvió un vaso de agua y juró que, sin importar qué dijeran William o sus padres, iría al médico al siguiente día. Se detuvo en seco a la par de la barra desayunadora: una fotografía ocupaba la primera plana del periódico, registraba la multitudinaria manifestación en la plaza central de Mensae, donde miles de personas se habían reunido para exigir la independencia marciana. Una lágrima corrió apaciblemente por su mejilla.

Recorte de un periódico marciano No. 4

Mensae, Cydonia.- En conferencia de prensa, el jefe de la policía mensaeina, Andrew Antkowiak, aseguró que la Policía Marciana de Mensae, en colaboración con los departamentos de policía terrestres y marcianos, ha redoblado los esfuerzos para lograr la localización y captura de Clara Stanford, hija del exbanquero George Stanford, principal sospechosa de haber asesinado al político William McKinley el pasado miércoles 22 de mayo. El cuerpo de McKinley fue encontrado sin vida, con dos impactos de bala en la espalda, por un jardinero en el campo de golf número nueve del Club Rotario Lunar la mañana del jueves 23.

Se desconocen los motivos que Stanford podría haber tenido para asesinar a McKinley, con quien planeaba casarse el pasado 7 de junio. Su casa, ubicada en el kilómetro catorce de la carretera entre Mensae y Colles, fue allanada el 26 de mayo; sin embargo, la policía no encontró ningún elemento útil para esclarecer el hecho.

Empleados de la gerencia del Club Rotario Lunar aseguran que, el día del crimen, Stanford llegó a las instalaciones en compañía de McKinley. Los testimonios del personal fueron corroborados por las cámaras de circuito cerrado, en cuyas grabaciones, queda en evidencia cómo la pareja arriba al lugar cuando falta un cuarto para las nueve de la noche. Las imágenes también muestran a ambos dirigiéndose al campo de golf número nueve. Posteriormente, Stanford, sola, abandonaría el club a las nueve y media de la noche.

El padre de Stanford, quien había abandonado su carrera como banquero tras presidir el banco Stanford & Harris durante más de treinta años, retiró oficialmente su candidatura a la presidencia del gobierno de Cydonia el pasado martes. Cuestionado por la situación de su hija, contestó que el crimen tiene destrozada a su familia y reiteró su plena disposición a colaborar con las autoridades terrestres y marcianas si estas así lo requieren. Por último, pidió a su hija, donde sea que estuviere, que se entregase a la policía.

V

Dos, tres, cuatro, cinco automóviles aparcaron en el estacionamiento del Club Rotario Lunar. El verano por fin había llegado y era tiempo de olvidarse de los estudios y la vida por un par de meses. Todos cursaban sus carreras universitarias en la Academia de Estudios Superiores de Cydonia, todos habían decidido escapar, al menos un par de días, de sus casas marcianas. Sus padres, banqueros, empresarios y políticos, se quejaban mucho: lamentaban las numerosas pérdidas monetarias que los nuevos impuestos legislados por las autoridades terrestres estaban ocasionando en sus negocios. Todos estaban exhaustos. Necesitaban  ese anhelado descanso con el que venían soñando desde la época de exámenes finales. Ahora estaban ahí y nada, ni las lecciones de historia y matemáticas, les impediría ser felices; sobre todo en el Club Rotario Lunar, adonde nadie quería ir desde que habían matado al parlamentario terrestre, McKinley, en los campos de golf. Atravesaron las puertas principales del Club llenos de entusiasmo y expectativas. Se registraron con un sombrío y taciturno gerente, quien explicó que, a pesar de los lamentables sucesos que recientemente habían acontecido dentro de sus instalaciones, todos los servicios ofrecidos por el Club continuaban funcionando con perfecta normalidad. Asintieron y siguieron ocupándose de sus vacaciones y nada más que eso; entonces, cuando hubieron dejado atrás al tétrico gerente, Domínguez propuso que tras almorzar en el restaurante, se dirigieran al campo de golf número nueve, donde habían encontrado el cuerpo de McKinley. Domínguez, con un destello de morbo en sus ojos, dijo que, con suerte, encontrarían un poco de sangre seca en el pasto, un arete de Clara Stanford, el arma homicida, con la que la Policía aún no daba. Stevenson, escéptico, negó que hubiese algo que encontrar ahí, los forenses lo habrían levantado todo al procesar la escena. Red estuvo de acuerdo con Stevenson, sin embargo, dijo que quería ir al lugar donde se había forjado la historia, o al menos una anécdota muy curiosa; mencionó la última noticia del caso que los medios, que ahora enfocaban sus artículos en el historial clínico de Clara Stanford, habían dado a conocer: en una nota escrita y enviada por Clara Stanford desde la clandestinidad, esta defendía sus acciones; alegaba la prevención de un bombardeo atómico, preventivo a su vez, que desencadenaría una guerra nuclear entre la Tierra y sus colonias marcianas; bombardeo que sería ordenado por su futuro esposo, William McKinley. Agregaba que estas informaciones le habían sido reveladas por una raza alienígena y que, si se le daba la oportunidad, podría ponerse en contacto con sus benefactores intergalácticos. Red terminaba de hablar cuando Vargas le detuvo: sobre la superficie de Marte; su hogar, uno, dos, tres, cinco pequeños puntos naranjas brotaban aquí y allá, en el Valle de Cydonia, donde las personas, en cuestión de microsegundos, se convertían en sombras sobre el pavimento; las ciudades, en campos arrasados; la vida, en un recuerdo, un eco milenario apenas perceptible.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1995). Estudia Ciencias Jurídicas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Actualmente cursa cuarto año.

Jonás

Imagen: Julián Hernández, Yo Soy la Felicidad de este Mundo, 2017.

 

Por: Carlos Vásconez

Epifanía

Se llamaba Jonás, como todo el mundo. Era rubio, rojo como una tajada de carne, con ojos saltones, zurdo. Solía hervir de mal humor. Repetía hasta el cansancio que a su vida la había dejado impulsarse como un barco sin timón, por las heladas brisas de la muerte, pero en realidad, sobre todo por las maneras que empleaba para hablar con los demás acerca de sí mismo, de cierto modo parecía un niño a quien todo futuro le resulta amarillentamente borroso, ilusorio, perdido.

Sería aproximadamente las tres de una tarde gris. El lugar, el bar Liliput, un extravagante centro de perversión que encubrían con el nombre de Centro Cultural Liliput, llamativo porque todo allí daba la impresión de empequeñecer al cliente. Era fácil darse con un mostrador enorme del cual para bajar jarros o tazas se necesitaba un tubo con pinzas al extremo, y bancas que para lograr encumbrarlas se urgía de unas escaleras que el mesero acercaba, y que no eran otra cosa que una trampa de mal gusto, pues se dependía de las mismas para bajar de aquellos montículos de madera, para dejar de consumir. Lo más notable, sin embargo, era el cantinero, un hombre enorme, con una sonrisa perpetua que acentuaba su estatura, encanecido pero dueño de una verbosidad inagotable.

–Me llamo Jonás, como todo el mundo –se presentó a un hombre que daba vueltas sobre su propio eje a un cristalino cáliz rebosante de la espumosa cerveza color ébano que se destila eternamente en el norte de Alemania en barricas en sótanos oscuros, donde también amontonan las suculentas bayas del lúpulo y las aplastan y las hacen hervir y con ellas mezclan ácidos jugos y llevan el mosto al sagrado fuego.

En la tiniebla se sintieron aletear manos de espíritus. El mutismo, ahora, parece lógico. Supongo que cualquier otra persona habría hecho lo mismo, es decir esperar que acabe aquella frase. Que culmine, por ejemplo, con un lo sabe. “Como todo el mundo lo sabe”, por lo menos. Pero no. Continuó como si viniera hablando desde la prehistoria.

–Un amigo dice que leo a los demás hasta volverlos otros.

Eran las primeras gotas de lluvia las que interrumpían la música ambiente. Cantaba y tocaba Louis Armstrong What Did I Do to Be so Black and Blue. Sin embargo, la voz de Jonás parecía provenir de ese mundo en el que se mezclaban Armstrong y su maravillosa canción, el ruido congénito del bar y la lluvia que del cielo algo quería limpiar.

–Yo recuerdo –prosiguió– que de niño me gustaba hacerme el muerto. Me encantaba aterrorizar a mi madre, pero a decir verdad nunca obtuve reacción suya. Una vez me escondí en el armario esperando a que ella se preguntara dónde me encontraba. Estuve allí durante dos horas, hasta que me aburrí. Salí y la encontré realizando sus quehaceres domésticos. En un arranque de tristeza al ver que ella ni se conmovió ni me buscó, dejé flotando mi sombrero en la superficie del estanque cercano a mi casa, simulé haberme ahogado. Pero mi madre, nuevamente, le restó importancia. Por esa razón volví a intentar sorprenderla haciéndome el muerto debajo de un libro. Acababa de leer y representaba el acto criminal del libro para conmigo, como si me hubiera asesinado. Más nada. Ella seguía planchando y bordando. Lo único que de verdad le importaba era ver vacío mi plato y sentir mi ausencia matutina, la cual significaba que había ido a la escuela.

Descartadas ciertas incoherencias en el habla o algún terrorismo estilístico, propios de hombres que leen cualquier cosa que descansa ante sus ojos, el Jonás Mundo de aquella noche resultaba demasiado cautivante. De alguna manera sí era como todo el mundo, contradictorio, misántropo, que podía hablar del remero de la laguna Estigia, hijo de Erebo y de la Noche, Caronte, con la misma autoridad que recitaría Yo soy un mozo / que gozo / de invisibilidad, al igual que lo haría hablando del coste del pan.

De pronto, y sin ese algo que advierta su comportamiento, se quitó las gafas, llamó al mesero para que le provea las escaleras para descender de su silla y, con el periódico que no había leído, cuidadosamente escondido bajo el brazo, salió de allí pensando: a cada día le basta un periódico para contar que un terremoto ha desolado una isla del Caribe, que han encontrado un nuevo manuscrito de Demóstenes que cuenta que algún día los hombres sabrán todo lo que les pasa a todos por medio de la palabra escrita, que las rimas son un juego cuando una vez fueron un arte, y se lee “la boca que escupe rocas deja loca a quien le toca la poca choca di rimiar fè più ardenti.” ¿Era posible que ocurrieran cosas como la que había pasado en ese lugar? ¿Habría sido una dosis extraordinaria de whisky la que había provocado semejante demencia rayana en la genialidad? Porque había hablado de todo, de cómo en un ejército pueden adiestrar a grandes campeones y no recuerden la enseñanza de Dimetés que mandó decapitar a su invencible lugarteniente porque sus enemigos cada vez levantaban más sus muros, enlistaban desde más temprana edad a sus hijos enseñándoles cómo enfrentar a semejante contrincante, porque cada vez él perdía más hombres en nombre de ese único gran guerrero. Y se refirió a D. H. Lawrence, que acusó de manera ambivalente a Walt Whitman de ser un incesante conocedor, y de cómo T. S. Eliot, sin ambivalencia, desterró a Lawrence por atreverse a conocer la misma luz interior que iluminó a Whitman. Y habló acerca de que ninguna mujer debería casarse con un hombre por ser éste un buen chico. Porque un buen chico no existe –dijo–, no se le puede tomar en serio a quien crea ser uno. ¿Por qué no? Pues por la sencilla razón de que no es un ser completo. Y una mujer no se puede casar con un espectro, aun cuando sea tangible y protuberante.

Y dijo, por fin, que debía salir a encontrar lo que halló el otro en la ballena.

1

El hombre está sentado ante el fuego. Mira atentamente la llama. En la llama cree poder leer el futuro. Sentado allí, contemplando las olas de fuego cuyas lenguas devoran la madera y la hacen crujir como maderos de galeones de esclavos que van muriendo paulatinamente de hambre, se inviste de vínculos con el viejo mundo y con la antigüedad y la tradición. Un hombre de la calle ante el fuego –medita– es como un eremita ante un libro, en el cual encuentra la manera de entender el mundo. Allí todo es suyo, menos su nombre, Jonás, al que considera de todos. Y como todo es suyo, todo es irreal, tierra y cielos irreales, sueños irreales. Esos libros son suyos, ese caleidoscopio que halló tirado en la basura, su escopeta Greener que ya nadie arma y que mantiene rastrillada, el sombrero y la corbata que yacen a sus pies, secándose y que quizá sean las únicas cosas que de verdad le importan. Su oscuro bigote. Sus oscuros ojos españoles. Ese porte de un grande. Un papel en el que escribió mucho tiempo atrás la cifra 1862, sin saber qué le quería decir ese año en la memoria ancestral. Sus sucias uñas enrojecidas por la sangre de piojos aplastados. Una manzana rellena de azúcar. También su memoria tenía sus cosas: viejos abanicos de plumas, un adorno de cuentas de ámbar en el cajón de su madre. Cuando era niño, había una jaula de pájaro colgando en la soleada ventana de su casa. Es suyo el recuerdo de haber cantado como un loco en la pantomima de Turco el Terrible. Es suya la idea de que los hombres ponen sus ojos en él para derribarlo. Es suyo el júbilo fantasmal, en ese lugar apartado de la memoria colectiva, en el que juega con los juguetes que la naturaleza le deja recordar, como un vampiro, como un masticador de cadáveres.

–No tenían derecho. Debieron haberme dejado allí –masculla.

A lo que se refiere es a un viejo desafío entablado con unos amigos de infancia, que consistía en entrar a la casita del perro más fiero del barrio cuando estuviese allí durmiendo y morderlo, y volver con la boca ensangrentada con sangre del can, y que al oírlo gritar, dos de los niños que esperaban expectantes fueron en su auxilio sacándolo ungido, de pies a cabeza, de su propia sangre.

Mastica el aire como otras veces lo hizo con agua, por imaginarse el sabor de su sangre de aquella remota noche. Mastica el aire como se mastica el sabor amargo de la derrota, que queda aferrado en el paladar.

Está en una ciudad a la que otros hombres llaman “allá”. Siempre ha estado allá. Allá es donde ha hecho todo. Lo imaginable y lo que pocos imaginarían. Ha estado en noches turbulentas con toda clase de criaturas. Ha encontrado placer carnal en muros o en postes. Ha violado y ha intentado ser violado. Ha reído y ha llorado hasta batir cualquier intento de récord mundial. Ha disparado su escopeta Greener al cielo, imaginando dónde caería esa bala, sobre qué corazón. Ha exhortado a hombres a cometer actos impúdicos con la réplica de que todo hay en el mundo, y todo en un mismo contexto, pero en distintas latitudes. Ha jurado encontrar hombres bailando danzas profanas en Iglesias católicas. Ha jurado no descansar hasta dar con el hombre más bueno del mundo, que no podía estar en otro lugar que no fuera allá. Ha creído hacerlo todo y ha descubierto, por fin, que nada hay valedero en el mundo salvo él, Jonás jugador, Jonás corruptor, Jonás amante profesional, Jonás reverendo pastor. Era absurdo que dudara de tan evidente realidad. Jonás era un hombre polifacético y con amplias perspectivas, que vivía en el mundo. Jonás, el hombre de mundo. De un mundo pletórico de nuevas posibilidades que él sabía percibir. Por eso Jonás estaba sentado ante el fuego, tratando de leer el futuro, esperando que Dios se le manifestara en la llama. Pero él sabía que el Señor se da nuevas formas para comunicarse con sus profetas. Ahora los posee. Titiritea sus manos y sus pies, mueve sus bocas como el ventrílocuo perfecto. Sabe cuál es el destino.

2

Jonás se hallaba comiendo cuando llegó Stelle Arnaud al restaurante Sbisa. Ella lo miró de lejos, reconociéndolo.

–¿Me recuerdas? –le preguntó cuando se acercó con una copa de ron en su mano derecha.

Había amado. Se había casado: sacramentalmente. Había sido feliz.

Jonás arqueó las cejas, gesto que a Stelle no le dijo mucho, por lo que sonrió y tomó asiento.

–¿Te gusta el olor del whisky? –preguntó Jonás.

La otra meneó la cabeza.

–Yo tenía mis faltas. ¡Yo era débil! ¡Esta maldita bebida! ¡Sí, maldita! Porque me hizo fuerte –y entusiasmado, vertió su whisky en el suelo.

Stelle hizo una seña a la camarera:

–Otro whisky para este caballero.

–Si alguien me hubiese sostenido, yo habría podido curarme. Sí. Por ejemplo, una mujer pura, como tú. Una mujer que no sea seducida por la paz, que no busque una vida placentera. Que entienda que la horrible serpiente entre la hierba es la que más necesita caricias y mano dura. Pero esta maldita bebida es la culpable. Hoy he hablado en público. He vociferado ante una veintena de personas que se dieron un rato para oírme. Pero su reacción me desanimó. Todos me escucharon atentos, pero nadie dijo nada, se limitaban a asentir. Ay de este pobre mundo, con hombres que se detienen porque creen que alguien puede darles una solución y que a final de cuentas vuelven a partir hacia sus vidas pecaminosas. Dios lo ha intentado, en todo lugar y a cada momento. Cómo se ha esforzado. Ahora sé que viene el tiempo final. No creo que mate a todos, que haga caer lava sobre las ciudades o algo así, pero estoy seguro que dará su zarpazo definitivo. Que se encargará de las prostitutas y sus proxenetas, que hará añicos a los embusteros y que acobardará a los pedantes. Sé que pronto su mano caerá fuerte.

–Mi querido Jonás, no te he visto desde el último año de colegio, pero sí he oído hablar de ti. No creí que fueran ciertos todos esos chismes. Saldré sorprendida de aquí, te lo aseguro. Solamente quisiera decirte que Dios no toma esas represalias así porque sí. Si lo hace, lo hace con un convencimiento de que aquello es lo último…

–¡Cómo osas…! Te atreves a decirme que entiendes los designios del Señor. Que sabes las razones últimas de Su obrar. ¡Habrase visto insolencia! ¿Quién eres tú para creer que Dios te ha contado en sueños sus intenciones últimas? ¿O acaso te consideras en la capacidad de entenderlo? Entre niños, entre ebrios, entre mujeres, entre esclavos se entienden porque comparten sufrimientos o estados mentales. ¡Qué podría compartir con Dios una mujer apátrida como tú que se ha sentado a escuchar chismes sobre patriotas como yo!

Bastó para hacerla levantarse de su silla, para que palidezca ante una tierra ensombrecida y tome un camino distinto, atragantándose el ron hasta hacerle expulsar una lágrima de tristeza. Había conocido a Jonás porque, de chica, durante su época de prosperidad, había ido a la escuela con Susan Borlop, hija de exiliados polacos. Cuando murió Susan, amistó con hombres y, entre ellos, con Jonás, quien nunca le pareció ni interesante ni agradable. Después de esa diatriba del hombre, a ella no le quedó más que recordar por qué nunca intentó intimar con él.

3

Esqueletos de vías. Señales de peligro. A diestra y siniestra mujeres apoyadas a las paredes. Hileras de casas mugrientas con puertas entreabiertas que, para catar lo que ofrecen, invitan a ingresarlas. Hombres y mujeres raquíticos se pelean por entrar. Parece Ellis Island, cuando emigrantes europeos querían franquearla y optaban por disputar un turno. Allá hay de todo, menos salubridad.

Jonás pasa por allí. Le dan sacudidas algunas mujeres dementes. Hay una pigmea que le jalonea los pantalones y que luego se balancea en una cuerda, absolutamente desquiciada, creyéndose malabarista. Un hombre recostado contra un basurero, gruñe y ronca, y una especie de gnomo hurga en ese basurero, se agacha para echarse al hombro un saco de trapos y huesos. Jonás, sobre cartones apilados, se ubica en el centro de esa perfidia. Hay que verlo levantar las manos y pedir atención. Desde una esquina es visto atentamente por dos guardias nocturnos que no pretenden entrar a esa oscuridad, pase lo que pase.

Se rompe un plato. Una niña chilla. Figuras errantes atisban desde agujeros. En un cuarto alumbrado por una vela metida en el cuello de una botella, una mujer le quita las ladillas a un niño escrofuloso. La voz de Jonás parecería cantar, aguda, pero nadie lo entiende. Es como si estuvieran mirando una película de idioma extranjero pero sin subtítulos. Al ver que todos vuelven a sus monotonías, Jonás se alegra y siente que en su interior corre la voz del salvador, que entiende que al Reino entrarán los pobres, los marginales, los que pueden lanzar a la vez por la boca y el esfínter una salva de pedos.

Buen trabajo para una noche.

4

Un aura de misterio lo envuelve. La barbaridad, que en ocasiones toma el nombre de odisea, aturde su cabeza. Él cree que es la luz, que se instala allí definitivamente. Enciende el fuego. Habla con Dios. Parecería darle reseñas literarias, que deberían ser temidas y esperadas con fruición por aquellos a quienes su ingenio y sus dardos envenenados no tocan. Éstos sí, éstos no.

De tanto hablar solo, cae rendido de cansancio. Cuando recobra el aliento, cruza a todo correr la Carretera 102. Ni siquiera sabe por qué corre. El ambiente está helado. Le duelen las orejas y apenas puede mover los dedos de las manos.

–Abran –dice casi en voz alta.

Una señora corpulenta abre. Compra un periódico y por fin lee, buscando algo que sabe que debe estar en algún lugar del diario. Debe ser un anuncio. Una frase que Dios debía haber escrito en el periódico. La señal definitiva.

Tras no encontrar nada y para matar el tiempo, se afeita con una navaja usada. El mundo parece deshabitado. Pero no es así, antes había comprado el periódico a una mujer de brazos desproporcionados, tomando en cuenta su estatura y el grosor del resto del cuerpo, a quien además había dado las gracias. ¡Vaya favor!, piensa.

Silba y los silbidos le atraviesan su propio tímpano. Desafina mucho y para colmo siempre elige la misma canción. Se pregunta, por la saliva que tiene que tragar para volver a silbar, si alguna boca querría su boca para su beso, esa boca que tanto desprecio demuestra en sus fruncidas formas. Y canta: es hora de que su pobre alma retorne al cielo. Decían –se dice– que los nacidos en un jueves llegarían muy lejos; pero no creí que tanto así. Tanta pasión que lo roe desde adentro, toda la torpeza humana aglomerada en su interior para que, intempestivamente, se apodere de su cráneo una imagen de mujer. ¿Cómo metaforizar aquella imagen? ¿Cómo quitarle lo ideal y dejarle la esencia de una mujer? ¿Cómo no extraviarse en el sentido de la belleza? ¿Cómo despegarse del pellejo el ansia, la sensación de ese cuerpo lejano? ¿Cómo decir que una mujer debe ser usada, que ella tenía derecho a su parte de viuda, tenía derecho a legarle a él a Satán burlón? Un cigarrillo –piensa, hermoso de tristeza–, por el amor de Dios, un cigarrillo, así me callo, dejo de silbar y no me vuelvo a acordar de ella, de sus besos. No tiene cigarrillo. Pero sí hambre, que en su defecto da lo mismo.

Venus le ha contorsionado los labios, como en acto de oración. Como en acto de oración, ve al cielo. Le parece muy natural sentarse a contemplar la luna, o las estrellas, o lo que sea que hubiere en el firmamento. Lo ve asombrado, como el primer hombre, aquel que le dio su nombre. Piensa con algo de ingenio: Está en posición de firmes, incólume, y firma algo, quizá la frente de todos los que lo ven. Ah, de eso trata el Ramadán. De ver al firmamento limpio, sin ataduras físicas. Luego se desata en improperios: Pero qué diantres espera. Mi expiación no llegará de no ser que Él ponga cartas en el asunto.

A pesar de todo, Jonás se la pasa bien, no se puede negar. El monstruo que tiene adentro lo molesta un poco, pero pronto vuelve en sí, debajo de ese firmamento que odia para añorarlo más. Recuerda que una vez, ya entrado en la adolescencia, se la pasó toda una tarde refregándose contra la falda de su madre, quien lo sabía, pero que le toleraba los caprichos más absurdos con tal, pensaba, de que no se meta en su vida, que no le pregunte quién es su padre, por qué nunca está en navidades, cuál era la razón por la cual ella nunca conversaba con él a no ser por sus calificaciones o proyectos futuros a los que, como todo buen adolescente respondía con un encogerse de hombros, para terminar pensando que podía desfigurar a su madre, dejarla hecha un estropajo, inservible para las necesidades domésticas, para el amor, para negarle los cariños que creía merecer. Pero eso sí, la podría usar para otras cosas, para promocionarla como doble de películas de terror; no dependería de maquillaje alguno y sus solos movimientos bastarían para espantar en la pantalla, o en el barrio, y ser respetado por fin, el respeto que no logró, por ejemplo, de ella, cuando fingía morir, o de sus compañeros, cuando el perro le ganó la batalla.

Volver a casa, herencia materna. Esa casa inservible que quedaba un poco en el más allá. Volver a restregarse la entrepierna en los vestidos vacíos y raídos. Encender el televisor. Escuchar, casi dormido, que el mundo pertenece a la derecha. Su mundo. Que pertenece a la derecha y a los que son humanos. Y decirse: ahora lo entiendo. Soy zurdo y sobrehumano. ¡Así cómo iban a hacerme caso!

5

–Hola –escuchó Jonás, sentado ante la barra del bar Liliput, lo que lo distrajo de su estrujar a una servilleta, lo que a su vez lo hacía en diversas formas de tortura, creando minúsculas momias retorcidas–, ¿cómo está?

Giró la cabeza y miró de reojo a un hombre de rostro curvilíneo e informe, como el de un niño, que chupaba con fuerza un tabaco, sintiéndose casi irritado de ese poco cuidado que infundía. En realidad, lo que ocurría era que se hartaba de pensar que alguien no lo conocía. Tras un segundo de vacilación de si hablar o callar, volvió la mirada al fondo de su copa de whisky.

–Hola, he dicho. Está bien. Tal vez sea usted uno de esos caballeros que van a los bares a perderse, a invisibilizarse o alguna de esas cosas. Pero yo no soy de aquellos. Me llamo Óscar…

–Eso es imposible –reaccionó Jonás–. Usted debe llamarse Jonás.

Óscar se le quedó mirando una fracción de segundo e inmediatamente rompió en carcajadas estruendosas y antipáticas que denotaban un alto sentido del sarcasmo de su parte.

–Vaya manera de empezar una conversación, amigo mío. Le digo que sé bien cómo me llamo. Mis padres me pusieron el nombre Óscar en honor a Óscar Fleming, un conocido suyo. Tal vez habrá oído hablar de él.

–No. Y lo que extraña es que usted venga con supercherías a incomodar a una persona que posiblemente esté, frente a su copa de whisky, ingeniando una obra maestra que podría cambiar el devenir de los hombres.

Ante esas palabras, a Óscar no le quedó sino hacer un esfuerzo, evidente por el entrecejo fruncido, por reconocerlo como alguna personalidad pública.

El bar Liliput no cerraba nunca. Sus clientes podían permanecer allí, a pesar de la ley, y consumir venenos embriagadores hasta la hora que les pareciese. A medianoche cambiaban a sus camareros por unas muchachas muy alegres que cada veinte minutos bailaban sobre una tarima desproporcionada danzas eróticas y que servían a los clientes alcohol a mitad de precio. Precisamente en ese momento, un trío de camareras comenzó su rutina.

–Vaya –empezó Óscar–. Por eso prefiero la noche. Cuando la noche alcanza la mayoría de edad, se pone buena. Lo único malo es el amanecer. A esa hora es horrible. Cuando las botellas están vacías, cuando empalidece el sol las caras de los borrachos, éstos parecen cadáveres y ese deseo de antes se vuelve repugnancia. Aunque, para serle honesto, yo tengo debilidad por los espectáculos mortuorios –añadió sin notar la incomodidad de Jonás, quien quería bajar de la silla sin hallar forma de hacerlo, al menos no sin lastimarse gravemente.

La mano de Óscar esbozó una larga caricia en el aire. Parecía el movimiento in crescendo de un director de orquesta que alista el clímax de la sinfonía. Jonás vio brillar la luz en las gotas de whisky que se equilibraban en las puntas de los dedos de Óscar, quien siguió bebiendo y sonrió a su bebida inclinada y a los labios de una camarera, la señorita Douce que casi canturreaba, sin cerrarse, el canto oceánico que sus colegas entonaban en el escenario.

Recién en ese instante, notó Jonás que ese vocinglero expulsaba un aroma un tanto inusual. Tuvo que escarbar en esa memoria suya, que tenía solamente cosas suyas, y que casi había embodegado ese olor. Luego, la droga se le hizo inconfundible.

–¿Sabe qué hice hoy, amigo Jonás? Hoy me inscribí para el seminario católico. Aquí donde me ve, pronto seré monaguillo, se lo juro.

¿Monaguillo aquel hombre que bordearía fácilmente los cuarenta y cinco años? El semblante de Jonás iba opacándose poco a poco, pero ahora no era un resultado de su repudio para con la situación, si no más bien una suerte de extrañeza, la misma que siempre creyó provocar él en los demás.

Óscar prosiguió, indiferente a Jonás y de alguna manera motivado por el contoneo incendiario de aquellas chiquillas:

–Y le puedo decir, hip, más… Eh, ¿cómo era su nombre? ¡Va, como si eso importara de verdad! Le decía que le puedo decir más. Por ejemplo, hip, he descubierto las palabras de algunos conceptos habituales de la gente. Dígase, cuando alguien no sabe, hip, cómo llamar a un inglés, lo mejor es decirle Jhonny Walker. Inmediatamente se identifican. O, ¿cómo se llama el, hip, el lugar que hay que visitar en viaje de novios y que luego causa muchas decepciones?, pues Italia. O, ¿dónde todo es de porcelana: el piso, las mujeres, los recuerdos, hasta la seda?, en Japón. O mejor, dígame, amigo, hip, ¿cuáles son trabajos inútiles? Pues bien, las pirámides, los internados para drogadictos, los sermones sacerdotales, la enseñanza de la letra manuscrita, ponerle a una hija el nombre Delphine, tratar de hacer que los demás se parezcan a uno, es decir, el ego. ¿Cuál es la cosa, hip, perdón, cuál es la palabra que infunde respeto y nadie sabe qué es? Numismática. ¿Qué nombre sería ideal para un gladiador romano? Pues Póstumo.

Y en esto se detuvo. Jonás, como un mal alpinista, intentaba bajarse de la silla. No soportó más, sobre todo después de oír la palabra ego.

–Pero amigo, se va a hacer daño –fue lo último que oyó antes de caer de trasero en el suelo y llamar la atención que de todos hasta entonces estaba posada sobre las bailarinas, antes de salir a empellones del bar sin pagar la cuenta, antes de irse de bruces sobre la acera y en el mareo creer que en su vómito se leía Óscar, por más que quiso hallar en su lugar la palabra Jonás.

6

Durante el invierno y los malos tiempos, cuando la nieve se apropia de los bosques y del ánimo, las huellas aparecen y desaparecen con frecuencia, los copos desfiguran los monumentos y esconden las escenas de muerte. Los cuentos de invierno son sacados a la luz.

Jonás está sentado, con la paz de Dios susurrándole en la cabeza paz, paz, paz, de caqui de la cabeza a los pies. Se siente como absorbido en aquella paz, en esa blanca tranquilidad invernal. Le apetece un trago de licor. El turbio licor lo calma. Pende entre la calma y la calma. Y todo se tranquiliza poco a poco, y todo cuanto lo ha hecho opaco –todo el ruido del mundo, todas las inquietudes, todos los deseos, todos los sentimientos personales– comienza a caer sin ruido en lo invisible. El turbio licor cada vez se trasluce más. Detrás de aquella bruma que se disipa poco a poco, está la realidad, está Dios. Es una revelación lenta, progresiva. “Paz, paz”, murmura para sí; y las últimas arrugas se calman sobre la superficie de la vida, anonadadas por la calma absoluta. Ya no tiene deseos ni preocupaciones. El licor, ahora, es completamente claro, más claro que el cristal de la botella que lo contiene, más diáfano que el aire. Ya no hay bruma. No nieva. Descubre que la realidad sin velos es una maravillosa vaciedad; es la nada.

Jonás despertó con el ruido de un ladrido que a aquella nada la transformó en todo. De mala gana, y con algún dolor, surgió de aquel divino ensimismamiento. En las colinas, la luz del sol brillaba triunfal; y el cielo, ya sin nubes, era de un azul verdoso, como la pálida agua. Tenía los miembros entumecidos. Al verlos, el perro trotaba contoneándose en torno a un banco de fierro donde dos enamorados se desfogaban, olfateando por todas partes, buscando quizá algo perdido en alguna vida pasada. De repente salió disparado como una liebre que salta, las orejas echadas atrás, en persecución de la sombra de una gaviota en vuelo raso. La pareja no le dio la menor importancia. Jonás se dejó llevar por un impulso y dio un silbido chillón que le hirió al perro las flojas orejas. Éste se dio vuelta, trotó despreocupado de sus amos y de la gaviota en dirección de Jonás. Se detuvo, con las patas delanteras rígidas, en el borde de encaje de un riachuelo, las orejas aguzadas hacia Jonás. Volvió a silbar chillonamente y el perro movió la cola. Su hocico levantado ladró al silbido. Volvió a ladrar mientras corría hacia él, se irguió y en ese momento, gracias al fervor útil de los decepcionantes recuerdos, como un oso, Jonás aprovechó para morderlo en pleno cuello, ahogándolo. Fue un mordisco majestuoso y tan acertado, que el perro no tuvo tiempo de emitir sonido alguno, tal vez éste también sorprendido por aquella actitud inusual en un humano. Muerto el perro, Jonás lo olfateó; más parecía buitrear al perro. Ah, pobre cuerpo de perro. Ah, Jonás exultante, redimido.

El callejón de vuelta a casa. Calle de prostitutas. Harún Al-Rashid, así se llama la calle en honor al hombre que guiaba a otros hombres por el barrio de las putas en Dublín. Esas mujeres acercan sus senos lo más posible a los hombres que pasan, los exponen como se venden melones en Portobello. Él sonríe. Piensa en fruta cremosa. Sus pies lívidos, saliendo de sus pantalones remangados, azotan el asfalto. Una bufanda color ladrillo estrangula su cuello. Unos mujeriles pasos lo siguen. Le flota el pelo al aire, tras la cara áspera. Esa mujer, que esconde en la noche los defectos de su cuerpo, lo llama. Le pide que la besuquee, que se la coma, le dice te la chupo, estoy cachonda. Una blancura de diabla que viste andrajos.

7

Sí, estaba maldito, tanto como un jirón de naipes guardados en un bolsillo de pantalones, tanto como unos ojos en el desierto, tanto como un náufrago en altamar, desfalleciendo de sed, o como un hombre que manda una carta de amor vía paloma mensajera, pero en una paloma que antes se encargó de enceguecer, o, ¡lamentable!, como un mimo que descubre que su mejor silencio es la palabra. Este Jonás del mundo, este Jonás que quiso ser todos los hombres, estaba maldito, como si hubiese nacido por la oreja de una mujer sin trasero. Además, para ser todos los hombres, hay que ser un muerto. Estaba condenado, siente tanta vergüenza que el registro de criminales del mundo, manchado con todos los demás incestos y bestialidades, apenas siente su quebrantamiento. Entraba en las estaciones del metropolitano y con el periódico bajo el brazo, habitual en él, hablaba con la gente de que el mundo debe cambiar. Que cómo era posible que nadie percibiese que, de seguir las cosas como están, el final se aproximaba, que Dios, o Su ira, pronto fulminarían todo. Y nadie le hacía caso. Allí se lo podía encontrar, predicando la Buena Nueva, advirtiendo las calamidades. Pero estaba maldito, nadie lo puede negar, nadie le creía ni una sola palabra. Un loco más, decían unos. Otros, lo escuchaban por pena. Y había quien se encolerizaba y lo insultaba o intentaba agredirlo. Pero estaba maldito el pobre de Jonás. No olvidaba los cuadros amarillentos de su infancia, los que se habían amarillado por el paso de los años y los que aparecían amarillos por ese lejano y borroso porvenir que nunca llegó. Todo ese trajín, la palabra de Dios en su boca, no era otra cosa que una excusa. Una justificación para su mala fortuna.

No regresó a Liliput en un buen tiempo. Arregló su casa, hasta casi volverla un hogar. Pensó seriamente tramitar el traslado del cuerpo de su madre, que descansaba en el camposanto, para enterrarla donde ella siempre quiso y que él se empeñó en objetar ya muerta ella, bajo el roble del patio de atrás. Encaminó los bienes familiares e invirtió buena parte del dinero heredado en la bolsa de valores. Pero al regresar al bar, se sintió Gulliver, porque su suerte había sufrido un vuelco.

–Señor Jonás, por favor –le invitó el camarero a tomar asiento.

Abrió los ojos con expresión de alegría y curiosidad. Luego frunció el ceño. Era un guapo joven con mucho garbo que le acercó la escalera para que Jonás subiera a la silla. Buena raza, pensó Jonás.

–¿Qué se le ofrece?

–Una cerveza, tal vez.

–Disculpe que me entrometa, pero usted siempre se pide un whisky en las rocas.

No podía creerlo. Lo recordaban. Su esfuerzo no había sido en vano. Recordaban su rostro, por lo tanto recordaban su misión o sus alegatos, la de un hombre que sabe que si ha de vivir debe hacerlo sin timón y en el delirio, tal como lo pregonó Santiago. De repente, Jonás Mundo fue Jonás Donsonrisas, Jonás Ojosdeplacer, Jonás Miradaclaratímida, en suma, Jonás Cualquiera.

Con un largo suspiro, asintió a la sugerencia del camarero, y volvió sus gafas a la nariz. Dominado por una ardiente alegría, Jonás el superhombre, Jonás el maestro de literatura francesa, Jonás el mentiroso, se obligó a pensar en su vida, buscando con alivio la imagen que más le gustara, y no halló nada más grato que ese momento. La corbata en arco, el cuello cruzado, los dientes en los que aun sentía residuos de sangre de perro, el cerebro lastimoso con despreciables recuerdos, los gestos mecanizados, groseros, el exceso de audacia de los ojos y, en la boca, la curva aplastada de la resignación.

Y si éste era su posible destino, si por el sólo hecho de vivir corría el riesgo de ser popular, de llevar podrido el cerebro una decena de años antes de que se le pudriese el cuerpo, pues habría de acoplarse al mismo. Pensaba en la vida, y no sentía que ella fuera su fatalidad. Una fuerza ciega lo obligaba a crecer, a gozar, le interesara o no.

–He aquí, señor Jonás, su whisky –dijo el camarero con gran rapidez, como apurado.

Jonás se lo agradeció con una sonrisa entrecortada. Lo que en verdad agradecía era el haber escuchado de sus labios, otra vez, su nombre.

En esos labios, pensó, me siento como una oruga en su capullo.

Brindó en silencio por sí mismo, una, dos, tres veces. Proverbialmente apacible, colosal, incontenible, frenético, ambiguo, universal y único, como un hombre que sabe que quiere masturbarse pero que no encuentra en ningún lugar una imagen satisfactoria, digna de sí mismo, de su hartazgo que pronto ha de devenir lastre, Jonás se levantó, bajó las escaleras de la silla, por un extraño impulso contó quince segundos antes de abrir la puerta y salió del lugar.

8

De tanto loco está lleno el mundo, se dijo ella, que terminó por aceptar. ¡Con tal que me pague! Hay que verla frotando el índice contra el pulgar para indicar dinero.

Y empezó a decir Jonás, en varios tonos, lentamente o como en un asalto de cólera. Espantada como si el fin del mundo fuera ese nombre. No lo dijo ciento una veces. Lo dijo más de quinientas. Lo dijo en do menor y la siete. Lo dijo acongojada, llorosa, sonriente. Enronqueció para decir Jonás. Cantó: Jonás, Jonás, Jonás. Y él la pausaba. Y él la apuraba. Cuando la pellizcó, le pidió que en lugar del ay cotidiano o cualquiera otra expresión dijera Jonás. Cuando la besó, con su lengua adentro de ella, le pidió que dijera Jonás. Cuando por fin la penetró, cuando fueron uno, ella no podía decir más que Jonás. Cuando batallaban, cuando se ensartaban con dificultad, cuando hallaron la posición perfecta, cuando ella empezó a gritar Jonás, Jonás, como una mujer medio demente, cuando la carne se hizo sangre de tan herida que estaba. Cuando entendieron que estaban embrujados, convencidos por una rutina. Cuando todo fue claro y llegaba a ellos el retoño, ella no dijo más que Jonás, y él se limitó a escucharla.

Jonás conoció el oprobio, la duda y culminó sus días como admirador de la diversidad. Acudió seguidamente al burdel y de tan gigante que era, supo que ya no cabía en el bar Liliput. Era fácil verlo por allá de la mano de una morena africana de diminuta cintura que parecía indiferente a sus afectos y que se mantenía tercamente muda, besándola una y otra vez ante la repugnancia de la gente, jurándole que aquella noche estaba drogado, con algo callejero e involuntario, gente a la que respondía que no sabía a qué se referían cuando le preguntaban si él era aquel Jonás que deambulaba con la palabra de Dios a flor de labios, el mismo que ahora, cuando le toca presentarse ante alguien, se inventa, sin aspavientos, un nombre distinto.

De vez en cuando, sin razón alguna, se puede jurar que se pone a sollozar. Casi siempre está exhausto y a veces, muy pocas veces logra dormir.

–Mujer –le dice a la morena–, es que a veces se me va el alma en los sueños.

 

Sobre el Autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta (2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .

 

A la llegada de los monstruos

Por: Adrián Ávila

La descarga quebró el silencio del valle. Los animales huyeron de entre las matas de jaras esparciendo a las mariposas por el aire. Una liebre cayó muerta.

A lo lejos, un par de muchachos a gatas miraban la escena.

–Pascual, ¿Le diste? –preguntó el chico alto. Se había quitado la gorra para abanicarse.

Pascual asintió. Sostenía un rifle entre sus manos, era chaparro y llevaba un sombrero de paja raída. Por unos segundos escudriñó las matas de jaras y se levantó. El muchacho alto lo imitó y corrió hacia el cuerpo de la liebre.

–Le diste entre los ojos –gritó el alto.

–¡Chinga!

–¿Qué?

–Así no me sirve la pinche cabeza.

–Lo demás está bien –dijo levantando al animal de las patas. De sus orejas se derramaban gotitas de sangre que se ennegrecían al mezclarse con la tierra.

–Amárrala. Vámonos ya.

–Espera.

–¿Qué?

–Estaba preñada. Mírale las tetas.

–¿Y eso qué?

–Sus crías…

–Solitas se van a morir.

Bajaron por la pendiente tomando el camino que los llevaba a casa.

De una loma de tierra sobresalía un cardón alto y espeso. Su tronco medía dos metros de altura y sus ramas se abrían alzando cientos de brazos espinosos y floridos. No había hora del día en que no hiciera sombra. Los lugareños lo llamaban Quinametzin. Resaltaba desde lejos, intimidaba de cerca. La tierra roja lo hacía más verde y el cielo azul más humilde. Los muchachos lo miraron al paso.

–Podríamos criarlos.

–Sale más caro.

–Pero a poco…

–Cállate –dijo Pascual en voz baja deteniendo de forma abrupta su paso. Puso su dedo índice sobre sus labios y miró directo a los ojos de su amigo. Giró la cabeza hacia el cardón señalando con la mirada. En la punta de un brazo, acurrucado sobre sus espinas, un gato montés relamía sus patas delanteras. Era pardo y moteado, dos barbas triangulares colgaban de su cabeza y tenía los ojos verdes como el jade.

–¡Ta’ grande!–bisbiseó su amigo.

–¿Tienes balas?

–¿Lo vas a matar?

–Sí

–¿Pa’ qué?

–Lo quiero.

–¿Y si no le das?

–No seas pendejo, desde aquí me lo chingo. ¡Dame una bala!

–Tú todavía tienes una.

–Pero no va alcanzar.

–Yo no lo quiero matar.

–Si serás cabrón –musitó Pascual alargando las vocales–. Orita vas a ver.

Sin perder de vista a su presa, sacó de su bolsa un pedazo de periódico que desenvolvió con cuidado. Bajo las capas de papel, una bala refulgió. Descolgó tres liebres muertas de su hombro colocándolas sobre la tierra. Tomó su rifle e introdujo la bala en la boca de carga. “Vas a ver”, murmuró apuntando hacia el felino que permanecía apacible sobre el cardón.

A lo lejos se escuchaba el repique de las campanas. Pascual separó sus piernas, recargó la cantonera contra su hombro, puso sus brazos tensos e inclinó su cuerpo hacia atrás. Con la mira cortó por la mitad el cuerpo del gato. Quitó el seguro del arma.

–No, Pascual –masculló el alto.

Pascual no hizo caso. Parecía un soldadito de plomo. Nada en él se movía. Retuvo la respiración, acarició el gatillo, se mordió los labios y disparó.

El gato rugió mientras caía entre los brazos del cardón. Las espinas rasguñaban su piel y él desgarraba la corteza con sus garras. Poco a poco se quedó atrapado entre los brazos. Se revolvía por los espasmos de dolor, pero no estaba muerto.

Pascual arrebató la bolsa a su compañero.

–¿Dónde está la bala?

–No, Pascual, no. Mi papá se va a encabronar.

–Se va a escapar.

El muchacho alto se abalanzó contra Pascual apresándolo por la espalda. Pascual forcejeó soltando cabezazos hacia atrás; dando pisotones y encajando sus uñas. Fatigado, optó por tomar de los genitales a su enemigo. Los apretó con fuerza doblegando la voluntad y exprimiendo el llanto. Ya zafado, Pascual le pateó la cara, sacó una navaja de su pantalón y le apuntó con ella en forma de amenaza.

–Llévate una de mis liebres –le espetó lanzándole la navaja entre las piernas–. Y no me estés chingando.

El muchacho alto temblaba de miedo y dolor.

Pascual tomó la bolsa y en un estuche de cuero encontró una bala. Cargó su rifle y corrió hacia el cardón. Se puso a mirar entre sus brazos a contraluz, movía la cabeza de derecha a izquierda sin cerrar los ojos, pero no encontró nada. Pateó con fuerza el tronco para después quedarse quieto acercando el oído.

–¡S… se, se, es, ca, pó? –preguntó el alto acercándose a tientas. Tenía el rostro hinchado y limpiaba las lágrimas con su playera.

–O ya se me murió. Vigila aquí.

Pascual le dio vuelta al tronco y desde allí se asomó con cuidado de no caer por la pendiente. Abajo, entre los matorrales se dibujaba un camino con gotas de sangre que se perdía entre las rocas.

–Ya lo encontré –gritó Pascual.

–¿Voy?

–¡Espera!, no mames, ¡espera!.

–¿Qué pasa?

Pascual regresó al cardón y se agachó jalando de la playera al muchacho alto para que hiciera lo mismo.

Señaló hacia el este con la punta de su rifle.

Una camioneta cuatro por cuatro cruzaba por el horizonte. Levantaba espesas nubes de polvo. De su interior salía el sonido estruendoso de música de banda que hacía temblar los vidrios polarizados. Iba rápido, por el camino de tierra que pasaba junto a la loma donde se alzaba el cardón.

Los muchachos intercambiaron miradas de perplejidad.

La camioneta pasó delante de la loma y se detuvo de forma abrupta rechinando como un monstruo lastimado. La música se interrumpió. Incapaces de observar, los muchachos se acercaron, a gatas, a la orilla de la loma. El gato montés yacía frente a la camioneta. Se arrastraba con dificultad y su barriga pulsaba de forma acelerada.

Del lado del copiloto se apeó un hombre de mediana estatura. Sus botas levantaron el polvo y acomodó su sombrero de ala con ambas manos. Vestía todo de negro. Llevaba ornamentos de oro, anillos, cadenas y la prótesis de un colmillo superior que se relamía por reflejo.

–¿Ese es…? –preguntó el más alto en voz baja.

–Raúl Biani Bronco…

–No fue el que…

–Sí…

Pascual tomó su rifle y apuntó a Raúl Biani Bronco.

–¿Qué vas a hacer, cabrón? –preguntó el más alto en voz baja.

Pascual no respondió.

–Nos van a matar, Pascual.

Pascual quitó el seguro.

–A ese cabrón no lo matan las balas. Pascual, escúchame.

Pascual respondió:

–Vamos a ver.

Raúl Biani Bronco se acuclilló frente al gato y lo examinó con detenimiento. El animal respiraba con fatiga. El hombre lo tomó del pescuezo y sacó de su cinturón una navaja con la que perforó la herida sacando la bala de un tirón. El gato se retorció maullando de dolor desgarrando la chamarra pesada de Raúl Biani Bronco. De la herida salieron borbotones de sangre negra.

Desde lo alto, los muchachos observaban la escena. Pascual mantenía la mira fija en la cabeza de Raúl Biani Bronco. Parpadeaba poco y si lo hacía era para drenar las gotas de sudor que se le acumulaban sobre los párpados. Estaba tieso como piedra.

Raúl Biani Bronco sacó un pañuelo de su bolsa trasera. Vendó al gato con delicadeza, pero apretó un poco para obstruir la hemorragia. El animal se retorció respirando con debilidad. Raúl Biani Bronco lo acarició suavemente. El gato le olisqueó la mano y comenzó a lamerla con sus pocas fuerzas.

Pascual acariciaba el gatillo.

El viento sopló agudo.

 

 

Sobre el autor:

Ciudad de México (1989). Periodista, investigador en literatura y videojuegos.