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El espíritu de (no) ser Chiquititas

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Por: Carolina Calcagno                                                         Foto: Lineth Paz @coleslawhat

Tenía alrededor de siete. Estaba en la sobremesa del mediodía con mi mamá. Solíamos quedarnos solas charlando, hábitos madre-hija que hasta el día de hoy conservamos. Hacía ya varios días que tenía una inquietud que dentro de mi mundo de ciento veinte centímetros, representaba bastante. Aproveché la intimidad, tomé valor y sin pensarlo mucho, lo largué: “mamá, quiero ser huérfana”.

Mamá abrió los ojos. Supongo que nunca hubiese imaginado una sepultura en vida; mucho menos que vendría de parte de una de sus hijas y a tan corta edad. Ahí lo tenía: su rol de madre puesto en jaque en cuatro palabras. Años de crianza exclusiva tirados a la basura. Al día de hoy, recordamos esa anécdota con humor.

En Rincón de Luz las camas tenían doble frazada, los escalones sonaban como teclas de piano y las comidas variaban más que el guiso de arroz. Así cualquiera es huérfanx. No fui la única en confundir ficción con realidad, querer escaparme de casa y subirme al primer tren con destino a Telefé. Un mundo que, incluso siendo ficción, amalgamaba aspectos y elementos de la realidad.

La anécdota deja de ser divertida cuando tomamos dimensión del “mundillo Chiquititas”: la telenovela de mayor duración en la historia de la televisión argentina; con más de mil episodios; seis temporadas teatrales récord en la historia del teatro del país; varios discos musicales que alcanzaron importantes ventas; premios Martín Fierro, Gardel y un Grammy Latino; emisiones en treinta y seis países; giras a Israel; una versión mexicana y una brasileña.

Los datos son relevantes no sólo por los aportes al negocio Cris Morena Group, sino por el tiempo ¿invertido? ¿gastado? de los consumidores del programa. Hablamos de niñas -y también niños- que, de ser disciplinadas televidentes y no perdernos ni un capítulo, gastamos alrededor de mil doscientas sesenta (¡¡mil doscientas sesenta!!) horas de nuestra, entonces, corta vida, únicamente viendo Chiquititas. Prefiero ser piadosa y no tener en consideración el consumo de VHS ni cassettes, ni las idas al teatro en plenas vacaciones de invierno.

Reflexionar sobre los consumos culturales a lo largo de nuestra vida incluye, entonces, pensarnos como consumidores desde la niñez. Subestimar Chiquititas sería desconocer la influencia y el rol socializador de la telenovela. Mi relación actual con el programa de Cris Morena es ambivalente: si por un lado, domina una mirada inquisidora respecto de las cargas ideológicas impresas en programa; por otro, me resulta extremadamente complicado -y arrogante- pensarme y pensar mi biografía por fuera de él.

El camino más fácil siempre es el de criticar de principio a fin los estereotipos que asume, las desigualdades que evidencia y los efectos que produce el programa televisivo en sus consumidores, en este caso, un público infantojuvenil. Sin embargo, me interesa pararme en esa ambivalencia que planteé anteriormente: es decir, poder reflexionar sobre el mundillo Chiquititas desde mi propia vivencia.

En las últimas semanas me tomé un rato de cada día para intentar interiorizarme nuevamente en la telenovela. La gran mayoría de los capítulos y videoclips, con mejor o peor calidad, pueden encontrarse en Internet. Eso ya es un dato relevante, no sólo porque me ahorró desempolvar los VHS, sino porque evidencia el poder de la cultura digital, de cuyo alcance hacemos uso, pero también somos partícipes en su producción.

A esta altura, la crítica en términos de clase ya parece una obviedad: nada tienen que ver los huérfanos de Rincón de Luz con los de la realidad. Es más, parecería ser que a Cris Morena esta reflexión no le quitaba el sueño; por momentos los guardapolvos de colores del hogar hasta se convertían en uniformes de colegio privado, con polleras escocesas de lana, camisas blancas bien planchadas y mocasines de gamuza.

En pleno 2019 resulta imposible ver Chiquititas sin los lentes del género. Nos guste o no, generaciones enteras crecimos con esta novela, que nos sugirió -por no decir impuso- sutilmente cómo ser niñxs pero también cómo crecer y comportarnos. Entre los videos, hay tres que -además de chorrear estilo noventoso en su estética y ser pegadizos- resultan atractivos para mostrar los ideales que reproducía el programa.

En ¿Qué hiciste, qué?, además de confirmar que mis habilidades actorales no estaban muy lejos de las de mis ídolos de la TV, vemos que son los pibes los que encaran a las minas. Van de frente, las obligan a darles bola, y se las apretan. ¿Alguien no está pudiendo ver acoso? Me avisan.

Del otro lado, las pibas son enamoradizas, les gustan los pibes porque las hacen sentir protegidas y les dicen cosas lindas. El último mensaje: si no se apuran, se quedan solas. En línea con esto, La Edad del Pavo, mi en aquel entonces canción preferida, confirma que parecen tontas al solo querer estar de novias y no jugar con los pibes. Bueno, podríamos seguir, pero dudo que encontremos algún intersticio en tanta heteronorma. La pubertad parece estar llegando y no hay ESI que los acompañe.

Chiquititas posibilita mucho más que un ejercicio de desentrañar ciertas formas de operación del discurso mediático. Permite adentrarse en una comprensión más amplia del sentido que este discurso adquiere en el contexto socio-histórico que vivíamos y que, aunque lo neguemos, vivimos. Estas líneas no fueron un intento por develar nada que no haya sido dicho. Más bien, son una excusa para revivir ciertas imágenes e ideas con las que muchos crecimos. Y, por qué no, para pedirle perdón a mi mamá.

Sobre la autora:

“Charlatana por deporte. Cantante de ducha y cocinera de lemmon pies. Copas mediante, una amiga me dijo tener una “dulzura política”. No sé lo que significa pero garpa. Habito la Universidad Nacional de San Martín y edito en Revista Márgenes.”