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Niñez marica en los 80, “Papelucho gay en dictadura”

Por: Alejandro Córdova & Revista Tránsitos
Foto: Maca Rodríguez

De cara al inicio de la tercera década de este siglo, Latinoamérica ebulle: por un lado la vuelta de gobiernos neoliberales -junto a las crisis cíclicas del capitalismo- la crisis de subjetividades y las formas tradicionales o institucionalizadas de pensar lo político, que a su vez reclaman una radicalidad que aún no termina de asomar en el horizonte. Por el otro, llegan bocanadas de aire fresco gracias al feminismo con el que se pone en marcha una nueva cultura política, una reconfiguración de las identidades, una praxis sin precedentes a nivel micropolítico.

Pero hace falta explorar el pasado de nuestras disidencias sexuales, relegadas a un segundo plano por demasiado tiempo. Es necesario volver sobre los pasos de esa Latinoamérica desde donde se hacían carne los nuevos sujetos políticos, siempre desde las sombras del Estado, la sociedad e incluso de los partidos de izquierda. Desde ahí narra Juan Pablo Sutherland una caleidoscopica y potente autoficción donde el autor proporciona al archivo una plasticidad que habilita la representación y exploración más allá de los “hechos reales”. Sutherland publicó este año (2019) la novela Papelucho Gay en Dictadura a través de Editorial Alquimia, en ella recrea una niñez atravesada por el fantasma de la revolución que no fue, la persecución y la dictadura pinochetista siempre al acecho, y el intento de encontrar en la cultura popular, la sexualidad y la poesía el autodescubrimiento y los puntos de fuga para erotizar la vida y hacer de ello un espacio de militancia.

“Ser hombre o ser mujer, ser hombre queriendo a un hombre, ser mujer queriendo a una mujer, ser niño queriendo a un niño, ser niña queriendo a una niña. El mundo debería ser más fácil, más simple, como estas ecuaciones que armo en mi cabeza con estas dos orejas grandes que ya vuelan y que nadie podría imaginárselas en un adolescente.”

Revista Tránsitos tuvo la oportunidad de conversar con el autxr de esta novela que echa luz sobre la política de lo personal, y las herencias de las disidencias actuales y las que están por venir, los primeros trazos desde donde se plasma el anhelo reciente de “América Latina será toda transfeminista o no será”.

“Papelucho gay en dictadura” se define como un libro híbrido entre la autoficción y la escritura de memorias. ¿Cómo nace este proyecto? ¿Nace de diarios verdaderos? ¿Dónde empieza la ficción? 
La verdad que se fue construyendo de fragmentos de diarios y anotaciones para pensar la niñez marica en la unidad popular años 70, fue un proyecto que conversé con Pedro Lemebel, amigo que fundamentalmente le gustaba mucho el título como posibilidad de intervenir imaginarios. Luego el proyecto obtuvo la beca de creación y se fue armando ya con la idea de emigrar de los 70 una voz más ochentera, el libro es una conjunción de anotaciones sobre la adolescencia marica junto con la militancia política y los años de dictadura. Creo, que efectivamente está en el tránsito de las memorias novelada, es decir, trabajo de archivo pero torciendo formas clásicas del archivo y construyendo formas paralelas de narración.

“Papelucho gay en dictadura” es también un libro lleno de erotismo. ¿Por qué escribir en clave erótica? ¿Qué función tiene lo erótico en tu obra? ¿Hay una relación directa entre disidencia sexual y erotismo? ¿Entre política y erotismo?
Creo que se relaciona con el proceso de construcción de identidad, de primeros acercamientos en una sexualidad castigada en dictadura y también en la propia izquierda. Me interesó meterme en el deseo oculto, en esos episodios clásicos del silencio sexual y el secreto de la biografía amorosa en proceso de construcción, el erotismo es una expresión de la sexualidad, es una frontera que tiene su propia pulsión en contradicción con los castigos y persecución. En ese sentido, la sexualidad como gran territorio es un paisaje donde se dibujan diversas expresiones de subjetividad, identidad, deseos. El erotismo es una punta del iceberg del mundo negado.

Papelucho gay en dictadura” es también un libro político. Un libro que se inscribe a la literatura que problematiza las masculinidades de los proyectos comunistas del siglo XX. ¿Cuál es la intención al exponer el vínculo entre la militancia política y la disidencia sexual?
Expone la tensión de pensar las utopías políticas incluyendo las utopías sexuales, es decir, manifestar o exponer que los sueños de transformación social vieron muy poco el horizonte utópico de las sexualidades no normativas. Me interesó de manera íntima y no discursiva abordar esas dimensiones en franca contradicción con las formas de pensar lo político. Ahí hay quiebre, donde se arma complicidad con el feminismo para politizar lo personal. En América Latina, los sueños de transformación no incluían ese sueño marica, que contaba con muchos militantes políticos que vivían una militancia sexual no normativa, y que muchas veces la mayoría fueron castigados o despreciados.  Afortunadamente las paisajes fueron cambiando también por los imaginarios puestos de la literaturas, los movimientos sociales y figuras que propiciaron una mirada distinta.

¿Qué rol juega la cultura pop (música y tv en los 80s) en “Papelucho gay en dictadura”?
Son formas de contar la historia del personaje a través de paisajes simbólicos que fueron muy poderosos en tiempos de censura política y represión. Las series o la música, permitían puntos de fuga o torcer ciertas miradas para producir procesos de apropiación. En el caso del personaje, hay formas de leer las series que tiene que ver con el erotismo castigado o cierta masculinidad hegemónica que era transversal, izquierda o derecha. El personaje se apropia de las series para, a través de ellas, contar su propia historia, Perdidos en el espacio, Tierra de gigantes, El hombre nuclear o el propio escenario de Sábados Gigantes tan monocorde en tiempos de fin de semana en la dictadura de los ochenta.

En la novela hay una influencia de Puig sobre todo en cómo abordas la cultura popular y cómo ésta configura el inconsciente colectivo. Hoy en día parece vital poner en tensión cómo los medios construyen sentido. ¿Ves en la cultura popular actual también puntos de fuga para la representación de las disidencias más allá del mercado?
Creo que los procesos de re-apropiación cultural son complejos, pero muy atractivos para torcer los sentidos hegemónicos. En ese sentido me parece hay formas diversas de leer, y la matrix nos entrega mil versiones del mundo, pero que también esconden narrativas hegemónicas que intentan uniformar. Me parece que pese a ello, es posible abordar las formas de construir sentido. Creo que hay posibilidades en la medida que exista capacidad crítica para leer los acontecimientos o pensar en tiempo desde una historicidad fluctuante.

¿Qué otros nombres además de Rodrigo Lira calificarías como influencias de esa escena literaria underground que aparece en el libro? 
Rodrigo Lira funciona para el personaje como una heterotopia, es decir como un no-lugar, pues a pesar de ser parte de una escena literaria, el poeta aparecía claramente tanto en vida como obra desde un lugar poco leíble y agenciable para los escritores de ese tiempo, Lira está dialogando con formas diversas de entender la escritura, la cultura y su propia vida. En ese tiempo, leía a Lira, Diamela Eltit, Zurita, Puig, Lihn, y muchos otros que podrían calificarse como under, contracultura o simplemente escritores que contaban mundos no tradicionales para ese tiempo de pelea entre grandes relatos o mega-relatos

¿Qué significa ser comunista hoy día?
Me quedo con la idea del comunista utópico, local, barrial, del viejo que enseñaba a los otros sobre las formas de explotación y la conciencia de clase. Había algo ahí, metido en lo popular que desbordaba incluso los protocolos militantes, pienso en los comunistas como sujetos que pensaban la utopía casi ingenuamente. Hoy pensaría en varios personajes que siguen encarnando ese lugar, no son muchos en todo caso.  Creo que ser comunista lo separaría de ser militante, pues son lugares que muchas veces se friccionan en la política de los consensos actuales.

Sobre el autor de la nota:

Alejandro Córdova, nació en San Salvador en 1993, se formó en el programa de jóvenes talentos de la Universidad Dr. José Matías Delgado. Estudió en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, ha tomado varios cursos de redacción literaria con escritoras destacadas como Claudia Hernández, Jorgelina Cerritos, Jacinta Escudos y Susana Reyes, por mencionar algunos. Ganador del 6to Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve.

Twitter: @cordoviss