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Alegato en el Juicio de Sarajevo *1

                                             Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

Por: Roberto Ramírez Paredes

Si creo en Dios me preguntan. ¿Es eso relevante en este juicio? ¿Acaso no sabemos que el veredicto está sellado, de antemano, con mi muerte? Sería mejor echar abajo esta charada y arrojarme al lodo del patio trasero y fusilarme ahora mismo. ¿Creo en Dios? No dejo de hacerme esta pregunta desde el 28 de junio de 1914. Si mi respuesta es afirmativa, entonces Dios está de nuestro lado y fue él quien fraguó toda esta guerra y muerte. Si la respuesta es negativa, entonces solo el azar, ese misterioso soldado que no se sabe de qué lado batalla, es el único gestor de que el destino haya tomado forma de sangre y balas. ¿Y yo dónde quedo? Yo soy solo un emisario, un nacionalista yugoslavo que cree en la unificación con Bosnia y la separación, de una vez por todas, del Imperio austrohúngaro, imperio mil veces maldito, imperio al que no temo maldecir frente a usted, Su Señoría. Si yo no fuera solo un emisario del destino, los alemanes habrían encontrado otro pretexto: mi bala, mi azarosa bala fue el detonante de la guerra que ahora destroza a Europa. Yo soy solo un pretexto y me siento bien interpretando el papel.

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1 Declaración textual de Gavrilo Princip como alegato de defensa, en el marco del juicio de asesinato del Archiduque del Imperio Austrohúngaro, Francisco Fernando, el penúltimo día del llamado Juicio de Sarajevo, el 27 de octubre de 1914. Las palabras en cursiva –subrayadas en el original– enfatizan el discurso de Princip cuando quería recalcar lo obvio o cuando quería expresar ironía, según sea el caso. El acusado fue sentenciado a 20 años de cárcel: sorteó la horca porque había cometido el crimen cuando tenía 19 años (según la ley, la pena de muerte era viable si el acusado tenía 20 años cumplidos al momento de cometer el delito). Finalmente, murió el 28 de abril de 1918 siendo testigo, desde prisión, de la guerra que desató su asesinato. Aunque no consta en el informe oficial, los presentes en el tribunal afirmaron que Princip, tras preguntársele si creía en Dios, inició su alegato en los siguientes términos: Ustedes ya saben mi historia, es igual a la de cualquier serbio. Ustedes tienen mi historia redactada en sus informes, con mi firma para avalar su autenticidad, pero si quieren continuar con esta farsa según los detalles que les voy a referir, pues que así sea.

 

Soy un pretexto. También soy hijo de campesinos y sé lo que pasa en los pueblos. Sé de maltrato y humillaciones, sé de hambre y prejuicios. Sé de campesinos explotados y carteros amenazados de muerte, golpeados por unos cuantos billetes. Sé de mujeres que deben lavar ropa hasta altas horas de la noche, incluso en los días de invierno, para conseguir alimento. Sé de oficiales del imperio que violan a las mujeres de los obreros mientras estos beben en las tabernas para olvidar lo que sucede en sus camas. Sé mucho de resignarse y callar porque esta es la filosofía del yugoslavo bajo la ira del Imperio. Sé de venganzas de obreros, pero también sé de las torturas de la policía una vez que el obrero tiene la ropa manchada de sangre. Por esto tomé venganza y no me arrepiento de nada. Mis manos tienen tanta sangre como las de cualquier otro europeo, como sus manos, señores del jurado, como las suyas, Su Señoría, tanta como la de cualquier soldado ahora, rezando desde su trinchera, mientras bombas le rozan la cabeza. Lo que me diferencia de ustedes y me convierte en un faro en esta larga noche europea es que yo soy un yugoslavo, modestamente el peor de todos, que clama por la unificación de todos los eslavos del sur sin importar bajo qué clase de gobierno, pero debe ser fuera de la tiranía de Austria. Y no solo soy eso: también soy las venas y las arterias de Sarajevo, soy acción, soy venganza y soy azar, el camino del futuro, soy la cara de la nueva y unificada Yugoslavia. Es una certeza tan real como la tuberculosis que será mi parca, si antes no me atraviesan sus balas.

¡¿Qué es lo que pretendía con su visita el archiduque Francisco Fernando?! ¡¿Acaso creía que pasear por las calles de Sarajevo reforzaría la lealtad de los súbitos dudosos y apagaría el odio nacionalista de los serbios de Bosnia?! ¡¿Acaso no se enteró de que Mano Negra intentó asesinar a su tío, el Emperador Francisco José, en estas mismas calles hace 13 años?! ¡Iluso! ¡Ingenuo como solo un heredero del trono puede serlo! ¡Iluso como ustedes, los presentes en este tribunal, incapaces de ver el futuro! Su muerte sería la primera de una serie de correcciones en Yugoslavia y yo estaba llamado a ser el rectificador. Con esta idea en mente me levanté a las seis de la mañana, casi no dormí por pensar en la agenda planeada para el domingo. Me afeité, me lavé. Comí dos bollos de pan y un poco de agua… ¿Que vaya al grano, me piden? ¿Les parece irrelevante mi desayuno? Si hubieran crecido junto a mí sabrían que esos dos bollos de pan y el agua son un festín. Da igual. Para las ocho ya estaba reunido con las nuevas promesas de Joven Bosnia o la Pequeña Mano Negra, como solíamos referirnos con cariño a nuestro movimiento. Ahí estábamos Muhamed Mehmedbasic, Danilo Ilic, Trifun Grabez, Nedeljko Cabrinovic, Cvijetko Popovic, Vaso Cubrilovic… seis de nuestros mejores soldados que ustedes ya han tenido el gusto de conocer a través de incontables palizas… ¿Soplón? ¡Soplón es lo que acaba de susurrar, no es necesario que se esconda y esconda lo que piensa de mí, puede hacerlo frente a todos! Mis colegas jamás creerían que soy un soplón: ellos están tan orgullosos como yo de matar a ese perro y a su esposa preñada. Ninguno de ellos se esconde y cada uno ha confesado su participación. Nosotros no nos escudamos en el compañero de al lado para revelar lo que pensamos 2. Nosotros somos lo que ustedes rechazan. Sé que usted, señor soplón, se ocultaría bajo la falda de su madre si se le acusara de matar a la rata que le ha molestado todas las noches en la intimidad de su hogar, sé que no sería capaz de admitirlo. Y no me importa, de hecho, me enorgullece porque eso es lo que nos diferencia de ustedes, verdugos del jurado, que obran en virtud de una justicia que no comprenden. Como quieran. Después de todo, ustedes son los que demandan mi versión… Estábamos los siete repasando el plan, señalando en el mapa los puntos donde nos colocaríamos, intercambiando bromas. Algunos estaban nerviosos, otros desconcertados, pero en el fondo todos estábamos seguros: una vez cometido el crimen seríamos carne de la justicia y si no, seríamos carne de la tuberculosis. ¿Entienden? A diferencia de ustedes, nosotros no teníamos nada que perder y mucho por ganar.

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2 La afirmación de Gavrilo Princip no es del todo cierta. Durante los interrogatorios Veljko Cubrilovic, integrante de Mano Negra que ayudó a transportar las armas, intentó deslindarse de su participación en el asesinato, alegando que la organización lo había amenazado con asesinar a su familia si no colaboraba. Cubrilovic no avisó a las autoridades porque estaba más temeroso del terror que de la ley. La corte no creyó en sus palabras y fue colgado el 15 de febrero de 1915.

 

A las diez menos cuarto, los seis estábamos apostados en Appel Quay 3, separados por decenas de metros, apelmazados entre la gente curiosa que deseaba ver al Archiduque. Cada uno de nosotros contaba con un arma, pistola o bomba, y su respectiva cápsula de cianuro. Sé que entre aquella muestra de felicidad, muchos serbios deseaban la muerte de aquel perro. El sentimiento, como ven, era único. Nosotros solo fuimos los catalizadores del sentir común. Cada uno de nosotros tenía la misión de asesinarlo pero, si por alguna razón, uno fallaba el siguiente tenía el deber de enaltecer el alma de Serbia. La caravana de seis vehículos ya estaba casi en nuestros ojos. Sabíamos en cuál se movilizaba el Archiduque, conocíamos su rostro y la ruta gracias a los periódicos, conocíamos su férula porque crecimos en el campo separados de nuestros hermanos bosnios. El primero en tener su oportunidad de gloria fue Muhamed Mehmedbasic, parado afuera del banco Austrohúngaro. Como ya saben ustedes, por los informes extraídos mediante palizas, Mehmedbasic dejó pasar la oportunidad porque temió que el guardia que estaba cerca lo pusiera fuera de acción antes de accionar la bomba. Lo mismo sucedió, metros después, con Vaso Cubrilovic: tampoco se decidió a actuar. Así el Archiduque, ingenuo, siguió su camino. A las diez y cuarto el vehículo pasó frente a la estación de policía, donde lo esperaba la bomba de Nedeljo Cabrinovic. Él no dudó pero su ejecución fue torpe.

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3 Los seis conspiradores presentes en el desfile fueron: Gavrilo Princip, Trifun Grabez, Vaso Cubrilovic, Muhamed Mehmedbasic, Cvijetko Popovic y Nedeljko Cabrinovic. Danilo Ilic, a quien Princip mencionara líneas atrás, fue quien distribuyó a los hombres en la calle, mas no estuvo ahí.

 

Chasqueó la bomba en la acera y la lanzó cuando el vehículo del Archiduque pasaba frente a él. Olvidó sostenerla diez segundos y entonces lanzarla. Este tiempo fue suficiente para que el conductor se alertara del peligro y acelerara el motor. Así escapó nuestra esperanza de anunciar, con un magnífico estallido, la próxima reunificación de Yugoslavia. Sin embargo, y como ustedes ya saben, la bomba estalló bajo las ruedas del cuarto vehículo de la caravana y dos inocentes casi mueren. Esto me enteré después: Cabrinovic tragó la pastilla de cianuro y saltó al río Mijack, solo para descubrir que sus aguas secas apenas le superaban los tobillos y que el cianuro estaba caducado. Entre vómitos y las piernas casi rotas, fue apresado.

Así es como, perros del jurado, vimos nuestro fracaso justo cuando nuestra sangre celebra el día que Bosnia era parte de Serbia. Humillados y furiosos, nos reunimos en el lugar pactado: un parque a pocos metros del sitio donde estalló la bomba. Confundidos y preocupados, ellos hablaron de huir lo antes posible. Yo apenas los oía. Mi atención estaba más allá, se confundía entre la gente y pedía auxilio a gritos. Pedía la rectificación de nuestra falla. ¿Habíamos obrado sin mayor preparación? Tal vez. No buscaba culpables, pues todos lo éramos. No me habría importado si me apresaban en ese instante. Desconcertado, abandoné a mis colegas sin rumbo fijo más que el dictado por el hambre.

Y es aquí donde, querido jurado, vuelvo a su pregunta: ¿Cree en Dios, señor Princip? Si no creyera, cómo explicar los azarosos hechos que sucedieron a continuación. ¿No sería inocente descartar que Dios me guió esa mañana cuando todo ya estaba perdido? Si es así, ¿acaso es posible afirmar que Dios trabaja de nuestro lado y protege a los yugoslavos? Si los alemanes tomaron mi bala como pretexto para iniciar la guerra, ¿cómo no creer que esta es su voluntad divina? Más inverosímil aún: ¿Dios protege esta guerra o solo fue una increíble e inverosímil cachetada del azar la que operó esa mañana, conmigo en el papel principal? Señores del jurado: escojan su bando porque, por un lado, tienen la ira de Dios y por el otro, la indiferencia del azar, que es igual de cruel.

El hambre me guió hasta la charcutería Schiller, cerca de la calle Francisco José, para comer un bocadillo. Lo devoré en la acera, parado frente al negocio, absorto y maldiciéndome. Mientras dilucidaba qué hacer, vi un descapotable que aparecía en la esquina y se dirigía a mí. Era el descapotable donde transportaban a Francisco Fernando durante la caravana. Agucé la vista y confirmé sus ocupantes. El vehículo se detuvo frente a mí y pude ver cómo el chofer intentaba retomar el camino en reversa, pero el motor se había trabado. ¡Tiene que ser una broma! ¡Tiene que ser una broma! Me repetía mientras contemplaba al Archiduque y a su esposa frente a mis ojos, acomodados en el asiento trasero. Me tomó pocos segundos reaccionar y darme cuenta de mi situación: el miserable que minutos antes se me había escapado a toda velocidad ahora se detenía frente a mí como diciéndome con soberbia: ¿Me querías? Aquí estoy, dispárame. Es normal que haya dudado en ese momento porque ¿qué habrían pensado cada uno de ustedes en mi situación? Este sentimiento se exacerbó meses después cuando me enteré de que el Archiduque había decidido acortar el protocolo en el ayuntamiento para ir al hospital y visitar a los dos heridos por la bomba de Cabrinovic. Es más, en mi celda me devané los sesos buscando una respuesta a lo más extraordinario del asunto: el chofer del descapotable confundió las calles mientras conducía al hospital y cuando quiso rectificar su camino, ya estaba plantado frente a mí con el motor atorado, ya sea por cuestión de Dios o del azar. Es normal que haya dudado y que ustedes me pregunten si creo en Dios. En ese segundo no pude analizarlo detenidamente, pero sí actué como un enviado de Dios: desenfundé mi arma y disparé dos veces. Para cuando los policías me redujeron a golpes y la turba pugnaba por mi cabeza, Francisco Fernando y su esposa estaban muertos. ¿Cuánto duró? Menos de tres segundos, diría yo. Tres segundos en los que aquella broma cósmica pudo sentirse en toda su profundidad.

Ahora ustedes exclaman y cuchichean en voz baja, como si no pudiera oír sus pensamientos. ¿Cómo puede tener tan fría la sangre para haber matado al Archiduque? Eso es lo que piensan porque ustedes no ven el punto principal, se les escapa como la misma justicia: el Archiduque estaba predestinado a morir ese día bajo una bala mía. Siento pena y lástima por ustedes que solo ven un crimen donde no hay nada más que justicia divina en el más grande y complejo de los significados que puede abarcar el concepto. No lo lamento, yo solo despejé al mal del camino. Mucho menos siento pena por el hijo que Sophie llevaba en sus entrañas: de seguro hubiera crecido y se habría convertido en otro Francisco José.

Ahora, si pueden ver el dilema que este evento encierra y que desencadenó en la guerra que está asolando a Europa, allá afuera de este tribunal, déjenme descansar en paz o dispárenme de una buena vez. No hay necesidad de llevarme a otra prisión. Mi vida se acaba. Señores del jurado, clávenme en una cruz y quémenme vivo. Mi cuerpo en llamas será la antorcha que guíe a mi pueblo por el camino de la libertad.

 

 

Sobre el autor: 

Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). Su obra No somos tu clase de gente se adjudicó el Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit de Novela 2017 (https://goo.gl/VGCp7w y https://goo.gl/4VyVVk). Su libro de cuentosFábrica de maleante y otras vidas imaginarias obtuvo una mención de honor en el XX Concurso Nacional de Literatura 2018 “Luis Félix López”, de la CCE-Núcleo Guayas. La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México (https://goo.gl/8YxFbK y https://goo.gl/RsDuU5). En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami (https://goo.gl/7t7nPx); en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial.

Ha escrito estudios introductorios para obras de Flaubert y Dante, ha ganado concursos de cuento, ha escrito para El Comercio y Hoy. Estudió el Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra —donde recibió cátedra de reconocidos talentos como Enrique Vila-Matas, Javier Cercas, Jorge Carrión, Javier Masoliver Ródenas, Rafael Argullol, entre otros— y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona, donde estudia las representaciones de identidad latinoamericana en la prosa de Herman Melville.

 

 

“La caminata al revés”

                                         Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

 

Por Carlos Vásconez  

La primera operación exitosa de la doctora Amaranta Armenthal tuvo lugar en un entorno nada apacible. Lo hizo casi a hurtadillas, casi sin el permiso expreso de la paciente y casi enteramente deshecha de nervios por esas dos razones. Lo hizo en un quirófano extraño, que no había sido usado en varios meses por problemas en el cableado eléctrico. Las luces vacilaban. Parecía que la ciudad entera hubiera estado sitiada y en ese preciso momento fuera bombardeada por cazas expeditos. Su paciente, una tal señorita Violeta Derma, según aparecía en su ficha, que yacía semisedada atacada por un arsenal de delirios, no hacía sino contar segundos con total precisión, llorando y gritando que nadie abriera las puertas. No dejó de ser sorprendente que nadie la escuchase.

La cirugía demandó un esfuerzo doble, tanto por la doctora Armenthal cuanto por su ayudante, la liviana enfermera Candence.

La enfermera Candence padecía de sordera. La sordera era un imponderable para una enfermera. El mundo ya no aguantaba más a las enfermeras, propensas a la caridad. Ahora se hacían llamar asistentas. Todas las mujeres que secundaban a alguien en cualquier menester se hacían llamar asistentas. Era una palabra que estaba de moda. También estaba de moda que nadie sospechara siquiera en la existencia de otros seres, seres superiores que habitan el mundo. No dejaba de estar de moda fumar y que las farmacias recomendaran hacerlo para acortar una vida cada vez más incomprensiblemente agotadora.

De pronto y aunque nadie pudiera verla a plenitud debido a la luz deforme, la cara de la paciente ya no era su cara. Era ya una mujer distinta. ¿Bastó una operación para un cambio radical? Eso sí, se parecía mucho a la doctora, quien, sin percatarse de ello, le había impreso su huella característica en su rostro. Si la hubiera contemplado algún poeta –pero los poetas fueron exhibidos en no sé qué muestra fastuosa como especie extinta, lo que en un principio se suponía broma y que pronto marcó tendencia y se convirtió en un hecho irrebatible–, habría sido inevitable que considerase a ese rostro como un eco.

No sedar por completo a sus pacientes había sido una decisión surgida merced a una tesis que sostenía –y que nadie celebraba– de que esas muecas ayudaban a que la cirugía surtiera un efecto mayor, más transformador. Esas contorsiones del rostro, las aflicciones propias de un dolor anticipado, tal vez ensayado ante el espejo, eran apropiadas para el propósito.

-¿Segura, doctora?

Limitarse a negar con la cabeza habría significado debilidad emocional. Se limpió las manos en el capirote. Sacó de un bolsillo un teléfono que husmeó con indiferencia, esperando encontrar un mensaje que sabía que nadie le escribiría. Una amenaza de muerte. Una carta de amor. Un listado del mercado. Para ella todo daba lo mismo. Daba lo mismo porque no ocurriría. Lo había previsto tan bien que las sorpresas estaban aplazadas, anuladas. Volvió a limpiarse las manos en el capirote luego de devolver al teléfono a su bolsillo. La enfermera Candence pensó –pero el pensamiento fue olvidado a la brevedad– que la doctora tenía los mismos hábitos para revisar su teléfono que los que tenía para empezar a operar. Y era cierto. Para ella todo era ponerse manos a la obra. Lo mismo hubiese hecho si en ese instante un cuadro estuviera torcido en la pared no soportase dejarlo así.

Fue lo único que le dijo. Luego, la enfermera Candence oía, solo oía (alguien más astuto podría exagerar: ¡Vaya si oía!) cosas del estilo “Traiga las pinzas”, “Alcánceme las vendas”, “Apriete las correas de los tobillos”, “Desinfecte las jeringuillas”, “Lánceme una moneda para aplastar este pómulo necio”, “Vuelva a decirle, lentamente, que ya está muerta”. Lo demás era acto reflejo, una breve dosis de adivinanza y mucho nervio compartido. Por las tres. Tres mujeres nerviosas evocan sin dilación un aquelarre.

“Si de un sueño atormentador alguien despierta convertido en microbio, hay que hacerle soñar barbaries a la gente para que la metamorfosis surta efecto”, estaba segura.

Cinco horas de escuchar entre gritos cada segundo que transcurre hermana a quien enumera con quien escucha. Se había comprimido el tiempo. Cuatro horas parecieron una. Una muy extensa, una interminable, pero una hora al fin. Así se comprimió ese rostro de Violeta Derma. Una masa gelatinosa que ya podía colocar en cualquier habitación, porque al cabo estaba inidentificable.

Al abrir los ojos, Violeta Derma pensó que su cara le dolía demasiado.

-Me duele demasiado la cara –dijo, sin percatarse de que no había nadie que la escuchara.

Cuando hubo por fin alguien, la enfermera Candence, dijo que le dolía demasiado la cara, pero ya no le dolía demasiado, ahora solo le dolía mucho, así que su queja sonó poco creíble y recibió como respuesta ese ademán condescendiente que esboza con su boquita recogida toda enfermera que ya no quiere repetir por enésima ocasión en un día el consabido “Tranquila, ya pasará”.

Porque pasó.

Pasaron los días. La doctora Amaranta, que ya no era la doctora Armenthal por esa empatía que se genera entre quien invierte su salud mental a cambio de la salud física de alguien más, como ella era desde ahora y para siempre la señorita Derma, por tratarse de su primer paciente de “transfiguración facial”, como le agradaba decir, le llevaba todos los días una comida distinta. “Para que se acople a su nueva y distinta vida”, le diría un atardecer mientras recogía las persianas porque el sol que le caía de lleno le estaba alterando la expresión de la cara a Violeta Derma.

¿Es posible que quien se vuelve irreconocible desconozca las cosas, las calles, las personas? Violeta Derma, luego de esa operación traumática, no supo qué camino tomar para volver a casa. Es cierto que el adiestramiento previo, esa manera de pararse y conversar con uno mismo ante el espejo, o ni eso, ante cualquier cosa, que es la manera de encarar al destino, variaría en el caso expreso de alguien que paga por convertirse en otro, porque lo conviertan en otro. La gente no la reconoció. Alguien la llamó doctora. ¡Lo fácil que hubiese sido para ella usurpar el puesto de su Víctor Frankenstein particular! Aunque nunca lo hubiese hecho, nunca lo pensó. Solo pensaba en cómo volver a su empleo, cómo convencerlo al obtuso de su patrón que esta nueva yo era la indicada, tan buena, o mejor acaso, que la anterior Violeta Derma. Ese nombre no le encajaba en el pecho, tardaba en calar, en ocupar un lugar adecuado. Estaba ahí, junto a la palabra asistenta. Pero ya era Violeta Derma. Desde que firmó la autorización ya era Violeta Derma y no podía ser otra sino ella. El nombre, por supuesto, le había conferido no solo una fisonomía diferente sino además una manera de ver las cosas que distaba abruptamente de cómo las había apreciado hasta entonces. Es que las opciones eran muchas, habría querido pensar que infinitas, pero no se animaba. Por esa manera nueva de ver las cosas es que las cosas adoptaban otro matiz. Eran las mismas cosas siendo ya otras cosas. Otras cosas más bellas, que le conferían más ganas de poseerlas. O, en su defecto, más ganas de llamarlas de otra manera, de encircular las oes con lentitud y deferencia, incluso con algo de elegancia.

Cuando a la semana se animó y caminó por la ciudad sintió que esta no la recibía bien. Presenció un accidente automovilístico, un autobús golpeaba con brusquedad a un ciclista despistado. Vio de lejos la disputa por alpiste de un grupo de palomas y jamás hubiera creído lo agresivas que podían ser entre ellas.

Las piernas le fallaban de vez en cuando. Era su mente. Se lo había advertido la doctora. No hallarse en los vidrios de las tiendas de la ciudad o en los espejos de los baños públicos podía provocarle unos mareos y arcadas frecuentes. Tendría que conciliar la idea de que ya no era ni sería la misma. Aunque se adaptó pronto a ser llamada Violeta.

-Bello nombre.

La voz de aquel sujeto en la barra del bar le daba una razón, y tan solo una: que los hombres fingen cuando lo que intentan es seducir.

Él se presentó como Antonio y supo de inmediato que mentía. Seguramente usaba un nombre postizo para enamorar viudas en los bares y en las entradas de los cines.

-Me agrada Antonio. Creo que toda la vida estuve esperando que un hombre con ese nombre se aproximara a mí y me dijera que el mío es bello. Gracias por cumplirme un sueño.

Sabía que lo único que ese hombre, abrevado a la medida justa para caer en obviedades, podía responder para continuar con la plática era “Y puedo cumplirle muchos más”. ¿También se le había agudizado el ingenio o la pronosticación?

Demoró pero se dio cuenta que lo conocía. Antonio, el borracho de Antonio Cárdenas, el Toñito, que estaba efectivamente casado con la señora Lozano. Entonces hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su caso, como si de pronto fuera una agente policial y tras haber estado al acecho de un maleante por mucho tiempo, escondiéndose en las esquinas, precisamente cual maleante, lo hubiese visto infraganti, en pleno delito y henchida de nervios y de ansiedad lo hubiese dejado marchar con el botín. Es decir, que le siguió la corriente. Lo primero que pensó es que así le cobraría después, se cobraría en nombre de esa mujer que conocía, la desdichada señora Lozano. En lo que no demoró fue en retractarse, ya que entendía que por borracho que estuviese el hombre, no la reconocía. Quien estaba armando el embuste era ella, no él, quien jamás se le habría aproximado de no ser por no identificarla. Se retractó más cuando lo acompañó, copa tras copa, hasta que el hombre cayó rendido. Violeta, en cambio, estaba como nueva. Reluciente, en realidad. Parecía nueva, y era nueva. Le pidió al bartender, un grandulón idéntico a lo que los niños imaginan cuando oyen “Goliat”, a quien le faltaban más dientes de los que tenía, que ordenara un taxi para el caballero. El bartender tembló, como solo tiembla quien presencia un milagro: que alguien llamara caballero a ese pobre diablo, y además, una mujer, una mujer no del todo desfavorecida y desconocida.

La aventura del bar fue todo exotismo y motivación. No durmió pensando en lo que podía hacer. Su cama era un reducido parque de diversiones. Nunca antes fue algo igual.

Visitó a la doctora durante tres semanas más, para constatar su buen estado de salud y para que le fueran desprendiendo de algunos vendajes que a su vez le colocaron en el transcurso de la recuperación. La doctora se sentía orgullosa, como el pájaro que deja sus huevos en un lugar y canta su hazaña en un sitio muy remoto, más hermoso. La veía y era como si viera su destino hecho realidad. Todo fue fantástico hasta que la enfermera Candence le advirtió de su parecido.

-Hizo un extraordinario trabajo, doctora.

-Gracias, Candence. Habría que pensar en nuestra segunda operación. Hay una mujer que necesita, como Violeta, un cambio de identidad que sea radical. Pero esta vez deberemos tener más cuidado. Las segundas oportunidades son las que más riesgo conllevan.

-Claro, doctora. Pero tiene que pensar a quién va a hacer que se parezca, porque otra que se parezca a usted la va a delatar, ¿no cree?

-¿A mí? ¿Qué quieres decir con que otra que se parezca a mí?

-Que Violeta Derma es su fiel imagen, doctora. No se haga la desentendida. Usted practicó la cirugía en ese lugar para que yo no me diera cuenta de lo que quería hacer; pero no soy tan tonta, le diré. Alguna vez vi una serie de televisión en que lo que quería el doctor era que todos fueran como él. Una cosa de egos. Yo lo comprendo completamente, no se preocupe.

Se preocupó. Era una boca que no se podía abrir por el asombro, aunque la doctora Amaranta Armenthal lo único que quería era cerrarla. La cerraba, aunque estaba muy cerrada. La cerraba doblemente, la cerraba contra sus dientes, dientes contra dientes, en disputa por reinar en esa boca. La alegría que hasta ese instante había significado el éxito de la operación y que dibujaba su cara, emparentándola aún más con la novísima cara de Violeta, éxito que tenía como pretensión hacer público, sobre todo a los círculos y colegios de médicos, se cayó al suelo y desapareció de un sopetón.

Desde ese rato, a la doctora Armenthal le dolía el costado de la cadera cada vez que plantaba el pie derecho. Sentía que el broche del brasier le pinchaba la espalda cosa que se le hacía imposible evitar el impulso de sondearlo con el índice. Y se le dio por no contestar a su teléfono con un “¡Aló!”, típico en ella, sino con un “¡Diga usted!”, fuera quien fuere el llamante.

El cansancio y el afligimiento la ponían irritable. Para sobrellevarlo, prefirió el sexo desmedido y agotador a ingerir sus píldoras calmantes, autorecetadas. No decía nada, ese semblante suyo hablaba por ella. Más de un sábado salió de paseo en auto con algún desconocido, el mismo al que agotaba la noche anterior, a quien le pedía que condujera su auto y que tomara el camino que quisiera. No fue uno solo quien la dejó en mitad de la nada, so pretexto de orinar o de hacer una llamada importantísima.

Mientras tanto, Violeta había retornado a su trabajo en la fábrica de costura. Fue contratada de inmediato, acaso por su mirada, que al gerente le fue reconocible, por ese tono de desidia que imprimía a su voz, acaso porque demostró en un dos por tres sus capacidades, que seguían intactas. Lo más probable es que fuera contratada por todas esas razones y porque se parecía demasiado a otra persona. Parecerse a alguien más surte un efecto sobrecogedor, hace que los demás, aunque no conozcan a la otra persona, sepan que hay alguien que ocupa dos puestos. Es un efecto similar al que nos causan los animales. Un perro es todos los perros y un zancudo, todos los zancudos. A uno lo acariciamos y queremos acariciar a todos. A otro lo aplastamos con la palma de nuestras manos y nuestro instinto nos inclina a hacerlo con todos los otros.

La transformación fue ejemplar. Varios meses después, coincidieron en la calle. Era una calle cualquiera. De esas que se olvidan mientras se las camina. Se vieron fijamente incluso cuando quisieron quitarse las miradas de encima. El parecido era radical. A la doctora se le ocurrió entonces, inmersa en ese abismo al cual había visto desde una frontera como se ve al amor, que ya no era ella, que era probable que esa otra mujer no incrementó sus dotes al parecérsele, que lo mejor era hablarle.

Se retiraron, sin expresarse el menor ademán, sin intentar un acercamiento, pero también sin tratar de esquivarse.

Era un estetoscopio y era la enfermera Candence quien a su lado, al día siguiente, ordenaba todos los implementos para empezar la cirugía. Para que no quepa dudas de su intención, la doctora Amaranta Armenthal colocó una fotografía suya al lado y le explicó a la paciente lo que pretendía hacer.

-¿Qué me parezca a usted? ¿No le parece descabellado?

Solo sonrió. Su sonrisa fue tan sincera que la paciente se dejó caer con suavidad sobre el colchón.

 

Sobre el autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta(2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .

¿Qué no lee el que lee?

                 Foto: Gisela Guardado  @infinitevoyage

Por René Patricio Carrasco Mora

El texto traza y destroza. A veces, lo suficiente. El lector, la mayor parte de los casos prescinde de un tercero que traduzca, que le cuente, que lo explique. Lea y espere. El lector espera, a veces, en vano. No se puede leer de lo que tanto se habla, sobre todo, cuando incomoda, cuando sucede, cuando hiere. Se lee entonces, por expiación o por capricho. Si nada hay por fuera del lenguaje, entonces, nadie hace lo que dice, o peor aún, nadie lee lo que se escribe por fuera de la página: en la calle, el trabajo, la casa,  lo clandestino. El lector, hace lo que quiere.


 

“ Pa, ¿por qué no hay perros ni gatos en la calle?. Como no tenía respuesta, cambié de tema inmediatamente. Esa misma noche vino a casa un amigo berlinés y le hice la misma consulta. Su gesto- antes que la respuesta verbal contenida y respetuosa- fue claramente: animales-callejeros-son-una-señal-de-barbarie. Y entendí perfectamente.”

 

Luis Chaves


 

“era de ecuador. tenía los ojos grandes. la cara negra y el pelo rebelde. como nosotros. no sabía decir otra cosa que hermano cómo vas. qué gusto. ojalá nos veamos en nuestro país.”

 

Santiago Vizcaino


 

“No sabía adónde iba

no conocía el puerto de destino

sólo sabía aquello que dejaba

Por equipaje

una maleta llena de papeles

y de angustia

los papeles para escribir

la angustia

para vivir con ella

compañera amiga.”

 

Peri Rossi


“In the middle of that desert that didn’t look like sand

and sand only,

in the middle of those acacias, whiptails, and coyotes, someone yelled

“¡La Migra!” and everyone ran.”

Javier Zamora


 

“Miraba los yates y los barcos lujosos;

uno de ellos tenía un largo viaje por hacer,

a otros les aguardaba sólo un vacío salado.

Viste a refugiados con rumbo a ninguna parte,

oíste a verdugos que cantaban con gozo.”

Adam Zagajewski


Ahora es Venezuela, ayer fue Colombia, México, El Salvador y Ecuador, mañana puede ser Argentina. Leer es otra forma de mediocridad:  ¿a dónde corre el que corre? ¿qué no lee el que lee?

Notas al pie:

1) Fragmento de: Chaves, Luis. (2017) Vamos a tocar el agua. Costa Rica: los tres editores.

2) Fragmento de: Vizcaino, Santiago. (2017) Complejo. Ecuador: la caída.

3) Fragmento del poema El viaje, Cristina Peri Rossi. Disponible en:

https://poetasdelfindelmundo.com/poesia/estado_de_exilio-cristina-peri-rossi/

4) Fragmento del poema Second attempt crossing, Javier Zamora. Disponible en:

https://www.poetryfoundation.org/poetrymagazine/poems/90978/second-attempt-crossing

5) Fragmento del poema El mundo mutilado, Adam Zagajewski. Disponible en:

http://museoliterario.blogspot.com/2017/06/adam-zagajewski-el-mundo-mutilado.html

 

Sobre el autor:

Ibarra-Ecuador, 1991.

No somos tu clase de gente

 

Por: René Patricio Carrasco Mora

Gardenia somos nosotros, tú o cualquier ecuatoriano que carece total o parcialmente de conciencia de clase, visto de otra manera, quienes aún creemos que las obligaciones de estudio, vivienda, ropa de marca -en lo posible-, farras y viajes, son obligaciones excluyentes de nuestros padres, al menos, hasta que terminemos la carrera universitaria o sucedan eventos pasionales desafortunados. En No somos tu clase de gente una de las protagonistas representa ese “nosotros” que constantemente se ve afectado, cuestionado y ofendido por sucesos que antes no tenía presentes en su estado de resguardo y confort. Resulta impactante observar cómo de a poco logra desnaturalizar su pertenencia a aquellas prácticas, costumbres e imaginarios para intentar ser parte -parcialmente- de un espacio nuevo, desconocido. Gardenita se embarca en una travesía hacia la otredad, quizá un sector que consideraba más vulnerado, pero que la termina interpelando, al punto de sentir patetismo por su vida anterior.

La ambientación  pareciera tener lugar en Quito, en un escenario llamado: La calle de las Mascotas. Donde conviven seres de la “mitología capitalista” buscando promocionar puestitos de comida, vestimenta y hasta una botica/bazar. Hay una excursión a la costa (que parece un guiño al filme Y Tú Mamá También del mexicano Alfonso Cuarón), las típicas borracheras a la ecuatoriana, puñetes y una revolución en marcha. Está el escritor, los militantes radicales, el líder popular con tintes anarquistas, su perro y Gardenita. Besos, desilusiones, viajes, sexo, tristezas y alegrías.  

Don Tomás (1) construye un entramado de sucesos narrado a tres voces, cuatro, con la de Cambó, que representan tipologías ecuatorianas divertidas, interesantes, y en ocasiones, un tanto exageradas. Se entrevé en su escritura la influencia del gótico inglés, detalles minuciosos, el desarrollo de los hechos, el héroe y antihéroe, la lucha de clases, la ilusión amorosa, el triunfo del maniqueo esencializante, “lo que está bien contra lo que está mal”, entre otros aspectos. Sin embargo, no nos atrevemos a situarla en un solo género; Ramírez Paredes cambia los recursos literarios constantemente, juega con las voces, deja huellas del Llentelman más radical de forma indirecta, casi como si pertenecieran a otro texto. Hace un movimiento interesante con Cambó -el perro del Llentelman- quien a pesar de hacerse presente en tercera persona, logra definir su autonomía y convertirse en un narrador más. De distinta forma, pero también presente en Rulfo, no podemos imaginar El Llano en llamas o Pedro Páramo sin la presencia de los perros. La novela de Roberto perdería sentido sin Cambó. De todas formas, hallamos una lejanía disonante y un rompimiento abrupto con la realidad novelada, con la referencia a Johnny Cash y el “himno” (canción en italiano) del Llentelman, hubiéramos preferido una selección de canciones de algún insurrecto latinoamericano fuera del alcance del cliché cabralesco o víctorjaresco o algo más empático con la generación hija de la sociedad posindustrial. Nunca está demás revisitar minuciosamente y hacer  una mención en concordancia con los consumos culturales de nuestra región.

“ (…) me puse nervioso, me pasa cuando soy el centro de atención, también cuando voy a salir de una librería con detectores de robo marca Thulup-Selohssa, sin importar que no haya robado nada. Simplemente me pongo nervioso. Mi inconsciente me dice que soy un ladrón.”

Roberto pareciera encarnarse, aunque no completamente, en Guillermo. Deja entrever pantallazos de su propia vida: el viaje que hace a México por la publicación de su novela, la agilidad y belleza con que describe emociones y pensamientos, los gustos literarios (Stevenson, Wells, Lérmontov) e incluso la aparición de Cambó bajo la tutela del Llentelman, que bien podría ser su perro Cafú. Esto último puede ser un dato intrascendente, o no, lo dejamos a criterio de cada lector que esté dispuesto a disfrutar y armar sus propias conjeturas. Eso sí, es una novela que echa luz al opaco mito de que en Ecuador no se hace literatura con grandes ambiciones. Hoy se escribe y se lee bien. La nueva narrativa ecuatoriana está a nuestro alcance y crea sus propias expectativas, clama su espacio en las literaturas de la región.

 

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Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México. En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami; en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial. Ha ganado dos concursos de cuento. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, es Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona.

 

 

Notas al pie:

1 Seudónimo de su novela “La ruta de las imprentas.” México: Universidad Veracruzana, 2012.  

Bibliografia:

Ramírez, Roberto. “No somos tu clase de gente.” Ecuador: Centro de publicaciones PUCE, 2018.

 

 

Jonás

Imagen: Julián Hernández, Yo Soy la Felicidad de este Mundo, 2017.

 

Por: Carlos Vásconez

Epifanía

Se llamaba Jonás, como todo el mundo. Era rubio, rojo como una tajada de carne, con ojos saltones, zurdo. Solía hervir de mal humor. Repetía hasta el cansancio que a su vida la había dejado impulsarse como un barco sin timón, por las heladas brisas de la muerte, pero en realidad, sobre todo por las maneras que empleaba para hablar con los demás acerca de sí mismo, de cierto modo parecía un niño a quien todo futuro le resulta amarillentamente borroso, ilusorio, perdido.

Sería aproximadamente las tres de una tarde gris. El lugar, el bar Liliput, un extravagante centro de perversión que encubrían con el nombre de Centro Cultural Liliput, llamativo porque todo allí daba la impresión de empequeñecer al cliente. Era fácil darse con un mostrador enorme del cual para bajar jarros o tazas se necesitaba un tubo con pinzas al extremo, y bancas que para lograr encumbrarlas se urgía de unas escaleras que el mesero acercaba, y que no eran otra cosa que una trampa de mal gusto, pues se dependía de las mismas para bajar de aquellos montículos de madera, para dejar de consumir. Lo más notable, sin embargo, era el cantinero, un hombre enorme, con una sonrisa perpetua que acentuaba su estatura, encanecido pero dueño de una verbosidad inagotable.

–Me llamo Jonás, como todo el mundo –se presentó a un hombre que daba vueltas sobre su propio eje a un cristalino cáliz rebosante de la espumosa cerveza color ébano que se destila eternamente en el norte de Alemania en barricas en sótanos oscuros, donde también amontonan las suculentas bayas del lúpulo y las aplastan y las hacen hervir y con ellas mezclan ácidos jugos y llevan el mosto al sagrado fuego.

En la tiniebla se sintieron aletear manos de espíritus. El mutismo, ahora, parece lógico. Supongo que cualquier otra persona habría hecho lo mismo, es decir esperar que acabe aquella frase. Que culmine, por ejemplo, con un lo sabe. “Como todo el mundo lo sabe”, por lo menos. Pero no. Continuó como si viniera hablando desde la prehistoria.

–Un amigo dice que leo a los demás hasta volverlos otros.

Eran las primeras gotas de lluvia las que interrumpían la música ambiente. Cantaba y tocaba Louis Armstrong What Did I Do to Be so Black and Blue. Sin embargo, la voz de Jonás parecía provenir de ese mundo en el que se mezclaban Armstrong y su maravillosa canción, el ruido congénito del bar y la lluvia que del cielo algo quería limpiar.

–Yo recuerdo –prosiguió– que de niño me gustaba hacerme el muerto. Me encantaba aterrorizar a mi madre, pero a decir verdad nunca obtuve reacción suya. Una vez me escondí en el armario esperando a que ella se preguntara dónde me encontraba. Estuve allí durante dos horas, hasta que me aburrí. Salí y la encontré realizando sus quehaceres domésticos. En un arranque de tristeza al ver que ella ni se conmovió ni me buscó, dejé flotando mi sombrero en la superficie del estanque cercano a mi casa, simulé haberme ahogado. Pero mi madre, nuevamente, le restó importancia. Por esa razón volví a intentar sorprenderla haciéndome el muerto debajo de un libro. Acababa de leer y representaba el acto criminal del libro para conmigo, como si me hubiera asesinado. Más nada. Ella seguía planchando y bordando. Lo único que de verdad le importaba era ver vacío mi plato y sentir mi ausencia matutina, la cual significaba que había ido a la escuela.

Descartadas ciertas incoherencias en el habla o algún terrorismo estilístico, propios de hombres que leen cualquier cosa que descansa ante sus ojos, el Jonás Mundo de aquella noche resultaba demasiado cautivante. De alguna manera sí era como todo el mundo, contradictorio, misántropo, que podía hablar del remero de la laguna Estigia, hijo de Erebo y de la Noche, Caronte, con la misma autoridad que recitaría Yo soy un mozo / que gozo / de invisibilidad, al igual que lo haría hablando del coste del pan.

De pronto, y sin ese algo que advierta su comportamiento, se quitó las gafas, llamó al mesero para que le provea las escaleras para descender de su silla y, con el periódico que no había leído, cuidadosamente escondido bajo el brazo, salió de allí pensando: a cada día le basta un periódico para contar que un terremoto ha desolado una isla del Caribe, que han encontrado un nuevo manuscrito de Demóstenes que cuenta que algún día los hombres sabrán todo lo que les pasa a todos por medio de la palabra escrita, que las rimas son un juego cuando una vez fueron un arte, y se lee “la boca que escupe rocas deja loca a quien le toca la poca choca di rimiar fè più ardenti.” ¿Era posible que ocurrieran cosas como la que había pasado en ese lugar? ¿Habría sido una dosis extraordinaria de whisky la que había provocado semejante demencia rayana en la genialidad? Porque había hablado de todo, de cómo en un ejército pueden adiestrar a grandes campeones y no recuerden la enseñanza de Dimetés que mandó decapitar a su invencible lugarteniente porque sus enemigos cada vez levantaban más sus muros, enlistaban desde más temprana edad a sus hijos enseñándoles cómo enfrentar a semejante contrincante, porque cada vez él perdía más hombres en nombre de ese único gran guerrero. Y se refirió a D. H. Lawrence, que acusó de manera ambivalente a Walt Whitman de ser un incesante conocedor, y de cómo T. S. Eliot, sin ambivalencia, desterró a Lawrence por atreverse a conocer la misma luz interior que iluminó a Whitman. Y habló acerca de que ninguna mujer debería casarse con un hombre por ser éste un buen chico. Porque un buen chico no existe –dijo–, no se le puede tomar en serio a quien crea ser uno. ¿Por qué no? Pues por la sencilla razón de que no es un ser completo. Y una mujer no se puede casar con un espectro, aun cuando sea tangible y protuberante.

Y dijo, por fin, que debía salir a encontrar lo que halló el otro en la ballena.

1

El hombre está sentado ante el fuego. Mira atentamente la llama. En la llama cree poder leer el futuro. Sentado allí, contemplando las olas de fuego cuyas lenguas devoran la madera y la hacen crujir como maderos de galeones de esclavos que van muriendo paulatinamente de hambre, se inviste de vínculos con el viejo mundo y con la antigüedad y la tradición. Un hombre de la calle ante el fuego –medita– es como un eremita ante un libro, en el cual encuentra la manera de entender el mundo. Allí todo es suyo, menos su nombre, Jonás, al que considera de todos. Y como todo es suyo, todo es irreal, tierra y cielos irreales, sueños irreales. Esos libros son suyos, ese caleidoscopio que halló tirado en la basura, su escopeta Greener que ya nadie arma y que mantiene rastrillada, el sombrero y la corbata que yacen a sus pies, secándose y que quizá sean las únicas cosas que de verdad le importan. Su oscuro bigote. Sus oscuros ojos españoles. Ese porte de un grande. Un papel en el que escribió mucho tiempo atrás la cifra 1862, sin saber qué le quería decir ese año en la memoria ancestral. Sus sucias uñas enrojecidas por la sangre de piojos aplastados. Una manzana rellena de azúcar. También su memoria tenía sus cosas: viejos abanicos de plumas, un adorno de cuentas de ámbar en el cajón de su madre. Cuando era niño, había una jaula de pájaro colgando en la soleada ventana de su casa. Es suyo el recuerdo de haber cantado como un loco en la pantomima de Turco el Terrible. Es suya la idea de que los hombres ponen sus ojos en él para derribarlo. Es suyo el júbilo fantasmal, en ese lugar apartado de la memoria colectiva, en el que juega con los juguetes que la naturaleza le deja recordar, como un vampiro, como un masticador de cadáveres.

–No tenían derecho. Debieron haberme dejado allí –masculla.

A lo que se refiere es a un viejo desafío entablado con unos amigos de infancia, que consistía en entrar a la casita del perro más fiero del barrio cuando estuviese allí durmiendo y morderlo, y volver con la boca ensangrentada con sangre del can, y que al oírlo gritar, dos de los niños que esperaban expectantes fueron en su auxilio sacándolo ungido, de pies a cabeza, de su propia sangre.

Mastica el aire como otras veces lo hizo con agua, por imaginarse el sabor de su sangre de aquella remota noche. Mastica el aire como se mastica el sabor amargo de la derrota, que queda aferrado en el paladar.

Está en una ciudad a la que otros hombres llaman “allá”. Siempre ha estado allá. Allá es donde ha hecho todo. Lo imaginable y lo que pocos imaginarían. Ha estado en noches turbulentas con toda clase de criaturas. Ha encontrado placer carnal en muros o en postes. Ha violado y ha intentado ser violado. Ha reído y ha llorado hasta batir cualquier intento de récord mundial. Ha disparado su escopeta Greener al cielo, imaginando dónde caería esa bala, sobre qué corazón. Ha exhortado a hombres a cometer actos impúdicos con la réplica de que todo hay en el mundo, y todo en un mismo contexto, pero en distintas latitudes. Ha jurado encontrar hombres bailando danzas profanas en Iglesias católicas. Ha jurado no descansar hasta dar con el hombre más bueno del mundo, que no podía estar en otro lugar que no fuera allá. Ha creído hacerlo todo y ha descubierto, por fin, que nada hay valedero en el mundo salvo él, Jonás jugador, Jonás corruptor, Jonás amante profesional, Jonás reverendo pastor. Era absurdo que dudara de tan evidente realidad. Jonás era un hombre polifacético y con amplias perspectivas, que vivía en el mundo. Jonás, el hombre de mundo. De un mundo pletórico de nuevas posibilidades que él sabía percibir. Por eso Jonás estaba sentado ante el fuego, tratando de leer el futuro, esperando que Dios se le manifestara en la llama. Pero él sabía que el Señor se da nuevas formas para comunicarse con sus profetas. Ahora los posee. Titiritea sus manos y sus pies, mueve sus bocas como el ventrílocuo perfecto. Sabe cuál es el destino.

2

Jonás se hallaba comiendo cuando llegó Stelle Arnaud al restaurante Sbisa. Ella lo miró de lejos, reconociéndolo.

–¿Me recuerdas? –le preguntó cuando se acercó con una copa de ron en su mano derecha.

Había amado. Se había casado: sacramentalmente. Había sido feliz.

Jonás arqueó las cejas, gesto que a Stelle no le dijo mucho, por lo que sonrió y tomó asiento.

–¿Te gusta el olor del whisky? –preguntó Jonás.

La otra meneó la cabeza.

–Yo tenía mis faltas. ¡Yo era débil! ¡Esta maldita bebida! ¡Sí, maldita! Porque me hizo fuerte –y entusiasmado, vertió su whisky en el suelo.

Stelle hizo una seña a la camarera:

–Otro whisky para este caballero.

–Si alguien me hubiese sostenido, yo habría podido curarme. Sí. Por ejemplo, una mujer pura, como tú. Una mujer que no sea seducida por la paz, que no busque una vida placentera. Que entienda que la horrible serpiente entre la hierba es la que más necesita caricias y mano dura. Pero esta maldita bebida es la culpable. Hoy he hablado en público. He vociferado ante una veintena de personas que se dieron un rato para oírme. Pero su reacción me desanimó. Todos me escucharon atentos, pero nadie dijo nada, se limitaban a asentir. Ay de este pobre mundo, con hombres que se detienen porque creen que alguien puede darles una solución y que a final de cuentas vuelven a partir hacia sus vidas pecaminosas. Dios lo ha intentado, en todo lugar y a cada momento. Cómo se ha esforzado. Ahora sé que viene el tiempo final. No creo que mate a todos, que haga caer lava sobre las ciudades o algo así, pero estoy seguro que dará su zarpazo definitivo. Que se encargará de las prostitutas y sus proxenetas, que hará añicos a los embusteros y que acobardará a los pedantes. Sé que pronto su mano caerá fuerte.

–Mi querido Jonás, no te he visto desde el último año de colegio, pero sí he oído hablar de ti. No creí que fueran ciertos todos esos chismes. Saldré sorprendida de aquí, te lo aseguro. Solamente quisiera decirte que Dios no toma esas represalias así porque sí. Si lo hace, lo hace con un convencimiento de que aquello es lo último…

–¡Cómo osas…! Te atreves a decirme que entiendes los designios del Señor. Que sabes las razones últimas de Su obrar. ¡Habrase visto insolencia! ¿Quién eres tú para creer que Dios te ha contado en sueños sus intenciones últimas? ¿O acaso te consideras en la capacidad de entenderlo? Entre niños, entre ebrios, entre mujeres, entre esclavos se entienden porque comparten sufrimientos o estados mentales. ¡Qué podría compartir con Dios una mujer apátrida como tú que se ha sentado a escuchar chismes sobre patriotas como yo!

Bastó para hacerla levantarse de su silla, para que palidezca ante una tierra ensombrecida y tome un camino distinto, atragantándose el ron hasta hacerle expulsar una lágrima de tristeza. Había conocido a Jonás porque, de chica, durante su época de prosperidad, había ido a la escuela con Susan Borlop, hija de exiliados polacos. Cuando murió Susan, amistó con hombres y, entre ellos, con Jonás, quien nunca le pareció ni interesante ni agradable. Después de esa diatriba del hombre, a ella no le quedó más que recordar por qué nunca intentó intimar con él.

3

Esqueletos de vías. Señales de peligro. A diestra y siniestra mujeres apoyadas a las paredes. Hileras de casas mugrientas con puertas entreabiertas que, para catar lo que ofrecen, invitan a ingresarlas. Hombres y mujeres raquíticos se pelean por entrar. Parece Ellis Island, cuando emigrantes europeos querían franquearla y optaban por disputar un turno. Allá hay de todo, menos salubridad.

Jonás pasa por allí. Le dan sacudidas algunas mujeres dementes. Hay una pigmea que le jalonea los pantalones y que luego se balancea en una cuerda, absolutamente desquiciada, creyéndose malabarista. Un hombre recostado contra un basurero, gruñe y ronca, y una especie de gnomo hurga en ese basurero, se agacha para echarse al hombro un saco de trapos y huesos. Jonás, sobre cartones apilados, se ubica en el centro de esa perfidia. Hay que verlo levantar las manos y pedir atención. Desde una esquina es visto atentamente por dos guardias nocturnos que no pretenden entrar a esa oscuridad, pase lo que pase.

Se rompe un plato. Una niña chilla. Figuras errantes atisban desde agujeros. En un cuarto alumbrado por una vela metida en el cuello de una botella, una mujer le quita las ladillas a un niño escrofuloso. La voz de Jonás parecería cantar, aguda, pero nadie lo entiende. Es como si estuvieran mirando una película de idioma extranjero pero sin subtítulos. Al ver que todos vuelven a sus monotonías, Jonás se alegra y siente que en su interior corre la voz del salvador, que entiende que al Reino entrarán los pobres, los marginales, los que pueden lanzar a la vez por la boca y el esfínter una salva de pedos.

Buen trabajo para una noche.

4

Un aura de misterio lo envuelve. La barbaridad, que en ocasiones toma el nombre de odisea, aturde su cabeza. Él cree que es la luz, que se instala allí definitivamente. Enciende el fuego. Habla con Dios. Parecería darle reseñas literarias, que deberían ser temidas y esperadas con fruición por aquellos a quienes su ingenio y sus dardos envenenados no tocan. Éstos sí, éstos no.

De tanto hablar solo, cae rendido de cansancio. Cuando recobra el aliento, cruza a todo correr la Carretera 102. Ni siquiera sabe por qué corre. El ambiente está helado. Le duelen las orejas y apenas puede mover los dedos de las manos.

–Abran –dice casi en voz alta.

Una señora corpulenta abre. Compra un periódico y por fin lee, buscando algo que sabe que debe estar en algún lugar del diario. Debe ser un anuncio. Una frase que Dios debía haber escrito en el periódico. La señal definitiva.

Tras no encontrar nada y para matar el tiempo, se afeita con una navaja usada. El mundo parece deshabitado. Pero no es así, antes había comprado el periódico a una mujer de brazos desproporcionados, tomando en cuenta su estatura y el grosor del resto del cuerpo, a quien además había dado las gracias. ¡Vaya favor!, piensa.

Silba y los silbidos le atraviesan su propio tímpano. Desafina mucho y para colmo siempre elige la misma canción. Se pregunta, por la saliva que tiene que tragar para volver a silbar, si alguna boca querría su boca para su beso, esa boca que tanto desprecio demuestra en sus fruncidas formas. Y canta: es hora de que su pobre alma retorne al cielo. Decían –se dice– que los nacidos en un jueves llegarían muy lejos; pero no creí que tanto así. Tanta pasión que lo roe desde adentro, toda la torpeza humana aglomerada en su interior para que, intempestivamente, se apodere de su cráneo una imagen de mujer. ¿Cómo metaforizar aquella imagen? ¿Cómo quitarle lo ideal y dejarle la esencia de una mujer? ¿Cómo no extraviarse en el sentido de la belleza? ¿Cómo despegarse del pellejo el ansia, la sensación de ese cuerpo lejano? ¿Cómo decir que una mujer debe ser usada, que ella tenía derecho a su parte de viuda, tenía derecho a legarle a él a Satán burlón? Un cigarrillo –piensa, hermoso de tristeza–, por el amor de Dios, un cigarrillo, así me callo, dejo de silbar y no me vuelvo a acordar de ella, de sus besos. No tiene cigarrillo. Pero sí hambre, que en su defecto da lo mismo.

Venus le ha contorsionado los labios, como en acto de oración. Como en acto de oración, ve al cielo. Le parece muy natural sentarse a contemplar la luna, o las estrellas, o lo que sea que hubiere en el firmamento. Lo ve asombrado, como el primer hombre, aquel que le dio su nombre. Piensa con algo de ingenio: Está en posición de firmes, incólume, y firma algo, quizá la frente de todos los que lo ven. Ah, de eso trata el Ramadán. De ver al firmamento limpio, sin ataduras físicas. Luego se desata en improperios: Pero qué diantres espera. Mi expiación no llegará de no ser que Él ponga cartas en el asunto.

A pesar de todo, Jonás se la pasa bien, no se puede negar. El monstruo que tiene adentro lo molesta un poco, pero pronto vuelve en sí, debajo de ese firmamento que odia para añorarlo más. Recuerda que una vez, ya entrado en la adolescencia, se la pasó toda una tarde refregándose contra la falda de su madre, quien lo sabía, pero que le toleraba los caprichos más absurdos con tal, pensaba, de que no se meta en su vida, que no le pregunte quién es su padre, por qué nunca está en navidades, cuál era la razón por la cual ella nunca conversaba con él a no ser por sus calificaciones o proyectos futuros a los que, como todo buen adolescente respondía con un encogerse de hombros, para terminar pensando que podía desfigurar a su madre, dejarla hecha un estropajo, inservible para las necesidades domésticas, para el amor, para negarle los cariños que creía merecer. Pero eso sí, la podría usar para otras cosas, para promocionarla como doble de películas de terror; no dependería de maquillaje alguno y sus solos movimientos bastarían para espantar en la pantalla, o en el barrio, y ser respetado por fin, el respeto que no logró, por ejemplo, de ella, cuando fingía morir, o de sus compañeros, cuando el perro le ganó la batalla.

Volver a casa, herencia materna. Esa casa inservible que quedaba un poco en el más allá. Volver a restregarse la entrepierna en los vestidos vacíos y raídos. Encender el televisor. Escuchar, casi dormido, que el mundo pertenece a la derecha. Su mundo. Que pertenece a la derecha y a los que son humanos. Y decirse: ahora lo entiendo. Soy zurdo y sobrehumano. ¡Así cómo iban a hacerme caso!

5

–Hola –escuchó Jonás, sentado ante la barra del bar Liliput, lo que lo distrajo de su estrujar a una servilleta, lo que a su vez lo hacía en diversas formas de tortura, creando minúsculas momias retorcidas–, ¿cómo está?

Giró la cabeza y miró de reojo a un hombre de rostro curvilíneo e informe, como el de un niño, que chupaba con fuerza un tabaco, sintiéndose casi irritado de ese poco cuidado que infundía. En realidad, lo que ocurría era que se hartaba de pensar que alguien no lo conocía. Tras un segundo de vacilación de si hablar o callar, volvió la mirada al fondo de su copa de whisky.

–Hola, he dicho. Está bien. Tal vez sea usted uno de esos caballeros que van a los bares a perderse, a invisibilizarse o alguna de esas cosas. Pero yo no soy de aquellos. Me llamo Óscar…

–Eso es imposible –reaccionó Jonás–. Usted debe llamarse Jonás.

Óscar se le quedó mirando una fracción de segundo e inmediatamente rompió en carcajadas estruendosas y antipáticas que denotaban un alto sentido del sarcasmo de su parte.

–Vaya manera de empezar una conversación, amigo mío. Le digo que sé bien cómo me llamo. Mis padres me pusieron el nombre Óscar en honor a Óscar Fleming, un conocido suyo. Tal vez habrá oído hablar de él.

–No. Y lo que extraña es que usted venga con supercherías a incomodar a una persona que posiblemente esté, frente a su copa de whisky, ingeniando una obra maestra que podría cambiar el devenir de los hombres.

Ante esas palabras, a Óscar no le quedó sino hacer un esfuerzo, evidente por el entrecejo fruncido, por reconocerlo como alguna personalidad pública.

El bar Liliput no cerraba nunca. Sus clientes podían permanecer allí, a pesar de la ley, y consumir venenos embriagadores hasta la hora que les pareciese. A medianoche cambiaban a sus camareros por unas muchachas muy alegres que cada veinte minutos bailaban sobre una tarima desproporcionada danzas eróticas y que servían a los clientes alcohol a mitad de precio. Precisamente en ese momento, un trío de camareras comenzó su rutina.

–Vaya –empezó Óscar–. Por eso prefiero la noche. Cuando la noche alcanza la mayoría de edad, se pone buena. Lo único malo es el amanecer. A esa hora es horrible. Cuando las botellas están vacías, cuando empalidece el sol las caras de los borrachos, éstos parecen cadáveres y ese deseo de antes se vuelve repugnancia. Aunque, para serle honesto, yo tengo debilidad por los espectáculos mortuorios –añadió sin notar la incomodidad de Jonás, quien quería bajar de la silla sin hallar forma de hacerlo, al menos no sin lastimarse gravemente.

La mano de Óscar esbozó una larga caricia en el aire. Parecía el movimiento in crescendo de un director de orquesta que alista el clímax de la sinfonía. Jonás vio brillar la luz en las gotas de whisky que se equilibraban en las puntas de los dedos de Óscar, quien siguió bebiendo y sonrió a su bebida inclinada y a los labios de una camarera, la señorita Douce que casi canturreaba, sin cerrarse, el canto oceánico que sus colegas entonaban en el escenario.

Recién en ese instante, notó Jonás que ese vocinglero expulsaba un aroma un tanto inusual. Tuvo que escarbar en esa memoria suya, que tenía solamente cosas suyas, y que casi había embodegado ese olor. Luego, la droga se le hizo inconfundible.

–¿Sabe qué hice hoy, amigo Jonás? Hoy me inscribí para el seminario católico. Aquí donde me ve, pronto seré monaguillo, se lo juro.

¿Monaguillo aquel hombre que bordearía fácilmente los cuarenta y cinco años? El semblante de Jonás iba opacándose poco a poco, pero ahora no era un resultado de su repudio para con la situación, si no más bien una suerte de extrañeza, la misma que siempre creyó provocar él en los demás.

Óscar prosiguió, indiferente a Jonás y de alguna manera motivado por el contoneo incendiario de aquellas chiquillas:

–Y le puedo decir, hip, más… Eh, ¿cómo era su nombre? ¡Va, como si eso importara de verdad! Le decía que le puedo decir más. Por ejemplo, hip, he descubierto las palabras de algunos conceptos habituales de la gente. Dígase, cuando alguien no sabe, hip, cómo llamar a un inglés, lo mejor es decirle Jhonny Walker. Inmediatamente se identifican. O, ¿cómo se llama el, hip, el lugar que hay que visitar en viaje de novios y que luego causa muchas decepciones?, pues Italia. O, ¿dónde todo es de porcelana: el piso, las mujeres, los recuerdos, hasta la seda?, en Japón. O mejor, dígame, amigo, hip, ¿cuáles son trabajos inútiles? Pues bien, las pirámides, los internados para drogadictos, los sermones sacerdotales, la enseñanza de la letra manuscrita, ponerle a una hija el nombre Delphine, tratar de hacer que los demás se parezcan a uno, es decir, el ego. ¿Cuál es la cosa, hip, perdón, cuál es la palabra que infunde respeto y nadie sabe qué es? Numismática. ¿Qué nombre sería ideal para un gladiador romano? Pues Póstumo.

Y en esto se detuvo. Jonás, como un mal alpinista, intentaba bajarse de la silla. No soportó más, sobre todo después de oír la palabra ego.

–Pero amigo, se va a hacer daño –fue lo último que oyó antes de caer de trasero en el suelo y llamar la atención que de todos hasta entonces estaba posada sobre las bailarinas, antes de salir a empellones del bar sin pagar la cuenta, antes de irse de bruces sobre la acera y en el mareo creer que en su vómito se leía Óscar, por más que quiso hallar en su lugar la palabra Jonás.

6

Durante el invierno y los malos tiempos, cuando la nieve se apropia de los bosques y del ánimo, las huellas aparecen y desaparecen con frecuencia, los copos desfiguran los monumentos y esconden las escenas de muerte. Los cuentos de invierno son sacados a la luz.

Jonás está sentado, con la paz de Dios susurrándole en la cabeza paz, paz, paz, de caqui de la cabeza a los pies. Se siente como absorbido en aquella paz, en esa blanca tranquilidad invernal. Le apetece un trago de licor. El turbio licor lo calma. Pende entre la calma y la calma. Y todo se tranquiliza poco a poco, y todo cuanto lo ha hecho opaco –todo el ruido del mundo, todas las inquietudes, todos los deseos, todos los sentimientos personales– comienza a caer sin ruido en lo invisible. El turbio licor cada vez se trasluce más. Detrás de aquella bruma que se disipa poco a poco, está la realidad, está Dios. Es una revelación lenta, progresiva. “Paz, paz”, murmura para sí; y las últimas arrugas se calman sobre la superficie de la vida, anonadadas por la calma absoluta. Ya no tiene deseos ni preocupaciones. El licor, ahora, es completamente claro, más claro que el cristal de la botella que lo contiene, más diáfano que el aire. Ya no hay bruma. No nieva. Descubre que la realidad sin velos es una maravillosa vaciedad; es la nada.

Jonás despertó con el ruido de un ladrido que a aquella nada la transformó en todo. De mala gana, y con algún dolor, surgió de aquel divino ensimismamiento. En las colinas, la luz del sol brillaba triunfal; y el cielo, ya sin nubes, era de un azul verdoso, como la pálida agua. Tenía los miembros entumecidos. Al verlos, el perro trotaba contoneándose en torno a un banco de fierro donde dos enamorados se desfogaban, olfateando por todas partes, buscando quizá algo perdido en alguna vida pasada. De repente salió disparado como una liebre que salta, las orejas echadas atrás, en persecución de la sombra de una gaviota en vuelo raso. La pareja no le dio la menor importancia. Jonás se dejó llevar por un impulso y dio un silbido chillón que le hirió al perro las flojas orejas. Éste se dio vuelta, trotó despreocupado de sus amos y de la gaviota en dirección de Jonás. Se detuvo, con las patas delanteras rígidas, en el borde de encaje de un riachuelo, las orejas aguzadas hacia Jonás. Volvió a silbar chillonamente y el perro movió la cola. Su hocico levantado ladró al silbido. Volvió a ladrar mientras corría hacia él, se irguió y en ese momento, gracias al fervor útil de los decepcionantes recuerdos, como un oso, Jonás aprovechó para morderlo en pleno cuello, ahogándolo. Fue un mordisco majestuoso y tan acertado, que el perro no tuvo tiempo de emitir sonido alguno, tal vez éste también sorprendido por aquella actitud inusual en un humano. Muerto el perro, Jonás lo olfateó; más parecía buitrear al perro. Ah, pobre cuerpo de perro. Ah, Jonás exultante, redimido.

El callejón de vuelta a casa. Calle de prostitutas. Harún Al-Rashid, así se llama la calle en honor al hombre que guiaba a otros hombres por el barrio de las putas en Dublín. Esas mujeres acercan sus senos lo más posible a los hombres que pasan, los exponen como se venden melones en Portobello. Él sonríe. Piensa en fruta cremosa. Sus pies lívidos, saliendo de sus pantalones remangados, azotan el asfalto. Una bufanda color ladrillo estrangula su cuello. Unos mujeriles pasos lo siguen. Le flota el pelo al aire, tras la cara áspera. Esa mujer, que esconde en la noche los defectos de su cuerpo, lo llama. Le pide que la besuquee, que se la coma, le dice te la chupo, estoy cachonda. Una blancura de diabla que viste andrajos.

7

Sí, estaba maldito, tanto como un jirón de naipes guardados en un bolsillo de pantalones, tanto como unos ojos en el desierto, tanto como un náufrago en altamar, desfalleciendo de sed, o como un hombre que manda una carta de amor vía paloma mensajera, pero en una paloma que antes se encargó de enceguecer, o, ¡lamentable!, como un mimo que descubre que su mejor silencio es la palabra. Este Jonás del mundo, este Jonás que quiso ser todos los hombres, estaba maldito, como si hubiese nacido por la oreja de una mujer sin trasero. Además, para ser todos los hombres, hay que ser un muerto. Estaba condenado, siente tanta vergüenza que el registro de criminales del mundo, manchado con todos los demás incestos y bestialidades, apenas siente su quebrantamiento. Entraba en las estaciones del metropolitano y con el periódico bajo el brazo, habitual en él, hablaba con la gente de que el mundo debe cambiar. Que cómo era posible que nadie percibiese que, de seguir las cosas como están, el final se aproximaba, que Dios, o Su ira, pronto fulminarían todo. Y nadie le hacía caso. Allí se lo podía encontrar, predicando la Buena Nueva, advirtiendo las calamidades. Pero estaba maldito, nadie lo puede negar, nadie le creía ni una sola palabra. Un loco más, decían unos. Otros, lo escuchaban por pena. Y había quien se encolerizaba y lo insultaba o intentaba agredirlo. Pero estaba maldito el pobre de Jonás. No olvidaba los cuadros amarillentos de su infancia, los que se habían amarillado por el paso de los años y los que aparecían amarillos por ese lejano y borroso porvenir que nunca llegó. Todo ese trajín, la palabra de Dios en su boca, no era otra cosa que una excusa. Una justificación para su mala fortuna.

No regresó a Liliput en un buen tiempo. Arregló su casa, hasta casi volverla un hogar. Pensó seriamente tramitar el traslado del cuerpo de su madre, que descansaba en el camposanto, para enterrarla donde ella siempre quiso y que él se empeñó en objetar ya muerta ella, bajo el roble del patio de atrás. Encaminó los bienes familiares e invirtió buena parte del dinero heredado en la bolsa de valores. Pero al regresar al bar, se sintió Gulliver, porque su suerte había sufrido un vuelco.

–Señor Jonás, por favor –le invitó el camarero a tomar asiento.

Abrió los ojos con expresión de alegría y curiosidad. Luego frunció el ceño. Era un guapo joven con mucho garbo que le acercó la escalera para que Jonás subiera a la silla. Buena raza, pensó Jonás.

–¿Qué se le ofrece?

–Una cerveza, tal vez.

–Disculpe que me entrometa, pero usted siempre se pide un whisky en las rocas.

No podía creerlo. Lo recordaban. Su esfuerzo no había sido en vano. Recordaban su rostro, por lo tanto recordaban su misión o sus alegatos, la de un hombre que sabe que si ha de vivir debe hacerlo sin timón y en el delirio, tal como lo pregonó Santiago. De repente, Jonás Mundo fue Jonás Donsonrisas, Jonás Ojosdeplacer, Jonás Miradaclaratímida, en suma, Jonás Cualquiera.

Con un largo suspiro, asintió a la sugerencia del camarero, y volvió sus gafas a la nariz. Dominado por una ardiente alegría, Jonás el superhombre, Jonás el maestro de literatura francesa, Jonás el mentiroso, se obligó a pensar en su vida, buscando con alivio la imagen que más le gustara, y no halló nada más grato que ese momento. La corbata en arco, el cuello cruzado, los dientes en los que aun sentía residuos de sangre de perro, el cerebro lastimoso con despreciables recuerdos, los gestos mecanizados, groseros, el exceso de audacia de los ojos y, en la boca, la curva aplastada de la resignación.

Y si éste era su posible destino, si por el sólo hecho de vivir corría el riesgo de ser popular, de llevar podrido el cerebro una decena de años antes de que se le pudriese el cuerpo, pues habría de acoplarse al mismo. Pensaba en la vida, y no sentía que ella fuera su fatalidad. Una fuerza ciega lo obligaba a crecer, a gozar, le interesara o no.

–He aquí, señor Jonás, su whisky –dijo el camarero con gran rapidez, como apurado.

Jonás se lo agradeció con una sonrisa entrecortada. Lo que en verdad agradecía era el haber escuchado de sus labios, otra vez, su nombre.

En esos labios, pensó, me siento como una oruga en su capullo.

Brindó en silencio por sí mismo, una, dos, tres veces. Proverbialmente apacible, colosal, incontenible, frenético, ambiguo, universal y único, como un hombre que sabe que quiere masturbarse pero que no encuentra en ningún lugar una imagen satisfactoria, digna de sí mismo, de su hartazgo que pronto ha de devenir lastre, Jonás se levantó, bajó las escaleras de la silla, por un extraño impulso contó quince segundos antes de abrir la puerta y salió del lugar.

8

De tanto loco está lleno el mundo, se dijo ella, que terminó por aceptar. ¡Con tal que me pague! Hay que verla frotando el índice contra el pulgar para indicar dinero.

Y empezó a decir Jonás, en varios tonos, lentamente o como en un asalto de cólera. Espantada como si el fin del mundo fuera ese nombre. No lo dijo ciento una veces. Lo dijo más de quinientas. Lo dijo en do menor y la siete. Lo dijo acongojada, llorosa, sonriente. Enronqueció para decir Jonás. Cantó: Jonás, Jonás, Jonás. Y él la pausaba. Y él la apuraba. Cuando la pellizcó, le pidió que en lugar del ay cotidiano o cualquiera otra expresión dijera Jonás. Cuando la besó, con su lengua adentro de ella, le pidió que dijera Jonás. Cuando por fin la penetró, cuando fueron uno, ella no podía decir más que Jonás. Cuando batallaban, cuando se ensartaban con dificultad, cuando hallaron la posición perfecta, cuando ella empezó a gritar Jonás, Jonás, como una mujer medio demente, cuando la carne se hizo sangre de tan herida que estaba. Cuando entendieron que estaban embrujados, convencidos por una rutina. Cuando todo fue claro y llegaba a ellos el retoño, ella no dijo más que Jonás, y él se limitó a escucharla.

Jonás conoció el oprobio, la duda y culminó sus días como admirador de la diversidad. Acudió seguidamente al burdel y de tan gigante que era, supo que ya no cabía en el bar Liliput. Era fácil verlo por allá de la mano de una morena africana de diminuta cintura que parecía indiferente a sus afectos y que se mantenía tercamente muda, besándola una y otra vez ante la repugnancia de la gente, jurándole que aquella noche estaba drogado, con algo callejero e involuntario, gente a la que respondía que no sabía a qué se referían cuando le preguntaban si él era aquel Jonás que deambulaba con la palabra de Dios a flor de labios, el mismo que ahora, cuando le toca presentarse ante alguien, se inventa, sin aspavientos, un nombre distinto.

De vez en cuando, sin razón alguna, se puede jurar que se pone a sollozar. Casi siempre está exhausto y a veces, muy pocas veces logra dormir.

–Mujer –le dice a la morena–, es que a veces se me va el alma en los sueños.

 

Sobre el Autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta (2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .