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Horacio Castellanos Moya: “La paranoia es el aire que se respira en la contemporaneidad”

por: Pedro Romero Irula y Andreas Portillo

Foto: EDH- Salvador Meléndez

La materia prima de la obra de Horacio Castellanos Moya (1957) es la memoria, el trauma personal y colectivo de Centroamérica, y en particular, de El Salvador. En sus narraciones se percibe la paranoia y las neurosis características de quienes han crecido en medio de una historia cercada por el terror y la violencia. Son también una aproximación a los sentimientos encontrados que tales situaciones provocan en quienes las viven, en la huella indeleble que dejan en las distintas generaciones que las protagonizan. Por ejemplo en Tirana memoria, se ocupa del derrocamiento del infame dictador Hernández Martínez, desde las perspectivas insólitas de un ama de casa que, junto con otras mujeres de diversas clases sociales, lideran un movimiento popular contra el régimen, y la de un dúo de parientes accidentados que deben huir de las autoridades tras el fracaso de un golpe de estado militar. En Desmoronamiento registra lo absurdo del conflicto hondureño-salvadoreño de finales de los 60s (conocido como la Guerra de las Cien Horas) y la aparente facilidad para odiar de nuestros pueblos. La sirvienta y el luchador, un thriller intenso y oscurísimo, toca con gran sabiduría literaria el archiconocido tema de la violencia desenfrenada del conflicto armado de los 80s. Más violenta y más bizarra es Baile con serpientes, donde un graduado de humanidades desequilibrado que convive con unas culebras asola el San Salvador de posguerra. En fin, sin caer en la historiografía ni en el testimonio, Castellanos Moya ya ha registrado en su obra las constantes trágicas (y también, por qué no, cómicas) del siglo XX salvadoreño y centroamericano.

En su más reciente novela, Moronga (Random House Mondadori, 2018), retoma a uno de sus personajes más recurrentes, odiados y simpáticos- no por nada recibió amenazas de muerte después de publicar El asco, que entre otras cosas, es una crítica mordaz a cierto sector y a ciertas prácticas y visiones de mundo de la sociedad salvadoreña- para explorar las secuelas del conflicto armado y la aparente muerte de los grandes relatos  en un mundo donde las revoluciones parecen ser cada vez menos un horizonte posible. En Moronga se exploran fenómenos como la migración y el fortalecimiento del crimen organizado como consecuencias directas de la guerra, o el estado de hipervigilancia presente en la sociedad norteamericana. El escritor, en su más reciente visita Argentina, asistió a la décima edición del FILBA (Feria Internacional del Libro de Buenos Aires). Con ello surgió la oportunidad de tener una charla con él, que posteriormente dio pie a una entrevista vía mail en la que ahondamos varios de estos temas:

En Insensatez, El sueño del retorno, La diabla en el espejo, y en Moronga  somos testigos de la degradación de la psique de los protagonistas, la paranoia se apodera de ellos. En La diabla y en Insensatez los protagonistas parecen consumidos por ella hasta un punto en el que no hay vuelta atrás. En El sueño del retorno y en Moronga, en cambio, la paranoia es parte del mecanismo de supervivencia de Erasmo, aunque al final esa misma paranoia no lo salva de las circunstancias absurdas en las que termina. ¿Cómo surgió esta idea de la paranoia como mecanismo para contar una historia?

La paranoia no surgió como un mecanismo para contar la historia. La paranoia siempre estuvo ahí, era parte del mundo en que me formé. Se expresó en mi literatura como algo natural, no como un mecanismo literario racionalizado con el que busco producir un efecto. La paranoia es un estado mental y emocional caracterizado por la velocidad y la exageración, lo que no le hace mal a la ficción, sino todo lo contrario. Ciertamente Erasmo Aragón termina muy mal en Moronga, de nada le sirve la exacerbación de los sentidos ni la supuesta agudeza mental que se auto atribuye gracias a la paranoia. El destino –o el azar, vaya uno a saber– le juega una mala pasada. Pero es interesante preguntarse si no son su propia forma de ser, su obsesión sexual, sus compulsiones, las que propician las circunstancias para que termine de esa manera.

Más allá de las coyunturas políticas, y que, como ya ha dicho en alguna entrevista, al final en los países violentos el paranoico tiene más chances de sobrevivir, ¿Cuáles son los antecedentes literarios  de autores que utilizan este recurso?

Comencemos por el principio. Qué es Crimen y castigo de Dostoievski sino la más perfecta novela sobre la alteración nerviosa del criminal paranoico. Buena parte de la novela policíaca contemporánea también funciona desde la paranoia. Y en el cine los ejemplos abundan luego de Hitchcock; para no hablar de un grupo importante de series de televisión. Me parece que la paranoia no es un tema o un recursos, insisto, es el aire que se respira en la contemporaneidad, en unos lugares más que en otros, por supuesto. Pero el artista, el escritor, tiene una especie de radar, como decía Hemingway, que le permite olfatear con mayor sutileza lo que está en el aire.

Pepé Pindonga es un personaje recurrente en sus cuentos, y novelas, es un detective más bien motivado por la lujuria, la curiosidad, o la mera supervivencia, esto en contraposición a la figura del detective indudablemente analítico o frío como Dupin, Sherlock Holmes; o el intuitivo Comisario Croce de Piglia. ¿Cómo sería posible la figura de un detective en el San Salvador actual, cuáles serían sus posibilidades en un país donde todo el mundo desconfía de todo el mundo, y en donde las instituciones como la PNC están plagadas de corrupción e impunidad?

La corrupción de las instituciones, el clima de inseguridad, la impunidad, la desconfianza, conforman un excelente escenario para un detective. Por ejemplo, los detectives de la gran novela negra estadounidense –pienso en Sam Spade, Phillipe Marlow o Sepulturero Jones y Ataúd Ed– se mueven en ciudades corroídas por esos problemas. Ciertamente las condiciones en El Salvador son extremas, pero en términos literarios lo importante es la verosimilitud. Lo que sucede en El Salvador de hoy podría ser una mina de oro para un escritor de novelas policiacas. Claro, siempre y cuando tenga el conocimiento, la pasión, el talento, la voluntad y la capacidad de trabajo.

A lo largo de su obra persiste un sentido del humor irreverente, que parece alimentarse de la desesperación en la que surge (El asco; la travesía de Jimmy y Clemen en Tirana memoria; el personaje titular de Moronga; el recorrido circular del narrador de Baile con serpientes, etc.). ¿Qué valor tiene para usted esa capacidad de burla?

Burlarse del mundo es una forma de resistirlo. Pero conste: el humor irreverente no es un atributo mío, sino parte de una idiosincrasia nacional. En una de sus obras, Roque Dalton cita a mi tío Jacinto Castellanos Rivas, quien sostenía que el concepto “por joder” era el motor de la historia en El Salvador.  

De alguna manera, hoy en día la noción de ficción se ha ampliado. Gran parte de las nuevas generaciones literarias, específicamente en la narrativa, tuvieron un acercamiento a la ficción que partía no sólo de libros, sino de series de televisión y el cine. ¿Le parece que estas nuevas influencias son perceptibles en la manera contemporánea de narrar?

Seguramente. El escritor es hijo de su tiempo. Lo que sucede a su alrededor –lo que mira, lo que escucha, lo que come– lo influye de una u otra manera. Ahora bien, la serie, como forma televisiva, no es nueva. Es el mismo formato de la telenovela. La diferencia es que ahora se abordan temas más audaces y el marketing es masivo.

En sus novelas usted recorre buena parte de la historia reciente de El Salvador: desde el derrocamiento de Martínez (1944) hasta la posguerra (principios del siglo XXI). En todas ellas, la historia tiene un rol protagónico sin llegar a ser absoluto. ¿Cómo lograr ese equilibrio entre drama narrativo literario y drama histórico? ¿Ha sido consciente este esfuerzo de tratar la historia salvadoreña en sus novelas?

He sido consciente de que la historia salvadoreña es el paisaje de fondo de la mayoría de mis novelas, lo que no significa que escriba mis novelas para dejar un registro histórico. El impulso literario surge de otra fuente más intuitiva, privada, escabrosa. Y lo que conduce la narración son los pensamientos y emociones de los personajes en función de la trama, no de abstracciones políticas.

Tampoco podemos evitar encontrar ciertos paralelismos entre algunos personajes suyos y ciertos episodios de la vida de Roque Dalton: Zeledón, el guerrillero, es el hijo bastardo de un personaje problemático, de procedencia bastante acomodada, y de una enfermera. La situación  de Haydee y Pericles en Tirana memoria es parecida con la de los presos y perseguidos políticos los 60´s y 70´s. ¿Existe algún homenaje a la figura de Dalton en sus novelas? Más allá de eso ¿Cuál es su valoración del autor?

Es evidente que en tres de mis novelas –La diáspora, El asco y Moronga– la figura de Dalton es un referente importante. También escribí un cuento, “Poema de amor”, que aborda su muerte desde una interpretación caprichosa. Dalton ha sido el escritor más importante de El Salvador, por la envergadura, calidad y proyección de su obra poética, como por sus textos narrativos sobre la historia del país. Es un poeta irregular –natural en una producción tan vasta–, que a veces tiene caídas estrepitosas en lo panfletario, pero que también alcanza alturas de primer nivel en la poesía latinoamericana.  Su asesinato a manos de sus compañeros de lucha amerita la reflexión sobre las relaciones entre el escritor y el poder político en El Salvador, entre el escritor y la sociedad a la que pertenece. Igualmente es muy significativo el hecho de que nadie haya sido juzgado por su crimen y que los asesinos se nieguen a revelar dónde enterraron su cadáver.

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MORONGA*

Los empleados entrábamos al edificio por una puerta trasera, del lado del estacionamiento, con una tarjeta magnética y una clave. El ascensor, con la misma tarjeta, nos conducía al cuarto piso. Esa primera noche, caminé las cinco cuadras desde casa. Rick me esperaba a la salida del ascensor. Era un tipo como de mi edad, fornido, con el rostro un poco apache y coleta; vestía sudadera, jeans y unas botas anaranjadas como las que usan los trabajadores que hacen reparaciones en las calles. La pinta era la de un exhippie, pero tenía voz de mando y exudaba energía nerviosa. Dio un aplauso llamando la atención de los demás empleados y me presentó. Había dos mujeres en el grupo; ninguna era Julia. Las pantallas que estarían a mi cargo eran la nueve, la diez, la once y la doce, explicó Rick. La nueve enfocaba un sector de la calle peatonal donde se localizaban los bares, algunos de los cuales eran los favoritos de los alumnos universitarios. En la diez se observaba el corto pasaje entre el hotel Holiday Inn y el bar Daiquiri, utilizado por fumadores y otra ralea, por el que se podía acceder de la peatonal a uno de los principales estacionamientos del pueblo. La pantalla once mostraba la puerta de entrada al estacionamiento y la máquina de pago. Y la doce estaba dividida en dos: a un lado, se observaba el frente de cada auto con sus ocupantes delanteros en el momento en que se acercaba a la caseta de salida; en el otro, la parte trasera del auto, a la altura de la placa, cuando salía a la calle. Rick se sentó al teclado a explicarme cómo funcionaba el sistema: la notificación de emergencias, el congelamiento de imágenes, la toma de fotos y su envío, la repetición de secuencias; el almacenaje se producía de manera automática. Me dio un manual impreso. Pero me advirtió que el punto clave era la concentración, no distraerme. Luego especificó que los objetivos principales a detectar eran tres: borrachos que armaran camorra en la peatonal, borrachos que condujeran y tipos que utilizaran el pasaje para el consumo de droga. Lo más común es el tipo que sale borracho del bar, camina por el pasaje, entra al estacionamiento y sale conduciendo su auto, dijo señalando las pantallas en secuencia. Entonces yo debía tomar las fotos del auto y meterlas al sistema con un código. Los oficiales en las patrullas las recibirían de forma instantánea.

*Fragmento de Moronga (Random House Mondadori, 2018)

Venir de donde asustan. La obra de Horacio Castellanos Moya

Por: Pedro Romero Irula

Uno es salvadoreño, creo yo, de la misma manera en que uno puede ser asmático o diabético o bizco: no queda de otra más que rechinar los dientes y agitar el dedo medio al cielo por la broma pesada de haber nacido en un país tan aberrante como El Salvador. No es de extrañar, entonces, que yo haya llegado a Castellanos Moya mediante El asco, una novelita chistosísima que en El Salvador goza de alguna fama polémica (tanto como pueda tenerla un libro en un país donde nadie lee) por aquello de los nacionalismos ofendidos y las circunstancias que empujaron a su autor al exilio, un exilio que le significó catapultarse a un escenario literario radicalmente distinto. Ya he escrito en otra parte que hay quienes leen El asco como leerían, digamos, a Marx o a Bourdieu, es decir, con seriedad religiosa, como si se tratara de una crítica sesuda de una cultura aborrecible en lugar de una burla magistral en clave de Thomas Bernhard.

Este sentido del humor, que a veces es apenas distinguible de la angustia y la rabia propias de quien crece en una sociedad tan hostil como la salvadoreña, aparece, de hecho, en toda la obra de Moya. Desde los cuentos absolutamente salvadoreños, tan genuinos que cualquiera que haya malvivido un rato en una colonia de San Salvador puede imaginarlos a la perfección, de ¿Qué signo es usted, niña Berta? hasta las peleas histéricas de dos perseguidos políticos tras un fallido intento de golpe de estado en Tirana memoria, hay una voluntad de hierro por reírse y burlarse de las circunstancias más perversas que la vida o la historia puedan arrojar sobre cualquiera. Lo cierto es que este humor no es tan solo un recurso literario, por demás dominado por Moya con un encanto envidiable, sino además una estrategia de supervivencia. En El Salvador, un agujero en el camino en Centroamérica, un lugar famoso tan solo por atrocidades y asesinatos, la vida es más bien un accidente, la manera de conducirse por la ciudad es la paranoia, y la regla de oro para las relaciones sociales, la gana de joder. Parece que es tan saludable burlarse como matarse (o migrar, pero también matarse): Castellanos Moya opta por la primera.

Quizás es este mismo mecanismo el que (y esto, seguramente, va a sonar estúpido) lo hace mantener un tono y una voz en gran medida salvadoreños. No me refiero al uso de regionalismos o de una particular gramática nacional, sino a la capacidad abrumadora de construir personajes invocados de los renglones más espantosos de la historia salvadoreña: el Vikingo, destripador de las fuerzas de seguridad estatales en La sirvienta y el luchador (una novela que me dio miedo), la vieja rica y parlanchina infinitamente perversa cuya paranoia le devora la cordura en La diabla en el espejo, los narradores perturbados y neuróticos que comprenden que aún en medio del horror de la historia la vida continúa, muchas veces rumbo a peor (Insensatez, Desmoronamiento, El sueño del retorno). La lista podría extenderse, pero resulta mejor ver a estos personajes en acción, en vivo y en directo, en la obra de Moya.

Es curioso que Moya se haya abierto un espacio entre los lectores iberoamericanos (y ahora que empiezan a traducirlo también anglosajones) sin sacrificar esta particularidad. Lo menciono porque en la narrativa salvadoreña ha aparecido una ola de novelas sobre el país dirigidas a un público extranjero. Un ejemplo de ello es Noviembre, de Jorge Galán (que es muy buen poeta), una novela más bien simplona y poco memorable sobre la masacre de seis jesuitas y dos colaboradoras en la universidad por ellos fundada, cometida por los militares salvadoreños en 1989. Lo que también es curioso, por no decir impresionante o paradójico, es que esa novela le haya valido a Jorge Galán amenazas de muerte por las que ha debido exiliarse. No puedo sino pensar en Horacio Castellanos Moya, en esa exacta situación, hace unos veinte años, tras la publicación de El asco.

Otro elemento, quizás para muchos el más importante, por el que destaca la obra de Moya es su indiscutible calidad literaria. Es posible (y lo hago solo de la manera más antojadiza) hablar sobre sus novelas en dos partes: un ciclo de la violencia (Baile con serpientes, El asco, La diabla en el espejo, El arma en el hombre, quizás La diáspora) y un ciclo de la memoria o del trauma (Desmoronamiento, Donde no estén ustedes, Tirana memoria, La sirvienta y el luchador, El sueño del retorno). Una especie de bisagra entre ambas es Insensatez.

Las primeras, naturalmente, se preocupan de la facilidad salvadoreña para el homicidio y la tortura: un loco con una brigada de serpientes pone San Salvador patas arriba, un soldado desmovilizado entra a la posguerra por la puerta del crimen organizado, una mujer insoportable hurga en el pasado oscuro de su mejor amiga recién asesinada, un hombre absolutamente trastornado por su regreso a El Salvador de final de milenio despotrica sin parar. El segundo ciclo se dirige hacia otro tipo de angustia: saber que, a fin de cuentas, solo tenemos nuestra memoria, y muchas veces esa memoria es un cúmulo de traumas que no nos sirven siquiera para ver qué pasó, cómo terminamos tan jodidos, qué podríamos hacer por recuperar algún sentido. La clave narrativa de este ciclo es la historia de dos familias relacionadas, los salvadoreños Aragón y los Mira hondureños, una historia, además, sitiada por los avatares del siglo XX centroamericano. Insensatez, por su parte, narra la imposibilidad de un investigador en Guatemala de lidiar con el pasado inmediato del país, plagado de violencia y mal sin fin.

No pretendo construir una especie de canon para leer a Moya o una sandez en esa línea, sino señalar la construcción de universos literarios donde cada novela encaja a la perfección, sin resquicios ni forzaduras, tanto en el seguimiento de las sagas familiares Aragón y Mira, como en la aparición de personajes recurrentes, situaciones paralelas y cronologías compartidas. Por ello terminé leyendo su obra de corrido, novela tras novela, como un maldito yonqui, ansioso por más.

Moya, en fin, es un novelista que se sostiene por sus propios méritos: su tenacidad y su talento. Por eso me resulta condescendiente que sus libros siempre aparezcan con sendas cintas impresas con fragmentos de críticas favorables de algún medio europeo o de algún escritor más famoso (la frase de Bolaño (1) que lo define como un “melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”, lo que sea que eso signifique, ya es imprescindible), como si los editores se disculparan por publicar a un gato proveniente de un país que no existe, que a todo mundo le suena a isla caribeña, que con toda seguridad no sobrevivirá a esta década.

Pronto saldrá a la venta, o ya salió, no lo sé, su nueva novela: Moronga (un título, valga la aclaración, divertidísimo, que en El Salvador tiene varios significados: una salchicha hecha de sangre, un pene, una paliza, un apodo para un moreno reluciente y malvado como los que tanto pululan por las calles de San Salvador). Ya sea por enterarse de un país aborrecible, por odio a dicho país aborrecible, por curiosidad, por morbo o por simples ganas de un buen libro: léanla.

Notas al pie:

  1. Ya había escrito Moya algo sobre la canonización de cierta figura mítica de Roberto Bolaño, una mezcla de neo-beatnik joven y viajero con inclinaciones políticas más o menos izquierdistas y grandes ambiciones literarias, por parte de las editoriales, tanto de habla hispana como inglesa.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.