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El espíritu de (no) ser Chiquititas

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Por: Carolina Calcagno                                                         Foto: Lineth Paz @coleslawhat

Tenía alrededor de siete. Estaba en la sobremesa del mediodía con mi mamá. Solíamos quedarnos solas charlando, hábitos madre-hija que hasta el día de hoy conservamos. Hacía ya varios días que tenía una inquietud que dentro de mi mundo de ciento veinte centímetros, representaba bastante. Aproveché la intimidad, tomé valor y sin pensarlo mucho, lo largué: “mamá, quiero ser huérfana”.

Mamá abrió los ojos. Supongo que nunca hubiese imaginado una sepultura en vida; mucho menos que vendría de parte de una de sus hijas y a tan corta edad. Ahí lo tenía: su rol de madre puesto en jaque en cuatro palabras. Años de crianza exclusiva tirados a la basura. Al día de hoy, recordamos esa anécdota con humor.

En Rincón de Luz las camas tenían doble frazada, los escalones sonaban como teclas de piano y las comidas variaban más que el guiso de arroz. Así cualquiera es huérfanx. No fui la única en confundir ficción con realidad, querer escaparme de casa y subirme al primer tren con destino a Telefé. Un mundo que, incluso siendo ficción, amalgamaba aspectos y elementos de la realidad.

La anécdota deja de ser divertida cuando tomamos dimensión del “mundillo Chiquititas”: la telenovela de mayor duración en la historia de la televisión argentina; con más de mil episodios; seis temporadas teatrales récord en la historia del teatro del país; varios discos musicales que alcanzaron importantes ventas; premios Martín Fierro, Gardel y un Grammy Latino; emisiones en treinta y seis países; giras a Israel; una versión mexicana y una brasileña.

Los datos son relevantes no sólo por los aportes al negocio Cris Morena Group, sino por el tiempo ¿invertido? ¿gastado? de los consumidores del programa. Hablamos de niñas -y también niños- que, de ser disciplinadas televidentes y no perdernos ni un capítulo, gastamos alrededor de mil doscientas sesenta (¡¡mil doscientas sesenta!!) horas de nuestra, entonces, corta vida, únicamente viendo Chiquititas. Prefiero ser piadosa y no tener en consideración el consumo de VHS ni cassettes, ni las idas al teatro en plenas vacaciones de invierno.

Reflexionar sobre los consumos culturales a lo largo de nuestra vida incluye, entonces, pensarnos como consumidores desde la niñez. Subestimar Chiquititas sería desconocer la influencia y el rol socializador de la telenovela. Mi relación actual con el programa de Cris Morena es ambivalente: si por un lado, domina una mirada inquisidora respecto de las cargas ideológicas impresas en programa; por otro, me resulta extremadamente complicado -y arrogante- pensarme y pensar mi biografía por fuera de él.

El camino más fácil siempre es el de criticar de principio a fin los estereotipos que asume, las desigualdades que evidencia y los efectos que produce el programa televisivo en sus consumidores, en este caso, un público infantojuvenil. Sin embargo, me interesa pararme en esa ambivalencia que planteé anteriormente: es decir, poder reflexionar sobre el mundillo Chiquititas desde mi propia vivencia.

En las últimas semanas me tomé un rato de cada día para intentar interiorizarme nuevamente en la telenovela. La gran mayoría de los capítulos y videoclips, con mejor o peor calidad, pueden encontrarse en Internet. Eso ya es un dato relevante, no sólo porque me ahorró desempolvar los VHS, sino porque evidencia el poder de la cultura digital, de cuyo alcance hacemos uso, pero también somos partícipes en su producción.

A esta altura, la crítica en términos de clase ya parece una obviedad: nada tienen que ver los huérfanos de Rincón de Luz con los de la realidad. Es más, parecería ser que a Cris Morena esta reflexión no le quitaba el sueño; por momentos los guardapolvos de colores del hogar hasta se convertían en uniformes de colegio privado, con polleras escocesas de lana, camisas blancas bien planchadas y mocasines de gamuza.

En pleno 2019 resulta imposible ver Chiquititas sin los lentes del género. Nos guste o no, generaciones enteras crecimos con esta novela, que nos sugirió -por no decir impuso- sutilmente cómo ser niñxs pero también cómo crecer y comportarnos. Entre los videos, hay tres que -además de chorrear estilo noventoso en su estética y ser pegadizos- resultan atractivos para mostrar los ideales que reproducía el programa.

En ¿Qué hiciste, qué?, además de confirmar que mis habilidades actorales no estaban muy lejos de las de mis ídolos de la TV, vemos que son los pibes los que encaran a las minas. Van de frente, las obligan a darles bola, y se las apretan. ¿Alguien no está pudiendo ver acoso? Me avisan.

Del otro lado, las pibas son enamoradizas, les gustan los pibes porque las hacen sentir protegidas y les dicen cosas lindas. El último mensaje: si no se apuran, se quedan solas. En línea con esto, La Edad del Pavo, mi en aquel entonces canción preferida, confirma que parecen tontas al solo querer estar de novias y no jugar con los pibes. Bueno, podríamos seguir, pero dudo que encontremos algún intersticio en tanta heteronorma. La pubertad parece estar llegando y no hay ESI que los acompañe.

Chiquititas posibilita mucho más que un ejercicio de desentrañar ciertas formas de operación del discurso mediático. Permite adentrarse en una comprensión más amplia del sentido que este discurso adquiere en el contexto socio-histórico que vivíamos y que, aunque lo neguemos, vivimos. Estas líneas no fueron un intento por develar nada que no haya sido dicho. Más bien, son una excusa para revivir ciertas imágenes e ideas con las que muchos crecimos. Y, por qué no, para pedirle perdón a mi mamá.

Sobre la autora:

“Charlatana por deporte. Cantante de ducha y cocinera de lemmon pies. Copas mediante, una amiga me dijo tener una “dulzura política”. No sé lo que significa pero garpa. Habito la Universidad Nacional de San Martín y edito en Revista Márgenes.”

Editorial

dossier 3 lanzamiento

Por Revista Tránsitos

Vivimos en un sistema que fue la respuesta del capitalismo hacia el fantasmagórico acecho del comunismo. El neoliberalismo ha logrado naturalizar la idea de que no hay alternativa posible. “Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo.” Aquellos Estados de bienestar nos producen nostalgia, porque hubiéramos preferido luchar en ellos y contra ellos, un enemigo mil veces más concreto que el voraz e inescrupuloso neoliberalismo: abstracto, sin un aparente sujeto que lo encarne, banalizador de aquel modelo de movilidad social, al que volvemos simbólicamente, a través de modelos estéticos vacíos y congelados

Para este tercer y milagroso número de Tránsitos, queremos interpretar a otros fantasmas que rondan no solo nuestras cabezas, sino los productos y consumos culturales que le dieron sentido a nuestras luchas actuales. Pretendemos explorar sus límites y posibilidades, religar la cultura popular y el arte experimental con una clara posición de izquierdas. Nos proponemos pensar el capitalismo tardío,  el estado de la cultura como el pulso y termómetro que nos puede revelar sus síntomas.


De la mano de Mark Fisher, heredero de Jameson, Benjamin,  Adorno, Horkheimer y de la escuela de Birmingham, no pretendemos evadir los diagnósticos totalizadores del sistema económico que impera actualmente y sus consecuencias. No nos saltamos el análisis económico, lo abordamos desde su complejidad cultural: la superestructura, cada vez más ambigua y por tanto, más trascendente, digerida y abstraída en  series, telenovelas, películas, dibujos animados y la música de nuestros tiempos: “la cultura acumulada del siglo XX”. Hablamos más allá de un tiempo específico, situando el tiempo como movimiento al usar la categoría de temporalidad.  

Fisher deja un corpus para la interpretación, nosotros sumamos la cualidad innata de consumidores culturales y las licencias que nos permite la ambigüedad del criterio estético para interpretar a los fantasmas de nuestro tiempo.

Espacios de Vertigo - Edgar Portillo

¿Sueñan los androides con el fin del capitalismo?: hauntology & realismo capitalista en la obra de Philip K. Dick

Por Andreas Portillo                              Fotografía: Edgar Portillo @edgarenremolinos

I.  El profeta lisérgico

Hay una imagen de la serie británica Sphire & Steele que Mark Fisher utiliza en su ensayo La lenta cancelación del futuro para hablar del anacronismo y la inercia que acechan a la cultura (de masas) en el siglo XXI. En la secuencia, los protagonistas, que son una especie de detectives venidos de otros rincones de la galaxia para arreglar brechas espacio-temporales, están atrapados en un no lugar, en un lugar que ya no existe: un café al lado de la carretera propio de la década de los 50. Lo importante de la escena es su profetismo sobre nuestra época: “esa condición general en  la que la vida continúa pero el tiempo se ha detenido” 1.

Fisher afirma que el siglo XX estuvo lleno de cultura experimental en todos los campos. Caracteriza – es un ejercicio de fácil comprobación- la escena musical entre los 60 y 90 como una constante sucesión de vanguardias y estilos nuevos, “un delirio recombinatorio que parecía ser infinito” 2. Lo mismo puede decirse del cine, la televisión que iba explotando cada vez más su potencial narrativo, y de otros productos culturales. El siglo XXI, en cambio, “se ve oprimido por una aplastante sensación de finitud y agotamiento” 3. O dicho de otra manera: estamos atrapados en el siglo XX, en los formatos y estéticas del pasado. Para Fisher la cultura ha perdido la capacidad de asir y articular el presente. Esto se ve reflejado en los refritos melancólicos de artistas como Lana del Rey, King Krule, o en el centenar de bandas que pretenden actualizar la psicodelia, el folk, o el jazz cuando en realidad, hay poco de innovativo en lo que producen. Esto también se ve materializado en las numerosas películas o series que ofrecen plataformas como Netflix, cuyos temas y estéticas difieren poco entre sí, predominando la tendencia del refrito melancólico de los 80 (Stranger Things, Deutschland 83, Dark, Mindhunter, etc) y la distopía futurística (Black Mirror, The Rain, Travelers, 3%, etc).

La discronía sincrónica en lo cultural, como la denomina Frederic Jameson,  la hegemonía de lo retro y el pastiche son síntoma de algo más profundo. La repetición y la igualación como síntoma ya era algo que Adorno & Horkheimer anunciaban en Dialéctica del iluminismo. En la cultura concebida como industria, argumentaban, predomina la igualación y producción en serie, se sacrifica “aquello por lo cual la lógica de la obra se distinguía del sistema social” 4. Este síntoma que ya señalaban los autores de la Escuela de Frankfurt se profundiza en el denominado capitalismo tardío,  asume una modalidad nueva. Con la retirada del Estado de Bienestar los artistas experimentales son privados de los recursos e incentivos para producir. La privatización de los servicios públicos se vuelve la norma, el aumento y la inflación en la vivienda en las grandes ciudades impone a todo el mundo a un medio hostil, de precarización y mera subsistencia. Surge la presión de crear algo inmediatamente exitoso, parecido a lo que ya era exitoso antes. La contracultura es cooptada por la derecha,  la cultura musical y audiovisual deja de ser la articulación donde se encuentran propuestas estéticas y de praxis opuestas al orden social existente. Lo que antes desafiaba el orden de las cosas, pasa a ser un producto de consumo, una práctica hedonista e individualista más (el movimiento hippie, la cultura del amor libre, o el punk son claros ejemplos de ello). De cierta forma, es la misma capacidad de soñar la que es suprimida.

Ahora bien, ¿cómo se relaciona Philip K. Dick con todo esto? Visionario como era, el autor se anticipa a su modo a este diagnóstico. La cancelación del futuro y la repetición de la historia fueron temas que lo obsesionaron y se reflejan en buena parte de su obra.

Ojo en el cielo (1957), una de sus primeras novelas, perfectamente podría haber inspirado las brechas espacio-temporales de Saphire & Steele. Los protagonistas de la novela caen en una especie de limbo ontológico, son suspendidos en un no lugar al caer al centro del Bevatrón, una máquina cuyo propósito y funcionamiento nunca son aclarados. La novela se convierte en una pesadilla epistemológica, o bien en una novela filosófica/detectivesca con ecos sartreanos: el infierno es ese universo que surge a partir del material psíquico de los demás, del otro. Los protagonistas no saben esto de inmediato, por supuesto. Van saliendo poco a poco de su sueño dogmático, descubriendo que ciertos elementos constitutivos del mundo real – el dinero, o el comercio sexual, o ciertos géneros musicales- ya no existen. Se dan cuenta que su futuro ha sido cancelado. Hay que enfatizar que muchos de los universos creados por el material psíquico de los demás se imponen coercitivamente a los otros. El creador del universo en cuestión puede eliminar ciertos elementos a su gusto, incluso cancelar la existencia de sus congéneres, si estos se niegan a ser parte de la puesta en escena. Todos tienen su turno para jugar a ser Dios.

Sin embargo, tenemos que tomar en cuenta el contexto en que se produce la novela de K. Dick. Podríamos argumentar que refleja, con esos mundos psíquicos diversos, los aspectos más conservadores y reaccionarios de la sociedad norteamericana de la época: el racismo, el fundamentalismo religioso, el anti intelectualismo, la fobia al comunismo o cualquier espacio de crítica al capitalismo.

K. Dick parece advertirnos desde el pasado, que cuando el futuro se cancela, el presente se vuelve una pesadilla, un caldo de cultivo para el fortalecimiento de ese pequeño monstruo de distintas caras que suele ser la derecha.

En Ubik (1969) vuelve a jugar con la idea del futuro cancelado, y con otra que abordaremos más adelante: la mercantilización paulatina de todos los aspectos de la vida. Por ahora basta decir que la mercantilización de la muerte, o bien, la extensión artificial de la vida sirviéndose de la criogenética es esencial para el desarrollo de la trama. Lo que parece que será una novela de intriga, una cacería de humanos con poderes telepáticos que amenazan con subvertir el orden cazados por otros humanos con poderes telepáticos al servicio de una corporación transnacional,  se convierte en una carrera contra el tiempo donde los protagonistas tienen que salir del limbo criogenético en el que se encuentran. No es casual que ese universo vaya retrocediendo cada vez más en el tiempo, y que a su vez una presencia maligna vaya absorbiendo una a una las vidas/conciencias del equipo anti-psíquico. En Ubik nada es lo que parece, y la realidad es cuestionada una y otra vez. Lo que es seguro es que si el futuro es cancelado, si existimos cada vez más en el pasado, de una forma superficial y ahistórica, las consecuencias son fatales.

Fluyan mis lágrimas dijo el policía (1974) tiene como protagonista a Jason Traverner, un cantante cuarentón que se ha sometido a una serie de operaciones costosas para convertirse en un seis. Traverner es el epítome de la industria cultural en ese futuro que imagina K. Dick: un súperhumano mejorado genéticamente, host de un show con una audiencia de treinta millones de personas, propietario de una mansión en Zúrich donde da rienda suelta a su hedonismo. Todo esto, aparentemente tan sólido, se desvanece en el aire tras un encuentro con una fan que le lanza una esponja de Callisto, un animal gelatinoso cuyos tubos de alimentación se introducen en él liberando una droga que cancela su realidad y crea una alterna donde no existe, no aparece en la base de datos, nadie ha escuchado sus discos, su audiencia de treinta millones se esfuma. Y no tener identidad en ese futuro distópico es peligroso, no aparecer en la base de datos es algo propio de los estudiantes- son perseguidos sistemáticamente y enviados a campos de concentración-. La odisea del protagonista es la de un hombre que trata de recuperar su identidad, de probar que es quién dice ser a la burocracia totalitaria representada por el General de la policía, Félix Buckman y sus pols, hombres grises e implacables. El viaje de Traverner es uno de aprendizaje, conoce gente común y corriente y es confrontado con los aspectos desagradables de la sociedad. De cierta forma, Traverner también sale de su sueño dogmático, toma consciencia de que es parte de la superestructura ideológica que reproduce la desigualdad. Pero también se abre una puerta para el cambio, resistir aunque difícil, no es imposible. K Dick parece decirnos, que cuando el futuro se cancela, cuando aparentemente no hay otra alternativa, uno siempre puede encontrar espacios de disidencia.

II. Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?

Hay una idea que se enlaza directamente con el viaje de Traverner en Fluyan mis lágrimas dijo el policía, esta es la del capitalismo como horizonte último, instalado como sentido común en la sociedad. La idea de que “el capitalismo no solo es el único sistema posible, sino que es imposible incluso imaginar una alternativa” 5. Mark Fisher, en Realismo Capitalista (2016), argumenta que tiempo atrás las películas y novelas distópicas representaban calamidades con el pretexto de explorar formas de vida alternativas. Pero que desde hace unas décadas lo que se proyecta, “más que una alternativa, parece una exacerbación de nuestro mundo” 6. El epítome de esta condición sería Children of Men (2006) el film distópico de Cuarón donde ultra-autoritarismo y cadenas transnacionales conviven en armonía. El mundo se va apagando poco a poco, con la infertilidad de la especie. El capitalismo territorializa todos los aspectos de la vida; las energías creativas e imaginación política de la humanidad se van esfumando. En el universo de Children of Men no hay novedad, sólo repetición y desesperanza.

El realismo capitalista es entonces: “una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos” 7.

Lo realista es instalado, se vuelve una ontología, una naturalización de cómo debe funcionar la sociedad. La contingencia se borra, y se descalifican otros modos de imaginar una sociedad alternativa o proyectos de liberación acusándolos de imposibles, de infantiles, de puristas. Cuando en los debates políticos se habla de adaptarse al orden de lo posible, es esta operación ideológica la que se pone en funcionamiento, incluso sin que los portadores de ese discurso lo sepan.

Volvamos una vez más a Fisher: “Es bueno recordar que lo que hoy consideramos ¨realista¨ alguna vez fue ¨imposible¨: las privatizaciones que tuvieron lugar desde la década de 1980 hubieran sido impensables apenas una década atrás; el paisaje político y económico actual […] hubiera parecido inimaginable en 1975. Inversamente lo que parece realizable hoy es considerado apenas una posibilidad irreal” 8.

La forma de tratar y diagnosticar la salud mental –ignorar las razones sistémicas que las producen- la privatización de la enfermedad, y la burocratización extrema – las escuelas o universidades, los servicios públicos, los sindicatos que han mutado al gerencialismo- son síntomas o formas en que se expresa el realismo capitalista en nuestras sociedades.

Es momento de preguntarnos: ¿Cae K. Dick en esta forma de concebir el futuro, en esta forma de naturalizar y exacerbar nuestro presente? Las novelas analizadas en el primer apartado de este ensayo imaginan un futuro un tanto sombrío; juegan con el congelamiento, la cancelación o el retroceso del tiempo.

En Lotería Solar (1955) K. Dick imagina un futuro totalitario donde el capitalismo ha territorializado todos los deseos y ha encontrado formas de canalizar la energía de lo heterogéneo – lo que no es funcional a la reproducción del sistema- mediante el Gran Juego: la posibilidad anual de ser elegido el próximo presidente del gobierno autoritario mundial mediante un algoritmo. La efervescencia colectiva reaparece de forma periódica a través de este ritual que permite la descompresión de las estructuras y relegitimación de las jerarquías. El nuevo Gran Presentador es elegido, pero el viejo Gran Presentador tiene el derecho de asesinar o intentar asesinar al nuevo. Esto se convierte en un espectáculo mundial, ya que el asesinato o intento de asesinato es televisado. La trama se complica, como es usual en las novelas del autor, con la aparición de telépatas, traiciones, viajes interplanetarios – parte de la trama se desarrolla en la luna- y la existencia de lo sagrado en la figura de los prestonitas que desafía la forma en que el capitalismo autoritario invoca lo reprimido a través del re-encantamiento masivo y periódico de la sociedad.

A primera vista se podría argumentar que el gobierno mundial de Lotería Solar ha encontrado la solución a la tragedia de la modernidad – el abandono de los rituales que poseía la religión para procesar el deseo- pero justamente los prestonitas representan la posibilidad de un futuro distinto. El hecho de que se dirijan a colonizar un planeta no es un mero reflejo de la carrera espacial de la coyuntura en que fue escrita la novela, representa la idea de comenzar de nuevo, con otra forma de organización distinta a ese capitalismo ultra-autoritario que rige a nivel mundial. Esta es una idea que el autor retomará y profundizará en Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965).

En Gestarescala o Galactic Pot-Healer (1969) K. Dick vuelve a imaginar un futuro distópico, esta vez un totalitarismo de corte estalinista a nivel mundial. El protagonista, Joe Fernwright, tiene un trabajo alienante, vive en un apartamento miserable, la carencia y la hipervigilancia forman parte de su cotidianidad. Su talento con la cerámica está destinado a convertirse en una actividad insignificante en una sociedad global donde domina el plástico. Este fatalismo aparente de la novela toma un giro radical, cuando un ente extraterrestre lo recluta para rescatar y restaurar una catedral sumergida en el fondo del mar, que está ligada con el destino del planeta, y quizás, del universo. Tanto la idea de praxis y de trabajo y su potencial liberador son centrales. Joe no es el único convocado al planeta Labrador. Especies de todos los rincones del universo son convocados, cada uno con una profesión o habilidad distinta. En esta misión el trabajo deja de ser algo alienante, deja de tener como fin la producción de mercancía, y pasa a tener otro objetivo, más ligado a la realización plena de los sujetos.

Hay otros temas presentes: el inconsciente colectivo, la lucha contra las determinaciones prefijadas de antemano, el destino, la voluntad, la acción ante la inercia, la praxis en vez de la resignación. Lo importante es que el Planeta Labrador es una metáfora sobre otro mundo posible.

Pero incluso cuando se imagina la catástrofe total: la guerra nuclear como hace en Dr. Bloodmoney (1965) el autor se imagina modos de vida alternativos. En el universo post-nuclear de la novela la sociedad se reorganiza en una especie de comunismo primitivo. Más que exacerbar y naturalizar elementos de su presente- como sucede en la mayoría de ciencia ficción y distopías de hoy- K. Dick siempre inserta resquicios de realidades distintas, de formas de organizarse a nivel socio-económico más allá del capitalismo.  

III. El loop infinito

Parte del síntoma lo podemos encontrar precisamente en cómo el mercado roba o toma a ciertos exponentes de la ciencia ficción y los despoja de su aspecto más político. Retoma y reconfigura y retraduce la crítica a la espitemología del capitalismo realista: no es el sistema -contingente y formado historicamente – ni la inequidad social, ni la razón instrumental, ni la destrucción del planeta por las grandes corporaciones lo problemático; es “la naturaleza humana”, es la tecnología lo que saca a flote nuestras pulsiones de muerte. Ejemplo de ello: series como Incorporated (2016), Black Mirror (2011), Altered Carbon (2018), The Handmaids Tale (2017), o incluso adaptaciones como The Man in the High Castle (2015) o la antología Philip K. Dick’s Electric Dreams (2017). La repetición, la creatividad sujeta a los imperativos del mercado y los algoritmos de la big data parecen anunciarnos que estamos condenados a un loop infinito de productos mediocres, que reproducen y justifican la existencia misma del capitalismo como último horizonte, como única alternativa posible.

Pero no se trata simplemente de ver en la cultura el síntoma, de desechar los productos culturales y refugiarse en autores y vanguardias del pasado. Si queremos producir nuevas formas de ver, de sentir, y de pensar, si queremos construir una subjetividad diferente y producir proyectos estéticos que permitan formas de asir el presente o pensar el futuro radicalmente distintas, esto tiene que estar articulado con repolitizar esas zonas territorializadas por el capitalismo – la salud mental, las escuelas y universidades, los sindicatos, la cultura- en abandonar la melancolía de izquierda que aboga por el retorno del Estado de Bienestar, y producir “una política hostil para el capital pero vivificante para el deseo, una política que rechace todas las formas del viejo mundo en favor de una nueva tierra; es decir, una política que demande una revolución social de magnitud casi inconcebible” 9.

Notas al pie:

1. Fisher, Mark (2018) “Los fantasmas de mi vida”. Caja Negra: Buenos Aires.
2. Ibid.
3. Ibid.
4. Adorno & Horkheimer (2013) “Dialéctica del Iluminismo”. Terramar: Buenos Aires.
5. Fisher, Mark (2016) “Realismo Capitalista”.  Caja Negra: Buenos Aires.
6. Ibid.
7. Ibid.
8. Ibid.
9. Avenessian & Reis. comp. (2017). “Aceleracionismo: estrategias para una transición hacia el postcapitalismo”. Caja Negra: Buenos Aires.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1994). Escribe ensayo y narrativa.

 

You’re an unclean thing: lo sagrado y lo perverso en tres novelas de Philip K. Dick

Pedro Romelo Irula

Por: Pedro Romero Irula                                   Foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

Philip K. Dick, junto a Borges y Tolkien, fue uno de los grandes fabuladores del siglo XX. Lo que separa a estos tres autores, o más bien a las ficciones de estos tres autores, de la del resto de sus precursores e imitadores, es la solidez que las sustenta; creo, y puede que me equivoque, que esto viene en gran medida de una conciencia teológica subyacente a sus obras. Tolkien retomó y mejoró las premisas de la Biblia, que destruye el dualismo entre historia sagrada e historia profana y las sintetiza en una tragedia heroica, salpicada de momentos de gracia. Borges retomó la tradición especulativa de la metafísica para explorar el Dios de los filósofos, que se puede imaginar desde la razón, si bien nunca experimentarlo en el sentido religioso tradicional. PKD venía, sin embargo, de otras tradiciones: de la paranoia, de los cristianismos frenéticos de los Estados Unidos profundos, de las epifanías lisérgicas, de la simultaneidad del abuso de drogas y la experiencia religiosa, de lecturas enérgicas de la filosofía griega, de la desconfianza y el cinismo provenientes de la modernidad estallada y del capitalismo, sobre todo del capitalismo, del gran Enemigo.

En sus novelas, la realidad suele ir trenzándose hasta llegar a un clímax de agobio, y luego empieza a desintegrarse. Pero este derretimiento de lo real no es una liberación: es la constatación de que la vida humana es un azar en medio del gran Caos violento que no podemos aspirar a comprender. Es la duda clásica: cómo un Dios puede ordenarle a Abraham matar a su único hijo porque sí. Podríamos ubicar esta concepción de lo sagrado en el mismo árbol genealógico de Lovecraft & friends, que inauguraron el así llamado horror cósmico con su mitología de entidades monstruosas y vastísimas cuyo odio y atención ni siquiera merecemos en nuestra pequeñez inaudita. Pero lo que en la House of Cthulhu era indiferencia y enormidad, en las figuras y mediaciones divinas de algunas novelas de PKD es perversión, ganas de joder, una noción de las personas terrestres como fichas de un juego, cuyos movimientos misteriosos suelen tener significaciones ambiguas.

  1. A modern ecstasy: Palmer Eldritch

En Los tres estigmas de Palmer Eldritch, se desmorona el mito de la hiperdesarrollada sociedad humana que logra colonizar otros planetas: el clima de la Tierra no es apto para la vida humana y en las colonias extraterrestres cunde el desánimo y la inutilidad ante atmósferas hostiles. Un gobierno federal global, presa de la corrupción, permite el tráfico de drogas a las colonias, sobre todo el estupefaciente Can-D (Dulce), que conduce a simulaciones de realidades más amables y a la comunión espiritual de sus usuarios. La llegada de un entrepeneur y explorador, Palmer Eldritch, desde los confines del sistema solar con una nueva droga, sacude el sistema. Esta nueva droga, Chew-Z, infinitamente más potente, atrapa a quienes la usan en realidades alternativas, indistinguibles de la vida real, donde el individuo se convierte en su propio fantasma. Pero lo que se esconde detrás de estas simulaciones es una criatura semidivina, atávica y vasta más allá de lo imaginable, pero deplorable, repugnante, que provoca un horror instintivo. Esta cosa, este dios abominable que debe consumir a otros seres en ese reino alucinógeno que es su tablero de juegos para perpetuar su existencia, ha poseído a Palmer Eldritch (eldritch en inglés describe algo a partes iguales sobrenatural y espantoso) dotándolo de tres estigmas (tres señales que manifiestan la presencia actuante divina): ojos mecánicos, dientes de hierro, brazo de cyborg. Al final de la novela, el dios parásito dentro de Palmer Eldritch avanza en una nave espacial hacia la Tierra.

No es nueva la cuestión de los niveles de realidad a los que sólo se puede acceder mediante estados alterados de la conciencia. Tampoco lo son las posibilidades paradisíacas o infernales que se abren en estas dimensiones. El giro que Dick ofrece es este: las drogas que antes ofrecieron una comunión radical entre seres humanos y un happy place donde descansar de los estragos del progreso humano, ahora conducen al corazón caótico del universo, donde incluso lo sagrado está obligado a arrastrarse hacia la supervivencia, arrastrando planetas enteros si es necesario: su vastedad y su extrema antigüedad solo lo vuelven más terrible.

  1. Yo estoy vivo porque ustedes están muertos: Jory Miller

No me puedo detener a explicar la trama de Ubik. En esta versión de la Tierra, el tabú de tabús es la muerte. Ya sólo los pobres entierran a sus muertos, como los cavernícolas: quienes pueden costearlo, conectan sus cerebros a una especie de vida eléctrica donde una conciencia fantasmal, que inevitablemente se desgasta hasta desvanecerse con el tiempo, se comunica con quienes les sobreviven. En la novela tenemos un cast de personajes con poderes psíquicos: uno podría estar vivo y los demás muertos o viceversa. Ese es, más o menos, el juego de la novela: adivinar qué le ha sucedido a cada quien.

En apariencia, Ubik se desarrolla dentro del mundo nebuloso de la vida eléctrica post-mortem, tan incierta y onírica como el estado de duermevela de las conciencias que de ella participan. Sin embargo, dentro de esa no-vida, los personajes sufren alteraciones inexplicables: algunos se desgastan hasta la muerte definitiva, los objetos se descomponen, el tiempo retrocede –y el responsable de todo esto podría ser un espectro menor, un difunto monstruoso, deforme, que de alguna manera ha obtenido el poder de configurar a voluntad el mundo artificial de los difuntos (el death’s dream kingdom de Eliot) para cazarlos y nutrirse.

Jory Miller, que así se llama este engendro a partes iguales infantil y temible, cabe dentro del mito del vampiro: una persona que por temor a la muerte depreda a sus semejantes y, en el proceso, se convierte en una aberración. Pero también es algo más: es la posibilidad humana de acceder a la batalla universal del caos contra sus inhabitantes con el status pervertido del dios de Palmer Eldritch.

Aquí también se encuentra un punto de quiebre. En Ubik hay una resistencia contra el Enemigo que irrumpe en medio de la desesperación total. Ubik es una especie de panacea universal, promovida al inicio de cada capítulo como un ad, que contrarresta el poder demoníaco de Jory Miller. En términos de la teología cristiana, se puede establecer un paralelo con la gracia, la autoentrega libre y redentora de Dios al ser humano que etcétera, etcétera. Ubik, que se presenta como un aerosol, desaparece de las manos de los personajes cada vez que éstos intentan comprarlo, no así cuando se las entregan como obsequio. Y un spray de Ubik es capaz de salvarlos por un tiempo, pero después necesitarán otro y otro y otro más, y así hasta el final. La contraparte angélica de Jory Miller es la esposa hace tiempo difunta de uno de los personajes, y a partir de ella se introduce una esperanza insensata (¿qué pueden esperar estas personas atrapadas en una no-vida, donde sólo les espera la muerte total?) que culmina con la revelación plena de la naturaleza de Ubik como el Misterio Mayor, aquello que podría superar incluso al Caos y que es del todo inefable. Ese último ad de Ubik tiene muchas semejanzas, además, con el prólogo del evangelio de Juan (aquella parrafada tan conocida de que al principio existía el Verbo que luego se hizo carne y así): I am Ubik. Before the universe was, I am. I made the suns. I made the worlds. I created the lives and the places they inhabit; I move them here, I put them there. They go as I say, they do as I tell them. I am the word and my name is never spoken, the name which no one knows. I am called Ubik, but that is not my name. I am. I shall always be.

Pero incluso esta esperanza de que hay una mano redentora capaz de orientar la historia hacia una posible salvación permanece ambigua. Al final de la novela, el mundo de los vivos empieza a tomar las características nebulosas e insólitas del mundo de los no-muertos.

III. El timo religioso: el mercerismo de Sueñan los androides…

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y su magnífico subproducto Blade Runner son la parábola contemporánea por excelencia sobre el regalo envenenado de la empatía. Definida por la sensibilidad actual como el criterio definitivo de humanidad, PKD en esta obra desmonta ese planteamiento a través del derrumbe de Rick Deckard, un cazador de androides, simulaciones humanas cada vez más perfectas y teóricamente distinguibles de las personas genuinas por su falta de empatía.

La empatía, de hecho, en ese mundo postapocalíptico, es una cualidad humana que se ha transformado en un mandato jurídico y en una construcción sociocultural. Parte de la etiqueta terrícola es el cuidado de animales, eléctricos o biológicos, para demostrar empatía ante los demás; los tests de humanidad cuantifican la empatía por medio de voltajes cerebrales, dejando de lado a las personas afectadas por la radiación del desastre nuclear y a quienes sufren desórdenes neuronales; hay una tecnoreligión, el mercerismo, que conecta a sus creyentes mediante “cajas de empatía” al sufrimiento de una figura mítica, el anciano Mercer, que como Sísifo sube para siempre una cuesta, con el agravante de que manos adversarias le arrojan piedras sin cesar. Participar en su esfuerzo supone una expiación, un momento redentor de comunión intensa con otras personas.

Al final de la novela se revela que el mercerismo es un timo: que Mercer es un actor y que el montaje estaba destinado a una película, que toda esa fe era artificial y nada más que artificial. Sus defensores podrían estar implicados con el sofocamiento de los androides rebeldes, cada vez más indiferenciados de sus superiores humanos. Sin embargo, de nuevo, hay en la novela una irrupción que propone un camino mejor al de la religión mercerista: después de intensas experiencias de arrepentimiento y de dolor, dos personajes, cada uno por su cuenta, descienden al mundo tumba, un infiernillo donde la Tierra yace muerta, semejante al Seol judío. Uno de ellos, Rick Deckard, el cazador perturbado por la empatía que sintió por los androides que inevitablemente tuvo que matar, entró a este mundo tumba (análogo al valle de los huesos secos que la gloria de Dios resucita en los escritos de Ezequiel, el profeta del Antiguo Testamento) y rescató de ahí una forma de vida aparentemente biológica: un sapo. Es decir, Deckard abordó la experiencia religiosa básica del mercerismo (algo parecido a la mística de la compasión, de la empatía profunda) fuera del entramado del timo religioso y atravesó algo genuino de lo que no se puede hablar. Como en el intro de The X-Files, parece ser que lo divino está ahí afuera, huyendo de las instituciones que pretenden arrogarse su monopolio, en busca de las brechas que se abren al llegar a los límites de lo humano.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

This´ll look nice when it´s framed*

 

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Por: Angélica Mogollón                                                         Foto: Lineth Paz @coleslawhat 

 

“The people who run our cities don´t understand graffiti  because

they think nothing has the right to exist, unless it makes a profit”.

Banksy

 

Sería interesante conocer la opinión de  Banksy al ver las maniobras que hace Stephan Keszler 2  su principal “art dealer”  para trasladar las paredes que él ha intervenido,  llevarlas a su galería de arte ubicada en Nueva York y venderlas en miles de dólares. Keszler es una de las personificaciones contemporáneas del capitalismo que, sin importar los mecanismos que necesite toma lo que quiere en el momento que quiere. Y paradójicamente en este caso se alimenta de la misma obra que lo cuestiona.

El contrabando de Keszler se da gracias a que la obra de Banksy ha tenido  trascendencia social, englobando varios debates del campo del arte, que van desde: su definición y límites, cuestionándose si el arte es autónomo (art by art) o si éste debe responder a requerimientos sociales externos y superiores; el museo como espacio legitimador estético en donde se conserva y reivindica diferentes tradiciones artísticas a nivel histórico y contemporáneo, hasta la función y lugar del artista donde se cuestiona si su figura debe ser central o secundaria respecto a la dialógica que configura la obra. En cierta medida, su obra es transversal a estas polémicas  ya que se desarrolla como una crítica al sistema, no solo capitalista sino también a los diferentes modelos de institucionalización a nivel artístico y social como: los museos, galerías y academías de arte.

No es extraño que aún hoy el grafiti, en general, se analice  desde un lugar problemático pues no corresponde a ningún movimiento artístico canonizado desde la academia, transgrede las normativas del espacio publico y  para algunos críticos incluso carece de cualquier tipo de reflexión estética reduciéndose a un simple acto vandálico. A pesar de dicha marginación por diversos estatutos, el grafiti se originó como  un relato subyacente a la liberación artística que ocurre con el Arte Pop en los sesentas, movimiento que “señaló profundos cambios políticos y sociales y que produjo profundas transformaciones filosóficas en el concepto del arte”3. Siendo autoconsciente de su entorno y presentando la vida real sin mayores enaltecimientos estéticos, como lo hace Andy Warhol  con su obra “Brillo box” en 1964. 4 A partir de allí se dejó de percibir el arte como una totalidad de rasgos superiores declarando que cualquiera es un artista y que cualquier “cosa” es una obra de arte, estableciendo un cruce entre las estéticas populares y las dominantes.

A pesar de los cambios artísticos y culturales que han sucedido en los últimos cincuenta años, los estándares del arte siguen conservando los mismos espacios de legitimación (museos-galerias) en donde se mantienen diversas tradiciones que  reivindican la obra y al artista y se proponen como espacios comunes de socialización. Da  la sensación que los esfuerzos del museo son contrarios a los intereses del público, no porque no haya multitudes con gustos estéticos,  sino porque “el arte del que están sedientas no es algo que el museo pueda darles, lo que buscan es un arte propio”5  un espacio común en donde los objetivos surjan desde una democratización real del espacio y las obras de arte.

“When you go to a museum you are simply a tourist looking at the thropy cabinet of a few millionaires”6

Sin embargo, mientras la academia sigue usando los mismos recursos de análisis y difusión que son contrarios a los intereses populares, el grafiti si se ha desarrollado durante este tiempo con nuevas corrientes e interpretaciones del mismo como: el Street Art o arte mural también conocido como “muralismo contemporáneo”, configurándose como un movimiento contrario a los lineamientos elevados del arte, no porque carezca de criterios  sino porque corresponde directamente a lo que se conoce como “arte del público” el cual va más allá de las ambiciones meramente estéticas y se desarrolla dialógicamente desde perspectivas críticas y escenarios comunes.

A pesar de que el grafiti no termina de reivindicarse dentro de esta corriente se desarrolla desde una pluralidad, en donde la obra solamente está completa al interactuar e interpelar directamente al público. La obra de Banksy y de cualquier artista callejero, más allá de buscar un lugar en el museo propone sus propias reglas de socialización  desafiando los límites que ofrece la calle y dialogando directamente con el público. Es así que toda obra de arte callejero ha construido sus propios signos y ruta de significación, por eso en muchos casos la firma no corresponde al pseudónimo del artista sino a la obra en sí misma; no hace falta ser experto en Banksy para identificar sus ratas y lenguaje propio.

Probablemente Banksy a diferencia de otros artistas callejeros ha tenido mayor trascendencia en el mercado del arte por la acidez de su crítica capitalista y por el morbo que genera su anonimato. Justamente mediante sujetos como Stephan Keszler que mercantilizan sus obras en subastas y galerias privadas. Una muestra de como  el capitalismo (personificado por Keszler) le hace un gran guiño a Banksy cuando vende sus obras en miles de dolares, olvidando que éstas están mutiladas y carecen de todo el sentido que les da la adversidad del contexto y el consentimiento del artista, convirtiéndolas en un simple pedazo de pared exhibido probablemente en una mansión en Los Hamptons.

“We can´t do anything to change the world until capitalism crumbles in the meantime we should all go shopping to console ourselves”. Banksy

Banksy-New-York-1.png

 

Notas

 

  1. http://www.banksy.co.uk
  2. Keszler, S. Keszler gallery, New York: https://www.keszlergallery.com
  3. Danto, A. (2014).  “Arte pop y futuro pasado”, Después del fin del arte, el arte contemporáneo y el linde de la historia (pp. 142-156). Buenos Aires: Paidós.
  4. Warhol, A. MOMA. New York:  https://www.moma.org/collection/works/81384
  5. Danto, A. (2014).  “Los museos y las multitudes sedientas”, Después del fin del arte, el arte contemporáneo y el linde de la historia (pp. 202-216). Buenos Aires: Paidós.
  6. Colin M Day films. Saving Banksy documentary, 2017. https://cmd-films.com/saving-banksy
  7. Imagen: Banksy (2013) “The street is in play”, Manhattan.

 

Sobre la autora: 

Colombia, 1990.

 

No sabes qué es el trabajo

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Por: René Patricio Carrasco Mora                                    Foto: Lineth Paz @coleslawhat

“Por las horas de espera en vano,

sabiendo que algún lugar delante,

un hombre está esperando para decirte:

“No, no estamos contratando hoy”,

por cualquier razón que se le ocurra” 1

En la escritura puede suscitarse, en ocasiones, lo inadvertido e impensable, el acto mismo del autor convoca un estado destructivo y vacilante que, desnuda la corporalidad del signo. O al menos, intenta polemizar las subjetividades de una sociedad determinada, en un período específico. El texto pasa a ser coyuntura artística, identitaria, temporal; pero también, ideológica, política, cultural y económica, elementos que convergen reproduciendo una aproximación o crítica de la “realidad” experimentada.

Philip Levine forma parte de este escenario reflexivo en el que a través de la poesía se sumerge en los silencios de la textualidad capitalista estadounidense y su inferencia con la clase obrera en el siglo XX, para después, dejarnos una obra que retrata entre otros aspectos, las dificultades y relaciones del trabajo con sus condiciones de existencia. 2 Curiosamente, no sería el único que retomó esta problemática, Brecht también supo plantear varias interrogantes que nos permiten observar con mayor especificidad este caso: ¿Cómo representar el devenir de un sujeto y esclarecer a la vez el juego de fuerzas que lo constituye, pero que es también el espacio de su voluntad y sus decisiones?, ¿qué es un arte didáctico, un arte al servicio de la lucidez popular, un arte proletario?

“Nos paramos en la lluvia en una fila larga

esperando en Ford Highland Park. Por trabajo,

tú sabes que es el trabajo – si eres lo suficientemente

grande para leer esto sabes lo que es el trabajo,

aunque tal vez no lo hagas.”

Philip nació en Detroit en el año 1928 poco antes de que iniciara la gran depresiòn, para cuando tenía 14 años empezó a trabajar en distintas fábricas industriales, entre ellas, la planta de transmisiones de Cadillac, Axel y Chevrolet. Experiencias que serían trasladadas a su creación: la sensibilidad de Levine no solo retrata la base, sino que, sirviéndose de sus elementos procura incomodar la superestructura. Posiciona la conciencia de clase en una operación doble: del texto a la “realidad”, como de la “realidad” al texto, su praxis deriva en narrativa. “Él está en casa tratando de descansar de un miserable turno nocturno” El carácter de denuncia no es únicamente síntoma, sino más bien, señala y plantea dudas sobre cuáles y qué significan las disidencias en la realidad del obrero fordista. ¿Con qué sentido? El verso aparece como dispositivo simbólico que, por su carga-dimensión-género, permite desentramar aquellos significantes no manifiestos en el accionar político-social. En esta línea, Fisher dice que “lo real es una x impávida a cualquier intento de representación , un vacío traumático del que solo nos llegan atisbos a través de las fracturas e inconsistencias en el campo de la realidad aparente.3 La escritura de Levine, entonces, produce aquel fraccionamiento, quiebra con el estado de resignación ante el sistema laboral para exponer sus deficiencias, a la vez que alude a una clase que, hace 70 años, estuvo inmersa en un ámbito de desigualdad, una clase que todavía hoy después de varios procesos históricos conserva algunas características: extensas jornadas de trabajo, remuneraciones bajas, ardua labor física, inestabilidad y precarización laboral,  poca o nula representación política, etc.

“Olvídate. Esto se trata de esperar, cambiar de un paso

a otro. Sentir el rocío cayendo como niebla sobre tu

cabello, nublando tu vista hasta que piensas que ves

a tu propio hermano delante tuyo, tal vez diez lugares

delante”

Un hombre está esperando para decirte: no, no estamos contratando hoy”  El “triunfo” del capitalismo no es una cuestión temporal solamente, sino la capacidad de adaptación a los distintos entramados culturales, políticos, sociales, regionales, etc. A la realidad concebida, más no cuestionada. El capitalismo ha trascendido para instaurarse en nuestras prácticas, en el lenguaje y, se transforma al mismo ritmo. ¿No hay salida?, ¿cómo postularse críticamente? Ahora más que nunca nos enfrentamos a condiciones de precarización laboral que se sirven de distintas estrategias inscritas en nuestros hábitos: una de ellas, anteponer la figura del “emprendedurismo” que, esconde en sí una dimensión acumulativa y autocomplaciente, el éxito llega a través de la medición: económica, status,  innovación e incluso capital “cultural”. Asimismo, desde la industria cinematográfica podemos percibir cómo se plantea la premisa de que el capital inevitablemente, ha triunfado sobre todas las cosas, en “Logan4 encontramos un reparto de mutantes vencidos, no por la fuerza bruta, sino más bien por cuestiones económicas y exigencias corporativas, el dinero pasa a formar un rol fundamental, sin dinero no hay medicinas para el Profesor Charles Xavier (telépata y científico), por dinero intentan capturar a Laura (mutante creada con ADN de Wolverine, y con características similares). La ambientación denota resignación hacia normativas institucionales y empresariales, depresión. Ni los mutantes, con sus habilidades sobrehumanas, han logrado triunfar ¿qué quiere decir con esto su director?

“Quieres a tu hermano, pero ahora, de repente,

apenas puedes soportar el querer que se inunda por tu hermano,

que no está a lado tuyo o detrás o delante, porque él está

en casa tratando descansar de un miserable turno nocturno

en Cadillac, para después poder despertar al medio día

a estudiar alemán. Trabaja ocho horas para poder

poder cantar Wagner, la ópera que más odias,

la peor música jamás inventada.”

¿Qué hace entonces el autor desde el campo literario? Solo nos describe pasajes triviales, detalles intrascendentes de la cotidianidad obrera: hacer filas para conseguir trabajo, comida; deseos de aprovechar el poco tiempo de ocio para estudiar; un miembro de la familia que trabaja por obligación y sufre las mismas limitantes; la necesidad del “ser” consciente y de abrir los ojos “opened your eyes wide” no solo para expresar un sentimiento, sino también para reflexionar sobre los mecanismos de defensa que responden a una necesidad de supervivencia económica. Phillip Levine hace lo propio cuestionando qué es “lo real” y hasta donde lo está delimitando, denuncia desde la resignificación del signo y, a la vez, hace explícito lo que la narrativa histórico-laboral esconde: “you don’t know what work is”. La supuesta imposibilidad de superar el capitalismo se ve amenazada cuando la decodifica, el ejercicio de observación debilita y produce una fractura que apela al ¿qué hacer?, qué hacer ante la insensatez presente en la condición humana. Esta insurrección que  surge a través de la poesía sale del sentido común, “esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura5

“Hace cuanto le dijiste que le quieres, tomaste sus hombros,

abriste bien tus ojos para decir esas palabras,

y tal vez besar su mejilla. Nunca has hecho algo tan simple

tan obvio, no porque seas muy joven o tonto,

no porque seas celoso o enojado, o incapaz de llorar

en presencia de otro hombre, no, es porque no sabes

que es el trabajo.”

Bibliografía

  1. Levine, Philp (1991) “What Work Is?”  Poema completo, véase en: https://www.poetryfoundation.org/poems/52173/what-work-is
  2. Hall, Stuart (1981) “La cultura, los medios de comunicación y el efecto ideológico” Fondo de Cultura Económica : México.
  3. Fisher, Mark (2016) “Realismo Capitalista” Caja Negra: Buenos Aires.
  4. Director: James Mangold “Logan” (2017) 2h 21min
  5. Barthes, Roland (2003) “El placer del texto y lección inaugural” Siglo Veintiuno Editores: Buenos Aires.
  6. Badiou, Alain (2011) “El siglo” Manantial: Buenos Aires

Sobre el autor:

Ibarra-Ecuador, 1991.

Capítulo IV “Mindotown”

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Por: Santiago Peña Bossano                                                Foto: Lineth Paz @coleslawhat

 

MINDOTOWN
CAPÍTULO IV

La terminal está repleta de gente. Van con maletas de ruedas a tal velocidad que hasta parecen no tener miedo. No es que yo tenga miedo. Pero algunas decisiones pasan sin darnos cuenta. Me dispongo a hacer carrera con un viejo por ver quién va más lento hasta taquilla. El bus de las once está completo y debo esperar al de las doce. Mientras imprime el boleto alcanzo a ver el final de una noticia en el televisor, acerca de la muerte en carretera de varios pasajeros por un conductor ebrio. El de taquilla levanta las cejas con sonrisa de ya imprimí el billete y me lo extiende. Me alzo de hombros. «¿Tanta gente a Mindo?», pregunto. «El fin de semana es el equinoccio, por eso van tantos. La mayoría va a Nanegalito».

Me siento en el suelo a esperar. Todos tan en su mundo que no los interrumpo por fuego para mi medio cigarrillo. Envío un mensaje al grupo diciéndoles que en este preciso instante me voy a Mindo. Les explico que no hubo opción. Sé que Pablo está en Loja visitando a su abuela y Miguel en Oahu con su hermano. No les digo lo del gato. Miguel me sugiere —casi como orden— que escriba un poema, que Mindo es el lugar de la poesía y que cuando nos encontremos querrá leer un poema mío. Le digo que se joda y que se largue a surfear. No le hubiera respondido así, si no hubiera dicho: «vos que eres medio raro». Luego envío un emoticón de esos que se ríen como en broma. Busco en el celular: equinoccio, «ocasión del año en que el sol está situado en el ecuador celeste», bla, bla bla, «punto más alto del cielo…», bla, bla, bla, «fecha vinculada al ciclo agrícola andino…», etcétera. Por suerte en la ciudad no se conoce de esto ni se lo celebra. Una máquina de lotería reluce ante mí y comienzo a sentir esperanza; algunos estamos en la tierra para ganarnos la lotería. Compro un billete, lo beso y lo guardo sin raspar. Recostado en el suelo me sonríe un viejo de barba larga y descuidada. Apoyado en la máquina parece cohibir una carcajada, quizá por el beso que acabo de darle a mi billete de lotería, creo que incluso hice el sonidito, cerré los ojos y todo. Estoy por darme vuelta pero el viejo me pregunta a dónde voy. Regreso a ver a ambos lados. Unos alemanes están sentados más allá. Más o menos a unos diecisiete pasos para la izquierda. No sé por qué me acerco al viejo. A Mindo, le digo. No sé por qué le respondo. Aprovecho para pedirle fuego. No tiene encendedor ni fósforos. Permanece unos segundos al parecer buscando algún recuerdo o una historia. Esta sí que es clásica de los viejos. Y me arrepiento por haber comprado la lotería en esta máquina. Habiendo tantas otras, incluso  la señora del kiosko de la esquina. Pero es tarde… Comienza con voz de abuelo   a contarme que le dicen el perro y que vivió en Mindo hace un tiempo, que conoce a varios allá y que, en el bar, pida a Tea una copa en su nombre, es un mundo pequeño, dice. ¿Te-a? Sí, Tea, atiende el bar. Okey, ¿cómo te llamas? El perro. Bueno…, en realidad me dicen así por Diógenes el perro. Dile a Tea que el perro le manda saludos y sabrá quién soy. ¿Conoces la historia del perro? Niego con la cabeza mientras pienso que no está tan mal estar con este anciano. «Verás…», comienza, «Alejandro Magno quería conocer al perro y un día se acercó ofreciéndole hacer por él cualquier cosa que le pidiese; el perro, que estaba recostado en el suelo, respondió: ¡Apártate…, que me tapas la luz del sol! Esa es la diferencia entre el mendigo y el vagabundo, la buena voluntad de las donaciones desinteresadas, no el regalo con deuda; por eso Diógenes despacha al gran Alejandro que busca congraciar su conciencia. Tú que compras la lotería deberías intuirlo: el artista parece estar condenado a la pobreza como si militares o reyes tuvieran más importancia. En Mindo lo que debes realmente es bañarte en la cascada. Fundirte con la naturaleza. Nada más. Ahora que vas a Mindo deberías saberlo: el arte no es sentarse a escribir, la vida misma es Poesía. Es decir, lo sencillo que no entendió el Alejandro por ser demasiado magno. ¡El arte es el bufón de los oficios de verdad!» Y tras decir esto, guarda un silencio de lápida. Espero un rato por si dice algo más. Le doy el primer billete que sale de mi bolsillo y me marcho.

Están abordando. Dejo el equipaje en el maletero izquierdo del bus y me dirijo a mi asiento. 17A, me toca ventana y me alegro porque puedo mirar los animales apachurrados en la carretera. Intento ver al perro desde el bus pero me tapa una columna metálica. Él se queda en la estación. Tranquilo. Esa es vida. Y ese otro Diógenes que reduce al Alejandro a nivel de suelo… Hay que tener orgullo de vagabundo para rechazar algo así, es decir nada que perder. Si me preguntara el presidente qué puede hacer por mí, le pediría una pensión para no tener que trabajar. Lo que sí, tiene razón respecto a los artistas bufones; los oficios que más dinero pagan son los que requieren mentir o de los que depende la vida de alguien. Si es así, la literatura debería incluirse en el grupo de las mentiras, además que la vida de los personajes pende de un hilo o del ánimo del autor. Y eso no es ninguna broma.

A mi derecha están unos indígenas vestidos con sus trajes y unos gringos les toman fotos. Detrás un grupo de jóvenes y más adelante un beatnik que, de seguro, va a Mindo. El bus arranca y me acomodo en el espaldar. Veo en diagonal a una chica que se toma una foto con su celular para luego editarla: duda largo rato ante cada filtro, vuelve al anterior, sube el brillo de la pantalla y lo disminuye, cubriendo todas las posibilidades antes de subirla a redes. Por suerte nadie se sienta a mi lado. Es horrible cuando vas junto a un obeso de esos que te arrinconan contra el vidrio con su manteca. A la altura de la Mitad del Mundo ponen una peli. Miro por la ventana. Debí sacar el cuaderno para escribir el puto poema de Miguel. Igual no sé de qué escribir. A veces lo odio con todo mi ser. Una vez fuimos a ese museo del sol donde paras un huevo sobre una aguja. Creo que eran las fuerzas magnéticas de la tierra que hacían girar para un lado y para el otro el agua. Los niños hacían fila para comprobarlo. «¡Ilusos!», dijo, «¡Qué truco tan barato!» y nos fuimos. Yo sí quería botar agua en los diferentes hemisferios pero no lo hice. Por Calacalí caigo en cuenta que la de la foto se ha dormido y desde mi posición puedo ver dentro en su escote. Le pido un esfero a la pareja de atrás. No tengo dónde escribir. Uso el revés del boleto. Escribo lo primero que se me viene:

Mientras más creces te vuelves menos exigente; cualquier trasero alucina y magnetizan los pezones en punta. Cualquier lugar donde calmar la erección: montículo, loma, o duna de señora de mercado, de doceañera octogenaria, boca de prostituta polaca o princesa virgen de castillo. Mano, agujero o roce de sábana.

¿Se debe conocer Polonia para escribir sobre una puta polaca? Rompo el papel en dos y lo meto en el bolsillo para no hacer basura. Las polacas deben ser rubias sin mucho cuerpo, pero la fama del Este y la pobreza nos hace pensar que son cosa seria. Siempre me gustaron las niñas y las mujeres que lo parecen; o sea, todo lo opuesto al modelo exhuberante en que el busto es del mismo tamaño que el trasero. Ahora creo que me da igual. Supongo que la vida te pervierte o los años de quietud se acumulan estallando en los metros, en los baños y en los sueños, en culos gigantescos, horripilantemente excitantes; tarde o temprano la soledad te obliga a ver escotes y reprimir esa desesperación de lobo estepario. Te acostumbras a volver el rostro evitando los culos en las gradas eléctricas. Seguro las vacaciones de verano las dan para que los profesores no violen a sus alumnas de falditas y puperas ultracortas.

El bus hace una parada en Nanegalito y lo agradezco porque aquí venden las mejores empanadas de viento de la región. A fin de cuentas creo que paró por una vieja que seguro tiene incontinencia y le vinieron súbito las ganas. ¡Cinco minutos!, grita el chofer. Bajo del bus por cigarrillos pero solo hay Marlboro. Entro al primer lugar donde veo pailas con aceite y pido dos empanadas y un vaso de morocho de dulce. Algunos de los indígenas del bus entran a la fonda y se sientan. Voy al baño. No hay jabón ni toalla. Mojo mis manos y me veo en el espejo: la suciedad me refleja pecas en el rostro. Mi morocho está listo. Espero un rato que se enfríe. Es blanco como nieve —supongo—, porque no conozco la nieve. Me entran ganas de hacer una bola de morocho y lanzarla al chofer por los frenazos y las curvas. Bola que cabe en la mano y quema de lo recién hecha. Salgo de la fonda. ¡El bus no está! Corro de una esquina a otra buscándolo en las transversales. ¡¡¡No aparece!!! Le pregunto a un niño que señala un punto verde alejándose por la carretera. Los indígenas siguen bien instalados en las fondas sin intención de moverse. ¡Se llevó mi maleta! Luego de un rato me resigno y compro media de Marlboro. Mientras fumo, pienso que no todos van a Mindo. Las viejas en los portales me miran y sonríen sin dientes.

 

Bibliografía:

Peña Bossano, S. (2017) “MINDOTOWN” Quito: Manzana Bomb! Ediciones & Cactus Pink

Sobre el autor:

Ganador del XL Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, género ensayo (2015) en Ecuador. Realizó un máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Director de edición de Cactus Pink en Quito. Coordina talleres de escritura creativa en Kafka Escuela de Escritores. Ha sido antalogado en Los que vendrán (2014); Nunca se sabe, antología nuevos narradores ecuatorianos (2016); Vértigo, ocho ensayos de temas escabrosos (2016); Despertar de la hydra: muestra del nuevo cuento ecuatoriano (2017); ha publicado Estética de la indolencia (2015), Mindotown (2017) es su primera novela.

Indicios

Por: Juan Carlos “Tuga” Astudillo 

La obra de Astudillo puede ser una cosa y otra al mismo tiempo. Puede ser tiempo detenido o movimiento. Puede ser el ruido y el silencio o los fantasmas que habitan nuestras urbes, nuestros imaginarios. Decir más sería decir demasiado. Por eso invitamos a sumergirse directamente en la experiencia: indicios

Sobre el autor:

Docente/investigador en la Universidad Nacional de Educación UNAE. 8 libros publicados, entre poesía, fotografía e investigación. Varios artículos sobre fotografía, literatura y turismo publicados en revistas locales, nacionales e internacionales. Su obra ha sido recogida en antologías de la poesía ecuatoriana en Ecuador, México y Estados Unidos.

Juan Carlos Astudillo S.
Escritor – fotógrafo –instructor de Kundalini yoga.
http://www.tugastudillo.com
tugastudillo@gmail.com

El Cuerpo es Devil

cayo cactus

Por: Cayo Cæctus                                                  foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

FELICES LOS 4

También el amor
es un intercambio económico
cuya última ambición
es la maximización del beneficio.

Al reducir los costos
aceptando la fungibilidad
del recurso amoroso
convertimos en oportunidad
lo que antes era dilema:
si me parte el corazón
puedo regalar un pedacito
a cada nena.

Los enemigos del reggeatón objetan
— el poliamor es lo mismo
otro invento del Capitalismo
una treta.

“Luchar contra el amor romántico
no significa consumir cuerpos ni reproducir
la lógica de la desechabilidad.

Eso es propio del Capitalismo.

Dinamitar el amor romántico y sus estereotipos
significa cuidado mutuo y relaciones
sexoafectivas horizontales”.

Que se despeje la bruma
esta es la verdadera palabra de Maluma
una simple solución a un bien escaso:

pasar el rato
aceptar el trato
agrandar el cuarto
hacerlo otro rato.

POR FAVOR NO ME HAGAN PENSAR EN LEYES
FT OZUNA / NATTI NATASHA 

Miento, si te digo que en ti no ando pensando
[yo no quiero ese tormento / distinguir lo falso / de lo cierto]
Tú me robaste el corazón como un criminal
[lo siento, no hay seguridad / amenaza de pillaje / en el plexo solar]
Esto que siento por ti no puede ser legal, ah
[algo me actúa / sin utilidad para mí / causándome mal]
Como tú no hace, rompe la ley
[pobre ave / cuando abren la jaula / se cree rey]
Tú eres un delito que yo quiero cometer
[déjame ser / dame la libertad que exijo / pa perder]
Será porque tienes un flow / demasio’ de cri-criminal, baby
[caudaloso, incivilizado, salvaje / por el amor de los ríos, frenesí /
mas construyes diques / luego lloras cuando deja de fluir]

ESTE ES EL VERDADERO REMIX

Los seres buenos se hacen mejores con el dolor;
los malos nos hacemos peores.
Gabriela Mistral

Si antes yo era un hijo de puta, ahora soy peor.
Bad Bunny

(i)
No prestemos atención a la consecuencia más lógica, contar a Gabriela
Mistral entre los Bad Bunnys del mundo, pero tampoco vayamos tan
lejos como para desestimar el silogismo.

Propongo brevedad en el siguiente ejercicio:
dividamos el dolor de acuerdo a su fuente.

Distingamos traición de tragedia.

Digamos que la tragedia equivale a su inevitabilidad.

Digamos que todo lo inevitable, en cuanto irresistible, es soportable.

De ahí se sigue que se debe ser realmente malo si la tragedia te empeora.

Una afirmación contraria, roussoniana si se quiere, diría:
la tragedia puede mejorarte.

Pero si dejas que el cuchillo entre a tu casa, la sangre coagulará las paredes
y no importará ya lo que ocurra. Las visitas intentarán ser amables y
alabarán tu buen gusto exclamando: ‘Te ves radiante’ y así también lo
creerás, mirándote al espejo, pensando que el rosado te sienta bien en las
mejillas.

Nadie se mete en esas cosas, tú sabes, los trapos sucios, el olor a lavanda,
un ojo que no deja de tiritar. Puede ser normal que los problemas sean
parte del esquema. Las cicatrices dejan delicadas texturas que uno gusta
enumerar por las noches con el fin de conciliar el sueño. La curvatura
emotiva que se despliega entre cima y sima realiza una modulación
altamente adictiva y al rato gusta esa escritura sobre la piel.

Te pasan… cosas;
dices: siento algo que no controlo,
por tanto, existo.

Es simple, si sientes el cuchillo
sentirás también la sangre
luego, sin duda, el corazón.

Piensas, con razón o sin
—todas las canciones, todos los poemas
hablan de mí.

Lo evidente llega en algún momento, contra ti mismo, pero no puede
llamársele tragedia. El espacio se vuelve inhabitable. Paredes ya necrosadas
traen el recuerdo del primer tajo, todos los tajos que vinieron después con
su ritual de parche curita y canción de cuna. Intentas recordar porqué
nunca mostraste los colmillos, qué altura moral -cobardía- te lo impidió.
La traición denuncia la estupidez de su paciente, su propia falibilidad
ante el desastre.

Entonces, solo queda en la cabeza una pregunta triste:

Por qué si yo era tan bueno toa’ esta mierda tú me hiciste

(vi)

Miento si digo que no me hace falta
cuando me rozaba tu piel.
‘mjeN . to . si . ‘ði . γo . ke . no . me‘a . θe ‘fal . ta .
‘kwaN . do . me . řo . ‘θa . βa . tu . ‘pjel.

Me gusta como Nicky Jam separa cada sílaba. Es como una
bicicleta pisando baldosas sueltas, pero me siento obligado a pensar
en un brutal centelleo de espadas. Es claro que su arremetida fonética
constituye un artilugio de distintividad. Al ser el último hablante, debe
diferenciarse del resto de la crew que le precede.

Pero también se diferencia de ellos al traslucir una ética precisa, no
solo ya del despecho, si no también de la actividad símbólica producida
por dos espadas que se hacen mella; ellas polemizan, distinguen, escinden
pedazos de realidad. En definitiva, separan verdad de mentira.

En principio, esta ética agencia una idea bastante antigua:
LA MENTIRA ES INMORTAL, NO SE DEBE MENTIR.

Muy bien, pero ello abre una brecha.

En realidad, hay dos formas de no decir mentiras,

una es no mintiendo
la otra es diciendo la verdad.

Nicky Jam no miente pero ¿dice la verdad?

¿Importa realmente?, o mejor aún, ¿quién puede decir la
verdad? Si lo pensamos con detención, en este mundo de fake news y
posverdad podríamos concluir que el mundo sería un mejor lugar si tan
sólo todos se comprometieran a no decir mentiras. Con ese mínimo ético
sería plausible la vida civil.

Ahora bien, si representásemos gráficamente nuestras distinciones
tendríamos algo más o menos así:

TRIÁNGULO

El triángulo representa la no-mentira.
El círculo representa la verdad.
La cuadatura que es esta página blanca representa la mentira.

De acuerdo a nuestro modelo, la verdad es un sol negro. Es real,
ahí está, pero hay algo poco auspicioso en esa terrible e inusual belleza,
preferible darle rodeo pues el no-brillo que emana de esa estrella no
conserva la paz. No somos aptos para esa luz.

De ahí podemos refutar la regla inicial por insuficiente y bifucar
el curso de acción en una norma prohibitiva y una norma imperativa:

No mientas y evita decir la verdad.

Se morigera la rigurosidad de la norma si se considera que nadie
está obligado a lo inevitable. Lo inevitable es inevitable es inevitable. En
ese sentido hagamos de la palabra, parábola y digamos a nuestros niños:
actúa como si toda arma estuviera cargada, o mejor aún, como si cada
palabra fuera una bala que eventualmente fallará. Estaba ya dicho:

La ola golpea la roca, mi amorcito
y cada charquito en tu espalda es un signo
que malinterpretaremos.

Con esta fabilidad en mente podemos estar más seguros de emitir o
recibir enunciados performativos como los siguientes:

NUNCA AMARÉ A NADIE COMO A TÍ 
ESTARÁS POR SIEMPRE EN MI CORAZÓN 

Incluso, si vamos a esbozar una real politik fluída negando
cualquier centelleo de espadas o la ominosidad de los soles negros,
reconozcamos que lo realmente preferible es mentir bien o, mejor aún,
decir buenas mentiras; mentiras que no den pie a nuevas especulaciones
dolorosas sobre si sí o si no, mentiras que tricen las ya borgianamente
infames reproducciones de espejos y de cópulas que a su vez producen
más humanos y, exponencialmente, más fluídos, charquitos y dramas,
mentiras que en realidad sean excelentes diques para esos caudales de
palabras que según algunos son solo recursos del amor y según otros,
amor a los recursos del amor; en suma, ni desembocadura ni manglar,
grandiosos puntos finales como:

ESTÉS DONDE ESTÉS, TE DESEO LO MEJOR, DE VERDAD 

Pero Nicky Jam no permite ni siquiera esa glosa:

No quiero mentira ni tu falsedad.

Sobre el autor:

Cayo Cæctus (Santiago de Chile, 1984). Procesador / texto / imagen. Ha publicado, ha traducido, ha participado en. @cayocactus

Los Ojos del Tiempo

paul palacios

Por: Paúl Palacios                                              Foto: Edgar Portillo  @edgarenremolinos

 

IV

Horas

Pasa el viento

cerca, acaricia

me topa

el pensamiento, los ojos

me saluda de cerca

Próximo

el minuto que no cesa

viene,

se alarga,

se prolonga

es infinito

este momento

que no se va

se hace piedra

me hago piedra                                                      

                   TÚ

te haces agua

como mis ojos

que corren

           caen

se vierten

por estas hojas

sobre estos blancos

       dentro de mis lágrimas

    de mis hojas

    de las horas

que no cesan

no se apagan

no se callan

Gritan

nuestros ojos

en la ventana

Las Horas

son 12

los pisos del edificio

son 12

Las manos del mundo

Acarician

Son 12 los pasos del tiempo

Horas

no se van

me voy con ellas.

 

 

 

 

V

Instante

Escribo al costado

De la hoja

De la vida

¿Qué color?

Tiene la ciudad

Después de ti

El gris de la calle

La muerte de tus ojos

La voz

se rompe

de este

lado

del poema.

 

 

 

 

VII

Fractura

La ciudad

aparece y desaparece

entre neblina mental

la luz

la disipa

y ciega.

Se derrite el día en el adobe

Los árboles parecen calmados

La (s) mirada (s) de la gente

quema su sombra

se fractura el muro

sus fantasmas

reaparecen en un abrir y cerrar de puertas.

 

 

 

 

VIII

Paso de tiempo

invisible/visible

te cubres de instantes

casi perceptible

silencioso

transparente

cambiante, de piedra

te rompe un río magnético

minuto.

La escalera de viento

A la nada

en cada escalón

instantes que se quedan

para irse,

nunca estuvo

el tiempo

la buganvilla,

crece hacia el sol

se entierra hoy en mis venas.

 

 

 

 

IX

Nota mental

Del día nacen

las imágenes que me acompañan

y se desprenden de mí

como cicatriz mojada

laten con cada respiro

del dolor

única pertenencia segura,

existe a 2300 metros sobre el nivel del

Mar

agitas mis océanos

no sin antes

calmar

las dagas

de otras verdades.

 

 

 

 

XI

Nocturno

La ciudad está desierta

quedan los postes

las sombras

las hojas caídas

los autos quietos

los árboles de toda mi vida

la acera y sus grietas

los perros dueños de su sombra

las sedes académicas de los secretarios del poder

las arquitecturas para los deshabitados

los charcos

llenos del reflejo de la luz

la luz tendida en lo alto

queda la ciudad y otras cosas

queda la ciudad,

queda la ciudad.

 

Sobre el autor:

Paúl Palacios Gutiérrez (1992) Ibarra- Ecuador, psicólogo clínico por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito. Durante sus estudios universitarios inició un proceso de escritura y lectura en diferentes espacios, conformó el grupo de lectura y estudio de poesía dirigido por Juan Carlos Miranda, Andrés Serrano, Alejandro Mera y Andrea Segovia. Su obra es inédita, los textos seleccionados son parte de la antología “Los Ojos del Tiempo.” Sus influencias varían entre autores ecuatorianos como Efraín Jara, Raúl Arias, César Dávila Andrade, entre otros, también de otras regiones Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Juan Gelman, además de las interacciones con el psicoanálisis, la filosofía.