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Tattwa

Por: Julián Malvasi

Ediciones baratas de libros cosidos por groidianos civilizados se amontonaban en los estantes de la librería Lomje en la calle San Lorenzo de Martín Coronado. Apenas si pasaba gente por ahí y menos para comprar. Sin embargo, su dueño, el joven escritor vestano Anselmo Trocci había llegado de Vesta atraído por la moda de la burguesía liberal de Nueva Sicilia de regresar a la Tierra. Su familia era de inmigrantes. Sus tatarabuelos de Sicilia a Buenos Aires y sus abuelos de Bs.As. a Vesta. Ahora, libre del trabajo físico y de las constantes movilizaciones a las cosechas rotativas que el estado imponía a los menores de veinticinco años se sentía relajado. Era pobre o lo sería cuando su reserva se acabara. Después de dos meses de turismo llegó al barrio de sus abuelos y con el crédito que tenía destinado a alquilar una casa y comprarse una moto, compró la vieja librería Lomje. Era un sitio histórico municipal pero en medio de la desolación de la posguerra la había comprado barata. Bastó con firmar un contrato de conservación edilicia. No es que fuera masoquista por poner una librería en un lugar donde la gente pensara solo en comer y juntar chapas antes del invierno. Quería materializar su deseo de la infancia. Aunque forzado, lo estaba realizando. En su catálogo convivían autores como Homero, Cervantes, Shakespeare, Poe, Verne, Borges y muchos de sus contemporáneos de Vesta. Especialmente las antologías del Círculo de Kuiper. Sus colegas del cinturón de Kuiper, todos neo-chinos desterrados de la República Popular de Marte eran la vanguardia interestelar de la retroficción.

En su unidad Ayma16 había programado algunas canciones de Kap Bambino y Languidity de Sun Ra. Tomaba mate sentado en un cajón metálico que usaba para retener unas cucarachas que sobrevivieron a la fumigación del día anterior. La calle estaba vacía, de vez en cuando una ambulancia cruzaba la estación hasta el UPA-24. Los únicos transeúntes eran groidianos cadetes y algunos capataces que los seguían en bicicleta. Anselmo se desperezó y abrió un surco en la yerba con la bombilla. Abstraído a la espera de algún cliente pensó en las cucarachas atrapadas abajo suyo. Imaginó que ahí  estarían más seguras que a la intemperie, donde pensaba dejarlas antes de sentarse. El exterior era hostil. Sintió empatía pero al toque se despabiló con el ruido del tren llegando a la estación. Decidió dejar las pastillas Herschel. Se dijo que a partir del próximo día iba a tirar las que le quedaban y a remplazarlas por actividad física o alguna religión racional. Pensó en hacer cross-fit, jiu jitsu, water-polo o parkour, aunque nada lo convenció. Respecto a la religión, sí logró definir su voluntad. Le gustaba el budismo del Sutra del Loto pero se entusiasmó más con la orden del Amanecer Dorado. Consultó en el Ayma16 pero recibió más que nada porno del sucio en relación a la segunda palabra de su búsqueda. Se convenció de ir directo a la sede más cercana a su casa, es decir, la trastienda de la librería. Estaba en el límite entre Puerta 8 y Villa Mictlán, del lado oeste del Río Morón.

Llegó en un destartalado 328 que funcionaba como remis y flete al mismo tiempo. Las ventanas estaban cubiertas con bolsas de consorcio y al fondo unos estibadores del mayorista satélite del Mercado Central en Tres de Febrero mantenían en pie un pallet de maples de huevos. Frenaron en la plaza de Remedios de Escalada, donde tenían que descargar.

-Mejor bajate acá porque estos dos tienen para rato-le dijo el chofer.

Pagó en monedas y bajó de un salto a la vereda. Hacía frío y una brisa nauseabunda del matadero de Puerta 8 le dio en la cara. Nunca había estado en un barrio como ese. La zona donde vivía era parte del conurbano igual que aquel lugar pero como centro comercial del distrito, aunque desolado, tenía una mayoría de habitantes de clase media. No tuvo miedo. Caminó por las calles esquivando grietas en las baldosas y arreglos precarios en el asfalto. Recordaba los documentales que había visto en Telesur antes de viajar desde la casa de su familia en Vesta. Dos o tres kilómetros después llegó a su destino. La Casa del Amanecer Dorado contrastaba mucho con el resto del barrio. Su diseño parecía de Niemeyer o Le Corbusier. Tenía una torre con un mirador parecida a una antorcha y a los costados dos edificios con columnas metálicas que a Anselmo le recordaron las patas de una araña. El resto era todo blanco, salvo algunas partes con grafittis borrados donde la pintura resaltaba. Las casillas de chapa y madera, o ladrillo adyacentes, parecían undirse bajo la altura de la torre. Se acercó a la puerta y tocó timbre. Sin esperar le abrieron dos personas que se presentaron como Sílex y  Amper. Vestían túnicas blancas estampadas con pequeñas figuras de colores. Sílex tenía barba hasta la cintura y Amper llevaba un peinado digno de la princesa Leia. Las túnicas parecían pijamas y Anselmo se sorprendió porque la información que tenía de la orden hablaba de metafísica con lenguaje serio.

-Hola, buen día. Soy Anselmo Trocci, vivo en Coronado y me enteré hace unos días de ustedes por un folleto con su doctrina que me dejaron en la puerta de mi casa.

-Buen día, señor Trocci-repitieron al unísono.

-Vine a ver qué es lo que hacen pero no quiero comprometerme-dijo Anselmo con voz tímida.

-Está bien, puede pasar y conocernos-dijo Sílex.

-Está por empezar la sesión ¿Pasa?-preguntó Amper.

-Sí, claro-dijo Anselmo y entró.

Lo llevaron por un largo pasillo de paredes blancas y bien iluminado. Anselmo trataba  de deducir en qué parte del edificio se encontraba cuando notó una leve inclinación hacia abajo. Le abrieron una puerta de dos grandes hojas cubiertas de imágenes geométricas de colores en bajorrelieve. Una escalera de cemento en espiral los llevó hacia el subsuelo. A medida que se acercaban Anselmo fue sintiendo un zumbido. Sílex le explicó que era un mantra. Ante su consulta, Amper dijo que no tenía que ver con la orden pero que sus miembros lo usaban para concentrarse.”Es como una entrada en calor”-dijo Sílex. Al final de la escalera una puerta igual que la anterior daba paso a un salón del tamaño de una cancha de tenis. Los miembros de la orden estaban sentados en círculo sobre una alfombra que cubría casi todo el piso. En los bordes se veían tablas de madera húmedas. Del techo colgaban lámparas de leds. Al entrar Anselmo y sus acompañantes, los miembros de la orden les hicieron lugar y continuaron con su mantra. Al minuto cesaron y tras una breve presentación Anselmo fue admitido en su sesión diaria de exploración astral. Todos vestían túnicas iguales.

-Agarrá una de estas cartas-dijo Amper.

-Cualquiera. Y mirala fijo. Sin pensar en nada-agregó Sílex.

Anselmo lo hizo a la par del resto de los miembros. Fijó la vista en la carta que le había tocado. El fondo era blanco. El tattwa era un óvalo vertical violeta con un triangulo rojo en el centro. Le costó unos minutos concentrarse pero poco a poco la carta fue captando su atención. Comenzó el viaje. Vio imágenes mentales como si realmente tuvieran tres dimensiones. Como un sueño, pero sin cerrar los ojos y con mayor claridad.

Con un tiro en el tobillo voy corriendo hasta el pasillo…la parca y la gorra me quieren llevar”. “Vos de bebé te ponías el chupete corte fierro en la cintura y con la mema a todos (vos) los quemabas cuando bola no te daban”. La cumbia sonaba muy fuerte y los gritos de la gente apenas se escuchaban. “El que no hace palmas…maneja el patrullero“. Anselmo estaba desarrollando su exploración astral con éxito. Había viajado a la Isla Caravana. Estaba en Los Mochis, el único boliche que seguía funcionando durante la guerra. Como mínimo había viajado veinte años atrás. Scioli aún sería presidente aunque esto Anselmo lo ignoraba. En ese momento estaba en Nueva Sicilia. El local estaba lleno de gente y él no intentó entrar. No conocía sus códigos y se sentía ajeno a la euforia que llenaba el recinto. En la puerta un patovica viejo y cansado dejaba pasar a todos los que llegaban. El olor del agua podrida y los vapores que salían del matadero de Puerta 8 le ayudaron a ubicarse, ya que el Ayma16 no funcionaba. Esto pasó rápido y cuando por fin entendió porque estaba ahí se desvaneció todo y volvió al subsuelo. Se refregó los ojos, vio su carta en el piso y a los miembros de la orden abstraídos sosteniendo las suyas. De a poco comenzaron a regresar de sus viajes. Anselmo había probado varios psicotrópicos además de las pastillas Herschel pero nunca había tenido una experiencia tan realista como esa. Se le antojó un porro pero recordó que la marihuana ya no crecía en la Tierra.

El invierno post nuclear había arruinado las cosechas en toda latinoamérica. Ya no había soja pampeana ni cargamentos de marihuana prensada de Paraguay. La triple frontera estaba abandonada. Anselmo había escuchado el rumor de que en farmacias de Uruguay y del sur de Brasil se vendían flores sintéticas bajo receta. Las drogas de diseño también simulaban ser naturales con impresiones tridimensionales. Algunos invernaderos resistían con cultivos hidropónicos en los galpones abandonados del Delta de Liniers pero él no lo sabía. Para alimentos y biodiesel solo quedaba la importación de las colonias. En el archipiélago de Svalbard la flota Ártica de la OTAN custodiaba las semillas de la bóveda del fin del mundo y negociaba a través del Banco Mundial el alquiler de especies para sintetizar.

 -Es cuestión de tiempo-dijo Sílex.

-Ojalá, porque me pareció muy real.

-Es que fue real. No fue una visión sino una traslación.

-Los tattwas son el principio, la punta del iceberg-dijo Amper.

-Hay todo un universo superior a la realidad que a la gente de a pie se le escapa-dijo Sílex. Además, recién viste que somos abiertos, que te dejamos participar sin pedirte documentos ni nada. Los prejuicios que nos tienen son infundados. Son de quienes no ven nada más que lo que alcanzan sus ojos. Pero hay mucho más allá de lo real y del presente. Tu experiencia fue solo una introducción. Los demás miembros siguen allá abajo porque están en otra etapa.

-Dejalo ahí-dijo Amper. Es mucha información para un solo día.

Anselmo salió de la Casa del Amanecer Dorado con una mezcla de curiosidad y miedo. Había vivido algo mejor que los sueños virus de la red Ayma y que cualquier implante de  realidad virtual. Se perdió en el camino de vuelta y terminó compartiendo una moto-remis hasta su casa. A las ocho en punto de la noche bajó la persiana y se instaló en su escritorio. Sacó la pila de libros y hojas. Extendió un afiche de la editorial Rizoma del lado opuesto y se sentó a dibujar un croquis del barrio que conoció horas antes. En su grupo scout de Vesta había aprendido a hacer croquis y mapas de riesgo cuando llegaba a un camping. Antes de armar las carpas y refugios era lo primero que hacían. Recordaba un río, una isla y un puente que atravesaba ambos lados y los conectaba. Casas bajas de adobe con partes recicladas de vidrio y plástico. A pesar de su esfuerzo, el viaje astral había durado muy poco. Quería saber donde había estado. No recordaba nada más. Esa noche le costó dormir. A la mañana siguiente no abrió la librería. Cargó con café un termo, agarró una muda de ropa, jabón, una toalla y el cepillo de dientes. Metió todo en la mochila y programo el holograma de la entrada para anunciar el cierre temporal. No sabía cuando iba a volver.

 

Sobre el autor:

Tres de Febrero, Buenos Aires, Argentina (1994). Entre sus hazañas y fracasos dice ser ex futbolista de inferiores, dirigente scout y militante peronista. Actualmente escribe una saga ucrónica con elementos de ciencia ficción.