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Editorial Alquimia: hacer libros que produzcan “esa sensación punzante” en la espina dorsal

El ejercicio que realizó Revista Tránsitos el pasado mes de agosto en la Feria de Editores independientes en Buenos Aires, dio muchos frutos y nos hizo grandes revelaciones sobre lo saludable –pese a escenarios sociales adversos– que está la edición en el sur de nuestro continente. Hay riesgo e incertidumbre, pero también mucha voluntad creativa y una comunidad organizada.

Ejemplo de este quijotesco esfuerzo es Editorial Alquimia, punta de lanza en el escenario de la edición independiente en Chile. Con un catálogo diverso y multifacético, en seis años han podido consolidar un nombre y un concepto editorial vanguardista, gracias a un catálogo atractivo, organización, carisma y alianzas con varios “apasionados por los libros”. En su stand de la Feria, entablamos contacto con Guido Arroyo, director editorial del sello, quien nos contó sobre su historia, el riesgo, el impulso, los procesos creativos y cómo fueron consolidando su catálogo y concepto.

 

RT ¿De dónde surgió el nombre de Alquimia? ¿Quién lo escogió, quienes integran la editorial?

Alquimia tiene dos etapas, cada una con un origen distinto. La primera inicia a fines de 2006, el sello nace como una excusa para publicar una antología literaria de estudiantes de la Facultad donde estudiaba literatura (Universidad Diego Portales). El nombre surgió de un diálogo algo fumado con los compañeros que participaron del primer libro. Como la editorial funcionó, y como en Chile en ese entonces casi no existían editoriales independientes que recibieran obras de autores emergentes, Alquimia siguió publicando esporádicamente de forma artesanal y bajo un signo experimental hasta el 2011. Hicimos tres o cuatro antologías de autores jovensísimos, discos con grabaciones de poetas recitando, tres poemarios-objeto, un libro que en vez de lomo tenía pernos metálicos y tres obras recopilatorios de un proyecto de talleres artísticos en cárceles en el cual participaba. En esos cuatro años, del 2006 al 2011, hicimos en total quince libros, publicamos cerca de treinta autores distintos y fue una etapa de comprender mediante la práctica el oficio de editor. En ese entonces era un feliz adolescente y si bien, trabajaba, aún no conocía tan bien las miserias del mundo adulto.

A fines del 2011, refundé la editorial de forma más seria, estructurando ejes de publicación mediante colecciones. Por ese tiempo también, hicimos una alianza con el estudio de diseño Navaja; quienes otorgaron una identidad gráfica a todos nuestros libros. Nuestra misión desde ese año fue publicar obras agregando un trabajo previo de edición y diálogo con los autores, procurando siempre trabajar en conjunto los textos o hacer rescates literarios donde la huella editorial esté latente. Actualmente la editorial se compone de un equipo de cuatro personas estables. Nicolás Sagredo, diseñador que fue parte del estudio Navaja y autor de un brillante trabajo collage análogo, es quien hace todos los diseños de portadas, la maquetación de interiores, las gráficas comunicaciones, etcétera. Felipe Reyes, corrector y productor editorial, él realiza gran parte de las gestiones administrativas/logísticas, edita algunos de nuestros libros y participa/apoya en todo. Natacha Oyarzún, ella realiza toda nuestra difusión en redes sociales y es la primera mediadora de cualquier proyecto o mensaje que recibimos; también es la productora de todos los lanzamientos de nuestros libros. Y por último yo, que me encargo de componer todo el catálogo de publicaciones, hacer la edición estilística de los libros y toda la coordinación editorial. Obviamente tenemos a un contador que nos ayuda en una cuestión administrativa, más algunos editores externos que vamos contratando para proyectos específicos.

“Esos libros que al abrir la primera página comprendes que al leerlos algo de ti cambiará. Que logren envejecer con las torsiones de lenguaje de su época. Para eso no solo hay que leer mucho, sino además ser un devorador de la cultura en todas sus manifestaciones (odio el elitismo snob de la alta cultura).”

RT: En qué momento un filósofo se decanta por la literatura y sobre todo, por la edición. ¿Cuándo y cómo decidiste dedicarte a ser editor y cuáles son los retos y desafíos?

No me considero un filósofo. Me gusta la figura del diletante, esa persona cuya pulsión se debate en varias artes o saberes pero nunca se decanta por ninguna, evita siempre volverse un especialista. Lo que sí debo reconocer que soy un lector asiduo de filosofía, sobre todo de la línea más ensayística, y eso me impulsó a realizar un doctorado. Lo paradójico es que al hacerlo, en vez de acercarme más al ámbito académico, terminé vinculado de forma definitiva a la edición. La historia es esta. Había salido hace dos años de literatura, trabajaba como profesor/tallerista en escuelas públicas, estaba obeso, lleno de caspa y mi vida era miserable. Lo que más odiaba era cumplir horario, y en ese momento algo angustiante surgió la idea de ingresar a un postgrado para conseguir una beca que me permitiera pasar las mañanas leyendo acostado, que era mi meta en la vida. Al segundo intento obtuve la CONICYT (Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica; que es análoga a CONICET de la Argentina). Como ya dije, habían alrededor de quince libros publicados en la editorial entre el  2006 y el 2011, y pese al carácter informal del sello, nos seguían llegando atractivos manuscritos y aumentaban nuestros lectores. Entonces pensé en reestructurar Alquimia en base a colecciones editoriales y dedicarme a lo que más me gustaba. Hoy no imagino mi vida sin editar libros. Es un arte que me fascina y en el cual encuentro un continuo aprendizaje. Me gusta mucho que la edición sea un oficio, que nunca se tenga plena certeza de cómo va a funcionar una obra o autor, que cada libro te sorprenda.

Quizás el mayor reto de ser editor es estar siempre encontrando obras que generen una sensación punzante en la espina dorsal. Esos libros que al abrir la primera página comprendes que al leerlos algo de ti cambiará. Que logren envejecer con las torsiones de lenguaje de su época. Para eso no solo hay que leer mucho, sino además ser un devorador de la cultura en todas sus manifestaciones (odio el elitismo snob de la alta cultura). De hecho, una de las cosas que más disfruto cuando hago clases de edición (doy un ramo en el postgrado de la UC en Chile), es analizar los catálogos editoriales de sellos históricos tipo Anagrama. Lo hago –junto a los alumnos– procurando detectar el por qué ciertos títulos logran volverse obras de fondo, es decir, libros que no pierden interés pese a la contingencia de su aparición. Lo más difícil para un editor es lograr publicar libros únicos cuyo interés sea imperecedero. Esos libros te quitan el sueño.

“(…) creo que las publicaciones tienen más relación con las circunstancias que con un itinerario programático.”

RT ¿Escribís o escribiste alguna obra, te consideras también escritor?

Sí. Cómo la mayoría de los editores independientes chilenos e iberoamericanos, soy doble militante. He publicado cuatro libros de poesía. Ahora estoy terminando uno nuevo llamado “La música del cielo” para Editorial Cuneta; y otra editorial me tentó a publicar mis ensayos o una recopilación de los primeros tres libros de poesía que escribí. Pero, la verdad, no tengo presión alguna en publicarlos. Tal como Elvira Hernández creo que las publicaciones tienen más relación con las circunstancias que con un itinerario programático. Y para mí escribir es un acto cotidiano, no un estado de excepción. Odio los rótulos que demanda el campo literario, eso de la novela del poeta o el poemario del narrador. Creo que editar, escribir, ejercer la crítica literaria o pensar son parte de un todo que tiene que ver con la pasión hacia la lengua escrita, hacia el mundo literario y hacia la edición de los libros. Y al estar editando obras continuamente, la ansiedad por ver tu apellido en los lomos de los libros disminuye radicalmente, porque vas siendo parte del proceso.

 

RT ¿Cuales son los mayores logros y/o títulos publicados que más te enorgullecen de la editorial en la que  trabajas?

Quizá uno de los mayores logros de Alquimia, se puede graficar en una frase que le escuché a la narradora Mónica Droully hace dos semanas. Estábamos almorzando, ad portas de firmar un contrato y dijo: “Es que este libro (Jaqueline) es muy Alquimia”. Se refería a una obra bellísima que está trabajando, cuyo tema y tratamiento estético calza perfecto con nuestro catálogo. Y por qué ella dice eso, porque el sello ya posee una identidad y eso se ha vuelto legible tanto para los autores que se acercan a nosotros como para los lectores, que prefieren nuestros libros en función de la línea estética que tenemos. Lo que más me enorgullece es eso, saber que existe una identidad y que va más allá de quienes componen la editorial.

En cuanto a nuestro catálogo, un editor defiende todos sus libros, pero de lo más entrañable que hicimos fue el trabajo con Elvira Hernández, la poeta viva que más disfruto en habla hispana. El año 2013 edité y compilé “Actas urbe”, que reunía seis poemarios de ellas que eran inhallables más material inédito. De inmediato el libro generó lectores cómplices y su obra comenzó a leerse con detenimiento por nuevos lectores. Tres años después apareció una antología de su obra en el destacado sello Lumen, que sirvió para consolidar su obra. Y este año obtuvo el premio Jorge Teillier y el Iberoamericano Pablo Neruda; en Alquimia publicamos su nuevo libro que fue recibido calurosamente por la crítica, y además apareció antología llamada Zona de desvíos que edité para el sello LUX en Argentina.  

Otro caso que nos enorgullece es la obra de Nona Fernández. Nosotros publicamos el 2013 (el mismo año de “Actas urbe”). La novela tuvo inmediata aceptación, se tradujo al alemán, inglés, francés e italiano, y ya lleva tres ediciones sólo en Chile. Tras esa obra, comenzamos a trabajar con ella desde el inicio de su escritura una obra llamado “Chilean Electric”, que también ha sido traducida a diversas lenguas y obtuvo el Premio MOL como mejor obra publicada del año. El próximo año reeditaremos la primera novela de Nona, “Mapocho”, y tenemos en carpeta publicar una nueva novela de ella el 2020. Por último, el rescato que hemos hecho de la poeta Teresa Wilms Montt nos enorgullece mucho. Ella fue una mujer aristócrata que cuestionó el machismo imperante de su época y desarrolló una obra alucinante. De ella editamos sus diarios y poesía completa (prácticamente toda su obra), y en Chile se ha vuelto un ícono fundamental para repensar la literatura fuera de los códigos patriarcales.

(…) nuestras inestables economías y el giro hacia las derechas cavernarias en todo el continente, nos obliga a los sellos independientes a comprender la importancia que poseemos en un plano político, como activos generadores de contenidos que van en contra a los conservadurismos (…)

RT  ¿Cuál es la situación y perspectiva de los editores independientes en la región actualmente y de cara al futuro? ¿Cuáles son los mayores obstáculos y cómo encarar el avasallador paso y dominio del libro digital?

El panorama de edición independiente a nivel latinoamericano atraviesa un buen momento. Cada vez hay más interés y fidelización del público lector por la edición independiente, hecho que se traduce en ferias como la FED. Creo que en general el fenómeno de la edición independiente atraviesa la encrucijada de la profesionalización. Publicar long sellers que permitan mayor autonomía económica, y estructurar una cadena de producción y, sobre todo: distribución, que nos permita pelear con los grandes conglomerados editoriales. Por otra parte, nuestras inestables economías y el giro hacia las derechas cavernarias en todo el continente, nos obliga a los sellos independientes a comprender la importancia que poseemos en un plano político, como activos generadores de contenidos que van en contra a los conservadurismos  que pregonan muchos gobiernos. Pero ojo, para mí un sello independiente es aquel que construye un catálogo, no el que publica exclusivamente a amigos del editor o solo archivos de Word sin ninguna intervención o, peor aún, cobra por hacerlo. Tanto en Chile como en Argentina hay muchos de esos.

 

RT ¿Nos podrías recomendar uno o dos libros nuevos de tu editorial para  los lectores?

Como ya dije un editor defiende todos sus libros, pero de las novedades me gustaría recomendar el libro: Pájaros desde mi ventana de Elvira Hernández; La caída de Roma de Anne Carson y No tengo amigos, tengo amores, una recopilación de 72 entrevistas de Pedro Lemebel, que está dispuesta de forma fragmentada y temática, una suerte de autobiografía oral.

 

RT ¿Cuál es tu top 5 de los libros (no necesariamente de tu editorial) y por qué?

Sería imposible reducir a cinco mis libros favoritos. Tampoco creo mucho en los listados. Lo que sí puedo hacer es contar las cinco novedades editoriales que me han gustado. Muchas de ellas son argentinas: “Narraciones para cine Tarkovski”, que publicó mi amigo Damián Tabarowsky para Mardulce, una llave de entrada fundamental para la obra de un cineasta ineludible. La traducción de Alan Pauls del necesario “Roland Barthes por Roland Barthes”, que publicó Leonora Djament de Eterna Cadencia. También de Alan Pauls, el libro “Trance” publicado con el sello Ampersand, me pareció alucinante. Mi libro favorito del año pasado: “Diario. Notas, recuerdos y secuencias de cosas vistas”, los luminosos diarios de Raúl Ruiz; y los diarios íntegros de Sylvia Plath, ambos publicados por Ediciones UDP.  

 

RT ¿Escritor/a chileno/a de nuevas generaciones que recomendarías leer?

Mónica Drouilly, autora de un libro de cuentos llamado “Retrovisor”: muy alucinante y tiene un lenguaje oral muy atractivo, mezclando alta cultura y baja cultura, con mucho humor dentro de sus narraciones. Uno que ya no es una novedad pero desde mi lectura un autor crucial: Mike Wilson, narrador que ha publicado la gran editorial Fiordo. María José Ferrada, autora de la memorable novela “Kramp” y de un libro increíble de poesía infantil llamado “Niños”, donde mediante poemas se van narrando las atrocidades de las dictaduras. También a Carlos Araya, autor de una novela llamada “Ejercicios de encuadre” y un libro de cuentos llamado “Historial de navegación”, que publicamos por Alquimia. Es un narrador (y cineasta) increíble que posee un imaginario corrosivo, cercano al de Haneke. Otro que puedo mencionar es Patricio Alvarado, narrador y poeta chileno que publicó un libro llamado “Triage” con nosotros, que obtuvo el premio a la mejor obra inédita y ahora está terminando un libro de poesía que va a publicar editorial Sin Fin, en Barcelona. Solo mencionó a algunos narradores, porque si tuviera que mencionar a poetas tendría que hacer una entrevista de dos horas y media. (Risas).

 

RT ¿Nos podrías adelantar algún futuro proyecto/aventura de tu editorial?

Una novedad que nos tiene muy contentos, es un voluminoso libro que reúne de manera fragmentada y temáticamente, 72 entrevistas a lo largo de 22 años realizadas al destacado cronistas y artista visual Pedro Lemebel. Fue un trabajo monumental que hicimos con Macarena García, editora externa de Alquimia (y también una gran narradora). Es un libro que aborda las reflexiones sobre su obra, la coyuntura política e histórica, sus recuerdos biográficos, su percepción del mundo LGBT, sus beligerancias políticas, sus reflexiones sobre las performance, etcétera. Leer las frases de Lemebel es un lujo, porque era un brillante entrevistado y todas sus opiniones son punzantes y plagadas de certezas agudas. Fue un trabajo de casi tres años, pero nos tiene felices.

“Tenemos la plena certeza que libro de papel nunca va a morir. “

RT ¿Sos consumidor de libros digitales? ¿Qué opinás de jóvenes que por la imposibilidad económica consumen y descargan y piratean todos libros que leen? ¿Este nuevo hábito afecta la configuración del histórico rol del lector ?

No soy consumidor de libros digitales. Soy un bibliófilo nostálgico empedernido por el papel. De niño me obsesionaba la imprenta, los tipos móviles, el libro como objeto. Particularmente porque vengo de una casa donde no había libros, entonces el libro para mí era un vehículo que me permitía construir otra realidad, un objeto que configuró mi identidad por completo. Algunos amigos de infancia recuerdan que solía leer mientras caminaba. Pero bueno, valoro la existencia del libro digital. Y no tengo ningún problema con la piratería o la fotocopia. No creo que afecte a los lectores sino que genera otro tipo de lector. El gran salto de libro digital va a ocurrir cuando desarrolle nuevas interfaces, y potenciar así que la propia escritura literaria genere una nueva estética en simbiosis al formato digital. Espero ese día, pero por ahora prefiero seguir visitando todos los meses a los libreros antiguos. El libro digital no nos complica mucho, creo que coexistirá con el impreso, porque tengo plena certeza que libro de papel nunca va a morir.

 

En la feria del libro tuvimos una charla corta con Guido. Intercambiamos nuestros contactos y nos hicimos de cinco libros de su catálogo. Esta entrevista no fue producto de una cálida charla de frente, pero las distancias, y la escasez de tiempo, abren nuevos caminos para la comunicación. Guido nos contó lo anterior desde alguna cabaña perdida en algún lugar de Chile, se había escapado de las celebraciones patrias de su país, para descansar. La entrevista transcurrió vía audios de whatsapp, pero lo imaginamos haciendo honor a las ensoñaciones del imaginario poético chileno, en algún bosque, desierto o lago, sonriendo por el  fructífero presente que tiene la editorial que encabeza, contemplando el futuro rizomático de Alquimia y planeando el abordaje a nuevas cosmogonías, prosas y poesías del hemisferio. Alquimia es expresión de lo mejor de una época que perdió sus futuros y horizontes; un ejemplo de que en la permanente inestabilidad, se pueden articular contundentes respuestas desde la literatura.

 

A la llegada de los monstruos

Por: Adrián Ávila

La descarga quebró el silencio del valle. Los animales huyeron de entre las matas de jaras esparciendo a las mariposas por el aire. Una liebre cayó muerta.

A lo lejos, un par de muchachos a gatas miraban la escena.

–Pascual, ¿Le diste? –preguntó el chico alto. Se había quitado la gorra para abanicarse.

Pascual asintió. Sostenía un rifle entre sus manos, era chaparro y llevaba un sombrero de paja raída. Por unos segundos escudriñó las matas de jaras y se levantó. El muchacho alto lo imitó y corrió hacia el cuerpo de la liebre.

–Le diste entre los ojos –gritó el alto.

–¡Chinga!

–¿Qué?

–Así no me sirve la pinche cabeza.

–Lo demás está bien –dijo levantando al animal de las patas. De sus orejas se derramaban gotitas de sangre que se ennegrecían al mezclarse con la tierra.

–Amárrala. Vámonos ya.

–Espera.

–¿Qué?

–Estaba preñada. Mírale las tetas.

–¿Y eso qué?

–Sus crías…

–Solitas se van a morir.

Bajaron por la pendiente tomando el camino que los llevaba a casa.

De una loma de tierra sobresalía un cardón alto y espeso. Su tronco medía dos metros de altura y sus ramas se abrían alzando cientos de brazos espinosos y floridos. No había hora del día en que no hiciera sombra. Los lugareños lo llamaban Quinametzin. Resaltaba desde lejos, intimidaba de cerca. La tierra roja lo hacía más verde y el cielo azul más humilde. Los muchachos lo miraron al paso.

–Podríamos criarlos.

–Sale más caro.

–Pero a poco…

–Cállate –dijo Pascual en voz baja deteniendo de forma abrupta su paso. Puso su dedo índice sobre sus labios y miró directo a los ojos de su amigo. Giró la cabeza hacia el cardón señalando con la mirada. En la punta de un brazo, acurrucado sobre sus espinas, un gato montés relamía sus patas delanteras. Era pardo y moteado, dos barbas triangulares colgaban de su cabeza y tenía los ojos verdes como el jade.

–¡Ta’ grande!–bisbiseó su amigo.

–¿Tienes balas?

–¿Lo vas a matar?

–Sí

–¿Pa’ qué?

–Lo quiero.

–¿Y si no le das?

–No seas pendejo, desde aquí me lo chingo. ¡Dame una bala!

–Tú todavía tienes una.

–Pero no va alcanzar.

–Yo no lo quiero matar.

–Si serás cabrón –musitó Pascual alargando las vocales–. Orita vas a ver.

Sin perder de vista a su presa, sacó de su bolsa un pedazo de periódico que desenvolvió con cuidado. Bajo las capas de papel, una bala refulgió. Descolgó tres liebres muertas de su hombro colocándolas sobre la tierra. Tomó su rifle e introdujo la bala en la boca de carga. “Vas a ver”, murmuró apuntando hacia el felino que permanecía apacible sobre el cardón.

A lo lejos se escuchaba el repique de las campanas. Pascual separó sus piernas, recargó la cantonera contra su hombro, puso sus brazos tensos e inclinó su cuerpo hacia atrás. Con la mira cortó por la mitad el cuerpo del gato. Quitó el seguro del arma.

–No, Pascual –masculló el alto.

Pascual no hizo caso. Parecía un soldadito de plomo. Nada en él se movía. Retuvo la respiración, acarició el gatillo, se mordió los labios y disparó.

El gato rugió mientras caía entre los brazos del cardón. Las espinas rasguñaban su piel y él desgarraba la corteza con sus garras. Poco a poco se quedó atrapado entre los brazos. Se revolvía por los espasmos de dolor, pero no estaba muerto.

Pascual arrebató la bolsa a su compañero.

–¿Dónde está la bala?

–No, Pascual, no. Mi papá se va a encabronar.

–Se va a escapar.

El muchacho alto se abalanzó contra Pascual apresándolo por la espalda. Pascual forcejeó soltando cabezazos hacia atrás; dando pisotones y encajando sus uñas. Fatigado, optó por tomar de los genitales a su enemigo. Los apretó con fuerza doblegando la voluntad y exprimiendo el llanto. Ya zafado, Pascual le pateó la cara, sacó una navaja de su pantalón y le apuntó con ella en forma de amenaza.

–Llévate una de mis liebres –le espetó lanzándole la navaja entre las piernas–. Y no me estés chingando.

El muchacho alto temblaba de miedo y dolor.

Pascual tomó la bolsa y en un estuche de cuero encontró una bala. Cargó su rifle y corrió hacia el cardón. Se puso a mirar entre sus brazos a contraluz, movía la cabeza de derecha a izquierda sin cerrar los ojos, pero no encontró nada. Pateó con fuerza el tronco para después quedarse quieto acercando el oído.

–¡S… se, se, es, ca, pó? –preguntó el alto acercándose a tientas. Tenía el rostro hinchado y limpiaba las lágrimas con su playera.

–O ya se me murió. Vigila aquí.

Pascual le dio vuelta al tronco y desde allí se asomó con cuidado de no caer por la pendiente. Abajo, entre los matorrales se dibujaba un camino con gotas de sangre que se perdía entre las rocas.

–Ya lo encontré –gritó Pascual.

–¿Voy?

–¡Espera!, no mames, ¡espera!.

–¿Qué pasa?

Pascual regresó al cardón y se agachó jalando de la playera al muchacho alto para que hiciera lo mismo.

Señaló hacia el este con la punta de su rifle.

Una camioneta cuatro por cuatro cruzaba por el horizonte. Levantaba espesas nubes de polvo. De su interior salía el sonido estruendoso de música de banda que hacía temblar los vidrios polarizados. Iba rápido, por el camino de tierra que pasaba junto a la loma donde se alzaba el cardón.

Los muchachos intercambiaron miradas de perplejidad.

La camioneta pasó delante de la loma y se detuvo de forma abrupta rechinando como un monstruo lastimado. La música se interrumpió. Incapaces de observar, los muchachos se acercaron, a gatas, a la orilla de la loma. El gato montés yacía frente a la camioneta. Se arrastraba con dificultad y su barriga pulsaba de forma acelerada.

Del lado del copiloto se apeó un hombre de mediana estatura. Sus botas levantaron el polvo y acomodó su sombrero de ala con ambas manos. Vestía todo de negro. Llevaba ornamentos de oro, anillos, cadenas y la prótesis de un colmillo superior que se relamía por reflejo.

–¿Ese es…? –preguntó el más alto en voz baja.

–Raúl Biani Bronco…

–No fue el que…

–Sí…

Pascual tomó su rifle y apuntó a Raúl Biani Bronco.

–¿Qué vas a hacer, cabrón? –preguntó el más alto en voz baja.

Pascual no respondió.

–Nos van a matar, Pascual.

Pascual quitó el seguro.

–A ese cabrón no lo matan las balas. Pascual, escúchame.

Pascual respondió:

–Vamos a ver.

Raúl Biani Bronco se acuclilló frente al gato y lo examinó con detenimiento. El animal respiraba con fatiga. El hombre lo tomó del pescuezo y sacó de su cinturón una navaja con la que perforó la herida sacando la bala de un tirón. El gato se retorció maullando de dolor desgarrando la chamarra pesada de Raúl Biani Bronco. De la herida salieron borbotones de sangre negra.

Desde lo alto, los muchachos observaban la escena. Pascual mantenía la mira fija en la cabeza de Raúl Biani Bronco. Parpadeaba poco y si lo hacía era para drenar las gotas de sudor que se le acumulaban sobre los párpados. Estaba tieso como piedra.

Raúl Biani Bronco sacó un pañuelo de su bolsa trasera. Vendó al gato con delicadeza, pero apretó un poco para obstruir la hemorragia. El animal se retorció respirando con debilidad. Raúl Biani Bronco lo acarició suavemente. El gato le olisqueó la mano y comenzó a lamerla con sus pocas fuerzas.

Pascual acariciaba el gatillo.

El viento sopló agudo.

 

 

Sobre el autor:

Ciudad de México (1989). Periodista, investigador en literatura y videojuegos.