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Alegato en el Juicio de Sarajevo *1

                                             Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

Por: Roberto Ramírez Paredes

Si creo en Dios me preguntan. ¿Es eso relevante en este juicio? ¿Acaso no sabemos que el veredicto está sellado, de antemano, con mi muerte? Sería mejor echar abajo esta charada y arrojarme al lodo del patio trasero y fusilarme ahora mismo. ¿Creo en Dios? No dejo de hacerme esta pregunta desde el 28 de junio de 1914. Si mi respuesta es afirmativa, entonces Dios está de nuestro lado y fue él quien fraguó toda esta guerra y muerte. Si la respuesta es negativa, entonces solo el azar, ese misterioso soldado que no se sabe de qué lado batalla, es el único gestor de que el destino haya tomado forma de sangre y balas. ¿Y yo dónde quedo? Yo soy solo un emisario, un nacionalista yugoslavo que cree en la unificación con Bosnia y la separación, de una vez por todas, del Imperio austrohúngaro, imperio mil veces maldito, imperio al que no temo maldecir frente a usted, Su Señoría. Si yo no fuera solo un emisario del destino, los alemanes habrían encontrado otro pretexto: mi bala, mi azarosa bala fue el detonante de la guerra que ahora destroza a Europa. Yo soy solo un pretexto y me siento bien interpretando el papel.

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1 Declaración textual de Gavrilo Princip como alegato de defensa, en el marco del juicio de asesinato del Archiduque del Imperio Austrohúngaro, Francisco Fernando, el penúltimo día del llamado Juicio de Sarajevo, el 27 de octubre de 1914. Las palabras en cursiva –subrayadas en el original– enfatizan el discurso de Princip cuando quería recalcar lo obvio o cuando quería expresar ironía, según sea el caso. El acusado fue sentenciado a 20 años de cárcel: sorteó la horca porque había cometido el crimen cuando tenía 19 años (según la ley, la pena de muerte era viable si el acusado tenía 20 años cumplidos al momento de cometer el delito). Finalmente, murió el 28 de abril de 1918 siendo testigo, desde prisión, de la guerra que desató su asesinato. Aunque no consta en el informe oficial, los presentes en el tribunal afirmaron que Princip, tras preguntársele si creía en Dios, inició su alegato en los siguientes términos: Ustedes ya saben mi historia, es igual a la de cualquier serbio. Ustedes tienen mi historia redactada en sus informes, con mi firma para avalar su autenticidad, pero si quieren continuar con esta farsa según los detalles que les voy a referir, pues que así sea.

 

Soy un pretexto. También soy hijo de campesinos y sé lo que pasa en los pueblos. Sé de maltrato y humillaciones, sé de hambre y prejuicios. Sé de campesinos explotados y carteros amenazados de muerte, golpeados por unos cuantos billetes. Sé de mujeres que deben lavar ropa hasta altas horas de la noche, incluso en los días de invierno, para conseguir alimento. Sé de oficiales del imperio que violan a las mujeres de los obreros mientras estos beben en las tabernas para olvidar lo que sucede en sus camas. Sé mucho de resignarse y callar porque esta es la filosofía del yugoslavo bajo la ira del Imperio. Sé de venganzas de obreros, pero también sé de las torturas de la policía una vez que el obrero tiene la ropa manchada de sangre. Por esto tomé venganza y no me arrepiento de nada. Mis manos tienen tanta sangre como las de cualquier otro europeo, como sus manos, señores del jurado, como las suyas, Su Señoría, tanta como la de cualquier soldado ahora, rezando desde su trinchera, mientras bombas le rozan la cabeza. Lo que me diferencia de ustedes y me convierte en un faro en esta larga noche europea es que yo soy un yugoslavo, modestamente el peor de todos, que clama por la unificación de todos los eslavos del sur sin importar bajo qué clase de gobierno, pero debe ser fuera de la tiranía de Austria. Y no solo soy eso: también soy las venas y las arterias de Sarajevo, soy acción, soy venganza y soy azar, el camino del futuro, soy la cara de la nueva y unificada Yugoslavia. Es una certeza tan real como la tuberculosis que será mi parca, si antes no me atraviesan sus balas.

¡¿Qué es lo que pretendía con su visita el archiduque Francisco Fernando?! ¡¿Acaso creía que pasear por las calles de Sarajevo reforzaría la lealtad de los súbitos dudosos y apagaría el odio nacionalista de los serbios de Bosnia?! ¡¿Acaso no se enteró de que Mano Negra intentó asesinar a su tío, el Emperador Francisco José, en estas mismas calles hace 13 años?! ¡Iluso! ¡Ingenuo como solo un heredero del trono puede serlo! ¡Iluso como ustedes, los presentes en este tribunal, incapaces de ver el futuro! Su muerte sería la primera de una serie de correcciones en Yugoslavia y yo estaba llamado a ser el rectificador. Con esta idea en mente me levanté a las seis de la mañana, casi no dormí por pensar en la agenda planeada para el domingo. Me afeité, me lavé. Comí dos bollos de pan y un poco de agua… ¿Que vaya al grano, me piden? ¿Les parece irrelevante mi desayuno? Si hubieran crecido junto a mí sabrían que esos dos bollos de pan y el agua son un festín. Da igual. Para las ocho ya estaba reunido con las nuevas promesas de Joven Bosnia o la Pequeña Mano Negra, como solíamos referirnos con cariño a nuestro movimiento. Ahí estábamos Muhamed Mehmedbasic, Danilo Ilic, Trifun Grabez, Nedeljko Cabrinovic, Cvijetko Popovic, Vaso Cubrilovic… seis de nuestros mejores soldados que ustedes ya han tenido el gusto de conocer a través de incontables palizas… ¿Soplón? ¡Soplón es lo que acaba de susurrar, no es necesario que se esconda y esconda lo que piensa de mí, puede hacerlo frente a todos! Mis colegas jamás creerían que soy un soplón: ellos están tan orgullosos como yo de matar a ese perro y a su esposa preñada. Ninguno de ellos se esconde y cada uno ha confesado su participación. Nosotros no nos escudamos en el compañero de al lado para revelar lo que pensamos 2. Nosotros somos lo que ustedes rechazan. Sé que usted, señor soplón, se ocultaría bajo la falda de su madre si se le acusara de matar a la rata que le ha molestado todas las noches en la intimidad de su hogar, sé que no sería capaz de admitirlo. Y no me importa, de hecho, me enorgullece porque eso es lo que nos diferencia de ustedes, verdugos del jurado, que obran en virtud de una justicia que no comprenden. Como quieran. Después de todo, ustedes son los que demandan mi versión… Estábamos los siete repasando el plan, señalando en el mapa los puntos donde nos colocaríamos, intercambiando bromas. Algunos estaban nerviosos, otros desconcertados, pero en el fondo todos estábamos seguros: una vez cometido el crimen seríamos carne de la justicia y si no, seríamos carne de la tuberculosis. ¿Entienden? A diferencia de ustedes, nosotros no teníamos nada que perder y mucho por ganar.

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2 La afirmación de Gavrilo Princip no es del todo cierta. Durante los interrogatorios Veljko Cubrilovic, integrante de Mano Negra que ayudó a transportar las armas, intentó deslindarse de su participación en el asesinato, alegando que la organización lo había amenazado con asesinar a su familia si no colaboraba. Cubrilovic no avisó a las autoridades porque estaba más temeroso del terror que de la ley. La corte no creyó en sus palabras y fue colgado el 15 de febrero de 1915.

 

A las diez menos cuarto, los seis estábamos apostados en Appel Quay 3, separados por decenas de metros, apelmazados entre la gente curiosa que deseaba ver al Archiduque. Cada uno de nosotros contaba con un arma, pistola o bomba, y su respectiva cápsula de cianuro. Sé que entre aquella muestra de felicidad, muchos serbios deseaban la muerte de aquel perro. El sentimiento, como ven, era único. Nosotros solo fuimos los catalizadores del sentir común. Cada uno de nosotros tenía la misión de asesinarlo pero, si por alguna razón, uno fallaba el siguiente tenía el deber de enaltecer el alma de Serbia. La caravana de seis vehículos ya estaba casi en nuestros ojos. Sabíamos en cuál se movilizaba el Archiduque, conocíamos su rostro y la ruta gracias a los periódicos, conocíamos su férula porque crecimos en el campo separados de nuestros hermanos bosnios. El primero en tener su oportunidad de gloria fue Muhamed Mehmedbasic, parado afuera del banco Austrohúngaro. Como ya saben ustedes, por los informes extraídos mediante palizas, Mehmedbasic dejó pasar la oportunidad porque temió que el guardia que estaba cerca lo pusiera fuera de acción antes de accionar la bomba. Lo mismo sucedió, metros después, con Vaso Cubrilovic: tampoco se decidió a actuar. Así el Archiduque, ingenuo, siguió su camino. A las diez y cuarto el vehículo pasó frente a la estación de policía, donde lo esperaba la bomba de Nedeljo Cabrinovic. Él no dudó pero su ejecución fue torpe.

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3 Los seis conspiradores presentes en el desfile fueron: Gavrilo Princip, Trifun Grabez, Vaso Cubrilovic, Muhamed Mehmedbasic, Cvijetko Popovic y Nedeljko Cabrinovic. Danilo Ilic, a quien Princip mencionara líneas atrás, fue quien distribuyó a los hombres en la calle, mas no estuvo ahí.

 

Chasqueó la bomba en la acera y la lanzó cuando el vehículo del Archiduque pasaba frente a él. Olvidó sostenerla diez segundos y entonces lanzarla. Este tiempo fue suficiente para que el conductor se alertara del peligro y acelerara el motor. Así escapó nuestra esperanza de anunciar, con un magnífico estallido, la próxima reunificación de Yugoslavia. Sin embargo, y como ustedes ya saben, la bomba estalló bajo las ruedas del cuarto vehículo de la caravana y dos inocentes casi mueren. Esto me enteré después: Cabrinovic tragó la pastilla de cianuro y saltó al río Mijack, solo para descubrir que sus aguas secas apenas le superaban los tobillos y que el cianuro estaba caducado. Entre vómitos y las piernas casi rotas, fue apresado.

Así es como, perros del jurado, vimos nuestro fracaso justo cuando nuestra sangre celebra el día que Bosnia era parte de Serbia. Humillados y furiosos, nos reunimos en el lugar pactado: un parque a pocos metros del sitio donde estalló la bomba. Confundidos y preocupados, ellos hablaron de huir lo antes posible. Yo apenas los oía. Mi atención estaba más allá, se confundía entre la gente y pedía auxilio a gritos. Pedía la rectificación de nuestra falla. ¿Habíamos obrado sin mayor preparación? Tal vez. No buscaba culpables, pues todos lo éramos. No me habría importado si me apresaban en ese instante. Desconcertado, abandoné a mis colegas sin rumbo fijo más que el dictado por el hambre.

Y es aquí donde, querido jurado, vuelvo a su pregunta: ¿Cree en Dios, señor Princip? Si no creyera, cómo explicar los azarosos hechos que sucedieron a continuación. ¿No sería inocente descartar que Dios me guió esa mañana cuando todo ya estaba perdido? Si es así, ¿acaso es posible afirmar que Dios trabaja de nuestro lado y protege a los yugoslavos? Si los alemanes tomaron mi bala como pretexto para iniciar la guerra, ¿cómo no creer que esta es su voluntad divina? Más inverosímil aún: ¿Dios protege esta guerra o solo fue una increíble e inverosímil cachetada del azar la que operó esa mañana, conmigo en el papel principal? Señores del jurado: escojan su bando porque, por un lado, tienen la ira de Dios y por el otro, la indiferencia del azar, que es igual de cruel.

El hambre me guió hasta la charcutería Schiller, cerca de la calle Francisco José, para comer un bocadillo. Lo devoré en la acera, parado frente al negocio, absorto y maldiciéndome. Mientras dilucidaba qué hacer, vi un descapotable que aparecía en la esquina y se dirigía a mí. Era el descapotable donde transportaban a Francisco Fernando durante la caravana. Agucé la vista y confirmé sus ocupantes. El vehículo se detuvo frente a mí y pude ver cómo el chofer intentaba retomar el camino en reversa, pero el motor se había trabado. ¡Tiene que ser una broma! ¡Tiene que ser una broma! Me repetía mientras contemplaba al Archiduque y a su esposa frente a mis ojos, acomodados en el asiento trasero. Me tomó pocos segundos reaccionar y darme cuenta de mi situación: el miserable que minutos antes se me había escapado a toda velocidad ahora se detenía frente a mí como diciéndome con soberbia: ¿Me querías? Aquí estoy, dispárame. Es normal que haya dudado en ese momento porque ¿qué habrían pensado cada uno de ustedes en mi situación? Este sentimiento se exacerbó meses después cuando me enteré de que el Archiduque había decidido acortar el protocolo en el ayuntamiento para ir al hospital y visitar a los dos heridos por la bomba de Cabrinovic. Es más, en mi celda me devané los sesos buscando una respuesta a lo más extraordinario del asunto: el chofer del descapotable confundió las calles mientras conducía al hospital y cuando quiso rectificar su camino, ya estaba plantado frente a mí con el motor atorado, ya sea por cuestión de Dios o del azar. Es normal que haya dudado y que ustedes me pregunten si creo en Dios. En ese segundo no pude analizarlo detenidamente, pero sí actué como un enviado de Dios: desenfundé mi arma y disparé dos veces. Para cuando los policías me redujeron a golpes y la turba pugnaba por mi cabeza, Francisco Fernando y su esposa estaban muertos. ¿Cuánto duró? Menos de tres segundos, diría yo. Tres segundos en los que aquella broma cósmica pudo sentirse en toda su profundidad.

Ahora ustedes exclaman y cuchichean en voz baja, como si no pudiera oír sus pensamientos. ¿Cómo puede tener tan fría la sangre para haber matado al Archiduque? Eso es lo que piensan porque ustedes no ven el punto principal, se les escapa como la misma justicia: el Archiduque estaba predestinado a morir ese día bajo una bala mía. Siento pena y lástima por ustedes que solo ven un crimen donde no hay nada más que justicia divina en el más grande y complejo de los significados que puede abarcar el concepto. No lo lamento, yo solo despejé al mal del camino. Mucho menos siento pena por el hijo que Sophie llevaba en sus entrañas: de seguro hubiera crecido y se habría convertido en otro Francisco José.

Ahora, si pueden ver el dilema que este evento encierra y que desencadenó en la guerra que está asolando a Europa, allá afuera de este tribunal, déjenme descansar en paz o dispárenme de una buena vez. No hay necesidad de llevarme a otra prisión. Mi vida se acaba. Señores del jurado, clávenme en una cruz y quémenme vivo. Mi cuerpo en llamas será la antorcha que guíe a mi pueblo por el camino de la libertad.

 

 

Sobre el autor: 

Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). Su obra No somos tu clase de gente se adjudicó el Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit de Novela 2017 (https://goo.gl/VGCp7w y https://goo.gl/4VyVVk). Su libro de cuentosFábrica de maleante y otras vidas imaginarias obtuvo una mención de honor en el XX Concurso Nacional de Literatura 2018 “Luis Félix López”, de la CCE-Núcleo Guayas. La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México (https://goo.gl/8YxFbK y https://goo.gl/RsDuU5). En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami (https://goo.gl/7t7nPx); en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial.

Ha escrito estudios introductorios para obras de Flaubert y Dante, ha ganado concursos de cuento, ha escrito para El Comercio y Hoy. Estudió el Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra —donde recibió cátedra de reconocidos talentos como Enrique Vila-Matas, Javier Cercas, Jorge Carrión, Javier Masoliver Ródenas, Rafael Argullol, entre otros— y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona, donde estudia las representaciones de identidad latinoamericana en la prosa de Herman Melville.

 

 

Las contiendas del reino: violencia y biopoder en la obra de Yuri Herrera

Por: Andreas Portillo 

1. Gente que huye

No es secreto alguno que en buena medida la historia de Estados Unidos es la de gente que huye: navajos, apaches, maricopas, mojaves, huyendo del genocidio de los conquistadores, puritanos ingleses huyendo de la persecución religiosa, oleadas de inmigrantes europeos que huían a su vez de la pobreza, el hambre y la miseria.

Tampoco es secreto que la historia de Estados Unidos está ligada con el desarrollo y la consolidación del capitalismo a escala global. Es parte del ADN del capitalismo expandirse, encontrar nuevos mercados, importar materia prima del resto del mundo, colocar los productos ya transformados en el resto del mundo. Es conveniente que algunas naciones conserven estructuras políticas y económicas excluyentes para asegurar que este modelo funcione . Es algo elemental a tomar en cuenta si queremos tener una discusión profunda sobre la migración. Las causas están ahí, en ese mundo voraz, con personas que se mueven de un continente a otro, como cualquier otra mercancía, con obreros que venden sus fuerzas vitales, como cualquier otra mercancía, con conglomerados transnacionales que pueden crear países a su conveniencia o separarlos, derrocar gobiernos, intervenir militarmente en defensa de la libertad – de la propiedad privada y del capital financiero-.

Es en la periferia del capitalismo donde la gente que huye se enfrenta peligros tan reales, y tan trágicos, que cualquier mito clásico palidece. Por ejemplo: la gente que se ahoga en balsas cruzando en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa, los que suben a un tren en movimiento, a alta velocidad,  los que cruzan el desierto de Sonora o el Río Bravo, los que confían sus hijos a un coyote que hará lo mínimo para llevarlos, y cuyo propio pellejo es siempre la prioridad.

2. Tierras arrasadas

En la obra de Yuri Herrera, cientista político y escritor, nos encontramos de manera omnipresente, el cada vez más homogéneo telón de fondo, como lo denomina Rita Segato, resultante de la expansión del mercado global y del predominio del capital financiero. Esto que antes denominamos como la periferia del capitalismo, el universo mafioso, ella lo caracteriza como una escena bélica que se transnacionaliza [1]. En esta escena bélica, el Estado opera al mismo tiempo que lo paraestatal, hay una guerra informal de “modalidad mafiosa”. Una guerra cuya presencia advertimos por signos dispersos. Estos signos se suelen tratar en la esfera pública y en la agenda mediática como un problema de seguridad que puede ser revertido con más presencia policial o militar y no como algo con raíces profundas. Este entramado social complejo de las fuerzas paraestatales compitiendo y disputándose el biopoder- el control y la disposición de los cuerpos- es lo que queda oculto tras el show mediático y los discursos oficiales.  Porque reconocerlo y pensar seriamente al respecto, implicaría  aceptar que el Estado ha perdido terreno, que esos signos dispersos en realidad son la punta de un iceberg de algo que ya no es una anomalía, sino un universo en expansión. 

Es esta guerra informal la que mueve a los centroamericanos, a los hombres, mujeres, y niños, a escapar de unas tierras que hace tiempo fueron arrasadas, como dice Emiliano Monge, escritor y politólogo, en una de sus novelas; para toparse con otra guerra informal, a escalas más amplias, donde sus cuerpos son un campo de conquista, de disputa. 

En Señales que precederán al fin del mundo, nos enteramos en el primer capítulo que el hermano de la protagonista ha huído, ha cruzado al norte, ha escapado de ese campo de batalla en el que se ha convertido el norte de México. La novela abre con esa búsqueda, la del que se va a esa tierra de espejismos. Makina es el epítome perfecto de la otredad, el ejemplo perfecto para demostrar que la conquista nunca terminó y seguimos siendo colonizados a diario. No es casual que la narración comience en la La Ciudadcita, que se le presenta hostil, y “cosida a tiros y túneles horadados por cinco siglos de voracidad platera”. No es casual que el señor Dobleú la refiera al señor H. No es casual que tenga que atravesar ese entramado jerárquico y patriarcal, donde son ellos los que abren las puertas, donde además, su otredad, su indigenismo – habla en tres lenguas- se hace tan patente. Se revela, también, cómo su cuerpo y el de otros que quieren cruzar – por razones más apremiantes- están sujetos a la voluntad de los contendientes en esa guerra informal de baja intensidad que se desata en todo el continente – en San Pedro Sula, o en San Salvador, que vienen disputándose desde hace años, mes a mes, el título de Ciudad Más Violenta del Mundo, en las ciudades costeras de Brasil o en las sierras colombianas [2]-. Makina está consciente de su otredad, de cómo su suerte depende de la voluntad de señores Dobleús, y Haches, lo piensa, en el momento en que sellan el pacto  bebiendo un pulque:

“Una no hurga en las enaguas de los demás.
Una no se pregunta cosas sobre las encomiendas de los demás.
Una no escoge cuáles mensajes lleva y cuáles deja pudrir.
Una es la puerta, no la que cruza la puerta.”

Es en este trayecto, de Makina y los migrantes, en el que vemos que la guerra es un proyecto a largo plazo, un juego donde los participantes tienen posibilidades infinitas de acción, y no hay nada decisivo ni concluyente, nunca. Es en este trayecto donde vemos que la violencia contra las mujeres se ha convertido en un objetivo estrátegico, donde podemos atisbar la fuerza y el potencial destructor de los contendientes – Estado y corporaciones armadas- en todo su esplendor.

Es especialmente simbólica de la presencia de los contendientes, la escena donde Makina, y su coyote, Chucho, se enfrentan a un ranchero gringo que les quiere hacer el paso imposible. El ranchero “tiene sus negocitos”; lo podemos interpretar como representante de una corporación, el paquete oculto por Makina, en contacto directo con su cuerpo, como insignia de otra corporación y del control directo sobre las personas, y dos trocas policiacas que disparan con la impunidad y la protección estatal.  

Vemos también, cómo encuentra restos de la rapiña que se desata sobre lo femenino, en las formas de destrucción corporal y en las formas de trata y comercialización, que anuncia Rita Segato. La predominancia de lo paraestatal se hace evidente cuando las personas, y las mujeres en particular, se convierten en eso: en despojos, en rastros, en desaparecidos de los que solo quedan:

“Morrales. Qué se lleva la gente a la que aquí se le acaba la vida. […] Morrales atascados de tiempo. Amuletos, cartas, a veces un violín huapenguero, a veces un arpa jaranera. Chamarras. Los que se iban cargaban chamarras porque les habían dicho que allá si algo había era hielo, aunque el viaje lo plagaran los desiertos. Metían su poco dinero en los calzones y una navaja en el bolsillo de atrás. Fotos, fotos, fotos. Se llevaban las fotos como una promesa pero cuando volvían ya las habían dilapidado.”

En Trabajos del reino, guiados por Lobo, un compositor de corridos, nos adentramos a otra esfera de acción de estas corporaciones armadas: a los cuarteles generales, a los palacios donde también se ejerce el biopoder, donde hay hombres con “poder sobre las cosas del mundo”. Donde encontramos que la agresión sexual ocupa una posición central, como “un arma productora de crueldad y letalidad dentro de una forma de daño que es simultáneamente material y moral” [3]. La dominación y la rapiña son parte central en la estrategia bélica. Los perpetuadores “no compartan ni uniformes ni insignias o estandartes, ni territorios estatalmente delimitados, ni rituales y ceremoniales que marcan la declaración de guerra o armisticios y capitulaciones de derrota” [4] pero son reyes.  Alrededor de ellos todo cobra sentido y los hombres luchan por ellos y las mujeres parten para ellos, y las protegen y regalan, y cada cual en su su reino tiene su lugar, como observa Lobo. No es descabellado, entonces, que se quiera trabajar para un Rey y su Corte cuando el capitalismo tiene ciclos críticos más frecuentes, cuando hay inestabilidad política, cuando es cada vez más grande el vacío institucional, y los Estados pierden control sobre los territorios.

El pecado mortal de Lobo es enamorarse de la favorita del Rey, y de abandonarlo, porque uno no puede abandonar así nomás a su Rey. Lobo y Ana, seres frágiles, no-guerreros, son perseguidos porque su sufrimiento es un mensaje para la colectividad,  los Reyes quieren decir: miren lo insensibles que somos, miren lo que somos capaces de hacer, miren lo poco que nos importa. Es ahí, en la acción paraestatal donde “es todavía más crucial la necesidad de demostrar esa ausencia de límites en la ejecución de acciones crueles, ya que no se dispone de otros documentos o insignias que designen quién detenta la autoridad jurisdiccional. Por un lado, la truculencia es la única garantía del control sobre territorios y cuerpos, y de los cuerpos como territorios, y, por otro la pedagogía de la crueldad es la estrategia de la reproducción del sistema” [5].

Por eso la Corte es importante, los cortesanos son quienes aspiran a ser un Rey, y quienes adoptan la pedagogía de la crueldad, quienes reproducen el sistema, y obran sobre cuerpos desprotegidos, sobre otros actores al margen de la disputa corporativa. Cometen crímenes de guerra que los medios de comunicación insisten en darles una motivación sexual. Explicación que banaliza el tema, no indaga en el telón de fondo, que no es otro que la privatización y comercialización de las guerras con la complicidad del Estado.  Y al dejar de ser una guerra clásica, los reglamentos clásicos no aplican. La violación se vuelve en un instrumento de desmoralización, de limpieza étnica, de neutralización. Esto es lo que Sayak Valencia (2010) conceptualiza como necroempoderamiento en Capitalismo Gore. Para Valencia “la crudeza en el ejercicio de la violencia obedece a una lógica y unas derivas concebidas desde estructuras y procesos planeados en el núcleo mismo del neoliberalismo” y la radicalización de esas prácticas está enlazada con la globalización y especulación en los mercados financieros. La economía criminal, el emprendedurismo criminal, funciona bajo las reglas del mercado. Surgen así los especialistas de la violencia.

Por eso la Corte y los guerreros, son sometidos a una desensibilización sistemática: “no se trata de una costumbre en la escena bélica, sino de un comportamiento militar planificado. En consecuencia, una sexualización extensiva de la violencia es observable en las nuevas guerras” [6].

El miedo y la inseguridad son necesarios para controlar permanentemente los territorios ganados, la ejecución de atrocidades que se convierte en una exhibición, en un mensaje lanzado a todo el que pueda ver, tiene un doble efecto: intimida y estigmatiza [7].

En La Transmigración de los cuerpos  El Alfaqueque, un hombre que vive en la periferia, en el olvido, en la mera supervivencia, se ve envuelto en una disputa entre clanes, entre dos familias poderosas que se disputan los cuerpos de los suyos que han caído en las manos del enemigo. La novela discurre en un escenario apocalíptico: una epidemia, transmitida por mosquitos invade los barrios pobres para trasladarse eventualmente a toda la ciudad. El gobierno se ve desbordado, aconseja quedarse en casa, salir equivale a que te lleve la chingada. No es casual que el gobierno sea retratado como una institución débil, incompetente, que apenas comprende lo que pasa en la realidad, que no puede hacer nada, salvo preservarse a sí misma. La epidemia deja al descubierto lo que no se dice en circunstancias normales: el gobierno, el Estado pierde poder, y son  los clanes quienes realmente mandan.

El Alfaqueque es detective privado, mediador, dealer, hacelotodo, alguien que puede entrar a ambos mundos, al de los que mandan y al de los mandados, al de Los Castro, una de las familias que busca recuperar a uno de sus hijos, y al de los Los Fonseca, la otra en la misma situación, es el único que nos puede dar un breve retrato de las relaciones de fuerza, de la anomia en un mundo dominado por el capital:

“Aun en esta ciudad, donde lo que sea de cada quien, la gente no se metía en lo que hacían los demás; a veces podía parecer que el espíritu era Todos valemos lo mismo, no importa si crees en yerba ardiente, en pájaros jariosos, en libros enterrados, en la lana, en el verbo o en la verga, todos tenemos un espacio aquí. No, qué, él sabía: la regla era Me vale madre lo que hagas, nomás no te me quedes viendo, cabrón. Cada tanto la gente se veía o cada tanto se acordaba de cómo la habían visto”.

El Ñándertal y la Vicky, compañeros de peripecias en esta situación extraordinaria, están conscientes de quienes son los que mandan, de su lugar en el mundo, y la dinámica de poder que atraviesa todo; están conscientes de que no se puede confiar en nadie, que la paranoia es permanente, que deben a limitarse sobrevivir:

“Quizá porque la vida era corta, la gente de la ciudad había aprendido en lo que hicieran los otros: bastante cabrona es la existencia como para preocuparse por la ajena”.

Es natural entonces, que desde Centroamérica o México, se quiera huir de un campo de batalla, de lugares donde la vida vale poco, donde uno queda atrapado en el fuego cruzado, y las atrocidades de los distintos actores, de los distintos contendientes. Es normal querer huir a otra parte, aunque sea un espejismo, aunque en ese otro lugar uno se vea inmerso en otro tipo de luchas.

3. ¿Y después qué?

Siempre hay una lucha por el sentido, y una identidad negada, la configuración de la identidad depende de la negación del otro: me constituyo al mismo tiempo que niego que el otro no es yo. En la tierra prometida el otro se convirtió en los que atraviesan desiertos, en los niños que caminan solos, alucinados, con zopilotes volando sobre sus cabezas esperando para lanzarse sobre ellos. El otro es ese poeta incapaz de escribir, forzado por un policía, hacia el final de Señales que precederán al fin del mundo. El otro es el poema que escribe Makina:

“Los que no llegamos en barco, los que ensuciamos de polvo sus portales, los que rompemos sus alambradas. Los que venimos a quitarles el trabajo, los que aspiramos a limpiar su mierda, los que anhelamos a trabajar a deshoras. Los que llenamos de olor a comida sus calles tan limpias, los que les trajimos la violencia que no conocían, los que transportamos sus remedios, los que merecemos ser amarrados del cuello y de los pies; nosotros a los que no nos importa morir por ustedes […] Los que quién sabe qué aguardamos. Nosotros los oscuros, los chaparros, los grasientos, los mustios, los obesos, los anémicos. Nosotros, los bárbaros.

Es hora de preguntarnos, varias generaciones después, quién será el otro, si esas identidades en conflicto lograrán integrarse, o si por el contrario, la lucha por el sentido se agravará, si ese grupo antes minoritario será incontenible, y si se encontrará con fuerzas que se negarán a aceptar que la identidad de la nación ha cambiado, es hora de preguntarse si esos grupos antes minoritarios,  pueden poner en cuestión cosas más profundas, si se puede poner en cuestión el mito mismo de la tierra prometida, y la omnipotencia del capitalismo [8], si se puede poner en cuestión ese binarismo -productor/asalariado, local/inmigrante, opresores/sometidos- y construirse una nueva racionalidad, una no instrumental, un tejido social renovado, donde exista lo realmente múltiple y lo comunitario.

Notas al pie:

Ejemplos de la transnacionalización: las masacres de Ruanda, Bosnia, los feminicidios Ciudad Juárez.

Todas las ciudades en el top 10 del lamentable ránking son latinoamericanas.

Segato R., La guerra contra las mujeres 2016, Madrid, Traficante de Sueños, 2016.

Ibid.

Ibid.

Ibid.

Ver el caso de las mujeres de los pueblos mayas, cuyas mujeres fueron violadas por fuerzas paraestatales, y condenadas al ostracismo posteriormente.

La tierra prometida necesita de ese ejército de reserva – inmigrante o no-  para frenar los reclamos salariales, de condiciones de trabajo, de vida en general. La tierra prometida es, en buena parte, un espejismo, un reflejo invertido, un mito que se pone a prueba  y se debilita cada vez que el capitalismo entra en una de sus crisis cíclicas. La riqueza del mundo se va acumulando cada vez más en pocas manos, y, las condiciones de trabajo no parecen mejorar para la gran mayoría.

Sobre el autor:

San Salvador (1994). Escribe ensayo y narrativa.

Venir de donde asustan. La obra de Horacio Castellanos Moya

Por: Pedro Romero Irula

Uno es salvadoreño, creo yo, de la misma manera en que uno puede ser asmático o diabético o bizco: no queda de otra más que rechinar los dientes y agitar el dedo medio al cielo por la broma pesada de haber nacido en un país tan aberrante como El Salvador. No es de extrañar, entonces, que yo haya llegado a Castellanos Moya mediante El asco, una novelita chistosísima que en El Salvador goza de alguna fama polémica (tanto como pueda tenerla un libro en un país donde nadie lee) por aquello de los nacionalismos ofendidos y las circunstancias que empujaron a su autor al exilio, un exilio que le significó catapultarse a un escenario literario radicalmente distinto. Ya he escrito en otra parte que hay quienes leen El asco como leerían, digamos, a Marx o a Bourdieu, es decir, con seriedad religiosa, como si se tratara de una crítica sesuda de una cultura aborrecible en lugar de una burla magistral en clave de Thomas Bernhard.

Este sentido del humor, que a veces es apenas distinguible de la angustia y la rabia propias de quien crece en una sociedad tan hostil como la salvadoreña, aparece, de hecho, en toda la obra de Moya. Desde los cuentos absolutamente salvadoreños, tan genuinos que cualquiera que haya malvivido un rato en una colonia de San Salvador puede imaginarlos a la perfección, de ¿Qué signo es usted, niña Berta? hasta las peleas histéricas de dos perseguidos políticos tras un fallido intento de golpe de estado en Tirana memoria, hay una voluntad de hierro por reírse y burlarse de las circunstancias más perversas que la vida o la historia puedan arrojar sobre cualquiera. Lo cierto es que este humor no es tan solo un recurso literario, por demás dominado por Moya con un encanto envidiable, sino además una estrategia de supervivencia. En El Salvador, un agujero en el camino en Centroamérica, un lugar famoso tan solo por atrocidades y asesinatos, la vida es más bien un accidente, la manera de conducirse por la ciudad es la paranoia, y la regla de oro para las relaciones sociales, la gana de joder. Parece que es tan saludable burlarse como matarse (o migrar, pero también matarse): Castellanos Moya opta por la primera.

Quizás es este mismo mecanismo el que (y esto, seguramente, va a sonar estúpido) lo hace mantener un tono y una voz en gran medida salvadoreños. No me refiero al uso de regionalismos o de una particular gramática nacional, sino a la capacidad abrumadora de construir personajes invocados de los renglones más espantosos de la historia salvadoreña: el Vikingo, destripador de las fuerzas de seguridad estatales en La sirvienta y el luchador (una novela que me dio miedo), la vieja rica y parlanchina infinitamente perversa cuya paranoia le devora la cordura en La diabla en el espejo, los narradores perturbados y neuróticos que comprenden que aún en medio del horror de la historia la vida continúa, muchas veces rumbo a peor (Insensatez, Desmoronamiento, El sueño del retorno). La lista podría extenderse, pero resulta mejor ver a estos personajes en acción, en vivo y en directo, en la obra de Moya.

Es curioso que Moya se haya abierto un espacio entre los lectores iberoamericanos (y ahora que empiezan a traducirlo también anglosajones) sin sacrificar esta particularidad. Lo menciono porque en la narrativa salvadoreña ha aparecido una ola de novelas sobre el país dirigidas a un público extranjero. Un ejemplo de ello es Noviembre, de Jorge Galán (que es muy buen poeta), una novela más bien simplona y poco memorable sobre la masacre de seis jesuitas y dos colaboradoras en la universidad por ellos fundada, cometida por los militares salvadoreños en 1989. Lo que también es curioso, por no decir impresionante o paradójico, es que esa novela le haya valido a Jorge Galán amenazas de muerte por las que ha debido exiliarse. No puedo sino pensar en Horacio Castellanos Moya, en esa exacta situación, hace unos veinte años, tras la publicación de El asco.

Otro elemento, quizás para muchos el más importante, por el que destaca la obra de Moya es su indiscutible calidad literaria. Es posible (y lo hago solo de la manera más antojadiza) hablar sobre sus novelas en dos partes: un ciclo de la violencia (Baile con serpientes, El asco, La diabla en el espejo, El arma en el hombre, quizás La diáspora) y un ciclo de la memoria o del trauma (Desmoronamiento, Donde no estén ustedes, Tirana memoria, La sirvienta y el luchador, El sueño del retorno). Una especie de bisagra entre ambas es Insensatez.

Las primeras, naturalmente, se preocupan de la facilidad salvadoreña para el homicidio y la tortura: un loco con una brigada de serpientes pone San Salvador patas arriba, un soldado desmovilizado entra a la posguerra por la puerta del crimen organizado, una mujer insoportable hurga en el pasado oscuro de su mejor amiga recién asesinada, un hombre absolutamente trastornado por su regreso a El Salvador de final de milenio despotrica sin parar. El segundo ciclo se dirige hacia otro tipo de angustia: saber que, a fin de cuentas, solo tenemos nuestra memoria, y muchas veces esa memoria es un cúmulo de traumas que no nos sirven siquiera para ver qué pasó, cómo terminamos tan jodidos, qué podríamos hacer por recuperar algún sentido. La clave narrativa de este ciclo es la historia de dos familias relacionadas, los salvadoreños Aragón y los Mira hondureños, una historia, además, sitiada por los avatares del siglo XX centroamericano. Insensatez, por su parte, narra la imposibilidad de un investigador en Guatemala de lidiar con el pasado inmediato del país, plagado de violencia y mal sin fin.

No pretendo construir una especie de canon para leer a Moya o una sandez en esa línea, sino señalar la construcción de universos literarios donde cada novela encaja a la perfección, sin resquicios ni forzaduras, tanto en el seguimiento de las sagas familiares Aragón y Mira, como en la aparición de personajes recurrentes, situaciones paralelas y cronologías compartidas. Por ello terminé leyendo su obra de corrido, novela tras novela, como un maldito yonqui, ansioso por más.

Moya, en fin, es un novelista que se sostiene por sus propios méritos: su tenacidad y su talento. Por eso me resulta condescendiente que sus libros siempre aparezcan con sendas cintas impresas con fragmentos de críticas favorables de algún medio europeo o de algún escritor más famoso (la frase de Bolaño (1) que lo define como un “melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”, lo que sea que eso signifique, ya es imprescindible), como si los editores se disculparan por publicar a un gato proveniente de un país que no existe, que a todo mundo le suena a isla caribeña, que con toda seguridad no sobrevivirá a esta década.

Pronto saldrá a la venta, o ya salió, no lo sé, su nueva novela: Moronga (un título, valga la aclaración, divertidísimo, que en El Salvador tiene varios significados: una salchicha hecha de sangre, un pene, una paliza, un apodo para un moreno reluciente y malvado como los que tanto pululan por las calles de San Salvador). Ya sea por enterarse de un país aborrecible, por odio a dicho país aborrecible, por curiosidad, por morbo o por simples ganas de un buen libro: léanla.

Notas al pie:

  1. Ya había escrito Moya algo sobre la canonización de cierta figura mítica de Roberto Bolaño, una mezcla de neo-beatnik joven y viajero con inclinaciones políticas más o menos izquierdistas y grandes ambiciones literarias, por parte de las editoriales, tanto de habla hispana como inglesa.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

Tattwa

Por: Julián Malvasi

Ediciones baratas de libros cosidos por groidianos civilizados se amontonaban en los estantes de la librería Lomje en la calle San Lorenzo de Martín Coronado. Apenas si pasaba gente por ahí y menos para comprar. Sin embargo, su dueño, el joven escritor vestano Anselmo Trocci había llegado de Vesta atraído por la moda de la burguesía liberal de Nueva Sicilia de regresar a la Tierra. Su familia era de inmigrantes. Sus tatarabuelos de Sicilia a Buenos Aires y sus abuelos de Bs.As. a Vesta. Ahora, libre del trabajo físico y de las constantes movilizaciones a las cosechas rotativas que el estado imponía a los menores de veinticinco años se sentía relajado. Era pobre o lo sería cuando su reserva se acabara. Después de dos meses de turismo llegó al barrio de sus abuelos y con el crédito que tenía destinado a alquilar una casa y comprarse una moto, compró la vieja librería Lomje. Era un sitio histórico municipal pero en medio de la desolación de la posguerra la había comprado barata. Bastó con firmar un contrato de conservación edilicia. No es que fuera masoquista por poner una librería en un lugar donde la gente pensara solo en comer y juntar chapas antes del invierno. Quería materializar su deseo de la infancia. Aunque forzado, lo estaba realizando. En su catálogo convivían autores como Homero, Cervantes, Shakespeare, Poe, Verne, Borges y muchos de sus contemporáneos de Vesta. Especialmente las antologías del Círculo de Kuiper. Sus colegas del cinturón de Kuiper, todos neo-chinos desterrados de la República Popular de Marte eran la vanguardia interestelar de la retroficción.

En su unidad Ayma16 había programado algunas canciones de Kap Bambino y Languidity de Sun Ra. Tomaba mate sentado en un cajón metálico que usaba para retener unas cucarachas que sobrevivieron a la fumigación del día anterior. La calle estaba vacía, de vez en cuando una ambulancia cruzaba la estación hasta el UPA-24. Los únicos transeúntes eran groidianos cadetes y algunos capataces que los seguían en bicicleta. Anselmo se desperezó y abrió un surco en la yerba con la bombilla. Abstraído a la espera de algún cliente pensó en las cucarachas atrapadas abajo suyo. Imaginó que ahí  estarían más seguras que a la intemperie, donde pensaba dejarlas antes de sentarse. El exterior era hostil. Sintió empatía pero al toque se despabiló con el ruido del tren llegando a la estación. Decidió dejar las pastillas Herschel. Se dijo que a partir del próximo día iba a tirar las que le quedaban y a remplazarlas por actividad física o alguna religión racional. Pensó en hacer cross-fit, jiu jitsu, water-polo o parkour, aunque nada lo convenció. Respecto a la religión, sí logró definir su voluntad. Le gustaba el budismo del Sutra del Loto pero se entusiasmó más con la orden del Amanecer Dorado. Consultó en el Ayma16 pero recibió más que nada porno del sucio en relación a la segunda palabra de su búsqueda. Se convenció de ir directo a la sede más cercana a su casa, es decir, la trastienda de la librería. Estaba en el límite entre Puerta 8 y Villa Mictlán, del lado oeste del Río Morón.

Llegó en un destartalado 328 que funcionaba como remis y flete al mismo tiempo. Las ventanas estaban cubiertas con bolsas de consorcio y al fondo unos estibadores del mayorista satélite del Mercado Central en Tres de Febrero mantenían en pie un pallet de maples de huevos. Frenaron en la plaza de Remedios de Escalada, donde tenían que descargar.

-Mejor bajate acá porque estos dos tienen para rato-le dijo el chofer.

Pagó en monedas y bajó de un salto a la vereda. Hacía frío y una brisa nauseabunda del matadero de Puerta 8 le dio en la cara. Nunca había estado en un barrio como ese. La zona donde vivía era parte del conurbano igual que aquel lugar pero como centro comercial del distrito, aunque desolado, tenía una mayoría de habitantes de clase media. No tuvo miedo. Caminó por las calles esquivando grietas en las baldosas y arreglos precarios en el asfalto. Recordaba los documentales que había visto en Telesur antes de viajar desde la casa de su familia en Vesta. Dos o tres kilómetros después llegó a su destino. La Casa del Amanecer Dorado contrastaba mucho con el resto del barrio. Su diseño parecía de Niemeyer o Le Corbusier. Tenía una torre con un mirador parecida a una antorcha y a los costados dos edificios con columnas metálicas que a Anselmo le recordaron las patas de una araña. El resto era todo blanco, salvo algunas partes con grafittis borrados donde la pintura resaltaba. Las casillas de chapa y madera, o ladrillo adyacentes, parecían undirse bajo la altura de la torre. Se acercó a la puerta y tocó timbre. Sin esperar le abrieron dos personas que se presentaron como Sílex y  Amper. Vestían túnicas blancas estampadas con pequeñas figuras de colores. Sílex tenía barba hasta la cintura y Amper llevaba un peinado digno de la princesa Leia. Las túnicas parecían pijamas y Anselmo se sorprendió porque la información que tenía de la orden hablaba de metafísica con lenguaje serio.

-Hola, buen día. Soy Anselmo Trocci, vivo en Coronado y me enteré hace unos días de ustedes por un folleto con su doctrina que me dejaron en la puerta de mi casa.

-Buen día, señor Trocci-repitieron al unísono.

-Vine a ver qué es lo que hacen pero no quiero comprometerme-dijo Anselmo con voz tímida.

-Está bien, puede pasar y conocernos-dijo Sílex.

-Está por empezar la sesión ¿Pasa?-preguntó Amper.

-Sí, claro-dijo Anselmo y entró.

Lo llevaron por un largo pasillo de paredes blancas y bien iluminado. Anselmo trataba  de deducir en qué parte del edificio se encontraba cuando notó una leve inclinación hacia abajo. Le abrieron una puerta de dos grandes hojas cubiertas de imágenes geométricas de colores en bajorrelieve. Una escalera de cemento en espiral los llevó hacia el subsuelo. A medida que se acercaban Anselmo fue sintiendo un zumbido. Sílex le explicó que era un mantra. Ante su consulta, Amper dijo que no tenía que ver con la orden pero que sus miembros lo usaban para concentrarse.”Es como una entrada en calor”-dijo Sílex. Al final de la escalera una puerta igual que la anterior daba paso a un salón del tamaño de una cancha de tenis. Los miembros de la orden estaban sentados en círculo sobre una alfombra que cubría casi todo el piso. En los bordes se veían tablas de madera húmedas. Del techo colgaban lámparas de leds. Al entrar Anselmo y sus acompañantes, los miembros de la orden les hicieron lugar y continuaron con su mantra. Al minuto cesaron y tras una breve presentación Anselmo fue admitido en su sesión diaria de exploración astral. Todos vestían túnicas iguales.

-Agarrá una de estas cartas-dijo Amper.

-Cualquiera. Y mirala fijo. Sin pensar en nada-agregó Sílex.

Anselmo lo hizo a la par del resto de los miembros. Fijó la vista en la carta que le había tocado. El fondo era blanco. El tattwa era un óvalo vertical violeta con un triangulo rojo en el centro. Le costó unos minutos concentrarse pero poco a poco la carta fue captando su atención. Comenzó el viaje. Vio imágenes mentales como si realmente tuvieran tres dimensiones. Como un sueño, pero sin cerrar los ojos y con mayor claridad.

Con un tiro en el tobillo voy corriendo hasta el pasillo…la parca y la gorra me quieren llevar”. “Vos de bebé te ponías el chupete corte fierro en la cintura y con la mema a todos (vos) los quemabas cuando bola no te daban”. La cumbia sonaba muy fuerte y los gritos de la gente apenas se escuchaban. “El que no hace palmas…maneja el patrullero“. Anselmo estaba desarrollando su exploración astral con éxito. Había viajado a la Isla Caravana. Estaba en Los Mochis, el único boliche que seguía funcionando durante la guerra. Como mínimo había viajado veinte años atrás. Scioli aún sería presidente aunque esto Anselmo lo ignoraba. En ese momento estaba en Nueva Sicilia. El local estaba lleno de gente y él no intentó entrar. No conocía sus códigos y se sentía ajeno a la euforia que llenaba el recinto. En la puerta un patovica viejo y cansado dejaba pasar a todos los que llegaban. El olor del agua podrida y los vapores que salían del matadero de Puerta 8 le ayudaron a ubicarse, ya que el Ayma16 no funcionaba. Esto pasó rápido y cuando por fin entendió porque estaba ahí se desvaneció todo y volvió al subsuelo. Se refregó los ojos, vio su carta en el piso y a los miembros de la orden abstraídos sosteniendo las suyas. De a poco comenzaron a regresar de sus viajes. Anselmo había probado varios psicotrópicos además de las pastillas Herschel pero nunca había tenido una experiencia tan realista como esa. Se le antojó un porro pero recordó que la marihuana ya no crecía en la Tierra.

El invierno post nuclear había arruinado las cosechas en toda latinoamérica. Ya no había soja pampeana ni cargamentos de marihuana prensada de Paraguay. La triple frontera estaba abandonada. Anselmo había escuchado el rumor de que en farmacias de Uruguay y del sur de Brasil se vendían flores sintéticas bajo receta. Las drogas de diseño también simulaban ser naturales con impresiones tridimensionales. Algunos invernaderos resistían con cultivos hidropónicos en los galpones abandonados del Delta de Liniers pero él no lo sabía. Para alimentos y biodiesel solo quedaba la importación de las colonias. En el archipiélago de Svalbard la flota Ártica de la OTAN custodiaba las semillas de la bóveda del fin del mundo y negociaba a través del Banco Mundial el alquiler de especies para sintetizar.

 -Es cuestión de tiempo-dijo Sílex.

-Ojalá, porque me pareció muy real.

-Es que fue real. No fue una visión sino una traslación.

-Los tattwas son el principio, la punta del iceberg-dijo Amper.

-Hay todo un universo superior a la realidad que a la gente de a pie se le escapa-dijo Sílex. Además, recién viste que somos abiertos, que te dejamos participar sin pedirte documentos ni nada. Los prejuicios que nos tienen son infundados. Son de quienes no ven nada más que lo que alcanzan sus ojos. Pero hay mucho más allá de lo real y del presente. Tu experiencia fue solo una introducción. Los demás miembros siguen allá abajo porque están en otra etapa.

-Dejalo ahí-dijo Amper. Es mucha información para un solo día.

Anselmo salió de la Casa del Amanecer Dorado con una mezcla de curiosidad y miedo. Había vivido algo mejor que los sueños virus de la red Ayma y que cualquier implante de  realidad virtual. Se perdió en el camino de vuelta y terminó compartiendo una moto-remis hasta su casa. A las ocho en punto de la noche bajó la persiana y se instaló en su escritorio. Sacó la pila de libros y hojas. Extendió un afiche de la editorial Rizoma del lado opuesto y se sentó a dibujar un croquis del barrio que conoció horas antes. En su grupo scout de Vesta había aprendido a hacer croquis y mapas de riesgo cuando llegaba a un camping. Antes de armar las carpas y refugios era lo primero que hacían. Recordaba un río, una isla y un puente que atravesaba ambos lados y los conectaba. Casas bajas de adobe con partes recicladas de vidrio y plástico. A pesar de su esfuerzo, el viaje astral había durado muy poco. Quería saber donde había estado. No recordaba nada más. Esa noche le costó dormir. A la mañana siguiente no abrió la librería. Cargó con café un termo, agarró una muda de ropa, jabón, una toalla y el cepillo de dientes. Metió todo en la mochila y programo el holograma de la entrada para anunciar el cierre temporal. No sabía cuando iba a volver.

 

Sobre el autor:

Tres de Febrero, Buenos Aires, Argentina (1994). Entre sus hazañas y fracasos dice ser ex futbolista de inferiores, dirigente scout y militante peronista. Actualmente escribe una saga ucrónica con elementos de ciencia ficción.

El encuentro de las especies

Por: René Patricio Carrasco Mora

Nos adentramos en lo que bien podría representar al diabético crónico que no puede dejar la dosis diaria de azúcar, como venga, más que nunca. Así, con un trago de ron, sexo, la libreta de consumo, marihuana y un tanto de cinismo, Pedro Juan infecta todo lo que esté a su alcance; al tiempo que queda expuesto a algunos verdugos de la crítica literaria, esos que habrán dicho: “textos divertidos, triviales  hasta el punto de repetirse, de ritmo intenso y cautivante, pero que se olvidan rápidamente.” De todas maneras, bien hará justicia el propio autor, lector o curioso que encuentre sus entrevistas, libros y pinturas. Lo que sí, Pedro Juan se avienta con lo que hay a su alrededor, que no es mucho ni poco, desde una clandestinidad revestida de turismo, La Habana.

-Estaré un año aquí estudiando el tema. Y después escribiré mi tesis. ¿sabes qué es? ¿una tesis?

-Sí             

Nuestro olfato reconoce lo obvio, distingue aquella frontera imaginaria, dos lados, por una parte el que desconoce, por otra, el conocedor. Pregunta Angela, quien cursa su doctorado en Antropología con énfasis en el racismo de las relaciones amorosas. El que responde, Pedro, cubano desempleado que se convierte simultáneamente en sujeto de observación y dada la oportunidad, en profesor de tambor cubano. Aunque si necesario hubiese sido, habría asegurado ser spider man por un par de dólares extra. La escena constituye parte de My dear drums master, en la famosa “Trilogía sucia de La Habana”1. Relato que nos sumerge en un lugar común: el encuentro de las especies, y donde a la vez retumban discursos familiares a nuestros tiempos. Había un ruso que decía: “todo enunciado es un eslabón en la cadena muy complejamente organizada, de otros enunciados.”2 Siguiendo esta premisa, podemos proponer fácilmente dos situaciones : Primera, antropólogos y sociólogos que acuden por primera vez a realizar su etnografía y no saben como iniciar una conversación, dudan si es que las palabras utilizadas serán entendidas. Segunda, el que acaba de recibirse en letras, música o teatro y pregunta: ¿Por qué lees a Paulo Cohelo y no a …? ¿Por qué escuchas techno cumbia y no…? ¿Por qué de hollywood y no …? A lo mejor creemos todavía que los consumos culturales y el capital cultural tienen que legitimarse a través de cierto sector o élite-intelectual. Como también parecen replicarse las relaciones de poder entre las llamadas clases dominantes y resto de paisanos. Tal vez sí, pero siempre existen forajidos que cuestionan y responden, que ante el fenómeno involuntario o intencional de ser ubicados en la otredad, dialogan y se entrecruzan “faltando el respeto” al orden de las cosas. Aseguran no estar dormidos, ni dominados. Entienden lo que el otro dice y abren camino mostrando lo suyo, que quizás, solo quizás, no busca imponer, sino crear un espacio común. Pero también aprovechar la situación, y porque no, tratar de igualar la balanza para pagar la maquinaria que derrumbe esa frontera.

¿qué vas a hacer?

– Reflexiono

-Tú eres muy teórica

-Teoría es necesaria.

– Sí, pero la práctica es más sabrosa.  

El relato continúa, y el señor Gutiérrez nos muestra otra vez la distopía en la que interactúan sus personajes. Reflejando la ignominiosa duda-molestia que viene persiguiendo a las ciencias sociales y humanidades desde sus inicios: distancia entre teoría y práctica. Del libro a la cotidianidad, en este punto no hay mucho que añadir, el autor mismo lo desarrolla:  

– (…) Hice un estudio participativo.

-¿Y ahora qué haces? ¿ No te llevas a ninguno? ¿ No te enamoraste?

-No, no. Era un estudio sólo. Ellos mucho amor, mucho sexo conmigo, son fuego puro. Pero yo no. Sólo un estudio.

Sólo un estudio, dice. Y estalla todo: Catarsis-Éxtasis-Problema. Es probable que sea solo una cosa de la ficción, de esta ficción, de Angela, la antropóloga extranjera. De todas formas lo usaremos como cable para hacer cortocircuito; otra vez la otredad, pero ahora, observada y manipulada. Situación que rememora las aulas de sociología, donde algún estudiante pregunta: ¿Profesor acaso en la investigación no se cosifica a los sujetos observados? ¿Por qué el investigador se encarga del punto final? La respuesta suele tener variedad, desde una increpación teórica,  hasta la referencia bibliográfica, el saber hacer y la misma práctica profesional. Pero la duda queda abierta, al menos en mi caso asi lo fue y no para que la responda el estudiante universitario, sino más bien, el sujeto observado. A pesar de correr el riesgo de que el fuego puro queme los libros de texto, la práctica es más sabrosa, y en cierto sentido, muy difícil de categorizar.

Una especie de caribeño Bukowski o de habanero Henry Miller. 3

La Literatura no se salva, ni la crítica, ni usted, ni yo. La comparación tediosa que   intenta llamar la atención del lector, pero actúa igual que lo anterior, solo que ahora, la víctima es un escritor cubano, que a expensas de un otro “conocido” se reviste del imaginario que no le pertenece. Podrá tener varios motivos, pero el más cercano es incrementar las ventas. Alimentadas por los que seguimos mordiendo el anzuelo, los que continuamos en la lógica de lo legítimo. Sin embargo, Pedro Juan  es Pedro Juan , al menos intenta serlo, los mil y uno que deben cohabitar-se. Autor que dice y desdice con inyecciones de ron, el que habla según los relatos de un período especial 4  decadente, insoportable. El que endulza la miseria con sucesos divertidos pero espeluznantes; placenteros pero decadentes; machistas pero reveladores y auto condenatorios; da cuenta sobre una libreta de consumo que no abastece ni sus propias páginas. La trilogía no es un libro de aventuras sexuales, ni de banalidades, la trilogía es una protesta en su clímax , del insurrecto que se quedó, en el lado opuesto, para hablar de él-ellos, los que comparten un solar entre 50 más, “los de abajo”.

Notas al pie:

  1. Gutiérrez, Pedro Juan. “La Trilogía sucia de la Habana.” Barcelona: Editorial Anagrama, 1994.
  2. Bajtín, Mijaíl Mijáilovich. 1979. “Estética de la creación verbal”. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2013.
  3. Véase en la contraportada del libro : Gutiérrez, Pedro Juan. “La Trilogía sucia de la Habana.” Barcelona: Editorial Anagrama, 1994.
  4. Período 1990-1994 de grave crisis socioeconómica a partir del colapso de la Unión Soviética, y el embargo Norteamericano.

Sobre el Autor:

Ibarra-Ecuador, 1991.

Así hablan los herederos de la tierra. Aunque ya no sea de ellos

Por: Carlos Mendoza
Literatura, nación e identidad (2016)

Lunes 12 de septiembre. Día uno. Antjie Krog. Verdad y Perdón.
El auditorio era diverso en edades, nacionalidades, intereses y profesiones. ¿Hasta qué punto la literatura es capaz de cohesionar y generar identidad? Algunos conocían a Antjie, otros solo a Mia, algunos a ambos escritores, otros a ninguno; todos sabíamos quien era J.M. Coetzee. El escritor sudafricano: escritor, mediático, nobel, callado, observador, emblema de la literatura africana, universal.

Algunas fallas con el micrófono, otras con el proyector. Inicia la primera clase, sin preámbulos ni presentaciones. En la pantalla:

ANTJIE KROG

Comisión de Verdad y Reconciliación

Víctima: Nombulelo Delato

Violación: Quemada viva

Testimonio: Hija de Busiswe Kewana

  • A la víctima le vertieron una bomba de petróleo directamente en el cuerpo. Murió    después de tres días. No pudo (no la dejaron) ser enterrada en su tierra, Colesberg, porque había sido clasificada de traidora al movimiento. Lo que en realidad pasó es que fue quemada por comprar carne cuando se había declarado un boicot contra los comercios. No la mató ni la policía ni el gobierno sino su propia gente.

En Sudáfrica en el año de 1948 tuvo origen el Apartheid: un sistema de segregación racial. Terminó en 1994 con la llegada de Nelson Mandela a la presidencia, pero con ello inició un largo y complejo proceso de reconstrucción de verdad y reconciliación que continúa influyendo en los procesos políticos, culturales y sociales de la Sudáfrica de hoy en día. Nadie sabía qué hacer con la gente que había violado los derechos humanos, como reconstruir y reconciliar no solo a víctimas y victimarios sino a un país entero. En 1995 el nuevo gobierno en el acta nacional de reconciliación, decretó la construcción de un proyecto encargado de eso: La Comisión de Verdad y Reconciliación. Lo más importante y difícil, regirse bajo principios éticos y morales.

Continúa la clase.

  • Comisiones: Violación de los derechos humanos, Reparación y Rehabilitación y Amnistía. La función de los tribunales era reflejar la estabilidad de un país. Integrar en vez de castigar. Más allá de una verdad histórica, se buscaba una verdad específica de la persona. Hubo nuevas víctimas, los intérpretes, los relatos tan fuertes terminaron afectando a muchos de ellos. Afortunadamente en Sudáfrica siempre esperamos lo peor, pero nunca pasa.

Ubuntu: humanidad hacia otros.

En “País de mi Calavera”, Krog narra los acontecimientos durante los  cuatro años que duró la Comisión de Verdad y Reconciliación en funciones y su particular experiencia desde los medios de comunicación. Es un acercamiento meticuloso y sensible, que no solo describe, analiza las complejidades éticas, morales e institucionales. Profundiza en la capacidad humana de perdonar y en los límites del perdón. La misma autora dirá que la Comisión es una revolución dentro de la revolución. Sudáfrica profunda tuvo la oportunidad de ser escuchada en sus 19 lenguas oficiales y “no oficiales”.

Reconciliar es atraer o unir dos o más partes que estaban previamente juntas, satisfaciendo las demandas y necesidades de todas las partes. ¿Alguna vez Sudáfrica estuvo realmente unida? Aquel era el reto. La estrategia de la Comisión: reparar los daños a las víctimas y otorgar amnistía a los victimarios, a cambio de la verdad.

Sacar la verdad a la luz implica enfrentarse con el poder, con los prejuicios, con un pueblo en búsqueda de identidad. Había dos bandos (sigue habiendo), blancos y negros. Los primeros “despojados” del poder político por los segundos. Ambos con el peso en sus hombros de haber cometido graves violaciones a los derechos humanos. El proceso implicaba el hecho de crear una unidad nacional, sólo posible de concebir a través de la figura de Nelson Mandela. También, una guía ética y moral que se vio encarnada en el Obispo Desmond Tutu: “No hay solo víctimas o monstruos, no hay una sola verdad. La verdad duele, el país africano pudo sanar algunas heridas abriendo otras. El perdón no es universal. Los blancos no saben perdonar.”

        ¿Cómo podemos vivir juntos en el mismo país si no somos capaces de imaginarnos los           unos a los otros?

Martes 13 de septiembre. Día dos. Mia Couto. ¿Dondé está Mozambique?

Mismo lugar. Otro escritor. Otro estilo. Otro país. África es un continente. Mia Couto es una persona de semblante calmo y curioso. Invita a la charla y la pregunta. Sonríe. Hace que cada uno de los asistentes se presente y comienza la clase.

Mozambique es un país ubicado al sureste de África, obtuvo su independencia recién en 1975, después de ello, una guerra civil de 1977 hasta 1992. Su herencia más grande como colonia, es el portugués, que lo conecta con Angola, Cabo Verde, Guiné Bissau y  Santo Tomé y Príncipe, y de este lado del planeta, con Brasil. Si se le compara con Sudáfrica es un país mucho más pequeño y menos “moderno”. Con 9 lenguas oficiales la potencia de su literatura tiene una fuerte raíz en la oralidad.

  • En África habemos cinco países lusófonos. Hay 200 millones de hablantes de portugués en el mundo. Compartimos en el continente una realidad geográfica, histórica y lingüística. En Mozambique, sin embargo, hay una gran diversidad de relatos y etnias, lo que se ve potenciado por el frecuente predominio de la oralidad.  El hecho de haber pasado (Angola y Mozambique) de gobiernos socialistas a neoliberales, hace que la nueva literatura de ambos países aborde el tema político además de lo épico, religioso y la búsqueda de identidad.

La primera parte de la clase pretende dejar algo bien en claro: la importancia de la diversidad cultural en estos cinco países frente a la tentativa hegemónica de homogeneizar África. La variedad lingüística  forma parte esencial de las líneas divisorias del continente. Comparado con Angola,  71% de su población con el portugués como lengua materna, Mozambique tiene una escena literaria mucho más modesta.  El 60% de su población habla portugués, pero dicha lengua  se ocupa para situaciones más formales: trabajo, negocios, estudios, etc.

Mozambique es una nación nueva, la mayor parte de la población vive lejos de la capital Maputo, imperan las tradiciones y ritos locales, la historia de la vida se transmite y se cuenta de manera oral.

En pantalla:

POETAS MOZAMBIQUEÑOS

          Poetas Negros: Rui de Norohna

          Poetas Mestizos: Noemia de Sousa, José Craveirihna

          Poetas blancos: Rui Knopfli

Mia Couto habla en portugués, es de ascendencia portuguesa y gran parte de su obra y la de todos los escritores mozambiqueños actuales, son en portugués para el mercado portugués y brasileño.

  • Los escritores lusófonos tenemos el mismo padre, pero diferentes madres. Angola es el país de habla portuguesa más dominante en la región, por su número de habitantes, su desarrollo social, económico y político. En su literatura se plasma de gran modo la influencia del fenómeno urbano y las mezclas que entre las personas asimiladas por esa urbanidad y aquellas que no han sido asimiladas. Todas las ex colonias asimilamos el portugués de diferente forma, adaptando formas y símbolos locales. Mozambique es un país aún muy rural, eso ha permitido mantener las lenguas locales y enriquecerlas con la lengua lusa. A diferencia de Angola, donde se desarrolló mucho la prosa, en Mozambique la poesía fue precursora de la literatura. Debido a la dominancia de la historia oral, tiene más peso ese relato en las aldeas. Yo mismo empecé con la poesía, después fui periodista durante el proceso de liberación. Gracias a ello soy escritor. Eso nos abre un camino a mí y a los escritores  de mi generación, hacia la escritura literaria.

África parece estar muy lejos de Buenos Aires, de Argentina, de Latinoamérica.

Miércoles 14 de septiembre. Ciclo Narrativas de lo Real. “Literatura y Nación”. Nadie escribió Facundo.

“Hace algún tiempo una muy reconocida intelectual argentina se autonombró intelectual de cabotaje. La nación es una de las grandes obsesiones argentinas.” Así empezaba el antropólogo Alejandro Grimson aquel ciclo de narrativas de lo real. Las obsesiones argentinas sobre la nación también están plasmadas en la literatura. Los ensayos se inspiran en las literaturas bélicas argentinas ¿Martín Fierro? ¿Facundo? Las ciencias sociales en la actualidad tienden a chocar con esos textos. Lo argentinos tienen muchas obsesiones. La dictadura es su guerra civil española a la cual volverán siempre, será fuente inagotable de nuevas literaturas y ensayos. Pero aún con esa historia reciente, hay otra obsesión presente, la literatura de los héroes del siglo XIX, muy ficcionalizada, lo cual muchos lectores no lo saben discernir, se comenta en la mesa. ¿Eso es historia o literatura? Son formas narrativas de lo real. Hay una obsesión tan grande por la nación como con el cosmopolitismo (siempre eurocéntrico), de los argentinos. Siempre ambas obsesiones en tensión. ¿Cómo salir del cabotaje? Podemos mirar hacia África...

Mia Couto habla desde ahí, desde la nación nueva, desde la experiencia del joven poeta y periodista que participó en la causa independentista de su país. ¿Cuántos argentinos, cuántos latinoamericanos conocemos aquel proceso solo a través de los libros de historia y la literatura?  El estado mozambiqueño es nuevo. La generación de Couto fue/es partícipe de la construcción de una moderna identidad nacional. Él mismo se pregunta: ¿Cómo se construye una nación con ideas traídas de afuera por encima de un conjunto de otras naciones ancestrales y con raíces míticas? Esa misma pregunta la pudieron haber tenido Bolivar, San Martín, Sarmiento, etc… hace algunos años ya. ¿Hasta dónde es mito y hasta dónde realidad la nación argentina? Todos los panelistas tienen por lo menos un punto de acuerdo: la literatura busca reconstruir una historia sangrienta que no encuentra eco en las instituciones formales.

Hablan también Gonzalo Aguilar, doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA); Martín Kohan, escritor y profesor de Teoría Literaria en la UBA, Marisa Pineau magíster en Estudios de África por El Colegio de México. Esta última, la única mujer en el panel. Antjie Krog solo forma parte del público presente. En 2016 las identidades nacionales parecen seguir siendo un tema casi exclusivo de hombres.

Jueves 15 de septiembre. Antjie Krog. La poesía te ayuda a hacer más tangible la belleza y la tragedia humana.

En 1970, aún viviendo en la granja de sus padres, durante los años más crudos del apartheid y con apenas 18 años, escribió un pequeño poema para la revista del colegio, escandalizando a la comunidad afrikáner y llamando la atención de los medios nacionales:

Gee vir my ‘n land waar swart en wit hand aan hand

vrede en liefde kan bring in my mooi land.

Dadme una tierra donde los blancos y los negros mano a mano

puedan traer paz y amor a mi bella tierra.

Antjie se enfocó en la poesía sudafricana, la “poesía negra”. Como poeta explica la influencia en ella de las otras lenguas sudafricanas: zulú, xhosa, seshoto, etc. Cómo académica hace un análisis comparativo de algunos textos de los pueblos originarios de su país.

  • En este tipo de poesía hay manifestaciones de lucha, transformación y transculturación. Es decir, pensar un diálogo de los que no tienen el poder con los poderosos, para así crear una nueva relación basada en nuevos términos. Tomar las herramientas del opresor para usarlas a tu favor. Aquí no solo hay un diálogo con su propia gente sino con el “otro”. Esa es la resistencia profunda porque no necesitan ser traducidos para ser comprendidos.

Uno de los más antiguos grupos humanos en África -y el mundo- son los San Bushmen, que hablan alguna de las lenguas joisanas noroccidentales, caracterizadas por incorporar sonidos de chasquido, cliqueos y guturales. La palabra bosquimano deriva del afrikáans boschjesman, ‘hombre del bosque’. Ellos son la raíz que palpitará en cada gesto y sílaba posterior de África. Con ellos se produce el primer gran choque cultural y lingüístico en Sudáfrica, a la llegada de los inmigrantes que hablaban principalmente dutch. Fueron diezmados o sometidos a trabajos por los colonos holandeses, alemanes e ingleses. Pero hubo otro tipo de acercamiento que permitió la curiosidad, el conocimiento y el entendimiento:

LO QUE LAS ESTRELLAS DICEN, Y UNA ORACIÓN 

A UNA ESTRELLA

Ellos (los Bosquimanos) desean poder percibir cosas también.* Por tanto, dicen que la Estrella  tomará  su  corazón,  con  el  que  no  pasan  poca  hambre;  la Estrella (   ) les dará el corazón de la Estrella, -el corazón de la Estrella,- con el que la Estrella está en plenitud. Pues la Estrella no es pequeña; la Estrella parece como si tuviera comida.  Por  tanto,  dicen,  la  estrella  deberá  darles  del corazón  de  la Estrella ( ) y ya no tendrán hambre. Las Estrellas no llamarán, “¡Tsau! ¡Tsau!”, y por tanto los Bosquimanos no dirán que las estrellas maldicen los ojos de las gacelas por (   ) ellos; las Estrellas dicen, “¡Tsau!” dicen, “¡Tsau! ¡Tsau!”.  Yo las estaba escuchando. Pregunté a mi abuelo qué cosas eran las que hablaban así. Mi abuelo me dijo que las Estrellas (   ) eran las que hablaban así. Las Estrellas eran las que decían, “¡Tsau!” mientras maldecían  los  ojos  de  las  gacelas  por  la  gente.  Por  eso,  cuando crecí  las escuchaba.  Las  Estrellas  decían, “¡Tsau!  ¡Tsau!”  ( )  El  verano  es  la época cuando ellas suenan. (…)

* Cosas que sus perros pueden matar

Dos horas pasaran entre las lecturas de los poemas de Pekenene Tooane, Michael Onyebuchi y Berele Pereko. Se descubre otra faceta de la escritora, cuando lee poesía, deja de lado su timidez y la voz dulce se muestra firme, confiada y asertiva. Pero la lucha, la transformación y la transculturación trascienden el formato de la poesía, el escritor sudafricano actual escribe cuentos como “Hunger eats a man” de Nkosinathi Sithole o comics como The Trantaal Brothers, Couloreds que cuenta la historia de los actuales herederos del mestizaje sudafricano a través de la historia de dos adolescentes.

  • Umuntu Ngumuntu Ngabantu: Una persona es persona a través de las otras personas. “Yo soy porque nosotros somos”.

Viernes 16 de septiembre. Mia Couto. La infancia de la historia. Brasil, el hermano mayor.

Dentro de todo el espectro lusófono, Mozambique sigue siendo uno los hermanos menores, no puede/quiere compararse con Angola o Brasil. Sin embargo su literatura no escapa a la influencia de estos monstruos de la lengua portuguesa. Pero la inocencia de hermano menor permite hallar su propia identidad a través de la evocación de sueños, sentimientos, deseos y memorias de la guerra y la posguerra mozambiqueñas. Si en el país revolucionario la poesía era un arma ideológica, en la actualidad esta sigue resistiendo, pero a través del mito, la naturaleza y el sentido comunitario. En pantalla:

LITERATURAS NO PLURALES

INFLUENCIAS LITERARIAS

1.- La negritud:                              2.- Brasil

Aimé Cesaire                                 Jorge Amando

Leopold Senghor                           João Guimarães Rosa

Kwame Anthony Appiah

Noémia de Sousa

  • A través de la negritud se conforma una identidad continental. Pero Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guiné Bissau y  Santo Tomé y Príncipe tenemos una deuda con Brasil, Jorge Amado fue el  escritor que mayor  influencia tuvo  en  la génesis de  la literatura de los países africanos que hablan portugués. Son también escritores brasileños los que hace siglos ayudaron a crear los primeros núcleos literarios en Angola y Mozambique.

La contradicción africana de encontrar la identidad propia a través de una lengua de Otro fue resignificada mediante la potencia del portugués-brasileño, manifiesto y vivo en su literatura.

  • En casa mi papá dio el nombre de Jorge a un hijo y de Amado a otro. Solamente yo escapé de ese nombramiento referencial. Recuerdo que, en mi familia, la pasión brasilera se repartía entre Graciliano Ramos y Jorge Amado. Pero no había disputa: Graciliano revelaba el hueso y la piedra de la nación brasileña. Amado exaltaba la carne y la fiesta de ese mismo Brasil.

Otra de las grandes referencias y eslabones de literatura de habla portuguesa en África es Luandino Vieira, nacido en Portugal pero nacionalizado angoleño con la finalidad de participar en el proceso de independencia. Evidencia viva de la transición literaria revolucionaria  a la evocación de la tierra y la cultura africana.

Mia Couto se sabe un eslabón más en la interminable cadena de la literatura africana en lengua portuguesa. Junto con Luis Carlos Patraquim en Mozambique, reivindican y exaltan lo sagrado y lo ritual, abriendo así espacios favorables a nuevas tendencias artísticas como la innovadora Revista Charrua de Juvenal Bucuane, Hélder Muteia, Pedro Chissano. Ésta conquistó otros adeptos, entre los cuales se encuentra Eduardo White, cuya obra es actualmente reconocida, no solamente en aquel país, sino en todo el mundo.

La nueva escena es lúcida y escéptica a la vez. Las añoranzas revolucionarias quedaron muy atrás, un sistema económico intenta reificar toda relación humana e ignorar la poesía, la escena literaria actual lucha y construye nuevos sueños y añoranzas, pero siempre enraizados en la memoria ya construida en la negritud, y los hermanos de Brasil y Angola.

Lunes 19 de septiembre. Antjie Krog. ¡Y la ley, qué! Identidad y resistencia.

Se lee poesía en Afrikans, Antjie dice que así conserva la esencia del poema. Es una lengua fuerte, gutural, robusta, que se impone. Acá la poesía va más allá de la política, se enfoca en el amor que no en el romántico sino en el hiriente, sufrido, imposible, real.

What abou’de lô?

Diana was‘n wit nôi

Martin was‘n bryn boy

dey fell in love

dey fell in love

dey fell in love

sê Diana se mense

what abou’ de lô

sê Martin se mense

what abou’ de lô

 En esta clase se deja de lado el análisis, solo leemos poesía. Empezaremos con “The necklace” de Kweiten-ta-//ken, después “El joven y el león” de Dial Kwain, seguido de “Phelade” de P Mamogobo, pasando por un poema a Mandela hecho por Yali Manisi.

  • Adam Small fue un poeta sudafricano, de la etnia Coloured. Escribía en Afrikáans, pero en nombre de los negros y mestizos. Su esposa era vietnamita lo que significaba que no era blanca para los estándares oficiales, pero un japonés sí era blanco. Un coreano no, un chino no. ¿Cuál era la lógica de esto? En algún modo “What abou’de lô?”, un poema bastante íntimo, está inspirado en su esposa, pero se convierte inmediatamente en algo político, porque tiene que ver con  ellos mismos y la ley.  Otro de los poemas nos habla de compartir, un hombre le dice a otro: tú toma esta estrella y yo está otra, es fácil. ¿Pero por qué lo blancos no saben compartir habiendo tanto? Cuando la gente empieza hablar con clichés, el pensamiento se detiene, decía Hanna Arendt. Acá, estos poemas permiten poder atravesar las fronteras de la raza, política y religión a través de la expresión del amor. El amor ligado al universo, a la tierra, a los hermanos, a los padres, la ira, al deseo, a la libertad, al compromiso. Eso serán siempre frutos del amor. Gracias por escuchar toda la clase, leímos mucho, porque la poesía no se puede enseñar, yo estoy convencida de que la única forma de aprenderla y aprehenderla es leyendo poesía. Gracias.

Martin y Diana

murieron por la ley

la ley de Dios

la ley del hombre

la ley del diablo

qué ley

la gente sólo decía

la ley

la ley

la ley

la ley

y la ley qué

y la ley qué

 

Martes 20 de septiembre. Mia Couto. Una casa para la palabra.

¿Por qué la palabra formal, imperecedera, escrita, tardó tanto en hacer eco en Mozambique? Las historias estaban en los cuentos de la tradición oral, alejadas del portugués y de las formas modernas de la memoria. En Mozambique mucho tiempo se decidieron a recordar, pero más aún, a olvidar.  Salvo algunos aislados intentos como el del escritor Campos Oliveira (1847 -1911), redescubierto hasta los años 60 y 70 del siglo XX, no se tiene mucho más registro de una obra literaria. La modernidad literaria recién tendrá cabida en 1923 con la publicación del “Libro del dolor” de Joao Albasini.

Aquel país africano construía olvido y con ello, inconscientemente rechaza la narrativa ficcional que siempre estuvo al servicio de la construcción de nación, basado en modelos completamente europeos.

En pantalla:

LITERATURA MOZAMBIQUEÑA

1º Periodo:

Campos Oliveira

2º Periodo:

Rui de Norohna, Joao Albasini, Noemia de Sousa, Fonseca Amaral

3º Periodo:

José Craveirinha, Noémia de Sousa, Rui Nogar, Rui Knopfli, Virgílio de Lemos, Rui  Guerra,  Fonseca  Amaral y Orlando Mendes.

4º Periodo:

Eugenio Lisboa, Rui Knopfli

Durante el cuarto periodo y las etapas posteriores a éste, se halla una nueva génesis literaria en la lucha armada y nacionalista. La modernidad alcanza la literatura mozambiqueña, también la poesía se vuelve una herramienta de lucha por la liberación. FRELIMO* publica en 1971 el primer volumen de Poesía de Combate. Entre los años 60 y 70 muchos escritores huyen del país, lo que repercute en la creación literaria y más aún, en las identidades nacionales ambiguas, dobles o indefinidas. ¿De donde soy si nací y viví en Mozambique, mis padres son portugueses y huí de la revolución a Europa donde han acogido y reconocido toda mi obra?

*El Frente de Liberación de Mozambique (Frelimo, en portuguésFrente de Libertação de Moçambique) es un partido político de Mozambique cuya base de poder se encuentra en la minoría shangaan.

Europeo me dicen.

Me llenan de literaturas y doctrinas

europeas

y europeo me llaman.

No sé si lo que escribo tiene raíz de algún

pensamiento europeo,

Es probable…No. Es cierto,

pero africano soy.

  • Hay un quinto periodo entre 1975 y 1992. Un periodo largo y complejo social y políticamente hablando, pero que gracias a éste la literatura de Mozambique logra su consolidación, autonomía y reconocimiento. “Silencio abierto de par en par” de Rui Noronha, podría ser nuestro Facundo mozambiqueño. Hablaba de la exaltación patriótica, del culto a los héroes y de la lucha de liberación nacional. La literatura fue coptada por el Estado. Pero la poesía de Rui Knopfli, si bien usada como patrimonio nacional, también fue inspiración. Yo soy parte de esa transición, estando en el Estado decidí escribir del otro Mozambique más profundo, antiguo y mítico.

La nueva generación es crítica con el gobierno, soñadora y contestataria. Son las contradicciones de cualquier sistema. La literatura siempre intentando escapar de los moldes, de la institución. Nacerá Revista Charrua que era una apuesta por la libertad de la palabra, el abordaje de temas tabués y frente de disputa. Gracias a ese atrevimiento se publican los primeros cuentos  de Mia, preparando a éste para 1992, que es cuando ocurre la apertura política del régimen y la publicación de su obra más conocida: Tierra Sonámbula.

  • La figura que atraviesa toda la mozambicanidad, y referencia obligatoria en toda la literatura  africana, es José  Craveirinha. Su poesía dice: “Aquí está nuestro país” Para mí, de  hecho, la  poesía  de  Craveirinha  abarca  todas  las  fases  o etapas  de  la  poesía  mozambiqueña, una poesía didáctica de la nación.  En José vamos a encontrar una poesía realista de la negritud. Cultural, social, política;  hay  una  poesía  de  prisión;  existe  una  poesía  cargada  de  marcas  de tradición  oral, así  como muchos poemas con grandes inclinaciones lírico e intimistas. Pero su enseñanza más grande es la de saber que la poesía es capaz de mostrarnos el camino.

Y

tengo en el corazón

gritos que no son míos solamente

porque vengo de un País que aún no existe.

Mia termina la clase con un cálido agradecimiento a John, Antjie y a la UNSAM. Es representante, narrador y testigo de todos los Mozambiques modernos. Pertenece a una generación que rompió con la matriz europea para entender y narrar las raíces y los problemas de una nueva nación. Violando reglas de morfología, sintaxis y semántica e incorporando la oralidad en la escritura. Para después ser parte de una nueva ruptura, del parto doloroso de la nación que niega a sus más profundas y antiguas voces, que mira para todos lados menos para sus adentros. Seguirá siendo hijo y padre por siempre.

Argencanos

El sábado 17 hubo actividades fuera de la universidad. La oportunidad de que la gente de Palermo charlara con los escritores y viera a Coetzee. El jueves 22 en el Campus Miguelete de la universidad, UNSAM Edita presentó las traducciones de “País de mi Calavera” y “Una casa llamada tierra. Un río llamado tiempo”. Picada y brindis.

A Coetzee nadie lo vio nunca sonreír. A Antjie le robé algunas palabras escritas, me respondió un cuestionario sobre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, México. Nada publicable. Pero es un tesoro escondido en mi Google Drive. Se despidió de mí a lo lejos, “sí tú, tú, tú (pulgar arriba), ¡muy bien!”. A Mia le robé un par de sonrisas y una declaración pública de amistad. Le pregunté si prefería a Eusebio o Maradona,  el sentimiento patriótico determinó su elección. El último día, le regalé un libro de cuentos de José Revueltas, y le dije que él era parecido a José, de quién alguna vez Octavio Paz dijera que era uno de los mejores escritores de su generación y uno de los hombres más puros de México. Latinoamérica y África seguimos construyendo nuestra identidad y aprendimos a mirar, sí al otro lado del charco, pero más al sur.

 

Sobre el Autor:

Poeta sin cerebro y Geertziano-Guadalupano. Animal simbólico y compañero de Julieta. Embajador de Texcoco.

Los valles de Cydonia

Por: Daniel Fernández.

I

William McKinley recordó la primera vez que había visto una fotografía de la Tierra contemplada desde la Luna. La redonda superficie del planeta era cortada abruptamente a la mitad por la oscuridad fría e indolente del espacio. Ahora, la Tierra, su hogar, estaba frente a él y temía, con rabia y desesperación, nunca volver a poner un pie sobre ella. También recordó haber leído que alguna vez la gente creyó que el alunizaje era un montaje; una más en la larga lista de artimañas ideadas por una de las potencias que se encontraban enfrentadas en ese entonces: los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; países cuyos nombres le sonaban como dioses antiguos, muertos y olvidados. Pensó que lo mejor sería permanecer ahí tendido un rato más, fingiendo estar su propia muerte. Podía sentir su pecho empapándose con la espesura rojinegra de su sangre. Alzó la vista al cielo. Arriba, el último transbordador en dirección hacia Marte se alejaba lentamente, una barcaza cilíndrica navegando por aguas negras percutidas de estrellas. Se preguntó si alguno de entre aquel grupo de escépticos del siglo veinte había muerto creyendo que todo era una estafa de matices geopolíticos; se preguntó qué diría esa persona si supiera que el alunizaje no era una mentira, que era tan real como la sangre que brotaba profusamente de los orificios abiertos en su espalda, tan real como la traición y el dolor. La sensación del césped contra su rostro le causaba comezón, pero no quiso moverse. Hacía minutos que había escuchado los firmes pasos de Clara Stanford, heredera del segundo banco marciano más grande, el Stanford & Harris; es decir, su prometida, alejándose de la escena, dándole por muerto; sin embargo, consideró que si había sido capaz de matarle, de igual forma podía regresar a cerciorarse de que el trabajo estuviera completo. Así que optó por soportar la comezón, que, a decir verdad, era poca cosa en comparación con recibir un tercer y fatal disparo. Un grave estruendo, como un millón de abejorros lanzándose en picada sobre él, le sacó de sus cavilaciones. Se trataba de las inmensas cortinas metálicas que, cada doce horas, cubrían el gigantesco domo de vidrio bajo el que descansaba el Club Rotario Lunar, con el objetivo de simular el anochecer terrestre, añorado nostálgicamente por los exigentes miembros– procedentes de la Tierra y las colonias marcianas –que atestaban las habitaciones, restaurantes, campos de golf, áreas de piscina, canchas de tenis y demás instalaciones del club durante el verano. No obstante, era apenas primavera en la Tierra y en Marte, y además de él y Clara Stanford, el club estaba desierto. Segundos después de que las cortinas terminaran de bajar, envolviéndole en un manto de oscuridad aún más densa que la que quedaba fuera del domo, lo cegó la luz blanquecina que caía verticalmente sobre él, justo cuando el charco de sangre comenzaba a bañarle la mandíbula. McKinley intentaba urdir un plan de acción para ponerse de pie, dirigirse a las oficinas del club, donde antes de explicar lo sucedido, rogaría por que le dieran un vaso de agua –recompensaría con una gran suma de dinero a la persona que le diera de beber ese día–, cuando una gota de agua aterrizó sobre su mejilla, seguida por otra; luego otra, y luego otra. Los aspersores del campo de golf número nueve se habían encendido en medio de la noche artificial. McKinley giró la cabeza sobre el suelo, sin levantarla, dejándola reposar sobre su mejilla derecha. Abrió la boca y se preguntó, mientras el agua le refrescaba la reseca garganta, cuál sería la reacción de los que en el siglo veinte dudaron del alunizaje si les contaran que no se trataba de ninguna mentira y que, años más tarde, los humanos no solo viajarían a la Luna, sino que abrirían hoteles, restaurantes y centros vacacionales en ella; algunos vivirían allí, morirían allí e incluso matarían allí. McKinley cerró los ojos y se quedó quieto.

Recorte de un periódico marciano No. 1

Distrito 10, Región Central, Tierra.- En medio de un tenso clima de clamores independentistas en Marte, el Comité Coordinador del Sufragio (CCS) convocó a los partidos políticos terrestres para que  inscribieran a sus candidatos para las elecciones generales del próximo febrero, donde se votará a los miembros del Parlamento Intereregional Terrestre para el periodo 2188-2192.

La presidenta del CCS, Julia Gatlin, se expresó respecto de las palabras del presidente del parlamento marciano, David Holece, quien, durante su segundo discurso bianual, pronunciado el pasado jueves en el hemiciclo del Congreso de Diputados de Marte, afirmó que era tiempo de que el planeta rojo dejase de depender administrativa, financiera y políticamente de la Tierra. Gatlin calificó de irresponsables y conflictivas las declaraciones de Holece, e hizo un llamado a la unidad entre la Tierra y sus colonias marcianas, donde las exigencias de independencia y soberanía han ido cobrando impulso en el transcurso del último año, tras el anuncio de las autoridades terrestres de incrementar los impuestos a las importaciones marcianas.

Holece, al enterarse de las aseveraciones de Gatlin, manifestó: Es fácil utilizar calificativos contundentes cuando se habla desde la postura del opresor. Estamos hartos de las formas autoritarias, corruptas e ineficientes del gobierno terrestre. Es curioso: la señora presidenta dice que mis declaraciones son “irresponsables”; pues yo creo que lo verdaderamente irresponsable es dejar el gobierno de nuestra gente en manos de las mismas élites políticas y económicas que, hace ciento cincuenta años, estuvieron muy cerca de provocar la extinción de la humanidad debido a su avaricia e ineptitud.

La convocatoria se da días después de que se celebraran multitudinarias manifestaciones pro independencia en las principales ciudades marcianas; entre ellas Mensae, donde se reportaron 16 heridos y 2 detenidos tras los enfrentamientos entre miembros de la Policía Interplanetaria y los manifestantes.

II

Clara Stanford comenzaba a impacientarse. Solía mantener la compostura, pero últimamente sus nervios no eran los más impasibles. Había tenido que solventar una serie, en apariencia infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda. Sin embargo, respiró profundamente y pidió otro vaso de agua al mesero. Tras cinco minutos, Natalia Figueiras apareció por la puerta del restaurante. Figueiras era una de sus más antiguas amistades; la había conocido hacia siete años, cuando ambas formaban parte del equipo de voleibol femenino, las Guerreras de Cydonia, de la Academia de Estudios Superiores de Cydonia. A Clara, Figueiras siempre le había parecido un personaje muy curioso, quizá debido a la contraposición evidente entre sus respectivos caracteres, manifiesta en aspectos tan remotos e insospechados como la posición que cada una ocupaba en el equipo; mientras que Clara jugaba de libero, un papel ya de por sí discreto, pero fundamental, Figueiras era atacante. Bloqueaba, remataba y alentaba al equipo con gritos  propios del deporte, y más de alguna vez había estado cerca de desatar una batalla campal como consecuencia del desaforado entusiasmo que ponía en cada partido –entusiasmo que podía devenir en frustración cuando el marcador no le era favorable a las Guerreras– y su indisimulado menosprecio por las rivales. No obstante esta asimetría, Clara le había cobrado mucho cariño a Figueiras.

Así que, cuando se dio cuenta de que no había incluido a Figueiras en la lista oficial de invitados de la boda, Clara no pudo evitar sentir una especie de culpa por haberla omitido. Por eso no dudó en llamar a la planificadora para informarle que necesitaría una silla más en la mesa número catorce, la de sus excompañeros universitarios, que se ubicaba entre la mesa número once, ocupada por miembros de su familia lejana, y la mesa número quince, donde se sentarían los colegas de trabajo de William McKinley, su prometido, joven político del partido Unidad Interplanetaria, con varios escaños en el parlamento interregional terrestre, al que había conocido hacia cuatro veranos, cuando ambos tomaban el Sol al lado de la piscina principal del Club Rotario Lunar. Concluidas las diligencias logísticas, Clara buscó en su vieja agenda el número de Figueiras y concertó una cita en el restaurante Carreras, sito en la intersección compuesta por la calle Monroe y la Avenida Aurora, es decir, el lugar donde se encontraba sentada aquel día a eso de las ocho de la noche con treinta y siete minutos, el momento exacto en que Figueiras apareció por la puerta del Carreras tras treinta y siete minutos de retraso, tiempo en el cual Clara había comenzado a impacientarse debido a la convergencia de una serie, aparentemente infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda, entre los que se encontraba la cita con Figueiras.

Tras la charla trivial y un breve resumen de la vida laboral de Clara en la Fundación Planeta Rojo, donde fungía como coordinadora de proyectos sociales en comunidades empobrecidas de Mensae, Clara se decidió a pasar al meollo del asunto, es decir, a la invitación. Figueiras chilló de alegría para después fingir estar molesta por la omisión, no solo de una invitación más temprana, sino también por no haberle contado nada antes. Luego interrogó a Clara sobre los rasgos generales y biográficos de McKinley y, tras escuchar con atención, dio su no solicitado e innecesario beneplácito al prometido de Clara. La comida llegó y Figueiras alegó que una ocasión tan especial merecía un brindis con el mejor vino de la casa, agregando que Clara no tendría de que preocuparse; ella pagaría por la botella, al menos por la primera, y en su tono, Clara pudo advertir un leve deseo de emborracharse esa noche, deseo del que se contagió de inmediato; había sido una semana pesada, llena de tareas tan agobiantes como tortuosas, por lo que un par de copas parecían ser una opción propia para la ocasión; además, pronto se casaría, valía la pena brindar por ello. Pasaron casi tres horas después de la comida, y en ese plazo dos botellas de vino fueron vaciadas, cuando Figueiras propuso seguir celebrando en un bar de vinos cercano, pero Clara se negó, se sentía cansada y el sueño empezaba a carcomerla.

Clara dejó a Figueiras en su apartamento e inmediatamente se sintió más libre y cambió la estación de radio hasta encontrar una frecuencia en la que un hombre cantaba acompañado por su guitarra nada más. Su canción, con una mezcla de melancolía y rabia, contaba la historia de un explorador francés del siglo diecinueve que partía hacia una expedición  de caza en las regiones septentrionales de Canadá, uno de los países antiguos de la Tierra sobre el que Clara alguna vez leyó en la escuela secundaria. Después de haber sido atacado por una tribu indígena y haber sobrevivido a la resultante masacre de su tripulación, el explorador se veía obligado a sacrificar a su caballo para no morir de frío en medio de una tormenta invernal. Tomaba su cuchillo y tras degollar al animal, hacía un corte en su abdomen, extrayéndole las tripas y órganos para poder refugiarse en su interior. La historia estremeció a Clara, quien compadeció al explorador, y deseó no estar nunca en una situación parecida a la suya.  

Recorte de un periódico marciano No. 2

Colles, Cydonia.- Graves disturbios se reportaron este martes en las inmediaciones de la Comisaría Central de la Policía Marciana de Colles al intentar una turba enardecida ingresar por la fuerza al recinto con la intención de liberar a Julián Menéndez, acusado de asesinar al presidente del Parlamento Interregional Terrestre, Steven Brown.

Menéndez, oriundo de Mensae, llevaba tres años viviendo en Colles cuando el pasado sábado 16 de febrero se aproximó al parlamentario, mientras este se dirigía a los alumnos de una escuela secundaria de Colles, y le disparó a quemarropa ante la mirada atónita de los presentes y la tardía reacción de los guardaespaldas del Equipo de Seguridad Parlamentaria (ESP). Testigos aseguran que Mercader gritó “¡Marte soberano!”  tras disparar y ser reducido por los miembros del ESP.

Mientras la tensión continúa acrecentándose, las autoridades terrícolas han acusado a sus homólogas marcianas de promover el odio entre ambos planetas. Miguel Ardón, parlamentario de la Región Occidental en el Parlamento Interestatal Terrestre, exhortó a sus contrapartes marcianas a detener sus pronunciamientos en favor de la independencia. No es momento de pensar en división¸ afirmó Ardón, es momento de tender puentes y trabajar todos juntos por el bienestar de todos los seres humanos, sin importar su planeta de procedencia.

La turba fue dispersada por la División Antimotines de la Policía Interplanetaria. Tras los disturbios, se reportaron 30 detenidos y alrededor de 50 heridos, así como daños por cientos de dólares a los comercios aledaños a la Comisaría.

III

A su diestra, los inmensos campos se abrían hasta un punto indeterminado en la oscuridad marciana. La señalización de la autopista le indicó que se aproximaba a una cruz calle, formada por la misma autopista y el camino de polvo que conectaba una de las miles de granjas que desde hacía décadas funcionaban en el planeta: domos gigantescos donde los mejores científicos de la especie humana habían logrado recrear las condiciones climatológicas de la Tierra antes del Gran Desastre, como popularmente se le conocía a la catástrofe ecológica que provocó la muerte, al menos en términos de productividad agrícola, de al menos el setenta por ciento de la superficie terrestre. Clara imaginó los domos: moles inconmensurables atadas al suelo, alimentadas por los también enormes sistemas de riego que los ingenieros habían diseñado tras dar con un método que permitiese la utilización de las reservas de agua de Marte. Clara recordó los rostros de los terroristas que habían sido detenidos por la Policía hacía un mes. Además de los robos a camiones, los secuestros a personas particulares, especialmente aquellas con grandes cantidades de dinero, se habían vuelto muy comunes en la región durante ese año. Impulsada por esto, Clara pisó el acelerador un poco más y se dijo que haría lo posible por no utilizar el revólver que su padre, sin importar las protestas de Clara, había guardado en su guantera, para que se protegiera de los bandidos.

En rojo, el reloj digital incorporado al vehículo de Clara marcaba la una de la madrugada con cuarenta y dos minutos. Clara se sabía aún muy lejos de casa; a los lados, vastos campos rojos se extendían más allá de donde llegaba la vista. Había decidido que la campiña marciana, con sus noches estrelladas y su soledad, era el mejor lugar para vivir. McKinley había tenido que acceder a trasladarse a las afueras de la ciudad una vez fuesen marido y mujer; así que después de la boda, se mudaría con todas sus cosas a la pequeña mansión dentro de la residencia privada que Clara habitaba desde hacía dos años. Sin siquiera fijarse en la música que salía por las bocinas del auto, Clara salió de la Avenida Lunar para incorporarse a la autopista que conectaba la ciudad de Mensae con Colles, en la cual, a la altura del kilómetro catorce, yacía el complejo privado donde vivía Clara; la infinitud del universo pendía de un hilo sobre su cabeza y las estrellas guiaban su camino. No había ningún otro vehículo sobre el asfalto.

En un principio, Clara pensó que se debía al cansancio y la borrachera con las que cargaba, pero la súbita agitación de aquel conjunto de estrellas, moviéndose precipitadamente de izquierda a derecha, de arriba a abajo, haciendo círculos, la sacó de su incredulidad. No se trataba de estrellas: era algo más, pero no estrellas. Eran cinco puntos que brillaban con la misma luminosidad y se hacían cada vez más grandes, parecían caer en picada sobre Clara que, atemorizada, pisó a fondo el acelerador; sin embargo, sus esfuerzos por escapar (¿hacia dónde? ¿De quién?) eran infructíferos: lo que sea que fuero eso, podía moverse más rápido que ella. De pronto, una luz azulina cegó a Clara, que frenó de golpe. Lo último que pudo escuchar fue el desgarrado grito de las llantas intentando detenerse, el cinturón de seguridad reteniéndola con gran fuerza, estampándola contra el asiento de cuero de su vehículo estándar de ejecutiva bancaria. Luego vino el sueño.

Clara abrió los ojos y sintió asco. Estaba cubierta en sangre y tripas de caballo, pero por lo menos no tenía frío. Intentó estirarse, pero se dio cuenta que no estaba cubierta por sangre y tripas de caballo por casualidad, sino porque había estado dentro de un caballo que, a sus espaldas, yacía muerto en un charco de su propia sangre. Clara sintió una profunda tristeza por aquel animal que, a pesar de no haber visto nunca en la vida, reconocía como su fiel acompañante en las horas plagadas de frío, hambre y miseria. Algo, una voz en su cabeza, le dijo que una nueva tormenta venía, pero que esta sería más brutal que la anterior y su improvisado refugio no sería suficiente para mantenerla con vida. Solo entonces Clara vio a su alrededor: el blanco se extendía por todas partes, y a su derecha, a los lejos, unos puntos se recortaban contra el también blanquecino cielo. La misma voz le dijo a Clara que en medio de los pinos, una cabaña aguardaba a los viajeros perdidos a los que las ventiscas y nevadas de febrero encontraban vagando desprevenidos por el inmaculado desierto níveo. Así que hacia ahí se dirigió Clara.

Cuando penetró en el bosque, se dio cuenta que todo ese tiempo había estado siguiendo, involuntariamente, un rastro de huellas que se adentraban más y más en la frondosidad. La voz le habló de nuevo y le rogó que se apresurara, quedaba poco tiempo para que comenzara a nevar. Clara obedeció y pronto se encontró a las orillas de un claro cubierto por un enorme domo de vidrio; adentro de este, en el centro, había una cabaña; y por las rendijas de las ventanas y la puerta se escapaba un resplandor que, sin importar su debilidad, Clara consideró muy cálido y acogedor. Clara entró en el domo y enfiló hacia la cabaña atravesando el claro, todavía verde. Empujó la puerta de la cabaña e ingresó en ésta. Dentro, junto al fuego, un grupo de hombres, vestidos algunos con traje y corbata, otros con uniformes militares, se sentaban alrededor de una mesa de cedro pintada de negro. Sin tener claro cómo debía proceder, Clara saludó a los hombres, que no reparaban en su presencia o le ignoraban, y estos no le contestaron; parecían enfrascados en una discusión que Clara juzgó importante por el tono acalorado y el ritmo desenfrenado con el que hablaban. Acercándose lentamente al conciliábulo, Clara volvió a interpelar a los hombres que, nuevamente, no reaccionaron. Clara saludó dos, tres veces más, obteniendo el mismo resultado; motivada por su orgullo, golpeó la mesa, dejando caer con gran fuerza sus dos puños sobre la madera. Los hombres siguieron atendiendo sus asuntos sin inmutarse. Entonces Clara lo notó: ella era un fantasma para el grupo. La voz le dijo que no temiera, porque no estaba muerta, pero que había llegado ahí para observar y escuchar.

Fue cuando la enérgica voz de un hombre joven se impuso sobre el resto. Clara reconoció a McKinley como el orador. Decía que, como ciudadano de la Tierra, un hijo del planeta que había visto nacer a los seres humanos, le aterraba que la humanidad no aprendiera nada de sus errores pasados, que era menester actuar para evitar una tragedia de mayores proporciones, para bien de hombres, mujeres, niños y ancianos de la Tierra y sus colonias marcianas; era, lamentablemente, la única opción disponible. El bombardeo atómico preventivo de los valles de Cydonia sería un golpe de autoridad para estabilizar el estado de las cosas en aras de perpetuar a la humanidad dentro del tiempo, la historia les agradecería tarde o temprano por haber puesto fin al caos y la anarquía; y cuando el hombre sentado a su derecha le señaló a McKinley que su esposa no era solo una marciana, sino la marciana que heredaría el segundo banco más importante de Marte, el Stanford & Harris, y que no solo era una marciana que algún día dirigiría una de las instituciones financieras más poderosas del planeta rojo, sino que, además, también era hija de George Stanford, uno de los políticos soberanistas más destacados del momento, Clara escuchó a McKinley afirmar con resignación que ella, su esposa, entendería los motivos que le habían llevado  a tomar esa decisión.

Clara gritó e insultó a un impasible McKinley que, en ese momento, se disponía a firmar la hoja que uno de los militares de la mesa le había puesto en frente. Clara corrió a su lado e intentó a golpearlo en vano: sus puños pasaban a través de McKinley como si estuviera hecho de aire. Clara lanzó un par de golpes más, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras llamaba asesino a su prometido. Entonces el fuego de la chimenea se tornó azul y cuando Clara volteó, las llamas avivaron y se hicieron tan intensas que el resplandor obligó a Clara a cerrar los ojos. Cuando se atrevió a abrirlos, ni McKinley ni los otros hombres estaban ahí, tampoco la cabaña ni el claro ni el bosque; solo ella, Clara Stanford, sentada en su vehículo estándar de ejecutiva bancaria, detenida a un lado de la autopista que conecta Mensae con Colles mientras la radio emitía música pop posclásica-industrial, estridente y repetitiva, y el reloj digital incorporado al vehículo de Clara, en rojo, marcaba la una de la madrugada con cuarenta y siete minutos.

Recorte de un periódico marciano No. 3

Mensae, Marte.- La tensión se apoderó de la sala de audiencias del Tribunal Segundo de Mensae, durante el transcurso del quinto día del juicio en contra de los tres hombres y una mujer a quienes el Ministerio Público Marciano (MPM) acusa de conspirar para la comisión de actos de terrorismo y disrupción del orden público.

La jueza, María Rott, tuvo que hacer uso de sus guardias auxiliares para evitar que Nadina Zhúkov, quien se había montado sobre la mesa que ocupaban los acusados y sus abogados defensores, continuase leyendo la hoja de papel que extrajo de uno de los bolsillos de su pantalón y que, antes de ser detenida por los custodios, tituló “Manifiesto de los seres libres e independientes de Marte” para luego gritar, mientras la hoja le era arrebatada de las manos, “¡Los alimentos de Marte deben quedarse en Marte! ¡Que cese la explotación económica de los trabajadores marcianos!”. Tras el episodio, la jueza Rott suspendió la sesión por el día y advirtió a la defensa que este tipo de actitud no sería tolerada en su sala de audiencias.

Los sospechosos fueron capturados el pasado 26 de abril cuando, según la Policía del Condado Rivera, jurisdicción de Mensae, se disponían a asaltar un camión que transportaba frutas y verduras que serían exportadas a la Tierra. Tras allanar el departamento de Rodrigo Monzón, uno de los encausados, los agentes policiales encontraron materiales que, de acuerdo con peritos expertos en la materia, serían utilizados para dañar una de las paredes del domo que recubre las granjas de la compañía Rojo Alimentos, ocasionando la pérdida de miles de toneladas de alimentos producidos en las instalaciones.  La Policía también incautó los planos de las instalaciones de las granjas y de la planta de potabilización de agua de contigua al domo.

El grupo ha sido vinculado con la agrupación radical Sangre Marciana, quienes se han adjudicado la autoría de cinco robos armados a camiones cargados con frutas y verduras con destino a la Tierra, y el secuestro de múltiples personalidades de los sectores empresarial y políticos de Marte que abogan por el actual sistema federativo que integra a los Estados de la Tierra y Marte. Según las autoridades, múltiples símbolos alusivos a dicho grupo, así como cientos de volantes propagandísticos, también fueron encontrados en el departamento de Zhúkov, sito en la calle Amberes de esta ciudad. Los vecinos han descrito a la oriunda de Colles como una mujer tranquila y reservada. El juicio se reanudará el día de mañana a las nueve de la mañana en el Palacio de Justicia de Mensae.

IV

El vehículo de Clara Stanford se detuvo precipitadamente frente a su casa. La borrachera era apenas un lejano rumor cuyo rastro desaparecía aceleradamente. Juzgó todo aquello como una pesadilla. Sí, eso debía haber pasado: decidió parar un momento para estirar sus músculos y espabilarse; se sentía cansadísima y seguir conduciendo era un peligro, pero de algún modo, se había quedado dormida a un lado del camino. Todo había sido un sueño del que había despertado para poder seguir viviendo. Llamó a la casa de McKinley en la Tierra, donde estaba pasando unos días en la casa paterna, pero no hubo respuesta. Elaboró una larga lista de todos los sueños extraordinarios que le habían sido dados a lo largo la vida, pero por más que intentó hacer la escena encajar en la categoría, no pudo. Aquellos estaban empapados de una áurea irreal, vistos a través de un vidrio sucio, con las voces lejanas y difuminadas, sin un sonido concreto. Trató de reconstruir el sueño y se dio cuenta que podía recordar, como si realmente hubiese estado ahí, todos los gestos y palabras contenidos en el discurso de su prometido. Aquel no era William. El William que ella conocía sí, era un joven apasionado y elocuente, orgulloso de la Tierra, pero ferviente defensor de la democracia, incapaz de matar a nadie. Se preguntó qué diría William, el William que ella conocía, si le contase todo lo que había presenciado y escuchado en aquella angustiante visión. Marcó de nuevo, pero al otro lado no hubo respuesta.

Fue cuando la voz le habló de nuevo. Le dijo que aquello no había sido un sueño, que no debía temer. Se presentó. Provenía del planeta Algore. Su pueblo eran los algorianos. Hacía mucho, los científicos algorianos habían descifrado los secretos de los viajes intergalácticos y a través del tiempo. Habían compartido el alba con sus ancestros y habían observado el ocaso con sus descendientes. Habían visto desaparecer a cientos de civilizaciones, a lo ancho y largo del universo, producto de guerras fratricidas e interplanetarias. Habían visto estrellas enormes arrasar con billones de vidas al explotar para transformarse en enanas blancas. Habían visto la belleza, la tristeza, la gloria y la derrota, la guerra y la paz, la angustia y la serenidad; habían conocido todo elemento constitutivo de la inconmensurable vastedad del universo. Le dijo que, conmovidos por el trágico fin de grandes especies, se dedicaban a viajar por el espacio visitando el futuro de cada civilización, advirtiéndole a individuos privilegiados, elegidos, sobre el grave peligro que se cernía sobre sus cabezas. Habían llegado a la Tierra por casualidad, cuando se habían extraviado en ruta hacia Aggesar-VI, un planeta de Dwingeloo II, donde las guerras por los recursos acabarían matando a la mitad de la población en treinta años si nadie hacía algo por evitarlo. Ahora ella, Clara Stanford, era la encargada de cambiar el destino de la humanidad. McKinley, su prometido, no solo llegaría a ser el presidente del Parlamento Interestatal Terrestre, también aboliría el parlamento cuando esto sucediera, asumiría el mando supremo del gobierno y las fuerzas armadas terrestres; y terminaría desencadenando una guerra nuclear entre el planeta Tierra y sus colonias en Marte, donde los anhelos de independencia seguirían creciendo en los próximos años, con su padre como uno de los principales defensores de la soberanía marciana. Como lo establecían los estatutos de intervención algoriana en cuestiones extranjeras, no podían forzarla a actuar en contra de McKinley, solo revelarle los hechos futuros y apelar a su buena consciencia. Dicho esto, la voz se despidió y le deseó suerte y sabiduría a Clara, no sin antes recalcarle que la decisión era nada más suya. Clara corrió al baño y se lavó la cara. Se vio a sí misma en el espejo y pensó que se estaba volviendo loca. En la cocina, se sirvió un vaso de agua y juró que, sin importar qué dijeran William o sus padres, iría al médico al siguiente día. Se detuvo en seco a la par de la barra desayunadora: una fotografía ocupaba la primera plana del periódico, registraba la multitudinaria manifestación en la plaza central de Mensae, donde miles de personas se habían reunido para exigir la independencia marciana. Una lágrima corrió apaciblemente por su mejilla.

Recorte de un periódico marciano No. 4

Mensae, Cydonia.- En conferencia de prensa, el jefe de la policía mensaeina, Andrew Antkowiak, aseguró que la Policía Marciana de Mensae, en colaboración con los departamentos de policía terrestres y marcianos, ha redoblado los esfuerzos para lograr la localización y captura de Clara Stanford, hija del exbanquero George Stanford, principal sospechosa de haber asesinado al político William McKinley el pasado miércoles 22 de mayo. El cuerpo de McKinley fue encontrado sin vida, con dos impactos de bala en la espalda, por un jardinero en el campo de golf número nueve del Club Rotario Lunar la mañana del jueves 23.

Se desconocen los motivos que Stanford podría haber tenido para asesinar a McKinley, con quien planeaba casarse el pasado 7 de junio. Su casa, ubicada en el kilómetro catorce de la carretera entre Mensae y Colles, fue allanada el 26 de mayo; sin embargo, la policía no encontró ningún elemento útil para esclarecer el hecho.

Empleados de la gerencia del Club Rotario Lunar aseguran que, el día del crimen, Stanford llegó a las instalaciones en compañía de McKinley. Los testimonios del personal fueron corroborados por las cámaras de circuito cerrado, en cuyas grabaciones, queda en evidencia cómo la pareja arriba al lugar cuando falta un cuarto para las nueve de la noche. Las imágenes también muestran a ambos dirigiéndose al campo de golf número nueve. Posteriormente, Stanford, sola, abandonaría el club a las nueve y media de la noche.

El padre de Stanford, quien había abandonado su carrera como banquero tras presidir el banco Stanford & Harris durante más de treinta años, retiró oficialmente su candidatura a la presidencia del gobierno de Cydonia el pasado martes. Cuestionado por la situación de su hija, contestó que el crimen tiene destrozada a su familia y reiteró su plena disposición a colaborar con las autoridades terrestres y marcianas si estas así lo requieren. Por último, pidió a su hija, donde sea que estuviere, que se entregase a la policía.

V

Dos, tres, cuatro, cinco automóviles aparcaron en el estacionamiento del Club Rotario Lunar. El verano por fin había llegado y era tiempo de olvidarse de los estudios y la vida por un par de meses. Todos cursaban sus carreras universitarias en la Academia de Estudios Superiores de Cydonia, todos habían decidido escapar, al menos un par de días, de sus casas marcianas. Sus padres, banqueros, empresarios y políticos, se quejaban mucho: lamentaban las numerosas pérdidas monetarias que los nuevos impuestos legislados por las autoridades terrestres estaban ocasionando en sus negocios. Todos estaban exhaustos. Necesitaban  ese anhelado descanso con el que venían soñando desde la época de exámenes finales. Ahora estaban ahí y nada, ni las lecciones de historia y matemáticas, les impediría ser felices; sobre todo en el Club Rotario Lunar, adonde nadie quería ir desde que habían matado al parlamentario terrestre, McKinley, en los campos de golf. Atravesaron las puertas principales del Club llenos de entusiasmo y expectativas. Se registraron con un sombrío y taciturno gerente, quien explicó que, a pesar de los lamentables sucesos que recientemente habían acontecido dentro de sus instalaciones, todos los servicios ofrecidos por el Club continuaban funcionando con perfecta normalidad. Asintieron y siguieron ocupándose de sus vacaciones y nada más que eso; entonces, cuando hubieron dejado atrás al tétrico gerente, Domínguez propuso que tras almorzar en el restaurante, se dirigieran al campo de golf número nueve, donde habían encontrado el cuerpo de McKinley. Domínguez, con un destello de morbo en sus ojos, dijo que, con suerte, encontrarían un poco de sangre seca en el pasto, un arete de Clara Stanford, el arma homicida, con la que la Policía aún no daba. Stevenson, escéptico, negó que hubiese algo que encontrar ahí, los forenses lo habrían levantado todo al procesar la escena. Red estuvo de acuerdo con Stevenson, sin embargo, dijo que quería ir al lugar donde se había forjado la historia, o al menos una anécdota muy curiosa; mencionó la última noticia del caso que los medios, que ahora enfocaban sus artículos en el historial clínico de Clara Stanford, habían dado a conocer: en una nota escrita y enviada por Clara Stanford desde la clandestinidad, esta defendía sus acciones; alegaba la prevención de un bombardeo atómico, preventivo a su vez, que desencadenaría una guerra nuclear entre la Tierra y sus colonias marcianas; bombardeo que sería ordenado por su futuro esposo, William McKinley. Agregaba que estas informaciones le habían sido reveladas por una raza alienígena y que, si se le daba la oportunidad, podría ponerse en contacto con sus benefactores intergalácticos. Red terminaba de hablar cuando Vargas le detuvo: sobre la superficie de Marte; su hogar, uno, dos, tres, cinco pequeños puntos naranjas brotaban aquí y allá, en el Valle de Cydonia, donde las personas, en cuestión de microsegundos, se convertían en sombras sobre el pavimento; las ciudades, en campos arrasados; la vida, en un recuerdo, un eco milenario apenas perceptible.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1995). Estudia Ciencias Jurídicas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Actualmente cursa cuarto año.

Jonás

Imagen: Julián Hernández, Yo Soy la Felicidad de este Mundo, 2017.

 

Por: Carlos Vásconez

Epifanía

Se llamaba Jonás, como todo el mundo. Era rubio, rojo como una tajada de carne, con ojos saltones, zurdo. Solía hervir de mal humor. Repetía hasta el cansancio que a su vida la había dejado impulsarse como un barco sin timón, por las heladas brisas de la muerte, pero en realidad, sobre todo por las maneras que empleaba para hablar con los demás acerca de sí mismo, de cierto modo parecía un niño a quien todo futuro le resulta amarillentamente borroso, ilusorio, perdido.

Sería aproximadamente las tres de una tarde gris. El lugar, el bar Liliput, un extravagante centro de perversión que encubrían con el nombre de Centro Cultural Liliput, llamativo porque todo allí daba la impresión de empequeñecer al cliente. Era fácil darse con un mostrador enorme del cual para bajar jarros o tazas se necesitaba un tubo con pinzas al extremo, y bancas que para lograr encumbrarlas se urgía de unas escaleras que el mesero acercaba, y que no eran otra cosa que una trampa de mal gusto, pues se dependía de las mismas para bajar de aquellos montículos de madera, para dejar de consumir. Lo más notable, sin embargo, era el cantinero, un hombre enorme, con una sonrisa perpetua que acentuaba su estatura, encanecido pero dueño de una verbosidad inagotable.

–Me llamo Jonás, como todo el mundo –se presentó a un hombre que daba vueltas sobre su propio eje a un cristalino cáliz rebosante de la espumosa cerveza color ébano que se destila eternamente en el norte de Alemania en barricas en sótanos oscuros, donde también amontonan las suculentas bayas del lúpulo y las aplastan y las hacen hervir y con ellas mezclan ácidos jugos y llevan el mosto al sagrado fuego.

En la tiniebla se sintieron aletear manos de espíritus. El mutismo, ahora, parece lógico. Supongo que cualquier otra persona habría hecho lo mismo, es decir esperar que acabe aquella frase. Que culmine, por ejemplo, con un lo sabe. “Como todo el mundo lo sabe”, por lo menos. Pero no. Continuó como si viniera hablando desde la prehistoria.

–Un amigo dice que leo a los demás hasta volverlos otros.

Eran las primeras gotas de lluvia las que interrumpían la música ambiente. Cantaba y tocaba Louis Armstrong What Did I Do to Be so Black and Blue. Sin embargo, la voz de Jonás parecía provenir de ese mundo en el que se mezclaban Armstrong y su maravillosa canción, el ruido congénito del bar y la lluvia que del cielo algo quería limpiar.

–Yo recuerdo –prosiguió– que de niño me gustaba hacerme el muerto. Me encantaba aterrorizar a mi madre, pero a decir verdad nunca obtuve reacción suya. Una vez me escondí en el armario esperando a que ella se preguntara dónde me encontraba. Estuve allí durante dos horas, hasta que me aburrí. Salí y la encontré realizando sus quehaceres domésticos. En un arranque de tristeza al ver que ella ni se conmovió ni me buscó, dejé flotando mi sombrero en la superficie del estanque cercano a mi casa, simulé haberme ahogado. Pero mi madre, nuevamente, le restó importancia. Por esa razón volví a intentar sorprenderla haciéndome el muerto debajo de un libro. Acababa de leer y representaba el acto criminal del libro para conmigo, como si me hubiera asesinado. Más nada. Ella seguía planchando y bordando. Lo único que de verdad le importaba era ver vacío mi plato y sentir mi ausencia matutina, la cual significaba que había ido a la escuela.

Descartadas ciertas incoherencias en el habla o algún terrorismo estilístico, propios de hombres que leen cualquier cosa que descansa ante sus ojos, el Jonás Mundo de aquella noche resultaba demasiado cautivante. De alguna manera sí era como todo el mundo, contradictorio, misántropo, que podía hablar del remero de la laguna Estigia, hijo de Erebo y de la Noche, Caronte, con la misma autoridad que recitaría Yo soy un mozo / que gozo / de invisibilidad, al igual que lo haría hablando del coste del pan.

De pronto, y sin ese algo que advierta su comportamiento, se quitó las gafas, llamó al mesero para que le provea las escaleras para descender de su silla y, con el periódico que no había leído, cuidadosamente escondido bajo el brazo, salió de allí pensando: a cada día le basta un periódico para contar que un terremoto ha desolado una isla del Caribe, que han encontrado un nuevo manuscrito de Demóstenes que cuenta que algún día los hombres sabrán todo lo que les pasa a todos por medio de la palabra escrita, que las rimas son un juego cuando una vez fueron un arte, y se lee “la boca que escupe rocas deja loca a quien le toca la poca choca di rimiar fè più ardenti.” ¿Era posible que ocurrieran cosas como la que había pasado en ese lugar? ¿Habría sido una dosis extraordinaria de whisky la que había provocado semejante demencia rayana en la genialidad? Porque había hablado de todo, de cómo en un ejército pueden adiestrar a grandes campeones y no recuerden la enseñanza de Dimetés que mandó decapitar a su invencible lugarteniente porque sus enemigos cada vez levantaban más sus muros, enlistaban desde más temprana edad a sus hijos enseñándoles cómo enfrentar a semejante contrincante, porque cada vez él perdía más hombres en nombre de ese único gran guerrero. Y se refirió a D. H. Lawrence, que acusó de manera ambivalente a Walt Whitman de ser un incesante conocedor, y de cómo T. S. Eliot, sin ambivalencia, desterró a Lawrence por atreverse a conocer la misma luz interior que iluminó a Whitman. Y habló acerca de que ninguna mujer debería casarse con un hombre por ser éste un buen chico. Porque un buen chico no existe –dijo–, no se le puede tomar en serio a quien crea ser uno. ¿Por qué no? Pues por la sencilla razón de que no es un ser completo. Y una mujer no se puede casar con un espectro, aun cuando sea tangible y protuberante.

Y dijo, por fin, que debía salir a encontrar lo que halló el otro en la ballena.

1

El hombre está sentado ante el fuego. Mira atentamente la llama. En la llama cree poder leer el futuro. Sentado allí, contemplando las olas de fuego cuyas lenguas devoran la madera y la hacen crujir como maderos de galeones de esclavos que van muriendo paulatinamente de hambre, se inviste de vínculos con el viejo mundo y con la antigüedad y la tradición. Un hombre de la calle ante el fuego –medita– es como un eremita ante un libro, en el cual encuentra la manera de entender el mundo. Allí todo es suyo, menos su nombre, Jonás, al que considera de todos. Y como todo es suyo, todo es irreal, tierra y cielos irreales, sueños irreales. Esos libros son suyos, ese caleidoscopio que halló tirado en la basura, su escopeta Greener que ya nadie arma y que mantiene rastrillada, el sombrero y la corbata que yacen a sus pies, secándose y que quizá sean las únicas cosas que de verdad le importan. Su oscuro bigote. Sus oscuros ojos españoles. Ese porte de un grande. Un papel en el que escribió mucho tiempo atrás la cifra 1862, sin saber qué le quería decir ese año en la memoria ancestral. Sus sucias uñas enrojecidas por la sangre de piojos aplastados. Una manzana rellena de azúcar. También su memoria tenía sus cosas: viejos abanicos de plumas, un adorno de cuentas de ámbar en el cajón de su madre. Cuando era niño, había una jaula de pájaro colgando en la soleada ventana de su casa. Es suyo el recuerdo de haber cantado como un loco en la pantomima de Turco el Terrible. Es suya la idea de que los hombres ponen sus ojos en él para derribarlo. Es suyo el júbilo fantasmal, en ese lugar apartado de la memoria colectiva, en el que juega con los juguetes que la naturaleza le deja recordar, como un vampiro, como un masticador de cadáveres.

–No tenían derecho. Debieron haberme dejado allí –masculla.

A lo que se refiere es a un viejo desafío entablado con unos amigos de infancia, que consistía en entrar a la casita del perro más fiero del barrio cuando estuviese allí durmiendo y morderlo, y volver con la boca ensangrentada con sangre del can, y que al oírlo gritar, dos de los niños que esperaban expectantes fueron en su auxilio sacándolo ungido, de pies a cabeza, de su propia sangre.

Mastica el aire como otras veces lo hizo con agua, por imaginarse el sabor de su sangre de aquella remota noche. Mastica el aire como se mastica el sabor amargo de la derrota, que queda aferrado en el paladar.

Está en una ciudad a la que otros hombres llaman “allá”. Siempre ha estado allá. Allá es donde ha hecho todo. Lo imaginable y lo que pocos imaginarían. Ha estado en noches turbulentas con toda clase de criaturas. Ha encontrado placer carnal en muros o en postes. Ha violado y ha intentado ser violado. Ha reído y ha llorado hasta batir cualquier intento de récord mundial. Ha disparado su escopeta Greener al cielo, imaginando dónde caería esa bala, sobre qué corazón. Ha exhortado a hombres a cometer actos impúdicos con la réplica de que todo hay en el mundo, y todo en un mismo contexto, pero en distintas latitudes. Ha jurado encontrar hombres bailando danzas profanas en Iglesias católicas. Ha jurado no descansar hasta dar con el hombre más bueno del mundo, que no podía estar en otro lugar que no fuera allá. Ha creído hacerlo todo y ha descubierto, por fin, que nada hay valedero en el mundo salvo él, Jonás jugador, Jonás corruptor, Jonás amante profesional, Jonás reverendo pastor. Era absurdo que dudara de tan evidente realidad. Jonás era un hombre polifacético y con amplias perspectivas, que vivía en el mundo. Jonás, el hombre de mundo. De un mundo pletórico de nuevas posibilidades que él sabía percibir. Por eso Jonás estaba sentado ante el fuego, tratando de leer el futuro, esperando que Dios se le manifestara en la llama. Pero él sabía que el Señor se da nuevas formas para comunicarse con sus profetas. Ahora los posee. Titiritea sus manos y sus pies, mueve sus bocas como el ventrílocuo perfecto. Sabe cuál es el destino.

2

Jonás se hallaba comiendo cuando llegó Stelle Arnaud al restaurante Sbisa. Ella lo miró de lejos, reconociéndolo.

–¿Me recuerdas? –le preguntó cuando se acercó con una copa de ron en su mano derecha.

Había amado. Se había casado: sacramentalmente. Había sido feliz.

Jonás arqueó las cejas, gesto que a Stelle no le dijo mucho, por lo que sonrió y tomó asiento.

–¿Te gusta el olor del whisky? –preguntó Jonás.

La otra meneó la cabeza.

–Yo tenía mis faltas. ¡Yo era débil! ¡Esta maldita bebida! ¡Sí, maldita! Porque me hizo fuerte –y entusiasmado, vertió su whisky en el suelo.

Stelle hizo una seña a la camarera:

–Otro whisky para este caballero.

–Si alguien me hubiese sostenido, yo habría podido curarme. Sí. Por ejemplo, una mujer pura, como tú. Una mujer que no sea seducida por la paz, que no busque una vida placentera. Que entienda que la horrible serpiente entre la hierba es la que más necesita caricias y mano dura. Pero esta maldita bebida es la culpable. Hoy he hablado en público. He vociferado ante una veintena de personas que se dieron un rato para oírme. Pero su reacción me desanimó. Todos me escucharon atentos, pero nadie dijo nada, se limitaban a asentir. Ay de este pobre mundo, con hombres que se detienen porque creen que alguien puede darles una solución y que a final de cuentas vuelven a partir hacia sus vidas pecaminosas. Dios lo ha intentado, en todo lugar y a cada momento. Cómo se ha esforzado. Ahora sé que viene el tiempo final. No creo que mate a todos, que haga caer lava sobre las ciudades o algo así, pero estoy seguro que dará su zarpazo definitivo. Que se encargará de las prostitutas y sus proxenetas, que hará añicos a los embusteros y que acobardará a los pedantes. Sé que pronto su mano caerá fuerte.

–Mi querido Jonás, no te he visto desde el último año de colegio, pero sí he oído hablar de ti. No creí que fueran ciertos todos esos chismes. Saldré sorprendida de aquí, te lo aseguro. Solamente quisiera decirte que Dios no toma esas represalias así porque sí. Si lo hace, lo hace con un convencimiento de que aquello es lo último…

–¡Cómo osas…! Te atreves a decirme que entiendes los designios del Señor. Que sabes las razones últimas de Su obrar. ¡Habrase visto insolencia! ¿Quién eres tú para creer que Dios te ha contado en sueños sus intenciones últimas? ¿O acaso te consideras en la capacidad de entenderlo? Entre niños, entre ebrios, entre mujeres, entre esclavos se entienden porque comparten sufrimientos o estados mentales. ¡Qué podría compartir con Dios una mujer apátrida como tú que se ha sentado a escuchar chismes sobre patriotas como yo!

Bastó para hacerla levantarse de su silla, para que palidezca ante una tierra ensombrecida y tome un camino distinto, atragantándose el ron hasta hacerle expulsar una lágrima de tristeza. Había conocido a Jonás porque, de chica, durante su época de prosperidad, había ido a la escuela con Susan Borlop, hija de exiliados polacos. Cuando murió Susan, amistó con hombres y, entre ellos, con Jonás, quien nunca le pareció ni interesante ni agradable. Después de esa diatriba del hombre, a ella no le quedó más que recordar por qué nunca intentó intimar con él.

3

Esqueletos de vías. Señales de peligro. A diestra y siniestra mujeres apoyadas a las paredes. Hileras de casas mugrientas con puertas entreabiertas que, para catar lo que ofrecen, invitan a ingresarlas. Hombres y mujeres raquíticos se pelean por entrar. Parece Ellis Island, cuando emigrantes europeos querían franquearla y optaban por disputar un turno. Allá hay de todo, menos salubridad.

Jonás pasa por allí. Le dan sacudidas algunas mujeres dementes. Hay una pigmea que le jalonea los pantalones y que luego se balancea en una cuerda, absolutamente desquiciada, creyéndose malabarista. Un hombre recostado contra un basurero, gruñe y ronca, y una especie de gnomo hurga en ese basurero, se agacha para echarse al hombro un saco de trapos y huesos. Jonás, sobre cartones apilados, se ubica en el centro de esa perfidia. Hay que verlo levantar las manos y pedir atención. Desde una esquina es visto atentamente por dos guardias nocturnos que no pretenden entrar a esa oscuridad, pase lo que pase.

Se rompe un plato. Una niña chilla. Figuras errantes atisban desde agujeros. En un cuarto alumbrado por una vela metida en el cuello de una botella, una mujer le quita las ladillas a un niño escrofuloso. La voz de Jonás parecería cantar, aguda, pero nadie lo entiende. Es como si estuvieran mirando una película de idioma extranjero pero sin subtítulos. Al ver que todos vuelven a sus monotonías, Jonás se alegra y siente que en su interior corre la voz del salvador, que entiende que al Reino entrarán los pobres, los marginales, los que pueden lanzar a la vez por la boca y el esfínter una salva de pedos.

Buen trabajo para una noche.

4

Un aura de misterio lo envuelve. La barbaridad, que en ocasiones toma el nombre de odisea, aturde su cabeza. Él cree que es la luz, que se instala allí definitivamente. Enciende el fuego. Habla con Dios. Parecería darle reseñas literarias, que deberían ser temidas y esperadas con fruición por aquellos a quienes su ingenio y sus dardos envenenados no tocan. Éstos sí, éstos no.

De tanto hablar solo, cae rendido de cansancio. Cuando recobra el aliento, cruza a todo correr la Carretera 102. Ni siquiera sabe por qué corre. El ambiente está helado. Le duelen las orejas y apenas puede mover los dedos de las manos.

–Abran –dice casi en voz alta.

Una señora corpulenta abre. Compra un periódico y por fin lee, buscando algo que sabe que debe estar en algún lugar del diario. Debe ser un anuncio. Una frase que Dios debía haber escrito en el periódico. La señal definitiva.

Tras no encontrar nada y para matar el tiempo, se afeita con una navaja usada. El mundo parece deshabitado. Pero no es así, antes había comprado el periódico a una mujer de brazos desproporcionados, tomando en cuenta su estatura y el grosor del resto del cuerpo, a quien además había dado las gracias. ¡Vaya favor!, piensa.

Silba y los silbidos le atraviesan su propio tímpano. Desafina mucho y para colmo siempre elige la misma canción. Se pregunta, por la saliva que tiene que tragar para volver a silbar, si alguna boca querría su boca para su beso, esa boca que tanto desprecio demuestra en sus fruncidas formas. Y canta: es hora de que su pobre alma retorne al cielo. Decían –se dice– que los nacidos en un jueves llegarían muy lejos; pero no creí que tanto así. Tanta pasión que lo roe desde adentro, toda la torpeza humana aglomerada en su interior para que, intempestivamente, se apodere de su cráneo una imagen de mujer. ¿Cómo metaforizar aquella imagen? ¿Cómo quitarle lo ideal y dejarle la esencia de una mujer? ¿Cómo no extraviarse en el sentido de la belleza? ¿Cómo despegarse del pellejo el ansia, la sensación de ese cuerpo lejano? ¿Cómo decir que una mujer debe ser usada, que ella tenía derecho a su parte de viuda, tenía derecho a legarle a él a Satán burlón? Un cigarrillo –piensa, hermoso de tristeza–, por el amor de Dios, un cigarrillo, así me callo, dejo de silbar y no me vuelvo a acordar de ella, de sus besos. No tiene cigarrillo. Pero sí hambre, que en su defecto da lo mismo.

Venus le ha contorsionado los labios, como en acto de oración. Como en acto de oración, ve al cielo. Le parece muy natural sentarse a contemplar la luna, o las estrellas, o lo que sea que hubiere en el firmamento. Lo ve asombrado, como el primer hombre, aquel que le dio su nombre. Piensa con algo de ingenio: Está en posición de firmes, incólume, y firma algo, quizá la frente de todos los que lo ven. Ah, de eso trata el Ramadán. De ver al firmamento limpio, sin ataduras físicas. Luego se desata en improperios: Pero qué diantres espera. Mi expiación no llegará de no ser que Él ponga cartas en el asunto.

A pesar de todo, Jonás se la pasa bien, no se puede negar. El monstruo que tiene adentro lo molesta un poco, pero pronto vuelve en sí, debajo de ese firmamento que odia para añorarlo más. Recuerda que una vez, ya entrado en la adolescencia, se la pasó toda una tarde refregándose contra la falda de su madre, quien lo sabía, pero que le toleraba los caprichos más absurdos con tal, pensaba, de que no se meta en su vida, que no le pregunte quién es su padre, por qué nunca está en navidades, cuál era la razón por la cual ella nunca conversaba con él a no ser por sus calificaciones o proyectos futuros a los que, como todo buen adolescente respondía con un encogerse de hombros, para terminar pensando que podía desfigurar a su madre, dejarla hecha un estropajo, inservible para las necesidades domésticas, para el amor, para negarle los cariños que creía merecer. Pero eso sí, la podría usar para otras cosas, para promocionarla como doble de películas de terror; no dependería de maquillaje alguno y sus solos movimientos bastarían para espantar en la pantalla, o en el barrio, y ser respetado por fin, el respeto que no logró, por ejemplo, de ella, cuando fingía morir, o de sus compañeros, cuando el perro le ganó la batalla.

Volver a casa, herencia materna. Esa casa inservible que quedaba un poco en el más allá. Volver a restregarse la entrepierna en los vestidos vacíos y raídos. Encender el televisor. Escuchar, casi dormido, que el mundo pertenece a la derecha. Su mundo. Que pertenece a la derecha y a los que son humanos. Y decirse: ahora lo entiendo. Soy zurdo y sobrehumano. ¡Así cómo iban a hacerme caso!

5

–Hola –escuchó Jonás, sentado ante la barra del bar Liliput, lo que lo distrajo de su estrujar a una servilleta, lo que a su vez lo hacía en diversas formas de tortura, creando minúsculas momias retorcidas–, ¿cómo está?

Giró la cabeza y miró de reojo a un hombre de rostro curvilíneo e informe, como el de un niño, que chupaba con fuerza un tabaco, sintiéndose casi irritado de ese poco cuidado que infundía. En realidad, lo que ocurría era que se hartaba de pensar que alguien no lo conocía. Tras un segundo de vacilación de si hablar o callar, volvió la mirada al fondo de su copa de whisky.

–Hola, he dicho. Está bien. Tal vez sea usted uno de esos caballeros que van a los bares a perderse, a invisibilizarse o alguna de esas cosas. Pero yo no soy de aquellos. Me llamo Óscar…

–Eso es imposible –reaccionó Jonás–. Usted debe llamarse Jonás.

Óscar se le quedó mirando una fracción de segundo e inmediatamente rompió en carcajadas estruendosas y antipáticas que denotaban un alto sentido del sarcasmo de su parte.

–Vaya manera de empezar una conversación, amigo mío. Le digo que sé bien cómo me llamo. Mis padres me pusieron el nombre Óscar en honor a Óscar Fleming, un conocido suyo. Tal vez habrá oído hablar de él.

–No. Y lo que extraña es que usted venga con supercherías a incomodar a una persona que posiblemente esté, frente a su copa de whisky, ingeniando una obra maestra que podría cambiar el devenir de los hombres.

Ante esas palabras, a Óscar no le quedó sino hacer un esfuerzo, evidente por el entrecejo fruncido, por reconocerlo como alguna personalidad pública.

El bar Liliput no cerraba nunca. Sus clientes podían permanecer allí, a pesar de la ley, y consumir venenos embriagadores hasta la hora que les pareciese. A medianoche cambiaban a sus camareros por unas muchachas muy alegres que cada veinte minutos bailaban sobre una tarima desproporcionada danzas eróticas y que servían a los clientes alcohol a mitad de precio. Precisamente en ese momento, un trío de camareras comenzó su rutina.

–Vaya –empezó Óscar–. Por eso prefiero la noche. Cuando la noche alcanza la mayoría de edad, se pone buena. Lo único malo es el amanecer. A esa hora es horrible. Cuando las botellas están vacías, cuando empalidece el sol las caras de los borrachos, éstos parecen cadáveres y ese deseo de antes se vuelve repugnancia. Aunque, para serle honesto, yo tengo debilidad por los espectáculos mortuorios –añadió sin notar la incomodidad de Jonás, quien quería bajar de la silla sin hallar forma de hacerlo, al menos no sin lastimarse gravemente.

La mano de Óscar esbozó una larga caricia en el aire. Parecía el movimiento in crescendo de un director de orquesta que alista el clímax de la sinfonía. Jonás vio brillar la luz en las gotas de whisky que se equilibraban en las puntas de los dedos de Óscar, quien siguió bebiendo y sonrió a su bebida inclinada y a los labios de una camarera, la señorita Douce que casi canturreaba, sin cerrarse, el canto oceánico que sus colegas entonaban en el escenario.

Recién en ese instante, notó Jonás que ese vocinglero expulsaba un aroma un tanto inusual. Tuvo que escarbar en esa memoria suya, que tenía solamente cosas suyas, y que casi había embodegado ese olor. Luego, la droga se le hizo inconfundible.

–¿Sabe qué hice hoy, amigo Jonás? Hoy me inscribí para el seminario católico. Aquí donde me ve, pronto seré monaguillo, se lo juro.

¿Monaguillo aquel hombre que bordearía fácilmente los cuarenta y cinco años? El semblante de Jonás iba opacándose poco a poco, pero ahora no era un resultado de su repudio para con la situación, si no más bien una suerte de extrañeza, la misma que siempre creyó provocar él en los demás.

Óscar prosiguió, indiferente a Jonás y de alguna manera motivado por el contoneo incendiario de aquellas chiquillas:

–Y le puedo decir, hip, más… Eh, ¿cómo era su nombre? ¡Va, como si eso importara de verdad! Le decía que le puedo decir más. Por ejemplo, hip, he descubierto las palabras de algunos conceptos habituales de la gente. Dígase, cuando alguien no sabe, hip, cómo llamar a un inglés, lo mejor es decirle Jhonny Walker. Inmediatamente se identifican. O, ¿cómo se llama el, hip, el lugar que hay que visitar en viaje de novios y que luego causa muchas decepciones?, pues Italia. O, ¿dónde todo es de porcelana: el piso, las mujeres, los recuerdos, hasta la seda?, en Japón. O mejor, dígame, amigo, hip, ¿cuáles son trabajos inútiles? Pues bien, las pirámides, los internados para drogadictos, los sermones sacerdotales, la enseñanza de la letra manuscrita, ponerle a una hija el nombre Delphine, tratar de hacer que los demás se parezcan a uno, es decir, el ego. ¿Cuál es la cosa, hip, perdón, cuál es la palabra que infunde respeto y nadie sabe qué es? Numismática. ¿Qué nombre sería ideal para un gladiador romano? Pues Póstumo.

Y en esto se detuvo. Jonás, como un mal alpinista, intentaba bajarse de la silla. No soportó más, sobre todo después de oír la palabra ego.

–Pero amigo, se va a hacer daño –fue lo último que oyó antes de caer de trasero en el suelo y llamar la atención que de todos hasta entonces estaba posada sobre las bailarinas, antes de salir a empellones del bar sin pagar la cuenta, antes de irse de bruces sobre la acera y en el mareo creer que en su vómito se leía Óscar, por más que quiso hallar en su lugar la palabra Jonás.

6

Durante el invierno y los malos tiempos, cuando la nieve se apropia de los bosques y del ánimo, las huellas aparecen y desaparecen con frecuencia, los copos desfiguran los monumentos y esconden las escenas de muerte. Los cuentos de invierno son sacados a la luz.

Jonás está sentado, con la paz de Dios susurrándole en la cabeza paz, paz, paz, de caqui de la cabeza a los pies. Se siente como absorbido en aquella paz, en esa blanca tranquilidad invernal. Le apetece un trago de licor. El turbio licor lo calma. Pende entre la calma y la calma. Y todo se tranquiliza poco a poco, y todo cuanto lo ha hecho opaco –todo el ruido del mundo, todas las inquietudes, todos los deseos, todos los sentimientos personales– comienza a caer sin ruido en lo invisible. El turbio licor cada vez se trasluce más. Detrás de aquella bruma que se disipa poco a poco, está la realidad, está Dios. Es una revelación lenta, progresiva. “Paz, paz”, murmura para sí; y las últimas arrugas se calman sobre la superficie de la vida, anonadadas por la calma absoluta. Ya no tiene deseos ni preocupaciones. El licor, ahora, es completamente claro, más claro que el cristal de la botella que lo contiene, más diáfano que el aire. Ya no hay bruma. No nieva. Descubre que la realidad sin velos es una maravillosa vaciedad; es la nada.

Jonás despertó con el ruido de un ladrido que a aquella nada la transformó en todo. De mala gana, y con algún dolor, surgió de aquel divino ensimismamiento. En las colinas, la luz del sol brillaba triunfal; y el cielo, ya sin nubes, era de un azul verdoso, como la pálida agua. Tenía los miembros entumecidos. Al verlos, el perro trotaba contoneándose en torno a un banco de fierro donde dos enamorados se desfogaban, olfateando por todas partes, buscando quizá algo perdido en alguna vida pasada. De repente salió disparado como una liebre que salta, las orejas echadas atrás, en persecución de la sombra de una gaviota en vuelo raso. La pareja no le dio la menor importancia. Jonás se dejó llevar por un impulso y dio un silbido chillón que le hirió al perro las flojas orejas. Éste se dio vuelta, trotó despreocupado de sus amos y de la gaviota en dirección de Jonás. Se detuvo, con las patas delanteras rígidas, en el borde de encaje de un riachuelo, las orejas aguzadas hacia Jonás. Volvió a silbar chillonamente y el perro movió la cola. Su hocico levantado ladró al silbido. Volvió a ladrar mientras corría hacia él, se irguió y en ese momento, gracias al fervor útil de los decepcionantes recuerdos, como un oso, Jonás aprovechó para morderlo en pleno cuello, ahogándolo. Fue un mordisco majestuoso y tan acertado, que el perro no tuvo tiempo de emitir sonido alguno, tal vez éste también sorprendido por aquella actitud inusual en un humano. Muerto el perro, Jonás lo olfateó; más parecía buitrear al perro. Ah, pobre cuerpo de perro. Ah, Jonás exultante, redimido.

El callejón de vuelta a casa. Calle de prostitutas. Harún Al-Rashid, así se llama la calle en honor al hombre que guiaba a otros hombres por el barrio de las putas en Dublín. Esas mujeres acercan sus senos lo más posible a los hombres que pasan, los exponen como se venden melones en Portobello. Él sonríe. Piensa en fruta cremosa. Sus pies lívidos, saliendo de sus pantalones remangados, azotan el asfalto. Una bufanda color ladrillo estrangula su cuello. Unos mujeriles pasos lo siguen. Le flota el pelo al aire, tras la cara áspera. Esa mujer, que esconde en la noche los defectos de su cuerpo, lo llama. Le pide que la besuquee, que se la coma, le dice te la chupo, estoy cachonda. Una blancura de diabla que viste andrajos.

7

Sí, estaba maldito, tanto como un jirón de naipes guardados en un bolsillo de pantalones, tanto como unos ojos en el desierto, tanto como un náufrago en altamar, desfalleciendo de sed, o como un hombre que manda una carta de amor vía paloma mensajera, pero en una paloma que antes se encargó de enceguecer, o, ¡lamentable!, como un mimo que descubre que su mejor silencio es la palabra. Este Jonás del mundo, este Jonás que quiso ser todos los hombres, estaba maldito, como si hubiese nacido por la oreja de una mujer sin trasero. Además, para ser todos los hombres, hay que ser un muerto. Estaba condenado, siente tanta vergüenza que el registro de criminales del mundo, manchado con todos los demás incestos y bestialidades, apenas siente su quebrantamiento. Entraba en las estaciones del metropolitano y con el periódico bajo el brazo, habitual en él, hablaba con la gente de que el mundo debe cambiar. Que cómo era posible que nadie percibiese que, de seguir las cosas como están, el final se aproximaba, que Dios, o Su ira, pronto fulminarían todo. Y nadie le hacía caso. Allí se lo podía encontrar, predicando la Buena Nueva, advirtiendo las calamidades. Pero estaba maldito, nadie lo puede negar, nadie le creía ni una sola palabra. Un loco más, decían unos. Otros, lo escuchaban por pena. Y había quien se encolerizaba y lo insultaba o intentaba agredirlo. Pero estaba maldito el pobre de Jonás. No olvidaba los cuadros amarillentos de su infancia, los que se habían amarillado por el paso de los años y los que aparecían amarillos por ese lejano y borroso porvenir que nunca llegó. Todo ese trajín, la palabra de Dios en su boca, no era otra cosa que una excusa. Una justificación para su mala fortuna.

No regresó a Liliput en un buen tiempo. Arregló su casa, hasta casi volverla un hogar. Pensó seriamente tramitar el traslado del cuerpo de su madre, que descansaba en el camposanto, para enterrarla donde ella siempre quiso y que él se empeñó en objetar ya muerta ella, bajo el roble del patio de atrás. Encaminó los bienes familiares e invirtió buena parte del dinero heredado en la bolsa de valores. Pero al regresar al bar, se sintió Gulliver, porque su suerte había sufrido un vuelco.

–Señor Jonás, por favor –le invitó el camarero a tomar asiento.

Abrió los ojos con expresión de alegría y curiosidad. Luego frunció el ceño. Era un guapo joven con mucho garbo que le acercó la escalera para que Jonás subiera a la silla. Buena raza, pensó Jonás.

–¿Qué se le ofrece?

–Una cerveza, tal vez.

–Disculpe que me entrometa, pero usted siempre se pide un whisky en las rocas.

No podía creerlo. Lo recordaban. Su esfuerzo no había sido en vano. Recordaban su rostro, por lo tanto recordaban su misión o sus alegatos, la de un hombre que sabe que si ha de vivir debe hacerlo sin timón y en el delirio, tal como lo pregonó Santiago. De repente, Jonás Mundo fue Jonás Donsonrisas, Jonás Ojosdeplacer, Jonás Miradaclaratímida, en suma, Jonás Cualquiera.

Con un largo suspiro, asintió a la sugerencia del camarero, y volvió sus gafas a la nariz. Dominado por una ardiente alegría, Jonás el superhombre, Jonás el maestro de literatura francesa, Jonás el mentiroso, se obligó a pensar en su vida, buscando con alivio la imagen que más le gustara, y no halló nada más grato que ese momento. La corbata en arco, el cuello cruzado, los dientes en los que aun sentía residuos de sangre de perro, el cerebro lastimoso con despreciables recuerdos, los gestos mecanizados, groseros, el exceso de audacia de los ojos y, en la boca, la curva aplastada de la resignación.

Y si éste era su posible destino, si por el sólo hecho de vivir corría el riesgo de ser popular, de llevar podrido el cerebro una decena de años antes de que se le pudriese el cuerpo, pues habría de acoplarse al mismo. Pensaba en la vida, y no sentía que ella fuera su fatalidad. Una fuerza ciega lo obligaba a crecer, a gozar, le interesara o no.

–He aquí, señor Jonás, su whisky –dijo el camarero con gran rapidez, como apurado.

Jonás se lo agradeció con una sonrisa entrecortada. Lo que en verdad agradecía era el haber escuchado de sus labios, otra vez, su nombre.

En esos labios, pensó, me siento como una oruga en su capullo.

Brindó en silencio por sí mismo, una, dos, tres veces. Proverbialmente apacible, colosal, incontenible, frenético, ambiguo, universal y único, como un hombre que sabe que quiere masturbarse pero que no encuentra en ningún lugar una imagen satisfactoria, digna de sí mismo, de su hartazgo que pronto ha de devenir lastre, Jonás se levantó, bajó las escaleras de la silla, por un extraño impulso contó quince segundos antes de abrir la puerta y salió del lugar.

8

De tanto loco está lleno el mundo, se dijo ella, que terminó por aceptar. ¡Con tal que me pague! Hay que verla frotando el índice contra el pulgar para indicar dinero.

Y empezó a decir Jonás, en varios tonos, lentamente o como en un asalto de cólera. Espantada como si el fin del mundo fuera ese nombre. No lo dijo ciento una veces. Lo dijo más de quinientas. Lo dijo en do menor y la siete. Lo dijo acongojada, llorosa, sonriente. Enronqueció para decir Jonás. Cantó: Jonás, Jonás, Jonás. Y él la pausaba. Y él la apuraba. Cuando la pellizcó, le pidió que en lugar del ay cotidiano o cualquiera otra expresión dijera Jonás. Cuando la besó, con su lengua adentro de ella, le pidió que dijera Jonás. Cuando por fin la penetró, cuando fueron uno, ella no podía decir más que Jonás. Cuando batallaban, cuando se ensartaban con dificultad, cuando hallaron la posición perfecta, cuando ella empezó a gritar Jonás, Jonás, como una mujer medio demente, cuando la carne se hizo sangre de tan herida que estaba. Cuando entendieron que estaban embrujados, convencidos por una rutina. Cuando todo fue claro y llegaba a ellos el retoño, ella no dijo más que Jonás, y él se limitó a escucharla.

Jonás conoció el oprobio, la duda y culminó sus días como admirador de la diversidad. Acudió seguidamente al burdel y de tan gigante que era, supo que ya no cabía en el bar Liliput. Era fácil verlo por allá de la mano de una morena africana de diminuta cintura que parecía indiferente a sus afectos y que se mantenía tercamente muda, besándola una y otra vez ante la repugnancia de la gente, jurándole que aquella noche estaba drogado, con algo callejero e involuntario, gente a la que respondía que no sabía a qué se referían cuando le preguntaban si él era aquel Jonás que deambulaba con la palabra de Dios a flor de labios, el mismo que ahora, cuando le toca presentarse ante alguien, se inventa, sin aspavientos, un nombre distinto.

De vez en cuando, sin razón alguna, se puede jurar que se pone a sollozar. Casi siempre está exhausto y a veces, muy pocas veces logra dormir.

–Mujer –le dice a la morena–, es que a veces se me va el alma en los sueños.

 

Sobre el Autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta (2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .