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Capítulo IV “Mindotown”

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Por: Santiago Peña Bossano                                                Foto: Lineth Paz @coleslawhat

 

MINDOTOWN
CAPÍTULO IV

La terminal está repleta de gente. Van con maletas de ruedas a tal velocidad que hasta parecen no tener miedo. No es que yo tenga miedo. Pero algunas decisiones pasan sin darnos cuenta. Me dispongo a hacer carrera con un viejo por ver quién va más lento hasta taquilla. El bus de las once está completo y debo esperar al de las doce. Mientras imprime el boleto alcanzo a ver el final de una noticia en el televisor, acerca de la muerte en carretera de varios pasajeros por un conductor ebrio. El de taquilla levanta las cejas con sonrisa de ya imprimí el billete y me lo extiende. Me alzo de hombros. «¿Tanta gente a Mindo?», pregunto. «El fin de semana es el equinoccio, por eso van tantos. La mayoría va a Nanegalito».

Me siento en el suelo a esperar. Todos tan en su mundo que no los interrumpo por fuego para mi medio cigarrillo. Envío un mensaje al grupo diciéndoles que en este preciso instante me voy a Mindo. Les explico que no hubo opción. Sé que Pablo está en Loja visitando a su abuela y Miguel en Oahu con su hermano. No les digo lo del gato. Miguel me sugiere —casi como orden— que escriba un poema, que Mindo es el lugar de la poesía y que cuando nos encontremos querrá leer un poema mío. Le digo que se joda y que se largue a surfear. No le hubiera respondido así, si no hubiera dicho: «vos que eres medio raro». Luego envío un emoticón de esos que se ríen como en broma. Busco en el celular: equinoccio, «ocasión del año en que el sol está situado en el ecuador celeste», bla, bla bla, «punto más alto del cielo…», bla, bla, bla, «fecha vinculada al ciclo agrícola andino…», etcétera. Por suerte en la ciudad no se conoce de esto ni se lo celebra. Una máquina de lotería reluce ante mí y comienzo a sentir esperanza; algunos estamos en la tierra para ganarnos la lotería. Compro un billete, lo beso y lo guardo sin raspar. Recostado en el suelo me sonríe un viejo de barba larga y descuidada. Apoyado en la máquina parece cohibir una carcajada, quizá por el beso que acabo de darle a mi billete de lotería, creo que incluso hice el sonidito, cerré los ojos y todo. Estoy por darme vuelta pero el viejo me pregunta a dónde voy. Regreso a ver a ambos lados. Unos alemanes están sentados más allá. Más o menos a unos diecisiete pasos para la izquierda. No sé por qué me acerco al viejo. A Mindo, le digo. No sé por qué le respondo. Aprovecho para pedirle fuego. No tiene encendedor ni fósforos. Permanece unos segundos al parecer buscando algún recuerdo o una historia. Esta sí que es clásica de los viejos. Y me arrepiento por haber comprado la lotería en esta máquina. Habiendo tantas otras, incluso  la señora del kiosko de la esquina. Pero es tarde… Comienza con voz de abuelo   a contarme que le dicen el perro y que vivió en Mindo hace un tiempo, que conoce a varios allá y que, en el bar, pida a Tea una copa en su nombre, es un mundo pequeño, dice. ¿Te-a? Sí, Tea, atiende el bar. Okey, ¿cómo te llamas? El perro. Bueno…, en realidad me dicen así por Diógenes el perro. Dile a Tea que el perro le manda saludos y sabrá quién soy. ¿Conoces la historia del perro? Niego con la cabeza mientras pienso que no está tan mal estar con este anciano. «Verás…», comienza, «Alejandro Magno quería conocer al perro y un día se acercó ofreciéndole hacer por él cualquier cosa que le pidiese; el perro, que estaba recostado en el suelo, respondió: ¡Apártate…, que me tapas la luz del sol! Esa es la diferencia entre el mendigo y el vagabundo, la buena voluntad de las donaciones desinteresadas, no el regalo con deuda; por eso Diógenes despacha al gran Alejandro que busca congraciar su conciencia. Tú que compras la lotería deberías intuirlo: el artista parece estar condenado a la pobreza como si militares o reyes tuvieran más importancia. En Mindo lo que debes realmente es bañarte en la cascada. Fundirte con la naturaleza. Nada más. Ahora que vas a Mindo deberías saberlo: el arte no es sentarse a escribir, la vida misma es Poesía. Es decir, lo sencillo que no entendió el Alejandro por ser demasiado magno. ¡El arte es el bufón de los oficios de verdad!» Y tras decir esto, guarda un silencio de lápida. Espero un rato por si dice algo más. Le doy el primer billete que sale de mi bolsillo y me marcho.

Están abordando. Dejo el equipaje en el maletero izquierdo del bus y me dirijo a mi asiento. 17A, me toca ventana y me alegro porque puedo mirar los animales apachurrados en la carretera. Intento ver al perro desde el bus pero me tapa una columna metálica. Él se queda en la estación. Tranquilo. Esa es vida. Y ese otro Diógenes que reduce al Alejandro a nivel de suelo… Hay que tener orgullo de vagabundo para rechazar algo así, es decir nada que perder. Si me preguntara el presidente qué puede hacer por mí, le pediría una pensión para no tener que trabajar. Lo que sí, tiene razón respecto a los artistas bufones; los oficios que más dinero pagan son los que requieren mentir o de los que depende la vida de alguien. Si es así, la literatura debería incluirse en el grupo de las mentiras, además que la vida de los personajes pende de un hilo o del ánimo del autor. Y eso no es ninguna broma.

A mi derecha están unos indígenas vestidos con sus trajes y unos gringos les toman fotos. Detrás un grupo de jóvenes y más adelante un beatnik que, de seguro, va a Mindo. El bus arranca y me acomodo en el espaldar. Veo en diagonal a una chica que se toma una foto con su celular para luego editarla: duda largo rato ante cada filtro, vuelve al anterior, sube el brillo de la pantalla y lo disminuye, cubriendo todas las posibilidades antes de subirla a redes. Por suerte nadie se sienta a mi lado. Es horrible cuando vas junto a un obeso de esos que te arrinconan contra el vidrio con su manteca. A la altura de la Mitad del Mundo ponen una peli. Miro por la ventana. Debí sacar el cuaderno para escribir el puto poema de Miguel. Igual no sé de qué escribir. A veces lo odio con todo mi ser. Una vez fuimos a ese museo del sol donde paras un huevo sobre una aguja. Creo que eran las fuerzas magnéticas de la tierra que hacían girar para un lado y para el otro el agua. Los niños hacían fila para comprobarlo. «¡Ilusos!», dijo, «¡Qué truco tan barato!» y nos fuimos. Yo sí quería botar agua en los diferentes hemisferios pero no lo hice. Por Calacalí caigo en cuenta que la de la foto se ha dormido y desde mi posición puedo ver dentro en su escote. Le pido un esfero a la pareja de atrás. No tengo dónde escribir. Uso el revés del boleto. Escribo lo primero que se me viene:

Mientras más creces te vuelves menos exigente; cualquier trasero alucina y magnetizan los pezones en punta. Cualquier lugar donde calmar la erección: montículo, loma, o duna de señora de mercado, de doceañera octogenaria, boca de prostituta polaca o princesa virgen de castillo. Mano, agujero o roce de sábana.

¿Se debe conocer Polonia para escribir sobre una puta polaca? Rompo el papel en dos y lo meto en el bolsillo para no hacer basura. Las polacas deben ser rubias sin mucho cuerpo, pero la fama del Este y la pobreza nos hace pensar que son cosa seria. Siempre me gustaron las niñas y las mujeres que lo parecen; o sea, todo lo opuesto al modelo exhuberante en que el busto es del mismo tamaño que el trasero. Ahora creo que me da igual. Supongo que la vida te pervierte o los años de quietud se acumulan estallando en los metros, en los baños y en los sueños, en culos gigantescos, horripilantemente excitantes; tarde o temprano la soledad te obliga a ver escotes y reprimir esa desesperación de lobo estepario. Te acostumbras a volver el rostro evitando los culos en las gradas eléctricas. Seguro las vacaciones de verano las dan para que los profesores no violen a sus alumnas de falditas y puperas ultracortas.

El bus hace una parada en Nanegalito y lo agradezco porque aquí venden las mejores empanadas de viento de la región. A fin de cuentas creo que paró por una vieja que seguro tiene incontinencia y le vinieron súbito las ganas. ¡Cinco minutos!, grita el chofer. Bajo del bus por cigarrillos pero solo hay Marlboro. Entro al primer lugar donde veo pailas con aceite y pido dos empanadas y un vaso de morocho de dulce. Algunos de los indígenas del bus entran a la fonda y se sientan. Voy al baño. No hay jabón ni toalla. Mojo mis manos y me veo en el espejo: la suciedad me refleja pecas en el rostro. Mi morocho está listo. Espero un rato que se enfríe. Es blanco como nieve —supongo—, porque no conozco la nieve. Me entran ganas de hacer una bola de morocho y lanzarla al chofer por los frenazos y las curvas. Bola que cabe en la mano y quema de lo recién hecha. Salgo de la fonda. ¡El bus no está! Corro de una esquina a otra buscándolo en las transversales. ¡¡¡No aparece!!! Le pregunto a un niño que señala un punto verde alejándose por la carretera. Los indígenas siguen bien instalados en las fondas sin intención de moverse. ¡Se llevó mi maleta! Luego de un rato me resigno y compro media de Marlboro. Mientras fumo, pienso que no todos van a Mindo. Las viejas en los portales me miran y sonríen sin dientes.

 

Bibliografía:

Peña Bossano, S. (2017) “MINDOTOWN” Quito: Manzana Bomb! Ediciones & Cactus Pink

Sobre el autor:

Ganador del XL Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, género ensayo (2015) en Ecuador. Realizó un máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Director de edición de Cactus Pink en Quito. Coordina talleres de escritura creativa en Kafka Escuela de Escritores. Ha sido antalogado en Los que vendrán (2014); Nunca se sabe, antología nuevos narradores ecuatorianos (2016); Vértigo, ocho ensayos de temas escabrosos (2016); Despertar de la hydra: muestra del nuevo cuento ecuatoriano (2017); ha publicado Estética de la indolencia (2015), Mindotown (2017) es su primera novela.

Indicios

Por: Juan Carlos “Tuga” Astudillo 

La obra de Astudillo puede ser una cosa y otra al mismo tiempo. Puede ser tiempo detenido o movimiento. Puede ser el ruido y el silencio o los fantasmas que habitan nuestras urbes, nuestros imaginarios. Decir más sería decir demasiado. Por eso invitamos a sumergirse directamente en la experiencia: indicios

Sobre el autor:

Docente/investigador en la Universidad Nacional de Educación UNAE. 8 libros publicados, entre poesía, fotografía e investigación. Varios artículos sobre fotografía, literatura y turismo publicados en revistas locales, nacionales e internacionales. Su obra ha sido recogida en antologías de la poesía ecuatoriana en Ecuador, México y Estados Unidos.

Juan Carlos Astudillo S.
Escritor – fotógrafo –instructor de Kundalini yoga.
http://www.tugastudillo.com
tugastudillo@gmail.com

Los Ojos del Tiempo

paul palacios

Por: Paúl Palacios                                              Foto: Edgar Portillo  @edgarenremolinos

 

IV

Horas

Pasa el viento

cerca, acaricia

me topa

el pensamiento, los ojos

me saluda de cerca

Próximo

el minuto que no cesa

viene,

se alarga,

se prolonga

es infinito

este momento

que no se va

se hace piedra

me hago piedra                                                      

                   TÚ

te haces agua

como mis ojos

que corren

           caen

se vierten

por estas hojas

sobre estos blancos

       dentro de mis lágrimas

    de mis hojas

    de las horas

que no cesan

no se apagan

no se callan

Gritan

nuestros ojos

en la ventana

Las Horas

son 12

los pisos del edificio

son 12

Las manos del mundo

Acarician

Son 12 los pasos del tiempo

Horas

no se van

me voy con ellas.

 

 

 

 

V

Instante

Escribo al costado

De la hoja

De la vida

¿Qué color?

Tiene la ciudad

Después de ti

El gris de la calle

La muerte de tus ojos

La voz

se rompe

de este

lado

del poema.

 

 

 

 

VII

Fractura

La ciudad

aparece y desaparece

entre neblina mental

la luz

la disipa

y ciega.

Se derrite el día en el adobe

Los árboles parecen calmados

La (s) mirada (s) de la gente

quema su sombra

se fractura el muro

sus fantasmas

reaparecen en un abrir y cerrar de puertas.

 

 

 

 

VIII

Paso de tiempo

invisible/visible

te cubres de instantes

casi perceptible

silencioso

transparente

cambiante, de piedra

te rompe un río magnético

minuto.

La escalera de viento

A la nada

en cada escalón

instantes que se quedan

para irse,

nunca estuvo

el tiempo

la buganvilla,

crece hacia el sol

se entierra hoy en mis venas.

 

 

 

 

IX

Nota mental

Del día nacen

las imágenes que me acompañan

y se desprenden de mí

como cicatriz mojada

laten con cada respiro

del dolor

única pertenencia segura,

existe a 2300 metros sobre el nivel del

Mar

agitas mis océanos

no sin antes

calmar

las dagas

de otras verdades.

 

 

 

 

XI

Nocturno

La ciudad está desierta

quedan los postes

las sombras

las hojas caídas

los autos quietos

los árboles de toda mi vida

la acera y sus grietas

los perros dueños de su sombra

las sedes académicas de los secretarios del poder

las arquitecturas para los deshabitados

los charcos

llenos del reflejo de la luz

la luz tendida en lo alto

queda la ciudad y otras cosas

queda la ciudad,

queda la ciudad.

 

Sobre el autor:

Paúl Palacios Gutiérrez (1992) Ibarra- Ecuador, psicólogo clínico por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito. Durante sus estudios universitarios inició un proceso de escritura y lectura en diferentes espacios, conformó el grupo de lectura y estudio de poesía dirigido por Juan Carlos Miranda, Andrés Serrano, Alejandro Mera y Andrea Segovia. Su obra es inédita, los textos seleccionados son parte de la antología “Los Ojos del Tiempo.” Sus influencias varían entre autores ecuatorianos como Efraín Jara, Raúl Arias, César Dávila Andrade, entre otros, también de otras regiones Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Juan Gelman, además de las interacciones con el psicoanálisis, la filosofía.

“La caminata al revés”

                                         Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

 

Por Carlos Vásconez  

La primera operación exitosa de la doctora Amaranta Armenthal tuvo lugar en un entorno nada apacible. Lo hizo casi a hurtadillas, casi sin el permiso expreso de la paciente y casi enteramente deshecha de nervios por esas dos razones. Lo hizo en un quirófano extraño, que no había sido usado en varios meses por problemas en el cableado eléctrico. Las luces vacilaban. Parecía que la ciudad entera hubiera estado sitiada y en ese preciso momento fuera bombardeada por cazas expeditos. Su paciente, una tal señorita Violeta Derma, según aparecía en su ficha, que yacía semisedada atacada por un arsenal de delirios, no hacía sino contar segundos con total precisión, llorando y gritando que nadie abriera las puertas. No dejó de ser sorprendente que nadie la escuchase.

La cirugía demandó un esfuerzo doble, tanto por la doctora Armenthal cuanto por su ayudante, la liviana enfermera Candence.

La enfermera Candence padecía de sordera. La sordera era un imponderable para una enfermera. El mundo ya no aguantaba más a las enfermeras, propensas a la caridad. Ahora se hacían llamar asistentas. Todas las mujeres que secundaban a alguien en cualquier menester se hacían llamar asistentas. Era una palabra que estaba de moda. También estaba de moda que nadie sospechara siquiera en la existencia de otros seres, seres superiores que habitan el mundo. No dejaba de estar de moda fumar y que las farmacias recomendaran hacerlo para acortar una vida cada vez más incomprensiblemente agotadora.

De pronto y aunque nadie pudiera verla a plenitud debido a la luz deforme, la cara de la paciente ya no era su cara. Era ya una mujer distinta. ¿Bastó una operación para un cambio radical? Eso sí, se parecía mucho a la doctora, quien, sin percatarse de ello, le había impreso su huella característica en su rostro. Si la hubiera contemplado algún poeta –pero los poetas fueron exhibidos en no sé qué muestra fastuosa como especie extinta, lo que en un principio se suponía broma y que pronto marcó tendencia y se convirtió en un hecho irrebatible–, habría sido inevitable que considerase a ese rostro como un eco.

No sedar por completo a sus pacientes había sido una decisión surgida merced a una tesis que sostenía –y que nadie celebraba– de que esas muecas ayudaban a que la cirugía surtiera un efecto mayor, más transformador. Esas contorsiones del rostro, las aflicciones propias de un dolor anticipado, tal vez ensayado ante el espejo, eran apropiadas para el propósito.

-¿Segura, doctora?

Limitarse a negar con la cabeza habría significado debilidad emocional. Se limpió las manos en el capirote. Sacó de un bolsillo un teléfono que husmeó con indiferencia, esperando encontrar un mensaje que sabía que nadie le escribiría. Una amenaza de muerte. Una carta de amor. Un listado del mercado. Para ella todo daba lo mismo. Daba lo mismo porque no ocurriría. Lo había previsto tan bien que las sorpresas estaban aplazadas, anuladas. Volvió a limpiarse las manos en el capirote luego de devolver al teléfono a su bolsillo. La enfermera Candence pensó –pero el pensamiento fue olvidado a la brevedad– que la doctora tenía los mismos hábitos para revisar su teléfono que los que tenía para empezar a operar. Y era cierto. Para ella todo era ponerse manos a la obra. Lo mismo hubiese hecho si en ese instante un cuadro estuviera torcido en la pared no soportase dejarlo así.

Fue lo único que le dijo. Luego, la enfermera Candence oía, solo oía (alguien más astuto podría exagerar: ¡Vaya si oía!) cosas del estilo “Traiga las pinzas”, “Alcánceme las vendas”, “Apriete las correas de los tobillos”, “Desinfecte las jeringuillas”, “Lánceme una moneda para aplastar este pómulo necio”, “Vuelva a decirle, lentamente, que ya está muerta”. Lo demás era acto reflejo, una breve dosis de adivinanza y mucho nervio compartido. Por las tres. Tres mujeres nerviosas evocan sin dilación un aquelarre.

“Si de un sueño atormentador alguien despierta convertido en microbio, hay que hacerle soñar barbaries a la gente para que la metamorfosis surta efecto”, estaba segura.

Cinco horas de escuchar entre gritos cada segundo que transcurre hermana a quien enumera con quien escucha. Se había comprimido el tiempo. Cuatro horas parecieron una. Una muy extensa, una interminable, pero una hora al fin. Así se comprimió ese rostro de Violeta Derma. Una masa gelatinosa que ya podía colocar en cualquier habitación, porque al cabo estaba inidentificable.

Al abrir los ojos, Violeta Derma pensó que su cara le dolía demasiado.

-Me duele demasiado la cara –dijo, sin percatarse de que no había nadie que la escuchara.

Cuando hubo por fin alguien, la enfermera Candence, dijo que le dolía demasiado la cara, pero ya no le dolía demasiado, ahora solo le dolía mucho, así que su queja sonó poco creíble y recibió como respuesta ese ademán condescendiente que esboza con su boquita recogida toda enfermera que ya no quiere repetir por enésima ocasión en un día el consabido “Tranquila, ya pasará”.

Porque pasó.

Pasaron los días. La doctora Amaranta, que ya no era la doctora Armenthal por esa empatía que se genera entre quien invierte su salud mental a cambio de la salud física de alguien más, como ella era desde ahora y para siempre la señorita Derma, por tratarse de su primer paciente de “transfiguración facial”, como le agradaba decir, le llevaba todos los días una comida distinta. “Para que se acople a su nueva y distinta vida”, le diría un atardecer mientras recogía las persianas porque el sol que le caía de lleno le estaba alterando la expresión de la cara a Violeta Derma.

¿Es posible que quien se vuelve irreconocible desconozca las cosas, las calles, las personas? Violeta Derma, luego de esa operación traumática, no supo qué camino tomar para volver a casa. Es cierto que el adiestramiento previo, esa manera de pararse y conversar con uno mismo ante el espejo, o ni eso, ante cualquier cosa, que es la manera de encarar al destino, variaría en el caso expreso de alguien que paga por convertirse en otro, porque lo conviertan en otro. La gente no la reconoció. Alguien la llamó doctora. ¡Lo fácil que hubiese sido para ella usurpar el puesto de su Víctor Frankenstein particular! Aunque nunca lo hubiese hecho, nunca lo pensó. Solo pensaba en cómo volver a su empleo, cómo convencerlo al obtuso de su patrón que esta nueva yo era la indicada, tan buena, o mejor acaso, que la anterior Violeta Derma. Ese nombre no le encajaba en el pecho, tardaba en calar, en ocupar un lugar adecuado. Estaba ahí, junto a la palabra asistenta. Pero ya era Violeta Derma. Desde que firmó la autorización ya era Violeta Derma y no podía ser otra sino ella. El nombre, por supuesto, le había conferido no solo una fisonomía diferente sino además una manera de ver las cosas que distaba abruptamente de cómo las había apreciado hasta entonces. Es que las opciones eran muchas, habría querido pensar que infinitas, pero no se animaba. Por esa manera nueva de ver las cosas es que las cosas adoptaban otro matiz. Eran las mismas cosas siendo ya otras cosas. Otras cosas más bellas, que le conferían más ganas de poseerlas. O, en su defecto, más ganas de llamarlas de otra manera, de encircular las oes con lentitud y deferencia, incluso con algo de elegancia.

Cuando a la semana se animó y caminó por la ciudad sintió que esta no la recibía bien. Presenció un accidente automovilístico, un autobús golpeaba con brusquedad a un ciclista despistado. Vio de lejos la disputa por alpiste de un grupo de palomas y jamás hubiera creído lo agresivas que podían ser entre ellas.

Las piernas le fallaban de vez en cuando. Era su mente. Se lo había advertido la doctora. No hallarse en los vidrios de las tiendas de la ciudad o en los espejos de los baños públicos podía provocarle unos mareos y arcadas frecuentes. Tendría que conciliar la idea de que ya no era ni sería la misma. Aunque se adaptó pronto a ser llamada Violeta.

-Bello nombre.

La voz de aquel sujeto en la barra del bar le daba una razón, y tan solo una: que los hombres fingen cuando lo que intentan es seducir.

Él se presentó como Antonio y supo de inmediato que mentía. Seguramente usaba un nombre postizo para enamorar viudas en los bares y en las entradas de los cines.

-Me agrada Antonio. Creo que toda la vida estuve esperando que un hombre con ese nombre se aproximara a mí y me dijera que el mío es bello. Gracias por cumplirme un sueño.

Sabía que lo único que ese hombre, abrevado a la medida justa para caer en obviedades, podía responder para continuar con la plática era “Y puedo cumplirle muchos más”. ¿También se le había agudizado el ingenio o la pronosticación?

Demoró pero se dio cuenta que lo conocía. Antonio, el borracho de Antonio Cárdenas, el Toñito, que estaba efectivamente casado con la señora Lozano. Entonces hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su caso, como si de pronto fuera una agente policial y tras haber estado al acecho de un maleante por mucho tiempo, escondiéndose en las esquinas, precisamente cual maleante, lo hubiese visto infraganti, en pleno delito y henchida de nervios y de ansiedad lo hubiese dejado marchar con el botín. Es decir, que le siguió la corriente. Lo primero que pensó es que así le cobraría después, se cobraría en nombre de esa mujer que conocía, la desdichada señora Lozano. En lo que no demoró fue en retractarse, ya que entendía que por borracho que estuviese el hombre, no la reconocía. Quien estaba armando el embuste era ella, no él, quien jamás se le habría aproximado de no ser por no identificarla. Se retractó más cuando lo acompañó, copa tras copa, hasta que el hombre cayó rendido. Violeta, en cambio, estaba como nueva. Reluciente, en realidad. Parecía nueva, y era nueva. Le pidió al bartender, un grandulón idéntico a lo que los niños imaginan cuando oyen “Goliat”, a quien le faltaban más dientes de los que tenía, que ordenara un taxi para el caballero. El bartender tembló, como solo tiembla quien presencia un milagro: que alguien llamara caballero a ese pobre diablo, y además, una mujer, una mujer no del todo desfavorecida y desconocida.

La aventura del bar fue todo exotismo y motivación. No durmió pensando en lo que podía hacer. Su cama era un reducido parque de diversiones. Nunca antes fue algo igual.

Visitó a la doctora durante tres semanas más, para constatar su buen estado de salud y para que le fueran desprendiendo de algunos vendajes que a su vez le colocaron en el transcurso de la recuperación. La doctora se sentía orgullosa, como el pájaro que deja sus huevos en un lugar y canta su hazaña en un sitio muy remoto, más hermoso. La veía y era como si viera su destino hecho realidad. Todo fue fantástico hasta que la enfermera Candence le advirtió de su parecido.

-Hizo un extraordinario trabajo, doctora.

-Gracias, Candence. Habría que pensar en nuestra segunda operación. Hay una mujer que necesita, como Violeta, un cambio de identidad que sea radical. Pero esta vez deberemos tener más cuidado. Las segundas oportunidades son las que más riesgo conllevan.

-Claro, doctora. Pero tiene que pensar a quién va a hacer que se parezca, porque otra que se parezca a usted la va a delatar, ¿no cree?

-¿A mí? ¿Qué quieres decir con que otra que se parezca a mí?

-Que Violeta Derma es su fiel imagen, doctora. No se haga la desentendida. Usted practicó la cirugía en ese lugar para que yo no me diera cuenta de lo que quería hacer; pero no soy tan tonta, le diré. Alguna vez vi una serie de televisión en que lo que quería el doctor era que todos fueran como él. Una cosa de egos. Yo lo comprendo completamente, no se preocupe.

Se preocupó. Era una boca que no se podía abrir por el asombro, aunque la doctora Amaranta Armenthal lo único que quería era cerrarla. La cerraba, aunque estaba muy cerrada. La cerraba doblemente, la cerraba contra sus dientes, dientes contra dientes, en disputa por reinar en esa boca. La alegría que hasta ese instante había significado el éxito de la operación y que dibujaba su cara, emparentándola aún más con la novísima cara de Violeta, éxito que tenía como pretensión hacer público, sobre todo a los círculos y colegios de médicos, se cayó al suelo y desapareció de un sopetón.

Desde ese rato, a la doctora Armenthal le dolía el costado de la cadera cada vez que plantaba el pie derecho. Sentía que el broche del brasier le pinchaba la espalda cosa que se le hacía imposible evitar el impulso de sondearlo con el índice. Y se le dio por no contestar a su teléfono con un “¡Aló!”, típico en ella, sino con un “¡Diga usted!”, fuera quien fuere el llamante.

El cansancio y el afligimiento la ponían irritable. Para sobrellevarlo, prefirió el sexo desmedido y agotador a ingerir sus píldoras calmantes, autorecetadas. No decía nada, ese semblante suyo hablaba por ella. Más de un sábado salió de paseo en auto con algún desconocido, el mismo al que agotaba la noche anterior, a quien le pedía que condujera su auto y que tomara el camino que quisiera. No fue uno solo quien la dejó en mitad de la nada, so pretexto de orinar o de hacer una llamada importantísima.

Mientras tanto, Violeta había retornado a su trabajo en la fábrica de costura. Fue contratada de inmediato, acaso por su mirada, que al gerente le fue reconocible, por ese tono de desidia que imprimía a su voz, acaso porque demostró en un dos por tres sus capacidades, que seguían intactas. Lo más probable es que fuera contratada por todas esas razones y porque se parecía demasiado a otra persona. Parecerse a alguien más surte un efecto sobrecogedor, hace que los demás, aunque no conozcan a la otra persona, sepan que hay alguien que ocupa dos puestos. Es un efecto similar al que nos causan los animales. Un perro es todos los perros y un zancudo, todos los zancudos. A uno lo acariciamos y queremos acariciar a todos. A otro lo aplastamos con la palma de nuestras manos y nuestro instinto nos inclina a hacerlo con todos los otros.

La transformación fue ejemplar. Varios meses después, coincidieron en la calle. Era una calle cualquiera. De esas que se olvidan mientras se las camina. Se vieron fijamente incluso cuando quisieron quitarse las miradas de encima. El parecido era radical. A la doctora se le ocurrió entonces, inmersa en ese abismo al cual había visto desde una frontera como se ve al amor, que ya no era ella, que era probable que esa otra mujer no incrementó sus dotes al parecérsele, que lo mejor era hablarle.

Se retiraron, sin expresarse el menor ademán, sin intentar un acercamiento, pero también sin tratar de esquivarse.

Era un estetoscopio y era la enfermera Candence quien a su lado, al día siguiente, ordenaba todos los implementos para empezar la cirugía. Para que no quepa dudas de su intención, la doctora Amaranta Armenthal colocó una fotografía suya al lado y le explicó a la paciente lo que pretendía hacer.

-¿Qué me parezca a usted? ¿No le parece descabellado?

Solo sonrió. Su sonrisa fue tan sincera que la paciente se dejó caer con suavidad sobre el colchón.

 

Sobre el autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta(2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .