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Editorial

dossier 3 lanzamiento

Por Revista Tránsitos

Vivimos en un sistema que fue la respuesta del capitalismo hacia el fantasmagórico acecho del comunismo. El neoliberalismo ha logrado naturalizar la idea de que no hay alternativa posible. “Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo.” Aquellos Estados de bienestar nos producen nostalgia, porque hubiéramos preferido luchar en ellos y contra ellos, un enemigo mil veces más concreto que el voraz e inescrupuloso neoliberalismo: abstracto, sin un aparente sujeto que lo encarne, banalizador de aquel modelo de movilidad social, al que volvemos simbólicamente, a través de modelos estéticos vacíos y congelados

Para este tercer y milagroso número de Tránsitos, queremos interpretar a otros fantasmas que rondan no solo nuestras cabezas, sino los productos y consumos culturales que le dieron sentido a nuestras luchas actuales. Pretendemos explorar sus límites y posibilidades, religar la cultura popular y el arte experimental con una clara posición de izquierdas. Nos proponemos pensar el capitalismo tardío,  el estado de la cultura como el pulso y termómetro que nos puede revelar sus síntomas.


De la mano de Mark Fisher, heredero de Jameson, Benjamin,  Adorno, Horkheimer y de la escuela de Birmingham, no pretendemos evadir los diagnósticos totalizadores del sistema económico que impera actualmente y sus consecuencias. No nos saltamos el análisis económico, lo abordamos desde su complejidad cultural: la superestructura, cada vez más ambigua y por tanto, más trascendente, digerida y abstraída en  series, telenovelas, películas, dibujos animados y la música de nuestros tiempos: “la cultura acumulada del siglo XX”. Hablamos más allá de un tiempo específico, situando el tiempo como movimiento al usar la categoría de temporalidad.  

Fisher deja un corpus para la interpretación, nosotros sumamos la cualidad innata de consumidores culturales y las licencias que nos permite la ambigüedad del criterio estético para interpretar a los fantasmas de nuestro tiempo.

Espacios de Vertigo - Edgar Portillo

¿Sueñan los androides con el fin del capitalismo?: hauntology & realismo capitalista en la obra de Philip K. Dick

Por Andreas Portillo                              Fotografía: Edgar Portillo @edgarenremolinos

I.  El profeta lisérgico

Hay una imagen de la serie británica Sphire & Steele que Mark Fisher utiliza en su ensayo La lenta cancelación del futuro para hablar del anacronismo y la inercia que acechan a la cultura (de masas) en el siglo XXI. En la secuencia, los protagonistas, que son una especie de detectives venidos de otros rincones de la galaxia para arreglar brechas espacio-temporales, están atrapados en un no lugar, en un lugar que ya no existe: un café al lado de la carretera propio de la década de los 50. Lo importante de la escena es su profetismo sobre nuestra época: “esa condición general en  la que la vida continúa pero el tiempo se ha detenido” 1.

Fisher afirma que el siglo XX estuvo lleno de cultura experimental en todos los campos. Caracteriza – es un ejercicio de fácil comprobación- la escena musical entre los 60 y 90 como una constante sucesión de vanguardias y estilos nuevos, “un delirio recombinatorio que parecía ser infinito” 2. Lo mismo puede decirse del cine, la televisión que iba explotando cada vez más su potencial narrativo, y de otros productos culturales. El siglo XXI, en cambio, “se ve oprimido por una aplastante sensación de finitud y agotamiento” 3. O dicho de otra manera: estamos atrapados en el siglo XX, en los formatos y estéticas del pasado. Para Fisher la cultura ha perdido la capacidad de asir y articular el presente. Esto se ve reflejado en los refritos melancólicos de artistas como Lana del Rey, King Krule, o en el centenar de bandas que pretenden actualizar la psicodelia, el folk, o el jazz cuando en realidad, hay poco de innovativo en lo que producen. Esto también se ve materializado en las numerosas películas o series que ofrecen plataformas como Netflix, cuyos temas y estéticas difieren poco entre sí, predominando la tendencia del refrito melancólico de los 80 (Stranger Things, Deutschland 83, Dark, Mindhunter, etc) y la distopía futurística (Black Mirror, The Rain, Travelers, 3%, etc).

La discronía sincrónica en lo cultural, como la denomina Frederic Jameson,  la hegemonía de lo retro y el pastiche son síntoma de algo más profundo. La repetición y la igualación como síntoma ya era algo que Adorno & Horkheimer anunciaban en Dialéctica del iluminismo. En la cultura concebida como industria, argumentaban, predomina la igualación y producción en serie, se sacrifica “aquello por lo cual la lógica de la obra se distinguía del sistema social” 4. Este síntoma que ya señalaban los autores de la Escuela de Frankfurt se profundiza en el denominado capitalismo tardío,  asume una modalidad nueva. Con la retirada del Estado de Bienestar los artistas experimentales son privados de los recursos e incentivos para producir. La privatización de los servicios públicos se vuelve la norma, el aumento y la inflación en la vivienda en las grandes ciudades impone a todo el mundo a un medio hostil, de precarización y mera subsistencia. Surge la presión de crear algo inmediatamente exitoso, parecido a lo que ya era exitoso antes. La contracultura es cooptada por la derecha,  la cultura musical y audiovisual deja de ser la articulación donde se encuentran propuestas estéticas y de praxis opuestas al orden social existente. Lo que antes desafiaba el orden de las cosas, pasa a ser un producto de consumo, una práctica hedonista e individualista más (el movimiento hippie, la cultura del amor libre, o el punk son claros ejemplos de ello). De cierta forma, es la misma capacidad de soñar la que es suprimida.

Ahora bien, ¿cómo se relaciona Philip K. Dick con todo esto? Visionario como era, el autor se anticipa a su modo a este diagnóstico. La cancelación del futuro y la repetición de la historia fueron temas que lo obsesionaron y se reflejan en buena parte de su obra.

Ojo en el cielo (1957), una de sus primeras novelas, perfectamente podría haber inspirado las brechas espacio-temporales de Saphire & Steele. Los protagonistas de la novela caen en una especie de limbo ontológico, son suspendidos en un no lugar al caer al centro del Bevatrón, una máquina cuyo propósito y funcionamiento nunca son aclarados. La novela se convierte en una pesadilla epistemológica, o bien en una novela filosófica/detectivesca con ecos sartreanos: el infierno es ese universo que surge a partir del material psíquico de los demás, del otro. Los protagonistas no saben esto de inmediato, por supuesto. Van saliendo poco a poco de su sueño dogmático, descubriendo que ciertos elementos constitutivos del mundo real – el dinero, o el comercio sexual, o ciertos géneros musicales- ya no existen. Se dan cuenta que su futuro ha sido cancelado. Hay que enfatizar que muchos de los universos creados por el material psíquico de los demás se imponen coercitivamente a los otros. El creador del universo en cuestión puede eliminar ciertos elementos a su gusto, incluso cancelar la existencia de sus congéneres, si estos se niegan a ser parte de la puesta en escena. Todos tienen su turno para jugar a ser Dios.

Sin embargo, tenemos que tomar en cuenta el contexto en que se produce la novela de K. Dick. Podríamos argumentar que refleja, con esos mundos psíquicos diversos, los aspectos más conservadores y reaccionarios de la sociedad norteamericana de la época: el racismo, el fundamentalismo religioso, el anti intelectualismo, la fobia al comunismo o cualquier espacio de crítica al capitalismo.

K. Dick parece advertirnos desde el pasado, que cuando el futuro se cancela, el presente se vuelve una pesadilla, un caldo de cultivo para el fortalecimiento de ese pequeño monstruo de distintas caras que suele ser la derecha.

En Ubik (1969) vuelve a jugar con la idea del futuro cancelado, y con otra que abordaremos más adelante: la mercantilización paulatina de todos los aspectos de la vida. Por ahora basta decir que la mercantilización de la muerte, o bien, la extensión artificial de la vida sirviéndose de la criogenética es esencial para el desarrollo de la trama. Lo que parece que será una novela de intriga, una cacería de humanos con poderes telepáticos que amenazan con subvertir el orden cazados por otros humanos con poderes telepáticos al servicio de una corporación transnacional,  se convierte en una carrera contra el tiempo donde los protagonistas tienen que salir del limbo criogenético en el que se encuentran. No es casual que ese universo vaya retrocediendo cada vez más en el tiempo, y que a su vez una presencia maligna vaya absorbiendo una a una las vidas/conciencias del equipo anti-psíquico. En Ubik nada es lo que parece, y la realidad es cuestionada una y otra vez. Lo que es seguro es que si el futuro es cancelado, si existimos cada vez más en el pasado, de una forma superficial y ahistórica, las consecuencias son fatales.

Fluyan mis lágrimas dijo el policía (1974) tiene como protagonista a Jason Traverner, un cantante cuarentón que se ha sometido a una serie de operaciones costosas para convertirse en un seis. Traverner es el epítome de la industria cultural en ese futuro que imagina K. Dick: un súperhumano mejorado genéticamente, host de un show con una audiencia de treinta millones de personas, propietario de una mansión en Zúrich donde da rienda suelta a su hedonismo. Todo esto, aparentemente tan sólido, se desvanece en el aire tras un encuentro con una fan que le lanza una esponja de Callisto, un animal gelatinoso cuyos tubos de alimentación se introducen en él liberando una droga que cancela su realidad y crea una alterna donde no existe, no aparece en la base de datos, nadie ha escuchado sus discos, su audiencia de treinta millones se esfuma. Y no tener identidad en ese futuro distópico es peligroso, no aparecer en la base de datos es algo propio de los estudiantes- son perseguidos sistemáticamente y enviados a campos de concentración-. La odisea del protagonista es la de un hombre que trata de recuperar su identidad, de probar que es quién dice ser a la burocracia totalitaria representada por el General de la policía, Félix Buckman y sus pols, hombres grises e implacables. El viaje de Traverner es uno de aprendizaje, conoce gente común y corriente y es confrontado con los aspectos desagradables de la sociedad. De cierta forma, Traverner también sale de su sueño dogmático, toma consciencia de que es parte de la superestructura ideológica que reproduce la desigualdad. Pero también se abre una puerta para el cambio, resistir aunque difícil, no es imposible. K Dick parece decirnos, que cuando el futuro se cancela, cuando aparentemente no hay otra alternativa, uno siempre puede encontrar espacios de disidencia.

II. Realismo capitalista: ¿no hay alternativa?

Hay una idea que se enlaza directamente con el viaje de Traverner en Fluyan mis lágrimas dijo el policía, esta es la del capitalismo como horizonte último, instalado como sentido común en la sociedad. La idea de que “el capitalismo no solo es el único sistema posible, sino que es imposible incluso imaginar una alternativa” 5. Mark Fisher, en Realismo Capitalista (2016), argumenta que tiempo atrás las películas y novelas distópicas representaban calamidades con el pretexto de explorar formas de vida alternativas. Pero que desde hace unas décadas lo que se proyecta, “más que una alternativa, parece una exacerbación de nuestro mundo” 6. El epítome de esta condición sería Children of Men (2006) el film distópico de Cuarón donde ultra-autoritarismo y cadenas transnacionales conviven en armonía. El mundo se va apagando poco a poco, con la infertilidad de la especie. El capitalismo territorializa todos los aspectos de la vida; las energías creativas e imaginación política de la humanidad se van esfumando. En el universo de Children of Men no hay novedad, sólo repetición y desesperanza.

El realismo capitalista es entonces: “una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos” 7.

Lo realista es instalado, se vuelve una ontología, una naturalización de cómo debe funcionar la sociedad. La contingencia se borra, y se descalifican otros modos de imaginar una sociedad alternativa o proyectos de liberación acusándolos de imposibles, de infantiles, de puristas. Cuando en los debates políticos se habla de adaptarse al orden de lo posible, es esta operación ideológica la que se pone en funcionamiento, incluso sin que los portadores de ese discurso lo sepan.

Volvamos una vez más a Fisher: “Es bueno recordar que lo que hoy consideramos ¨realista¨ alguna vez fue ¨imposible¨: las privatizaciones que tuvieron lugar desde la década de 1980 hubieran sido impensables apenas una década atrás; el paisaje político y económico actual […] hubiera parecido inimaginable en 1975. Inversamente lo que parece realizable hoy es considerado apenas una posibilidad irreal” 8.

La forma de tratar y diagnosticar la salud mental –ignorar las razones sistémicas que las producen- la privatización de la enfermedad, y la burocratización extrema – las escuelas o universidades, los servicios públicos, los sindicatos que han mutado al gerencialismo- son síntomas o formas en que se expresa el realismo capitalista en nuestras sociedades.

Es momento de preguntarnos: ¿Cae K. Dick en esta forma de concebir el futuro, en esta forma de naturalizar y exacerbar nuestro presente? Las novelas analizadas en el primer apartado de este ensayo imaginan un futuro un tanto sombrío; juegan con el congelamiento, la cancelación o el retroceso del tiempo.

En Lotería Solar (1955) K. Dick imagina un futuro totalitario donde el capitalismo ha territorializado todos los deseos y ha encontrado formas de canalizar la energía de lo heterogéneo – lo que no es funcional a la reproducción del sistema- mediante el Gran Juego: la posibilidad anual de ser elegido el próximo presidente del gobierno autoritario mundial mediante un algoritmo. La efervescencia colectiva reaparece de forma periódica a través de este ritual que permite la descompresión de las estructuras y relegitimación de las jerarquías. El nuevo Gran Presentador es elegido, pero el viejo Gran Presentador tiene el derecho de asesinar o intentar asesinar al nuevo. Esto se convierte en un espectáculo mundial, ya que el asesinato o intento de asesinato es televisado. La trama se complica, como es usual en las novelas del autor, con la aparición de telépatas, traiciones, viajes interplanetarios – parte de la trama se desarrolla en la luna- y la existencia de lo sagrado en la figura de los prestonitas que desafía la forma en que el capitalismo autoritario invoca lo reprimido a través del re-encantamiento masivo y periódico de la sociedad.

A primera vista se podría argumentar que el gobierno mundial de Lotería Solar ha encontrado la solución a la tragedia de la modernidad – el abandono de los rituales que poseía la religión para procesar el deseo- pero justamente los prestonitas representan la posibilidad de un futuro distinto. El hecho de que se dirijan a colonizar un planeta no es un mero reflejo de la carrera espacial de la coyuntura en que fue escrita la novela, representa la idea de comenzar de nuevo, con otra forma de organización distinta a ese capitalismo ultra-autoritario que rige a nivel mundial. Esta es una idea que el autor retomará y profundizará en Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965).

En Gestarescala o Galactic Pot-Healer (1969) K. Dick vuelve a imaginar un futuro distópico, esta vez un totalitarismo de corte estalinista a nivel mundial. El protagonista, Joe Fernwright, tiene un trabajo alienante, vive en un apartamento miserable, la carencia y la hipervigilancia forman parte de su cotidianidad. Su talento con la cerámica está destinado a convertirse en una actividad insignificante en una sociedad global donde domina el plástico. Este fatalismo aparente de la novela toma un giro radical, cuando un ente extraterrestre lo recluta para rescatar y restaurar una catedral sumergida en el fondo del mar, que está ligada con el destino del planeta, y quizás, del universo. Tanto la idea de praxis y de trabajo y su potencial liberador son centrales. Joe no es el único convocado al planeta Labrador. Especies de todos los rincones del universo son convocados, cada uno con una profesión o habilidad distinta. En esta misión el trabajo deja de ser algo alienante, deja de tener como fin la producción de mercancía, y pasa a tener otro objetivo, más ligado a la realización plena de los sujetos.

Hay otros temas presentes: el inconsciente colectivo, la lucha contra las determinaciones prefijadas de antemano, el destino, la voluntad, la acción ante la inercia, la praxis en vez de la resignación. Lo importante es que el Planeta Labrador es una metáfora sobre otro mundo posible.

Pero incluso cuando se imagina la catástrofe total: la guerra nuclear como hace en Dr. Bloodmoney (1965) el autor se imagina modos de vida alternativos. En el universo post-nuclear de la novela la sociedad se reorganiza en una especie de comunismo primitivo. Más que exacerbar y naturalizar elementos de su presente- como sucede en la mayoría de ciencia ficción y distopías de hoy- K. Dick siempre inserta resquicios de realidades distintas, de formas de organizarse a nivel socio-económico más allá del capitalismo.  

III. El loop infinito

Parte del síntoma lo podemos encontrar precisamente en cómo el mercado roba o toma a ciertos exponentes de la ciencia ficción y los despoja de su aspecto más político. Retoma y reconfigura y retraduce la crítica a la espitemología del capitalismo realista: no es el sistema -contingente y formado historicamente – ni la inequidad social, ni la razón instrumental, ni la destrucción del planeta por las grandes corporaciones lo problemático; es “la naturaleza humana”, es la tecnología lo que saca a flote nuestras pulsiones de muerte. Ejemplo de ello: series como Incorporated (2016), Black Mirror (2011), Altered Carbon (2018), The Handmaids Tale (2017), o incluso adaptaciones como The Man in the High Castle (2015) o la antología Philip K. Dick’s Electric Dreams (2017). La repetición, la creatividad sujeta a los imperativos del mercado y los algoritmos de la big data parecen anunciarnos que estamos condenados a un loop infinito de productos mediocres, que reproducen y justifican la existencia misma del capitalismo como último horizonte, como única alternativa posible.

Pero no se trata simplemente de ver en la cultura el síntoma, de desechar los productos culturales y refugiarse en autores y vanguardias del pasado. Si queremos producir nuevas formas de ver, de sentir, y de pensar, si queremos construir una subjetividad diferente y producir proyectos estéticos que permitan formas de asir el presente o pensar el futuro radicalmente distintas, esto tiene que estar articulado con repolitizar esas zonas territorializadas por el capitalismo – la salud mental, las escuelas y universidades, los sindicatos, la cultura- en abandonar la melancolía de izquierda que aboga por el retorno del Estado de Bienestar, y producir “una política hostil para el capital pero vivificante para el deseo, una política que rechace todas las formas del viejo mundo en favor de una nueva tierra; es decir, una política que demande una revolución social de magnitud casi inconcebible” 9.

Notas al pie:

1. Fisher, Mark (2018) “Los fantasmas de mi vida”. Caja Negra: Buenos Aires.
2. Ibid.
3. Ibid.
4. Adorno & Horkheimer (2013) “Dialéctica del Iluminismo”. Terramar: Buenos Aires.
5. Fisher, Mark (2016) “Realismo Capitalista”.  Caja Negra: Buenos Aires.
6. Ibid.
7. Ibid.
8. Ibid.
9. Avenessian & Reis. comp. (2017). “Aceleracionismo: estrategias para una transición hacia el postcapitalismo”. Caja Negra: Buenos Aires.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1994). Escribe ensayo y narrativa.

 

Converger, futuros tangibles en el pasado

Por: Carlos Mendoza                                          Foto: Edgar Portillo @edgarenremolinos

En el mito de la modernidad, la vida rural es la antítesis natural de la vida urbana. Es el pasado, lo rústico, lo atrasado y el lugar del que, según el deber ser de la modernidad, hay que salir. Se traspasa esa frontera para ir a la ciudad, tener certezas y posibilidades de movilidad social. El hombre/mujer de origen rural portan como estandarte y herramienta: la dignidad, sabedores y poseedores de valores nodales para la vida y el honor. Estos se transforman al contacto con la hibridez cultural y vigorosa de las ciudades. Una vez instalados, aggiornados y sabiendo lidiar con la fiera urbana, anhelaran volver: poblar el campo ideal de sus nostalgias, de la vida sana y las madrugadas activas. Volver al lugar para crear la posibilidad de que el trabajo deje de ser algo alienante, y pase a tener un objetivo más ligado con la realización plena de los sujetos.

Uno de los recursos posmodernos es volver a la vida rural como refugio y como escape, pero jamás se vuelve de verdad. Podemos  apostar a reconstruir ese lugar del recuerdo y si la infancia lo permite, de los primeros años. Se interviene ese espacio como el contexto, el deseo y los rastros de ciudad en el imaginario personal, lo permitan. Es aquel el origen de la cineasta italo-alemana Alice Rohrwacher: hija de un padre que intenta romper con el mito del progreso criando a su familia en el campo. Sus tres largometrajes (Corpo Celeste, El País de las Maravillas y Lazzaro felice, en este orden de aparición) son una apuesta no solo por explorar ese pasado, sino por imaginar otras posibilidades. Inicia su recorrido fílmico en la ciudad, vuelve al campo a criar abejas y termina yendo del campo a la ciudad: uniendo ambos paradigmas, los plantea interconectados y en simbiosis, aún siendo muy ajenos el uno al otro.

El neorrealismo italiano (Fellini, Rosellini, Lattuada, Comencini, Germi, etc.) de mitad de los años 50, vuelve a través de su filmes y su ensoñación de lo rural. Una arista clásica, pero aún hoy, poco falible para explorar futuros alternos. Una posibilidad de tensar los límites del progreso, del progresismo y la glamourización de la periferia y el margen. Con la antropología cinematográfica de Rohrwacher se contempla el retorno a la raíz, las personas que se protegen en la sabiduría del instinto y el trabajo. Nos fuimos para querer volver (?).

En su primer filme, Corpo Celeste, los ejes temáticos se concentran en la educación, la tradición y la familia. La interacción de estos tres elementos se materializa en Marta, una niña que junto a su familia, vuelve a Italia después de haber vivido en Suiza. El porqué manifiesto, es la necesidad materna de reconectar con la raíz tana, pese a los riesgos económicos, su apuesta es por los lazos familiares y la cultura de origen. Marta se plantea varias interrogantes a partir de ese retorno: ¿la represión como madre de la rebeldía y de la creatividad? ¿La libertad como engaño y posibilidad? Todo a partir de la religión que es el elemento que cohesiona a la comunidad donde vive Marta, pero también con el rompimiento y la contradicción de sus propios planteamientos morales. Véase en la encargada del catecismo, uno de los personajes, el despliegue de autoridad hacia los chicos y por otro lado, la sumisión naturalizada ante el padre de la iglesia. La ignorancia es inocencia y es pecado, pero también es una tranquilidad virginal que flagela el imperativo categórico del progreso. En la ciudad, el imperativo puede ser el abandono de los rituales que poseía la religión para procesar el deseo, pero justamente en la historia de Marta se nos representa la posibilidad de un futuro distinto a través del rompimiento con este ritual. Las imágenes de Rohrwacher exigen multiplicar las interpretaciones.

En esta pieza resalta la escena donde la figura de un cristo gigante se cae del toldo de una camioneta en movimiento donde se trasladan Marta y el Padre, justo en la curva de un barranco junto al mar, los personajes contemplan su caída y los pedazos desparramados, ambos temen, ambos se resignan. Es Marta quien pone a prueba, la que a través del silencio taladra el rito y la autoridad, quien se empodera a través de la negación de la tradición.

Pasamos de la niña insatisfecha que descubre en la contemplación una forma de fuga, un horizonte de libertad, una forma de cuestionar lo impuesto y abrir la posibilidad de evidenciar lo anticuado y falso de esta tradición. Romper el símbolo y el mito la habilita a ir a jugar al descampado sin horario y en un mundo que con otros, ella puede moldear a su antojo. El marco de una puerta en medio de un descampado, es una invitación a entrar a la infinita posibilidad de resignificar.

En el segundo filme de esta autora, El País de las Maravillas, algún chico o chica nacido/a en El Bolsón, Río Negro, hijo/hija de algún papi o mami progre, devenido en country manager de algún unicornio latinoamericano, sería testigo y co-creador del personaje de Gelsomina, hija de un alemán crítico de la sociedad de consumo, y que apuesta por una vida que retorna al trabajo manual como modo de subsistencia digna y contestataria. La crianza patriarcal es cuestionada por esta hija pródiga, que rompe y se deconstruye, pero no sin antes sufrir en carne propia los resultados obvios del proceso emancipador. Gana mucho, pero también pierde mucho. En un intento desesperado, un camello como obsequio para ella será la hazaña quijotesca del padre para mantener la utopía de la libertad y poder heredarla a su primogénita. Herencia y condena. No basta, la modernidad, en forma de Monica Bellucci siempre podrá más.

El horizonte de Gelsomina es alcanzar la victoria en un concurso de TV al mejor productor de productos artesanales. Para el padre es la aberración de ver expuesto su modelo de vida y vaciarlo de sentido. Una vez más gana el impulso generacional, el ímpetu por querer ser ella misma y romper con el origen. Está dicho en la analogía de las abejas, éstas son un símbolo iniciático y litúrgico, como lo será también su preciado don, la miel. La abeja se relaciona con la laboriosidad, la organización, como lo demostraría el enjambre, pero también de la limpieza porque su alimento se encontraría en las flores, lejos de la suciedad. En El País de las Maravillas la familia funciona como reloj suizo y la miel es el producto más sagrado.

En su tercer largometraje, Rohrwacher crea un puente para estos dos mundos. Un bobo bueno y noble, personaje que Mark Fisher detestaría: Lazzaro. Sin conciencia de clase y sin instinto de rebeldía, Lazzaro es funcional a un futuro sin posibilidades, pero al mismo tiempo, es el hilo conductor de nuevos horizontes tangibles ya en el pasado. Ahí la genialidad de la contradicción. La exacerbación teórica nos vuelve locos. Si no comemos la manzana, quizás exista alguna posibilidad. Pero hay que comerla para ser conscientes de que habitando la ciudad encontraremos el espacio menos potable para la vida.

El filme retrata dos mundos distantes: el lugar soleado y árido, el campo, agreste en la mayoría de las ocasiones; y el lugar gris, húmedo y frío, la ciudad. En el primero siempre estará la posibilidad de saciar el hambre a través del trabajo; en el segundo las posibilidades son otras, también las condenas. Se remarca en la obra de Rohrwacher la hostilidad de la indiferencia: ¿cómo se adaptan/persisten la bondad y la inocencia en el neoliberalismo?

“En una época en la que nos asfixian las imágenes duplicadas y multiplicadas, el cine todavía puede destilar, cuidar, jugar con la mirada, sorprender y sorprenderse”

No hay nada más contradictorio que encontrar Lazzaro felice en Netflix; por lo menos si se piensa que son las industrias creativas las que están teniendo la mayor capacidad para crear y responder a audiencias más sofisticadas. Y al mismo tiempo, no se deja de lado al audiovisual churrigueresco, que es el que paga las cuentas y desborda las plataformas de streaming.

El cine de la italo-alemana es síntoma, un camino muy similar y con inquietudes cercanas, existe de este lado del charco. Lo podemos encontrar en el cine de Lucrecia Martel, quien explora las mismas contradicciones en la realidad del capitalismo tardío: lo rural, la lucha y tensión con la moral y la religión. Ambas autoras explicitan una necesidad de explorar la periferia desde la complejidad del ojo urbano que antes fue rural.

Tenemos, por un lado, toda una obra, un estilo, una obsesión y un mundo. Todo ello producto de una modernidad con muchas deudas y poco saldo a favor, al menos a nivel simbólico. No obstante, la capacidad de resiliencia de las periferias rurales, sigue presente. Pero “no queremos resiliencia sino la naturalización y aceptación del conflicto” nos dicen las corrientes Lacanianias y Laclaunianas de algún sector del progresismo latinoamericano. Pero resiliencia y conflicto no son oxímoron, Fisher refuerza esto al evidenciar a Chile como el primer laboratorio neoliberal del mundo, donde en en apariencia fue posible diluir “como lágrimas en la lluvia” el resentimiento de clase. Pero la periferia mapuche, nos dice todo lo contrario. La trampa ha sido diseñada desde entonces, y la soledad y depresión urbanas son los mayores impedimentos para imaginar alternativas sistémicas.

En Futuros Perdidos de Mark Fisher hay un registro de ansiedad y desesperación, pero también cuestionamientos que atisban esperanza. En cada acto de Lazzaro, Gelsomina y Marta se registran nuevas posibilidades: cuestionar, descreer, asirse a una raíz y construir. Para el autor inglés la cultura popular del siglo XXI, es síntoma de la decadencia. Para la italo-alemana es canalizadora de la ruptura. Ambos convergen en la ausencia del Estado de Bienestar, pero se bifurcan en sus posibilidades estéticas, políticas y morales. Vuelven a tener puntos de contacto en la construcción de un futuro colectivo, ya sea a través del trabajo físico y rústico del campo o en pastillas, tecnología y raves. Ambos trazan un plano tangible y certero de nuestra edad postcapitalista.

Ambos autores saben que el recóndito y poco glamuroso acto espiritual es capaz de crear nuevos imaginarios y transformar lo viejo, pero siempre anteponiendo la posibilidad del contacto con lo diferente, con el otro. Las identidades de las nuevas generaciones se configuran con la derrota del ente monocultural de lo nacional. La búsqueda y lucha de Fisher se trata de hallar campos de articulación de la rabia, capaces de accionar políticamente, teniendo bien claro el camino para reactivar la conciencia de clase.

En cambio, el cine de Rohrwacher tensa las posibilidades del progreso, indagando en las injusticias de clase, pero a través de un neorealismo mágico que expande el horizonte, crea lugares con tiempos fuera del tiempo. Es la apuesta a construir algo bello, pero real, tan real que parezca falso: un campesino noble y bueno hasta el extremo. Un tonto sagrado, de nuevo explicado y creado a través del recurso metafísico y antipolítico (?), el hombre débil, el antihombre.

Pone a prueba la autosuficiencia, el cinismo de la explotación y los límites de la totalidad urbana. Pero siempre hay un cabo suelto, a propósito de una forma de explicar e interpretar esa realidad que construye, la fe como un elemento no solo misterioso sino creador de la imagen y de la posibilidad. Siempre vuelve al cine italiano hijo de la modernidad, porque sus influencias trazan un camino obsesivo por delimitar lo real, es la tradición nacional que deja huella, pero que ya se transformó. (Véase Roma, Ciudad Abierta de Roberto Rossellini, pionero director de clásicos neorrealistas)

La herencia pesa, sobre todo cuando uno se hace cargo de ella. En este caso el pasado neorrealista del cine italiano se involucra profundamente con la poesía, no pretende narrar sino reinterpretar y crear, lo que conlleva, implícitamente, un claro compromiso político. Parafraseando a la directora: plantear preguntas ya involucra un proceso específico de pensamiento, pensar e imaginar son verbos políticos.

 

Sobre el autor:

Poeta sin cerebro y Geertziano-Guadalupano. Animal simbólico. Embajador de Texcoco.