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“No puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha” : Mauro Piterman

Por: Marvel Aguilera

En su último libro, el músico y autor traza una línea de vida como simpatizante del club de Villa Crespo en un relato sincero y tragicómico. Una novela sobre la pasión futbolera atascada entre la exuberancia del fanatismo y las miserias de un ambiente vapuleado por el negocio.

 

“¡Qué taller ni qué trabajo! ¿Y los colores? ¿Y el club?  ¿Para qué trabaja uno si no es para ir el domingo a romperse los pulmones a la tribuna hinchando por un ideal?”, decía El Ñato, el personaje de Santos Discépolo en El Hincha, la icónica película de Manuel Romero que caricaturizaba al espectador de principios de los años cincuenta. En más de medio siglo el negocio del fútbol se profundizó. El mercado apremia y los jugadores pierden el sentido de pertenencia a sus colores. Parten. Son eternas transferencias, nomenclaturas vitamínicas denominadas “refuerzos”. El hincha sobrevive, a rastras, entre medio de las mafías acolchonadas y la precarización visual de un espectáculo disminuído: un arte transformado en una suma de voluntades compitiendo por no perder, por el zafe. El romanticismo aún tiene refugios: en el ascenso, en clubes cercanos al barrio, en el laburante que sale antes del trabajo para subirse a la popular y gritar hasta quedar afónico.

En La novela de Atlanta (El Bien del Sauce) Mauro Piterman relata sus años como hincha del “Bohemio”, donde las anécdotas de vida se entrelazan con el relato literario. El paso del tiempo en Villa Crespo se mide por las alegrías y tristezas desde la tribuna del Kolbowski, allí donde el tiempo se detiene por noventa minutos, a la espera de una hazaña épica o de una carambola, todo sirve en el barro del ascenso. Piterman hace del drama una comicidad, de cada narración una pieza de un cuadro del hincha de la vieja escuela, el que lleva los colores impregnados, que llora y sufre cada domingo hasta desangrarse pero que nunca deja de alentar.

Lacan decía que no hay forma de no vivir sujetos a los movimientos de nuestros deseos. En su novela, Piterman quiere dejar de ser hincha de Atlanta pero no puede, el sentimiento lo empuja, retorna una y otra vez, como un karma. Ser hincha de Atlanta parece ser hincha de una broma fallida, de una decepción hecha club, de lo que pudo ser pero quedó en promesa. ¿El fútbol refleja la vida o la vida refleja el fútbol? El conocido huevo o la gallina. Piterman declama en uno de los textos: “Muchachos, ustedes no saben lo que es sufrir, pero sufrir en serio…”. El hincha sufre, palpita. Pone en juego su estado cada domingo. Sueña y muere en cuestión de minutos, en cuestión de goles.

La devoción por el club habla de la historia personal del hincha, decía Nick Hornby en Fiebre en las gradas. Piterman habla de su historia, del pibe elegido para la ceremonia del mundial argentino en plena época de la dictadura, del que grita en medio de una tribuna riverplatense repleta el gol de Atlanta ante la mirada atónita de su viejo, del que lleva emocionado a su bebé de nueves meses para inaugurar un legado que quedará trunco. La Novela de Atlanta es un diario de supervivencia futbolero, una crónica del sentimiento inexplicable que atraviesa al hincha argentino. Con una escritura descontracturada, irónica pero sentida, Piterman desborda en guiños existenciales y abre la puerta a un mundo magnético, donde el resultado futbolístico termina siendo una mera estadística.   

 

A primera vista uno podría pensar que se trata de una novela sobre la historia del club pero es más que nada un relato sobre la historia de una fanatismo personal a lo largo de la vida. ¿Cuánto tiene que ver ese narrador con vos?

La novela parte de relatos que tienen que ver con mi propia experiencia personal como hincha, pero que también tienen que ver con una necesidad que me sigue disparando Atlanta que es que ante cada contratiempo o sufrimiento, que se van replicando inevitablemente, poder escribir algo que me permita procesarlo. Pasé por todos los estados como hincha, y sigo siendo bastante fanático, pero ahora con una distancia un poco mayor. Igualmente, hacerlo desde el humor es una manera de atravesar algo que por momentos resulta bastante dramático aunque suene en el fondo como una idiotez. De ahí nace todo. Los relatos son experiencias aunque también hay sueños, como el de la “tribuna flotante”. Algunas cosas son inventadas y muchas reales están ficcionalizadas.

¿Qué crees que es lo que caracteriza al hincha de Atlanta para que el relato termine siendo tan particular?

La característica termina siendo cierta pasión por el sufrimiento o, en realidad, una adicción a él. Cuando uno habla con hinchas de otros equipos todos dicen lo mismo. El hincha de Racing piensa igual. Puede ser difícil que el hincha del Barcelona diga algo así, pero en algún punto todos terminan sufriendo. El fútbol es la renovación del éxito, y el éxito dura poco. En el caso de Atlanta el éxito dura casi nada y el hincha tiene la peculiaridad de ser – sobre todo un tipo grande como yo de 55 años – nacido en un equipo de primera, es más, Atlanta figura en el puesto diecinueve de los equipos que más jugaron en primera, hasta el año ´79 en que bajó. Sólo logró subir una vez, en el ´84, pero bajó a los seis meses. Y ahora está en la tercera categoría, como si estuviera profundamente instalado. Entonces, el sino del hincha de Atlanta es la añoranza permanente a la primera división, a ese lugar de pertenencia del que sin embargo ha sido desalojado hace rato. Es como una familia de clase media que ahora vive abajo de un puente.

Si bien se plantea la cuestión del fanatismo, hay un ingrediente existencial en el personaje, en la necesidad de preguntarse por su identidad fuera de los colores futbolísticos y en cómo eso afecta al resto de su vida.

Hay algo existencial, creo que es la segunda capa. Detrás de lo humorístico que está en las anécdotas, hay una búsqueda de sentido o de sinsentido, de vivir forjando una identidad que tiene que ver con cierta complacencia con la derrota casi permanente. Si bien hay momentos de alegría, al menos desde mi lugar, no me explico demasiado esa afición por seguir sufriendo. Es así. Le pasa a mucha gente. No sé cuánto tiene que ver la identificación de Atlanta con el pueblo judío. Hoy la mayoría de los hinchas no son judíos, sin embargo pareciera que quedó el estigma del sufrir. De hecho, este año se van a cumplir cuarenta del descenso – o la expulsión del paraíso – de la primera división. Yo hago un paralelismo con la tierra prometida, son los cuarenta años en el desierto del pueblo hebreo con Moises a la cabeza. En realidad hago toda una construcción artística y filosófica de Atlanta. Tal vez en la realidad sea mucho más aburrido de lo que yo lo veo, pero es mi manera de transitarlo, de ser hincha. El sentido inspirador. Para mí Atlanta es muy inspirador, porque son increíbles los momentos aciagos a los que te conduce. Además, me linkea con lo peor de la existencia: la amargura, la muerte; hay algo que tiene que ver con todo eso. En algún punto la resignación tiene que ver con no poder cambiar de equipo. Intenté de mil maneras poner una distancia – de hecho hay cuatro capítulos para “Cómo dejar de ser de Atlanta” – porque la pulsión por sacárselo de la cabeza es grande. Lo que reconozco que aprendí – lo hablaba con un periodista fanático de Chacarita – es a reducir el sufrimiento al mínimo. En el partido es mala sangre pero en cuanto termina hay un mecanismo de olvido instantáneo, cosa que antes no me pasaba.

Hay un retorno siempre a  la incapacidad de ser feliz en el hincha que guía todo el relato.

Sí, la sensación de que la felicidad está al alcance de la mano y que se te va a escapar en cualquier momento es algo cotidiano. Yo digo que es como si los hinchas de Atlanta acabáramos siempre afuera.

Se nota un foco en la cuestión de la desdramatización de todo lo que rodea al ambiente del fútbol, ¿crees que esa carencia es el gran problema que aqueja a los hinchas y al mundo fútbol en general?

Mirá, respecto a esto de la desdramatización me vinculé con más hinchas y parte de la dirigencia de Atlanta, cuestión que nunca había hecho. Nunca pertenecí a la institución formalmente. Es todo bastante aburrido, hay muy poco sentido del humor. El libro está siendo bien recibido, la gente lo compra e incluso se vende en el club. Pero noto que me cuido de algunas cosas que merecerían que uno las gaste más. De hecho saqué o me autocensuré un cuento. Atlanta quebró en el año ´91 y estuvo al borde de la desaparición. Yo había escrito un cuento que se llamaba “shopping” que para mí era uno de los mejores. Y lo terminé sacando del libro porque sonaba un poco agresivo. Era una puteada a los próceres que habían salvado al club de la quiebra. Me preguntaba cuántas cosas más podía haber hecho yo en lugar de perder tanto tiempo con Atlanta, que es una pasión inútil. Hubo un momento en que me di cuenta que me iban a cagar a trompadas si lo publicaba, pero eso no está bueno. Si bien el libro va en ese borde y entiendo que a algunos les pueda llegar a molestar, no es un relato sobre un hincha prototípico que está contento con su fanatismo sino que hay una pelea permanente por salir de esa situación, porque en el fondo es una profunda pelotudez. Yo entiendo que la pasión y la emoción – he hablado y hasta discutido con hinchas -que hay detrás. Es el lado rescatable del fútbol. Pero es una profunda pelotudez el fútbol en sí mismo, más cuando uno ve como está manejado hoy en día, desde lo comercial y mediático: Fox, ESPN; son una máquina de hablar idioteces y de poner una importancia al fútbol que – aún siendo hincha – no la tiene de ninguna manera. Es decir, para mí el fútbol es algo más, y ocupa una buena parte de mi cabeza y de mi corazón pero no dejo de verlo así. Soy músico, escribo sobre otras cosas. Toco, compongo, leo, miro cine. Atlanta me divierte y no voy a erradicarlo, porque aparte creo que tiene que ver con mi identidad. Pero no puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha en general. El hecho de que el fútbol haya pasado a tener la importancia que tiene, ni siquiera el fútbol sino el fenómeno alrededor de él en la sociedad, habla de una sociedad idiota, y no particularmente la nuestra. En la nuestra uno ve los niveles de violencia o esta condición de que no puedan ir los visitantes y se da cuenta de que esa idiotez llegó a un nivel estratosférico. Porque en Inglaterra o en España ves que se comparte una tribuna. Y eso no significa que no haya idiotez, pero está acotada. Acá realmente se fomenta esa idiotez, porque estamos hablando de un equipo de fútbol. Así como yo me identifico con el azul y amarillo, otro lo hace con el rojo y blanco, y cada uno se identifica con lo que sea. Lo que tiene el libro es que está hecho por un outsider del fútbol. Yo no me siento parte del sistema. En todo caso me siento una víctima. Y mi mirada es de afuera, pero a veces choco con la mirada del club – de ahí el enojo de muchos – porque es una mirada de un tipo que si bien vive con pasión no deja de tener una crítica. Me muestro bañándome y pensando en cómo va a salir Atlanta pero a su vez diciendo “qué patético es este tipo”.

Supongo que Atlanta al ser un club de barrio todavía guarda algo de cercanía con su gente a diferencia de los clubes grandes de Buenos Aires.

Sí, Atlanta todavía es un club de barrio. Cuando entrás te das cuenta de que la gente hasta se acerca a hablar con el técnico. Es bastante familiar y eso se conserva. Es una escala bien de la época de la clase media de los sesenta y setenta que luego fue desapareciendo de a poco. Eso lo quita en algo de los grandes negociados y de esto de darle una dimensión que sobrepasa lo futbolístico.   

Salvando las distancias, pareciera que en esa vinculación con la colectividad judía hay tambien una asimilación del sufrimiento como forma de vida ¿no?

La vinculación de Atlanta con los judíos tiene que ver con el barrio pero sobre todo se acrecentó cuando la presidencia del club la tuvo León Kolbowski, desde ahí le quedó el mote de “club de los judíos”. Cuando yo era chico había muchos cantos antisemitas, ahora está prohibido, se suspende el partido. Hay un cuento que se llama “Todos los hombres son buenos” que hace referencia a esos cantos de los años sesenta. Era algo común escuchar ese tipo de bestialidades discriminatorias. La realidad es que hoy Atlanta está lleno de gente que no es de la colectividad, creo que son más los que no lo son. Pero algo de esa identificación quedó y es lo que incide en esta trama perdedora o trágica de Atlanta. En el caso del club en una escala grotesca. Si bien no se puede comparar, se replica un poco eso. Sin ir más lejos, este domingo estuve en la cancha en un partido clave que no se podía perder y se perdió. Cada vez que pasa eso te sentís en un loop, es como la película El día de la marmota de Bill Murray. Cada año se repite, como si estuviera el guión escrito de forma shakespiriana. Cuando tiene que ganar, pierde. Siempre está esto de estar al borde de ser feliz pero algo te lo impide. Está un poco en la trama histórica del pueblo judío, el no poder vivir tranquilo, no saber disfrutar o ser feliz. Yo me pregunto en una parte del libro, en el cuento donde el protagonista se entera del resultado en un parador, ¿podrá ser feliz un hincha de Atlanta alguna vez?

¿Y cuál es el estímulo para seguir a pesar de ese sufrimiento?

Es bastante común en cualquier hincha decir que no se puede cambiar de equipo, que se puede cambiar de trabajo o de pareja pero no de club. Puede que sea cierto. No lo entiendo. Hay algo arraigado que excede a Atlanta. Yo lo llamo “amor idiota”. Es una identificación con los colores, con la cancha, con que todo tu imaginario infantil (y no tanto) esté puesto ahí. En mi caso tiene que ver con la relación con mi viejo. Y creo que hay una necesidad de pertenencia: cuando uno abraza una pertenencia en un mundo de incertidumbres. La vida es un espacio en blanco en el que nadie te tira un centro sobre qué hacer. Uno lo construye. Y ahí entiendo el fanatismo y la identificación del hincha. Son las pequeñas certezas que a veces nos ayudan a sobrevivir.  

 

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