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La categoría es un corset: Gloria Anzaldúa, poeta chicana. La poesía es política

                            Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

Por María Eladia Corimayo  

 

Si pienso en la categoría de transfrontera, se asoman varios intentos semánticos frustrados,  ahora y antes, tanto de la academia como en las artes mismas. Un intento de abordar algo que excede aún a las disciplinas culturales de los siglos XX y XXI, pero que permite esbozar esos no espacios reducidos a la diferencia, a la otredad y/o exotismo. Es quizás otorgar entidad a lo no hegemónico desde lo hegemónico. Hablar de lo ya previamente existente, inventar el agua tibia. Categorías devenidas en tesis de Puan o Berkley. Escribir es vivir sufriendo y resignificando. También es pose mística-existencial. Pero quiero hablar de transfrontera sin hablar de transfrontera, porque esa palabrita es más bien corset. Hablaré aquí de una escritora y poeta seria, que apuesta a lo explícitamente político sin perder un ápice de profundidad y potencia literaria. Asume los costos y desecha la fachada del escritor que objetiva y no se ensucia. Las huellas en el cuerpo de una escritora lesbiana-feminista chicana en EU, talladas en poesía:

 

Vivir en la Frontera significa que tú

     no eres ni hispana india negra española

     ni gabacha, eres mestiza, mulata, híbrida

     atrapada en el fuego cruzado entre los bandos

     mientras llevas las cinco razas sobre tu espalda

     sin saber para qué lado volverte, de cuál correr;

Vivir en la Frontera significa saber

     que la india en ti, traicionada por 500 años,

     ya no te está hablando,

     que las mexicanas te llaman rajetas,

     que negar a la Anglo dentro tuyo

     es tan malo como haber negado a la India o a la Negra;

Cuando vives en la frontera

     la gente camina a través tuyo, el viento roba tu voz,

     eres una burra, buey, un chivo expiatorio,

     anunciadora de una nueva raza,

     mitad y mitad –tanto mujer como hombre, ninguno–

     un nuevo género;

En los emblemáticos libros de “Borderlands/La Frontera. The new mestiza” (1987) o “Haciendo caras/Making Face, Making Soul: Creative and Critical Perspectives” (1990), Gloria Anzaldúa propone asumir la conciencia del mestizaje. Se propone hacer habitable su posición de frontera -geográfica, política y sexual- como mujer chicana (estadounidense con ascendencia mexicana), lesbiana y de color.

Gloria nació en Texas en 1942, en una familia de trabajadores agrícolas que, en las temporadas de cosecha, migraba entre los campos texanos y los de Arkansas para sobrevivir. Llegó a ser la primera persona de su comunidad en terminar el colegio e ir a la universidad, donde se recibió con una Maestría en Lengua Inglesa y Educación. A pesar del racismo, sexismo y otras formas de opresión que ella experimentó en su vida, Gloria pudo lograr una educación universitaria.

¡Tantas son las fronteras que habitan un

solo cuerpo! Algunas son tan pequeñas

que ni se las nota, invisibles o silencio-

sas.  Otras,  en cambio,  se yerguen fuer

tes,  bulliciosas,  gigantescas; son  como

los  muros  construidos  para dividir  las

naciones  con sus alambres  electrifica-

dos  y sus  rifles apuntando,  siempre vi-

gilantes  de nuestros  movimientos. ¿De

qué lado de la frontera estamos? ¿Quién

nos apunta con su rifle? ¿Soy yo, el otro,

o ambos?

Huellas en un cuerpo: La Prieta de Gloria Anzaldúa. Cuerpos y fronteras, 2017.

 

Es testimonio y grito, pero no desesperanza. Hablan los cuerpos periféricos, habitados por la “desgracia” de un color “otro”. El color de la piel habita en esta frontera que con grandes rótulos anuncia que la  piel oscura representa la subalternidad, el sujeto colonizado. Pasamos de bárbaros, a vagos, perezosos, tercermundistas y subdesarrollados. Por suerte se nos confirió el título de seres humanos, allá en  una Junta de Valladolid hace unos cuantos cientos de años atrás. Los propios consumos culturales segregan y naturalizan al “latino” como el camarero, mesero, jardinero, nanny, etc. No es dónde naces es el color con el que naces.

El  sexo,  esa otra  frontera en  la que la mujer  se mueve sigilosamente,  arremete contra su propio  cuerpo, ese cuerpo que le recuerda los límites de sus propios deseos, de sus propios pensamientos, de su propio ser. ¿Cómo una vagina puede determinar tanto la vida de ese ser, con vertirlo  en un cuerpo mutilado, limitado, anulado?

Gloria Anzaldúa introdujo la palabra mestizaje, para pensar un estado de estar “más allá”. En sus trabajos teóricos, Anzaldúa hace un llamado a una nueva mestiza, como sujeto consciente de sus conflictos de identidad, atrapada en encrucijadas, debiendo aprender y tolerar la “ambigüedad”. Además, utiliza el término nuevo ángulo de visión con el fin de desafiar el pensamiento binario occidental. Se inspiró en el filósofo mexicano José Vasconcelos, quien llamó “raza cósmica” a “una raza mestiza, una mezcla de razas afines, una raza de color –la primera raza síntesis del globo”.

Gloria rompe con una lógica dónde se piensan a las fronteras como porosas, y donde se promueve un encuentro armonioso y festivo de culturas. Plasma en su poesía la existencia de fronteras militarizadas en donde el poder y la dominación marcan el espacio en el que se dan los encuentros culturales. Crea un pensamiento a partir de los conceptos de borderland y borderlander, como categorías existenciales, étnicas y geográficas. Así, demuestra que desde una ciencia fronteriza se puede observar a los inmigrantes, homosexuales, refugiados como sujetos “fuera de la ley”. Tras experimentar ella misma esto en su condición mestiza como una “lucha de fronteras” se preguntaba “¿Quién está tratando de cerrar la fisura entre la india y el blanco en nuestra sangre? El Chicano, sí, el Chicano que anda como un ladrón en su propia casa”.

Vivir en la Frontera significa

   poner chile en el borscht,

     comer tortillas de maíz integral,

     hablar Tex-Mex con acento de Brooklyn ;

     ser detenida por la migra en los puntos de control fronterizos;

Vivir en la Frontera significa que luchas duramente para

     resistir el elixir de oro que te llama desde la botella,

     el tirón del cañón de la pistola,

     la soga aplastando el hueco de tu garganta;

En la Frontera

     tú eres el campo de batalla

     donde los enemigos están emparentados entre sí;

     tú estás en casa, una extraña,

     las disputas de límites han sido dirimidas

     el estampido de los disparos ha hecho trizas la tregua

     estás herida, perdida en acción

     muerta, resistiendo;

Pero no idealizo a la figura del chicano,  las prácticas culturales chicanas siguen negando el contenido indígena del mestizaje. La revolución de la escritura implica un nuevo lenguaje y una nueva gramática, que articula el español, inglés y náhuatl. Por lo tanto, leer este texto significa leer en tres lenguas y tres literaturas al mismo tiempo, una forma de “terrorismo lingüístico” (Anzaldúa, 1999).

Esta poeta es reconocida también como una mujer espiritual; ella invoca su devoción a la Virgen de Guadalupe, a las divinidades Náhuatl y Toltecas y la mitología Yoruba Orishás Yemayá y Oshún (pueblos originarios de EE.UU.). Señala que las personas pueden mezclar la espiritualidad con la política para lograr un cambio revolucionario. Así, la “autohistoria” sería un ciclo serpentino más que una historia lineal. La historia es una narración en la que aparecen los íconos indígenas, tradiciones y rituales que reaparecen luego de la derrota mexicana en manos de El “Conquistador” Hernán Cortés y pese a las costumbres católicas  impuestas. Anzaldúa resignifica las afinidades chicanas con la Virgen de Guadalupe y ofrece la imagen alternativa de Coatlicue, la divina madre azteca. Al retornar a su herencia étnica como una fuente de identidad, esta poeta se ve enfrentada con ciertos aspectos de la cultura chicana que no puede aceptar, principalmente la cuestión del machismo y la imagen dual -de virgen/prostituta – de la mujer:

“No fui yo quien vendió a mi gente sino ellos a mí. Me traicionaron por el color de mi piel. La mujer de piel oscura ha sido silenciada, burlada, enjaulada, atada a la servidumbre con el matrimonio, apaleada a lo largo de 300 años, esterilizada y castrada en el siglo XX.

Durante 300 años ha sido una esclava, mano de obra barata, colonizada por los españoles, los anglos, por su propio pueblo -y en Mesoamérica- su destino bajo los patriarcas indios no se ha librado de ser herido.

Durante 300 años fue invisible, no fue escuchada, muchas veces deseó hablar, actuar, protestar, desafiar. La suerte estuvo fuertemente en su contra. Ella escondió sus sentimientos; escondió sus verdades; ocultó su fuego; pero mantuvo ardiendo su llama interior. Se mantuvo sin rostro y sin voz, pero una luz brilló a través del velo de su silencio.”

Entrevista realizada por Karin Ikas, en ANZALDÚA, Gloria Borderlands/La Frontera. The New Mestiza, Aunt Lute Book, San Francisco, 1999.

A la par rompe con otra frontera y en alianza con representantes del feminismo negro, encaran una disputa con el feminismo  blanco. Lo critica desde su posición de defensora de su identidad chicana que se origina en “la historia de resistencia de la mujer indígena. En el libro “Este puente mi espalda”, ella junto con otras disidentes al movimiento feminista blanco, rescatan “las voces de mujeres tercermundistas en EU”:

No es posible ser amigas de gente literaria en lugares altos, la principiante de color es invisible en el mundo principal del hombre blanco y en el mundo feminista de las mujeres blancas, aunque en este hay cambios graduales. La lesbiana de color no solo es invisible, ni siquiera existe. Nuestro lenguaje, también, es inaudible. Hablamos en lenguas como las repudiadas y locas.

Moraga, Cherrie y Castillo, Ana. Esta puente, mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas en EU, 1988.

Gloria busca reventar la interseccionalidad blanca y trazar nuevos imaginarios para la identidad de la mujer subalterna en Estados Unidos. Ella y muchas otras más, lograron  articular un nuevo imaginario, donde sean visibles: raza, etnia, género, clase y espiritualidad, y de ello emergen nuevas voces y realidades capaces de disputar sentidos.

Vivir en la Frontera significa

     el molino que con los blancos dientes de navaja quiere arrancar en tiras

     tu piel rojo-oliva, exprimir la pulpa, tu corazón

     pulverizarte apretarte alisarte

     oliendo como pan blanco, pero muerta;

Para sobrevivir en la Frontera

     debes vivir sin fronteras

     ser un cruce de caminos.

Gloria Anzaldúa en Borderland/La Frontera. The new mestiza, 1987.

 

 

Sobre la autora:

Las Malvinas tampoco son argentinas. El norte argentino es boliviano.  Me tatué una whipala a los 16 años, a veces me arrepiento, luego se me pasa. Soy argentina y boliviana. Por ratitos milito.

 

 

Entropía: en la búsqueda de una utopía colectiva

Por Mariana Mata

“Pertenezco a una era fugitiva, mundo que se desploma ante mis ojos. Piso una tierra firme que vientos y mareas erosionaron antes de que pudiera levantar su inventario. Atrás quedaron las ruinas cuyo esplendor mis ojos nunca vieron. Ciudades comidas por la selva, y en ellas nada que puede reflejarme. Mohosas piedras en las que no me reconozco. Y enfrente la mutación del mar, y tampoco en las nuevas islas del océano hay un sitio en el que pueda reclinar la cabeza”

José Emilio Pacheco.

He nacido en la ciudad, he crecido en ella, y desde hace casi 7 años había deseado irme de aquí.  Para cualquiera que haya pisado este sitio a 2,250 metros sobre el nivel del mar, resultará evidente su monstruosidad. Aún como habitante de esta ciudad, no la conozco en su totalidad. Siempre habrá un lugar nuevo al que ir, o revisitar con otra mirada: una colonia que se ha transformado, una cantina de barrio que desaparece, un nuevo lugar ocupado por un edificio gigantesco. Espectaculares de marcas internacionales, publicidad eficaz que no deja de acaparar miradas en las principales avenidas, o puentes contrastan en tamaño con paredes llenas de pegamento donde se anuncian eventos locales, musicales, en su mayoría. Pegado sobrepegado sobrepegado. Crea una costra de tiempo que anuncia el no lugar. Este espacio de tránsito que esta por doquier en la ciudad.

Ciudad, urbe, megalópolis, sinónimos de un espacio sesgado, cegado, donde el caos reina, y la individualidad reprime todo intento de una utopía colectiva. Aquí es donde habito. He crecido en una urbe gigantesca, y probablemente una de las ciudades más grandes del mundo: la extraña y surrealista Ciudad de México. A este lugar hay que verlo de lejos para entenderlo. Este fenómeno de observación participativa, que se aleja de la relación diaria que podría tener con mi ciudad me llevó a ciertas reflexiones del espacio, los habitantes y la forma en la que interactuamos con ella, así como las posibilidades de gestar comunidad.

El crecimiento de la urbe no sólo explota hacia la periferia, sino también crece de forma vertical. En el antiguo Distrito Federal, es bastante común encontrar máquinas construyendo nuevos edificios gigantes, a lado de viejas construcciones que forman parte de la memoria del sitio. Este crecimiento desmedido ha creado poblaciones flotantes llámense oficinistas (Reforma) o gente que diariamente viaja al menos 3 horas desde sus hogares en la periferia, para trabajar en la Ciudad de México.

La forma en la que vemos las ciudades está determinada por nuestra relación con ella. Esto a veces imposibilita ver a la ciudad como un conjunto de conexiones, e interacciones.

Alejar la mirada del concreto gris o de los edificios que nublan nuestro campo de observación servirá para poder reconocer o tomar  conciencia espacial y que servirá para revelar una ciudad llena de contrastes. Aquí podemos ver el fenómeno de gentrificación en zonas específicas de la ciudad, y la marginación de algunos lugares. La colonia guerrero, por ejemplo, nunca ha perdido la carga simbólica del margen: lugar peligroso, cuya población es relegada. Si no lo conoces, es mejor no entrar. Aunque esta pauta es aplicable a casi cualquier lugar de la Ciudad de México.

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que todas las ciudades del mundo se parecen. No sólo en el acomodo de las zonas: negocios, barrios turísticos, barrios al margen, residenciales, vivienda popular, etcétera. Sino también se parecen en la interacción social: en estos espacios habitamos individuos que ignoramos al sujeto de a lado. Naufragamos en esa otra realidad tan del siglo XXI: la virtual, porque aquí es donde podemos configurar las máscaras que creemos nos definen.

Las ciudades, pese a ser similares, no son idénticas. No son un lugar homogéneo, aquí  proliferan y se yuxtaponen los estilos más diversos de la cultura. Son también el resultado de una relación entre arquitecturas, espacios creados, imaginados y transformados por la acción de los individuos.  Navegamos ahora en un lugar de lo simbólico, donde la urbe puede ser vista como un objeto, pero también como un contexto donde las manifestaciones sociales y políticas dan cabida a las prácticas de ciudadanía y estrategias socio- espaciales que edifican y transforman el espacio vital.  Creer en la existencia de una sola ciudad es negar parte de la naturaleza humana. No existe la homogeneidad en este planeta. Este espacio habitable esta construido a través de la interconexión de complejas redes urbanas.

Sobre el espacio urbano

La urbe se gesta a través de sus habitantes. Estos, en la gran CDMX son tan diversos como los edificios que existen en ella.  Es posible ver en la misma calle una persona indígena, un oficinista en traje, un extranjero, foráneos de otras entidades del país, y un habitante de toda la vida de este lugar. Pese a que la descripción anterior pareciera el inicio de un chiste, es real. Esto habla no sólo de la diversidad que existe en el espacio de la ciudad, sino también de la transformación y la constante migración hacia este lugar.

La vieja creencia de que en las ciudades hay más oportunidades persiste. Seguramente es poca la población de origen de las ciudes. Todos migrantes, todos en búsqueda de algo que hace falta en el resto del país: desarrollo económico, fuentes de trabajo, educación, sólo por mencionar algunos de los problemas que ocurren en México. Esta realidad es desalentadora cuando pensamos en el cúmulo de tierra fértil, o de espacio donde es posible generar industrias, o en un aspecto más específico fuentes de trabajo periféricas.

A finales del siglo XX  y lo que va del siglo XXI el espacio urbano se ha reestructurado económicamente. Términos como neoliberalismo y globalización deben caber en este imaginario. Pero esto sólo es parte del resultado de un largo relato histórico que inició con la  industrialización , y que en tiempos recientes se conjuga con el avance tecnológico. La ciudad paso de ser el hogar de un montón de foráneos que buscaban mejores oportunidades, y que eran parte de la gran mano de obra citadina, a ser una gran industria capitalista.

Como parte de las contradicciones históricas la idea de modernización fue sinónimo de urbanización , industrialización, construcción de nacionalismo y proteccionismo local.  Todo esto implantado través del bello (y ahora inexistente) Estado de bienestar. Como ejemplo del ideal de estos años de prosperidad el trabajo arquitectónico de Mario Pani nos da cuenta de la idea de la comunidad en la ciudad. Tlatelolco, y demás unidades habitacionales propugnaban la idea de una ciudad de peatones, construían la idea de que la bonanza era parte del todo. Aquí podían habitar todo tipo de personas de diversos estratos económicos.

La bonanza era parte de esta estructura económica que cayó a finales de la década de 1970.  Esta economía de tipo industrial era también un tipo de existencia decrépita. Los efectos de la gran máquina se encargaron de destruir el entorno, el espacio en el que las sociedades habitan. Quizá el el cúmulo de centros comerciales, parques de diversión,  edificios okupas, y muchos más lugares fantasmales sean producto de esto. Si nos detenemos un momento en las calles de la ciudad de México, es posible ver que los límites de la ciudad se han expandido en los últimos 50 años. Por increíble que parezca los límites de la ciudad se siguen expandiendo.

También producto de la ciudad es la estratificación social, el crecimiento de la clase media. Dicha segmentación está determinada en la ciudad de forma espacial. Para ejemplificar este fenómeno podemos acudir al espacio arquitectónico de nuevo. En la década de 1950 se construyó ciudad universitaria, al sur de la ciudad. También en este lugar los arquitectos reconocidos de la época construyeron casas para población económicamente más desarrollada. Si en el centro de esta ciudad, se comenzó a gestar la clase ecómicamente activa, esta se fue replegando. Lugares como la Colonia Condesa o Polanco, también tienen historias similiares. A veces ex haciendas, o country club como en Coyoacán. Siempre manienten una relación de poder económico conforme a otros sitios como la Colonia Bbrera, la Guerro o Tlatelolco por mencionar algunos sitios.

Habitamos en una ciudad global, dual, de grandes contrastes, probablemente imposición de nuestro tiempo histórico, económico, del relato histórico actual:  en la era de la superproducción no hay cabida para la colectividad. Pero aquí habita la posibilidad: en este lugar llamado ciudad donde existe la diferenciación social, se puede construir una utopía urbana.

Hay que entender que ser habitante de un espacio se puede concebir desde dos aristas: ocupar el espacio o habitarlo. La segunda se dirige hacia el punto que pretendo reforzar: la ciudad se crea a través de los habitantes de la misma. El espacio se crea y desarrolla a través de los ciudadanos. Somos los habitantes los que tenemos que reestructurar no sólo las formas del espacio, sino nuestra interacción con el vecino. Para crear nuevos espacios, hay que gestar nuevas interacciones.

Llamar a la ciudadanía a construir algo más que sólo catarsis. Proyectar una forma de vida colectiva, de sociedad, y de identidad a través de los diversos enfoques de cada red de esta ciudad.

Este proyecto urbano podría tener miras hacia una participación activa. No solamente a un nivel de información de la ciudadanía sino en la gestión misma de proyectos de urbanización. Hablo sobre una (re) construcción de las ciudades, ya no a manos del Estado, sino de los habitantes. Se podría optar por un discurso de reapropiación de la ciudad y ocupación de los espacios públicos, donde se analicen las problemáticas de la comunidad y se actué sobre ellas. A esta ciudad no le hacen falta más edificios de oficinas, quizá sería bueno optar por centros deportivos o culturales. Pero nuevamente navego en el campo de la utopía. No sólo la CDMX posee grandes problemas, el país por completo se encuentra a merced de los intereses de ciertas esferas privadas, y económicamente poderosas. Aún así, el propósito de este relato es dar cuenta de las posibilidades de las comunidades a través de, para y por sus habitantes. Trabajar con el fin de forzar y ampliar las esferas públicas locales, nacionales con el fin de crear espacios incluyentes y (utópicamente) democráticos, y también con la idea de ampliar la noción de ciudadanía.

La importancia de la entropía en el sistema ciudad

La indiferencia de los individuos es otro elemento indudablemente citadino. Navegamos en un espacio donde el  caos es el vehículo de la histeria colectiva y del estrés. A diferencia de otros lugares en el mundo, y de otras ciudades hay algo que es inherente a esta ciudad el miedo. Esa actitud que tenemos en algún momento del día: al caminar por las noches en calles vacías, al caminar en la tarde en una calle desconocida, al subirse al transporte público. Algo es innegable: desconfiamos del prójimo, porque CDMX. Aquí es posible que en algún punto alguien te despoje de tus pertenencias.

Este asunto de desconfianza quiero creer que es parte de la ciudad. Y no sólo se limitan al caminar diario, los mexicanos no confiamos en nuestro gobierno, en el Estado, o en sus instituciones. ¿Estamos condenados acaso a este pseudo poder? Actualmente, gracias a las comunicaciones abstractas (internet) hemos llegado a otro nivel de problemáticas que son similiares a las anteriores:  los problemas del derecho de la información, las bases de datos, la accesibilidad, y el manejo de la información son también parte de las cuestiones del poder.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la ciudad? Ciertamente no mucho, en apariencia. Si bien en la década de 1950 la sociedad era vista como un sistema auto regulado, el sistema cambió. Actualmente el modelo teórico ya no es este organismo, la cibernética multiplica las aplicaciones de la información.

Antes la vida histórico- social estaba regida por grandes relatos, o corrientes de pensamiento (para más información véase Francis Fukuyama, o Arthur C. Danto) . Con la llegada de la posmodernidad todo se fue al diablo. La industrialización ahora ya no es el ABC de la sociedad, o de las ciudades.  Ante esta descomposición de los grandes relatos, siguieron teorías sobre la disolución del lazo social y el paso de la colectividad a un estado de masa que se compone de átomos individuales. Y quizá este sea el mayor reto de la urbe del siglo XXI: sacudir a los individuos y conformar nuevas comunidades.

Partamos de una línea de pensamiento un poco alejada del tema: en el universo existe materia y energía en movimiento. Hasta la sociedad se compone de estos elementos. Existen también dos tipos de materia: inerte, que son los que tienden de manera natural hacía la homogeneidad, el equilibrio, la estabilidad, pero también hacía el desorden, el caos y la entropía. El segundo tipo de materia es la viva: estos sistemas tienden a la heterogeneidad, el orden el desequilibrio y la inestabilidad.

El sistema inerte es estudiado y explicado por la física y las matemáticas, mientras que los sistemas vivos son estudiados pro la biología, la sociología y demás ciencias. Una última anotación. La entropía se encarga de medir la pérdida de las características que hacen que un sistema se distinga de sus alrededores. Es entonces, el grado de desorden, el equilibrio máximo en el cual ya no puede haber cambios de ningún tipo.

Podemos decir entonces que el desarrollo y crecimiento de las sociedades no es un fenómeno homogéneo. Las partes menos entrópicas (más estructuradas, integradas y diferenciadas) son las más inestables. Esta contradicción del sistema social nos sirve para entender al sistema mismo. Habrá un momento en que el desequilibrio en una sociedad, o en una ciudad, será insostenible e inevitablemente vendrá la destrucción de dicho sistema. Tal como ocurre en los organismos vivos; si bien la ciudad es un lugar lleno de manifestaciones violentas, guerras, destrucción ambiental, una versión acelerada del capitalismo. Todo estos elementos son versiones de un sistema en decadencia, es decir estamos ante la última fase de la ciudad y la vida social de súper consumo como la conocemos.

Para que un sistema social se desentropice, es necesario que se modifique la estructura de manera continua, para así adaptarse y existir en un proceso evolutivo, y cuando es necesario quizá a través de una revolución. El pensamiento del status-quo apunta a que es necesario vivir  con estructuras rígidas, pero el único modo de evitar el aumento de la entropía es propiciando el cambio de su estructura. Probablemente la versión de entropía en la sociedad mexicana sea un poco difícil de ver. Los huecos de la matrix si bien, no son pequeños, no poseen una organización sólida. La solución por ahora es construir comunidades, trabajar en colectivo con acciones concretas que mejoren: la calidad del espacio a nuestro alrededor, o la interacción con el prójimo.

Accionar, mover, cambiar, la creación de la utopía

El cambio es inevitable. Si bien somos habitantes de la ciudad, es necesario acentuar que la sociedad es la que genera esta espacialidad. Aquí se inscribe el accionar, y también estamos determinados por esto.  Nuestra configuración espacial nos condiciona, a un nivel individual y a uno relacional. Es innegable que está sociedad está dividida por dos sectores: los explotadores y los explotados. Y esta lucha es la que ha sido el motor de la historia, la lucha de clases, la lucha por la liberación.

La espacialidad es la manifestación de las relaciones sociales, que se expresan en diversos niveles: económico, político e ideológico. Y todas las luchas de la humanidad están suscritas a la espacialidad, al entorno. Si bien lo urbano viene a nuestro imaginario como un sistema desorganizados, individualizado y secular, donde la espacialidad es privada, debemos apuntar hacía una re conceptualización.

La sociedad urbana debería ser vista como una catapulta hacía lograr un cambio ideológico. Pasar de esta superestructura que se caracteriza por su individualismo, la constante acumulación de bienes, y por una preponderancia ante lo particular en lugar de lo comunitario.

El panorama citadino se ve desolador. Habitamos en un lugar densamente poblado, donde la proximidad física es mayor, pero la comunicación es menor. Entre las consecuencias de este lugar permanece el desarrollo de la burocracia, de economías de mercado que apuntan hacia la despersonalización y con notables incidencias a nivel personal: crimen, suicidio, corrupción, sólo como ejemplo de lo que ocurre.

Habitamos en un lugar donde el anonimato gana terreno como una máscara preventiva del yo, al final todos somos desconocidos.

Ante esta sociedad del siglo XXI es necesario plantear un concepto más: intersticio. Este es un espacio para las relaciones humanas, donde se sugiere el intercambio de posibilidades distintas a las vigentes. La importancia de la ciudad en la sociedad contemporánea se explica a partir del lugar y el no lugar, aquí convergen hechos físicos y sociales.

La ciudad no debería considerarse como una totalidad, sino como un conjunto de fragmentos, cada uno de los cuales presenta una personalidad cuya expresión debería resumirse en la calidad de los espacios públicos. Reconstruir la ciudad a partir de sus huecos.  La imagen, lo imaginado, el imaginario son términos que nos dirigen hacia una construcción crítica y nueva del proceso cultural global: la imaginación como una práctica social. No se trata de una fantasía, ni de una forma de escape, ni de un pasatiempo de le élite, ni tampoco de una simple contemplación. Ocurre más bien que la imaginación se puede convertir en un campo organizado de prácticas sociales.

Bibliografía

  • Sistemas Urbanos, actores sociales y ciudadanías. Colección de estudios urbanos. Sergio Tamayo, 1998.
  • La condición postmoderna, Jean Francois Lyotard, Catedra, tercera edición, Madrid, 1987
  • Hombre y entropía, Eduardo  Cesarman  Termodinámica social vol 2. , Ediciones gernika, México 1982
  • No me preguntes como pasa el tiempo, José Emilio Pacheco, JM, México 1969
  • El espacio no existe. Su problemática expresiva en el arte y el diseño, Nicolás Amoroso Boelcke, UAM Azcapotzalco 2015 México.

 

Sobre el autor:

Le gusta explorar los espacios en búsqueda de una narrativa histórica. Comunicóloga de profesión, finge ser antropóloga del espacio.

Instagram: mariaaannnaaa