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A la llegada de los monstruos

Por: Adrián Ávila

La descarga quebró el silencio del valle. Los animales huyeron de entre las matas de jaras esparciendo a las mariposas por el aire. Una liebre cayó muerta.

A lo lejos, un par de muchachos a gatas miraban la escena.

–Pascual, ¿Le diste? –preguntó el chico alto. Se había quitado la gorra para abanicarse.

Pascual asintió. Sostenía un rifle entre sus manos, era chaparro y llevaba un sombrero de paja raída. Por unos segundos escudriñó las matas de jaras y se levantó. El muchacho alto lo imitó y corrió hacia el cuerpo de la liebre.

–Le diste entre los ojos –gritó el alto.

–¡Chinga!

–¿Qué?

–Así no me sirve la pinche cabeza.

–Lo demás está bien –dijo levantando al animal de las patas. De sus orejas se derramaban gotitas de sangre que se ennegrecían al mezclarse con la tierra.

–Amárrala. Vámonos ya.

–Espera.

–¿Qué?

–Estaba preñada. Mírale las tetas.

–¿Y eso qué?

–Sus crías…

–Solitas se van a morir.

Bajaron por la pendiente tomando el camino que los llevaba a casa.

De una loma de tierra sobresalía un cardón alto y espeso. Su tronco medía dos metros de altura y sus ramas se abrían alzando cientos de brazos espinosos y floridos. No había hora del día en que no hiciera sombra. Los lugareños lo llamaban Quinametzin. Resaltaba desde lejos, intimidaba de cerca. La tierra roja lo hacía más verde y el cielo azul más humilde. Los muchachos lo miraron al paso.

–Podríamos criarlos.

–Sale más caro.

–Pero a poco…

–Cállate –dijo Pascual en voz baja deteniendo de forma abrupta su paso. Puso su dedo índice sobre sus labios y miró directo a los ojos de su amigo. Giró la cabeza hacia el cardón señalando con la mirada. En la punta de un brazo, acurrucado sobre sus espinas, un gato montés relamía sus patas delanteras. Era pardo y moteado, dos barbas triangulares colgaban de su cabeza y tenía los ojos verdes como el jade.

–¡Ta’ grande!–bisbiseó su amigo.

–¿Tienes balas?

–¿Lo vas a matar?

–Sí

–¿Pa’ qué?

–Lo quiero.

–¿Y si no le das?

–No seas pendejo, desde aquí me lo chingo. ¡Dame una bala!

–Tú todavía tienes una.

–Pero no va alcanzar.

–Yo no lo quiero matar.

–Si serás cabrón –musitó Pascual alargando las vocales–. Orita vas a ver.

Sin perder de vista a su presa, sacó de su bolsa un pedazo de periódico que desenvolvió con cuidado. Bajo las capas de papel, una bala refulgió. Descolgó tres liebres muertas de su hombro colocándolas sobre la tierra. Tomó su rifle e introdujo la bala en la boca de carga. “Vas a ver”, murmuró apuntando hacia el felino que permanecía apacible sobre el cardón.

A lo lejos se escuchaba el repique de las campanas. Pascual separó sus piernas, recargó la cantonera contra su hombro, puso sus brazos tensos e inclinó su cuerpo hacia atrás. Con la mira cortó por la mitad el cuerpo del gato. Quitó el seguro del arma.

–No, Pascual –masculló el alto.

Pascual no hizo caso. Parecía un soldadito de plomo. Nada en él se movía. Retuvo la respiración, acarició el gatillo, se mordió los labios y disparó.

El gato rugió mientras caía entre los brazos del cardón. Las espinas rasguñaban su piel y él desgarraba la corteza con sus garras. Poco a poco se quedó atrapado entre los brazos. Se revolvía por los espasmos de dolor, pero no estaba muerto.

Pascual arrebató la bolsa a su compañero.

–¿Dónde está la bala?

–No, Pascual, no. Mi papá se va a encabronar.

–Se va a escapar.

El muchacho alto se abalanzó contra Pascual apresándolo por la espalda. Pascual forcejeó soltando cabezazos hacia atrás; dando pisotones y encajando sus uñas. Fatigado, optó por tomar de los genitales a su enemigo. Los apretó con fuerza doblegando la voluntad y exprimiendo el llanto. Ya zafado, Pascual le pateó la cara, sacó una navaja de su pantalón y le apuntó con ella en forma de amenaza.

–Llévate una de mis liebres –le espetó lanzándole la navaja entre las piernas–. Y no me estés chingando.

El muchacho alto temblaba de miedo y dolor.

Pascual tomó la bolsa y en un estuche de cuero encontró una bala. Cargó su rifle y corrió hacia el cardón. Se puso a mirar entre sus brazos a contraluz, movía la cabeza de derecha a izquierda sin cerrar los ojos, pero no encontró nada. Pateó con fuerza el tronco para después quedarse quieto acercando el oído.

–¡S… se, se, es, ca, pó? –preguntó el alto acercándose a tientas. Tenía el rostro hinchado y limpiaba las lágrimas con su playera.

–O ya se me murió. Vigila aquí.

Pascual le dio vuelta al tronco y desde allí se asomó con cuidado de no caer por la pendiente. Abajo, entre los matorrales se dibujaba un camino con gotas de sangre que se perdía entre las rocas.

–Ya lo encontré –gritó Pascual.

–¿Voy?

–¡Espera!, no mames, ¡espera!.

–¿Qué pasa?

Pascual regresó al cardón y se agachó jalando de la playera al muchacho alto para que hiciera lo mismo.

Señaló hacia el este con la punta de su rifle.

Una camioneta cuatro por cuatro cruzaba por el horizonte. Levantaba espesas nubes de polvo. De su interior salía el sonido estruendoso de música de banda que hacía temblar los vidrios polarizados. Iba rápido, por el camino de tierra que pasaba junto a la loma donde se alzaba el cardón.

Los muchachos intercambiaron miradas de perplejidad.

La camioneta pasó delante de la loma y se detuvo de forma abrupta rechinando como un monstruo lastimado. La música se interrumpió. Incapaces de observar, los muchachos se acercaron, a gatas, a la orilla de la loma. El gato montés yacía frente a la camioneta. Se arrastraba con dificultad y su barriga pulsaba de forma acelerada.

Del lado del copiloto se apeó un hombre de mediana estatura. Sus botas levantaron el polvo y acomodó su sombrero de ala con ambas manos. Vestía todo de negro. Llevaba ornamentos de oro, anillos, cadenas y la prótesis de un colmillo superior que se relamía por reflejo.

–¿Ese es…? –preguntó el más alto en voz baja.

–Raúl Biani Bronco…

–No fue el que…

–Sí…

Pascual tomó su rifle y apuntó a Raúl Biani Bronco.

–¿Qué vas a hacer, cabrón? –preguntó el más alto en voz baja.

Pascual no respondió.

–Nos van a matar, Pascual.

Pascual quitó el seguro.

–A ese cabrón no lo matan las balas. Pascual, escúchame.

Pascual respondió:

–Vamos a ver.

Raúl Biani Bronco se acuclilló frente al gato y lo examinó con detenimiento. El animal respiraba con fatiga. El hombre lo tomó del pescuezo y sacó de su cinturón una navaja con la que perforó la herida sacando la bala de un tirón. El gato se retorció maullando de dolor desgarrando la chamarra pesada de Raúl Biani Bronco. De la herida salieron borbotones de sangre negra.

Desde lo alto, los muchachos observaban la escena. Pascual mantenía la mira fija en la cabeza de Raúl Biani Bronco. Parpadeaba poco y si lo hacía era para drenar las gotas de sudor que se le acumulaban sobre los párpados. Estaba tieso como piedra.

Raúl Biani Bronco sacó un pañuelo de su bolsa trasera. Vendó al gato con delicadeza, pero apretó un poco para obstruir la hemorragia. El animal se retorció respirando con debilidad. Raúl Biani Bronco lo acarició suavemente. El gato le olisqueó la mano y comenzó a lamerla con sus pocas fuerzas.

Pascual acariciaba el gatillo.

El viento sopló agudo.

 

 

Sobre el autor:

Ciudad de México (1989). Periodista, investigador en literatura y videojuegos.