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Capítulo IV “Mindotown”

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Por: Santiago Peña Bossano                                                Foto: Lineth Paz @coleslawhat

 

MINDOTOWN
CAPÍTULO IV

La terminal está repleta de gente. Van con maletas de ruedas a tal velocidad que hasta parecen no tener miedo. No es que yo tenga miedo. Pero algunas decisiones pasan sin darnos cuenta. Me dispongo a hacer carrera con un viejo por ver quién va más lento hasta taquilla. El bus de las once está completo y debo esperar al de las doce. Mientras imprime el boleto alcanzo a ver el final de una noticia en el televisor, acerca de la muerte en carretera de varios pasajeros por un conductor ebrio. El de taquilla levanta las cejas con sonrisa de ya imprimí el billete y me lo extiende. Me alzo de hombros. «¿Tanta gente a Mindo?», pregunto. «El fin de semana es el equinoccio, por eso van tantos. La mayoría va a Nanegalito».

Me siento en el suelo a esperar. Todos tan en su mundo que no los interrumpo por fuego para mi medio cigarrillo. Envío un mensaje al grupo diciéndoles que en este preciso instante me voy a Mindo. Les explico que no hubo opción. Sé que Pablo está en Loja visitando a su abuela y Miguel en Oahu con su hermano. No les digo lo del gato. Miguel me sugiere —casi como orden— que escriba un poema, que Mindo es el lugar de la poesía y que cuando nos encontremos querrá leer un poema mío. Le digo que se joda y que se largue a surfear. No le hubiera respondido así, si no hubiera dicho: «vos que eres medio raro». Luego envío un emoticón de esos que se ríen como en broma. Busco en el celular: equinoccio, «ocasión del año en que el sol está situado en el ecuador celeste», bla, bla bla, «punto más alto del cielo…», bla, bla, bla, «fecha vinculada al ciclo agrícola andino…», etcétera. Por suerte en la ciudad no se conoce de esto ni se lo celebra. Una máquina de lotería reluce ante mí y comienzo a sentir esperanza; algunos estamos en la tierra para ganarnos la lotería. Compro un billete, lo beso y lo guardo sin raspar. Recostado en el suelo me sonríe un viejo de barba larga y descuidada. Apoyado en la máquina parece cohibir una carcajada, quizá por el beso que acabo de darle a mi billete de lotería, creo que incluso hice el sonidito, cerré los ojos y todo. Estoy por darme vuelta pero el viejo me pregunta a dónde voy. Regreso a ver a ambos lados. Unos alemanes están sentados más allá. Más o menos a unos diecisiete pasos para la izquierda. No sé por qué me acerco al viejo. A Mindo, le digo. No sé por qué le respondo. Aprovecho para pedirle fuego. No tiene encendedor ni fósforos. Permanece unos segundos al parecer buscando algún recuerdo o una historia. Esta sí que es clásica de los viejos. Y me arrepiento por haber comprado la lotería en esta máquina. Habiendo tantas otras, incluso  la señora del kiosko de la esquina. Pero es tarde… Comienza con voz de abuelo   a contarme que le dicen el perro y que vivió en Mindo hace un tiempo, que conoce a varios allá y que, en el bar, pida a Tea una copa en su nombre, es un mundo pequeño, dice. ¿Te-a? Sí, Tea, atiende el bar. Okey, ¿cómo te llamas? El perro. Bueno…, en realidad me dicen así por Diógenes el perro. Dile a Tea que el perro le manda saludos y sabrá quién soy. ¿Conoces la historia del perro? Niego con la cabeza mientras pienso que no está tan mal estar con este anciano. «Verás…», comienza, «Alejandro Magno quería conocer al perro y un día se acercó ofreciéndole hacer por él cualquier cosa que le pidiese; el perro, que estaba recostado en el suelo, respondió: ¡Apártate…, que me tapas la luz del sol! Esa es la diferencia entre el mendigo y el vagabundo, la buena voluntad de las donaciones desinteresadas, no el regalo con deuda; por eso Diógenes despacha al gran Alejandro que busca congraciar su conciencia. Tú que compras la lotería deberías intuirlo: el artista parece estar condenado a la pobreza como si militares o reyes tuvieran más importancia. En Mindo lo que debes realmente es bañarte en la cascada. Fundirte con la naturaleza. Nada más. Ahora que vas a Mindo deberías saberlo: el arte no es sentarse a escribir, la vida misma es Poesía. Es decir, lo sencillo que no entendió el Alejandro por ser demasiado magno. ¡El arte es el bufón de los oficios de verdad!» Y tras decir esto, guarda un silencio de lápida. Espero un rato por si dice algo más. Le doy el primer billete que sale de mi bolsillo y me marcho.

Están abordando. Dejo el equipaje en el maletero izquierdo del bus y me dirijo a mi asiento. 17A, me toca ventana y me alegro porque puedo mirar los animales apachurrados en la carretera. Intento ver al perro desde el bus pero me tapa una columna metálica. Él se queda en la estación. Tranquilo. Esa es vida. Y ese otro Diógenes que reduce al Alejandro a nivel de suelo… Hay que tener orgullo de vagabundo para rechazar algo así, es decir nada que perder. Si me preguntara el presidente qué puede hacer por mí, le pediría una pensión para no tener que trabajar. Lo que sí, tiene razón respecto a los artistas bufones; los oficios que más dinero pagan son los que requieren mentir o de los que depende la vida de alguien. Si es así, la literatura debería incluirse en el grupo de las mentiras, además que la vida de los personajes pende de un hilo o del ánimo del autor. Y eso no es ninguna broma.

A mi derecha están unos indígenas vestidos con sus trajes y unos gringos les toman fotos. Detrás un grupo de jóvenes y más adelante un beatnik que, de seguro, va a Mindo. El bus arranca y me acomodo en el espaldar. Veo en diagonal a una chica que se toma una foto con su celular para luego editarla: duda largo rato ante cada filtro, vuelve al anterior, sube el brillo de la pantalla y lo disminuye, cubriendo todas las posibilidades antes de subirla a redes. Por suerte nadie se sienta a mi lado. Es horrible cuando vas junto a un obeso de esos que te arrinconan contra el vidrio con su manteca. A la altura de la Mitad del Mundo ponen una peli. Miro por la ventana. Debí sacar el cuaderno para escribir el puto poema de Miguel. Igual no sé de qué escribir. A veces lo odio con todo mi ser. Una vez fuimos a ese museo del sol donde paras un huevo sobre una aguja. Creo que eran las fuerzas magnéticas de la tierra que hacían girar para un lado y para el otro el agua. Los niños hacían fila para comprobarlo. «¡Ilusos!», dijo, «¡Qué truco tan barato!» y nos fuimos. Yo sí quería botar agua en los diferentes hemisferios pero no lo hice. Por Calacalí caigo en cuenta que la de la foto se ha dormido y desde mi posición puedo ver dentro en su escote. Le pido un esfero a la pareja de atrás. No tengo dónde escribir. Uso el revés del boleto. Escribo lo primero que se me viene:

Mientras más creces te vuelves menos exigente; cualquier trasero alucina y magnetizan los pezones en punta. Cualquier lugar donde calmar la erección: montículo, loma, o duna de señora de mercado, de doceañera octogenaria, boca de prostituta polaca o princesa virgen de castillo. Mano, agujero o roce de sábana.

¿Se debe conocer Polonia para escribir sobre una puta polaca? Rompo el papel en dos y lo meto en el bolsillo para no hacer basura. Las polacas deben ser rubias sin mucho cuerpo, pero la fama del Este y la pobreza nos hace pensar que son cosa seria. Siempre me gustaron las niñas y las mujeres que lo parecen; o sea, todo lo opuesto al modelo exhuberante en que el busto es del mismo tamaño que el trasero. Ahora creo que me da igual. Supongo que la vida te pervierte o los años de quietud se acumulan estallando en los metros, en los baños y en los sueños, en culos gigantescos, horripilantemente excitantes; tarde o temprano la soledad te obliga a ver escotes y reprimir esa desesperación de lobo estepario. Te acostumbras a volver el rostro evitando los culos en las gradas eléctricas. Seguro las vacaciones de verano las dan para que los profesores no violen a sus alumnas de falditas y puperas ultracortas.

El bus hace una parada en Nanegalito y lo agradezco porque aquí venden las mejores empanadas de viento de la región. A fin de cuentas creo que paró por una vieja que seguro tiene incontinencia y le vinieron súbito las ganas. ¡Cinco minutos!, grita el chofer. Bajo del bus por cigarrillos pero solo hay Marlboro. Entro al primer lugar donde veo pailas con aceite y pido dos empanadas y un vaso de morocho de dulce. Algunos de los indígenas del bus entran a la fonda y se sientan. Voy al baño. No hay jabón ni toalla. Mojo mis manos y me veo en el espejo: la suciedad me refleja pecas en el rostro. Mi morocho está listo. Espero un rato que se enfríe. Es blanco como nieve —supongo—, porque no conozco la nieve. Me entran ganas de hacer una bola de morocho y lanzarla al chofer por los frenazos y las curvas. Bola que cabe en la mano y quema de lo recién hecha. Salgo de la fonda. ¡El bus no está! Corro de una esquina a otra buscándolo en las transversales. ¡¡¡No aparece!!! Le pregunto a un niño que señala un punto verde alejándose por la carretera. Los indígenas siguen bien instalados en las fondas sin intención de moverse. ¡Se llevó mi maleta! Luego de un rato me resigno y compro media de Marlboro. Mientras fumo, pienso que no todos van a Mindo. Las viejas en los portales me miran y sonríen sin dientes.

 

Bibliografía:

Peña Bossano, S. (2017) “MINDOTOWN” Quito: Manzana Bomb! Ediciones & Cactus Pink

Sobre el autor:

Ganador del XL Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, género ensayo (2015) en Ecuador. Realizó un máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Director de edición de Cactus Pink en Quito. Coordina talleres de escritura creativa en Kafka Escuela de Escritores. Ha sido antalogado en Los que vendrán (2014); Nunca se sabe, antología nuevos narradores ecuatorianos (2016); Vértigo, ocho ensayos de temas escabrosos (2016); Despertar de la hydra: muestra del nuevo cuento ecuatoriano (2017); ha publicado Estética de la indolencia (2015), Mindotown (2017) es su primera novela.

“No puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha” : Mauro Piterman

Por: Marvel Aguilera

En su último libro, el músico y autor traza una línea de vida como simpatizante del club de Villa Crespo en un relato sincero y tragicómico. Una novela sobre la pasión futbolera atascada entre la exuberancia del fanatismo y las miserias de un ambiente vapuleado por el negocio.

 

“¡Qué taller ni qué trabajo! ¿Y los colores? ¿Y el club?  ¿Para qué trabaja uno si no es para ir el domingo a romperse los pulmones a la tribuna hinchando por un ideal?”, decía El Ñato, el personaje de Santos Discépolo en El Hincha, la icónica película de Manuel Romero que caricaturizaba al espectador de principios de los años cincuenta. En más de medio siglo el negocio del fútbol se profundizó. El mercado apremia y los jugadores pierden el sentido de pertenencia a sus colores. Parten. Son eternas transferencias, nomenclaturas vitamínicas denominadas “refuerzos”. El hincha sobrevive, a rastras, entre medio de las mafías acolchonadas y la precarización visual de un espectáculo disminuído: un arte transformado en una suma de voluntades compitiendo por no perder, por el zafe. El romanticismo aún tiene refugios: en el ascenso, en clubes cercanos al barrio, en el laburante que sale antes del trabajo para subirse a la popular y gritar hasta quedar afónico.

En La novela de Atlanta (El Bien del Sauce) Mauro Piterman relata sus años como hincha del “Bohemio”, donde las anécdotas de vida se entrelazan con el relato literario. El paso del tiempo en Villa Crespo se mide por las alegrías y tristezas desde la tribuna del Kolbowski, allí donde el tiempo se detiene por noventa minutos, a la espera de una hazaña épica o de una carambola, todo sirve en el barro del ascenso. Piterman hace del drama una comicidad, de cada narración una pieza de un cuadro del hincha de la vieja escuela, el que lleva los colores impregnados, que llora y sufre cada domingo hasta desangrarse pero que nunca deja de alentar.

Lacan decía que no hay forma de no vivir sujetos a los movimientos de nuestros deseos. En su novela, Piterman quiere dejar de ser hincha de Atlanta pero no puede, el sentimiento lo empuja, retorna una y otra vez, como un karma. Ser hincha de Atlanta parece ser hincha de una broma fallida, de una decepción hecha club, de lo que pudo ser pero quedó en promesa. ¿El fútbol refleja la vida o la vida refleja el fútbol? El conocido huevo o la gallina. Piterman declama en uno de los textos: “Muchachos, ustedes no saben lo que es sufrir, pero sufrir en serio…”. El hincha sufre, palpita. Pone en juego su estado cada domingo. Sueña y muere en cuestión de minutos, en cuestión de goles.

La devoción por el club habla de la historia personal del hincha, decía Nick Hornby en Fiebre en las gradas. Piterman habla de su historia, del pibe elegido para la ceremonia del mundial argentino en plena época de la dictadura, del que grita en medio de una tribuna riverplatense repleta el gol de Atlanta ante la mirada atónita de su viejo, del que lleva emocionado a su bebé de nueves meses para inaugurar un legado que quedará trunco. La Novela de Atlanta es un diario de supervivencia futbolero, una crónica del sentimiento inexplicable que atraviesa al hincha argentino. Con una escritura descontracturada, irónica pero sentida, Piterman desborda en guiños existenciales y abre la puerta a un mundo magnético, donde el resultado futbolístico termina siendo una mera estadística.   

 

A primera vista uno podría pensar que se trata de una novela sobre la historia del club pero es más que nada un relato sobre la historia de una fanatismo personal a lo largo de la vida. ¿Cuánto tiene que ver ese narrador con vos?

La novela parte de relatos que tienen que ver con mi propia experiencia personal como hincha, pero que también tienen que ver con una necesidad que me sigue disparando Atlanta que es que ante cada contratiempo o sufrimiento, que se van replicando inevitablemente, poder escribir algo que me permita procesarlo. Pasé por todos los estados como hincha, y sigo siendo bastante fanático, pero ahora con una distancia un poco mayor. Igualmente, hacerlo desde el humor es una manera de atravesar algo que por momentos resulta bastante dramático aunque suene en el fondo como una idiotez. De ahí nace todo. Los relatos son experiencias aunque también hay sueños, como el de la “tribuna flotante”. Algunas cosas son inventadas y muchas reales están ficcionalizadas.

¿Qué crees que es lo que caracteriza al hincha de Atlanta para que el relato termine siendo tan particular?

La característica termina siendo cierta pasión por el sufrimiento o, en realidad, una adicción a él. Cuando uno habla con hinchas de otros equipos todos dicen lo mismo. El hincha de Racing piensa igual. Puede ser difícil que el hincha del Barcelona diga algo así, pero en algún punto todos terminan sufriendo. El fútbol es la renovación del éxito, y el éxito dura poco. En el caso de Atlanta el éxito dura casi nada y el hincha tiene la peculiaridad de ser – sobre todo un tipo grande como yo de 55 años – nacido en un equipo de primera, es más, Atlanta figura en el puesto diecinueve de los equipos que más jugaron en primera, hasta el año ´79 en que bajó. Sólo logró subir una vez, en el ´84, pero bajó a los seis meses. Y ahora está en la tercera categoría, como si estuviera profundamente instalado. Entonces, el sino del hincha de Atlanta es la añoranza permanente a la primera división, a ese lugar de pertenencia del que sin embargo ha sido desalojado hace rato. Es como una familia de clase media que ahora vive abajo de un puente.

Si bien se plantea la cuestión del fanatismo, hay un ingrediente existencial en el personaje, en la necesidad de preguntarse por su identidad fuera de los colores futbolísticos y en cómo eso afecta al resto de su vida.

Hay algo existencial, creo que es la segunda capa. Detrás de lo humorístico que está en las anécdotas, hay una búsqueda de sentido o de sinsentido, de vivir forjando una identidad que tiene que ver con cierta complacencia con la derrota casi permanente. Si bien hay momentos de alegría, al menos desde mi lugar, no me explico demasiado esa afición por seguir sufriendo. Es así. Le pasa a mucha gente. No sé cuánto tiene que ver la identificación de Atlanta con el pueblo judío. Hoy la mayoría de los hinchas no son judíos, sin embargo pareciera que quedó el estigma del sufrir. De hecho, este año se van a cumplir cuarenta del descenso – o la expulsión del paraíso – de la primera división. Yo hago un paralelismo con la tierra prometida, son los cuarenta años en el desierto del pueblo hebreo con Moises a la cabeza. En realidad hago toda una construcción artística y filosófica de Atlanta. Tal vez en la realidad sea mucho más aburrido de lo que yo lo veo, pero es mi manera de transitarlo, de ser hincha. El sentido inspirador. Para mí Atlanta es muy inspirador, porque son increíbles los momentos aciagos a los que te conduce. Además, me linkea con lo peor de la existencia: la amargura, la muerte; hay algo que tiene que ver con todo eso. En algún punto la resignación tiene que ver con no poder cambiar de equipo. Intenté de mil maneras poner una distancia – de hecho hay cuatro capítulos para “Cómo dejar de ser de Atlanta” – porque la pulsión por sacárselo de la cabeza es grande. Lo que reconozco que aprendí – lo hablaba con un periodista fanático de Chacarita – es a reducir el sufrimiento al mínimo. En el partido es mala sangre pero en cuanto termina hay un mecanismo de olvido instantáneo, cosa que antes no me pasaba.

Hay un retorno siempre a  la incapacidad de ser feliz en el hincha que guía todo el relato.

Sí, la sensación de que la felicidad está al alcance de la mano y que se te va a escapar en cualquier momento es algo cotidiano. Yo digo que es como si los hinchas de Atlanta acabáramos siempre afuera.

Se nota un foco en la cuestión de la desdramatización de todo lo que rodea al ambiente del fútbol, ¿crees que esa carencia es el gran problema que aqueja a los hinchas y al mundo fútbol en general?

Mirá, respecto a esto de la desdramatización me vinculé con más hinchas y parte de la dirigencia de Atlanta, cuestión que nunca había hecho. Nunca pertenecí a la institución formalmente. Es todo bastante aburrido, hay muy poco sentido del humor. El libro está siendo bien recibido, la gente lo compra e incluso se vende en el club. Pero noto que me cuido de algunas cosas que merecerían que uno las gaste más. De hecho saqué o me autocensuré un cuento. Atlanta quebró en el año ´91 y estuvo al borde de la desaparición. Yo había escrito un cuento que se llamaba “shopping” que para mí era uno de los mejores. Y lo terminé sacando del libro porque sonaba un poco agresivo. Era una puteada a los próceres que habían salvado al club de la quiebra. Me preguntaba cuántas cosas más podía haber hecho yo en lugar de perder tanto tiempo con Atlanta, que es una pasión inútil. Hubo un momento en que me di cuenta que me iban a cagar a trompadas si lo publicaba, pero eso no está bueno. Si bien el libro va en ese borde y entiendo que a algunos les pueda llegar a molestar, no es un relato sobre un hincha prototípico que está contento con su fanatismo sino que hay una pelea permanente por salir de esa situación, porque en el fondo es una profunda pelotudez. Yo entiendo que la pasión y la emoción – he hablado y hasta discutido con hinchas -que hay detrás. Es el lado rescatable del fútbol. Pero es una profunda pelotudez el fútbol en sí mismo, más cuando uno ve como está manejado hoy en día, desde lo comercial y mediático: Fox, ESPN; son una máquina de hablar idioteces y de poner una importancia al fútbol que – aún siendo hincha – no la tiene de ninguna manera. Es decir, para mí el fútbol es algo más, y ocupa una buena parte de mi cabeza y de mi corazón pero no dejo de verlo así. Soy músico, escribo sobre otras cosas. Toco, compongo, leo, miro cine. Atlanta me divierte y no voy a erradicarlo, porque aparte creo que tiene que ver con mi identidad. Pero no puedo entender la falta de humor y la poca distancia que tiene el hincha en general. El hecho de que el fútbol haya pasado a tener la importancia que tiene, ni siquiera el fútbol sino el fenómeno alrededor de él en la sociedad, habla de una sociedad idiota, y no particularmente la nuestra. En la nuestra uno ve los niveles de violencia o esta condición de que no puedan ir los visitantes y se da cuenta de que esa idiotez llegó a un nivel estratosférico. Porque en Inglaterra o en España ves que se comparte una tribuna. Y eso no significa que no haya idiotez, pero está acotada. Acá realmente se fomenta esa idiotez, porque estamos hablando de un equipo de fútbol. Así como yo me identifico con el azul y amarillo, otro lo hace con el rojo y blanco, y cada uno se identifica con lo que sea. Lo que tiene el libro es que está hecho por un outsider del fútbol. Yo no me siento parte del sistema. En todo caso me siento una víctima. Y mi mirada es de afuera, pero a veces choco con la mirada del club – de ahí el enojo de muchos – porque es una mirada de un tipo que si bien vive con pasión no deja de tener una crítica. Me muestro bañándome y pensando en cómo va a salir Atlanta pero a su vez diciendo “qué patético es este tipo”.

Supongo que Atlanta al ser un club de barrio todavía guarda algo de cercanía con su gente a diferencia de los clubes grandes de Buenos Aires.

Sí, Atlanta todavía es un club de barrio. Cuando entrás te das cuenta de que la gente hasta se acerca a hablar con el técnico. Es bastante familiar y eso se conserva. Es una escala bien de la época de la clase media de los sesenta y setenta que luego fue desapareciendo de a poco. Eso lo quita en algo de los grandes negociados y de esto de darle una dimensión que sobrepasa lo futbolístico.   

Salvando las distancias, pareciera que en esa vinculación con la colectividad judía hay tambien una asimilación del sufrimiento como forma de vida ¿no?

La vinculación de Atlanta con los judíos tiene que ver con el barrio pero sobre todo se acrecentó cuando la presidencia del club la tuvo León Kolbowski, desde ahí le quedó el mote de “club de los judíos”. Cuando yo era chico había muchos cantos antisemitas, ahora está prohibido, se suspende el partido. Hay un cuento que se llama “Todos los hombres son buenos” que hace referencia a esos cantos de los años sesenta. Era algo común escuchar ese tipo de bestialidades discriminatorias. La realidad es que hoy Atlanta está lleno de gente que no es de la colectividad, creo que son más los que no lo son. Pero algo de esa identificación quedó y es lo que incide en esta trama perdedora o trágica de Atlanta. En el caso del club en una escala grotesca. Si bien no se puede comparar, se replica un poco eso. Sin ir más lejos, este domingo estuve en la cancha en un partido clave que no se podía perder y se perdió. Cada vez que pasa eso te sentís en un loop, es como la película El día de la marmota de Bill Murray. Cada año se repite, como si estuviera el guión escrito de forma shakespiriana. Cuando tiene que ganar, pierde. Siempre está esto de estar al borde de ser feliz pero algo te lo impide. Está un poco en la trama histórica del pueblo judío, el no poder vivir tranquilo, no saber disfrutar o ser feliz. Yo me pregunto en una parte del libro, en el cuento donde el protagonista se entera del resultado en un parador, ¿podrá ser feliz un hincha de Atlanta alguna vez?

¿Y cuál es el estímulo para seguir a pesar de ese sufrimiento?

Es bastante común en cualquier hincha decir que no se puede cambiar de equipo, que se puede cambiar de trabajo o de pareja pero no de club. Puede que sea cierto. No lo entiendo. Hay algo arraigado que excede a Atlanta. Yo lo llamo “amor idiota”. Es una identificación con los colores, con la cancha, con que todo tu imaginario infantil (y no tanto) esté puesto ahí. En mi caso tiene que ver con la relación con mi viejo. Y creo que hay una necesidad de pertenencia: cuando uno abraza una pertenencia en un mundo de incertidumbres. La vida es un espacio en blanco en el que nadie te tira un centro sobre qué hacer. Uno lo construye. Y ahí entiendo el fanatismo y la identificación del hincha. Son las pequeñas certezas que a veces nos ayudan a sobrevivir.  

 

Sobre el autor:
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No somos tu clase de gente

 

Por: René Patricio Carrasco Mora

Gardenia somos nosotros, tú o cualquier ecuatoriano que carece total o parcialmente de conciencia de clase, visto de otra manera, quienes aún creemos que las obligaciones de estudio, vivienda, ropa de marca -en lo posible-, farras y viajes, son obligaciones excluyentes de nuestros padres, al menos, hasta que terminemos la carrera universitaria o sucedan eventos pasionales desafortunados. En No somos tu clase de gente una de las protagonistas representa ese “nosotros” que constantemente se ve afectado, cuestionado y ofendido por sucesos que antes no tenía presentes en su estado de resguardo y confort. Resulta impactante observar cómo de a poco logra desnaturalizar su pertenencia a aquellas prácticas, costumbres e imaginarios para intentar ser parte -parcialmente- de un espacio nuevo, desconocido. Gardenita se embarca en una travesía hacia la otredad, quizá un sector que consideraba más vulnerado, pero que la termina interpelando, al punto de sentir patetismo por su vida anterior.

La ambientación  pareciera tener lugar en Quito, en un escenario llamado: La calle de las Mascotas. Donde conviven seres de la “mitología capitalista” buscando promocionar puestitos de comida, vestimenta y hasta una botica/bazar. Hay una excursión a la costa (que parece un guiño al filme Y Tú Mamá También del mexicano Alfonso Cuarón), las típicas borracheras a la ecuatoriana, puñetes y una revolución en marcha. Está el escritor, los militantes radicales, el líder popular con tintes anarquistas, su perro y Gardenita. Besos, desilusiones, viajes, sexo, tristezas y alegrías.  

Don Tomás (1) construye un entramado de sucesos narrado a tres voces, cuatro, con la de Cambó, que representan tipologías ecuatorianas divertidas, interesantes, y en ocasiones, un tanto exageradas. Se entrevé en su escritura la influencia del gótico inglés, detalles minuciosos, el desarrollo de los hechos, el héroe y antihéroe, la lucha de clases, la ilusión amorosa, el triunfo del maniqueo esencializante, “lo que está bien contra lo que está mal”, entre otros aspectos. Sin embargo, no nos atrevemos a situarla en un solo género; Ramírez Paredes cambia los recursos literarios constantemente, juega con las voces, deja huellas del Llentelman más radical de forma indirecta, casi como si pertenecieran a otro texto. Hace un movimiento interesante con Cambó -el perro del Llentelman- quien a pesar de hacerse presente en tercera persona, logra definir su autonomía y convertirse en un narrador más. De distinta forma, pero también presente en Rulfo, no podemos imaginar El Llano en llamas o Pedro Páramo sin la presencia de los perros. La novela de Roberto perdería sentido sin Cambó. De todas formas, hallamos una lejanía disonante y un rompimiento abrupto con la realidad novelada, con la referencia a Johnny Cash y el “himno” (canción en italiano) del Llentelman, hubiéramos preferido una selección de canciones de algún insurrecto latinoamericano fuera del alcance del cliché cabralesco o víctorjaresco o algo más empático con la generación hija de la sociedad posindustrial. Nunca está demás revisitar minuciosamente y hacer  una mención en concordancia con los consumos culturales de nuestra región.

“ (…) me puse nervioso, me pasa cuando soy el centro de atención, también cuando voy a salir de una librería con detectores de robo marca Thulup-Selohssa, sin importar que no haya robado nada. Simplemente me pongo nervioso. Mi inconsciente me dice que soy un ladrón.”

Roberto pareciera encarnarse, aunque no completamente, en Guillermo. Deja entrever pantallazos de su propia vida: el viaje que hace a México por la publicación de su novela, la agilidad y belleza con que describe emociones y pensamientos, los gustos literarios (Stevenson, Wells, Lérmontov) e incluso la aparición de Cambó bajo la tutela del Llentelman, que bien podría ser su perro Cafú. Esto último puede ser un dato intrascendente, o no, lo dejamos a criterio de cada lector que esté dispuesto a disfrutar y armar sus propias conjeturas. Eso sí, es una novela que echa luz al opaco mito de que en Ecuador no se hace literatura con grandes ambiciones. Hoy se escribe y se lee bien. La nueva narrativa ecuatoriana está a nuestro alcance y crea sus propias expectativas, clama su espacio en las literaturas de la región.

 

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Roberto Ramírez Paredes (Quito, 1982). La ruta de las imprentas, su ópera prima, fue finalista del Premio Latinoamericano a Primera Novela Sergio Galindo y se publicó en 2015 en la Universidad Veracruzana de México. En el mismo año, su cuento “Visca el Barshe” apareció en la revista Nagari de Miami; en 2014 dos cuentos suyos formaron parte de la antología Los que verán: nuevos cuentistas ecuatorianos, de Alejandría Editorial. Ha ganado dos concursos de cuento. Estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, es Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y actualmente cursa el Doctorado de Filología de la Universidad de Barcelona.

 

 

Notas al pie:

1 Seudónimo de su novela “La ruta de las imprentas.” México: Universidad Veracruzana, 2012.  

Bibliografia:

Ramírez, Roberto. “No somos tu clase de gente.” Ecuador: Centro de publicaciones PUCE, 2018.