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Capítulo IV “Mindotown”

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Por: Santiago Peña Bossano                                                Foto: Lineth Paz @coleslawhat

 

MINDOTOWN
CAPÍTULO IV

La terminal está repleta de gente. Van con maletas de ruedas a tal velocidad que hasta parecen no tener miedo. No es que yo tenga miedo. Pero algunas decisiones pasan sin darnos cuenta. Me dispongo a hacer carrera con un viejo por ver quién va más lento hasta taquilla. El bus de las once está completo y debo esperar al de las doce. Mientras imprime el boleto alcanzo a ver el final de una noticia en el televisor, acerca de la muerte en carretera de varios pasajeros por un conductor ebrio. El de taquilla levanta las cejas con sonrisa de ya imprimí el billete y me lo extiende. Me alzo de hombros. «¿Tanta gente a Mindo?», pregunto. «El fin de semana es el equinoccio, por eso van tantos. La mayoría va a Nanegalito».

Me siento en el suelo a esperar. Todos tan en su mundo que no los interrumpo por fuego para mi medio cigarrillo. Envío un mensaje al grupo diciéndoles que en este preciso instante me voy a Mindo. Les explico que no hubo opción. Sé que Pablo está en Loja visitando a su abuela y Miguel en Oahu con su hermano. No les digo lo del gato. Miguel me sugiere —casi como orden— que escriba un poema, que Mindo es el lugar de la poesía y que cuando nos encontremos querrá leer un poema mío. Le digo que se joda y que se largue a surfear. No le hubiera respondido así, si no hubiera dicho: «vos que eres medio raro». Luego envío un emoticón de esos que se ríen como en broma. Busco en el celular: equinoccio, «ocasión del año en que el sol está situado en el ecuador celeste», bla, bla bla, «punto más alto del cielo…», bla, bla, bla, «fecha vinculada al ciclo agrícola andino…», etcétera. Por suerte en la ciudad no se conoce de esto ni se lo celebra. Una máquina de lotería reluce ante mí y comienzo a sentir esperanza; algunos estamos en la tierra para ganarnos la lotería. Compro un billete, lo beso y lo guardo sin raspar. Recostado en el suelo me sonríe un viejo de barba larga y descuidada. Apoyado en la máquina parece cohibir una carcajada, quizá por el beso que acabo de darle a mi billete de lotería, creo que incluso hice el sonidito, cerré los ojos y todo. Estoy por darme vuelta pero el viejo me pregunta a dónde voy. Regreso a ver a ambos lados. Unos alemanes están sentados más allá. Más o menos a unos diecisiete pasos para la izquierda. No sé por qué me acerco al viejo. A Mindo, le digo. No sé por qué le respondo. Aprovecho para pedirle fuego. No tiene encendedor ni fósforos. Permanece unos segundos al parecer buscando algún recuerdo o una historia. Esta sí que es clásica de los viejos. Y me arrepiento por haber comprado la lotería en esta máquina. Habiendo tantas otras, incluso  la señora del kiosko de la esquina. Pero es tarde… Comienza con voz de abuelo   a contarme que le dicen el perro y que vivió en Mindo hace un tiempo, que conoce a varios allá y que, en el bar, pida a Tea una copa en su nombre, es un mundo pequeño, dice. ¿Te-a? Sí, Tea, atiende el bar. Okey, ¿cómo te llamas? El perro. Bueno…, en realidad me dicen así por Diógenes el perro. Dile a Tea que el perro le manda saludos y sabrá quién soy. ¿Conoces la historia del perro? Niego con la cabeza mientras pienso que no está tan mal estar con este anciano. «Verás…», comienza, «Alejandro Magno quería conocer al perro y un día se acercó ofreciéndole hacer por él cualquier cosa que le pidiese; el perro, que estaba recostado en el suelo, respondió: ¡Apártate…, que me tapas la luz del sol! Esa es la diferencia entre el mendigo y el vagabundo, la buena voluntad de las donaciones desinteresadas, no el regalo con deuda; por eso Diógenes despacha al gran Alejandro que busca congraciar su conciencia. Tú que compras la lotería deberías intuirlo: el artista parece estar condenado a la pobreza como si militares o reyes tuvieran más importancia. En Mindo lo que debes realmente es bañarte en la cascada. Fundirte con la naturaleza. Nada más. Ahora que vas a Mindo deberías saberlo: el arte no es sentarse a escribir, la vida misma es Poesía. Es decir, lo sencillo que no entendió el Alejandro por ser demasiado magno. ¡El arte es el bufón de los oficios de verdad!» Y tras decir esto, guarda un silencio de lápida. Espero un rato por si dice algo más. Le doy el primer billete que sale de mi bolsillo y me marcho.

Están abordando. Dejo el equipaje en el maletero izquierdo del bus y me dirijo a mi asiento. 17A, me toca ventana y me alegro porque puedo mirar los animales apachurrados en la carretera. Intento ver al perro desde el bus pero me tapa una columna metálica. Él se queda en la estación. Tranquilo. Esa es vida. Y ese otro Diógenes que reduce al Alejandro a nivel de suelo… Hay que tener orgullo de vagabundo para rechazar algo así, es decir nada que perder. Si me preguntara el presidente qué puede hacer por mí, le pediría una pensión para no tener que trabajar. Lo que sí, tiene razón respecto a los artistas bufones; los oficios que más dinero pagan son los que requieren mentir o de los que depende la vida de alguien. Si es así, la literatura debería incluirse en el grupo de las mentiras, además que la vida de los personajes pende de un hilo o del ánimo del autor. Y eso no es ninguna broma.

A mi derecha están unos indígenas vestidos con sus trajes y unos gringos les toman fotos. Detrás un grupo de jóvenes y más adelante un beatnik que, de seguro, va a Mindo. El bus arranca y me acomodo en el espaldar. Veo en diagonal a una chica que se toma una foto con su celular para luego editarla: duda largo rato ante cada filtro, vuelve al anterior, sube el brillo de la pantalla y lo disminuye, cubriendo todas las posibilidades antes de subirla a redes. Por suerte nadie se sienta a mi lado. Es horrible cuando vas junto a un obeso de esos que te arrinconan contra el vidrio con su manteca. A la altura de la Mitad del Mundo ponen una peli. Miro por la ventana. Debí sacar el cuaderno para escribir el puto poema de Miguel. Igual no sé de qué escribir. A veces lo odio con todo mi ser. Una vez fuimos a ese museo del sol donde paras un huevo sobre una aguja. Creo que eran las fuerzas magnéticas de la tierra que hacían girar para un lado y para el otro el agua. Los niños hacían fila para comprobarlo. «¡Ilusos!», dijo, «¡Qué truco tan barato!» y nos fuimos. Yo sí quería botar agua en los diferentes hemisferios pero no lo hice. Por Calacalí caigo en cuenta que la de la foto se ha dormido y desde mi posición puedo ver dentro en su escote. Le pido un esfero a la pareja de atrás. No tengo dónde escribir. Uso el revés del boleto. Escribo lo primero que se me viene:

Mientras más creces te vuelves menos exigente; cualquier trasero alucina y magnetizan los pezones en punta. Cualquier lugar donde calmar la erección: montículo, loma, o duna de señora de mercado, de doceañera octogenaria, boca de prostituta polaca o princesa virgen de castillo. Mano, agujero o roce de sábana.

¿Se debe conocer Polonia para escribir sobre una puta polaca? Rompo el papel en dos y lo meto en el bolsillo para no hacer basura. Las polacas deben ser rubias sin mucho cuerpo, pero la fama del Este y la pobreza nos hace pensar que son cosa seria. Siempre me gustaron las niñas y las mujeres que lo parecen; o sea, todo lo opuesto al modelo exhuberante en que el busto es del mismo tamaño que el trasero. Ahora creo que me da igual. Supongo que la vida te pervierte o los años de quietud se acumulan estallando en los metros, en los baños y en los sueños, en culos gigantescos, horripilantemente excitantes; tarde o temprano la soledad te obliga a ver escotes y reprimir esa desesperación de lobo estepario. Te acostumbras a volver el rostro evitando los culos en las gradas eléctricas. Seguro las vacaciones de verano las dan para que los profesores no violen a sus alumnas de falditas y puperas ultracortas.

El bus hace una parada en Nanegalito y lo agradezco porque aquí venden las mejores empanadas de viento de la región. A fin de cuentas creo que paró por una vieja que seguro tiene incontinencia y le vinieron súbito las ganas. ¡Cinco minutos!, grita el chofer. Bajo del bus por cigarrillos pero solo hay Marlboro. Entro al primer lugar donde veo pailas con aceite y pido dos empanadas y un vaso de morocho de dulce. Algunos de los indígenas del bus entran a la fonda y se sientan. Voy al baño. No hay jabón ni toalla. Mojo mis manos y me veo en el espejo: la suciedad me refleja pecas en el rostro. Mi morocho está listo. Espero un rato que se enfríe. Es blanco como nieve —supongo—, porque no conozco la nieve. Me entran ganas de hacer una bola de morocho y lanzarla al chofer por los frenazos y las curvas. Bola que cabe en la mano y quema de lo recién hecha. Salgo de la fonda. ¡El bus no está! Corro de una esquina a otra buscándolo en las transversales. ¡¡¡No aparece!!! Le pregunto a un niño que señala un punto verde alejándose por la carretera. Los indígenas siguen bien instalados en las fondas sin intención de moverse. ¡Se llevó mi maleta! Luego de un rato me resigno y compro media de Marlboro. Mientras fumo, pienso que no todos van a Mindo. Las viejas en los portales me miran y sonríen sin dientes.

 

Bibliografía:

Peña Bossano, S. (2017) “MINDOTOWN” Quito: Manzana Bomb! Ediciones & Cactus Pink

Sobre el autor:

Ganador del XL Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit, género ensayo (2015) en Ecuador. Realizó un máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Director de edición de Cactus Pink en Quito. Coordina talleres de escritura creativa en Kafka Escuela de Escritores. Ha sido antalogado en Los que vendrán (2014); Nunca se sabe, antología nuevos narradores ecuatorianos (2016); Vértigo, ocho ensayos de temas escabrosos (2016); Despertar de la hydra: muestra del nuevo cuento ecuatoriano (2017); ha publicado Estética de la indolencia (2015), Mindotown (2017) es su primera novela.