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Representaciones y visualidad de la violencia en el cine latinoamericano

Por: Yazmín Echeverría 

Hablar sobre cine latinoamericano implica pensar la manera en la cual fue constituida una identidad latinoamericana a partir del cine. ¿Cuáles han sido las narraciones, las representaciones, los personajes y las historias? ¿Qué muestran las películas latinoamericanas? ¿En qué medida la “realidad latinoamericana” ha influido en la realización cinematográfica? y viceversa; ¿Cómo ha influido el cine en la constitución de la realidad latinoamericana? ¿Existen temáticas que se conjuguen en el cine regional? ¿Cómo se puede pensar Latinoamérica de forma unitaria especialmente cuando se trata de una región tan heterogénea en términos culturales pero también en nivel de producción y consumo cinematográfico y audiovisual?

En primer lugar considero que es importante dedicar algunas líneas a pensar la llamada “identidad latinoamericana”, categorías que juntas o separadas han sido ampliamente discutidas y teorizadas. Hacer un resumen del desarrollo teórico acerca de la identidad latinoamericana no es el propósito ulterior de este escrito aunque considero que existen algunos momentos claves para pensar la constitución de un conjunto de características que se han asignado de forma particular a lo latinoamericano y que se han mostrado a través de la imagen cinematográfica.

Entendemos el concepto de identidad no solo como el conjunto de prácticas sociales o rasgos culturales que son compartidos por una determinada colectividad, acentuamos la idea de que la identidad es también un marco de entendimiento, comportamiento y relacionamiento, una estructura cambiante a veces contradictoria, conflictiva, dispersada. La constitución de una identidad latinoamericana inicia con el proceso de colonización de las civilizaciones indígenas en el siglo XV, un “encuentro” cultural inequitativo que estuvo marcado por la asimetría del poder, la violencia y la exclusión sistemática postuló la pregunta acerca de la identidad desde una pérdida identitaria que funcionaba desde la imposición de una nueva matriz cultural y que  posicionó al indio como un “otro” inferior.

La búsqueda por una identidad propia se mantuvo incluso en procesos de grandes transformaciones sociales y culturales; el pensamiento racionalista de la Ilustración, los procesos independentistas y la constitución de los Estados nacionales a inicios del siglo XIX, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) con la llegada de grandes olas migratorias provenientes de Europa, la gran depresión del sistema capitalista a finales de los años 20, los gobiernos de regímenes populistas, el estancamiento industrial y la radicalización de las clases populares,  la instauración de dictaduras militares en varios países de la región en la década de los 70´s, son algunos de los hechos históricos en los que se precauteló un fuerte discurso identitario (pertenencia étnica o de clase) que construyeron claros marcos de identificación, representación y de reconocimiento pero además, instauraron sociedades formadas a partir de la exclusión sistemática y del mantenimiento de valores culturales que sostienen una fuerte división social (ya sea causa o consecuencia). Sociedades divididas, desiguales, altamente diversas y diversificadas entre sí es el esquema social y cultural de América Latina, la heterogeneidad quizá sea lo único en común. Ante estas características la pregunta más coherente sería ¿Cuál ha sido el lugar del cine latinoamericano en la puesta en evidencia de la división y de los conflictos sociales de América Latina? ¿Cuál ha sido la influencia del cine en la construcción de realidad latinoamericana? ¿El cine latinoamericano apela a un identidad latinoamericana? Si es el caso, ¿desde dónde?

Vale agregar que el cine latinoamericano no es de los más fuertes y mejor posicionados a nivel mundial en la industria cinematográfica, de hecho, lidia con múltiples problemáticas como la dependencia financiera de programas estatales, una oferta que garantiza la oligopolización y que enfrenta a películas regionales con blockbusters estadounidenses, la concentración de los espacios de exhibición cooptados por los complejos multisala que no asignan espacios a películas nacionales o regionales o que al asignarlas les otorgan días y horarios no convenientes y con baja afluencia de público. Como puede verse, el cine latinoamericano todavía está lejos de su situación ideal pero se ha abierto camino, gracias a la diversificación de temáticas, a  contenidos de calidad y a la apertura de espacios que facilitan la circulación y el intercambio del cine regional.  Así, bajo condiciones incluso precarias, el cine se ha encargado de retratar, con obcecación, la realidad cambiante de la región. Ha sido usado como instrumento cultural para exponer problemáticas sociales apelando (a veces) a ideologías emancipatorias y que, recientemente, ha insistido en mostrar realidades marginalizadas desde relatos que exponen a la violencia como temática principal.   

Una de las primeras películas que marcaron un punto de inflexión en dicha representación cinematográfica de América Latina fue Los Olvidados, realizada por Luis Buñuel en 1950, México. El filme narra la historia de un grupo de niños y adolescentes pobres de las afueras de la Ciudad de México D.F.  que obligados a sobrevivir dentro de un mundo adulto hostil e indiferente a su condición, se convierten en criaturas rapaces cuyo destino no fue otro que la muerte en el anonimato, casi sin memoria ni testigos. La soledad, la indiferencia, la negligencia social e institucional fueron mostrados por Buñuel desde una imagen cruda, nula en términos románticos del “buen pobre” a veces infantil e inocente. Los personajes de Los Olvidados son presentados como problema; mientras se denuncia la vulnerabilidad de zonas empobrecidas también presenta una potente autocrítica a las sociedades vigentes marcadas por el desarrollo industrial y el crecimiento urbano, quizá por esta razón despertó tanto revuelo y rechazo en la sociedad mexicana de la época. En la autobiografía Buñuel se refiere a la película:

“Estrenada bastante lamentablemente en México, la película permaneció cuatro días en cartel y suscitó en el acto violentas reacciones. Uno de los grandes problemas de México, hoy como ayer, es un nacionalismo llevado hasta el extremo que delata un profundo complejo de inferioridad. Sindicatos y asociaciones diversas pidieron de inmediato mi expulsión. La prensa atacaba la película. Los raros espectadores salían de la sala como de un entierro. Al término de la proyección privada, mientras que Lupe, la mujer del pintor Diego Rivera, se mostraba altiva y desdeñosa, sin decirme una palabra, otra mujer, Berta, casada con el poeta español León Felipe, se precipitó sobre mí, loca de indignación, con las uñas tendidas hacia mi cara, gritando que yo acababa de cometer una infamia, un horror contra México. Yo me esforzaba en mantenerme sereno e inmóvil, mientras sus peligrosas uñas temblaban a tres centímetros de mis ojos. Afortunadamente, Siqueiros, otro pintor, que se encontraba en la misma proyección, intervino para felicitarme calurosamente. Con él, gran número de intelectuales mexicanos alabaron la película”

La importancia de esta película trasciende la reacción social que provocó, fue haber revelado una realidad que fue inicialmente interpretada como ofensiva pero  innegablemente cierta: la pobreza, la marginalidad y la violencia se mostraban como algunas de las consecuencias del acelerado crecimiento económico y urbano de inicios del siglo XX que atravesó todas las sociedades latinoamericanas. Esta película, más allá de mostrar dichas problemáticas sociales,  abrió un escenario que considero indispensable para pensar la representatividad fílmica de la región en la actualidad: La Ciudad.

La transición hacia la Modernidad impulsada por el crecimiento económico y demográfico explosivo del siglo XX ocasionaron la constitución de grandes centros urbanos como México D.F., Buenos Aires o Caracas, ciudades que por el incremento urbanístico arrasador formaron cinturones de pobreza alrededor de los mismos. Éste crecimiento fue mayormente impulsado por los procesos de industrialización tardía (que implicó el “crecimiento hacia fuera” e insertó a América Latina en el mercado global como primario exportador), grandes olas migratorias del campo a la ciudad, crisis sistémicas del modelo económico dependiente que derivó hacia la implementación de políticas neoliberales, las mismas que produjeron graves crisis económicas y sociales, nuestro paso por la modernización es historia conocida, muy conocida.

El establecimiento de grandes centros urbanos no fue el único efecto de la modernidad;  transformaciones y cambios en las prácticas sociales y la apertura hacia nuevos consumos culturales, abrieron paso a otras instancias de visualidad en donde la imagen lo fue todo. La visualidad constituyó la representatividad de una violencia presente hasta nuestros días y que se refleja a través de la crisis de valores familiares, el abandono infantil, el consumo de drogas y la delincuencia juvenil. De este modo la violencia aparece repetitivamente en el nuevo marco civilizatorio gobernado por lo visual.

Esta representatividad de la violencia dentro del cine latinoamericano impulsó propuestas cinematográficas que se gestaron concretamente en los años 60´s y 70´s después de la Revolución Cubana y del fallecimiento del Ché y fueron vigorosamente influenciadas por el neorrealismo italiano. Lo que hoy llamamos “Nuevo Cine Latinoamericano” se centró en la realización de películas dotadas con una fuerte voz de denuncia hacia la crisis social, económica y cultural que enfrentaba la región. Estos filmes marcaron una necesidad de reivindicación y reflexión social, apelaban a un acentuado sentido de identidad nacional y popular. Algunos de los cineastas más reconocidos de esta corriente han sido Rocha (Dios y el diablo en la tierra del sol, 1964; Tierra en trance, 1967) Brasil, Littin (El Chacal de Nahueltoro, 1969; La tierra prometida, 1971) Chile, Solanas (La hora de los hornos, 1968; Tangos, el exilio de Gardel, 1985) Argentina, Gutiérrez Alea (Historias de la revolución, 1960; Memorias del subdesarrollo, 1968) Cuba, y Sanjinés (Fuera de Aquí. Llucshi Caimanta, 1977) Bolivia. Este tipo de películas encarnan un sentido de “toma de conciencia” social por medio de un personaje colectivo que reivindica una clara posición ideológica.

En el caso de Fuera de Aquí. Llucshi Caimanta, la cinta hace un amplio uso de la voz en off que inicia el relato:

“Compañeros, los que hemos hecho esta película deseamos, humildemente, que sea útil al pueblo. Nos dirigimos, especialmente a los compañeros campesinos de esta, nuestra América, porque junto a Uds. y gracias a Uds., compañeros, ha nacido este trabajo con el propósito y la intención de servir y contribuir a la tarea indispensable de desenmascarar al enemigo. Esta historia que vamos a ver, ha ocurrido compañeros y todavía está ocurriendo, por eso nos hemos visto obligados a cambiar nombres a las personas y a los lugares, pensamos también que el problema que trata no es solo de un lugar o de un solo país sino, de toda nuestra América en su lucha contra el imperialismo.”

La historia se desenvuelve dentro de una comunidad ficticia llamada KalaKala, una comunidad de campesinos que son frecuentemente intervenidos de forma ideológica por políticos, agrupaciones religiosas lideradas por misioneros extranjeros y, por el Estado por medio de una violencia desiduosa. El conflicto aflora después de la influencia del grupo de misioneros que fracciona la unidad de la comunidad entre evangélicos y no evangélicos después de un claro menosprecio hacia los indígenas. Una vez que el “Pueblo” logra expulsar a los misioneros, se enteran que su intervención vislumbraba el usufructo económico de sus territorios recientemente vendidos a una empresa extractivista, convenio que fue establecido mediante engaños y tratos poco transparentes. Gracias al nivel organizativo de la comunidad logran resistir los primeros intentos de ocupación de su territorio, resistencia que obliga al Estado a intervenir por medio de la violencia. Un grupo de militares terminan por expulsar a toda la comunidad y asegura los intereses de la empresa.

El filme no tiene un buen final para la comunidad de Kalakala que no solo debe abandonar sus tierras ancestrales sino además aguantar el maltrato institucionalizado y la indiferencia social. Como cierre de la película se presenta el caso de Kalakala como ejemplo para otras comunidades, para otros “compañeros”, otros indígenas campesinos que, a modo de moraleja aprendida, instauran un sentimiento de desconfianza al otro, es decir, al hombre blanco occidental encarnado a través de la figura de los políticos corruptos, los empresarios indolentes, los religiosos mentirosos, los citadinos negligentes, los militares violentos. Todos son una potencial amenaza hacia la imagen romántica del indígena, un riesgo de  “degeneración” que deviene inevitablemente de lo moderno.

Pese a esta imagen estigmatizada del indígena despojado de todo vicio que encarna la promesa de la resistencia política y la toma de conciencia social, este tipo de cine se instauró como herramienta cultural para denunciar la violencia de Estado y la sistemática violación de derechos humanos hacia comunidades indígenas. En muchas de las escenas, de hecho, durante toda la historia, se muestran las agresiones más comunes llevadas a cabo en zonas rurales; un segundo proceso de colonización ejecutado por varios grupos religiosos, el maltrato físico y el desprecio cultural ejecutado por falsos médicos que llegan a la zona para vacunar a la comunidad y para extraer muestras de sangre involuntariamente, el vínculo utilitario de los políticos hacia los indígenas, la instauración del miedo como garantía de obediencia, los casos de esterilización forzada a mujeres indígenas, la hostilidad de la fuerza pública que además de golpearlos sin reparo ejercen una violencia simbólica (los llaman sucios, puercos, incivilizados, entiéndase que no solo son adjetivos descalificativos, el móvil de las agresiones no es estar sucios sino ser indígenas, indígenas como sinónimo de incivilización), el desamparo institucional que en lugar de defender derechos prioriza intereses de empresas transnacionales, etc.

La violencia institucionalizada que niega derechos fue el argumento principal de este tipo de cine que defiende reivindicaciones políticas mientras presentan la ruralidad y al indianismo como  sinónimo de lo comunitario/colectivo siempre enfrentado a su inmediato contrario: lo moderno/urbano.

A finales de los 70´s y en la década de los 80´s el cine latinoamericano se apartó de la simbología de la ruralidad y del personaje que reivindicaba valores colectivos, en su lugar, se encargó de producir narraciones que se desarrollaban en espacios urbanos y marginales. Se pueden nombrar largometrajes como La Raulito (Lautaro Murúa, 1977, Argentina), Pixote (Héctor Babenco,  1980, Brasil), Rodrigo D No futuro (Víctor Gaviria, 1988, Colombia). Estas películas están basadas en historias de niños y adolescentes marginalizados que se enfrentan cotidianamente a un mundo adulto en donde están solos y en donde la violencia es su pan de cada día.

La película La Raulito retrata a una niña de catorce años que se disfraza de varón. El travestismo se nos presenta como recurso de sobrevivencia pero también como estrategia que le permite al personaje proteger su “inocencia” resguardando de este modo una sexualidad que puede exponerla, “las cosas son más fáciles para los hombres” dice ella. Pixote cuenta la historia de un niño de 10 años que está inmerso en una marginalidad delincuencial cruda. Es llevado a una casa correccional en la cual aprende sobre las violaciones entre reclusos, torturas llevadas a cabo por los vigilantes, tráfico de drogas, prostitución y asesinatos. Aprovechando un motín carcelario Pixote y algunos compañeros, entre los que destaca “Lilica”, un travesti de trece años, prostituto y traficante, se fugan. Ya en libertad aplican lo aprendido en el centro correccional, lo cual los lleva a un camino delincuencial y violento que termina en el asesinato. Pixote muestra una sexualidad explícita y transgresora que no deja espacio para ningún tipo de inocencia. Por otra parte, Rodrigo D. No Futuro construye una crónica sobre los niños y adolescentes abandonados de las zonas marginales de Medellín. Rodrigo es un joven que acaba de perder a su madre y como consecuencia pierde también un sentido o interés por la vida. Su única motivación es convertirse en músico pero sus condiciones socioeconómicas no le permiten comprar una batería. Rodrigo juega un rol de “observador no participante” de los actos delincuenciales de aquellos que lo rodean y a través de su mirada indirecta se muestra claramente un fuerte ambiente de violencia en la urbe. La cinta muestra una constante búsqueda de afectividad (afectividad que le fue arrebatada tras la muerte de su madre). Sin futuro, Rodrigo termina suicidándose. Al final de los créditos se lee: “Dedicada a la memoria de John Galvis, Jackson Gallego, Leonardo Sánchez y Francisco Marín, actores que sucumbieron sin cumplir los 20 años a la absurda violencia de Medellín, para que sus imágenes vivan por lo menos el término normal de una persona”.

La representación y visibilidad de la violencia ligada profundamente a los estratos pobres de los grandes centros urbanos que, no solo se encontraban sumergidos en una realidad marginalizada sino que además fue altamente criminalizada impregnan a estas películas de una cierta mirada sociológica que posiciona al relato fílmico como reflejo auténtico de la realidad social contemporánea. Considero que este tipo de narraciones constituidas bajo la mirada sociológica ocasionó una fuerte estigmatización de las poblaciones empobrecidas, ya no se miraba al pobre como vulnerable y sin derechos sino como posible amenaza a las poblaciones más acomodadas, del mismo modo se inauguró un fuerte discurso de seguridad para “proteger” a los moradores “descentes” de las zonas residenciales de la “degeneración” proveniente de la lumpen urbana relacionada con la prostitución, la delincuencia, el consumo de estupefacientes, el travestismo, es decir; en contra de las minorías sociales y los grupos subalternos.

De hecho el discurso de seguridad nacional se implantó agresivamente por los gobiernos dictatoriales, uno de los casos más tangibles se dio en el cine argentino durante el régimen de las Juntas Militares a partir del 76. La seguridad nacional se basaba en la defensa de los valores morales y religiosos, valores que sirvieron de justificación para implantar un altísimo nivel de censura y persecución a periodistas, artistas, escritores y cineastas. En este periodo el Instituto Nacional de Cine fue intervenido por el capitán de fragata Jorge E. Bitleston, quien declaraba apoyar “a todas las películas (nacionales) que exalten los valores espirituales, morales, cristianos, e históricos o actuales de la nacionalidad, o que afirmen los conceptos de familia, de orden, de respeto, de trabajo, de esfuerzo fecundo y de responsabilidad social, buscando crear una actitud popular optimista para el futuro, evitando en todos los casos escenas o diálogos procaces”  

La mirada sociológica presente en los filmes de los 80´s se pierde en la década de los 90´s, debido principalmente, a la superación de la crisis de la producción cinematográfica de la década anterior vinculada a la intervención de los gobiernos militares vigentes.

A finales de los 80´s y a partir de los 90´s América Latina inició el proceso de transición democrática, pero además, sobrellevó la aplicación de políticas neoliberales que ocasionaron graves crisis económicas y sociales y, la integración abrupta a la globalización.  La transformación social consecuente a estos cambios instauró una mirada creadora de un nuevo tipo de representatividad de la violencia en el cine latinoamericano basado en una fuerte crítica a la promesa de la Modernidad: largometrajes que mostraban la violencia ejercida por instituciones sociales que acentuaban la exclusión, una violencia que reflejaba la pérdida del vínculo social y la crisis de valores tradicionales como la búsqueda de progreso mediante el trabajo estable y la conformación familiar, como resultado, se muestra constantemente una violencia provocada por una pérdida identitaria o/y una crisis personal.

La transición social de los 90´s inaugura un cine latinoamericano inscrito como “realismo sucio” o “Cine de la Marginalidad”, esta corriente debe diferenciarse del “cine marginal” o “underground” ya que se caracteriza por una realización  artesanal y su difusión se encuentra restringida a circuitos contraculturales. Al hablar sobre el Cine de la Marginalidad se alude “a un tipo de relato cinematográfico que trata de reconstruir la experiencia de la exclusión social y la marginalidad sin recurrir a narrativas burguesas, elitistas, o ilustradas, que aborda la pobreza y la violencia desde el punto de vista de personajes marginales”. Esta representación de la  violencia se encarna en el escenario de la miseria urbana, en los barrios excluidos “guarida” de marginales, filmes que retratan personajes generalmente jóvenes que han perdido todo sentido o motivación por la vida, los mismos que son arrastrados por una corriente social cuyo flujo no pueden detener, ellos mismos no pueden detenerse. Narran historias crudas que muestran de forma recurrente la descomposición familiar, delincuencia, drogas, sueños inalcanzables, aspiraciones imposibles. Es eso: la expulsión a un mundo desencantado que carece de sentido, de promesa, de ideología, de cualquier ideología.  

Algunas de las películas producidas en esta corriente fueron: Caídos del cielo (Francisco Lombardi, 1990, Perú), Lolo (Francisco Athié, 1992, México), Johnny Cien Pesos (Gustavo Graef Marino, 1993, Chile), Tango Feroz (Marcelo Piñeyro, 1993, Argentina), Sicario (José Ramón Novoa,  1994, Venezuela) Dulces compañías (Oscar Blancarte, 1996, México), Pizza, birra y faso (Bruno Stagnaro y Adrián Caetano, 1998, Argentina), Subterráneos, (Alejandro Bazzano, 1998,  Uruguay), La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998, Colombia), Huelepega, a la ley de la calle (Elías Schneider, 1999, Venezuela), Ratas, ratones y rateros (Sebastián Cordero, 1999, Ecuador), La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, 2000, Colombia-Francia-España) 25 Watts (Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, 2001, Uruguay), Perfume de violetas, (Fernando Meireles, 2001, México), Un día de suerte, (Sandra Gugliotta, 2002, Argentina-España-Italia), Carandirú (Héctor Babenco, 2003, Brasil),  B-appy (Gonzalo Justiniano, 2003, Chile-España-Venezuela).

En el caso de Pizza, birra y faso de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano (1998) la historia se basa en un grupo de jóvenes marginales dedicados a la delincuencia, el Cordobés es un joven belicoso propicio a la violencia, tiene de novia a Sandra cuyo embarazo está bastante  avanzado. Lo acompañan en las querellas Pablo el “amigo consciente”, el Frula y Megabom jóvenes que viven para robar y robar para comer. La película inicia con escenas de la ciudad de Buenos Aires, los grandes edificios, personas movilizándose, vendedores ambulantes, el Obelisco, semáforos cambiantes y filas de autos atrancados en la calle, entre el caos y el bullicio de la ciudad aparecen como emergiendo del asfalto rostros de mendigos e indigentes que se intercalan con empresarios, comerciantes y gente comiendo en restaurantes. El cambio es sutil pero evidente, muestra claramente la difícil condición social por la que pasaba Argentina en los años antecedentes a la crisis del 2001.

La historia de los pequeños delincuentes en los grandes centros urbanos de latinoamérica hace visible la crítica directa a la Modernidad que prometía bienestar social, altos niveles educativos, trabajo pleno, promesas que significaban la erradicación del desempleo y la pobreza. Nada más alejado a la historia, los personajes son jóvenes desocupados, pobres, sufren de hambre pero además, no tienen ningún tipo de proyección del futuro, sueños o metas. El sentimiento de crisis trasciende a la esfera particular de cada personaje cuando se nos revela la fragmentación social a través del abandono parental, la violencia intrafamiliar y la corrupción institucionalizada. La realidad más dura de los adolescente se extiende desde su situación socioeconómica paupérrima hacia una profunda soledad. Están solos, todos los personajes de las películas de los 90´s experimentan la violencia mediada por el abandono, por un sentimiento de vulnerabilidad, soledad y pérdida de sentido.

Es interesante la manera en la cual ésta representatividad de la violencia implantada desde el Cine de la Marginalidad tuvo la sensibilidad suficiente como para hacer visible la crisis en términos sociales pero también individuales. En esta clase de relatos lo marginal ya no se encuentra inevitablemente impregnado en el fenotipo del pobre, es capaz de abandonar estereotipos sociales y mostrar las problemáticas de familias tradicionales atravesadas por la delincuencia y la marginalidad. De este modo, la crisis atraviesa inevitablemente a todos los sectores independientemente de su condición económica haciendo de todos, potenciales víctimas de una violencia que se inscribió en todas partes.

Así, otro tipo de representatividad de la violencia en el cine de la región se instaura en películas  que abandonan los relatos de vandalismo o delincuencia y muestran una violencia que ya no aparece como condición sino más bien como síntoma de las sociedades actuales, una “violencia gratuita”, incontrolada, sin sentido. Algunos de los filmes que podemos nombrar como ejemplo son: Satanás (Andy Baiz, 2007, Colombia), es una película basada en el libro de Mario Mendoza que a su vez se basa en los hechos ocurridos en un restaurante de Bogotá en donde Campo Elías Delgado, un excombatiente de la guerra de Vietnam asesina a varias personas que estaban presentes en el restaurante después de haber asesinado a su madre y a algunas personas cercanas a él. En el filme se narran tres historias paralelas todas ellas atravesadas por un hecho violento, asaltos, violación, agresiones físicas, asesinatos. Los personajes, que no se conocen entre sí, son víctimas y a la vez victimarios cuyo punto de encuentro no es más que el hecho azaroso de encontrarse en el mismo restaurante. El personaje principal es Eliseo, un hombre adulto que imparte clases particulares de inglés, está enamorado de una de sus alumnas pero no tiene oportunidad de establecer una relación romántica con ella, es constantemente reprimido por su madre con quien tiene una relación de odio y resentimiento, y para colmo está harto de la actitud de algunos vecinos. Se retrata a un personaje desvinculado de todo lazo social cuyo acto final es arremeter violentamente contra todos sin distinción. Satanás presenta la fragmentación social de manera cruda, que recurre a la violencia  explícita: el asesinato. Eliseo no solo trata de vivir después de una experiencia traumática sino que es incapaz de establecer nuevas relaciones debido a un malestar constante que se manifiesta de manera explosiva cuando decide asesinar a sangre fría a conocidos y desconocidos por igual. El personaje, en su represión permanente, desata una violencia indiscriminada, una violencia experimentada como síntoma inconsciente, inmediatamente como agresión directa al otro (la alteridad) renunciando a las connotaciones de ley, moral u orden propios del actual sistema civilizatorio.

La película Mejor no hablar de ciertas cosas (Javier Andrade, 2012, Ecuador) narra principalmente la historia de dos hermanos, Paco y Lucho quienes después del fallecimiento de su padre pasan por una crisis personal, el mayor está enamorado de una mujer casada, odia su trabajo y se resiste a toda costa a la insistencia de su madre por retomar el patrimonio social de su padre. El menor es un músico que alcanza cierto éxito pero adolece de una fuerte adicción a las drogas. En un desarrollo caótico de los acontecimientos Lucho termina asesinado por su proveedor de drogas y Paco recurre a una directa referencia paternal para poder cobrar venganza. Lo interesante del filme es reflejar la crisis personal que se soluciona al reivindicar los mismos valores paternales, en una suerte de parricidio, la sucesión de Paco puede reconstruir su propia historia únicamente cuando encarna la figura del padre.

Relatos salvajes, (Damián Szifron, 2014, Argentina) es una película compuesta por seis narraciones cortas, todas ellas terminan en situaciones violentas de escalada rápida e inesperada. Si bien el filme tiene como propósito situarse dentro de la comedia negra-drama, las palabras del director reflejan bien este tipo de violencia explosiva: “hablamos de la difusa frontera que separa a la civilización de la barbarie, del vértigo de perder los estribos y del innegable placer de perder el control.”

En este pequeño conjunto de largometrajes se puede evidenciar una representatividad de la violencia mostrada como reacción, como respuesta urgente a una situación de emergencia. En una sociedad en donde se marca el valor individual por medio de una constante exigencia de incremento productivo y eficiente, consecuentemente, se requieren altos niveles de disciplinamiento y orden. La violencia, en este sistema, aparece como síntoma de nuestras represiones inconscientes pero además, juega como herramienta de “desfogue” de nuestros propios sentimientos de frustración, ira o apatía. Esta “función” de la violencia que se muestra en el cine contemporáneo, es una violencia impartida hacia los otros pero también hacia a nosotros mismos, ya sea por la búsqueda de sentido o por el profundo sentimiento de abandono/soledad, se aprecia lo violento como acto transgresor de los límites (la ley). Una violencia que denota un fuerte impulso destructivo, incluso, contra-social.

La presencia de esta violencia indiscriminada que puede arremeter contra cualquiera y mostrar sin recelo la fuerza por la fuerza es un tipo de imagen que se mediatizó insistentemente a partir de los 90´s. Se puede hablar de una violencia convertida en espectáculo a partir de la saturación de relatos e imágenes violentas en noticieros, revistas y novelas televisivas.  Novelas reconocidas y ampliamente comercializadas como “Sin tetas no hay paraiso” (2006, Colombia) basada en el libro homónimo de Gustavo Bolívar, se transmitió en Perú, Chile, Paraguay, Guatemala, Venezuela, Argentina, Ecuador, México, Uruguay. Del mismo corte el “Cartel de los sapos” (2008) o “Las muñecas de la mafia” (2009) si bien son de producción colombiana este tipo de novelas se transmitieron a un promedio de 21 países y se encuentra de forma permanente en plataformas digitales como Netflix. La espectacularización de la violencia también se encuentra en programas televisivos de corte periodístico de “investigación y denuncia” y de realities especializados, uno de los ejemplos más tangibles es el programa “Policías en acción” (2013, Argentina) tuvo tanto éxito que se grabaron cuatro temporadas con un total de 52 capítulos. Este tipo de programas que posicionan a la violencia como centro de su contenido incorporan un cierto nivel de cotidianidad de la violencia. ¿Peligroso no?

Deseo retomar los cuestionamientos con los que iniciamos el escrito:  ¿Cuál ha sido el lugar del cine latinoamericano en la puesta en evidencia de la división y de los conflictos sociales de América Latina? ¿Cuál ha sido la influencia del cine en la construcción de realidad latinoamericana?

Sí, el cine ha sido capaz de evidenciar la división y los conflictos sociales de la región, el cine latinoamericano ha cumplido el propósito de mostrar y manifestar las posiciones, condiciones, crisis, cambios en las que América Latina se gesta, relatos en donde la violencia sirve de herramienta de denuncia, apelación a la resistencia y a la toma de conciencia, historias de abandono que abren reivindicaciones generacionales en reproche a la de sus antecesores, una búsqueda de sentido que deriva de la crisis de la modernidad y de la falta de promesa, una violencia que se presenta como síntoma de fragmentación social y del declive de las relaciones sociales tradicionales. Un cine que relata historias con fuertes cargas de cotidianidad en donde la ciudad es el escenario del anonimato, desorden, hastío, de una disgregación social que se imprime y deja una huella en forma de bomba que en cualquier momento puede estallar. Imágenes que nos hacen pensar que la violencia está presente en todo lugar, y que cualquiera puede ser una víctima potencial. Narraciones en donde el personaje principal encarna la “persona común”, hombre, mujer, niño, estudiante, profesional, trabajador, indigente, rico, pobre y clases medias, bien podría ser cualquiera.

Si van al cine, hagan caso a sus madres y vayan con cuidado.

 Notas al pie: 

Filmes realizados con una gran inversión y producción, generalmente encabezados por importantes figuras estelares de Hollywood, cuentan con una gran cantidad de copias que son distribuidas al mercado local e internacional por lo que pueden saturar los espacios de exhibición. Concentran la atracción del público en sus primeras semanas de exhibición por lo que no requieren permanecer mucho tiempo en cartelera.

Festivales y muestras cinematográficas actualmente reconocidas como el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata inaugurado en 1954 , el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana (1979), el Festival Internacional de Cine de Cartagena (1960) o el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (1999).

3 En: Spotorno Radomiro, 50 años de soledad. De los olvidados a la Virgen de los Sicarios, Ed. Fundación Cultural de Cine Iberoamericano de Huelva, 2001, pp. 46

La Modernidad estuvo marcada por la reproducción del capital a través del consumo, instauró una nueva sociedad (sociedad de masas) en donde artículos inicialmente suntuarios se convirtieron en artículos de primera necesidad (televisores, radios, videocaseteras, ropa de moda) La expansión del consumo también ocasionó el crecimiento de la clase media y la posibilidad de consumir bienes culturales anteriormente exclusivas para las clases altas, el teatro, el cine.

Sanjinés Jorge, Neorrealismo y nuevo cine latinoamericano: las herencias, las coincidencias y  las diferencias. Ponencia escrita para el seminario La influencia del Neorrealismo Italiano en el cine latinoamericano, organizado por la revista CINEMAIS como parte del programa del Festival Cinesur de Cine latinoamericano realizado en Río de Janeiro en junio del 2002.

Corriente cinematográfica producida entre 1945 y 1965. Recobra narrativas escenas que muestran el dolor, la miseria, el hambre y el drama colectivo de las sociedades de la post guerra. Esta corriente rompió esquemas norteamericanos de construcción narrativa simple que reivindicaba el “American Way of Life”.

Sanjinés J. (Director), Fuera de Aquí. Llucshi Caimanta, 1977, Ecuador, Min, 6:30.

Cita extraída de Judith Gociol y Hernán Invernizzi, Cine y dictadura. La censura al desnudo, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2006, p. 43.

León Christian, El Cine de la Marginalidad, realismo sucio y violencia urbana, Ed. Abya Yala, Quito, 2005, pp. 24

10  El síntoma es una de las formaciones del Inconsciente. El síntoma se manifiesta cuando un significante reprimido en la conciencia del sujeto aparece de manera inconsciente.

11  Imbert Gerard, Los escenarios de la violencia: conductas anómicas y orden social en la España actual, Ed. Icaria, Barcelona, 1992.

12 http://www.haciendocine.com.ar/node/41012

13https://es.wikipedia.org/wiki/Sin_tetas_no_hay_para%C3%ADso_(serie_de_televisi%C3%B3n)

 

Sobre la Autora:

Quito (1990) Estudió sociología en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, tiene una especialización en Ciencias Políticas, y obtuvo el premio de la convocatoria del consejo nacional de cinematografía (2015) por su investigación sobre cine ecuatoriano de ficción desde la década de los 70´s hasta el año 2015. Géminis

 

 

Raúl Gómez Jattin, el criollo maldito

Por: Angélica Mogollón

Raúl Gómez Jattin (1945-1997)  el criollo maldito o el maldito criollo nació y murió en Cartagena de Indias, Colombia. La miseria de la calle, los hospitales psiquiátricos y la cárcel fueron la dinamita para configurar su estilo; el loco que acechaba a la gente por una moneda, dejó bajo su cama de cartón siete poemarios publicados entre 1980 y  1993.  Con su poética polimorfa,  Raúl Gómez Jattin,  fractura el conservadurismo nacional explorando categorías innombrables en una Colombia aún  decimonónica.

Un hombre de papel, que se desintegra con cada uno de sus poemas,  configurando una dualidad eterna entre la abyección de la vida y nobleza del verso, arrastrándose en las calles por una miga de pan y elevándose con la palabra, nos regala una poética frenética y libre,  que nos atraviesa, cuestiona, escupe, viola y libera. Igual que la droga nos desinhibe de la hipocresía social.

Dinamitó todo a su paso en vida, hoy renace con cada uno de sus poemas y sigue abofeteándonos  con la palabra simple que, con el paso del tiempo se torna cada vez más perspicaz y transgresora. Es así que se insiste en traer a Gómez Jattin a la contemporaneidad con publicaciones póstumas y antologías poéticas, como la que hace Carlos Monsiváis en 2006 titulada “Amanecer en el Valle del Sinú” siguiendo la premisa que Raúl está en todas partes menos en él, y donde se encuentran los siguientes poemas:

Íntimas preguntas

¿De profesión?

Loco

¿De vocación?

Lerdo

¿De ambición?

Terco

¿De formación?

Ángel

Y ni aún así pudo contrarrestar

El cabrilleo de los ojos de Jorge

¿De fornicación?

Lento

 

Pequeña elegía

Ya para qué seguir siendo árbol

Si el verano de dos años

Me arranco las hojas y las flores

Ya para qué seguir siendo árbol

Si el viento no canta en mi follaje

Si mis pájaros migraron a otros lugares

Ya para qué seguir siendo árbol

Sin habitantes

A no ser esos ahorcados que penden de mis ramas

Como frutas podridas en otoño.

 

Un probable Constantino Cavafis a los 19

Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas

El amor entre hombres

fumar marihuana

y escribir poemas

Mañana se levantara pasado el medio día

tendrá rotos los labios

rojos los ojos

y otro papel enemigo

Le dolerán los labios de haber besado tanto

y le arderán los ojos como colillas encendidas

y ese poema tampoco expresará su llanto.

 

Sobre la autora:

Colombia, 1990.

Venir de donde asustan. La obra de Horacio Castellanos Moya

Por: Pedro Romero Irula

Uno es salvadoreño, creo yo, de la misma manera en que uno puede ser asmático o diabético o bizco: no queda de otra más que rechinar los dientes y agitar el dedo medio al cielo por la broma pesada de haber nacido en un país tan aberrante como El Salvador. No es de extrañar, entonces, que yo haya llegado a Castellanos Moya mediante El asco, una novelita chistosísima que en El Salvador goza de alguna fama polémica (tanto como pueda tenerla un libro en un país donde nadie lee) por aquello de los nacionalismos ofendidos y las circunstancias que empujaron a su autor al exilio, un exilio que le significó catapultarse a un escenario literario radicalmente distinto. Ya he escrito en otra parte que hay quienes leen El asco como leerían, digamos, a Marx o a Bourdieu, es decir, con seriedad religiosa, como si se tratara de una crítica sesuda de una cultura aborrecible en lugar de una burla magistral en clave de Thomas Bernhard.

Este sentido del humor, que a veces es apenas distinguible de la angustia y la rabia propias de quien crece en una sociedad tan hostil como la salvadoreña, aparece, de hecho, en toda la obra de Moya. Desde los cuentos absolutamente salvadoreños, tan genuinos que cualquiera que haya malvivido un rato en una colonia de San Salvador puede imaginarlos a la perfección, de ¿Qué signo es usted, niña Berta? hasta las peleas histéricas de dos perseguidos políticos tras un fallido intento de golpe de estado en Tirana memoria, hay una voluntad de hierro por reírse y burlarse de las circunstancias más perversas que la vida o la historia puedan arrojar sobre cualquiera. Lo cierto es que este humor no es tan solo un recurso literario, por demás dominado por Moya con un encanto envidiable, sino además una estrategia de supervivencia. En El Salvador, un agujero en el camino en Centroamérica, un lugar famoso tan solo por atrocidades y asesinatos, la vida es más bien un accidente, la manera de conducirse por la ciudad es la paranoia, y la regla de oro para las relaciones sociales, la gana de joder. Parece que es tan saludable burlarse como matarse (o migrar, pero también matarse): Castellanos Moya opta por la primera.

Quizás es este mismo mecanismo el que (y esto, seguramente, va a sonar estúpido) lo hace mantener un tono y una voz en gran medida salvadoreños. No me refiero al uso de regionalismos o de una particular gramática nacional, sino a la capacidad abrumadora de construir personajes invocados de los renglones más espantosos de la historia salvadoreña: el Vikingo, destripador de las fuerzas de seguridad estatales en La sirvienta y el luchador (una novela que me dio miedo), la vieja rica y parlanchina infinitamente perversa cuya paranoia le devora la cordura en La diabla en el espejo, los narradores perturbados y neuróticos que comprenden que aún en medio del horror de la historia la vida continúa, muchas veces rumbo a peor (Insensatez, Desmoronamiento, El sueño del retorno). La lista podría extenderse, pero resulta mejor ver a estos personajes en acción, en vivo y en directo, en la obra de Moya.

Es curioso que Moya se haya abierto un espacio entre los lectores iberoamericanos (y ahora que empiezan a traducirlo también anglosajones) sin sacrificar esta particularidad. Lo menciono porque en la narrativa salvadoreña ha aparecido una ola de novelas sobre el país dirigidas a un público extranjero. Un ejemplo de ello es Noviembre, de Jorge Galán (que es muy buen poeta), una novela más bien simplona y poco memorable sobre la masacre de seis jesuitas y dos colaboradoras en la universidad por ellos fundada, cometida por los militares salvadoreños en 1989. Lo que también es curioso, por no decir impresionante o paradójico, es que esa novela le haya valido a Jorge Galán amenazas de muerte por las que ha debido exiliarse. No puedo sino pensar en Horacio Castellanos Moya, en esa exacta situación, hace unos veinte años, tras la publicación de El asco.

Otro elemento, quizás para muchos el más importante, por el que destaca la obra de Moya es su indiscutible calidad literaria. Es posible (y lo hago solo de la manera más antojadiza) hablar sobre sus novelas en dos partes: un ciclo de la violencia (Baile con serpientes, El asco, La diabla en el espejo, El arma en el hombre, quizás La diáspora) y un ciclo de la memoria o del trauma (Desmoronamiento, Donde no estén ustedes, Tirana memoria, La sirvienta y el luchador, El sueño del retorno). Una especie de bisagra entre ambas es Insensatez.

Las primeras, naturalmente, se preocupan de la facilidad salvadoreña para el homicidio y la tortura: un loco con una brigada de serpientes pone San Salvador patas arriba, un soldado desmovilizado entra a la posguerra por la puerta del crimen organizado, una mujer insoportable hurga en el pasado oscuro de su mejor amiga recién asesinada, un hombre absolutamente trastornado por su regreso a El Salvador de final de milenio despotrica sin parar. El segundo ciclo se dirige hacia otro tipo de angustia: saber que, a fin de cuentas, solo tenemos nuestra memoria, y muchas veces esa memoria es un cúmulo de traumas que no nos sirven siquiera para ver qué pasó, cómo terminamos tan jodidos, qué podríamos hacer por recuperar algún sentido. La clave narrativa de este ciclo es la historia de dos familias relacionadas, los salvadoreños Aragón y los Mira hondureños, una historia, además, sitiada por los avatares del siglo XX centroamericano. Insensatez, por su parte, narra la imposibilidad de un investigador en Guatemala de lidiar con el pasado inmediato del país, plagado de violencia y mal sin fin.

No pretendo construir una especie de canon para leer a Moya o una sandez en esa línea, sino señalar la construcción de universos literarios donde cada novela encaja a la perfección, sin resquicios ni forzaduras, tanto en el seguimiento de las sagas familiares Aragón y Mira, como en la aparición de personajes recurrentes, situaciones paralelas y cronologías compartidas. Por ello terminé leyendo su obra de corrido, novela tras novela, como un maldito yonqui, ansioso por más.

Moya, en fin, es un novelista que se sostiene por sus propios méritos: su tenacidad y su talento. Por eso me resulta condescendiente que sus libros siempre aparezcan con sendas cintas impresas con fragmentos de críticas favorables de algún medio europeo o de algún escritor más famoso (la frase de Bolaño (1) que lo define como un “melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”, lo que sea que eso signifique, ya es imprescindible), como si los editores se disculparan por publicar a un gato proveniente de un país que no existe, que a todo mundo le suena a isla caribeña, que con toda seguridad no sobrevivirá a esta década.

Pronto saldrá a la venta, o ya salió, no lo sé, su nueva novela: Moronga (un título, valga la aclaración, divertidísimo, que en El Salvador tiene varios significados: una salchicha hecha de sangre, un pene, una paliza, un apodo para un moreno reluciente y malvado como los que tanto pululan por las calles de San Salvador). Ya sea por enterarse de un país aborrecible, por odio a dicho país aborrecible, por curiosidad, por morbo o por simples ganas de un buen libro: léanla.

Notas al pie:

  1. Ya había escrito Moya algo sobre la canonización de cierta figura mítica de Roberto Bolaño, una mezcla de neo-beatnik joven y viajero con inclinaciones políticas más o menos izquierdistas y grandes ambiciones literarias, por parte de las editoriales, tanto de habla hispana como inglesa.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.

Tattwa

Por: Julián Malvasi

Ediciones baratas de libros cosidos por groidianos civilizados se amontonaban en los estantes de la librería Lomje en la calle San Lorenzo de Martín Coronado. Apenas si pasaba gente por ahí y menos para comprar. Sin embargo, su dueño, el joven escritor vestano Anselmo Trocci había llegado de Vesta atraído por la moda de la burguesía liberal de Nueva Sicilia de regresar a la Tierra. Su familia era de inmigrantes. Sus tatarabuelos de Sicilia a Buenos Aires y sus abuelos de Bs.As. a Vesta. Ahora, libre del trabajo físico y de las constantes movilizaciones a las cosechas rotativas que el estado imponía a los menores de veinticinco años se sentía relajado. Era pobre o lo sería cuando su reserva se acabara. Después de dos meses de turismo llegó al barrio de sus abuelos y con el crédito que tenía destinado a alquilar una casa y comprarse una moto, compró la vieja librería Lomje. Era un sitio histórico municipal pero en medio de la desolación de la posguerra la había comprado barata. Bastó con firmar un contrato de conservación edilicia. No es que fuera masoquista por poner una librería en un lugar donde la gente pensara solo en comer y juntar chapas antes del invierno. Quería materializar su deseo de la infancia. Aunque forzado, lo estaba realizando. En su catálogo convivían autores como Homero, Cervantes, Shakespeare, Poe, Verne, Borges y muchos de sus contemporáneos de Vesta. Especialmente las antologías del Círculo de Kuiper. Sus colegas del cinturón de Kuiper, todos neo-chinos desterrados de la República Popular de Marte eran la vanguardia interestelar de la retroficción.

En su unidad Ayma16 había programado algunas canciones de Kap Bambino y Languidity de Sun Ra. Tomaba mate sentado en un cajón metálico que usaba para retener unas cucarachas que sobrevivieron a la fumigación del día anterior. La calle estaba vacía, de vez en cuando una ambulancia cruzaba la estación hasta el UPA-24. Los únicos transeúntes eran groidianos cadetes y algunos capataces que los seguían en bicicleta. Anselmo se desperezó y abrió un surco en la yerba con la bombilla. Abstraído a la espera de algún cliente pensó en las cucarachas atrapadas abajo suyo. Imaginó que ahí  estarían más seguras que a la intemperie, donde pensaba dejarlas antes de sentarse. El exterior era hostil. Sintió empatía pero al toque se despabiló con el ruido del tren llegando a la estación. Decidió dejar las pastillas Herschel. Se dijo que a partir del próximo día iba a tirar las que le quedaban y a remplazarlas por actividad física o alguna religión racional. Pensó en hacer cross-fit, jiu jitsu, water-polo o parkour, aunque nada lo convenció. Respecto a la religión, sí logró definir su voluntad. Le gustaba el budismo del Sutra del Loto pero se entusiasmó más con la orden del Amanecer Dorado. Consultó en el Ayma16 pero recibió más que nada porno del sucio en relación a la segunda palabra de su búsqueda. Se convenció de ir directo a la sede más cercana a su casa, es decir, la trastienda de la librería. Estaba en el límite entre Puerta 8 y Villa Mictlán, del lado oeste del Río Morón.

Llegó en un destartalado 328 que funcionaba como remis y flete al mismo tiempo. Las ventanas estaban cubiertas con bolsas de consorcio y al fondo unos estibadores del mayorista satélite del Mercado Central en Tres de Febrero mantenían en pie un pallet de maples de huevos. Frenaron en la plaza de Remedios de Escalada, donde tenían que descargar.

-Mejor bajate acá porque estos dos tienen para rato-le dijo el chofer.

Pagó en monedas y bajó de un salto a la vereda. Hacía frío y una brisa nauseabunda del matadero de Puerta 8 le dio en la cara. Nunca había estado en un barrio como ese. La zona donde vivía era parte del conurbano igual que aquel lugar pero como centro comercial del distrito, aunque desolado, tenía una mayoría de habitantes de clase media. No tuvo miedo. Caminó por las calles esquivando grietas en las baldosas y arreglos precarios en el asfalto. Recordaba los documentales que había visto en Telesur antes de viajar desde la casa de su familia en Vesta. Dos o tres kilómetros después llegó a su destino. La Casa del Amanecer Dorado contrastaba mucho con el resto del barrio. Su diseño parecía de Niemeyer o Le Corbusier. Tenía una torre con un mirador parecida a una antorcha y a los costados dos edificios con columnas metálicas que a Anselmo le recordaron las patas de una araña. El resto era todo blanco, salvo algunas partes con grafittis borrados donde la pintura resaltaba. Las casillas de chapa y madera, o ladrillo adyacentes, parecían undirse bajo la altura de la torre. Se acercó a la puerta y tocó timbre. Sin esperar le abrieron dos personas que se presentaron como Sílex y  Amper. Vestían túnicas blancas estampadas con pequeñas figuras de colores. Sílex tenía barba hasta la cintura y Amper llevaba un peinado digno de la princesa Leia. Las túnicas parecían pijamas y Anselmo se sorprendió porque la información que tenía de la orden hablaba de metafísica con lenguaje serio.

-Hola, buen día. Soy Anselmo Trocci, vivo en Coronado y me enteré hace unos días de ustedes por un folleto con su doctrina que me dejaron en la puerta de mi casa.

-Buen día, señor Trocci-repitieron al unísono.

-Vine a ver qué es lo que hacen pero no quiero comprometerme-dijo Anselmo con voz tímida.

-Está bien, puede pasar y conocernos-dijo Sílex.

-Está por empezar la sesión ¿Pasa?-preguntó Amper.

-Sí, claro-dijo Anselmo y entró.

Lo llevaron por un largo pasillo de paredes blancas y bien iluminado. Anselmo trataba  de deducir en qué parte del edificio se encontraba cuando notó una leve inclinación hacia abajo. Le abrieron una puerta de dos grandes hojas cubiertas de imágenes geométricas de colores en bajorrelieve. Una escalera de cemento en espiral los llevó hacia el subsuelo. A medida que se acercaban Anselmo fue sintiendo un zumbido. Sílex le explicó que era un mantra. Ante su consulta, Amper dijo que no tenía que ver con la orden pero que sus miembros lo usaban para concentrarse.”Es como una entrada en calor”-dijo Sílex. Al final de la escalera una puerta igual que la anterior daba paso a un salón del tamaño de una cancha de tenis. Los miembros de la orden estaban sentados en círculo sobre una alfombra que cubría casi todo el piso. En los bordes se veían tablas de madera húmedas. Del techo colgaban lámparas de leds. Al entrar Anselmo y sus acompañantes, los miembros de la orden les hicieron lugar y continuaron con su mantra. Al minuto cesaron y tras una breve presentación Anselmo fue admitido en su sesión diaria de exploración astral. Todos vestían túnicas iguales.

-Agarrá una de estas cartas-dijo Amper.

-Cualquiera. Y mirala fijo. Sin pensar en nada-agregó Sílex.

Anselmo lo hizo a la par del resto de los miembros. Fijó la vista en la carta que le había tocado. El fondo era blanco. El tattwa era un óvalo vertical violeta con un triangulo rojo en el centro. Le costó unos minutos concentrarse pero poco a poco la carta fue captando su atención. Comenzó el viaje. Vio imágenes mentales como si realmente tuvieran tres dimensiones. Como un sueño, pero sin cerrar los ojos y con mayor claridad.

Con un tiro en el tobillo voy corriendo hasta el pasillo…la parca y la gorra me quieren llevar”. “Vos de bebé te ponías el chupete corte fierro en la cintura y con la mema a todos (vos) los quemabas cuando bola no te daban”. La cumbia sonaba muy fuerte y los gritos de la gente apenas se escuchaban. “El que no hace palmas…maneja el patrullero“. Anselmo estaba desarrollando su exploración astral con éxito. Había viajado a la Isla Caravana. Estaba en Los Mochis, el único boliche que seguía funcionando durante la guerra. Como mínimo había viajado veinte años atrás. Scioli aún sería presidente aunque esto Anselmo lo ignoraba. En ese momento estaba en Nueva Sicilia. El local estaba lleno de gente y él no intentó entrar. No conocía sus códigos y se sentía ajeno a la euforia que llenaba el recinto. En la puerta un patovica viejo y cansado dejaba pasar a todos los que llegaban. El olor del agua podrida y los vapores que salían del matadero de Puerta 8 le ayudaron a ubicarse, ya que el Ayma16 no funcionaba. Esto pasó rápido y cuando por fin entendió porque estaba ahí se desvaneció todo y volvió al subsuelo. Se refregó los ojos, vio su carta en el piso y a los miembros de la orden abstraídos sosteniendo las suyas. De a poco comenzaron a regresar de sus viajes. Anselmo había probado varios psicotrópicos además de las pastillas Herschel pero nunca había tenido una experiencia tan realista como esa. Se le antojó un porro pero recordó que la marihuana ya no crecía en la Tierra.

El invierno post nuclear había arruinado las cosechas en toda latinoamérica. Ya no había soja pampeana ni cargamentos de marihuana prensada de Paraguay. La triple frontera estaba abandonada. Anselmo había escuchado el rumor de que en farmacias de Uruguay y del sur de Brasil se vendían flores sintéticas bajo receta. Las drogas de diseño también simulaban ser naturales con impresiones tridimensionales. Algunos invernaderos resistían con cultivos hidropónicos en los galpones abandonados del Delta de Liniers pero él no lo sabía. Para alimentos y biodiesel solo quedaba la importación de las colonias. En el archipiélago de Svalbard la flota Ártica de la OTAN custodiaba las semillas de la bóveda del fin del mundo y negociaba a través del Banco Mundial el alquiler de especies para sintetizar.

 -Es cuestión de tiempo-dijo Sílex.

-Ojalá, porque me pareció muy real.

-Es que fue real. No fue una visión sino una traslación.

-Los tattwas son el principio, la punta del iceberg-dijo Amper.

-Hay todo un universo superior a la realidad que a la gente de a pie se le escapa-dijo Sílex. Además, recién viste que somos abiertos, que te dejamos participar sin pedirte documentos ni nada. Los prejuicios que nos tienen son infundados. Son de quienes no ven nada más que lo que alcanzan sus ojos. Pero hay mucho más allá de lo real y del presente. Tu experiencia fue solo una introducción. Los demás miembros siguen allá abajo porque están en otra etapa.

-Dejalo ahí-dijo Amper. Es mucha información para un solo día.

Anselmo salió de la Casa del Amanecer Dorado con una mezcla de curiosidad y miedo. Había vivido algo mejor que los sueños virus de la red Ayma y que cualquier implante de  realidad virtual. Se perdió en el camino de vuelta y terminó compartiendo una moto-remis hasta su casa. A las ocho en punto de la noche bajó la persiana y se instaló en su escritorio. Sacó la pila de libros y hojas. Extendió un afiche de la editorial Rizoma del lado opuesto y se sentó a dibujar un croquis del barrio que conoció horas antes. En su grupo scout de Vesta había aprendido a hacer croquis y mapas de riesgo cuando llegaba a un camping. Antes de armar las carpas y refugios era lo primero que hacían. Recordaba un río, una isla y un puente que atravesaba ambos lados y los conectaba. Casas bajas de adobe con partes recicladas de vidrio y plástico. A pesar de su esfuerzo, el viaje astral había durado muy poco. Quería saber donde había estado. No recordaba nada más. Esa noche le costó dormir. A la mañana siguiente no abrió la librería. Cargó con café un termo, agarró una muda de ropa, jabón, una toalla y el cepillo de dientes. Metió todo en la mochila y programo el holograma de la entrada para anunciar el cierre temporal. No sabía cuando iba a volver.

 

Sobre el autor:

Tres de Febrero, Buenos Aires, Argentina (1994). Entre sus hazañas y fracasos dice ser ex futbolista de inferiores, dirigente scout y militante peronista. Actualmente escribe una saga ucrónica con elementos de ciencia ficción.

El encuentro de las especies

Por: René Patricio Carrasco Mora

Nos adentramos en lo que bien podría representar al diabético crónico que no puede dejar la dosis diaria de azúcar, como venga, más que nunca. Así, con un trago de ron, sexo, la libreta de consumo, marihuana y un tanto de cinismo, Pedro Juan infecta todo lo que esté a su alcance; al tiempo que queda expuesto a algunos verdugos de la crítica literaria, esos que habrán dicho: “textos divertidos, triviales  hasta el punto de repetirse, de ritmo intenso y cautivante, pero que se olvidan rápidamente.” De todas maneras, bien hará justicia el propio autor, lector o curioso que encuentre sus entrevistas, libros y pinturas. Lo que sí, Pedro Juan se avienta con lo que hay a su alrededor, que no es mucho ni poco, desde una clandestinidad revestida de turismo, La Habana.

-Estaré un año aquí estudiando el tema. Y después escribiré mi tesis. ¿sabes qué es? ¿una tesis?

-Sí             

Nuestro olfato reconoce lo obvio, distingue aquella frontera imaginaria, dos lados, por una parte el que desconoce, por otra, el conocedor. Pregunta Angela, quien cursa su doctorado en Antropología con énfasis en el racismo de las relaciones amorosas. El que responde, Pedro, cubano desempleado que se convierte simultáneamente en sujeto de observación y dada la oportunidad, en profesor de tambor cubano. Aunque si necesario hubiese sido, habría asegurado ser spider man por un par de dólares extra. La escena constituye parte de My dear drums master, en la famosa “Trilogía sucia de La Habana”1. Relato que nos sumerge en un lugar común: el encuentro de las especies, y donde a la vez retumban discursos familiares a nuestros tiempos. Había un ruso que decía: “todo enunciado es un eslabón en la cadena muy complejamente organizada, de otros enunciados.”2 Siguiendo esta premisa, podemos proponer fácilmente dos situaciones : Primera, antropólogos y sociólogos que acuden por primera vez a realizar su etnografía y no saben como iniciar una conversación, dudan si es que las palabras utilizadas serán entendidas. Segunda, el que acaba de recibirse en letras, música o teatro y pregunta: ¿Por qué lees a Paulo Cohelo y no a …? ¿Por qué escuchas techno cumbia y no…? ¿Por qué de hollywood y no …? A lo mejor creemos todavía que los consumos culturales y el capital cultural tienen que legitimarse a través de cierto sector o élite-intelectual. Como también parecen replicarse las relaciones de poder entre las llamadas clases dominantes y resto de paisanos. Tal vez sí, pero siempre existen forajidos que cuestionan y responden, que ante el fenómeno involuntario o intencional de ser ubicados en la otredad, dialogan y se entrecruzan “faltando el respeto” al orden de las cosas. Aseguran no estar dormidos, ni dominados. Entienden lo que el otro dice y abren camino mostrando lo suyo, que quizás, solo quizás, no busca imponer, sino crear un espacio común. Pero también aprovechar la situación, y porque no, tratar de igualar la balanza para pagar la maquinaria que derrumbe esa frontera.

¿qué vas a hacer?

– Reflexiono

-Tú eres muy teórica

-Teoría es necesaria.

– Sí, pero la práctica es más sabrosa.  

El relato continúa, y el señor Gutiérrez nos muestra otra vez la distopía en la que interactúan sus personajes. Reflejando la ignominiosa duda-molestia que viene persiguiendo a las ciencias sociales y humanidades desde sus inicios: distancia entre teoría y práctica. Del libro a la cotidianidad, en este punto no hay mucho que añadir, el autor mismo lo desarrolla:  

– (…) Hice un estudio participativo.

-¿Y ahora qué haces? ¿ No te llevas a ninguno? ¿ No te enamoraste?

-No, no. Era un estudio sólo. Ellos mucho amor, mucho sexo conmigo, son fuego puro. Pero yo no. Sólo un estudio.

Sólo un estudio, dice. Y estalla todo: Catarsis-Éxtasis-Problema. Es probable que sea solo una cosa de la ficción, de esta ficción, de Angela, la antropóloga extranjera. De todas formas lo usaremos como cable para hacer cortocircuito; otra vez la otredad, pero ahora, observada y manipulada. Situación que rememora las aulas de sociología, donde algún estudiante pregunta: ¿Profesor acaso en la investigación no se cosifica a los sujetos observados? ¿Por qué el investigador se encarga del punto final? La respuesta suele tener variedad, desde una increpación teórica,  hasta la referencia bibliográfica, el saber hacer y la misma práctica profesional. Pero la duda queda abierta, al menos en mi caso asi lo fue y no para que la responda el estudiante universitario, sino más bien, el sujeto observado. A pesar de correr el riesgo de que el fuego puro queme los libros de texto, la práctica es más sabrosa, y en cierto sentido, muy difícil de categorizar.

Una especie de caribeño Bukowski o de habanero Henry Miller. 3

La Literatura no se salva, ni la crítica, ni usted, ni yo. La comparación tediosa que   intenta llamar la atención del lector, pero actúa igual que lo anterior, solo que ahora, la víctima es un escritor cubano, que a expensas de un otro “conocido” se reviste del imaginario que no le pertenece. Podrá tener varios motivos, pero el más cercano es incrementar las ventas. Alimentadas por los que seguimos mordiendo el anzuelo, los que continuamos en la lógica de lo legítimo. Sin embargo, Pedro Juan  es Pedro Juan , al menos intenta serlo, los mil y uno que deben cohabitar-se. Autor que dice y desdice con inyecciones de ron, el que habla según los relatos de un período especial 4  decadente, insoportable. El que endulza la miseria con sucesos divertidos pero espeluznantes; placenteros pero decadentes; machistas pero reveladores y auto condenatorios; da cuenta sobre una libreta de consumo que no abastece ni sus propias páginas. La trilogía no es un libro de aventuras sexuales, ni de banalidades, la trilogía es una protesta en su clímax , del insurrecto que se quedó, en el lado opuesto, para hablar de él-ellos, los que comparten un solar entre 50 más, “los de abajo”.

Notas al pie:

  1. Gutiérrez, Pedro Juan. “La Trilogía sucia de la Habana.” Barcelona: Editorial Anagrama, 1994.
  2. Bajtín, Mijaíl Mijáilovich. 1979. “Estética de la creación verbal”. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2013.
  3. Véase en la contraportada del libro : Gutiérrez, Pedro Juan. “La Trilogía sucia de la Habana.” Barcelona: Editorial Anagrama, 1994.
  4. Período 1990-1994 de grave crisis socioeconómica a partir del colapso de la Unión Soviética, y el embargo Norteamericano.

Sobre el Autor:

Ibarra-Ecuador, 1991.

Los valles de Cydonia

Por: Daniel Fernández.

I

William McKinley recordó la primera vez que había visto una fotografía de la Tierra contemplada desde la Luna. La redonda superficie del planeta era cortada abruptamente a la mitad por la oscuridad fría e indolente del espacio. Ahora, la Tierra, su hogar, estaba frente a él y temía, con rabia y desesperación, nunca volver a poner un pie sobre ella. También recordó haber leído que alguna vez la gente creyó que el alunizaje era un montaje; una más en la larga lista de artimañas ideadas por una de las potencias que se encontraban enfrentadas en ese entonces: los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; países cuyos nombres le sonaban como dioses antiguos, muertos y olvidados. Pensó que lo mejor sería permanecer ahí tendido un rato más, fingiendo estar su propia muerte. Podía sentir su pecho empapándose con la espesura rojinegra de su sangre. Alzó la vista al cielo. Arriba, el último transbordador en dirección hacia Marte se alejaba lentamente, una barcaza cilíndrica navegando por aguas negras percutidas de estrellas. Se preguntó si alguno de entre aquel grupo de escépticos del siglo veinte había muerto creyendo que todo era una estafa de matices geopolíticos; se preguntó qué diría esa persona si supiera que el alunizaje no era una mentira, que era tan real como la sangre que brotaba profusamente de los orificios abiertos en su espalda, tan real como la traición y el dolor. La sensación del césped contra su rostro le causaba comezón, pero no quiso moverse. Hacía minutos que había escuchado los firmes pasos de Clara Stanford, heredera del segundo banco marciano más grande, el Stanford & Harris; es decir, su prometida, alejándose de la escena, dándole por muerto; sin embargo, consideró que si había sido capaz de matarle, de igual forma podía regresar a cerciorarse de que el trabajo estuviera completo. Así que optó por soportar la comezón, que, a decir verdad, era poca cosa en comparación con recibir un tercer y fatal disparo. Un grave estruendo, como un millón de abejorros lanzándose en picada sobre él, le sacó de sus cavilaciones. Se trataba de las inmensas cortinas metálicas que, cada doce horas, cubrían el gigantesco domo de vidrio bajo el que descansaba el Club Rotario Lunar, con el objetivo de simular el anochecer terrestre, añorado nostálgicamente por los exigentes miembros– procedentes de la Tierra y las colonias marcianas –que atestaban las habitaciones, restaurantes, campos de golf, áreas de piscina, canchas de tenis y demás instalaciones del club durante el verano. No obstante, era apenas primavera en la Tierra y en Marte, y además de él y Clara Stanford, el club estaba desierto. Segundos después de que las cortinas terminaran de bajar, envolviéndole en un manto de oscuridad aún más densa que la que quedaba fuera del domo, lo cegó la luz blanquecina que caía verticalmente sobre él, justo cuando el charco de sangre comenzaba a bañarle la mandíbula. McKinley intentaba urdir un plan de acción para ponerse de pie, dirigirse a las oficinas del club, donde antes de explicar lo sucedido, rogaría por que le dieran un vaso de agua –recompensaría con una gran suma de dinero a la persona que le diera de beber ese día–, cuando una gota de agua aterrizó sobre su mejilla, seguida por otra; luego otra, y luego otra. Los aspersores del campo de golf número nueve se habían encendido en medio de la noche artificial. McKinley giró la cabeza sobre el suelo, sin levantarla, dejándola reposar sobre su mejilla derecha. Abrió la boca y se preguntó, mientras el agua le refrescaba la reseca garganta, cuál sería la reacción de los que en el siglo veinte dudaron del alunizaje si les contaran que no se trataba de ninguna mentira y que, años más tarde, los humanos no solo viajarían a la Luna, sino que abrirían hoteles, restaurantes y centros vacacionales en ella; algunos vivirían allí, morirían allí e incluso matarían allí. McKinley cerró los ojos y se quedó quieto.

Recorte de un periódico marciano No. 1

Distrito 10, Región Central, Tierra.- En medio de un tenso clima de clamores independentistas en Marte, el Comité Coordinador del Sufragio (CCS) convocó a los partidos políticos terrestres para que  inscribieran a sus candidatos para las elecciones generales del próximo febrero, donde se votará a los miembros del Parlamento Intereregional Terrestre para el periodo 2188-2192.

La presidenta del CCS, Julia Gatlin, se expresó respecto de las palabras del presidente del parlamento marciano, David Holece, quien, durante su segundo discurso bianual, pronunciado el pasado jueves en el hemiciclo del Congreso de Diputados de Marte, afirmó que era tiempo de que el planeta rojo dejase de depender administrativa, financiera y políticamente de la Tierra. Gatlin calificó de irresponsables y conflictivas las declaraciones de Holece, e hizo un llamado a la unidad entre la Tierra y sus colonias marcianas, donde las exigencias de independencia y soberanía han ido cobrando impulso en el transcurso del último año, tras el anuncio de las autoridades terrestres de incrementar los impuestos a las importaciones marcianas.

Holece, al enterarse de las aseveraciones de Gatlin, manifestó: Es fácil utilizar calificativos contundentes cuando se habla desde la postura del opresor. Estamos hartos de las formas autoritarias, corruptas e ineficientes del gobierno terrestre. Es curioso: la señora presidenta dice que mis declaraciones son “irresponsables”; pues yo creo que lo verdaderamente irresponsable es dejar el gobierno de nuestra gente en manos de las mismas élites políticas y económicas que, hace ciento cincuenta años, estuvieron muy cerca de provocar la extinción de la humanidad debido a su avaricia e ineptitud.

La convocatoria se da días después de que se celebraran multitudinarias manifestaciones pro independencia en las principales ciudades marcianas; entre ellas Mensae, donde se reportaron 16 heridos y 2 detenidos tras los enfrentamientos entre miembros de la Policía Interplanetaria y los manifestantes.

II

Clara Stanford comenzaba a impacientarse. Solía mantener la compostura, pero últimamente sus nervios no eran los más impasibles. Había tenido que solventar una serie, en apariencia infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda. Sin embargo, respiró profundamente y pidió otro vaso de agua al mesero. Tras cinco minutos, Natalia Figueiras apareció por la puerta del restaurante. Figueiras era una de sus más antiguas amistades; la había conocido hacia siete años, cuando ambas formaban parte del equipo de voleibol femenino, las Guerreras de Cydonia, de la Academia de Estudios Superiores de Cydonia. A Clara, Figueiras siempre le había parecido un personaje muy curioso, quizá debido a la contraposición evidente entre sus respectivos caracteres, manifiesta en aspectos tan remotos e insospechados como la posición que cada una ocupaba en el equipo; mientras que Clara jugaba de libero, un papel ya de por sí discreto, pero fundamental, Figueiras era atacante. Bloqueaba, remataba y alentaba al equipo con gritos  propios del deporte, y más de alguna vez había estado cerca de desatar una batalla campal como consecuencia del desaforado entusiasmo que ponía en cada partido –entusiasmo que podía devenir en frustración cuando el marcador no le era favorable a las Guerreras– y su indisimulado menosprecio por las rivales. No obstante esta asimetría, Clara le había cobrado mucho cariño a Figueiras.

Así que, cuando se dio cuenta de que no había incluido a Figueiras en la lista oficial de invitados de la boda, Clara no pudo evitar sentir una especie de culpa por haberla omitido. Por eso no dudó en llamar a la planificadora para informarle que necesitaría una silla más en la mesa número catorce, la de sus excompañeros universitarios, que se ubicaba entre la mesa número once, ocupada por miembros de su familia lejana, y la mesa número quince, donde se sentarían los colegas de trabajo de William McKinley, su prometido, joven político del partido Unidad Interplanetaria, con varios escaños en el parlamento interregional terrestre, al que había conocido hacia cuatro veranos, cuando ambos tomaban el Sol al lado de la piscina principal del Club Rotario Lunar. Concluidas las diligencias logísticas, Clara buscó en su vieja agenda el número de Figueiras y concertó una cita en el restaurante Carreras, sito en la intersección compuesta por la calle Monroe y la Avenida Aurora, es decir, el lugar donde se encontraba sentada aquel día a eso de las ocho de la noche con treinta y siete minutos, el momento exacto en que Figueiras apareció por la puerta del Carreras tras treinta y siete minutos de retraso, tiempo en el cual Clara había comenzado a impacientarse debido a la convergencia de una serie, aparentemente infinita, de asuntos relacionados con su inminente boda, entre los que se encontraba la cita con Figueiras.

Tras la charla trivial y un breve resumen de la vida laboral de Clara en la Fundación Planeta Rojo, donde fungía como coordinadora de proyectos sociales en comunidades empobrecidas de Mensae, Clara se decidió a pasar al meollo del asunto, es decir, a la invitación. Figueiras chilló de alegría para después fingir estar molesta por la omisión, no solo de una invitación más temprana, sino también por no haberle contado nada antes. Luego interrogó a Clara sobre los rasgos generales y biográficos de McKinley y, tras escuchar con atención, dio su no solicitado e innecesario beneplácito al prometido de Clara. La comida llegó y Figueiras alegó que una ocasión tan especial merecía un brindis con el mejor vino de la casa, agregando que Clara no tendría de que preocuparse; ella pagaría por la botella, al menos por la primera, y en su tono, Clara pudo advertir un leve deseo de emborracharse esa noche, deseo del que se contagió de inmediato; había sido una semana pesada, llena de tareas tan agobiantes como tortuosas, por lo que un par de copas parecían ser una opción propia para la ocasión; además, pronto se casaría, valía la pena brindar por ello. Pasaron casi tres horas después de la comida, y en ese plazo dos botellas de vino fueron vaciadas, cuando Figueiras propuso seguir celebrando en un bar de vinos cercano, pero Clara se negó, se sentía cansada y el sueño empezaba a carcomerla.

Clara dejó a Figueiras en su apartamento e inmediatamente se sintió más libre y cambió la estación de radio hasta encontrar una frecuencia en la que un hombre cantaba acompañado por su guitarra nada más. Su canción, con una mezcla de melancolía y rabia, contaba la historia de un explorador francés del siglo diecinueve que partía hacia una expedición  de caza en las regiones septentrionales de Canadá, uno de los países antiguos de la Tierra sobre el que Clara alguna vez leyó en la escuela secundaria. Después de haber sido atacado por una tribu indígena y haber sobrevivido a la resultante masacre de su tripulación, el explorador se veía obligado a sacrificar a su caballo para no morir de frío en medio de una tormenta invernal. Tomaba su cuchillo y tras degollar al animal, hacía un corte en su abdomen, extrayéndole las tripas y órganos para poder refugiarse en su interior. La historia estremeció a Clara, quien compadeció al explorador, y deseó no estar nunca en una situación parecida a la suya.  

Recorte de un periódico marciano No. 2

Colles, Cydonia.- Graves disturbios se reportaron este martes en las inmediaciones de la Comisaría Central de la Policía Marciana de Colles al intentar una turba enardecida ingresar por la fuerza al recinto con la intención de liberar a Julián Menéndez, acusado de asesinar al presidente del Parlamento Interregional Terrestre, Steven Brown.

Menéndez, oriundo de Mensae, llevaba tres años viviendo en Colles cuando el pasado sábado 16 de febrero se aproximó al parlamentario, mientras este se dirigía a los alumnos de una escuela secundaria de Colles, y le disparó a quemarropa ante la mirada atónita de los presentes y la tardía reacción de los guardaespaldas del Equipo de Seguridad Parlamentaria (ESP). Testigos aseguran que Mercader gritó “¡Marte soberano!”  tras disparar y ser reducido por los miembros del ESP.

Mientras la tensión continúa acrecentándose, las autoridades terrícolas han acusado a sus homólogas marcianas de promover el odio entre ambos planetas. Miguel Ardón, parlamentario de la Región Occidental en el Parlamento Interestatal Terrestre, exhortó a sus contrapartes marcianas a detener sus pronunciamientos en favor de la independencia. No es momento de pensar en división¸ afirmó Ardón, es momento de tender puentes y trabajar todos juntos por el bienestar de todos los seres humanos, sin importar su planeta de procedencia.

La turba fue dispersada por la División Antimotines de la Policía Interplanetaria. Tras los disturbios, se reportaron 30 detenidos y alrededor de 50 heridos, así como daños por cientos de dólares a los comercios aledaños a la Comisaría.

III

A su diestra, los inmensos campos se abrían hasta un punto indeterminado en la oscuridad marciana. La señalización de la autopista le indicó que se aproximaba a una cruz calle, formada por la misma autopista y el camino de polvo que conectaba una de las miles de granjas que desde hacía décadas funcionaban en el planeta: domos gigantescos donde los mejores científicos de la especie humana habían logrado recrear las condiciones climatológicas de la Tierra antes del Gran Desastre, como popularmente se le conocía a la catástrofe ecológica que provocó la muerte, al menos en términos de productividad agrícola, de al menos el setenta por ciento de la superficie terrestre. Clara imaginó los domos: moles inconmensurables atadas al suelo, alimentadas por los también enormes sistemas de riego que los ingenieros habían diseñado tras dar con un método que permitiese la utilización de las reservas de agua de Marte. Clara recordó los rostros de los terroristas que habían sido detenidos por la Policía hacía un mes. Además de los robos a camiones, los secuestros a personas particulares, especialmente aquellas con grandes cantidades de dinero, se habían vuelto muy comunes en la región durante ese año. Impulsada por esto, Clara pisó el acelerador un poco más y se dijo que haría lo posible por no utilizar el revólver que su padre, sin importar las protestas de Clara, había guardado en su guantera, para que se protegiera de los bandidos.

En rojo, el reloj digital incorporado al vehículo de Clara marcaba la una de la madrugada con cuarenta y dos minutos. Clara se sabía aún muy lejos de casa; a los lados, vastos campos rojos se extendían más allá de donde llegaba la vista. Había decidido que la campiña marciana, con sus noches estrelladas y su soledad, era el mejor lugar para vivir. McKinley había tenido que acceder a trasladarse a las afueras de la ciudad una vez fuesen marido y mujer; así que después de la boda, se mudaría con todas sus cosas a la pequeña mansión dentro de la residencia privada que Clara habitaba desde hacía dos años. Sin siquiera fijarse en la música que salía por las bocinas del auto, Clara salió de la Avenida Lunar para incorporarse a la autopista que conectaba la ciudad de Mensae con Colles, en la cual, a la altura del kilómetro catorce, yacía el complejo privado donde vivía Clara; la infinitud del universo pendía de un hilo sobre su cabeza y las estrellas guiaban su camino. No había ningún otro vehículo sobre el asfalto.

En un principio, Clara pensó que se debía al cansancio y la borrachera con las que cargaba, pero la súbita agitación de aquel conjunto de estrellas, moviéndose precipitadamente de izquierda a derecha, de arriba a abajo, haciendo círculos, la sacó de su incredulidad. No se trataba de estrellas: era algo más, pero no estrellas. Eran cinco puntos que brillaban con la misma luminosidad y se hacían cada vez más grandes, parecían caer en picada sobre Clara que, atemorizada, pisó a fondo el acelerador; sin embargo, sus esfuerzos por escapar (¿hacia dónde? ¿De quién?) eran infructíferos: lo que sea que fuero eso, podía moverse más rápido que ella. De pronto, una luz azulina cegó a Clara, que frenó de golpe. Lo último que pudo escuchar fue el desgarrado grito de las llantas intentando detenerse, el cinturón de seguridad reteniéndola con gran fuerza, estampándola contra el asiento de cuero de su vehículo estándar de ejecutiva bancaria. Luego vino el sueño.

Clara abrió los ojos y sintió asco. Estaba cubierta en sangre y tripas de caballo, pero por lo menos no tenía frío. Intentó estirarse, pero se dio cuenta que no estaba cubierta por sangre y tripas de caballo por casualidad, sino porque había estado dentro de un caballo que, a sus espaldas, yacía muerto en un charco de su propia sangre. Clara sintió una profunda tristeza por aquel animal que, a pesar de no haber visto nunca en la vida, reconocía como su fiel acompañante en las horas plagadas de frío, hambre y miseria. Algo, una voz en su cabeza, le dijo que una nueva tormenta venía, pero que esta sería más brutal que la anterior y su improvisado refugio no sería suficiente para mantenerla con vida. Solo entonces Clara vio a su alrededor: el blanco se extendía por todas partes, y a su derecha, a los lejos, unos puntos se recortaban contra el también blanquecino cielo. La misma voz le dijo a Clara que en medio de los pinos, una cabaña aguardaba a los viajeros perdidos a los que las ventiscas y nevadas de febrero encontraban vagando desprevenidos por el inmaculado desierto níveo. Así que hacia ahí se dirigió Clara.

Cuando penetró en el bosque, se dio cuenta que todo ese tiempo había estado siguiendo, involuntariamente, un rastro de huellas que se adentraban más y más en la frondosidad. La voz le habló de nuevo y le rogó que se apresurara, quedaba poco tiempo para que comenzara a nevar. Clara obedeció y pronto se encontró a las orillas de un claro cubierto por un enorme domo de vidrio; adentro de este, en el centro, había una cabaña; y por las rendijas de las ventanas y la puerta se escapaba un resplandor que, sin importar su debilidad, Clara consideró muy cálido y acogedor. Clara entró en el domo y enfiló hacia la cabaña atravesando el claro, todavía verde. Empujó la puerta de la cabaña e ingresó en ésta. Dentro, junto al fuego, un grupo de hombres, vestidos algunos con traje y corbata, otros con uniformes militares, se sentaban alrededor de una mesa de cedro pintada de negro. Sin tener claro cómo debía proceder, Clara saludó a los hombres, que no reparaban en su presencia o le ignoraban, y estos no le contestaron; parecían enfrascados en una discusión que Clara juzgó importante por el tono acalorado y el ritmo desenfrenado con el que hablaban. Acercándose lentamente al conciliábulo, Clara volvió a interpelar a los hombres que, nuevamente, no reaccionaron. Clara saludó dos, tres veces más, obteniendo el mismo resultado; motivada por su orgullo, golpeó la mesa, dejando caer con gran fuerza sus dos puños sobre la madera. Los hombres siguieron atendiendo sus asuntos sin inmutarse. Entonces Clara lo notó: ella era un fantasma para el grupo. La voz le dijo que no temiera, porque no estaba muerta, pero que había llegado ahí para observar y escuchar.

Fue cuando la enérgica voz de un hombre joven se impuso sobre el resto. Clara reconoció a McKinley como el orador. Decía que, como ciudadano de la Tierra, un hijo del planeta que había visto nacer a los seres humanos, le aterraba que la humanidad no aprendiera nada de sus errores pasados, que era menester actuar para evitar una tragedia de mayores proporciones, para bien de hombres, mujeres, niños y ancianos de la Tierra y sus colonias marcianas; era, lamentablemente, la única opción disponible. El bombardeo atómico preventivo de los valles de Cydonia sería un golpe de autoridad para estabilizar el estado de las cosas en aras de perpetuar a la humanidad dentro del tiempo, la historia les agradecería tarde o temprano por haber puesto fin al caos y la anarquía; y cuando el hombre sentado a su derecha le señaló a McKinley que su esposa no era solo una marciana, sino la marciana que heredaría el segundo banco más importante de Marte, el Stanford & Harris, y que no solo era una marciana que algún día dirigiría una de las instituciones financieras más poderosas del planeta rojo, sino que, además, también era hija de George Stanford, uno de los políticos soberanistas más destacados del momento, Clara escuchó a McKinley afirmar con resignación que ella, su esposa, entendería los motivos que le habían llevado  a tomar esa decisión.

Clara gritó e insultó a un impasible McKinley que, en ese momento, se disponía a firmar la hoja que uno de los militares de la mesa le había puesto en frente. Clara corrió a su lado e intentó a golpearlo en vano: sus puños pasaban a través de McKinley como si estuviera hecho de aire. Clara lanzó un par de golpes más, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro mientras llamaba asesino a su prometido. Entonces el fuego de la chimenea se tornó azul y cuando Clara volteó, las llamas avivaron y se hicieron tan intensas que el resplandor obligó a Clara a cerrar los ojos. Cuando se atrevió a abrirlos, ni McKinley ni los otros hombres estaban ahí, tampoco la cabaña ni el claro ni el bosque; solo ella, Clara Stanford, sentada en su vehículo estándar de ejecutiva bancaria, detenida a un lado de la autopista que conecta Mensae con Colles mientras la radio emitía música pop posclásica-industrial, estridente y repetitiva, y el reloj digital incorporado al vehículo de Clara, en rojo, marcaba la una de la madrugada con cuarenta y siete minutos.

Recorte de un periódico marciano No. 3

Mensae, Marte.- La tensión se apoderó de la sala de audiencias del Tribunal Segundo de Mensae, durante el transcurso del quinto día del juicio en contra de los tres hombres y una mujer a quienes el Ministerio Público Marciano (MPM) acusa de conspirar para la comisión de actos de terrorismo y disrupción del orden público.

La jueza, María Rott, tuvo que hacer uso de sus guardias auxiliares para evitar que Nadina Zhúkov, quien se había montado sobre la mesa que ocupaban los acusados y sus abogados defensores, continuase leyendo la hoja de papel que extrajo de uno de los bolsillos de su pantalón y que, antes de ser detenida por los custodios, tituló “Manifiesto de los seres libres e independientes de Marte” para luego gritar, mientras la hoja le era arrebatada de las manos, “¡Los alimentos de Marte deben quedarse en Marte! ¡Que cese la explotación económica de los trabajadores marcianos!”. Tras el episodio, la jueza Rott suspendió la sesión por el día y advirtió a la defensa que este tipo de actitud no sería tolerada en su sala de audiencias.

Los sospechosos fueron capturados el pasado 26 de abril cuando, según la Policía del Condado Rivera, jurisdicción de Mensae, se disponían a asaltar un camión que transportaba frutas y verduras que serían exportadas a la Tierra. Tras allanar el departamento de Rodrigo Monzón, uno de los encausados, los agentes policiales encontraron materiales que, de acuerdo con peritos expertos en la materia, serían utilizados para dañar una de las paredes del domo que recubre las granjas de la compañía Rojo Alimentos, ocasionando la pérdida de miles de toneladas de alimentos producidos en las instalaciones.  La Policía también incautó los planos de las instalaciones de las granjas y de la planta de potabilización de agua de contigua al domo.

El grupo ha sido vinculado con la agrupación radical Sangre Marciana, quienes se han adjudicado la autoría de cinco robos armados a camiones cargados con frutas y verduras con destino a la Tierra, y el secuestro de múltiples personalidades de los sectores empresarial y políticos de Marte que abogan por el actual sistema federativo que integra a los Estados de la Tierra y Marte. Según las autoridades, múltiples símbolos alusivos a dicho grupo, así como cientos de volantes propagandísticos, también fueron encontrados en el departamento de Zhúkov, sito en la calle Amberes de esta ciudad. Los vecinos han descrito a la oriunda de Colles como una mujer tranquila y reservada. El juicio se reanudará el día de mañana a las nueve de la mañana en el Palacio de Justicia de Mensae.

IV

El vehículo de Clara Stanford se detuvo precipitadamente frente a su casa. La borrachera era apenas un lejano rumor cuyo rastro desaparecía aceleradamente. Juzgó todo aquello como una pesadilla. Sí, eso debía haber pasado: decidió parar un momento para estirar sus músculos y espabilarse; se sentía cansadísima y seguir conduciendo era un peligro, pero de algún modo, se había quedado dormida a un lado del camino. Todo había sido un sueño del que había despertado para poder seguir viviendo. Llamó a la casa de McKinley en la Tierra, donde estaba pasando unos días en la casa paterna, pero no hubo respuesta. Elaboró una larga lista de todos los sueños extraordinarios que le habían sido dados a lo largo la vida, pero por más que intentó hacer la escena encajar en la categoría, no pudo. Aquellos estaban empapados de una áurea irreal, vistos a través de un vidrio sucio, con las voces lejanas y difuminadas, sin un sonido concreto. Trató de reconstruir el sueño y se dio cuenta que podía recordar, como si realmente hubiese estado ahí, todos los gestos y palabras contenidos en el discurso de su prometido. Aquel no era William. El William que ella conocía sí, era un joven apasionado y elocuente, orgulloso de la Tierra, pero ferviente defensor de la democracia, incapaz de matar a nadie. Se preguntó qué diría William, el William que ella conocía, si le contase todo lo que había presenciado y escuchado en aquella angustiante visión. Marcó de nuevo, pero al otro lado no hubo respuesta.

Fue cuando la voz le habló de nuevo. Le dijo que aquello no había sido un sueño, que no debía temer. Se presentó. Provenía del planeta Algore. Su pueblo eran los algorianos. Hacía mucho, los científicos algorianos habían descifrado los secretos de los viajes intergalácticos y a través del tiempo. Habían compartido el alba con sus ancestros y habían observado el ocaso con sus descendientes. Habían visto desaparecer a cientos de civilizaciones, a lo ancho y largo del universo, producto de guerras fratricidas e interplanetarias. Habían visto estrellas enormes arrasar con billones de vidas al explotar para transformarse en enanas blancas. Habían visto la belleza, la tristeza, la gloria y la derrota, la guerra y la paz, la angustia y la serenidad; habían conocido todo elemento constitutivo de la inconmensurable vastedad del universo. Le dijo que, conmovidos por el trágico fin de grandes especies, se dedicaban a viajar por el espacio visitando el futuro de cada civilización, advirtiéndole a individuos privilegiados, elegidos, sobre el grave peligro que se cernía sobre sus cabezas. Habían llegado a la Tierra por casualidad, cuando se habían extraviado en ruta hacia Aggesar-VI, un planeta de Dwingeloo II, donde las guerras por los recursos acabarían matando a la mitad de la población en treinta años si nadie hacía algo por evitarlo. Ahora ella, Clara Stanford, era la encargada de cambiar el destino de la humanidad. McKinley, su prometido, no solo llegaría a ser el presidente del Parlamento Interestatal Terrestre, también aboliría el parlamento cuando esto sucediera, asumiría el mando supremo del gobierno y las fuerzas armadas terrestres; y terminaría desencadenando una guerra nuclear entre el planeta Tierra y sus colonias en Marte, donde los anhelos de independencia seguirían creciendo en los próximos años, con su padre como uno de los principales defensores de la soberanía marciana. Como lo establecían los estatutos de intervención algoriana en cuestiones extranjeras, no podían forzarla a actuar en contra de McKinley, solo revelarle los hechos futuros y apelar a su buena consciencia. Dicho esto, la voz se despidió y le deseó suerte y sabiduría a Clara, no sin antes recalcarle que la decisión era nada más suya. Clara corrió al baño y se lavó la cara. Se vio a sí misma en el espejo y pensó que se estaba volviendo loca. En la cocina, se sirvió un vaso de agua y juró que, sin importar qué dijeran William o sus padres, iría al médico al siguiente día. Se detuvo en seco a la par de la barra desayunadora: una fotografía ocupaba la primera plana del periódico, registraba la multitudinaria manifestación en la plaza central de Mensae, donde miles de personas se habían reunido para exigir la independencia marciana. Una lágrima corrió apaciblemente por su mejilla.

Recorte de un periódico marciano No. 4

Mensae, Cydonia.- En conferencia de prensa, el jefe de la policía mensaeina, Andrew Antkowiak, aseguró que la Policía Marciana de Mensae, en colaboración con los departamentos de policía terrestres y marcianos, ha redoblado los esfuerzos para lograr la localización y captura de Clara Stanford, hija del exbanquero George Stanford, principal sospechosa de haber asesinado al político William McKinley el pasado miércoles 22 de mayo. El cuerpo de McKinley fue encontrado sin vida, con dos impactos de bala en la espalda, por un jardinero en el campo de golf número nueve del Club Rotario Lunar la mañana del jueves 23.

Se desconocen los motivos que Stanford podría haber tenido para asesinar a McKinley, con quien planeaba casarse el pasado 7 de junio. Su casa, ubicada en el kilómetro catorce de la carretera entre Mensae y Colles, fue allanada el 26 de mayo; sin embargo, la policía no encontró ningún elemento útil para esclarecer el hecho.

Empleados de la gerencia del Club Rotario Lunar aseguran que, el día del crimen, Stanford llegó a las instalaciones en compañía de McKinley. Los testimonios del personal fueron corroborados por las cámaras de circuito cerrado, en cuyas grabaciones, queda en evidencia cómo la pareja arriba al lugar cuando falta un cuarto para las nueve de la noche. Las imágenes también muestran a ambos dirigiéndose al campo de golf número nueve. Posteriormente, Stanford, sola, abandonaría el club a las nueve y media de la noche.

El padre de Stanford, quien había abandonado su carrera como banquero tras presidir el banco Stanford & Harris durante más de treinta años, retiró oficialmente su candidatura a la presidencia del gobierno de Cydonia el pasado martes. Cuestionado por la situación de su hija, contestó que el crimen tiene destrozada a su familia y reiteró su plena disposición a colaborar con las autoridades terrestres y marcianas si estas así lo requieren. Por último, pidió a su hija, donde sea que estuviere, que se entregase a la policía.

V

Dos, tres, cuatro, cinco automóviles aparcaron en el estacionamiento del Club Rotario Lunar. El verano por fin había llegado y era tiempo de olvidarse de los estudios y la vida por un par de meses. Todos cursaban sus carreras universitarias en la Academia de Estudios Superiores de Cydonia, todos habían decidido escapar, al menos un par de días, de sus casas marcianas. Sus padres, banqueros, empresarios y políticos, se quejaban mucho: lamentaban las numerosas pérdidas monetarias que los nuevos impuestos legislados por las autoridades terrestres estaban ocasionando en sus negocios. Todos estaban exhaustos. Necesitaban  ese anhelado descanso con el que venían soñando desde la época de exámenes finales. Ahora estaban ahí y nada, ni las lecciones de historia y matemáticas, les impediría ser felices; sobre todo en el Club Rotario Lunar, adonde nadie quería ir desde que habían matado al parlamentario terrestre, McKinley, en los campos de golf. Atravesaron las puertas principales del Club llenos de entusiasmo y expectativas. Se registraron con un sombrío y taciturno gerente, quien explicó que, a pesar de los lamentables sucesos que recientemente habían acontecido dentro de sus instalaciones, todos los servicios ofrecidos por el Club continuaban funcionando con perfecta normalidad. Asintieron y siguieron ocupándose de sus vacaciones y nada más que eso; entonces, cuando hubieron dejado atrás al tétrico gerente, Domínguez propuso que tras almorzar en el restaurante, se dirigieran al campo de golf número nueve, donde habían encontrado el cuerpo de McKinley. Domínguez, con un destello de morbo en sus ojos, dijo que, con suerte, encontrarían un poco de sangre seca en el pasto, un arete de Clara Stanford, el arma homicida, con la que la Policía aún no daba. Stevenson, escéptico, negó que hubiese algo que encontrar ahí, los forenses lo habrían levantado todo al procesar la escena. Red estuvo de acuerdo con Stevenson, sin embargo, dijo que quería ir al lugar donde se había forjado la historia, o al menos una anécdota muy curiosa; mencionó la última noticia del caso que los medios, que ahora enfocaban sus artículos en el historial clínico de Clara Stanford, habían dado a conocer: en una nota escrita y enviada por Clara Stanford desde la clandestinidad, esta defendía sus acciones; alegaba la prevención de un bombardeo atómico, preventivo a su vez, que desencadenaría una guerra nuclear entre la Tierra y sus colonias marcianas; bombardeo que sería ordenado por su futuro esposo, William McKinley. Agregaba que estas informaciones le habían sido reveladas por una raza alienígena y que, si se le daba la oportunidad, podría ponerse en contacto con sus benefactores intergalácticos. Red terminaba de hablar cuando Vargas le detuvo: sobre la superficie de Marte; su hogar, uno, dos, tres, cinco pequeños puntos naranjas brotaban aquí y allá, en el Valle de Cydonia, donde las personas, en cuestión de microsegundos, se convertían en sombras sobre el pavimento; las ciudades, en campos arrasados; la vida, en un recuerdo, un eco milenario apenas perceptible.

 

Sobre el autor:

San Salvador (1995). Estudia Ciencias Jurídicas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Actualmente cursa cuarto año.