Archivo de la etiqueta: Pubertad

Jonás

Imagen: Julián Hernández, Yo Soy la Felicidad de este Mundo, 2017.

 

Por: Carlos Vásconez

Epifanía

Se llamaba Jonás, como todo el mundo. Era rubio, rojo como una tajada de carne, con ojos saltones, zurdo. Solía hervir de mal humor. Repetía hasta el cansancio que a su vida la había dejado impulsarse como un barco sin timón, por las heladas brisas de la muerte, pero en realidad, sobre todo por las maneras que empleaba para hablar con los demás acerca de sí mismo, de cierto modo parecía un niño a quien todo futuro le resulta amarillentamente borroso, ilusorio, perdido.

Sería aproximadamente las tres de una tarde gris. El lugar, el bar Liliput, un extravagante centro de perversión que encubrían con el nombre de Centro Cultural Liliput, llamativo porque todo allí daba la impresión de empequeñecer al cliente. Era fácil darse con un mostrador enorme del cual para bajar jarros o tazas se necesitaba un tubo con pinzas al extremo, y bancas que para lograr encumbrarlas se urgía de unas escaleras que el mesero acercaba, y que no eran otra cosa que una trampa de mal gusto, pues se dependía de las mismas para bajar de aquellos montículos de madera, para dejar de consumir. Lo más notable, sin embargo, era el cantinero, un hombre enorme, con una sonrisa perpetua que acentuaba su estatura, encanecido pero dueño de una verbosidad inagotable.

–Me llamo Jonás, como todo el mundo –se presentó a un hombre que daba vueltas sobre su propio eje a un cristalino cáliz rebosante de la espumosa cerveza color ébano que se destila eternamente en el norte de Alemania en barricas en sótanos oscuros, donde también amontonan las suculentas bayas del lúpulo y las aplastan y las hacen hervir y con ellas mezclan ácidos jugos y llevan el mosto al sagrado fuego.

En la tiniebla se sintieron aletear manos de espíritus. El mutismo, ahora, parece lógico. Supongo que cualquier otra persona habría hecho lo mismo, es decir esperar que acabe aquella frase. Que culmine, por ejemplo, con un lo sabe. “Como todo el mundo lo sabe”, por lo menos. Pero no. Continuó como si viniera hablando desde la prehistoria.

–Un amigo dice que leo a los demás hasta volverlos otros.

Eran las primeras gotas de lluvia las que interrumpían la música ambiente. Cantaba y tocaba Louis Armstrong What Did I Do to Be so Black and Blue. Sin embargo, la voz de Jonás parecía provenir de ese mundo en el que se mezclaban Armstrong y su maravillosa canción, el ruido congénito del bar y la lluvia que del cielo algo quería limpiar.

–Yo recuerdo –prosiguió– que de niño me gustaba hacerme el muerto. Me encantaba aterrorizar a mi madre, pero a decir verdad nunca obtuve reacción suya. Una vez me escondí en el armario esperando a que ella se preguntara dónde me encontraba. Estuve allí durante dos horas, hasta que me aburrí. Salí y la encontré realizando sus quehaceres domésticos. En un arranque de tristeza al ver que ella ni se conmovió ni me buscó, dejé flotando mi sombrero en la superficie del estanque cercano a mi casa, simulé haberme ahogado. Pero mi madre, nuevamente, le restó importancia. Por esa razón volví a intentar sorprenderla haciéndome el muerto debajo de un libro. Acababa de leer y representaba el acto criminal del libro para conmigo, como si me hubiera asesinado. Más nada. Ella seguía planchando y bordando. Lo único que de verdad le importaba era ver vacío mi plato y sentir mi ausencia matutina, la cual significaba que había ido a la escuela.

Descartadas ciertas incoherencias en el habla o algún terrorismo estilístico, propios de hombres que leen cualquier cosa que descansa ante sus ojos, el Jonás Mundo de aquella noche resultaba demasiado cautivante. De alguna manera sí era como todo el mundo, contradictorio, misántropo, que podía hablar del remero de la laguna Estigia, hijo de Erebo y de la Noche, Caronte, con la misma autoridad que recitaría Yo soy un mozo / que gozo / de invisibilidad, al igual que lo haría hablando del coste del pan.

De pronto, y sin ese algo que advierta su comportamiento, se quitó las gafas, llamó al mesero para que le provea las escaleras para descender de su silla y, con el periódico que no había leído, cuidadosamente escondido bajo el brazo, salió de allí pensando: a cada día le basta un periódico para contar que un terremoto ha desolado una isla del Caribe, que han encontrado un nuevo manuscrito de Demóstenes que cuenta que algún día los hombres sabrán todo lo que les pasa a todos por medio de la palabra escrita, que las rimas son un juego cuando una vez fueron un arte, y se lee “la boca que escupe rocas deja loca a quien le toca la poca choca di rimiar fè più ardenti.” ¿Era posible que ocurrieran cosas como la que había pasado en ese lugar? ¿Habría sido una dosis extraordinaria de whisky la que había provocado semejante demencia rayana en la genialidad? Porque había hablado de todo, de cómo en un ejército pueden adiestrar a grandes campeones y no recuerden la enseñanza de Dimetés que mandó decapitar a su invencible lugarteniente porque sus enemigos cada vez levantaban más sus muros, enlistaban desde más temprana edad a sus hijos enseñándoles cómo enfrentar a semejante contrincante, porque cada vez él perdía más hombres en nombre de ese único gran guerrero. Y se refirió a D. H. Lawrence, que acusó de manera ambivalente a Walt Whitman de ser un incesante conocedor, y de cómo T. S. Eliot, sin ambivalencia, desterró a Lawrence por atreverse a conocer la misma luz interior que iluminó a Whitman. Y habló acerca de que ninguna mujer debería casarse con un hombre por ser éste un buen chico. Porque un buen chico no existe –dijo–, no se le puede tomar en serio a quien crea ser uno. ¿Por qué no? Pues por la sencilla razón de que no es un ser completo. Y una mujer no se puede casar con un espectro, aun cuando sea tangible y protuberante.

Y dijo, por fin, que debía salir a encontrar lo que halló el otro en la ballena.

1

El hombre está sentado ante el fuego. Mira atentamente la llama. En la llama cree poder leer el futuro. Sentado allí, contemplando las olas de fuego cuyas lenguas devoran la madera y la hacen crujir como maderos de galeones de esclavos que van muriendo paulatinamente de hambre, se inviste de vínculos con el viejo mundo y con la antigüedad y la tradición. Un hombre de la calle ante el fuego –medita– es como un eremita ante un libro, en el cual encuentra la manera de entender el mundo. Allí todo es suyo, menos su nombre, Jonás, al que considera de todos. Y como todo es suyo, todo es irreal, tierra y cielos irreales, sueños irreales. Esos libros son suyos, ese caleidoscopio que halló tirado en la basura, su escopeta Greener que ya nadie arma y que mantiene rastrillada, el sombrero y la corbata que yacen a sus pies, secándose y que quizá sean las únicas cosas que de verdad le importan. Su oscuro bigote. Sus oscuros ojos españoles. Ese porte de un grande. Un papel en el que escribió mucho tiempo atrás la cifra 1862, sin saber qué le quería decir ese año en la memoria ancestral. Sus sucias uñas enrojecidas por la sangre de piojos aplastados. Una manzana rellena de azúcar. También su memoria tenía sus cosas: viejos abanicos de plumas, un adorno de cuentas de ámbar en el cajón de su madre. Cuando era niño, había una jaula de pájaro colgando en la soleada ventana de su casa. Es suyo el recuerdo de haber cantado como un loco en la pantomima de Turco el Terrible. Es suya la idea de que los hombres ponen sus ojos en él para derribarlo. Es suyo el júbilo fantasmal, en ese lugar apartado de la memoria colectiva, en el que juega con los juguetes que la naturaleza le deja recordar, como un vampiro, como un masticador de cadáveres.

–No tenían derecho. Debieron haberme dejado allí –masculla.

A lo que se refiere es a un viejo desafío entablado con unos amigos de infancia, que consistía en entrar a la casita del perro más fiero del barrio cuando estuviese allí durmiendo y morderlo, y volver con la boca ensangrentada con sangre del can, y que al oírlo gritar, dos de los niños que esperaban expectantes fueron en su auxilio sacándolo ungido, de pies a cabeza, de su propia sangre.

Mastica el aire como otras veces lo hizo con agua, por imaginarse el sabor de su sangre de aquella remota noche. Mastica el aire como se mastica el sabor amargo de la derrota, que queda aferrado en el paladar.

Está en una ciudad a la que otros hombres llaman “allá”. Siempre ha estado allá. Allá es donde ha hecho todo. Lo imaginable y lo que pocos imaginarían. Ha estado en noches turbulentas con toda clase de criaturas. Ha encontrado placer carnal en muros o en postes. Ha violado y ha intentado ser violado. Ha reído y ha llorado hasta batir cualquier intento de récord mundial. Ha disparado su escopeta Greener al cielo, imaginando dónde caería esa bala, sobre qué corazón. Ha exhortado a hombres a cometer actos impúdicos con la réplica de que todo hay en el mundo, y todo en un mismo contexto, pero en distintas latitudes. Ha jurado encontrar hombres bailando danzas profanas en Iglesias católicas. Ha jurado no descansar hasta dar con el hombre más bueno del mundo, que no podía estar en otro lugar que no fuera allá. Ha creído hacerlo todo y ha descubierto, por fin, que nada hay valedero en el mundo salvo él, Jonás jugador, Jonás corruptor, Jonás amante profesional, Jonás reverendo pastor. Era absurdo que dudara de tan evidente realidad. Jonás era un hombre polifacético y con amplias perspectivas, que vivía en el mundo. Jonás, el hombre de mundo. De un mundo pletórico de nuevas posibilidades que él sabía percibir. Por eso Jonás estaba sentado ante el fuego, tratando de leer el futuro, esperando que Dios se le manifestara en la llama. Pero él sabía que el Señor se da nuevas formas para comunicarse con sus profetas. Ahora los posee. Titiritea sus manos y sus pies, mueve sus bocas como el ventrílocuo perfecto. Sabe cuál es el destino.

2

Jonás se hallaba comiendo cuando llegó Stelle Arnaud al restaurante Sbisa. Ella lo miró de lejos, reconociéndolo.

–¿Me recuerdas? –le preguntó cuando se acercó con una copa de ron en su mano derecha.

Había amado. Se había casado: sacramentalmente. Había sido feliz.

Jonás arqueó las cejas, gesto que a Stelle no le dijo mucho, por lo que sonrió y tomó asiento.

–¿Te gusta el olor del whisky? –preguntó Jonás.

La otra meneó la cabeza.

–Yo tenía mis faltas. ¡Yo era débil! ¡Esta maldita bebida! ¡Sí, maldita! Porque me hizo fuerte –y entusiasmado, vertió su whisky en el suelo.

Stelle hizo una seña a la camarera:

–Otro whisky para este caballero.

–Si alguien me hubiese sostenido, yo habría podido curarme. Sí. Por ejemplo, una mujer pura, como tú. Una mujer que no sea seducida por la paz, que no busque una vida placentera. Que entienda que la horrible serpiente entre la hierba es la que más necesita caricias y mano dura. Pero esta maldita bebida es la culpable. Hoy he hablado en público. He vociferado ante una veintena de personas que se dieron un rato para oírme. Pero su reacción me desanimó. Todos me escucharon atentos, pero nadie dijo nada, se limitaban a asentir. Ay de este pobre mundo, con hombres que se detienen porque creen que alguien puede darles una solución y que a final de cuentas vuelven a partir hacia sus vidas pecaminosas. Dios lo ha intentado, en todo lugar y a cada momento. Cómo se ha esforzado. Ahora sé que viene el tiempo final. No creo que mate a todos, que haga caer lava sobre las ciudades o algo así, pero estoy seguro que dará su zarpazo definitivo. Que se encargará de las prostitutas y sus proxenetas, que hará añicos a los embusteros y que acobardará a los pedantes. Sé que pronto su mano caerá fuerte.

–Mi querido Jonás, no te he visto desde el último año de colegio, pero sí he oído hablar de ti. No creí que fueran ciertos todos esos chismes. Saldré sorprendida de aquí, te lo aseguro. Solamente quisiera decirte que Dios no toma esas represalias así porque sí. Si lo hace, lo hace con un convencimiento de que aquello es lo último…

–¡Cómo osas…! Te atreves a decirme que entiendes los designios del Señor. Que sabes las razones últimas de Su obrar. ¡Habrase visto insolencia! ¿Quién eres tú para creer que Dios te ha contado en sueños sus intenciones últimas? ¿O acaso te consideras en la capacidad de entenderlo? Entre niños, entre ebrios, entre mujeres, entre esclavos se entienden porque comparten sufrimientos o estados mentales. ¡Qué podría compartir con Dios una mujer apátrida como tú que se ha sentado a escuchar chismes sobre patriotas como yo!

Bastó para hacerla levantarse de su silla, para que palidezca ante una tierra ensombrecida y tome un camino distinto, atragantándose el ron hasta hacerle expulsar una lágrima de tristeza. Había conocido a Jonás porque, de chica, durante su época de prosperidad, había ido a la escuela con Susan Borlop, hija de exiliados polacos. Cuando murió Susan, amistó con hombres y, entre ellos, con Jonás, quien nunca le pareció ni interesante ni agradable. Después de esa diatriba del hombre, a ella no le quedó más que recordar por qué nunca intentó intimar con él.

3

Esqueletos de vías. Señales de peligro. A diestra y siniestra mujeres apoyadas a las paredes. Hileras de casas mugrientas con puertas entreabiertas que, para catar lo que ofrecen, invitan a ingresarlas. Hombres y mujeres raquíticos se pelean por entrar. Parece Ellis Island, cuando emigrantes europeos querían franquearla y optaban por disputar un turno. Allá hay de todo, menos salubridad.

Jonás pasa por allí. Le dan sacudidas algunas mujeres dementes. Hay una pigmea que le jalonea los pantalones y que luego se balancea en una cuerda, absolutamente desquiciada, creyéndose malabarista. Un hombre recostado contra un basurero, gruñe y ronca, y una especie de gnomo hurga en ese basurero, se agacha para echarse al hombro un saco de trapos y huesos. Jonás, sobre cartones apilados, se ubica en el centro de esa perfidia. Hay que verlo levantar las manos y pedir atención. Desde una esquina es visto atentamente por dos guardias nocturnos que no pretenden entrar a esa oscuridad, pase lo que pase.

Se rompe un plato. Una niña chilla. Figuras errantes atisban desde agujeros. En un cuarto alumbrado por una vela metida en el cuello de una botella, una mujer le quita las ladillas a un niño escrofuloso. La voz de Jonás parecería cantar, aguda, pero nadie lo entiende. Es como si estuvieran mirando una película de idioma extranjero pero sin subtítulos. Al ver que todos vuelven a sus monotonías, Jonás se alegra y siente que en su interior corre la voz del salvador, que entiende que al Reino entrarán los pobres, los marginales, los que pueden lanzar a la vez por la boca y el esfínter una salva de pedos.

Buen trabajo para una noche.

4

Un aura de misterio lo envuelve. La barbaridad, que en ocasiones toma el nombre de odisea, aturde su cabeza. Él cree que es la luz, que se instala allí definitivamente. Enciende el fuego. Habla con Dios. Parecería darle reseñas literarias, que deberían ser temidas y esperadas con fruición por aquellos a quienes su ingenio y sus dardos envenenados no tocan. Éstos sí, éstos no.

De tanto hablar solo, cae rendido de cansancio. Cuando recobra el aliento, cruza a todo correr la Carretera 102. Ni siquiera sabe por qué corre. El ambiente está helado. Le duelen las orejas y apenas puede mover los dedos de las manos.

–Abran –dice casi en voz alta.

Una señora corpulenta abre. Compra un periódico y por fin lee, buscando algo que sabe que debe estar en algún lugar del diario. Debe ser un anuncio. Una frase que Dios debía haber escrito en el periódico. La señal definitiva.

Tras no encontrar nada y para matar el tiempo, se afeita con una navaja usada. El mundo parece deshabitado. Pero no es así, antes había comprado el periódico a una mujer de brazos desproporcionados, tomando en cuenta su estatura y el grosor del resto del cuerpo, a quien además había dado las gracias. ¡Vaya favor!, piensa.

Silba y los silbidos le atraviesan su propio tímpano. Desafina mucho y para colmo siempre elige la misma canción. Se pregunta, por la saliva que tiene que tragar para volver a silbar, si alguna boca querría su boca para su beso, esa boca que tanto desprecio demuestra en sus fruncidas formas. Y canta: es hora de que su pobre alma retorne al cielo. Decían –se dice– que los nacidos en un jueves llegarían muy lejos; pero no creí que tanto así. Tanta pasión que lo roe desde adentro, toda la torpeza humana aglomerada en su interior para que, intempestivamente, se apodere de su cráneo una imagen de mujer. ¿Cómo metaforizar aquella imagen? ¿Cómo quitarle lo ideal y dejarle la esencia de una mujer? ¿Cómo no extraviarse en el sentido de la belleza? ¿Cómo despegarse del pellejo el ansia, la sensación de ese cuerpo lejano? ¿Cómo decir que una mujer debe ser usada, que ella tenía derecho a su parte de viuda, tenía derecho a legarle a él a Satán burlón? Un cigarrillo –piensa, hermoso de tristeza–, por el amor de Dios, un cigarrillo, así me callo, dejo de silbar y no me vuelvo a acordar de ella, de sus besos. No tiene cigarrillo. Pero sí hambre, que en su defecto da lo mismo.

Venus le ha contorsionado los labios, como en acto de oración. Como en acto de oración, ve al cielo. Le parece muy natural sentarse a contemplar la luna, o las estrellas, o lo que sea que hubiere en el firmamento. Lo ve asombrado, como el primer hombre, aquel que le dio su nombre. Piensa con algo de ingenio: Está en posición de firmes, incólume, y firma algo, quizá la frente de todos los que lo ven. Ah, de eso trata el Ramadán. De ver al firmamento limpio, sin ataduras físicas. Luego se desata en improperios: Pero qué diantres espera. Mi expiación no llegará de no ser que Él ponga cartas en el asunto.

A pesar de todo, Jonás se la pasa bien, no se puede negar. El monstruo que tiene adentro lo molesta un poco, pero pronto vuelve en sí, debajo de ese firmamento que odia para añorarlo más. Recuerda que una vez, ya entrado en la adolescencia, se la pasó toda una tarde refregándose contra la falda de su madre, quien lo sabía, pero que le toleraba los caprichos más absurdos con tal, pensaba, de que no se meta en su vida, que no le pregunte quién es su padre, por qué nunca está en navidades, cuál era la razón por la cual ella nunca conversaba con él a no ser por sus calificaciones o proyectos futuros a los que, como todo buen adolescente respondía con un encogerse de hombros, para terminar pensando que podía desfigurar a su madre, dejarla hecha un estropajo, inservible para las necesidades domésticas, para el amor, para negarle los cariños que creía merecer. Pero eso sí, la podría usar para otras cosas, para promocionarla como doble de películas de terror; no dependería de maquillaje alguno y sus solos movimientos bastarían para espantar en la pantalla, o en el barrio, y ser respetado por fin, el respeto que no logró, por ejemplo, de ella, cuando fingía morir, o de sus compañeros, cuando el perro le ganó la batalla.

Volver a casa, herencia materna. Esa casa inservible que quedaba un poco en el más allá. Volver a restregarse la entrepierna en los vestidos vacíos y raídos. Encender el televisor. Escuchar, casi dormido, que el mundo pertenece a la derecha. Su mundo. Que pertenece a la derecha y a los que son humanos. Y decirse: ahora lo entiendo. Soy zurdo y sobrehumano. ¡Así cómo iban a hacerme caso!

5

–Hola –escuchó Jonás, sentado ante la barra del bar Liliput, lo que lo distrajo de su estrujar a una servilleta, lo que a su vez lo hacía en diversas formas de tortura, creando minúsculas momias retorcidas–, ¿cómo está?

Giró la cabeza y miró de reojo a un hombre de rostro curvilíneo e informe, como el de un niño, que chupaba con fuerza un tabaco, sintiéndose casi irritado de ese poco cuidado que infundía. En realidad, lo que ocurría era que se hartaba de pensar que alguien no lo conocía. Tras un segundo de vacilación de si hablar o callar, volvió la mirada al fondo de su copa de whisky.

–Hola, he dicho. Está bien. Tal vez sea usted uno de esos caballeros que van a los bares a perderse, a invisibilizarse o alguna de esas cosas. Pero yo no soy de aquellos. Me llamo Óscar…

–Eso es imposible –reaccionó Jonás–. Usted debe llamarse Jonás.

Óscar se le quedó mirando una fracción de segundo e inmediatamente rompió en carcajadas estruendosas y antipáticas que denotaban un alto sentido del sarcasmo de su parte.

–Vaya manera de empezar una conversación, amigo mío. Le digo que sé bien cómo me llamo. Mis padres me pusieron el nombre Óscar en honor a Óscar Fleming, un conocido suyo. Tal vez habrá oído hablar de él.

–No. Y lo que extraña es que usted venga con supercherías a incomodar a una persona que posiblemente esté, frente a su copa de whisky, ingeniando una obra maestra que podría cambiar el devenir de los hombres.

Ante esas palabras, a Óscar no le quedó sino hacer un esfuerzo, evidente por el entrecejo fruncido, por reconocerlo como alguna personalidad pública.

El bar Liliput no cerraba nunca. Sus clientes podían permanecer allí, a pesar de la ley, y consumir venenos embriagadores hasta la hora que les pareciese. A medianoche cambiaban a sus camareros por unas muchachas muy alegres que cada veinte minutos bailaban sobre una tarima desproporcionada danzas eróticas y que servían a los clientes alcohol a mitad de precio. Precisamente en ese momento, un trío de camareras comenzó su rutina.

–Vaya –empezó Óscar–. Por eso prefiero la noche. Cuando la noche alcanza la mayoría de edad, se pone buena. Lo único malo es el amanecer. A esa hora es horrible. Cuando las botellas están vacías, cuando empalidece el sol las caras de los borrachos, éstos parecen cadáveres y ese deseo de antes se vuelve repugnancia. Aunque, para serle honesto, yo tengo debilidad por los espectáculos mortuorios –añadió sin notar la incomodidad de Jonás, quien quería bajar de la silla sin hallar forma de hacerlo, al menos no sin lastimarse gravemente.

La mano de Óscar esbozó una larga caricia en el aire. Parecía el movimiento in crescendo de un director de orquesta que alista el clímax de la sinfonía. Jonás vio brillar la luz en las gotas de whisky que se equilibraban en las puntas de los dedos de Óscar, quien siguió bebiendo y sonrió a su bebida inclinada y a los labios de una camarera, la señorita Douce que casi canturreaba, sin cerrarse, el canto oceánico que sus colegas entonaban en el escenario.

Recién en ese instante, notó Jonás que ese vocinglero expulsaba un aroma un tanto inusual. Tuvo que escarbar en esa memoria suya, que tenía solamente cosas suyas, y que casi había embodegado ese olor. Luego, la droga se le hizo inconfundible.

–¿Sabe qué hice hoy, amigo Jonás? Hoy me inscribí para el seminario católico. Aquí donde me ve, pronto seré monaguillo, se lo juro.

¿Monaguillo aquel hombre que bordearía fácilmente los cuarenta y cinco años? El semblante de Jonás iba opacándose poco a poco, pero ahora no era un resultado de su repudio para con la situación, si no más bien una suerte de extrañeza, la misma que siempre creyó provocar él en los demás.

Óscar prosiguió, indiferente a Jonás y de alguna manera motivado por el contoneo incendiario de aquellas chiquillas:

–Y le puedo decir, hip, más… Eh, ¿cómo era su nombre? ¡Va, como si eso importara de verdad! Le decía que le puedo decir más. Por ejemplo, hip, he descubierto las palabras de algunos conceptos habituales de la gente. Dígase, cuando alguien no sabe, hip, cómo llamar a un inglés, lo mejor es decirle Jhonny Walker. Inmediatamente se identifican. O, ¿cómo se llama el, hip, el lugar que hay que visitar en viaje de novios y que luego causa muchas decepciones?, pues Italia. O, ¿dónde todo es de porcelana: el piso, las mujeres, los recuerdos, hasta la seda?, en Japón. O mejor, dígame, amigo, hip, ¿cuáles son trabajos inútiles? Pues bien, las pirámides, los internados para drogadictos, los sermones sacerdotales, la enseñanza de la letra manuscrita, ponerle a una hija el nombre Delphine, tratar de hacer que los demás se parezcan a uno, es decir, el ego. ¿Cuál es la cosa, hip, perdón, cuál es la palabra que infunde respeto y nadie sabe qué es? Numismática. ¿Qué nombre sería ideal para un gladiador romano? Pues Póstumo.

Y en esto se detuvo. Jonás, como un mal alpinista, intentaba bajarse de la silla. No soportó más, sobre todo después de oír la palabra ego.

–Pero amigo, se va a hacer daño –fue lo último que oyó antes de caer de trasero en el suelo y llamar la atención que de todos hasta entonces estaba posada sobre las bailarinas, antes de salir a empellones del bar sin pagar la cuenta, antes de irse de bruces sobre la acera y en el mareo creer que en su vómito se leía Óscar, por más que quiso hallar en su lugar la palabra Jonás.

6

Durante el invierno y los malos tiempos, cuando la nieve se apropia de los bosques y del ánimo, las huellas aparecen y desaparecen con frecuencia, los copos desfiguran los monumentos y esconden las escenas de muerte. Los cuentos de invierno son sacados a la luz.

Jonás está sentado, con la paz de Dios susurrándole en la cabeza paz, paz, paz, de caqui de la cabeza a los pies. Se siente como absorbido en aquella paz, en esa blanca tranquilidad invernal. Le apetece un trago de licor. El turbio licor lo calma. Pende entre la calma y la calma. Y todo se tranquiliza poco a poco, y todo cuanto lo ha hecho opaco –todo el ruido del mundo, todas las inquietudes, todos los deseos, todos los sentimientos personales– comienza a caer sin ruido en lo invisible. El turbio licor cada vez se trasluce más. Detrás de aquella bruma que se disipa poco a poco, está la realidad, está Dios. Es una revelación lenta, progresiva. “Paz, paz”, murmura para sí; y las últimas arrugas se calman sobre la superficie de la vida, anonadadas por la calma absoluta. Ya no tiene deseos ni preocupaciones. El licor, ahora, es completamente claro, más claro que el cristal de la botella que lo contiene, más diáfano que el aire. Ya no hay bruma. No nieva. Descubre que la realidad sin velos es una maravillosa vaciedad; es la nada.

Jonás despertó con el ruido de un ladrido que a aquella nada la transformó en todo. De mala gana, y con algún dolor, surgió de aquel divino ensimismamiento. En las colinas, la luz del sol brillaba triunfal; y el cielo, ya sin nubes, era de un azul verdoso, como la pálida agua. Tenía los miembros entumecidos. Al verlos, el perro trotaba contoneándose en torno a un banco de fierro donde dos enamorados se desfogaban, olfateando por todas partes, buscando quizá algo perdido en alguna vida pasada. De repente salió disparado como una liebre que salta, las orejas echadas atrás, en persecución de la sombra de una gaviota en vuelo raso. La pareja no le dio la menor importancia. Jonás se dejó llevar por un impulso y dio un silbido chillón que le hirió al perro las flojas orejas. Éste se dio vuelta, trotó despreocupado de sus amos y de la gaviota en dirección de Jonás. Se detuvo, con las patas delanteras rígidas, en el borde de encaje de un riachuelo, las orejas aguzadas hacia Jonás. Volvió a silbar chillonamente y el perro movió la cola. Su hocico levantado ladró al silbido. Volvió a ladrar mientras corría hacia él, se irguió y en ese momento, gracias al fervor útil de los decepcionantes recuerdos, como un oso, Jonás aprovechó para morderlo en pleno cuello, ahogándolo. Fue un mordisco majestuoso y tan acertado, que el perro no tuvo tiempo de emitir sonido alguno, tal vez éste también sorprendido por aquella actitud inusual en un humano. Muerto el perro, Jonás lo olfateó; más parecía buitrear al perro. Ah, pobre cuerpo de perro. Ah, Jonás exultante, redimido.

El callejón de vuelta a casa. Calle de prostitutas. Harún Al-Rashid, así se llama la calle en honor al hombre que guiaba a otros hombres por el barrio de las putas en Dublín. Esas mujeres acercan sus senos lo más posible a los hombres que pasan, los exponen como se venden melones en Portobello. Él sonríe. Piensa en fruta cremosa. Sus pies lívidos, saliendo de sus pantalones remangados, azotan el asfalto. Una bufanda color ladrillo estrangula su cuello. Unos mujeriles pasos lo siguen. Le flota el pelo al aire, tras la cara áspera. Esa mujer, que esconde en la noche los defectos de su cuerpo, lo llama. Le pide que la besuquee, que se la coma, le dice te la chupo, estoy cachonda. Una blancura de diabla que viste andrajos.

7

Sí, estaba maldito, tanto como un jirón de naipes guardados en un bolsillo de pantalones, tanto como unos ojos en el desierto, tanto como un náufrago en altamar, desfalleciendo de sed, o como un hombre que manda una carta de amor vía paloma mensajera, pero en una paloma que antes se encargó de enceguecer, o, ¡lamentable!, como un mimo que descubre que su mejor silencio es la palabra. Este Jonás del mundo, este Jonás que quiso ser todos los hombres, estaba maldito, como si hubiese nacido por la oreja de una mujer sin trasero. Además, para ser todos los hombres, hay que ser un muerto. Estaba condenado, siente tanta vergüenza que el registro de criminales del mundo, manchado con todos los demás incestos y bestialidades, apenas siente su quebrantamiento. Entraba en las estaciones del metropolitano y con el periódico bajo el brazo, habitual en él, hablaba con la gente de que el mundo debe cambiar. Que cómo era posible que nadie percibiese que, de seguir las cosas como están, el final se aproximaba, que Dios, o Su ira, pronto fulminarían todo. Y nadie le hacía caso. Allí se lo podía encontrar, predicando la Buena Nueva, advirtiendo las calamidades. Pero estaba maldito, nadie lo puede negar, nadie le creía ni una sola palabra. Un loco más, decían unos. Otros, lo escuchaban por pena. Y había quien se encolerizaba y lo insultaba o intentaba agredirlo. Pero estaba maldito el pobre de Jonás. No olvidaba los cuadros amarillentos de su infancia, los que se habían amarillado por el paso de los años y los que aparecían amarillos por ese lejano y borroso porvenir que nunca llegó. Todo ese trajín, la palabra de Dios en su boca, no era otra cosa que una excusa. Una justificación para su mala fortuna.

No regresó a Liliput en un buen tiempo. Arregló su casa, hasta casi volverla un hogar. Pensó seriamente tramitar el traslado del cuerpo de su madre, que descansaba en el camposanto, para enterrarla donde ella siempre quiso y que él se empeñó en objetar ya muerta ella, bajo el roble del patio de atrás. Encaminó los bienes familiares e invirtió buena parte del dinero heredado en la bolsa de valores. Pero al regresar al bar, se sintió Gulliver, porque su suerte había sufrido un vuelco.

–Señor Jonás, por favor –le invitó el camarero a tomar asiento.

Abrió los ojos con expresión de alegría y curiosidad. Luego frunció el ceño. Era un guapo joven con mucho garbo que le acercó la escalera para que Jonás subiera a la silla. Buena raza, pensó Jonás.

–¿Qué se le ofrece?

–Una cerveza, tal vez.

–Disculpe que me entrometa, pero usted siempre se pide un whisky en las rocas.

No podía creerlo. Lo recordaban. Su esfuerzo no había sido en vano. Recordaban su rostro, por lo tanto recordaban su misión o sus alegatos, la de un hombre que sabe que si ha de vivir debe hacerlo sin timón y en el delirio, tal como lo pregonó Santiago. De repente, Jonás Mundo fue Jonás Donsonrisas, Jonás Ojosdeplacer, Jonás Miradaclaratímida, en suma, Jonás Cualquiera.

Con un largo suspiro, asintió a la sugerencia del camarero, y volvió sus gafas a la nariz. Dominado por una ardiente alegría, Jonás el superhombre, Jonás el maestro de literatura francesa, Jonás el mentiroso, se obligó a pensar en su vida, buscando con alivio la imagen que más le gustara, y no halló nada más grato que ese momento. La corbata en arco, el cuello cruzado, los dientes en los que aun sentía residuos de sangre de perro, el cerebro lastimoso con despreciables recuerdos, los gestos mecanizados, groseros, el exceso de audacia de los ojos y, en la boca, la curva aplastada de la resignación.

Y si éste era su posible destino, si por el sólo hecho de vivir corría el riesgo de ser popular, de llevar podrido el cerebro una decena de años antes de que se le pudriese el cuerpo, pues habría de acoplarse al mismo. Pensaba en la vida, y no sentía que ella fuera su fatalidad. Una fuerza ciega lo obligaba a crecer, a gozar, le interesara o no.

–He aquí, señor Jonás, su whisky –dijo el camarero con gran rapidez, como apurado.

Jonás se lo agradeció con una sonrisa entrecortada. Lo que en verdad agradecía era el haber escuchado de sus labios, otra vez, su nombre.

En esos labios, pensó, me siento como una oruga en su capullo.

Brindó en silencio por sí mismo, una, dos, tres veces. Proverbialmente apacible, colosal, incontenible, frenético, ambiguo, universal y único, como un hombre que sabe que quiere masturbarse pero que no encuentra en ningún lugar una imagen satisfactoria, digna de sí mismo, de su hartazgo que pronto ha de devenir lastre, Jonás se levantó, bajó las escaleras de la silla, por un extraño impulso contó quince segundos antes de abrir la puerta y salió del lugar.

8

De tanto loco está lleno el mundo, se dijo ella, que terminó por aceptar. ¡Con tal que me pague! Hay que verla frotando el índice contra el pulgar para indicar dinero.

Y empezó a decir Jonás, en varios tonos, lentamente o como en un asalto de cólera. Espantada como si el fin del mundo fuera ese nombre. No lo dijo ciento una veces. Lo dijo más de quinientas. Lo dijo en do menor y la siete. Lo dijo acongojada, llorosa, sonriente. Enronqueció para decir Jonás. Cantó: Jonás, Jonás, Jonás. Y él la pausaba. Y él la apuraba. Cuando la pellizcó, le pidió que en lugar del ay cotidiano o cualquiera otra expresión dijera Jonás. Cuando la besó, con su lengua adentro de ella, le pidió que dijera Jonás. Cuando por fin la penetró, cuando fueron uno, ella no podía decir más que Jonás. Cuando batallaban, cuando se ensartaban con dificultad, cuando hallaron la posición perfecta, cuando ella empezó a gritar Jonás, Jonás, como una mujer medio demente, cuando la carne se hizo sangre de tan herida que estaba. Cuando entendieron que estaban embrujados, convencidos por una rutina. Cuando todo fue claro y llegaba a ellos el retoño, ella no dijo más que Jonás, y él se limitó a escucharla.

Jonás conoció el oprobio, la duda y culminó sus días como admirador de la diversidad. Acudió seguidamente al burdel y de tan gigante que era, supo que ya no cabía en el bar Liliput. Era fácil verlo por allá de la mano de una morena africana de diminuta cintura que parecía indiferente a sus afectos y que se mantenía tercamente muda, besándola una y otra vez ante la repugnancia de la gente, jurándole que aquella noche estaba drogado, con algo callejero e involuntario, gente a la que respondía que no sabía a qué se referían cuando le preguntaban si él era aquel Jonás que deambulaba con la palabra de Dios a flor de labios, el mismo que ahora, cuando le toca presentarse ante alguien, se inventa, sin aspavientos, un nombre distinto.

De vez en cuando, sin razón alguna, se puede jurar que se pone a sollozar. Casi siempre está exhausto y a veces, muy pocas veces logra dormir.

–Mujer –le dice a la morena–, es que a veces se me va el alma en los sueños.

 

Sobre el Autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta (2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .