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Técnica:            xilografía
Dimensiones:   1m x 70
Año:                  2017
Proceso creativo: https://www.instagram.com/p/Bbzfn9Njxeb/?taken-by=diegomarabu

Sobre Diego Galiano:

Artista Plástico y Visual, de Colombia, con intereses en el grabado, la pintura y la fotografía. Su obra juega con el carácter simbólico de las imágenes dentro de la cultura popular, indaga en el apropiacionismo y en el carácter lúdico de la plástica al tiempo que propone la democratización de las imágenes que se consumen en las esferas de arte contemporáneo. Todo intento de este arte es una posición política.

@diegomarabu

 

 

 

Identidades habitadas

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Técnica:            Ilustración digital

Dimensiones:  Formato A3

Año:                  2018

 

Sobre Diego Marín:

Artista empírico colombiano, nacido el 18 de marzo de 1990. Inclinado al dibujo, el diseño y la ilustración. En su obra, las problemáticas sociales, ambientales y personales son parte fundamental del tejido en la creación artística.

@dmarbon

Gombrowicz: the resurrection and the light

                                         Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

Por:  Carlos Mendoza 

 

“el mal absoluto debe estar ‘mal hecho’ hasta en su propia existencia. El Mal que solo quiere el mal y nada más que el mal no puede realizarse ‘bien’, es decir, cabalmente (…) ¿Y Satanás? Satanás quiere el mal y solo el mal, y no podría desear el bien, de suerte que ‘hará mal’ su función. Así el infierno es algo mal hecho; está torcido en su propia esencia; es una baratija”. 

Diario, Wytold Gombrowicz, 1968.

 

A un año de la realización del segundo Congreso internacional de Witold Gombrowicz en Argentina, especulo y me atrevo a afirmar el rotundo fracaso de éste, tal cual pasó con el primero. No sé bien qué pasó en 2014.  Quizás vaya a este próximo, para incomodar.  Realmente no me importa. Gombrowicz canonizado y seminarizado por una bola de académicos, escritores y lectores entusiastas. Todos jóvenes (de espíritu), todos inteligentemente estúpidos.

La vida y obra de este autor pretende escapar a la clasificación con una malicia consciente de la crueldad de las categorías. Uno de esos frentes de batalla es la disidencia y la indiferencia respecto a la cultura institucionalizada, pero también su infiltración en congresos y conferencias con la finalidad de reventarlas. No en vano la cantidad de enemigos y críticos que a lo largo de su vida fue sembrando, para luego cosechar sus odios y/o miedos en la prensa cultural, sobre todo de Polonia. Pero, al contrario de lo que podríamos pensar, Gombro hizo mucha política (pero corrida del lugar solemne). Un “autoboicot” semiconsciente. Su eterna lucha con la forma, tan rebuscada y singular que pocos se atrevían a reconocerla como tal. Siempre despistando al enemigo, pero sembrando migajas para los seguidores de su culto. La transgresión al prójimo por medio de la congruencia para con la propia subjetividad.

La Juventud e Inmadurez como fuerzas creadoras.

La matriz de donde emanó la energía para su posicionamiento radical y fundamentalista ante la vida, el hombre y el arte, fue siempre la juventud. No la concebía a ésta como una etapa etaria de la vida sino como la raíz del movimiento, la fuerza que perpetúa al hombre/mujer y que los descubre humanos. El talento es provocador y la singularidad es por y para uno mismo. El otro es solo consecuencia. “Y entonces me iluminó de repente este pensamiento sencillo y santo: que yo no tenía que ser ni maduro ni inmaduro, sino así como soy…”.

Nacido en Polonia y vuelto a nacer en Argentina, su escape ante la categoría como producto colectivo, le obliga a embanderarse en tres tesis-prácticas centrales: el interés por la forma, el pertinaz conflicto de la inmadurez, la consciencia de que en él la vida es más importante que la literatura.

En sus obras se muerde, acuesta y pelea con la forma. Perdiendo casi todas las batallas y ganando algunas pocas. Tenemos producto de esta co-dependencia a Ferdydurke, El Casamiento, Transatlántico, Bacacay, Pornografía y Cosmos, por mencionar solo algunas obras. En todas juega a ser Dios y lo consigue. ¿Lo consigue pese a tropezar con la soberbia, la fantasía, el idealismo y la poca capacidad de autocrítica? “¡Expresarse! ¡Expresar tanto lo que ya está en mí claro y maduro, como lo que todavía está turbio, fermentando!; ¡que mi forma nazca de mí, que no me sea hecha por nadie!…” .

El conflicto de la inmadurez está plasmado en todas sus obras, pero tiene mayor peso en su acontecer cotidiano. Al huir del estereotipo, de las ataduras de la norma, del protocolo, su cándida pero fervorosa pelea con la ciencia, su desprecio por la poesía y la pintura, su amor-odio por el arte. Lo único.

A través de este “método”, Gombro toma distancia de Lamborghini, Soriano y Arlt *1, y su arrogante desprecio por la literatura y la vida (nihilismo comercial), las herencias de la pesada, dijo alguna vez Roberto Bolaño. La no-juventud, la escritura basada en la transgresión producto de la entraña. Viscerales: reacciones antiborgianas con rastros de cogito político y marketinero. Conservadores. A la literatura la destruirá algo más grande que nosotros. ¿Qué es más importante que la literatura? Se responde Gombrowicz: la vida. Nuestra autoficción. Una de sus claves -y herencias- es la no búsqueda de fórmulas, hacer posible el intercambio y la conexión con el lector serio.

Es la contradicción lo que configura a este escritor polaco-argentino: atravesado -contradictoriamente, sí- por resabios de la filosofía original marxista, el planteamiento funciona y es muy claro en sus Diarios: “¿De qué me sirve interpretar al mundo?, YO pretendo transformarlo”. Pero la juventud es coincidencia, las coincidencias son efímeras, se desvanecen y él lo supo. Entonces ¿cómo preservar para siempre la juventud?

Ferdydurke

Una obra ambiciosa y renovadora, pero la ambición era tan grande que no pudo ser concretada, no es su mejor obra, pero sí lo es. Es la declaración de amor-odio a la juventud. Escrita inicialmente en su condición de escritor exótico en Polonia, pero rescrita y perfeccionada durante su traducción en Argentina. Es su primer obra con grandes ambiciones. Antes había escrito una gigantesca genealogía familiar que desechó después por estar insatisfecho con ella. Vemos en Ferdydurke surgir la potencia de la casualidad. La confrontación de la inmadurez a la forma, interior contra exterior. La madurez como ficción y la cultura como instrumento del engaño. Es una obra iconoclasta plagada de cerdas embestidas al lenguaje, neologismos descabellados.

Construye pero no construye. De nuevo la contradicción y el ensueño del juego antidialéctico que siempre encaró el escritor polaco-argentino, para él mismo, su mejor obra es Ferdydurke, justamente por la imperfección de ésta, “lo imperfecto como superior a lo perfecto”, la inmadurez como espiral creadora, el eterno retorno a la antiforma. Para él, la contradicción es la diosa creadora por excelencia. «Era una ocasión que me regalaba el destino, para que al fin pudiera acercarme a lo que para mí era más sagrado, a lo que yo definía como la “inferioridad”, o como lo “bajo”, o como la “lozanía”, la “simplicidad”, o la “inmadurez”, o también como “un elemento oscuro e innominado”».

Esta obra, como dijimos antes fue redescubierta y resignificada con su traducción al español, ya instalado en Buenos Aires, Gombrowicz, bajo el arduo y sancho pancesco apoyo de Virgilio Caballero, logra una reescritura colectiva de la misma. No importa en que idioma, aparecen la ligereza y arrogancia de juicios que nos hacen recordar, en esta novela, a la inercia juvenil de donde deviene su deseo de trascendencia ingenua pero enérgico. Pero es la conciencia de la imposibilidad de trascendencia dados los mecanismos internos de sus personajes, la forma en que se configura un tipo de sub-desarrollo moderno. Wytold no lo sabía aún, pero había conectado ya con la esencia de toda la región sudamericana y el futuro campo de acción donde su arte se revelaría con más fuerza.

Argentina y el autoexilio como espiral creadora.

En 1939 Wytold hace un viaje turístico de dos semanas a Argentina y por los azares bélicos del siglo XX, no puede volver más a Polonia ni a Europa. Queda atrapado en Buenos Aires, hay un engranaje tosco entre la voluntad y la imposibilidad económica, que darán como resultado, sus mejores obras y 23 años de autoexilio. Esto es quizás solo un principio explicativo de sus textos argentinos, lo más importante siempre lo mantuvo oculto: su Diario fue su camuflaje mistificador.

Argentina era la juventud para el Gombrowicz europeo y cansado de los progresos y avances de la modernidad. La juventud es inmadurez. Y aquel país, vibrante de cultura popular, escaso de teoría eurocéntrica pavoneándose en las calles, encerrada ésta en los salones de alta alcurnia, en los endogámicos círculos políticos, culturales y económicos. El inmaduro escritor decide enfocar gran parte de sus performances etopoéticos (rabietas, discursos y análisis) contra esa “alta cultura”, para así tener un némesis, un adversario del cual distinguirse. Alejarse de las luces parisinas para explorar los rincones oscuros y llenos de vida de Retiro. Pero esto es solo la autoficción funcional a la figura y al mito. Existió esa disputa con la alta cultura de Argentina, pero no en los términos de la formalidad burocrática del conflicto intelectual: dos grupos enfrentados a través de cartitas elocuentes, injuriandose el uno al otro. El chisme alimentó esa figura de Gombrowicz como figura antiborgiana, porque vendió, vende. Fue también un acto de autopublicidad. Se puede indagar sobre su reunión fallida con grupo Sur, su borrachera en ella y su no-búsqueda de aceptación por parte de dicho grupo. No hay más que pasajes chuscos y reflexiones, que solo la distancia europea volverán un poco más concisas.

En Argentina se descubre sin lazos ni ataduras, rompe con su pasado, con su familia y con la escasa fama tras de sí. Se enfrenta a su libertad y se reinventa. Sufre. Escribe. Sufre. Pero su vida excéntrica se convierte en el motor de su literatura, por lo que finalmente sus futuros lectores estaremos más inspirados. Se ha escrito más de él que de su literatura, de las mil y un mascaras del polaco artista. Todas y ninguna fueron él.

Hacer de la obra un mito y de su crítica una obra.

Hacer crítica radical es otro de sus actos etopoéticos, hay en Gombrowicz una lucha encarnizada con la crítica, no teórica sino existencial. Es la experimentación intensa de la propia obra y de la de otros, lo que permite que el autor de El casamiento expanda su conciencia respecto al Zeitgest de los tiempos por venir. Desprenderse, volver a ensamblar al artista, agitar el ser propio, renovar los gustos y pasiones, para ver más allá de lo evidente. Fue un crítico capaz no solo de entender nuevas formas literarias, sino proponerlas, en el camino errar haciendo, pero ampliando el espectro de lo literario. Su Diario disimula, pero al mismo tiempo lo deja expuesto, sujeto a una continua y exasperante renovación.

Hablamos de un acto de lectura profunda del otro, pero sobre todo, de uno mismo. La idea descabellada de ser juez y parte funciona en todo Gombrowicz, con consecuencias políticas y filosóficas. Una amenaza a la hegemonía literaria polaca y argentina, un desafío a él mismo, a todo. Su escritura crítica no es una fuga sino una confrontación, un llamado a la vulnerabilidad y exposición. Diría el escritor mexicano, Heriberto Yepez: “Escribir es devenir disidente alteridad”. Gombrowicz reinicia.

Gombrowicz Sartreano. Tragicómico. Se vale reír.

Gombrowicz se debe leer con irreverencia y desenfado, criticarlo, destazarlo y, muchas veces, reírse de él. Su tragicomedia constante es una falta de seriedad consciente en muchos de sus escritos, esto debido a la importancia que le confiere este artista al quebrantamiento de la solemnidad. A pesar de su conflicto tan agudo entre la vida y la conciencia, su obra fue un punto de fuga ante la hegemonía sartriana y los existencialismos contemporáneos. La autenticidad y la falta de autenticidad de la vida, le resultaban igualmente preciosas y por eso la insuficiencia y el subdesarrollo tenían para él la misma importancia que las categorías del existencialismo.

Es necesaria la comparación Sartre-Gombrowicz dado que ambos son herederos y expresiones de una patología de su época. Sobre todo por el abordaje continuo que el polaco hizo del filósofo francés, ya sea en su Diario o en su Curso de Filosofía en seis horas y cuarto. Wytold describe la disputa entre la objetividad y subjetividad. Ciencia contra hombre, el progreso contra la barbarie, la lógica contra lo visceral. Libertad contra colectividad. La forma contra lo deforme. Su interés principal era señalar que entre más inteligencia, más estupidez.

Me permitiré, a título de ejemplo, indicar la estupidez que acompaña nuestro, cada vez más sofisticado, sistema de comunicación. Cualquiera reconocerá que este sistema ha sido magníficamente desarrollado en los últimos años. La precisión, la riqueza, la profundidad del lenguaje en los enunciados no solo fundamentales, sino también secundarios o próximos al periodismo (como la crítica literaria), son dignos de la más alta consideración. Pero el exceso de riqueza conduce al cansancio de la atención, de manera que esta creciente precisión va acompañada de una creciente distracción. Resultado: en lugar de un creciente entendimiento, un creciente mal entendido. 2

Habla Gombrowicz de la incapacidad de la episteme occidental para resolver las contradicciones de su propio sistema comunicativo, las cuales lo exceden y toman formas ambiguas y desestructurantes para la lógica del progreso y la modernidad. El caos comunicacional, por ejemplo, que conocemos hoy como posverdad, es hijo de la batalla que aquel viejo polaco en las montañas francesas, alguna vez postuló. El rasgo más característico de nuestros tiempos: la impotencia ante la estupidez. Nadie quiere ser objeto, ilustra Sartre (el dilema de este filósofo es producto de su moral marxista) sobre la cuestión ¿existen otros además de mi mismo? Es la contradicción del hombre concreto que si reconoce la existencia de otro se convierte en objeto a través de la conciencia del otro. Es decir, la realidad cambia dependiendo de si está siendo observada por una conciencia o no. Sin conciencia no hay nada. Solo existen sujetos y objetos. ¿Existen los otros? Si existen no hay sujetos, sino existen… La crisis es de interpretación, y es permanente, se devela en ello el misterio del hombre.

Su no-filosofía es propiedad de todos. Del individuo y de toda generación.

Hay herencia de este escritor, la cual, de algún modo busca la trascendencia del lenguaje y sus usos. Volver a lo humano, decía éste, la rebeldía y arrogancia creadora son palpables. Se puede no leer a Gombrowicz y haber formado a los Stones Roses. No leer a Gombrowicz y hacer a Joy Division. No leer a Gombrowicz y ser Radfem. No leer a Gombrowicz y ser John Lennon. No leer a Gombrowicz y ser Ian Curtis. No leer a Gombrowicz y ser Ulises Carrión. No leer a Gombrowicz y ser María Riot. No leer a Gombrowicz y ser Gloria Anzaldúa. No leer a Gombrowicz y escribir como Simone Weil. No haber leído a Gombrowicz y escribir Viva la Música. No leer a Gombrowicz y ser. Incomodar con estilo, dice Nicolás Hochman, director del Congreso Gombrowicz en Argentina. Es la elasticidad que permite la inmadurez en la búsqueda o destrucción del otro, contravenir para crear.

Vivimos una época que porta como estandartes la deconstrucción, la paradoja, el absurdo y el tono anti-nacionalista. Ninguna es invención de Gombro (seríamos ingenuos al creerlo), pero sí vivencias y formas de su creación. La máscara como realidad y como posibilidad del cambio permanente. No descartamos ni negamos la lucha de clases, cada vez más diluida entre los símbolos y patrones neoliberales. Pero el cóctel suma al proceso de hipercomplejidad de una sociedad que polariza a la par que politiza, cada vez más contrastante y dispar, una combinación y disputa de sentidos que son explicados por la práctica y el discurso paradójico y sin coordenadas: derecha abortista, izquierda dogmática, políticos que son a la par empresarios, democracia hija del marketing, cultura popular romantizada, anarquistas tecnológicos, etc. Somos hijos del oximorón.

Nuestro tiempo es contemplación objetiva y subjetiva, sigue casi todo igual, pero no. Por un lado, el corset de la epistemología racionalista se nos termina por imponer, muchas veces, sin siquiera nosotros saberlo. Por el otro, la socialdemocracia y los Estados de Bienestar se ven cada vez más como entes mitológicos y/o fallidos, ¿la modernidad es anticuada y sofocante o se está profundizando? “La existencia, bueno, que importa/Existo en los mejores términos que puedo/”, canta Joy Division, según Mark Fisher, una de las bandas ícono y señal del continuo loop que estamos viviendo desde los años 80’s, la crisis de la cultura popular que emana del neoliberalismo. El desencanto de la juventud, la depresión como filosofía y metodología para no cambiar nada, la tercera opción existencial. Surge aquí el reclamo a Gombrowicz hijo de la modernidad, ¡su juventud tenía a su némesis en lo moderno y la ciencia, nosotros ya no tenemos ni eso! Pero tenemos una subjetividad cada vez más potenciada, más radical, má ingenua, más inteligente.

No nos falta el estilo, descolocamos, buscamos la forma en la no forma, porque ninguna nos calza. Sin ser esclavos del estilo. Lo que importa de Gombrowicz es su dedo siempre en la llaga de la cultura oficial; la cultura popular -esfera inferior, para él- como la contradicción humana de la que todos provenimos. Se trata del despojo de las formas impuestas como performance de inconformidad, pero al mismo tiempo, del entendimiento de sus mecanismos. La lucha es personal, como lo político. La inmadurez es motor de la forma, pero sobre todo, una aplanadora para el moralismo del siglo XX y el neomoralismo decadente del siglo XXI.

Polonia y Argentina se parecen, siguen mirando a la Europa de la hegemonía cultural progresista, que da diez pasos y ya dados, esos mismos diez pasos los cuestiona y deconstruye. Aquella región está en crisis tanto como nosotros. Lamentémonos todos por nuestra condición de inferiores, nuestra inmadurez cultural producto de la imitación. Somos un fecundo punto de partida que no está pudiendo ser tomado en cuenta por una inferioridad anticuada e institucionalizada. No necesitamos imitar sino crear, pero no a partir de formalismos sofocantes de la real expresión, latente en la propia contradicción sudamericana. No pidamos permiso ni nos congraciemos con los viejos maestros sino con aquellos que están por nacer.

 

Notas al pie: 

  1. De Arlt diremos que es el menos culpable del uso de su literatura, como personaje de novela rusa, trasciende, como obsesión de Piglia, enfada por su esencialización académica.
  2. Gombrowicz, Wytold . Diarios. Editorial El Cuenco de Plata. 2017 Pág 68

 

Sobre el autor:

Poeta sin cerebro y Geertziano-Guadalupano. Animal simbólico y compañero de Julieta. Embajador de Texcoco.

La categoría es un corset: Gloria Anzaldúa, poeta chicana. La poesía es política

                            Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

Por María Eladia Corimayo  

 

Si pienso en la categoría de transfrontera, se asoman varios intentos semánticos frustrados,  ahora y antes, tanto de la academia como en las artes mismas. Un intento de abordar algo que excede aún a las disciplinas culturales de los siglos XX y XXI, pero que permite esbozar esos no espacios reducidos a la diferencia, a la otredad y/o exotismo. Es quizás otorgar entidad a lo no hegemónico desde lo hegemónico. Hablar de lo ya previamente existente, inventar el agua tibia. Categorías devenidas en tesis de Puan o Berkley. Escribir es vivir sufriendo y resignificando. También es pose mística-existencial. Pero quiero hablar de transfrontera sin hablar de transfrontera, porque esa palabrita es más bien corset. Hablaré aquí de una escritora y poeta seria, que apuesta a lo explícitamente político sin perder un ápice de profundidad y potencia literaria. Asume los costos y desecha la fachada del escritor que objetiva y no se ensucia. Las huellas en el cuerpo de una escritora lesbiana-feminista chicana en EU, talladas en poesía:

 

Vivir en la Frontera significa que tú

     no eres ni hispana india negra española

     ni gabacha, eres mestiza, mulata, híbrida

     atrapada en el fuego cruzado entre los bandos

     mientras llevas las cinco razas sobre tu espalda

     sin saber para qué lado volverte, de cuál correr;

Vivir en la Frontera significa saber

     que la india en ti, traicionada por 500 años,

     ya no te está hablando,

     que las mexicanas te llaman rajetas,

     que negar a la Anglo dentro tuyo

     es tan malo como haber negado a la India o a la Negra;

Cuando vives en la frontera

     la gente camina a través tuyo, el viento roba tu voz,

     eres una burra, buey, un chivo expiatorio,

     anunciadora de una nueva raza,

     mitad y mitad –tanto mujer como hombre, ninguno–

     un nuevo género;

En los emblemáticos libros de “Borderlands/La Frontera. The new mestiza” (1987) o “Haciendo caras/Making Face, Making Soul: Creative and Critical Perspectives” (1990), Gloria Anzaldúa propone asumir la conciencia del mestizaje. Se propone hacer habitable su posición de frontera -geográfica, política y sexual- como mujer chicana (estadounidense con ascendencia mexicana), lesbiana y de color.

Gloria nació en Texas en 1942, en una familia de trabajadores agrícolas que, en las temporadas de cosecha, migraba entre los campos texanos y los de Arkansas para sobrevivir. Llegó a ser la primera persona de su comunidad en terminar el colegio e ir a la universidad, donde se recibió con una Maestría en Lengua Inglesa y Educación. A pesar del racismo, sexismo y otras formas de opresión que ella experimentó en su vida, Gloria pudo lograr una educación universitaria.

¡Tantas son las fronteras que habitan un

solo cuerpo! Algunas son tan pequeñas

que ni se las nota, invisibles o silencio-

sas.  Otras,  en cambio,  se yerguen fuer

tes,  bulliciosas,  gigantescas; son  como

los  muros  construidos  para dividir  las

naciones  con sus alambres  electrifica-

dos  y sus  rifles apuntando,  siempre vi-

gilantes  de nuestros  movimientos. ¿De

qué lado de la frontera estamos? ¿Quién

nos apunta con su rifle? ¿Soy yo, el otro,

o ambos?

Huellas en un cuerpo: La Prieta de Gloria Anzaldúa. Cuerpos y fronteras, 2017.

 

Es testimonio y grito, pero no desesperanza. Hablan los cuerpos periféricos, habitados por la “desgracia” de un color “otro”. El color de la piel habita en esta frontera que con grandes rótulos anuncia que la  piel oscura representa la subalternidad, el sujeto colonizado. Pasamos de bárbaros, a vagos, perezosos, tercermundistas y subdesarrollados. Por suerte se nos confirió el título de seres humanos, allá en  una Junta de Valladolid hace unos cuantos cientos de años atrás. Los propios consumos culturales segregan y naturalizan al “latino” como el camarero, mesero, jardinero, nanny, etc. No es dónde naces es el color con el que naces.

El  sexo,  esa otra  frontera en  la que la mujer  se mueve sigilosamente,  arremete contra su propio  cuerpo, ese cuerpo que le recuerda los límites de sus propios deseos, de sus propios pensamientos, de su propio ser. ¿Cómo una vagina puede determinar tanto la vida de ese ser, con vertirlo  en un cuerpo mutilado, limitado, anulado?

Gloria Anzaldúa introdujo la palabra mestizaje, para pensar un estado de estar “más allá”. En sus trabajos teóricos, Anzaldúa hace un llamado a una nueva mestiza, como sujeto consciente de sus conflictos de identidad, atrapada en encrucijadas, debiendo aprender y tolerar la “ambigüedad”. Además, utiliza el término nuevo ángulo de visión con el fin de desafiar el pensamiento binario occidental. Se inspiró en el filósofo mexicano José Vasconcelos, quien llamó “raza cósmica” a “una raza mestiza, una mezcla de razas afines, una raza de color –la primera raza síntesis del globo”.

Gloria rompe con una lógica dónde se piensan a las fronteras como porosas, y donde se promueve un encuentro armonioso y festivo de culturas. Plasma en su poesía la existencia de fronteras militarizadas en donde el poder y la dominación marcan el espacio en el que se dan los encuentros culturales. Crea un pensamiento a partir de los conceptos de borderland y borderlander, como categorías existenciales, étnicas y geográficas. Así, demuestra que desde una ciencia fronteriza se puede observar a los inmigrantes, homosexuales, refugiados como sujetos “fuera de la ley”. Tras experimentar ella misma esto en su condición mestiza como una “lucha de fronteras” se preguntaba “¿Quién está tratando de cerrar la fisura entre la india y el blanco en nuestra sangre? El Chicano, sí, el Chicano que anda como un ladrón en su propia casa”.

Vivir en la Frontera significa

   poner chile en el borscht,

     comer tortillas de maíz integral,

     hablar Tex-Mex con acento de Brooklyn ;

     ser detenida por la migra en los puntos de control fronterizos;

Vivir en la Frontera significa que luchas duramente para

     resistir el elixir de oro que te llama desde la botella,

     el tirón del cañón de la pistola,

     la soga aplastando el hueco de tu garganta;

En la Frontera

     tú eres el campo de batalla

     donde los enemigos están emparentados entre sí;

     tú estás en casa, una extraña,

     las disputas de límites han sido dirimidas

     el estampido de los disparos ha hecho trizas la tregua

     estás herida, perdida en acción

     muerta, resistiendo;

Pero no idealizo a la figura del chicano,  las prácticas culturales chicanas siguen negando el contenido indígena del mestizaje. La revolución de la escritura implica un nuevo lenguaje y una nueva gramática, que articula el español, inglés y náhuatl. Por lo tanto, leer este texto significa leer en tres lenguas y tres literaturas al mismo tiempo, una forma de “terrorismo lingüístico” (Anzaldúa, 1999).

Esta poeta es reconocida también como una mujer espiritual; ella invoca su devoción a la Virgen de Guadalupe, a las divinidades Náhuatl y Toltecas y la mitología Yoruba Orishás Yemayá y Oshún (pueblos originarios de EE.UU.). Señala que las personas pueden mezclar la espiritualidad con la política para lograr un cambio revolucionario. Así, la “autohistoria” sería un ciclo serpentino más que una historia lineal. La historia es una narración en la que aparecen los íconos indígenas, tradiciones y rituales que reaparecen luego de la derrota mexicana en manos de El “Conquistador” Hernán Cortés y pese a las costumbres católicas  impuestas. Anzaldúa resignifica las afinidades chicanas con la Virgen de Guadalupe y ofrece la imagen alternativa de Coatlicue, la divina madre azteca. Al retornar a su herencia étnica como una fuente de identidad, esta poeta se ve enfrentada con ciertos aspectos de la cultura chicana que no puede aceptar, principalmente la cuestión del machismo y la imagen dual -de virgen/prostituta – de la mujer:

“No fui yo quien vendió a mi gente sino ellos a mí. Me traicionaron por el color de mi piel. La mujer de piel oscura ha sido silenciada, burlada, enjaulada, atada a la servidumbre con el matrimonio, apaleada a lo largo de 300 años, esterilizada y castrada en el siglo XX.

Durante 300 años ha sido una esclava, mano de obra barata, colonizada por los españoles, los anglos, por su propio pueblo -y en Mesoamérica- su destino bajo los patriarcas indios no se ha librado de ser herido.

Durante 300 años fue invisible, no fue escuchada, muchas veces deseó hablar, actuar, protestar, desafiar. La suerte estuvo fuertemente en su contra. Ella escondió sus sentimientos; escondió sus verdades; ocultó su fuego; pero mantuvo ardiendo su llama interior. Se mantuvo sin rostro y sin voz, pero una luz brilló a través del velo de su silencio.”

Entrevista realizada por Karin Ikas, en ANZALDÚA, Gloria Borderlands/La Frontera. The New Mestiza, Aunt Lute Book, San Francisco, 1999.

A la par rompe con otra frontera y en alianza con representantes del feminismo negro, encaran una disputa con el feminismo  blanco. Lo critica desde su posición de defensora de su identidad chicana que se origina en “la historia de resistencia de la mujer indígena. En el libro “Este puente mi espalda”, ella junto con otras disidentes al movimiento feminista blanco, rescatan “las voces de mujeres tercermundistas en EU”:

No es posible ser amigas de gente literaria en lugares altos, la principiante de color es invisible en el mundo principal del hombre blanco y en el mundo feminista de las mujeres blancas, aunque en este hay cambios graduales. La lesbiana de color no solo es invisible, ni siquiera existe. Nuestro lenguaje, también, es inaudible. Hablamos en lenguas como las repudiadas y locas.

Moraga, Cherrie y Castillo, Ana. Esta puente, mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas en EU, 1988.

Gloria busca reventar la interseccionalidad blanca y trazar nuevos imaginarios para la identidad de la mujer subalterna en Estados Unidos. Ella y muchas otras más, lograron  articular un nuevo imaginario, donde sean visibles: raza, etnia, género, clase y espiritualidad, y de ello emergen nuevas voces y realidades capaces de disputar sentidos.

Vivir en la Frontera significa

     el molino que con los blancos dientes de navaja quiere arrancar en tiras

     tu piel rojo-oliva, exprimir la pulpa, tu corazón

     pulverizarte apretarte alisarte

     oliendo como pan blanco, pero muerta;

Para sobrevivir en la Frontera

     debes vivir sin fronteras

     ser un cruce de caminos.

Gloria Anzaldúa en Borderland/La Frontera. The new mestiza, 1987.

 

 

Sobre la autora:

Las Malvinas tampoco son argentinas. El norte argentino es boliviano.  Me tatué una whipala a los 16 años, a veces me arrepiento, luego se me pasa. Soy argentina y boliviana. Por ratitos milito.

 

 

Marlen y Sara

                                         Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

 

Por Julieta Concilio          

 

Bondi

– “¡Andate a la puta que te parió!”, fueron las palabras que Marlen lanzó con fuerza contra el bondi, como quien tira un saco de mierda con todas sus frustraciones dentro.

En Buenos Aires, la gente suele tener estos puntos de fuga para descargar la ira contenida en tantos años de rutina citadina. Son como pequeñas grietas que se van abriendo en los infinitos trayectos cotidianos del mundo que va de Capital a Provincia y viceversa.

Sara cultivaba estos trayectos ya desde 2003. Siendo una estudiante secundaria de un colegio progre de provincia, viajaba a capital una vez por semana, a tomar unos cursos de fotografía en el Centro Cultural “Casa tomada”. El primer bondi que aprendió a tomarse con regularidad fue el ciento veintitrés, le gustaba dormirse en los viajes con el mecer tosco de las ruedas sobre el asfalto.

Marlen y Sara no trabajaban, se autoproclamaban unas “pequebú” de aquel pueblo-ciudad que habitaban en los márgenes de la provincia de Buenos Aires. El reguero de fantasmas vecinales del pantano coqueto en el que vivían, nunca les había permitido frecuentar los mismos lugares, ni tener amigos en común, ni doblar en el mismo momento, en la misma esquina, en sentido contrario. Se tuvieron que ir a conocer a Capital.

– “¡Qué hijo de puta! ¿a vos te parece? ¡Ya es el segundo que pasa y no me para! Este cincuenta y tres del orto. Si no te digo…”, mientras Marlen escupía los últimos pedacitos de mierda contra la cara de Sara, pasó otro cincuenta y tres. Tampoco paró. Empezó a llover. Las señoras que estaban esperando el mismo bondi, distanciadas de la joven que gritaba, no tuvieron más remedio que ir acercándose al amparo del minúsculo techito de la parada. Sara sonrió observando la mierda de Marlen que se deshacía junto a las gotas cada vez más seguidas y más gordas de aquella lluviosa espera.

Marlen terminó de gritar con una pregunta retórica que Sara contestó con una respuesta retórica. Estaban en la esquina de Puan y Rivadavia. Recién habían salido de un teórico de Tiscornia en el que tampoco se habían encontrado. En el transcurso ocurrido entre las 11:15 y las 11.45 AM de aquel jueves lluvioso, ya se habían sorprendido de haber vivido veinte años en el mismo margen provincial sin conocerse, habían planeado tomarse el cincuenta y tres a la misma hora para la próxima clase y empezaban a tener conocidos en común.

Llegó otro cincuenta y tres que, esta vez, sí paró. Se cedieron el paso una vez cada una y luego subieron al bondi.

Calle Nazca

– “Siempre se para acá, ¿querés sentarte?” le ofreció Marlen a Sara en el medio de un silencio incómodo. Nada del otro mundo, un pequeño silencio propio de cualquier persona que respire. Pero a Marlen no le gustaban los silencios. Cada vez que el silencio venía, Marlen ya estaba preparada para contenerlo, reducirlo, superarlo e invadirlo.

Salvo las veces que el silencio venía de repente. Marlen podía predecir cualquier silencio, excepto por el silencio intempestivo. Cuando eso ocurría, Marlen abría sus ojos verdes hasta el límite de sus párpados -a veces, también abría la boca- miraba al primer punto fijo que encontraba y dejaba de hablar. El péndulo que la movía de un lado a otro siempre quedaba atascado en alguna red neuronal que lo enrulaba. Marlen siempre se enredó en sus propios pensamientos.

Pero eso no fue descubierto por Sara hasta mucho después de aquel día. En la vía de Nazca y Yerbal, Sara se sentó y viajó anonadada por los ojos de Marlen hasta el destino final.

De provincia a capital

– “¡Tenés una media de cada color!”, escribió Sara en un papelito que le pasó a Marlen, el sábado siguiente, en el aula de Puán donde no escucharon nada del teórico de Tiscornia.

Aquella mañana de sábado empezó a las 5 am, en aquel pantano liminal inentendiblemente habitado. Marlen y Sara se levantaron para ir a cursar. Marlen se hizo un café con leche y comió una sobra recalentada de fideos con salsa mixta. Sara se preparó un mate y comió unas tostadas con queso que se le quemaron en el centro. Cinco minutos antes de salir, ambas perdieron las llaves. Sara las encontró en su mochila. Marlen no tuvo la misma suerte. Intuitivamente las fue a buscar al freezer. Todo lo que Marlen no sabía dónde meter, lo metía en el freezer. Pero las llaves fueron encontradas, diez minutos después, debajo de su almohada. La noche anterior había caído rendida de cansancio, luego de haber tomado unas cervezas en la casa de su prima, que le había preparado los fideos con salsa mixta.

De camino al reencuentro, Marlen coqueteó con su reflejo en cada uno de los vidrios de las tiendas semiabiertas de la peatonal. Sara, en cambio, utilizó las vidrieras de otras calles más dormidas, para practicar posibles reacciones al momento del reencuentro. Salieron pequeñas carcajadas de sí mismas, en el mismo momento, en distintos ángulos.

– “¿Te gustan?”, le contestó Marlen al papelito. Pero la discreción nunca estuvo entre sus prioridades. Los movimientos que se desplegaron en su cuerpo, tan sólo por esas dos pequeñas palabras, fueron suficientes para provocar la incomodidad de Sara que dio un pequeño estallido con su risa en medio del frío silencio áulico.

Cuando terminó aquel sermón que parecía infinito, Marlen y Sara se fueron a “el bar de la facultad”. Era un sucucho sucio con paredes de cerámica amarilla y ribetes negros en las esquinas, barra de mármol y máquinas de café sonando constantemente. El fetiche: discusiones políticas, protagonizadas por los mismos estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras. Los tipitos con aspiraciones de machos progres desplegaban sus alas de pavo real, cada vez que veían entrar a un par de minitas con aire de minones inteligentes. Los cuerpos atascados en la pose dentro de aquel lugar daban asco, sobre todo a Marlen.

Intentaron tomar un cortado cada una con un par de tostados, mientras hablaban. Lo primero sucedió, aunque huyeron dejando uno de los tostados por la mitad. Al salir, Marlen le preguntó a Sara si le gustaba ir al centro. Caminaron hasta Primera Junta y se tomaron el subte en sentido contrario a provincia.

A la Parisienne

– “Mi mamá tiene cáncer”, escupió Marlen mientras Sara abría el vino tinto que tomarían durante esa noche de viernes, un año después de conocerse. Sonaba Drexler en un equipo de música noventoso, acogido por el piso de madera y las repisas de roble. Entre recuerdos plásticos de vacaciones a Mar del Plata, algunos portarretratos con fotos viejas y los títulos fantasmales de la biblioteca de la casa de la madre de Marlen, esa música era lo más acogedor de la velada.

El ventanal por donde Marlen estaba mirando cuando soltó el cáncer de su madre, se llenó del humo de su cigarro, que pronto encontró la ruta para volver de frente a sus ojos. Un silencio intempestivo redujo, por fin, a Marlen.

Pero Sara no pudo aprovecharlo. Se quedó perpleja en la mesa ratona donde abría el vino, centímetros detrás de Marlen y su cigarro. No supo qué decir. Sara nunca se había enfrentado a una idea tan viva de la muerte. Terminó de abrir el vino, sirvió las dos copas asignadas para la ocasión y fue a buscar un abrazo que sabía rechazado de antemano. Empezó a sonar “Yo quiero ser una chica Almodóvar” en la reproducción aleatoria del CD, con un compilado de “Los mejores de la balada hispanoamericana”. Marlen invitó el brindis y Sara la sacó a bailar.

Esa noche transcurrió al ras de sus trayectorias. Se dieron las manos unas cuantas veces, compartieron humo y cigarros hasta las 4 de la mañana; debatieron sobre política internacional y recordaron las discusiones de los tipitos del bar de Puán, que ya no frecuentaban. Criticaron películas de amor; se rieron; cantaron desafinadamente un repertorio ecléctico de éxitos transatlánticos de los dos mil; tomaron vino de la misma copa, se abrazaron y se durmieron juntas, acurrucando sus cabezas en un sillón relleno de pelotitas de telgopor y sus culos contra la madera dura del piso.

La mañana siguiente se despertaron con olor a saliva estancada en la boca. Ambas pudieron olerse. Con la resolana tenue de primera mañana, apoyaron sus talones contra el ventanal. Se rieron de haberlo hecho al mismo tiempo.

La madre de Marlen apareció en la puerta de la cocina con unas ojeras, imborrables en la memoria de Sara. A pesar de su notoria enfermedad, tomaba un cortado grande mientras fumaba, con mucho gusto, un clásico Parisienne. Les ofreció unas tostadas que ambas aceptaron. Sara hizo mate. La mamá de Marlen la felicitó por no mojar la yerba de arriba. Se sentaron en la mesa del living y la mamá de Marlen se prendió otro pucho.

El trance

En Avenida Santa Fé al 4500, Marlen y Sara pasaban noches enteras tomando vino tinto y fumando porro, mientras creían estirar los límites de su juventud al ritmo de canciones como “Boys don´t cry” y “Girls just wanna have fun”. A su alrededor, un ejército de hormonas invadía los cuerpos de otras mentes igual de perdidas.

– “¿Cuándo nos vamos a Bolivia?”, preguntó Sara a Marlen, mientras revoleaba su cabeza, buscando las luces de colores caídas del techo del antro. Siempre intentaba extender sus sensaciones con los caleidoscopios que las luces armaban en esa extraña heterotopía enclavada en el medio de la Ciudad de Buenos Aires.

Sonriendo con maldad, Marlen ametralló lo que creía que era el sentido común de su amiga:

– “¿Te vas a ir de vacaciones sin tu novio?”.

Sara detuvo su marcha psicodélica y arremetió:

– “Me voy a ir con vos ¿Cuántas veces más me vas a reclamar que no vivimos juntas?”.

Con dos años de relación a cuestas, Marlen ya había entendido que Sara podía ganar ciertas discusiones. Sólo que no se acostumbraba al poder que su amiga había engendrado luego de haberse ido de la provincia. A decir verdad, le producía casi el mismo asco que los embriones de macho progre de aquel bar de Puán, pero al mismo tiempo, envidiaba la belleza que ese poder distante había producido en Sara.

Tomando el culito de vino que le quedaba en el vaso, retrucó:

– “¿En enero?”

– “Me gusta”, contestó Sara, ya relajada y volviendo al eje de las luces caleidoscópicas que marcaban su marcha. Sin embargo, el humo de un cigarro cercano invadió el trance. De repente, recordó por qué no vivía con Marlen. Hacía pocos meses, había tenido un enfrentamiento con su padre que la había obligado a tomar una decisión rápida y fundamental. O seguía las anticuadas reglas de quien le había dado la vida o se iba definitivamente de su casa natal. Sara tuvo que agarrar lo más a mano que tenía. Marlen todavía estaba muy lejos, en las vísperas de la muerte de su madre.

El novio apareció con un vaso de cerveza recargado justo cuando Sara se daba cuenta del desenlace de aquel recuerdo. Como si hubiese sido contagiada por la verborragia de Marlen, vomitó:

– “En enero nos vamos a Bolivia”.

Dos porteñas liminales

Consiguieron usar unas millas que el padre de Marlen tenía guardadas y viajaron en avión hasta Santa Cruz, a mitad de precio. Hacía un año que Sara vivía con su novio, quien fue a despedirla al aeropuerto con la intuición de que no volvería a verla nunca más. Marlen sintió esa separación como una victoria personal. Desde la muerte de su madre, vivía sola en un departamento en Almagro. Aunque lo de “sola” nunca fue cierto. Todos los días, se las arreglaba para invitar a alguien a dormir. Sara estaba en primer lugar entre los huéspedes más asiduos.

Marlen y Sara se subieron al avión y se sacaron dos fotos con el obsequio digital que el padre de Marlen había aportado para el viaje. El mismo aparatejo, todavía novedoso por aquel entonces, fue una compañía grata hasta el día seis. Unos pocos recuerdos gratos quedarían retratados con aquel bulto durante los siguientes diecinueve días.

Los silencios intempestivos empezaron a ser cada vez más seguidos, Marlen se volvió cada vez más incapaz de contenerlos. La tarde del séptimo día, empezó la guerra que nadie ganó. De camino al mercado, a Marlen le molestó que Sara pusiera cara de asco mientras tomaba café en bolsita. Unos metros después, entró a una iglesia, lanzó una carcajada que retumbó en los techos de piedra y mandó a la mierda al cristo que guardaba los secretos de los treinta desahuciados presentes. Sara entró en cólera. La bolsita de café se vació sobre la nueva chaquetita verde que Marlen había comprado en una feria de Sucre.

Durante las mañanas, las tardes y las noches que siguieron, Marlen y Sara se comportaron como las dos porteñas liminales que siempre odiaron ser. Pero lejos de casa, despojadas de la rutina que lograba ocultar sus ansiedades, emergió la furia propia de los inconformes. Nada les vino bien. Los días ocurrieron lentos, apesadumbrados, chorreados de hastío. Buenos Aires aparecía en cada semáforo, chocándoles la cabeza contra el asfalto. No entendían por qué, después de tantos años de odiar aquella ciudad, venían a extrañarla justo en el momento y el lugar en que lograban ser libres.

– “Se prohibe efectuar sus necesidades fisiológicas”, leyó Marlen en un cartel que apareció fugaz en el reflejo del espejo retrovisor de la van destartalada en la que viajaron de vuelta al aeropuerto. Sin saberlo, Sara leyó el mismo letrero en sentido contrario, apoyada de espaldas al camino. Se bajaron acompañadas por el ceño fruncido. Marlen pensó que Sara estaba enojada. Sara creyó que Marlen estaba dormida. Fueron a la puerta de embarque, a esperar el avión. O lo que fuese que apareciera. Un libro, una estampilla, un desconocido. Lo que fuera. Ya no soportaban el desconocimiento mutuo que habían engendrado. El olor a axila de Marlen, del que tanto disfrutaba Sara no más de dos meses atrás, ya no tenía el aroma de la libertad. Era puro hedor puerco luego de cuatro días sin tocar el agua caliente. Las costras del pelo de Sara ya se veían entre sus sienes y caían susurradas contra el suelo cada vez que se abría la puerta del baño de enfrente. Mirándose con desprecio, se quitaron el peso de encima:

– “Ya no puedo encontrarte”, dijo Sara.

– “Ya no quiero buscarte”, replicó Marlen.

En Barcelona son las cinco de la tarde

Meses después del regreso de Bolivia, Sara se separó de su novio y se fue a vivir sola cerca del departamento de Marlen. La casa de Tucumán al 3500 fue el monoambiente más triste de su vida. A pesar de estar a pocas calles de los ojos de Marlen, nunca más supo cómo volver a encontrar ese particular “verde marihuana”.

Planearon una última velada. En realidad, la planeó Marlen, que le pidió a Sara que fuera a ver las fotos de aquel infortunio boliviano (aún a sabiendas de que la dejaría plantada en la puerta, mientras publicaba los retratos del horror en una red social recién estrenada). Nunca más Sara volvió a pisar suelo marleniano. Las últimas lágrimas de despedida, las agarró de su mejilla derecha y las tiró con rabia en la calle Gascón, contra el vidrio de un corsa blanco.

Marlen y Sara no volvieron a verse. Diez años después, en Barcelona son las cinco de la tarde. Entre actores caretas y cafés expressos, Marlen recuerda por qué no abrió esa puerta.

 

 

Sobre la autora:

Juego con imágenes como los bebés con sus móviles de animalitos. Planeo incongruencias. Hago rumiaje de mis pensamientos y me gusta incomodarme. Disfruto al compañero que me provoca los días, las vidas. Pedaleo en el barro, como me enseñó la antropología. Levanto vuelo constante, como aprendí del teatro. Cuando puedo tomo fotos, es mi cable a tierra. Soy Julita, una porteña pedante que, siendo sujeta de estos tiempos líquidos, busca. Incansablemente busca.

 

“La caminata al revés”

                                         Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

 

Por Carlos Vásconez  

La primera operación exitosa de la doctora Amaranta Armenthal tuvo lugar en un entorno nada apacible. Lo hizo casi a hurtadillas, casi sin el permiso expreso de la paciente y casi enteramente deshecha de nervios por esas dos razones. Lo hizo en un quirófano extraño, que no había sido usado en varios meses por problemas en el cableado eléctrico. Las luces vacilaban. Parecía que la ciudad entera hubiera estado sitiada y en ese preciso momento fuera bombardeada por cazas expeditos. Su paciente, una tal señorita Violeta Derma, según aparecía en su ficha, que yacía semisedada atacada por un arsenal de delirios, no hacía sino contar segundos con total precisión, llorando y gritando que nadie abriera las puertas. No dejó de ser sorprendente que nadie la escuchase.

La cirugía demandó un esfuerzo doble, tanto por la doctora Armenthal cuanto por su ayudante, la liviana enfermera Candence.

La enfermera Candence padecía de sordera. La sordera era un imponderable para una enfermera. El mundo ya no aguantaba más a las enfermeras, propensas a la caridad. Ahora se hacían llamar asistentas. Todas las mujeres que secundaban a alguien en cualquier menester se hacían llamar asistentas. Era una palabra que estaba de moda. También estaba de moda que nadie sospechara siquiera en la existencia de otros seres, seres superiores que habitan el mundo. No dejaba de estar de moda fumar y que las farmacias recomendaran hacerlo para acortar una vida cada vez más incomprensiblemente agotadora.

De pronto y aunque nadie pudiera verla a plenitud debido a la luz deforme, la cara de la paciente ya no era su cara. Era ya una mujer distinta. ¿Bastó una operación para un cambio radical? Eso sí, se parecía mucho a la doctora, quien, sin percatarse de ello, le había impreso su huella característica en su rostro. Si la hubiera contemplado algún poeta –pero los poetas fueron exhibidos en no sé qué muestra fastuosa como especie extinta, lo que en un principio se suponía broma y que pronto marcó tendencia y se convirtió en un hecho irrebatible–, habría sido inevitable que considerase a ese rostro como un eco.

No sedar por completo a sus pacientes había sido una decisión surgida merced a una tesis que sostenía –y que nadie celebraba– de que esas muecas ayudaban a que la cirugía surtiera un efecto mayor, más transformador. Esas contorsiones del rostro, las aflicciones propias de un dolor anticipado, tal vez ensayado ante el espejo, eran apropiadas para el propósito.

-¿Segura, doctora?

Limitarse a negar con la cabeza habría significado debilidad emocional. Se limpió las manos en el capirote. Sacó de un bolsillo un teléfono que husmeó con indiferencia, esperando encontrar un mensaje que sabía que nadie le escribiría. Una amenaza de muerte. Una carta de amor. Un listado del mercado. Para ella todo daba lo mismo. Daba lo mismo porque no ocurriría. Lo había previsto tan bien que las sorpresas estaban aplazadas, anuladas. Volvió a limpiarse las manos en el capirote luego de devolver al teléfono a su bolsillo. La enfermera Candence pensó –pero el pensamiento fue olvidado a la brevedad– que la doctora tenía los mismos hábitos para revisar su teléfono que los que tenía para empezar a operar. Y era cierto. Para ella todo era ponerse manos a la obra. Lo mismo hubiese hecho si en ese instante un cuadro estuviera torcido en la pared no soportase dejarlo así.

Fue lo único que le dijo. Luego, la enfermera Candence oía, solo oía (alguien más astuto podría exagerar: ¡Vaya si oía!) cosas del estilo “Traiga las pinzas”, “Alcánceme las vendas”, “Apriete las correas de los tobillos”, “Desinfecte las jeringuillas”, “Lánceme una moneda para aplastar este pómulo necio”, “Vuelva a decirle, lentamente, que ya está muerta”. Lo demás era acto reflejo, una breve dosis de adivinanza y mucho nervio compartido. Por las tres. Tres mujeres nerviosas evocan sin dilación un aquelarre.

“Si de un sueño atormentador alguien despierta convertido en microbio, hay que hacerle soñar barbaries a la gente para que la metamorfosis surta efecto”, estaba segura.

Cinco horas de escuchar entre gritos cada segundo que transcurre hermana a quien enumera con quien escucha. Se había comprimido el tiempo. Cuatro horas parecieron una. Una muy extensa, una interminable, pero una hora al fin. Así se comprimió ese rostro de Violeta Derma. Una masa gelatinosa que ya podía colocar en cualquier habitación, porque al cabo estaba inidentificable.

Al abrir los ojos, Violeta Derma pensó que su cara le dolía demasiado.

-Me duele demasiado la cara –dijo, sin percatarse de que no había nadie que la escuchara.

Cuando hubo por fin alguien, la enfermera Candence, dijo que le dolía demasiado la cara, pero ya no le dolía demasiado, ahora solo le dolía mucho, así que su queja sonó poco creíble y recibió como respuesta ese ademán condescendiente que esboza con su boquita recogida toda enfermera que ya no quiere repetir por enésima ocasión en un día el consabido “Tranquila, ya pasará”.

Porque pasó.

Pasaron los días. La doctora Amaranta, que ya no era la doctora Armenthal por esa empatía que se genera entre quien invierte su salud mental a cambio de la salud física de alguien más, como ella era desde ahora y para siempre la señorita Derma, por tratarse de su primer paciente de “transfiguración facial”, como le agradaba decir, le llevaba todos los días una comida distinta. “Para que se acople a su nueva y distinta vida”, le diría un atardecer mientras recogía las persianas porque el sol que le caía de lleno le estaba alterando la expresión de la cara a Violeta Derma.

¿Es posible que quien se vuelve irreconocible desconozca las cosas, las calles, las personas? Violeta Derma, luego de esa operación traumática, no supo qué camino tomar para volver a casa. Es cierto que el adiestramiento previo, esa manera de pararse y conversar con uno mismo ante el espejo, o ni eso, ante cualquier cosa, que es la manera de encarar al destino, variaría en el caso expreso de alguien que paga por convertirse en otro, porque lo conviertan en otro. La gente no la reconoció. Alguien la llamó doctora. ¡Lo fácil que hubiese sido para ella usurpar el puesto de su Víctor Frankenstein particular! Aunque nunca lo hubiese hecho, nunca lo pensó. Solo pensaba en cómo volver a su empleo, cómo convencerlo al obtuso de su patrón que esta nueva yo era la indicada, tan buena, o mejor acaso, que la anterior Violeta Derma. Ese nombre no le encajaba en el pecho, tardaba en calar, en ocupar un lugar adecuado. Estaba ahí, junto a la palabra asistenta. Pero ya era Violeta Derma. Desde que firmó la autorización ya era Violeta Derma y no podía ser otra sino ella. El nombre, por supuesto, le había conferido no solo una fisonomía diferente sino además una manera de ver las cosas que distaba abruptamente de cómo las había apreciado hasta entonces. Es que las opciones eran muchas, habría querido pensar que infinitas, pero no se animaba. Por esa manera nueva de ver las cosas es que las cosas adoptaban otro matiz. Eran las mismas cosas siendo ya otras cosas. Otras cosas más bellas, que le conferían más ganas de poseerlas. O, en su defecto, más ganas de llamarlas de otra manera, de encircular las oes con lentitud y deferencia, incluso con algo de elegancia.

Cuando a la semana se animó y caminó por la ciudad sintió que esta no la recibía bien. Presenció un accidente automovilístico, un autobús golpeaba con brusquedad a un ciclista despistado. Vio de lejos la disputa por alpiste de un grupo de palomas y jamás hubiera creído lo agresivas que podían ser entre ellas.

Las piernas le fallaban de vez en cuando. Era su mente. Se lo había advertido la doctora. No hallarse en los vidrios de las tiendas de la ciudad o en los espejos de los baños públicos podía provocarle unos mareos y arcadas frecuentes. Tendría que conciliar la idea de que ya no era ni sería la misma. Aunque se adaptó pronto a ser llamada Violeta.

-Bello nombre.

La voz de aquel sujeto en la barra del bar le daba una razón, y tan solo una: que los hombres fingen cuando lo que intentan es seducir.

Él se presentó como Antonio y supo de inmediato que mentía. Seguramente usaba un nombre postizo para enamorar viudas en los bares y en las entradas de los cines.

-Me agrada Antonio. Creo que toda la vida estuve esperando que un hombre con ese nombre se aproximara a mí y me dijera que el mío es bello. Gracias por cumplirme un sueño.

Sabía que lo único que ese hombre, abrevado a la medida justa para caer en obviedades, podía responder para continuar con la plática era “Y puedo cumplirle muchos más”. ¿También se le había agudizado el ingenio o la pronosticación?

Demoró pero se dio cuenta que lo conocía. Antonio, el borracho de Antonio Cárdenas, el Toñito, que estaba efectivamente casado con la señora Lozano. Entonces hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su caso, como si de pronto fuera una agente policial y tras haber estado al acecho de un maleante por mucho tiempo, escondiéndose en las esquinas, precisamente cual maleante, lo hubiese visto infraganti, en pleno delito y henchida de nervios y de ansiedad lo hubiese dejado marchar con el botín. Es decir, que le siguió la corriente. Lo primero que pensó es que así le cobraría después, se cobraría en nombre de esa mujer que conocía, la desdichada señora Lozano. En lo que no demoró fue en retractarse, ya que entendía que por borracho que estuviese el hombre, no la reconocía. Quien estaba armando el embuste era ella, no él, quien jamás se le habría aproximado de no ser por no identificarla. Se retractó más cuando lo acompañó, copa tras copa, hasta que el hombre cayó rendido. Violeta, en cambio, estaba como nueva. Reluciente, en realidad. Parecía nueva, y era nueva. Le pidió al bartender, un grandulón idéntico a lo que los niños imaginan cuando oyen “Goliat”, a quien le faltaban más dientes de los que tenía, que ordenara un taxi para el caballero. El bartender tembló, como solo tiembla quien presencia un milagro: que alguien llamara caballero a ese pobre diablo, y además, una mujer, una mujer no del todo desfavorecida y desconocida.

La aventura del bar fue todo exotismo y motivación. No durmió pensando en lo que podía hacer. Su cama era un reducido parque de diversiones. Nunca antes fue algo igual.

Visitó a la doctora durante tres semanas más, para constatar su buen estado de salud y para que le fueran desprendiendo de algunos vendajes que a su vez le colocaron en el transcurso de la recuperación. La doctora se sentía orgullosa, como el pájaro que deja sus huevos en un lugar y canta su hazaña en un sitio muy remoto, más hermoso. La veía y era como si viera su destino hecho realidad. Todo fue fantástico hasta que la enfermera Candence le advirtió de su parecido.

-Hizo un extraordinario trabajo, doctora.

-Gracias, Candence. Habría que pensar en nuestra segunda operación. Hay una mujer que necesita, como Violeta, un cambio de identidad que sea radical. Pero esta vez deberemos tener más cuidado. Las segundas oportunidades son las que más riesgo conllevan.

-Claro, doctora. Pero tiene que pensar a quién va a hacer que se parezca, porque otra que se parezca a usted la va a delatar, ¿no cree?

-¿A mí? ¿Qué quieres decir con que otra que se parezca a mí?

-Que Violeta Derma es su fiel imagen, doctora. No se haga la desentendida. Usted practicó la cirugía en ese lugar para que yo no me diera cuenta de lo que quería hacer; pero no soy tan tonta, le diré. Alguna vez vi una serie de televisión en que lo que quería el doctor era que todos fueran como él. Una cosa de egos. Yo lo comprendo completamente, no se preocupe.

Se preocupó. Era una boca que no se podía abrir por el asombro, aunque la doctora Amaranta Armenthal lo único que quería era cerrarla. La cerraba, aunque estaba muy cerrada. La cerraba doblemente, la cerraba contra sus dientes, dientes contra dientes, en disputa por reinar en esa boca. La alegría que hasta ese instante había significado el éxito de la operación y que dibujaba su cara, emparentándola aún más con la novísima cara de Violeta, éxito que tenía como pretensión hacer público, sobre todo a los círculos y colegios de médicos, se cayó al suelo y desapareció de un sopetón.

Desde ese rato, a la doctora Armenthal le dolía el costado de la cadera cada vez que plantaba el pie derecho. Sentía que el broche del brasier le pinchaba la espalda cosa que se le hacía imposible evitar el impulso de sondearlo con el índice. Y se le dio por no contestar a su teléfono con un “¡Aló!”, típico en ella, sino con un “¡Diga usted!”, fuera quien fuere el llamante.

El cansancio y el afligimiento la ponían irritable. Para sobrellevarlo, prefirió el sexo desmedido y agotador a ingerir sus píldoras calmantes, autorecetadas. No decía nada, ese semblante suyo hablaba por ella. Más de un sábado salió de paseo en auto con algún desconocido, el mismo al que agotaba la noche anterior, a quien le pedía que condujera su auto y que tomara el camino que quisiera. No fue uno solo quien la dejó en mitad de la nada, so pretexto de orinar o de hacer una llamada importantísima.

Mientras tanto, Violeta había retornado a su trabajo en la fábrica de costura. Fue contratada de inmediato, acaso por su mirada, que al gerente le fue reconocible, por ese tono de desidia que imprimía a su voz, acaso porque demostró en un dos por tres sus capacidades, que seguían intactas. Lo más probable es que fuera contratada por todas esas razones y porque se parecía demasiado a otra persona. Parecerse a alguien más surte un efecto sobrecogedor, hace que los demás, aunque no conozcan a la otra persona, sepan que hay alguien que ocupa dos puestos. Es un efecto similar al que nos causan los animales. Un perro es todos los perros y un zancudo, todos los zancudos. A uno lo acariciamos y queremos acariciar a todos. A otro lo aplastamos con la palma de nuestras manos y nuestro instinto nos inclina a hacerlo con todos los otros.

La transformación fue ejemplar. Varios meses después, coincidieron en la calle. Era una calle cualquiera. De esas que se olvidan mientras se las camina. Se vieron fijamente incluso cuando quisieron quitarse las miradas de encima. El parecido era radical. A la doctora se le ocurrió entonces, inmersa en ese abismo al cual había visto desde una frontera como se ve al amor, que ya no era ella, que era probable que esa otra mujer no incrementó sus dotes al parecérsele, que lo mejor era hablarle.

Se retiraron, sin expresarse el menor ademán, sin intentar un acercamiento, pero también sin tratar de esquivarse.

Era un estetoscopio y era la enfermera Candence quien a su lado, al día siguiente, ordenaba todos los implementos para empezar la cirugía. Para que no quepa dudas de su intención, la doctora Amaranta Armenthal colocó una fotografía suya al lado y le explicó a la paciente lo que pretendía hacer.

-¿Qué me parezca a usted? ¿No le parece descabellado?

Solo sonrió. Su sonrisa fue tan sincera que la paciente se dejó caer con suavidad sobre el colchón.

 

Sobre el autor:

Cuenca, Ecuador (1977) Ha publicado los libros de cuentos Mención a un extraviado (2001) Versiones Heroicas (2006) Lo que los ciegos ven (2011) Libro del pequeño esplendor (2014) y las novelas El violín de Ingres (2005) La raza extinta(2007) y Los días a tu nombre (2009). Ha presidido la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay .

¿Qué no lee el que lee?

                 Foto: Gisela Guardado  @infinitevoyage

Por René Patricio Carrasco Mora

El texto traza y destroza. A veces, lo suficiente. El lector, la mayor parte de los casos prescinde de un tercero que traduzca, que le cuente, que lo explique. Lea y espere. El lector espera, a veces, en vano. No se puede leer de lo que tanto se habla, sobre todo, cuando incomoda, cuando sucede, cuando hiere. Se lee entonces, por expiación o por capricho. Si nada hay por fuera del lenguaje, entonces, nadie hace lo que dice, o peor aún, nadie lee lo que se escribe por fuera de la página: en la calle, el trabajo, la casa,  lo clandestino. El lector, hace lo que quiere.


 

“ Pa, ¿por qué no hay perros ni gatos en la calle?. Como no tenía respuesta, cambié de tema inmediatamente. Esa misma noche vino a casa un amigo berlinés y le hice la misma consulta. Su gesto- antes que la respuesta verbal contenida y respetuosa- fue claramente: animales-callejeros-son-una-señal-de-barbarie. Y entendí perfectamente.”

 

Luis Chaves


 

“era de ecuador. tenía los ojos grandes. la cara negra y el pelo rebelde. como nosotros. no sabía decir otra cosa que hermano cómo vas. qué gusto. ojalá nos veamos en nuestro país.”

 

Santiago Vizcaino


 

“No sabía adónde iba

no conocía el puerto de destino

sólo sabía aquello que dejaba

Por equipaje

una maleta llena de papeles

y de angustia

los papeles para escribir

la angustia

para vivir con ella

compañera amiga.”

 

Peri Rossi


“In the middle of that desert that didn’t look like sand

and sand only,

in the middle of those acacias, whiptails, and coyotes, someone yelled

“¡La Migra!” and everyone ran.”

Javier Zamora


 

“Miraba los yates y los barcos lujosos;

uno de ellos tenía un largo viaje por hacer,

a otros les aguardaba sólo un vacío salado.

Viste a refugiados con rumbo a ninguna parte,

oíste a verdugos que cantaban con gozo.”

Adam Zagajewski


Ahora es Venezuela, ayer fue Colombia, México, El Salvador y Ecuador, mañana puede ser Argentina. Leer es otra forma de mediocridad:  ¿a dónde corre el que corre? ¿qué no lee el que lee?

Notas al pie:

1) Fragmento de: Chaves, Luis. (2017) Vamos a tocar el agua. Costa Rica: los tres editores.

2) Fragmento de: Vizcaino, Santiago. (2017) Complejo. Ecuador: la caída.

3) Fragmento del poema El viaje, Cristina Peri Rossi. Disponible en:

https://poetasdelfindelmundo.com/poesia/estado_de_exilio-cristina-peri-rossi/

4) Fragmento del poema Second attempt crossing, Javier Zamora. Disponible en:

https://www.poetryfoundation.org/poetrymagazine/poems/90978/second-attempt-crossing

5) Fragmento del poema El mundo mutilado, Adam Zagajewski. Disponible en:

http://museoliterario.blogspot.com/2017/06/adam-zagajewski-el-mundo-mutilado.html

 

Sobre el autor:

Ibarra-Ecuador, 1991.

La yegua del apocalipsis

                                                        Foto: Kevin Andrade  @ph_.98

 

Por Angélica Mogollón 

“Mi oficio es el de escribir en el género crónica que es donde más me ha resultado esta pirotecnia de la letra,  la crónica porque no es un género tan fijo como la novela (…) la crónica tiene otro sentido, tiene otra vertiginosidad”1 Así, libre de pretensiones intelectuales Pedro Lemebel esboza su postura narrativa, la cual se construye como un gran tejido donde la única especificidad posible es la hibridez discursiva.

A través de diversos recursos narrativos ha logrado mantener la duplicidad del lenguaje, desdoblándolo y trazando nuevas imágenes estéticas donde le entrega al lector una obra totalmente despojada de estilismos clásicos y aparentemente simple.

Aterrados por el escándalo, sin entender mucho la sigla gay con nuestra cabeza indígena. Acaso no quisimos entender y le hicimos el quite a tiempo. Demasiados clubes sociales y agrupaciones de machos serios. Acaso estuvimos locas siempre; locas como estigmatizan a las mujeres. Acaso nunca nos dejamos precolonizar por ese discurso importado. Demasiado lineal para nuestra loca geografía. Demasiada militancia rubia y musculatura dorada que sucumbió en el crisol pavoroso del VIH 2

La profundidad de la narrativa Lemebeliana está ahí, en la superficie, donde usa indiscriminadamente materiales de su cotidianidad y aborda críticamente diversos acontecimientos históricos que fueron transversales en el imaginario chileno. De esta manera, uno de los punteros de su crónica es el proceso de modernización latinoamericano y la llegada de la globalización que intentaría establecer una  masificación y homogeneización cultural de la población, que sería “asimilada” residualmente por las minorías  populares.

Al leer la crónica de Pedro es necesario considerar que es él quien establece las reglas del juego, interviniendo el lenguaje desde su realidad social y sexual;  como lo hace con su manifiesto Hablo por mi diferencia (1986) leído como intervención en un acto político de izquierda en Santiago de Chile:

Mi hombría no la recibí del partido

Porque me rechazaron con risitas

Muchas veces

Mi hombría la aprendí participando

En la dura de esos años

Y se rieron de mi voz amariconada Gritando: Y va a caer, y va a caer

Y aunque usted grita como hombre

No ha conseguido que se vaya

Mi hombría fue la mordaza

No fue ir al estadio

Y agarrarme a combos por el Colo Colo

El fútbol es otra homosexualidad tapada Como el box, la política y el vino

Mi hombría fue morderme las burlas Comer rabia para no matar a todo el mundo

Mi hombría es aceptarme diferente

Ser cobarde es mucho más duro

Yo no pongo la otra mejilla

Pongo el culo compañero 3

Es necesario considerar que, aunque Lemebel sitúa su obra dentro de la  “crónica urbana”, autodefiniéndose como uno de los precursores de éste subgénero en Chile y  dialogando narrativamente con escritores como Alberto Fuguet y Álvaro Bisama que también se instauran en el género, es imposible leerlo dentro de una categoría cerrada y considerarlo como un simple cronista.  Lo más coherente es entender su narrativa como un hecho complejo que está en simultaneidad con sus diferentes identidades que van desde escritor, artista visual, drogadicto, militante homosexual hasta marginado.

La hibridez del lenguaje configura su esencia como escritor, la misma que se erige dentro de un entramado problemático, donde construye una red de recursos literarios que son flexibilizados y sugeridos ligeramente en la narración; su crónica “oscila entre la confesión y la lengua poética para proponer la narración de la historia como confesión desviada”4 y no como una narración histórica y cronológica de hechos no ficcionales.

 

Notas al pie:

  1.  Lemebel, Pedro. Trazo mi ciudad, Capítulo 10. 2012.

          https://www.youtube.com/watch?v=n21S1UQoMlA&frags=pl%2Cwn

  1. Lemebel, Pedro. “Loco afán”. Loco Afán: Crónicas de sidario. Bueno Aires: Editorial la página. 2009. 95-99.
  2. Lemebel, Pedro. “Manifiesto: Hablo por mi diferencia”. Loco Afán: Crónicas de sidario. Bueno Aires: Editorial la página. 2009. 84-88.
  3. Cangi, Adrián. “La cigarra no es un bicho”. Desdén al infortunio: Sujeto, comunicación y público en la narrativa de Pedro Lemebel. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2010. 45-55.
  4. Colectivo yeguas del Apocalipsis, Santiago. 1987.

           http://www.yeguasdelapocalipsis.cl

 

Sobre la autora: 

Colombia, 1990.

Witold Gombrowicz: El escritor del no-lugar

                                          Foto: Gisela Guardado @infinitevoyage

Por Marvel Aguilera  

“El poeta es, en gran parte, un agente involuntario de la vida heroica por él mismo revelada”

Leopoldo Lugones, El Payador.

 

Ricardo Piglia supo decir que Witold Gombrowicz fue el mejor escritor argentino del siglo XX. Lo que podría tomarse como una aseveración meramente provocadora – un modus operandi habitual en el creador de Plata Quemada – permite, al menos, establecer un punto de partida más tangible: ¿Fue Gombrowicz un escritor argentino? A pesar de que el polaco nunca dejó de tener presente la situación histórica por la que atravesaba su tierra, eligió escapar de los mandatos culturales, de una idea de “patria” convencional, arraigada al mero cerco de los márgenes fronterizos. En ese caso, Argentina, en tanto territorio distante de las urbes vanguardistas, funcionó como escenario preferente de su proyecto literario, la de forjar una identidad nueva, redefinida, original; carente de los dogmas atribuidos al oficio de “escritor”. Pero ¿alcanzó aquello para considerarlo un autor nacional? Es difícil una respuesta unívoca, pero más allá de la nacionalidad, hay, al menos, consideraciones que permiten incorporar su figura a la tradición vigente hasta el día de hoy en las letras del país.

El Witold Gombrowicz que bajó del transatlántico Chrobry en 1939, aprendió sus primeras palabras desde el idioma de los desplazados: los obreros del puerto de Retiro; los marineros que despertaron en él un resplandecer juvenil; los comensales del Rex que ayudaron a darle forma castellana a su ópera prima, la inclasificable Ferdydurke. En ese lenguaje de los márgenes se mimetizaban las culturas, las fronteras se confundían y empujaban a pensar una nueva identidad, desde lo ajeno y lo propio. Sin embargo, Gombrowicz decidió aferrarse a su impronta de viajero itinerante: interactuó en francés con los “suyos” y emparentó al país con su natal Polonia, abatida, ilustrada bajo las sombras de las vanguardias del Viejo Continente.

Él, a pesar de la territorialidad, había decidido obviar el intercambio que el cruce fronterizo ofrecía y, aunque con el paso de los años consideró a la Argentina su “segunda patria”, nunca se decidió a escribir en español, por el contrario, los diarios, su obra magna como escritor e intelectual (que describieron su estadía de veinticuatro años en el país), permanecieron en su lengua madre de principio a fin. Gombrowicz parecía no escribir para nadie: ni para una sociedad europea que lo había olvidado en las pérgolas de una novela experimental y casi ilegible, ni para una Argentina que, en términos literarios, lo desconocía. En otras palabras, W. G. era un fantasma, un autor huérfano que había hecho de lo provisorio un permanente.

¿Cómo considerar, entonces, a Gombrowicz un escritor argentino a sabiendas de su reticencia a la lengua local y a los círculos culturales de la época?

Se suele creer que la identidad responde a una construcción social, a una creación que se produce a través de la palabra, de las imágenes y de las repeticiones de los rituales colectivos. En Gombrowicz aquello parecía no traducirse en una identidad clara y alusiva al país en que vivía tras su exilio. ¿Eso significa que había perdido su identidad? Al menos, era imposible conservar aquella que había forjado en Maloszyce, bajo la aristocracia católica de su familia. Ahora estaba “arrojado” a un extrañamiento, no sólo de los límites geográficos de su patria sino a la etiqueta de “escritor” construída a lo largo de su vida, truncada en la periferia de un país sonámbulo, abstraído en su impotencia de ser la nación que el resto del mundo esperaba que fuera. Por ello, para entender la inclusión de Witold Gombrowicz en la historia literaria argentina, más que su ubicuidad geográfica y los alcances en el manejo de la lengua, es importante ver en qué tradición se vio inmerso a fines de la década del treinta.

Esa tradición trazó sus cimientos bajo el aura de un personaje ficticio, inventado; el mítico “Martín Fierro”, gaucho cantor fundador de la poesía nacional, que fue retratado por José Hernández en su obra de 1872. No es arriesgado, por lo tanto, creer que esa ligambre de la literatura alrededor de un personaje ficticio, haya inferido en una costumbre permanente en las letras locales: posicionarse en una zona gris donde confluyen lo real y lo inventado en una dimensión única, conflictuada, pero no por ello menos valedera.

“Debes decirte: la gente anhela conocerte. Te desean. Sienten curiosidad por ti. Debes introducirle a la fuerza en tus asuntos, incluso en aquellos que le son indiferentes. Oblígalos a que se interesen por lo que te interesa a ti. Cuanto más sepan de ti, más te necesitarán. El ‘yo’ no es obstáculo en las relaciones con los demás, el ‘yo’ es lo que ‘ellos’ desean (Diario).”

Gombrowicz no se inscribe en la tradición argentina por la territorialidad sino desde la ubicuidad de una línea de escritura negativa que hace de la autoconfiguración la forma de construir una empresa literaria. En ese proceso inventivo, el escritor polaco partió de una premisa: dejar atrás al escritor tedioso e intelectualista forjado en Europa para proyectarse desde una posición marginal y rebelde: un autor que prefirió mimetizarse con la juventud antes de formar parte de la vanguardia cultural local. Para escribir, W. G. debió escribir su proyecto de autor argentino. “Bajo el efecto de la guerra, del surgimiento de las fuerzas ‘inferiores’ y las fuerzas regresivas se efectuó en mí la irrupción de una juventud tardía (…) Siempre tuve inclinación a buscar en la juventud – la propia o la ajena – un “refugio” frente a los valores, es decir, frente a la cultura (Diario argentino).”

En su ensayo Héroes sin atributos, Julio Premat traza una línea de contacto a lo largo de la literatura argentina en el siglo XX basada en la autoconfiguración negativa del escritor. La norma es clara: para construir una obra es condición necesaria la construcción de una figura de autor. Asimismo, en esa configuración de un “personaje” de autor – proclive en cada texto generado – habrá una representación contradictoria, sostenida en la máxima de Juan José Saer: “Ser escritor es no ser nada, nadie”.

¿De qué hablamos cuando hablamos de un escritor argentino?

En el marco de una cultura occidental que problematiza el lugar del sujeto en los procesos artísticos (lo hace público, lo colectiviza) para así generar en el lector la ilusión  – el juego – de una realidad palpable, de algo que parece más cercano a lo verídico, aquello de lo que no se puede dudar, la literatura de W. G. superpone lo autobiográfico como un registro necesario e inseparable de su identidad.

Al igual que Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, Gombrowicz en sus diarios encuentra el engranaje preciso para encaminar la estructura de su obra, poner al “sujeto escritor” en el centro de la acción, hacerlo protagonista. Una idea que, lejos de ser una extravagancia de su personalidad, parece acomodarse al mismo precepto que manejaba el autor de “El Aleph”, la noción de que “todo está escrito” y que, con ello, es necesario escribir y explayarse sobre aquellos que escriben: los Borges, los Macedonios, los Gombrowicz.

Asimismo, la escritura en W. G. a modo de confesión no escapa de una lógica que continúa siendo preponderante en la literatura argentina actual y que tuvo su último pico en Cumpleaños, la novela intimista de César Aira. La obra del polaco resguarda un mecanismo implícito: el texto no basta por sí mismo, es un medio; la punta del iceberg de una labor mayor, la configuración del autor.

En gran medida, la inestabilidad identitaria de Gombrowicz encuentra su parangón en la ficción. Si bien es cierto que sus diarios pueden pensarse desde la intención de un polaco ajenizado que busca mostrar, a través de la distancia, la preservación de sus signos nacionales bajo la cobija de la escritura – hay que tener en cuenta que fueron publicados originalmente en Polonia – es inevitable establecer una filiación clara entre la impronta gombrowicziana y el continuum de la literatura argentina del siglo pasado, basado en la escritura desde los márgenes y en el aura de un escritor “inventado”, que bien supo encarnar Macedonio Fernández en gran parte de su obra (Papeles de recienvenido, Museo de la novela eterna).

El estilo como identidad

En Buenos Aires, Gombrowicz sintió el acecho del universo de intelectuales agazapados en la visión aristocrática de las artes, entre ellos el solemne grupo Sur encabezado por las hermanas Victoria y Silvina Ocampo y el ilustre Jorge Luis Borges. Para ellos, Polonia quedaba muy lejos de las luces de París. “A mí lo que me fascinaba del país era lo bajo, a ellos lo alto”. Es entonces en la juventud, tan proclive al idealismo, que el autor polaco lograría recuperar el entusiasmo perdido: saltar la barrera invisible de años de fatiga y sopor que lo anclaban en la figura del escritor pesimista y previsible. La anécdota de la cena en la calle Alvear junto al matrimonio de Silvina Ocampo y Bioy Casares (y a un impoluto Borges), permite comprender hasta qué punto Gombrowicz se sentía un autor minimizado, señalado por arrogarse cierto élan vital con objeto de disimular su ignorancia. Así lo ilustró la hermana menor de los Ocampo: “Me proponía cosas raras y se enojaba porque no aceptaba sus ideas. No nos entendió y no lo entendimos. Deberíamos habernos conocidos mejor. Era muy orgulloso; es lo que explica su comportamiento. Era más antisocial, salvaje, que agresivo. Parece que ha escrito cosas no muy amables sobre Bioy y sobre mí”.

Gombrowicz, un escritor para nadie

Aunque pueda pensarse que el exilio forzado de W. G. en Argentina explique su reconversión, la decisión de quedarse en el país, aún después de terminada la guerra, responde a una necesidad interna ineludible: la defensa a ultranza de su identidad como autor. Gombrowicz necesitaba del suburbio que le ofrecía Buenos Aires y, desde ese grado cero, vio la posibilidad de construirse: ser su propia frontera. “Estoy completamente solo en un desierto; jamás he visto a nadie, ni tampoco adivino la posibilidad de la existencia de otro hombre. De repente, en mi campo de visión aparece un ser análogo, sin embargo no soy yo – la misma idea encarnada en otro cuerpo, alguien idéntico y sin embargo extraño -, y experimento al mismo tiempo una maravillosa plenitud y un doloroso desdoblamiento” (Diario).

La identidad de un autor no depende de algo “dado” sino que es la culminación del tramo que va de la actividad (escribir) a la concepción del ser (escritor), un proceso cargado de indeterminaciones e inestabilidades. Gombrowicz, a fines de la década del treinta, es un autor desconocido, cuyos textos parecen perdidos en una lengua que ya no lo contiene, que se aleja poco a poco de él de la misma forma que lo hizo el transatlántico polaco en 1939. Construirse como un nuevo escritor fue la forma de poder darles validez, de recuperarlos, pero para ello debió, primero, ficcionalizarse: incluirse una dimensión ficticia que le permitiera mostrarse, desde la originalidad, pero también a través de una libertad absoluta, dada por lo ajeno, mediante aquello que no lo limitara ni le exigiera. Así lo explica en su correspondencia con Jerzy Giedroyc, director de la revista polaca Kultura: “Debo convertirme en mi propio comentador, o mejor todavía, en mi propio escenógrafo. Debo forjar a un Gombrowicz pensador, un Gombrowicz genio, un Gombrowicz demonólogo de la cultura y muchos otros Gombrowicz indispensables”.

La construcción de la identidad en W.G. debe pensarse en el punto de encuentro entre la representación biográfica y la producción creativa de su obra, realizada mayormente en el país (a excepción de su iniciática Ferdydurke). Sería ingenuo creer que esa autoconfiguración, por demás sobre-expuesta, escapa a una estrategia constitutiva del autor y que la acumulación de historias alrededor de su figura no son parte de una dimensión creada por él: la idea de dar a conocer un escritor que celebra los fallidos, terco, injurioso; que encarna la creatividad desde la impotencia de la inferioridad. “El espíritu nace de la imitación del espíritu, y el escritor tiene que imitar al escritor, para al final convertirse en escritor él mismo” (Diario).

Más allá de la revisión de su identidad literaria y la toma de distancia de una Polonia como una proyección por escapar de una “forma” de escritura (de un estilo inerte en estas latitudes del continente americano), hay que tener en cuenta que su práctica, lejos de funcionar como un experimento híbrido que lo ajenizó en el país, lo acercó una tradición constante a lo largo del siglo XX en las letras argentinas.

Bibliografía

Gombrowicz, Witold. “Diario argentino”. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2001.

Gombrowicz, Witold. “Diario”. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2017.

 Gombrowicz, Rita. “Gombrowicz en Argentina”. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2008.

Heinich, Nathalie. “Étre écrivain. Création et identité. París: La Découverte, 2000.

Premat, Julio. “Héroes sin atributos”. Argentina: Fondo de Cultura Económico, 2009.

Rotker, Susana. “Cautivas: Olvidos y memorias en la Argentina”. Argentina: Ariel,  1999.

 

Sobre el autor:

(Buenos Aires, 1987) Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Egresado de la escuela de periodismo TEA. Colaboró en los portales culturales Revista Tiburón, Indie Hoy, Revista Kunst, Liberoamérica y Artezeta.