Archivo de la etiqueta: Roberto Bolaño

La hermandad sin fin de Infrarrealistas y Hora Zero

Por: Augusto Magana

En un pequeño y ruidoso bar del centro histórico de Barcelona (Catalunya) es donde se fragua uno de los trabajos editoriales más colosales para la recuperación de dos de las últimas vanguardias latinoamericanas: el Infrarrealismo mexicano y el movimiento Hora Zero de Perú. Ahí, frente a una mesa de mármol llena de tazas de café, Ana María Chagra (integrante de Hora Zero) y Bruno Montané Krebs (miembro fundador del Infrarrealismo) explican con entusiasmo el origen y la esencia de Ediciones Sin Fin, un proyecto sin ánimo de lucro, pero con el objetivo claro de volver a poner en las librerías a algunos de los escritores y escritoras más “salvajes” del continente americano.

Sus intereses van más allá de solo los infras y horazerianos, pero fue la hermandad de estos la que los empujó a empezar a hacer libros. Desde su creación en 2012 han publicado a voces tan rompedoras en la poesía latinoamericana como Osvaldo Lamborghini, Jorge Pimentel, Carmen Ollé, Cuauhtémoc Méndez, Jorge Teillier, Néstor Sánchez o el recientemente fallecido Tulio Mora.

Pero todo comenzó con un Sueño Sin Fin, el de Mario Santiago Papasquiaro, cofundador del Infrarrealismo y el escritor de carne y hueso detrás del ya mítico Ulises Lima, protagonista de Los detectives salvajes de su compadre de aventuras, Roberto Bolaño. Fruto de aquel viaje europeo que Santiago Papasquiaro realizó en 1977, quedaron desperdigados sus versos en las orillas y espacios en blanco de los libros que Montané y Bolaño (que en aquel entonces ya vivían en Barcelona) le dejaban para que se entretuviera. Esos gérmenes de poema fueron luego rescatados por los dos autores incidentales y convertidos en un manuscrito que más tarde enviarían hasta México D.F. para que fueran reinyectados de la fuerza vital y poética de Mario Santiago.

Pero no fue hasta más de 30 años después que vieron la luz, cuando Montané recibió, entre un montón de otros papeles, el manuscrito revisado y corregido por su autor. Y así fue como nació Sueño Sin Fin y también, casi sin quererlo, el proyecto literario de Chagra y Montané. Desde entonces, la editorial no ha dejado de crecer y superarse, aunque de forma muy orgánica y casi impensable. Continuando con la hermandad sin fin que siempre ha unido a infras y horazerianos.

 

¿Cómo se empieza una editorial de escritores latinoamericanos en Barcelona?

Ana María Chagra: Empezó con amigos porque, evidentemente, solos no podíamos afrontar el gasto de la imprenta. Pedimos el presupuesto a una imprenta, pusimos un poco de dinero cada uno y empezamos con la aventura.

Bruno Montané: No nos complicamos. En ese momento estábamos tan asombrados de realmente poder hacerlo que, a su vez, no veíamos una proyección a futuro.

¿La idea era publicar solo Sueño Sin Fin, de Mario Santiago?

B.M. Claro, prácticamente un homenaje.

A.M.C. No teníamos ni una programación, ni un catálogo posible. Nada. Empezamos con este libro. La presentación fue muy entrañable. Vino mucha gente, muchos amigos. Fue una cosa muy conmovedora.

Muy personal

B.M. Hacemos libros para que la gente se junte (risas). Podemos decir que de a poquito, nos hemos hecho con una comunidad de lectores y gente curiosa muy fiel.

¿Cómo fue todo el trabajo para editar este libro del personaje quizá más emblemático del Infrarrealismo junto a Bolaño?

B.M. El montaje lo hicimos entre Bolaño y yo. Se lo enviamos a Mario y luego, años después, recibí de vuelta ese material junto con quinientas páginas de Mario Santiago, de cuando estábamos preparando la antología que luego fue Jeta de Santo (FCE, 2008) con Juan Villoro y Rebeca López, la compañera de Mario Santiago, y Mario Raúl Guzmán.

A.M.C. Después, también tuvimos la suerte del cariño de los hijos de Mario. Nosotros les comentamos que teníamos intención de hacer esto y nos dieron su apoyo total. Porque evidentemente los derechos los tienen los hijos.

B.M. Paradójicamente, viene a ser el único texto colectivo de los infrarrealistas, de algún modo. Aunque la labor de Roberto y mía fue un trabajo de montaje, digamos. Trabajo de escritorio.

¿Un trabajo que Mario no hacía?

A.M.C. No, pero él intervino después. Ese texto que ellos mecanografían, Mario lo interviene, lo corrige, le añade cosas.

B.M. Por eso nos interesa publicar el poema. En el libro mostramos cómo él interviene en los márgenes de los libros y luego cómo interviene en el texto que recuperamos Roberto y yo. Bueno… yo era el mecanógrafo.

¿Y Bolaño qué hacía? ¿Daba órdenes?

B.M. Bueno, como daba órdenes muy buenas, había que discutirle muy poco. Claro, cuando Mario intervino volvió a revivir el texto. Aceptó el texto, nuestro montaje, porque no hizo ningún cambio de estructura; pero lo que hizo fue seguir inyectándole y sembrando nuevos versos. Eso parecía una experiencia bonita y creo que única.

Les da la seguridad de que es un texto que él habría aprobado

A.MC. Exacto. Y a partir de este libro de Mario, como yo lo había conocido con Tulio Mora en México, nos dijimos: “bueno, ahora publiquemos alguno de Hora Zero“. Y decidimos publicar a Tulio, el libro Aquí sobra la eternidad. El poema que da título al libro, de hecho, está dedicado a “los horazerianos e infras en el ascensor al infierno”. Son movimientos hermanos desde su fundación.

¿A partir de este momento su intención es la de hacer una especie de puente editorial entre Hora Zero e Infrarrealismo?

A.M.C. No era la intención. Se dio de forma natural.

B.M. Reconocimos a nuestra comunidad, a los poetas que conocíamos.

A.M.C. Después publicamos a Pimentel, Ave Soul, pero tampoco buscábamos hacer una editorial.

B.M. Bueno, ha sido el espíritu de recuperación de todos esos textos. Porque, por ejemplo, Ave Soul no estaba publicado aquí en España. El de Tulio tampoco.

Todo fue creciendo de una manera muy orgánica, ¿No?

B.M. Sí, exacto. Una cosa conducía a la otra.

A.M.C. Buscamos recuperar autores latinoamericanos que nos gustan, que no son conocidos en España, pero que sí lo son en sus países de origen. Libros fundamentales que, por su factura, representan nuevas propuestas de escritura.

¿El hecho de que estos autores no se conozcan tanto aquí se debe a la distancia, el tiempo o hay otras razones?

B.M. Todas las razones habidas, por haber y posibles de imaginar. O sea, incluso las mismas editoriales de mercado propician este aislamiento. Cada sede nacional editorial publica a sus autores y no los distribuye en el resto de Latinoamérica, ni aquí, en Europa. Esfuerzos, por ejemplo como el de Claudio López de Lamadrid (director fallecido de Penguin Random House España), son loables en ese sentido, porque consigue establecer un nexo al publicar aquí a mucha gente latinoamericana. Te pongo ese caso como el extremo de ese esfuerzo, porque además tiene una base material…

¿El hecho que todos estos escritores sean, de alguna manera, cercanos a vosotros o tenga algún vínculo con vosotros, hace que sea más fácil la gestión de los derechos de autor?

B.M. Evidentemente. Y además se trata de poesía. En el caso de la poesía nadie considera que hay que pedir derechos.

¿Cómo eligen a la persona que hace el prólogo de los libros?

A.M.C. Muchas veces hemos intentado que el prologuista fuera de aquí, con la idea de acercar ese texto al lector español. En otros casos hemos recurrido a la persona especialista en el autor.

B.M. El trabajo poco a poco ha hecho que tengamos una comunidad que se interese en nuestros libros. Y precisamente ahí ha habido un nexo con gente de la “academia” (resalta las comillas con las manos), entre comillas. Porque, aunque trabajen en la universidad, son gente que se ha acercado a nosotros como lectores. Entonces ahí se ha dado de modo natural el espacio para pedirles un prólogo.

Son complicidades…

B.M. Veámoslo antropológicamente: conoces a gente, entonces haces cosas con la gente. Pero no ha habido ninguna impostación, ni ningún acto de voluntad rara. Simplemente ha estado a la vista.

A.M.C. En el caso de Uso y abuso / Peso Neto, de Cuauhtémoc Méndez, escribieron amigos mexicanos. Como Mario Raúl Guzmán, Guadalupe Ochoa y Pedro Damián.

B.M. El caso de Cuauhtémoc Méndez es muy importante dentro del Infrarrealismo. Había que recuperar sus textos. Ni siquiera el mismo Infrarrealismo como movimiento logró nuclear la capacidad material de editar libros.

A.M. Y a veces ni la voluntad.

B.M. Incluso existía la voluntad de no publicar.

¿Por qué pasaba eso?

B.M. El infrarrealismo era más ingenuo que Hora Zero. Era más un gesto de pandilla, de banda literaria. Aparte, en el infrarrealismo era muy importante la figura de Roberto Bolaño y de Mario Santiago, como propiciadores y comisarios poéticos. Haciendo un chiste que tiende a ser más entrañable que irónico: es como el tipo de ideal que tuvo Bretón en el surrealismo. Que fue férreo y además consiguió introducir el movimiento en el contexto cultural de la época de una manera muy potente.

¿Qué creen que fue, aparte de la figura de Mario y Bolaño, lo que permitió que este grupo de gente con formas de escribir aparentemente tan diversas decidieran conformar un movimiento o unirse de alguna manera para hacer arte y crear?

B.M. Las afinidades y el “hagamos algo” ¿No? Es que vuelvo, no a comparar, sino a solapar: Hora Zero se forma antes y los Infrarrealistas después. Y, sobre todo, los infras leen a Hora Zero. La conexión fueron Mario y el viaje de Diana Bellessi. Ella, que aún está en ejercicio poético vital, fue la conectora. Como una catalizadora y viajera que juntó a Hora Zero con el Infrarrealismo. Y luego ya hay las conexiones entre Mario y Roberto con Tulio y Pimentel.

A.M.C. Y con Bernardo Rafael Álvarez también.

B.M. Bueno, y luego Roberto y yo conocimos a Enrique Verástegui cuando estuvo de paso por Barcelona, Menorca y París.

A.M.C. De hecho, Carmen Ollé empezó a escribir Noche de adrenalina (Ediciones Sin Fin, 2015) aquí, en Barcelona. Lo termina en París y lo publica en Lima, pero aquí, donde lo empezó a escribir, no se había publicado nunca.

Muchos de los escritores del Infrarrealismo y de Hora Zero vivieron en Europa. ¿Cómo es, entonces, que esta labor poética de ellos no se conoce aquí?

A.M.C. Porque eran muy jóvenes y aún no habían publicado en aquellos años. Estamos hablando de mediados de los setenta. Económicamente no tenían ni con qué subsistir.

¿Afecta el hecho, también, de que sean poetas y no narradores?

B.M. Hay la inercia editorial de publicar solo a narradores.

A.M.C. Pocos arriesgan por un poeta, salvo que sea más o menos consagrado. Por eso el boom y la creación de tantas pequeñas editoriales independientes que están publicando poesía. Económicamente no les resulta rentable a los grandes grupos editoriales.

¿La edición de poesía está condenada a ser un trabajo de altruismo prácticamente?

B.M. Pero es un “autoaltruismo”, una autofagocitación magnánima. La poesía se publica a sí misma. Se autodifunde a través de un sistema, una cosa muy orgánica, de la admiración por otros poetas. Nosotros admiramos a Hora Zero y los publicamos.

A.M.C. Pero esto pasa mucho más aquí en España. Porque en otros países, por ejemplo en Chile, aparte de la autoedición, hay editoriales más grandes que sí apuestan por poetas. O en Perú también hay algunas, pequeñas, pero también no tan pequeñas. Son países de donde salen poetas, hasta de debajo de las piedras.

B.M. Hoy también, técnicamente, es más barato editar. En Chile en un momento se hacía la broma de que había una editorial por poeta. Pero también es cierto que en la poesía siempre ha existido la autopublicación.

¿Les cansa que siempre intenten relacionarlos, de alguna manera, con Bolaño?

A.M.C. Sabemos que es inevitable. Hay como una conexión natural, sin buscarla. Las cosas que nos gustan pues, ese es el hilo conductor: da la casualidad que Bolaño dijo sobre Lamborghini no sé qué, que menciona a Nestor Sánchez en no sé dónde, etc. Pero no los hemos publicado por eso. Es una conexión vital y generacional. Hemos tenido las mismas lecturas y la gente que queremos dar a conocer son autores que están dentro de ese círculo de gustos y afinidades.

¿Tienen alguna idea de aquí en adelante de qué catálogo aspiran crear? ¿O qué futuros escritores podrían verse publicados?

A.M.C. Ahora vamos a publicar a Eunice Odio. Y para más adelante tenemos un proyecto: un libro en el que dialoguen Néstor Perlongher y Pedro Lemebel.

¿Un diálogo que no existe?

A.M.C. Un diálogo poético y de textos, en base a sus crónicas y poesías. Hay que encontrar esas conexiones, existen. Perlongher y Lemebel han sido muy escasamente publicados en España. Prácticamente no se conocen.

B.M. También tenemos en mente un libro de Darío Galicia, muy amigo de los infras, que se llama Historias Cinematográficas. Es una joya de libro que fue publicado en la UNAM en su momento, pero ya hace muchos años.

A.M. También estamos pensando en un libro sobre las mujeres infrarrealistas.

En el catálogo ¿la única mujer es Carmen Ollé?

A.M.C. También Helga Krebs y ahora Eunice Odio. Las mujeres infrarrealistas no tienen nada publicado, salvo en antologías y revistas, pero no tienen libros propios.

B.M. Es un esfuerzo de recuperación…

 

Sobre el autor

Nació en San Salvador. Desde entonces ha sido muchas cosas: estudiante, guitarrista, poeta y periodista. Ahora vive en Barcelona, donde terminó sus estudios en periodismo y empezó a trabajar como corresponsal para la Agencia EFE. Ha colaborado en distintas revistas y medios digitales, pero aún no ha publicado ningún libro. Lo único de él que se puede encontrar en unas páginas impresas son los versos que se incluyeron en la antología “Torre de Babel. Volumen XV: Los apócrifos salmón”, de Vladimir Amaya.

Venir de donde asustan. La obra de Horacio Castellanos Moya

Por: Pedro Romero Irula

Uno es salvadoreño, creo yo, de la misma manera en que uno puede ser asmático o diabético o bizco: no queda de otra más que rechinar los dientes y agitar el dedo medio al cielo por la broma pesada de haber nacido en un país tan aberrante como El Salvador. No es de extrañar, entonces, que yo haya llegado a Castellanos Moya mediante El asco, una novelita chistosísima que en El Salvador goza de alguna fama polémica (tanto como pueda tenerla un libro en un país donde nadie lee) por aquello de los nacionalismos ofendidos y las circunstancias que empujaron a su autor al exilio, un exilio que le significó catapultarse a un escenario literario radicalmente distinto. Ya he escrito en otra parte que hay quienes leen El asco como leerían, digamos, a Marx o a Bourdieu, es decir, con seriedad religiosa, como si se tratara de una crítica sesuda de una cultura aborrecible en lugar de una burla magistral en clave de Thomas Bernhard.

Este sentido del humor, que a veces es apenas distinguible de la angustia y la rabia propias de quien crece en una sociedad tan hostil como la salvadoreña, aparece, de hecho, en toda la obra de Moya. Desde los cuentos absolutamente salvadoreños, tan genuinos que cualquiera que haya malvivido un rato en una colonia de San Salvador puede imaginarlos a la perfección, de ¿Qué signo es usted, niña Berta? hasta las peleas histéricas de dos perseguidos políticos tras un fallido intento de golpe de estado en Tirana memoria, hay una voluntad de hierro por reírse y burlarse de las circunstancias más perversas que la vida o la historia puedan arrojar sobre cualquiera. Lo cierto es que este humor no es tan solo un recurso literario, por demás dominado por Moya con un encanto envidiable, sino además una estrategia de supervivencia. En El Salvador, un agujero en el camino en Centroamérica, un lugar famoso tan solo por atrocidades y asesinatos, la vida es más bien un accidente, la manera de conducirse por la ciudad es la paranoia, y la regla de oro para las relaciones sociales, la gana de joder. Parece que es tan saludable burlarse como matarse (o migrar, pero también matarse): Castellanos Moya opta por la primera.

Quizás es este mismo mecanismo el que (y esto, seguramente, va a sonar estúpido) lo hace mantener un tono y una voz en gran medida salvadoreños. No me refiero al uso de regionalismos o de una particular gramática nacional, sino a la capacidad abrumadora de construir personajes invocados de los renglones más espantosos de la historia salvadoreña: el Vikingo, destripador de las fuerzas de seguridad estatales en La sirvienta y el luchador (una novela que me dio miedo), la vieja rica y parlanchina infinitamente perversa cuya paranoia le devora la cordura en La diabla en el espejo, los narradores perturbados y neuróticos que comprenden que aún en medio del horror de la historia la vida continúa, muchas veces rumbo a peor (Insensatez, Desmoronamiento, El sueño del retorno). La lista podría extenderse, pero resulta mejor ver a estos personajes en acción, en vivo y en directo, en la obra de Moya.

Es curioso que Moya se haya abierto un espacio entre los lectores iberoamericanos (y ahora que empiezan a traducirlo también anglosajones) sin sacrificar esta particularidad. Lo menciono porque en la narrativa salvadoreña ha aparecido una ola de novelas sobre el país dirigidas a un público extranjero. Un ejemplo de ello es Noviembre, de Jorge Galán (que es muy buen poeta), una novela más bien simplona y poco memorable sobre la masacre de seis jesuitas y dos colaboradoras en la universidad por ellos fundada, cometida por los militares salvadoreños en 1989. Lo que también es curioso, por no decir impresionante o paradójico, es que esa novela le haya valido a Jorge Galán amenazas de muerte por las que ha debido exiliarse. No puedo sino pensar en Horacio Castellanos Moya, en esa exacta situación, hace unos veinte años, tras la publicación de El asco.

Otro elemento, quizás para muchos el más importante, por el que destaca la obra de Moya es su indiscutible calidad literaria. Es posible (y lo hago solo de la manera más antojadiza) hablar sobre sus novelas en dos partes: un ciclo de la violencia (Baile con serpientes, El asco, La diabla en el espejo, El arma en el hombre, quizás La diáspora) y un ciclo de la memoria o del trauma (Desmoronamiento, Donde no estén ustedes, Tirana memoria, La sirvienta y el luchador, El sueño del retorno). Una especie de bisagra entre ambas es Insensatez.

Las primeras, naturalmente, se preocupan de la facilidad salvadoreña para el homicidio y la tortura: un loco con una brigada de serpientes pone San Salvador patas arriba, un soldado desmovilizado entra a la posguerra por la puerta del crimen organizado, una mujer insoportable hurga en el pasado oscuro de su mejor amiga recién asesinada, un hombre absolutamente trastornado por su regreso a El Salvador de final de milenio despotrica sin parar. El segundo ciclo se dirige hacia otro tipo de angustia: saber que, a fin de cuentas, solo tenemos nuestra memoria, y muchas veces esa memoria es un cúmulo de traumas que no nos sirven siquiera para ver qué pasó, cómo terminamos tan jodidos, qué podríamos hacer por recuperar algún sentido. La clave narrativa de este ciclo es la historia de dos familias relacionadas, los salvadoreños Aragón y los Mira hondureños, una historia, además, sitiada por los avatares del siglo XX centroamericano. Insensatez, por su parte, narra la imposibilidad de un investigador en Guatemala de lidiar con el pasado inmediato del país, plagado de violencia y mal sin fin.

No pretendo construir una especie de canon para leer a Moya o una sandez en esa línea, sino señalar la construcción de universos literarios donde cada novela encaja a la perfección, sin resquicios ni forzaduras, tanto en el seguimiento de las sagas familiares Aragón y Mira, como en la aparición de personajes recurrentes, situaciones paralelas y cronologías compartidas. Por ello terminé leyendo su obra de corrido, novela tras novela, como un maldito yonqui, ansioso por más.

Moya, en fin, es un novelista que se sostiene por sus propios méritos: su tenacidad y su talento. Por eso me resulta condescendiente que sus libros siempre aparezcan con sendas cintas impresas con fragmentos de críticas favorables de algún medio europeo o de algún escritor más famoso (la frase de Bolaño (1) que lo define como un “melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”, lo que sea que eso signifique, ya es imprescindible), como si los editores se disculparan por publicar a un gato proveniente de un país que no existe, que a todo mundo le suena a isla caribeña, que con toda seguridad no sobrevivirá a esta década.

Pronto saldrá a la venta, o ya salió, no lo sé, su nueva novela: Moronga (un título, valga la aclaración, divertidísimo, que en El Salvador tiene varios significados: una salchicha hecha de sangre, un pene, una paliza, un apodo para un moreno reluciente y malvado como los que tanto pululan por las calles de San Salvador). Ya sea por enterarse de un país aborrecible, por odio a dicho país aborrecible, por curiosidad, por morbo o por simples ganas de un buen libro: léanla.

Notas al pie:

  1. Ya había escrito Moya algo sobre la canonización de cierta figura mítica de Roberto Bolaño, una mezcla de neo-beatnik joven y viajero con inclinaciones políticas más o menos izquierdistas y grandes ambiciones literarias, por parte de las editoriales, tanto de habla hispana como inglesa.

Sobre el autor:

San Salvador (1996): lector y narrador. Dos veces perdedor de los Juegos Florales en la rama “cuento” de El Salvador. Estudiante universitario.